Travesía del infierno

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Visiones nocturnas

Baudelaire, que a la clara inteligencia manifiesta en su amplia frente añadía la oscura percepción presente en su mirada, recomendaba –también era él quien afirmaba que clásico es aquel autor que lleva un crítico dentro de sí y lo asocia íntimamente a sus trabajos- el método clásico a la hora de componer un texto: no aventurarse al azar de la pluma dejándose llevar por una casual o tentativa cadena de asociaciones, sino en cambio meditar largamente en el tema elegido y no escribir una palabra hasta que los conceptos se hayan ajustado de manera convincente unos a otros, con lo cual la expresión del pensamiento fluirá con toda naturalidad hasta su conclusión pertinente. Lo que no quiere decir que lo expresado sea claro por naturaleza, ni que una luz elocuente presida, desde la altura de su dominio de una materia cualquiera, cada paso que se dé a través de ésta, sino antes más bien lo contrario: que la experiencia del pensamiento, del pensamiento que debe atravesar de parte a parte a aquél que se empeña en darle expresión, es necesaria y hasta ineludible para la revelación en que consiste toda visión original, es decir, no una ilustración o un reflejo, sino exactamente una iluminación. Sin esa noche oscura, que no se elige, el instinto de conservación seguramente mantendría al artista o crítico, que para el caso son lo mismo, a conveniente distancia del objeto en cuestión, cómodamente –para quienes lo rodean- velado por alguna convención o idea previa. De modo que, para que la experiencia creativa sobrevenga, parece ser necesario, según se deduce de estas nociones, no el hallazgo sino el tropiezo: la caída que deja a oscuras y aturdido, desorientado por algunos segundos al menos, aunque estos segundos pueden prolongarse, de manera intermitente, durante meses, semanas o años hasta que la llamada, por fin, si lo es, logra ser respondida. Juan Carlos Onetti, por dar un ejemplo, a quien la historia que sirvió de base para uno de sus mayores relatos, El infierno tan temido, le fue contada con la advertencia de que él “carecía de la suficiente pureza para tocar esa materia”, pasó mucho tiempo extraviado en el bosque de ese argumento, es decir, en pleno contacto con él, sumergido en la experiencia, hasta que al contarle el cuento a Dolly, su mujer, ésta le dijo que no lo veía como una historia de odio o venganza, sino de amor de la mujer por el hombre. Ahora que puede leerse el texto acabado esto puede parecer evidente, pero antes, hasta que Onetti corrigió su punto de vista y pudo abrirse paso hasta el final, permanecía cerrado tanto a la comprensión como a la narración. Una pasión, como advierte Spinoza, deja de serlo cuando nos formamos una idea clara y distinta de ella, pero es de las pasiones, que ofrecen al entendimiento una resistencia interior, que viene lo que cada uno realmente sabe y de lo que rara vez, a juicio de Nietzsche, tiene el valor. “Siempre venimos del infierno”, decía Philippe Sollers en 1978, al cabo de una larga conversación. “Lo raro es que uno venga y vuelva a venir”, agregaba memorablemente.

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Reserva de Faulkner

faulknerEn el fondo, sabemos muy poco de William Faulkner; no de la obra, sino del autor. Él, sin duda, lo prefería así: ya opinaba que, de no haber nacido, algún otro lo habría escrito. Pero, de todos modos, hay un desequilibrio entre esta parca biografía, puntuada por anécdotas en general simpáticas o pintorescas, y la pasión transmitida por la obra, que delata una experiencia de una hondura cuyo origen desconocemos, así como nada de lo sabido alcanza a compensar su intensidad. Lo que Faulkner escribió entre fines de los años veinte y comienzos de los cuarenta, cuando el caudal de su inspiración da la impresión de haberse apaciguado lo suficiente como para permitirle participar como pudiera en los conflictos contemporáneos, parece escrito bajo una presión apenas más débil que la sufrida por Quentin Compson debatiéndose con los espectros de todo Jefferson hasta dejarse caer a un río extraño y arrastrar por éste hacia el pasado. Pero lo distribuido en tantos personajes como pueblan el reconcentrado cosmos que es el condado de Yoknapathawpa tiene origen en un solo cuerpo, aun si el de aquel que sufrió el drama entero más que ningún otro en carne propia, verdaderamente acosado, fuera descrito por su padre literario como “un salón vacío lleno de ecos de sonoros nombres derrotados”, pues “él no era un ser, una persona, en una comunidad. Era un cobertizo lleno de espectros tercos que miraban hacia atrás y que –después de cuarenta y tres años- no se habían repuesto de la fiebre que había curado el mal”. El relativo graduar el paso de Faulkner en su producción durante su segunda etapa, desde fines de los años cuarenta hasta su propia caída fatal, esta vez desde el lomo de un caballo, podría ser también un síntoma, positivo, de la curación de una herida muy lenta, tanto como apremiante había sido la urgencia en tratarla, en cerrarse y cicatrizar de una vez, como la tinta que se seca por fin sobre el papel.

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El régimen de la ficción

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El objeto ideal de la ficción en nuestro tiempo es un objeto poroso, es decir, un relato en el que lo importante no es ya la disposición de sus claves internas, sino la multiplicación de sus vías de acceso. Semejante construcción, determinada en función de su presencia en el circuito de las comunicaciones, ha de presentar la inconsistencia necesaria para dar paso a cualquier espectador, cualquier lector, cualquier punto de vista, cualquier interpretación. Su exposición no remite a un saber, sino a un silencio enmarcado en el que cada oyente puede hablar con la misma pero nula autoridad. Ante este panorama, los dispersos intelectuales de hoy se ven en igual situación respecto al pueblo que las células revolucionarias de la época de los zares, aunque no pueden remitir al futuro, sino tan sólo ya a la eternidad, el valor de las ideas que sostienen. Hay una correspondencia entre el pensamiento débil y la debilidad mental: pues así como el terrorismo, según lo entendió Hegel, es “la dictadura total del espíritu”, su revés es la impotencia de éste y en ese llano sin fronteras va creciendo lo que antes se vio aterrorizado.
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Momento de una fuerza

ladrilloUna idea es algo que se sustrae a la opinión pública antes de que ésta produzca consenso. Por eso su aparición es fulgurante: hay que apoderarse de ella justo en ese momento en el que los actores sociales vacilan a la espera cada uno del otro, durante ese instante en el que todos ellos ceden un turno que nadie toma, precisamente en reconocimiento no de una persona sino de una instancia que, como el cemento entre los ladrillos, una especie de vacío, es la que determina su estar juntos, o su condición de pared. Una idea es el ladrillo que se sustrae a ese muro y permite mirar a través de él.

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Ensayos de redención

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Un mito recurrente

Lo normal no es crear, sino imitar y reproducir. Sólo con fines publicitarios se da al producto de estos actos el nombre de creación. Pero no es malo llevarlos a cabo y en general deberían bastar para satisfacernos. Crear, producir, desbordar el molde son excesos necesarios no tanto para el presente individual como para el futuro común, para renovar lo que se agota. Lo que cuenta en este ejercicio de imitación y reproducción que eventualmente da lugar a la creación, en cambio, es cómo el que narra o exhibe se apropia en ese momento de una experiencia que, cuando la vivió, no alcanzó a ser plenamente suya, cosa que ahora intenta corregir o completar accediendo a la autoría desde la interpretación, aficionada o profesional. Ensayos de redención: reconocer en lo anecdótico una fuente de identidad y hacer historia del accidente, destino de lo casual. También ensayo como simulacro: no enderezar el error ni volver atrás contra el tiempo, sino dar a oír lo que de ese modo tal vez se atraiga sobre sí. Dice Borges que dice Spinoza que todas las cosas quieren perseverar en su ser: el tigre como tigre, la piedra como piedra y así sucesivamente. Pero también se registra desde la antigüedad el deseo contrario: las metamorfosis, como llamó Ovidio a su obra, son uno de los motivos más recurrentes en los mitos de todos los pueblos. Nadar y guardar la ropa es lo propio del hombre, que vuelve a dividirse para condenar él mismo esa actitud. Sin embargo, no por eso deja de querer la salvación, de aspirar a la transformación definitiva que culmine el proceso, defina su imagen, cristalice en algo que también le gustaría firmar. Detrás de cada pequeña anécdota a través de la que cualquiera se representa ante sus semejantes, late esta loca esperanza de transfiguración para la que cada mortal, como un actor, se prepara.

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Los bien invertidos millones de Santiago Lorenzo

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Un autor ahorrador hace fortuna

Hace diez años, en el 2008, como lector de manuscritos tuve ocasión de conocer Los millones, de Santiago Lorenzo, que entonces aún se llamaba Tren de vida. Recomendé su publicación, pero ésta no llegó hasta 2010, en la editorial Mondo Brutto. Por entonces Santiago Lorenzo ya era un autor, sólo que había elegido el cine para mostrar su muy singular universo. Aunque en el fondo tampoco era exactamente un director de cine, es decir, un profesional de la industria cinematográfica, sino, en cambio, casi al contrario, un autor muy independiente, artesanal en el mejor sentido, cuyos cortos y dos largos, Mamá es boba (1997) y Un buen día lo tiene cualquiera (2007), sumados a aquella primera novela, componían un corpus quizás no muy extenso pero sí de lo más coherente en cuanto al mundo que presentaban, siempre el mismo aunque sus manifestaciones no se repitieran ni en género ni en contenido. A continuación transcribo apenas corregido lo dicho en aquel informe, escrito dos años antes de la publicación de su primera novela y a diez de la hoy celebrada Los asquerosos.
La marginalidad vivida día a día es uno de los temas de Los millones y está tratado con una extraordinaria paciencia descriptiva, que da textura al mundo en el que se desarrolla y es uno de los valores particulares de este texto. La narrativa de Lorenzo tiene un tono que se distingue de lo que suele impresionar como “calidad literaria”, pero que lentamente va alcanzando una consistencia poco habitual en la constitución del universo que narra. La gris miseria perfectamente contabilizada en que transcurre sus días Francisco García a la espera del mensaje del GRAPO en que recibirá una supuesta misión, perturbada por el billete ganador de la Primitiva que cambiará su destino, es objeto de un recuento tan minucioso como rico en matices, ya que su exasperación motiva tanto la risa como el morbo del lector en su exploración. ¿Hasta dónde se puede llegar o caer?

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La carrera de una ópera prima

Lorenzo tiene desde el comienzo un tono propio que va afianzándose con el correr de las páginas hasta lograr hacerse reconocer como estilo. El humor ácido que lo caracteriza tiene un efecto cómico inmediato, pero tiene otros efectos secundarios no menos decisivos. La exhaustivamente detallada descripción de la organización económica de Francisco a partir de sus ínfimos recursos y el estilo de vida que de esa organización se sigue, cómica hasta lo siniestro a través de una exageración propia del grotesco, al borde de lo inverosímil pero tan reconocible que perturba, vale como ejemplo. Este miserabilismo es esencial en el estilo de Lorenzo y está además muy bien empleado para sus fines: es como una mancha de origen de la que siempre se aspira a escapar, a través de todos los trucos de la decencia, pero que siempre amenaza con volver y resurgir bajo cualquier superficie limpia. La insistencia de la novela en lo cutre, en la presencia de objetos y lugares que se sobreviven a sí mismos y que cualquier deseo de progreso querría olvidados, es una de sus fuerzas mayores, parecida a la de un inquilino que no paga pero al que no hay manera de desalojar. Todo esto logra un permanente desequilibrio del que depende, aún más que del argumento, el dinamismo interior del relato: ya que, si las situaciones son tan precarias que no pueden aspirar más que a mantenerse, pues no parecen ofrecer salida, a la vez viven amenazadas por la permanente inestabilidad de lo precario y están condenadas a quebrarse, aunque no se sepa cuándo, lo que establece la pendiente por la que ruedan las acciones de la novela. El grotesco de Lorenzo logra un extraño realismo: lo que cuenta suena exagerado, disparatado, y resulta que así hace reír; pero, a la larga, acaba haciendo sentir que las condiciones de vida que se palpan bajo esa superficie deforme son reales y que, de algún modo, lo imposible existe y persiste. Lo que no deja de ser una condición típica de la marginalidad: la coexistencia entre la imposibilidad de esperar nada sensatamente y una esperanza loca en lo imposible, que puede materializarse en un amor tan bizarro como el de Francisco y Primi o en el billete ganador de la lotería. O sea: el fatalismo que sólo permite adaptarse a unas condiciones que no pueden ser cambiadas por los medios que se tienen o se pueden adquirir, y la eventualidad de un azar tan favorable como desfavorable se ha presentado el destino para quien padece una existencia dedicada a la supervivencia. Lorenzo se instala en esta ambigüedad, que bajo la apariencia de una gran contradicción es sin embargo una especie de rueda que gira haciendo funcionar toda una mecánica de las cosas, y va narrando la novela desde allí, desde ese núcleo oscuro y obstinado. De algún modo ésta es su verdad y por eso funciona como motor de su universo, animado por las criaturas que padecen precisamente estas leyes de vida y que por eso, a sus ojos, aparecen como más verdaderas que la gente normal en cuya experiencia creemos de inmediato porque no nos sorprende y podemos constatarla de inmediato con la nuestra. Pero casi todos nos hemos tropezado desde la infancia con criaturas como éstas, que se nos aparecen en general como unos monstruitos ante los que solemos reaccionar riéndonos, pero en los que reconocemos la presencia, extrema, de unos rasgos humanos cuya fatalidad no nos es del todo ajena y de la que no estamos tan seguros de salvarnos.

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El margen se está corriendo

En ese sentido, una obra como esta novela y personajes como sus protagonistas tienen algo de “retorno de lo reprimido”. Algo reprimido que no causa el repentino horror de lo monstruoso, a lo que tememos porque lo sentimos ajeno, “inhumano”, sino una especie de lento pero persistente temor a que esa suerte pueda ser la nuestra, a que si se nos cae la cara del sujeto en que hemos logrado más o menos convertirnos quede algo así de totalmente desnudo y desprovisto hasta de cualquier recurso estético. Es lo intrínsecamente pobre, patético, desvalido y condenado a dar risa –una risa preventiva- que intentamos a cada paso dejar atrás. Pero que Lorenzo trae de vuelta a cada esquina y que, como lo reconocemos a pesar nuestro, nos hace reír. Y curiosamente nos recuerda la parte de nuestro afecto que está dedicada a lo que callamos, a lo que sólo confesamos enmascarado por la ironía o cuando nos confiamos más de la cuenta por la razón que sea: el gusto por los escondites, los lugares sin calidad o los hábitos inadmisibles, un gusto irredimible que acompaña a cada uno siempre por más que reniegue de él. Algo así como el mal gusto propio, impresentable e intransferible, y por eso condenado a vivir bajo amenaza, al igual que los personajes que lo recuerdan.
Como suele ocurrir con los autores marginales, en lugar de llevar a hablar de arte o literatura, de construcción de la trama o de géneros literarios, Lorenzo hace pensar más bien en lo que trata de expresar, mejor o peor, en los inusuales términos que ha elegido. Éste es un valor: escapar de las rutinas según las cuales se suele juzgar la ficción. Pero el mismo examen que se aplica a otras novelas puede aplicarse a ésta. Puede decirse que el argumento está bien armado en la medida en que no deja cabos sueltos y todas sus extravagancias encuentran aplicación o sentido; que los personajes están muy eficazmente caracterizados dentro de este estilo entre realista y grotesco; que lo abundantemente descriptivo resulta muy dinámico ya que a la vez está salpicado de anécdotas entretenidas y cumple una función muy narrativa en la dinámica del universo que aquí se presenta; y que el humor, que en primera instancia sirve de gancho, no está hecho a base de chistes sueltos sino que responde una visión general que, con el correr del libro, va ganando importancia incluso por sobre el gusto de reír. Son muchos puntos a favor y la novela los mantiene aún hoy, publicada en Blackie Books junto con las tres que siguieron de su autor.

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Pequeñas respuestas

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“La verdad no está en un solo sueño, sino en muchos” (PPP)

I

Se repite a menudo, pero no sin fundamento, la idea de que nuestra época ya no admite los grandes relatos, esas grandes ficciones unificadoras del pasado, y de que en cambio ese lugar vacío es ocupado, hoy –o más bien atravesado- por un sinnúmero de pequeñas ficciones por cada una de las cuales tal vez sólo un individuo podría responder, y eso sólo parcialmente. “Small answers”, se decía en un artículo sobre las canciones de Lou Reed, contraponiéndolas a las grandes visiones de las canciones del Dylan de los 60, y esta definición podría servir para definir toda una narrativa, muchas veces muy lograda, de los últimos cuarenta años, que además ha ido poco a poco instituyendo su modelo. La minimalista adecuación de estas “pequeñas respuestas”, cuyo valor depende de su precisión y de su eficacia, tiene como contracara que, así como arrojan una fuerte luz sobre un área muy pequeña y reveladora, dejan en la oscuridad todo aquello que ha de quedar en suspenso porque una respuesta de este calibre no puede –ni lo intenta, al contrario- responder a ello. El efecto, muy apreciado por la crítica de estos últimos cuarenta años, es el de poner en duda todo gran discurso, lo que se logra a través de este tipo de impertinencia intachable: impertinencia porque es hacer valer lo pequeño, efímero y singular allí donde regía todo lo contrario, e intachable porque la eficacia de la operación depende de su impecabilidad. De algún modo, es el crimen perfecto que pone en jaque a la ley. Y de este modo, hace asomar alguna verdad incómoda. Pero, entonces, cabe hacer a toda esta narrativa una pregunta: ¿es suficiente una pequeña respuesta cada vez, por más verdadera que sea la incomodidad que contiene, para hacer frente a todo un mundo de incógnitas? Característico de este tipo de narrativa es encontrar su punto de llegada en una especie de suspenso, de nuevo enigma que se deja suspendido allí donde antes parecía haber alguna gran certeza. Pero hay que advertir, como con las vanguardias respecto al arte académico, que ese modo de hacer cuenta con aquello que critica, justamente, como base de su oposición. Cuando el Gran Discurso de la Tradición se evapora, el sentido de las pequeñas evidencias que se le oponían deja de ser tan certero. Y de este modo, sin el viejo capital que le servía de garantía, es muy probable que aquel indicio que en su momento tuvo el valor de una súbita verdad incómoda ya no aparezca como tan verdadero, a pesar de que no mienta. Un día, también los límites que permitían apretar mucho abarcando poco pueden aparecer como limitaciones frente a esa verdad con que la ficción aspira a ser algo más que entretenimiento. Ese día llega cuando no es ya la potencia abusiva del discurso público lo que oprime la verdad, sino el repliegue de cada cuerpo en su silencio lo que le hace el vacío.

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Bajo el peso de la ley

II

Es discutible que todas las novelas se parezcan a sus protagonistas. Pero plantearlo puede ser útil a la hora de cuestionar tanto al personaje como a la novela, es decir, de considerar si la respuesta que una y otra dan a las cuestiones que a través suyo se plantean es satisfactoria. Un rasgo del propio relato contribuye a esta identificación, y es que la narración sigue a su protagonista paso a paso, todo el tiempo, tal como la cámara de Godard lo hacía con Belmondo o Karina en Sin aliento o Vivir su vida. Godard decía que intentaba seguir un personaje “hasta sus últimas consecuencias”. Es una buena manera de comprobar si se llega a la conclusión de lo que se ha planteado. De modo que, aunque el propósito de todas las novelas no sea el mismo, el procedimiento puede servir para un examen. Desde la muerte de las grandes causas y los grandes discursos, el tipo de narrativa que hace posible una novela, ya sea de aventuras, ya sea de costumbres, desestima a unos y otros como garantes de su verdad. Existe una diferencia importante, porque es la diferencia entre la moral de los Grandes Discursos y Relatos, la de la Ley, y la moral de las pequeñas respuestas, apegada a cada individuo contra su sacrificio a una u otra Causa. Sólo que, para tener valor moral, justamente, esta segunda moral debe ofrecer una respuesta a la altura de las circunstancias y no basta para eso ni con la expresión ni con la salvaguarda de la subjetividad. Éste es prácticamente el tema de toda épica, el momento en que un individuo debe estar dispuesto incluso a sacrificarse a sí mismo a algo mayor. En una sociedad en la que todo lo más grande que un cuerpo aparece como una construcción abusiva y fraudulenta, la sensación de absurdo irreivindicable de todo sacrificio puede ser omnipresente y todopoderosa, pero ese no dejarse engañar tampoco responde ni al absurdo de haber nacido ni al de morir. Hay una falta de respuesta que ninguna lágrima o manifestación subjetiva involuntaria, por más franca que sea, colma. Lo que tampoco borra el sentimiento moral de que se debe ensayar una respuesta. La mejor narrativa actual, o mucha de ella, suele contar con la fuerza de lo opaco, de lo que impone su presencia negando una explicación. De las debilidades es más difícil hablar, porque se esconden, pero suelen ser en este caso las del autor típicamente contemporáneo para salir de los esquivos límites de una sociedad que concede al individuo solvente tantos derechos.

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