Archivo mensual: abril 2014

La historia de todos los viernes

Episodio número 7 de la historia de Fiona Devon, madre portadora. Continúa el diálogo iniciado la semana anterior y se llega a un acuerdo. Sus consecuencias, el viernes 11.

la mano en la trampa

In dreams begin responsabilities (Delmore Schwartz)

Charlie, que al cabo de este enredo cree haber reconocido víctima y asesinato, si no es que se confunde con tantos otros que ha visto al detener su deriva por la planicie televisiva en el súbito pico de violencia programada, retiene la motivación económica, que es la suya en este careo, y aun cuando la loca agitación de estas mujeres, de las cuales una es suya, no deja de mostrarle al niño con dos madres como un seguro náufrago entre dos costas inciertas, tampoco permite, siendo por otra parte que se trata de dos niñas, que al apuro económico se imponga prejuicio alguno: dos madres, dos niñas, hay equilibrio, es justo, entre ellas se arreglarán; hasta Joan sabe ocuparse de Julie cuando hace falta, como esta tarde. Privilegiando el bienestar de sus dos hijas, ahora que puede, sobre cualquier desprendimiento originado en una equívoca gratitud, solidaridad ante la injusticia o sentimiento de natural abundancia por parte de su mujer, Charlie procura reducir el margen de riesgo económico implícito en esta negociación y así llega a preguntarse, con todo el optimismo de que es capaz, si no habrá modo para él de sacar algún provecho de este asunto o al menos de salir sin pérdida; ya que, después de todo, teniendo en cuenta que su deuda con el seguro va en aumento, que otros gastos amenazan y que, en definitiva, no cree que el futuro le traiga en lo inmediato ninguna oportunidad mejor, más vale que se plantee la ocasión que se le presenta positivamente y hasta con un toque de audacia: el evidente nerviosismo de la americana la hace ver como una presa posible, con algo de zorro o ciervo en la inaprensible inquietud de su mirada, en la móvil tensión del cuello expuesto, y Charlie, recordando los rodeos que debe dar el cazador antes de, fríamente, efectuar su disparo o dar el salto fatal, con cautela va aludiendo, entre los recuerdos de una soleada infancia en el Oeste y las perspectivas que el estado de California ofrece a los niños y a los jóvenes, a la ya muy prolongada imposibilidad, a causa de su estado, para Fiona de hallar empleo y aun de trabajar, a la buena voluntad que él mismo está mostrando al postergar su propia actividad para acudir a esta cita, lo que difícilmente está en condiciones de permitirse, a los sacrificios a los que se han visto obligados, de los que ofrece un par de ejemplos, por el abandono al que las dos niñas futuras se han visto sometidas, de lo que ofrece una inmediata condena, para ir poco a poco orientándose hacia el punto de definición del encuentro, donde espera que una cifra vaya a ser pronunciada. Madison ha previsto que algo así ocurriría y ha calculado, a pesar de la ausencia de fines de lucro declarada electrónicamente por todas las partes del acuerdo, cuánto podrían llegar a pedirle, si bien carece de referencias sobre los números del hipotético mercado, aunque siempre tiene presente que el tiempo juega a su favor, pues no olvida que al salir ella en su busca las niñas ya estaban allí, a juzgar por la inminencia que para este parto delata el tamaño del vientre portador; de manera que no va a precipitarse con oferta alguna sino que, reacomodando sus caderas en la silla, reafirmándose, aprovecha la última intervención de Charlie para pedir detalles sobre el origen aludido: ¿cómo llegaron los embriones a su jardín?, ¿por qué se niegan a cosechar los plantadores? Charlie sabe que al respecto no quedan respuestas pendientes, pues no habrán pasado dos días entre que recibió la solicitud de Lullaby punto com y envió a América el requerido historial completo con los certificados atestiguando la perfecta salud de las gemelas solicitadas, pero aprovecha la invitación que se le tiende para manifestar una ubicua indignación, en voz baja, eso sí, aunque no por ello pasando por alto la comparable injusticia china, contra la elección, más culpable aún por la riqueza de los genitores, que vuelve superfluo cualquier control de natalidad, de un sexo por sobre otro al que no sólo se le niega la pertenencia a una familia bajo cuyo nombre se lo ha convocado, sino al que por esta negación se lo procura privar también de vida. Percibe a su lado la aprobación de Fiona, bajo la forma de mudos asentimientos de ritmo regular que acompañan su discurso hasta un poco más allá del final, pero a Madison no se le escapa el reclamo hecho al dinero bajo la forma de reproche y juega la carta del tiempo volviendo a plantear un tema pendiente y nunca resuelto desde el primer intercambio de mails: Fiona está a punto de dar a luz, pero sería mucho más práctico que las niñas nacieran en América, lo que permitiría a sus nuevas madres asistir a la portadora mucho mejor durante el parto, en terreno conocido, además de simplificar notablemente el aspecto legal, no sólo el médico, de modo que ¿cuándo podría Fiona viajar a Los Angeles? Mientras espera la réplica, como en un ensayo, puede ver cómodamente a la pareja, que parece sorprendida, vacilar y tropezarse, confundir sus argumentos delante de su impasibilidad de espectadora, y, aunque no está claro qué es lo que ha ganado, siente que va ganando, que hace bien y se hace fuerte en su silencio, en su demora para interrumpir como los otros querrían: el marido pierde pie, alude a las dificultades que tendría para ausentarse de su trabajo nuevamente y esta vez, además, por varios días seguidos; la mujer, asustada ante el vacío que ella opone, se precipita a decir que sí, que viajarán, que primero están las niñas; a lo que él, sobreponiéndose, objeta que, al no estar su propia madre en condiciones de tolerar otra convivencia con las que ya han nacido, habrá que pensar en gastos de viaje para toda la familia, Fiona, él mismo, Joan y Julie, enumeración que completa con una furtiva mirada de reojo hacia la mirada inmóvil de la extraña frente a ellos, destino tácito de su representación. Fiona, con los ojos tan grandes como el abismo sobre el que se siente suspendida ante la incertidumbre de volar o no volar, tampoco se atreve a decir una palabra; Charlie, a solas con su discurso, lo siente resbalar y lo reafirma, repitiendo los nombres de las mujeres a su cargo; Fiona, sin la confirmación que necesita de su salvadora, intercede por ésta mostrándose patética en su lugar, suplicando por lo bajo “Charlie… Charlie…” a su marido que no cede; Madison, que no ha pedido ayuda, al fin sonríe: lo importante es que las niñas lleguen a destino, afirma, y el destino al que alude seguramente es el mundo, no tan sólo California, en las mejores condiciones que seamos capaces de ofrecerles, concluye, conciliación ambigua e insuficiente para definir obligaciones financieras, pero eficaz para hacer girar el escenario. Charlie no se atreve a plantear de nuevo la incógnita económica y así la cuestión del dinero queda otra vez en el en el aire, sobre el océano que Madison cruzó entre vagas nubes, hasta que, de golpe, lanzándose a fondo, vuelve a atravesarlo, en un nuevo relámpago, para establecer, explicándose al igual que quien expone un cálculo previamente resuelto del todo en su cabeza con el consiguiente resultado inevitable, a cuánto ascenderá la transferencia que la próxima semana ella y su compañera aportarán al viaje programado, cifra que no consentirá en variar cuando responda al correo electrónico informándole el número de cuenta correspondiente, después de lo cual nada decisivo ocurre, quedando remitida a una instancia posterior la cuestión de si esta cifra corresponde al primer pago de una deuda moral, a la entrada en una sociedad de hecho o a la huella inicial del acreedor sobre su oprimido.

continuará

dollarpound

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Retrato del lector adulto

"...en el sitio habitual, junto a la ventana amiga..." (Pier Paolo Pasolini, El privilegio de pensar)

“En el sitio habitual, junto a la ventana amiga” (Pier Paolo Pasolini, El privilegio de pensar)

El brazo extendido con el libro lejos, estudiándolo, manteniéndolo a distancia, en la ventana desde la que se veían las bailarinas del estudio de enfrente, en el primer piso, al otro lado del tráfico, cuyo ruido se mezclaba en el estéreo mental con el de los tacos y las bolas de billar que venía del fondo mientras yo, sentado en el mismo sitio que él, miraba los saltos y piruetas que en lo alto atravesaban el cuadro colgado ante mis ojos flotantes. Él, en cambio, a quien he sorprendido o más bien me ha sorprendido por la intensidad de su súbita presencia, plano fijo en la serie fugitiva de las imágenes que el paseante deja atrás, precisamente en la mesa que ocupo siempre que me detengo en este bar, difícil para largas estadías, con la vaga expectativa de mirar a las bailarinas de enfrente cada vez que levante la vista del libro en curso de lectura o el cuaderno de apuntes del natural, como éste, defraudada de cuando en cuando por la brusca aparición de bailarines en su lugar, no aparta los ojos de su objeto, su objetivo, y casi puede verse, en la tensa, sostenida inmovilidad del brazo, la transmisión, como una corriente sanguínea, del libro al órgano del entendimiento que, desentendido de la cara que modela, guarda el sentido de la expresión que veo en su ignorancia de mi mirada. Pienso, fijando en mi conciencia, como idea, el cuadro que no soy capaz de pintar y se me ofrece, ya enmarcado, en la ventana que tampoco puedo descolgar del instante que pasa, que éste sería, si yo fuera el artista de la imagen que se lo pierde, el retrato del lector por excelencia que querría firmar, la figura alegórica perfecta de lo que es leer, como acción y como proceso. Luego pasan veinte o veinticinco años y lo escribo, ahora: es un hombre mayor, solo en su mesa, de la que se ha apropiado efectivamente para la ocasión aunque la olvide, como al café, bajo el codo y el antebrazo en que se apoya mientras la otra mano sostiene el libro en alto, abierto por el pulgar y sujeto por las cubiertas erguidas bajo los otros cuatro dedos extendidos hacia arriba, un atril de bolsillo, con la portada vuelta hacia el interior del local de manera que no puede verse el título, perdido en el fondo indiferenciado detrás de la figura que se impone a la mirada por el carácter grabado en la curva veloz que componen la mano alzada, el brazo tendido y, por encima del mentón duro, la boca prieta, la nariz afilada y los ojos encendidos, la frente marcada por los años reflejos en el signo menos sutil de las canas conservadas. Él oye el tictac del tiempo, la bomba alojada en la conciencia ya ardiente, despierto en la aplazada incertidumbre de si llegará a acabar el libro o a empezar otros tantos a la espera, en la noción del espacio progresivamente abreviado, de los créditos vencidos, del olvido fatal de cuanto, como un reguero de sangre, después de pasar por su mente queda a su espalda sin que ninguna cosecha o al menos gavilla de espigadores haya sido anunciada. Todo el drama, discreto, clandestino por necesidad, para poder leer en paz, está inmerso en la corriente del brazo, vibrante en el impacto de la presencia física recibido por el lector todavía joven que atiende al despliegue entero de lo que en él asoma aún oculto como embrión. Al igual que en El pensador de Rodin, aquí es una fuerza física lo que se impone reconocer para advertir lo que en ella queda expresado, como si el peso del libro en la mano del lector equivaliera al del mundo sobre los hombros de Atlas: pisando ese globo terrestre, dentro de esa bola de cristal en que lo convierte la lectura, atravesando sus brumas, coronando sus cimas, pasan ágiles marcando el suelo con pie certero las bailarinas colgadas enfrente, firme la pierna como el brazo tendido que a imagen suya soporta, expuesto al ojo del pintor manco, la doble carga de la balanza y el reloj mientras se seca la pintura en la memoria, o la tinta en la libreta de apuntes mentales, indeleble en la lista de los proyectos en suspenso. Los cuadros no se miran entre sí, pero envían la mirada apreciativa de uno a otro; el retrato del lector adulto permite imaginar, siendo ésta invisible en su marco, la tela opuesta contenida en su interior, como acabo de hacerlo al cabo de dos décadas, y aquella me coloca a mí en el lugar del retratado, que entonces también solía ocupar, en un rol cuya representación es en cambio aquí prematura. Siendo la mía, más que la firma al pie del cuadro vale el gesto del modelo anónimo que por sí mismo dio expresión universal al acto íntimo más expuesto a la embestida del exterior.

pensador

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