Muro

«La poesía debe ser hecha por todos» (Lautréamont)

El mundo del taxi es un mundo oscuro.

Éste es un país de tahúres. La poesía

es lo más fácil. Desconcierto. La poesía

debe ser hecha por todos. Al centro y afuera.

Tumba. Resuelve las siguientes operaciones.

Fabricando recuerdos. El último tranvía.

Todos nacemos para perder un poco. Soy

el fusible. Por el momento no voy al baile.

Seré vulgar, pero tengo dignidad. Deslizo

sin apoyar. No pasarán. El mar rojo. El tiempo

no espera a nadie. El tiempo está de mi lado. Yo

corrijo. Ni olvido ni perdón. Ojo por ojo.

Diente por diente. Piedra sobre piedra. Deseo

demolido. La escultura de sí. Sé tú mismo.

Total, a nadie le importa. Los hombres casados

descansan los lunes. Olmos hastiados de peras.

Ante toda duda abstente. Asado, vino y gol.

Música pegajosa. Vocación de ignorancia.

Sin mano izquierda ni sombra. Líder nato. Llueve 

sobre mi razón. Qué parece. Quizás yo sea

extemporáneo. Las ideas no se matan:

se ejecutan. Los colectivos son calentitos.

A ti te gusta estar contigo. Mi claroscuro.

Belleza demoledora. O ausencia o rechazo.

Me llaman río sinuoso. Yo soy el que rompe

el silencio. Paso. Conciencia de la desgracia,

constancia de la razón. Deseo sin espera.

No me interesan sus preguntas. Sustituciones.

Sueño del billete falso. Conjeturas vanas.

Demoler la morada o matar a la mujer.

El ovillo tiene dos puntas. Pasaje al fondo

de la tierra. Mundo oscuro. País de tahúres.

Poesía hecha de desechos. Resto. Saldo.

Créditos. El encargado del bar que frecuento.

Mi padre. El de Victoria. Yo mismo. Lautréamont.

Yo mismo otra vez. El hijo del sepulturero.

Primera hora. Nube baja. Leño que arde

según su medida. El tío de Carla. Carlitos

Aimar. Don Luis Buñuel. Belén Esteban. La abuela

de Sartre. Ejército republicano. Moisés.

Los Rolling Stones. Los Rolling Stones. Quién. Proceso.

Babilonia. Hamurabi. Tradicional. Deriva

de un cuento de Chéjov. Onfray. Estadounidense.

Anónimo. Título mío. Eugene O’Neill.

Refranero apócrifo. De la banda oriental.

Mi abuela hablando en lenguas. Un tiro de gracia.

Caricatura. Mesías. California trasnochada.

Filosofía salteña. Discurso temible.

Sarmiento contestado. Los pasos paralelos.

La antena siempre bien parada. Página abierta.

Viejo cuento de Chéjov. Encuestas fracasadas.

Nombre indio. Vocación. Pie. El I Ching de Emil Cioran

tirado por Fogwill, el oráculo de Vasco

Pratolini dado por Birri. Señaló Andrea.

Precisó Vicente. Consejo estructuralista.

Dedo de goma en el corazón del laberinto. 

Larga distancia circular. Alianza difícil

en la cresta de la ola. Por las negras huellas

de un Caín policial. La medicina no es

una ciencia. Taxímetro. Teléfono. Rotas 

cadenas de palabras trasplantadas. Legado.

Balance. Reconversión a moneda extranjera

con reconocimiento de deuda y boca abierta

del remolino para pasar a vertical.

Horizontal: hileras de piedras y ladrillos

desiguales alineados uno sobre otro

en un plano material erguido junto al rumbo

atento del que mide, escancia, cuenta y sostiene

desde su efímera ventanilla lo afirmado

delante y detrás, visible y no, legible y no:

borrados nombres, turbias identificaciones

de musas, jefes, acreedores, compañeros,

sirenas y maestros fuera del agua y fuera

de contexto o margen. El muro tiene dos lados,

uno para Champollion y el otro sin excusas.

Detrás de los párpados lacrimosos, del duro

exterior acribillado de tenues leyendas,

consignas y lamentos, juramentos y frases

representativas de perpetuas intenciones,

indivisible al nivel del grano, interminable

igual que el espacio, la tinta petrificada

de las sentencias memorables. Sólo la tinta.

Sin luces ni letras. Al otro lado y expuesto,

en continuado, valiente, pintarrajeado,

el escudo de la especie. Negra, al pie del muro,

la firma de una huella fugitiva.

28.9–15.10.2016

Civilización

«Somos muertos de permiso» (Lenin)

ACORDES: Dm / C / G / F / Bb7 / A7 / D7 / G7 / A / Bb

Están dando regalos a los presos

Palizas al que pide libertad

Los guardianes anuncian su regreso

Algunos son felices de verdad

Están dando colores a los negros

Rebautizando huérfanos al sol

Con trompetas despiertan a los muertos

Y calman las heridas con alcohol

Canta el gallo y estamos trabajando

Pintando nuestras casas al carbón

Al margen de la civilización

Hoy las fieras están domesticadas

Y los exploradores duermen bien

Hay hoteles en cada encrucijada

Y en cada cordillera han puesto un tren

Algún día los hombres contrariados

Tendrán la risa fácil y un hogar

Otros sueñan con mundos despoblados

Y todo es olvidado al despertar

Canta el gallo y estamos trabajando

Cavando tras las huellas del dragón

En busca de otra civilización

Están dando refugio a los soldados

Metiendo tiburones en la red

Cada abril sacrifican un tirano

Y con la sangre apagan nuestra sed

Están dándoles cuerda a los esclavos

Preparan una nueva expedición

En verano lavamos nuestras manos

A orillas de la civilización

1981

Coda a Los desiertos obreros

La plena luz esquiva

Los pasadizos

Para Carla a la intemperie

Quien me dio sin saberlo, mientras conversábamos, el título de este libro caminaba junto a mí por una playa encerrada entre dos montes. Al pie de uno de estos barrancos había un túnel que permitía seguir andando por detrás de los peñascos que en ese punto interrumpían la marcha. Un pasadizo. La luz de la mañana caía sin freno de un cielo parejo, aclarando los bosques sobre nuestras cabezas mientras multiplicaba sus espejos sobre el mar; no había en la playa casi nadie, o nadie que impusiera su presencia, lo que prestaba a la escapada un feliz aire de regreso al paisaje primario. Recorrimos el túnel en silencio, oliendo la humedad involuntariamente trabajada en común por mar y bosque, vecinos indiferentes, y hasta salir del otro lado no oímos más que nuestras pisadas en la arena húmeda, entre los charcos, sobre el fondo envolvente del calmo oleaje exterior. De nuevo en la luz, matizada por algunas largas ramas inclinadas desde el barranco sobre la playa, el deslumbramiento: no a causa de nada que entrara por los ojos, ya acostumbrados, sino por el ruido exacto, que nunca he vuelto a oír, indescriptible, irreproducible, del aluvión de piedras frotándose, movidas por las olas, unas contra otras, resbalando contra la arena de la costa, alzándose y revolviéndose sobre sí al ritmo del oleaje, como la voz del mar que se oye en las caracolas pero a cielo abierto, aunque no es ése el ruido. Y no tengo una imagen ni metáfora mejor para intentar transmitirlo, pero sí tengo un testigo, al que mi propio testimonio corresponde: al oír la música de las piedras, ella y yo enseguida –o casi- nos miramos y cada uno pudo comprobar, en la cara del otro, que el milagro no era una alucinación.

Otra vez, en la ciudad donde nací, atravesábamos el largo pasaje sombrío que conducía al jardín central de un convento, donde sobre una antigua fuente se derramaba muy suave la pálida luz de la tarde. Inclinada sobre la fuente, una monja miraba el agua estancada. En el preciso momento en que entrábamos a la luz, sin habernos visto, dio una súbita palmada para que los peces del estanque se agitaran, movidos a distancia por sus manos, o subieran a la superficie. Desde nuestra posición era imposible verlos pero, como en el cine el viento se muestra en los árboles, así los vimos emerger en la sonrisa de la monja, encantada con su propio encantamiento. Imposible decir qué edad tenía, pero en ese momento su juventud era eterna, o su infancia.

Alguna otra vez, en la ciudad a la que emigramos juntos, perturbada por no recuerdo qué incidente necesitado de la intervención de policías y bomberos, yo buscaba cómo llegar a nuestro encuentro entre calles cortadas y desvíos que alejaban siempre mi moto del lugar convenido. Me retrasaba, pero había en el ambiente un aire de revuelta, aunque uno en el fondo sabía que no iba a pasar nada, estimulante y persistente. Por fin nos encontramos: los ojos de su amiga se veían asustados, pero en los de ella pude reconocer la misma expectativa que el fuego nunca cumple y sin embargo tampoco apaga. Esa espera insaciable era una razón para andar juntos y así nos quedamos, contentos de estarlo.

Las palabras que aquí le agradezco vienen de una de esas conversaciones iniciales en que uno de los dos procura describir al otro alguna de las visiones que han quedado en su paisaje interno aunque el mundo no las confirme. Desde entonces he querido corresponder a esa expresión, es decir, que hubiera un libro llamado así, cuyo paisaje evocara a la vez esas caminatas iguales al río de Gran Sertón. Veredas, que “no quiere llegar a ningún lado sino sólo ser más ancho y más hondo”, y aquel intento de descripción, antes de la calidad que del aspecto, de los territorios aludidos. La intemperie invocada en la dedicatoria es la de esos paseos, pero también la condición necesaria para la aparición de lo contemplado entonces y su recuperación.

En los caminos la luz deslumbra por cansancio, pero en los pasadizos está a la espera. Mientras tanto, estrella pálida, ofrece orientación y esperanza. Hasta que llega el estallido, eventual, de su revelación: el nacimiento de la imagen que guardaba, expuesta de pronto a los sentidos. Ni los caminos concluyen en metas absolutas, ni al final de los pasadizos está la salida del reino de la ambigüedad. Pero en el recorrido mismo hay una afirmación, paso a paso, y si bien el caminar no puede ser eterno, la suspensión de su sentido sí que apunta en esa dirección. Estos poemas o intentos de poema, como es tradicional, hablan de cosas idas, en especial los de la serie dedicada, pero si éstas brillan por su ausencia es porque esa ausencia no está vacía. Les pertenece y les guarda el sitio, señalado por esa plena luz esquiva al fondo de los pasadizos.   

Enero 2017

Los desiertos obreros 12

Paisaje habitado (Jean Dubuffet, 1946)

Para Carla a la intemperie

En un lugar de paso

La historia de la humanidad es la historia de la esclavitud.

Venir aquí fue un acto de liberación. Reventar una cerradura,

okupazión de una propiedad konstruida por nuestras manos,

okupazión de territorio tomado por malas artes inmobiliarias,

poner una kadena, un kandado y un buen perro en la puerta,

guardián libertario de korazón vagabundo. Todo vuelve

a esa rekalzytrante miseria bien vestida, siempre la misma

myzeria vien bestida, zumisión konforme, derrotado derrotero

blankeado en las negras paredes que denunzian a alkaldes y amigos,

sus amigos de manos insaciables, todos bien konozidos nuestros,

negros merkaderes de bolsillos cosidos, recocidos en sus kalderos

burbujeantes, bien grasosos del fondo al borde. Klaustrophobia.

Hacer saltar de vez en cuando un vidrio. Que entre el frío

y despierte, muestre el afuera. Madrugada con vista al puente,

modelo a seguir, en éste y todo terreno. Un paso, otro paso.

Abajo, los coches que pasan. La cafetera tiembla en la cocina,

helada en todos sus azulejos. Alguien imita un pájaro a lo lejos,

escondido muy cerca en la oscuridad. Pasa la noche y después

otra noche. Velamos aun de día en este lugar de abstinencia.

Akampamos meditando en el aguante de nuestros antepasados.

Un día, después de siglos de temer a tormentas y heladas,

después de décadas de alimentar el humo que nos ahogaba,

colocamos nuestros andamios todos a la misma altura

y empezamos a resistir activamente. Nos sacudimos el Palacio

de las Cuatro Estaciones de encima de los hombros hartos

y a la intemperie dimos comienzo al camino de las barricadas,

por una vez el mismo proyecto sobre el tablero y en los cimientos.

Cuando todo se hundió, nos vestimos de incógnito, apestados;

el viento engendrado entonces es el que vuelve por las ventanas

rotas de este lugar de paso y por eso, aun con todo nuestro oficio,

no las reparamos. Vigas desnudas como después de una bomba.

Tejas peligrosas para el que pase cerca. Luz incierta. Memoria

de otra incertidumbre, de otras construcciones suspendidas.

Todo esto nos pasó, en carne propia y prestada. Recuerdo,

como las herramientas, de generación en generación. Hueso

y fantasma, los dos desenterrados de los mismos cimientos

cavados para aplastar todo acto bajo la misma piedra habitada.

Santo baldío, inocente, a la espera de dar fruto, amenazado

por el futuro de nuestros deudores, colmados de seguros.

Manejamos esas máquinas enormes, en los grandes días

de excavaciones y allanamientos de terreno, cuando subían

como la espuma torres y valores, atraídos por el cielo despejado

de banderas como la nuestra. En estos otros pequeños días,

que caen como gotas de un caño roto, se abren nuevas grietas

en el paisaje edificado. Modestos habitantes de una de ellas,

preparamos la partida disponiendo, sobre la gran mesa heredada

de la antigua carpintería, los peones que no dejaremos atrás.

Enero 2017

Los desiertos obreros 11

Le Mépris (Jean-Luc Godard, 1963)

Para Carla a la intemperie

Hércules ocioso

Dominando la bahía celeste

en su plena ignorancia del azul,

bañándose en el sol y el aire claro,

mutilado y monumental, divinizado,

el héroe ya no cumple tarea alguna

y su ejemplo no puede seguirse.

La columna se interrumpe al pie del sol,

definida hasta el agotamiento. Ruinas

espléndidas, más fuertes que las olas

sucesivas del mar envenenado.

Pero el coloso no escucha la radio

de los inquietos domingueros,

ni los mira lavar sus coches

mientras corren los futbolistas.

Nosotros lo miramos, incrédulos

de que el trabajo y el hambre algún día

puedan cesar hasta el punto exacto

sobre el que él reposa, intacto

dentro de sí aunque le falten partes

que nosotros no podemos desechar.

Ebullición. La hora de las cigarras.

Las tres en punto justas de la tarde

en el medio del verano moderno.

Silencio atónito, atonía de fondo.

Sudor de edificios. La luz lenta

en el balcón donde arde un cigarrillo.

Lento, lento en la brasa, al compás

de la hora que asciende en el aire,

evaporándose, quieta, horizontal

en la vertical. Todos hemos parado

a la vez, en el mismo punto ciego.

Nadie pica ni taladra ni martilla

dentro del alto, paréntesis tan claro

que sus límites no se ven. Vértigo

del sueño, porque esta obra en marcha

que en la distancia nos descubre

al realizado realizador de proezas

para siempre concluidas, no puede

ser más real que sus hazañas: hoy

es día de ocio y culto, sostenido

todavía por los tibios portadores

de un fuego encendido hace ya tanto

que sus cenizas casi se confunden

con las del templo entre cuyas ruinas

se alza el glorioso indiferente, así

que resulta imposible estar trabajando

o haciendo una pausa en el trabajo

para nosotros, pasajeros a su sombra.

Enero 2017

Los desiertos obreros 10

A Idade da Terra (Glauber Rocha, 1980)

Para Carla a la intemperie

Aliento plural

Desembocamos en la olla cuando empezaba el hervor,

en el momento en que subían, desde el fondo, pequeñas risas

desahogándose, invertidas lágrimas, las primeras burbujas, gregarias,

persiguiéndose, agrupándose y creciendo a través del aire espeso

de la concentración cada vez más pesada de cuerpos sedientos.

Estadio espontáneo de las masas reunidas, indiferentes a la causa

de la ocasión, de la invitación surgida antes del tiempo 

que de la mano atenta a firmar lo que estaba escrito, lo periódico

irregular que ha de cumplirse. Cuerpos anónimos bajo un solo nombre

oportuno, concebido desde el vientre ancestral del hambriento

para ser coreado, repetido hasta perder todo sentido,

como enseñan los maestros de la negación. Allí se afirman

los pies que resbalan, deslizándose entre las columnas de hierro

en despiadada sustitución de las de mármol, fuera del aéreo alcance

del ojo que proyecta y vigila, y dando alas, empeñosos, al movimiento

diagonal con que se inicia el balanceo, momentáneo, de la materia

viva sacudiéndose las riendas del arado, prometido al horizonte

en recesión, se elevan con su carga reanimada sin un paso

al frente, cerrando en cambio el paso a todo avance y ocupando el sitio,

desplegando los brazos al fin ociosos y ansiosos de continuación,

e instalan su nube de humano vapor en el recinto sin muros.

Cuerpo de baile. Espíritu de cuerpo. Danza de espíritus perdidos

entre su propia encarnación y el gran espíritu sin cara,

ya ni solos ni sujetos en la marea ascendente del verano en su cénit.  

Allí entramos, pasándonos el vino y la cerveza. A la olla, a mezclarnos

con los que están de paso, los que tienen sitio, los que descansan

de un cansancio que jamás conocimos, la sosegada calma

de este mismo mar cuyas aguas jamás nos admiten ni siquiera reflejan

cuando están tranquilas. Entramos en la corriente, en su seno

de corrientes encontradas, temperatura variable, desordenado oleaje

gobernado por el metrónomo del artista de variedades

destacado bajo las luces, proveedor de músicas, desconocedor

coreógrafo del ansia y la nostalgia que la música despierta

en los cuerpos arrastrados a su drama sin objeto ni argumento.

La multitud baila sola. No en parejas. Solitaria, se pierde, disgregada

en conciencias flotantes, mientras conserva su lugar en la tierra

bajo sus pies, apretada, entre los vientos pasajeros a través de las islas

asomando, inconscientemente pensativas, sobre la superficie

sonriente, espumosa, cabezas separadas por sus largos o fuertes cuellos

del tronco común y entregadas sin saberlo a nociones riesgosas,

evocaciones de desastres, escenas de las que no se escapó a tiempo,

imaginarias invasiones comparables al rapto de las sabinas

o fantásticos naufragios sin mañana, cosas ocurridas lejos o a punto

de acaecer, entre tragedias domésticas y la comedia cotidiana

barrida ahora por la ola de sangre, sudor y lágrimas debida al canto

de las sirenas animadoras, de su espejo. Pero lo falso es el modelo

y lo verdadero, la imitación. Magna amalgama. Gana magna.

Iluminados, pasamos juntos del alcohol al aire estrellado.

Enero 2017

Los desiertos obreros 9

Esculturas de Kwame Akoto-Bamfo en el antiguo mercado de esclavos de Ada Foah, Ghana

Para Carla a la intemperie

Capitales periféricas

En los vestíbulos de los grandes hoteles

siguen cantando los esclavos ilustrados

a través de aún más fieles altavoces. Propietarios

alejados del hogar, sólo víctimas del jet lag, se adormecen

al compás de esos añejos alaridos afelpados

que se arrastran bajo los muebles y trepan lentos las paredes,

desde cuya altura caen como volvían a las barracas.

House nigger, field nigger. Después de dar las cartas, el destino

pocas veces se retracta: en pocas mesas. Y entre estos sillones gruesos,

espesos como el sueño del que ningún guardián despierta,

nunca. El tío Tom de librea y dientes de harina

barre bajo la alfombra la sombra del negro Jim, camino a Cairo,

más allá de la sonrisa del cocodrilo. Fantasmas arcaicos

bajo los suaves modales de las manos temblorosas

que temiendo por sus cadenas responden como autómatas

entre bandeja traída y bandeja llevada. Nosotros levantamos

anteayer cuanto sostiene la fachada insobornable

delante de la que ahora pasamos cada día, como aquellos admitidos

del otro lado giran en torno a los que giran en torno, satélites

favorecidos por la luz, a faros muy lejanos, sumidos

en un mar de oscuridad más densa que la lengua

ajena de las finanzas que nos separan. Cada día atravesamos

algún cuadro dominado por la cara de un coloso semejante

porque los hemos plantado en todas partes. Descentradas metrópolis

ansiosas de colarse en las alturas de los tableros

de donde viene la estela que procuran seguir, con su reguero

de novedades y deshechos, páginas y páginas de moda

mezclada con arquitectura, pesadas vigas

que hemos cargado pero no nos guarecerán. Dentro, pasillos

y más pasillos, cada vez más largos, de furtivo silencio

recorrido por secretos inasibles, todo proyectado

desde la calle en las ventanas impenetrables, multiplicadas,

y en el vestíbulo, escaleras abajo, ininterrumpida, música:

los mismos equilibristas en el hilo musical,

con sus bien entrenadas voces sirviendo aún después de muertos.

Algún día un desperfecto nos permite asomarnos

y escuchar, inclinados sobre cualquier máquina útil rota en un rincón,

detrás de las paredes maquilladas tan sólo por la otra cara,

el canto que se elevaba prometiendo un alba pasada,

reproducido por debajo del nivel al que podría engendrar.

Un secreto en el oído del intruso. Un regalo para la memoria,

que no puede extraviarse en las cintas de equipaje. Cielo abierto

para ese tallo cautivo, que crece bajo las moquetas,

detrás de los empapelados, invisible como el carbón de la envidia.

La belleza despierta la fe. Vamos. Marchemos. Continuemos.

Recordaremos, en el túnel circular de los bienes en litigio,

el diamante aún reservado a las manos heridas.

Enero 2017

Los desiertos obreros 8

Shadow Procession (William Kentridge, 1999)

Para Carla a la intemperie

Oración bajo protesta

Debería haber un hombre que tropieza

allí donde la columna no se mueve.

El fantasma de ese hombre que tropieza

se aparece a la columna que se mueve.

Si ese hombre se pusiera a la cabeza,

la columna tendría una cuando llueve.

Yo marché con la columna desviada

entre templos reducidos a pedazos.

Él marchó con mi columna desviada

bajo cielos convertidos en retazos.

Todos juntos, con la frente bien alzada,

anotamos en la tierra nuestros pasos.

En lugar de los ejércitos que marchan,

debería haber esclavos dormitando.

En lugar de los esclavos que se marchan,

debería haber más músicos cantando.

Debería haber un sol sobre la escarcha

cuando los santos al fin lleguen marchando.

Y en lugar de los templos que desfilan

aplastando la voz de los que cantan,

en lugar de los sueños que destilan,

debería haber las nubes que levantan.

Las columnas de los templos no vacilan

porque todos los creyentes las aguantan.

Yo soy uno de los hijos de los hijos

de los hombres que rompieron con los templos.

Él es otro de los viejos clavos fijos

en la cruz de los que dieron los ejemplos.

Nosotros somos hombres desprolijos,

pero hacemos de las ruinas nuestro templo.

Los esclavos en las márgenes del río

navegaron una vez aguas arriba.

Los esclavos encontraron un desvío,

aunque el agua, al crecer, todo derriba.

Hubo un dios que marchó sobre este río

y dejó una y otra costa a la deriva.

Yo marché desde abajo hacia el oeste

cuando el sol iniciaba su caída.

Él siguió mi columna hacia el oeste

cuando todos elegimos esta vida.

Mientras íbamos huyendo de la peste,

a nuestra espalda el mismo sol nacía.

Debería haber un hombro a la cabeza

de este torso que formamos entre todos.

Ese hombro sería a cada pieza

el modelo por el que enlazar los codos.

Sostener hombro con hombro esa cabeza

es la causa detrás de nuestros modos.

Enero 2017

Los desiertos obreros 7

Abstraction (Willem de Kooning, 1949-1950)

Para Carla a la intemperie

Calle desenmascarada

Lunes otra vez. La hora y el entorno, acribillados de colectivos,

nos resultan familiares. Pero no así el contenido de estos parajes,

ayer paisaje fabril sembrado de máquinas duchampianas,

hoy paseo comercial apenas repuesto de la resaca dominguera.

La calle Nueva York desaparecida con su histórica estampa

en las fauces provincianas de las liquidaciones voraces.

Las superficies titánicas alimentándose por sus puertas traseras

para pronto repoblar sus arboledas con vistas a la Gran Poda.

Cruzamos con cuidado el río sacudido por especies de feroces

depredadores obsesionados por las normas de tránsito vigentes,

desocupados disponibles en los escaparates de supernumerarios,

y secándonos al sol del vago examinamos nuestras existencias:

después de tanto andar hacia el infinito de limpios horizontes,

llegamos a este anillo de Moebius que cada urbe ahora lleva,

desposada por los portadores de los nombres favorecidos,

y a través de esa turbia red de anzuelos locales y extranjeros

pasamos ignorados, como peces ya pútridos para la caña,

considerando en frío, imparcialmente, la calle vaciada.

Aquí iban a pasar grandes cosas, aquí había hasta un hombre

propio del lugar. Aquí no queda pólvora ni vino, ni siquiera

el eco de una mala canción. The place lacking in interest.

Someday my prince will come. Desenterrada mazmorra.

Para cruzar este valle de lágrimas, como cualquier otro curso

de agua, has de buscar los vados y esparcir las piedras,

una tras otra, igual que Pulgarcito, aunque sin casa alguna

a la que volver. Sin casa alguna, porque el pueblo ha mostrado

sus cartas y sobre la mesa no se ve tu camino. Las afueras

desembozadas, el pueblo ausente y más allá, la inundación.

Después del diluvio. No recordamos, detrás de esa película

repetida proyectada sobre la seca superficie de la historia,

relieve en piedra, grabado a fuego, súbito calor incandescente

a través de la fogata aparecida de improviso entre los espectros

de las cosas acostumbradas por entonces, sino el impulso análogo

por el que hicimos nuestra entrada en la escena detrás de las batallas,

donde el sudor de la frente es invisible al igual que las barricadas.

Abiertas avenidas se entrecruzan al borde actual del campo raso,

como la tabla de nuestras enmiendas a la ley recibida. Más allá

no hay monstruos, sino vacío: espacio ofrecido al tiempo

para volcar sus novedades. Aquí ya todo está muy visto, tanto

que a pesar de los lanzamientos que continúan desplazándonos

hacia la nada con nuestras torpes herramientas, preferimos

quedarnos mirando el horizonte, confundidos con la nostalgia

de otros por el gastado transporte de madrugadas extintas.  

La calle. Traicionera como una serpiente que no deja de crecer,

indiferente a la orientación de sus anillos. No vendrá a llevarnos

vehículo alguno a la obra en curso de ningún constructor. Refresca

el aire inhóspito de la autopista y no hay abrigo a nuestras espaldas.autopista,

La fe viene de atrás de la montaña, aun en este llano que enfrentamos.

Diciembre 2016

Los desiertos obreros 6

La Antígona de Sófocles en traducción de Hölderlin adaptada por Brecht (Jean-Marie Straub & Danielle Huillet, 1992)

Para Carla a la intemperie

Profanación de unas ruinas

El océano comiéndose la costa.

Y después, la invasión de las langostas.

¿Para qué, dios suyo al partir

y ajeno al volver, para quién

son las largas extensiones de comercios

y el sol puesto de moda? Tras un mes,

esta costa habrá vuelto a ser desierto:

una sed de la que el mar se burla con su vaso

que alcanza y quita, alcanza y quita. Y los viajeros

estarán lejos de aquí, devorando sin ganas

su cosecha habitual. Nuevamente hambrientos.

Pero nosotros podríamos haber venido,

fuera de temporada, como manda la costumbre,

a ganarnos el pan, como en la época

de las grandes cosechas, cuando los propietarios,

codiciosos y agradecidos, extremadamente conscientes

de su deber de anfitriones, devolvían al suelo

cada céntimo de su torre de metálico

bajo la forma de otra torre, interrumpida

cada una de ellas ahora que el viento sopla de frente,

atravesando, bajo el cielo ardiente o apagado,

las estructuras abandonadas como ruinas.

Entre grandes expectativas levantamos hace tiempo

ese espectro de castillo al descubierto los días de lluvia.

Qué elocuentes las vigas desvestidas.

Para robar el fuego sagrado hace falta un templo

que guarde el calor y hace más de un verano

que de este sitio el viento se ha llevado las cenizas.

Pero este lugar sólo está muerto

cuando su gente vive aquí.

El viento se calla y el mar se retira.

Las nubes pasan lo más alto posible.

El aire es un cristal. Las hojas quietas,

como si los árboles no quisieran ser notados.

El sol presta con un gesto ausente

su luz indiferente. Como antiguos conquistadores

al entrar a un templo bárbaro,

señores y señoras pasan todo el día por aquí

sin oír otra voz que la propia. Compran

y venden todo el día, arreglando

lo público en susurros y lo íntimo a gritos,

regateando, saludándose, evitándose,

y ajenos al monte y al abismo, adormecidos,

al fin desaparecen con la luz. Recién entonces,

abriendo uno tras otro sus ojos constelados,

este lugar vuelve a dar señales de vida.

De día el cielo al menos sigue cerrado a visitantes,

libre espacio de circulación de aviones.

Diciembre 2016