Los desiertos obreros 1

Eisen Steig (Vía muerta, Anselm Kiefer, 1986)

Para Carla a la intemperie

Los errantes

Vía muerta. Pasto largo, amarillo. Pesados durmientes

resquebrajados, ennegrecidos. Flores que mueren pisadas.

Matorrales secos, inclinados. Nuestra sombra alargándose

a nuestra espalda, adivinada. El rítmico rumor de las piedras

frotándose bajo nuestros pasos. Arriba, delante, a contraluz,

refulgente, oscuro, cegándonos a su herrumbre, atravesado

sobre el cielo, por activos muertos de permiso, fugitivos 

entre el norte y el sur de la ciudad, nota elevada de la antigua

industria del acero, con su tejido filtrando la luz y las miradas,

el codiciado puente de renombre local. Barrial. Vecinal.

Rodeado de leyendas fugaces, destino augurado al joven vago,

en consonancia con el ejemplo del niño que en la barrera

todavía lejana ofrecía ayer sus limones, por cada moneda varios,

a los coches impacientes en perpendicularidad con estos rieles.

Rumbo de tierra dejada. Raquíticos arbolitos a ambos lados.

Copas bajas ofreciendo sus duros frutos desdeñados, caídos

más tarde, a su tiempo, alrededor de troncos mal alimentados,

para ser picoteados hasta el destrozo por pajaritos distraídos:

entonces convertidos en basura, jamás barrida, en cambio pateada

con el mismo aburrimiento por la hosca inercia de nuestros pies.

La frente alta, huesuda, sudor sin pan a cambio, navegantes

por estos rieles, relumbrón marino en lo opaco polvoriento

y guía por juego de nuestro ocio forzoso en resonancia

con el silencio definitivo del ferrocarril en la calva huella

que seguimos, acomodados a la espesa calma de sus talleres,

al detenido movimiento de sus vagones sin tiro, dispersos

al azar entre galpones sin cimientos, arrojados ahí sin siquiera

una llave que guarde sus estantes, criaderos de polvo al viento,

mientras, en el incierto desenlace del día estéril, previendo

la oscuridad y el frío puntualísimos que el ocaso trae de la mano,

tratamos de concentrarnos entrecerrando los ojos al sol de frente

y en el nombre de nuestras bajas, si no hacer memoria, recordar:

a pesar de nuestra común extracción inferior, despreciábamos

los canales abiertos para nosotros por los dueños de las opiniones

y leíamos nuestros clásicos en mal pagadas ediciones de bolsillo

que después, con oscuras manos, poníamos en circulación.

Las mismas manos diestras y obedientes que ahora duermen,

abiertas o cerradas, en los bolsillos vacíos. O casi, porque siempre,

hurgando con dedos acostumbrados al esfuerzo, es posible

descubrir un resto o reliquia que cambiar por el menú del día.

Súbita a la calculada luz del crepúsculo insensible a circunstancias, 

luce como una medalla mientras dura su tiempo de gloria.

Diciembre 2016

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Ricardo Baduell

Desde hace veinte años me dedico a ayudar a escritores y personas que quieren escribir a concretar sus proyectos. He colaborado con reconocidos autores latinoamericanos y españoles en diversas obras publicadas, así como con muchos escritores noveles de ambos lados del Atlántico. Trabajo además con editoriales y agencias literarias, analizando y seleccionando manuscritos. ¿Escribes? Escríbeme (ricardobaduell@yahoo.com). O llámame (+34 667 912 702). O visita mi nuevo sitio Ricardo Baduell Book Doctor (baduellbookdoctor.com).

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