Narciso mi prójimo

«En uno que se moría / mi propia muerte no vi»

Salir en la foto. Figurar. En una cultura de la exhibición, esto parece una cuestión de vida o muerte. En lugar del “pienso, luego existo” de Descartes, lo que se impone es el “ser es ser percibido” del obispo Berkeley. El ciudadano de esta cultura no tiene mejor prueba de su existencia que su propia imagen. Por eso se empeña en proyectarla. Pero sólo la mirada ajena puede reconocerle esa propiedad y acreditar así su identificación, aunque al precio de ignorar cuanto quede fuera de cuadro y reducirlo virtualmente a la inexistencia.

En la guerra por la atención de una sociedad mercantil, donde todo ha de ser vendido incluso antes de entrar en producción, donde hasta los objetos son inteligentes y comunican sin necesidad de intérpretes, la competencia entre narcisos es feroz porque implica el derecho y hasta la posibilidad de existir. Para ser tenido en cuenta es necesario convertirse en información, generar un doble en esa red de intercambios cuyo contenido es el comercio. Así, alcanzar a través de un estilo lo que se llama una marca personal consiste en devenir un producto con marca propia. Pero lograrlo depende de captar una atención tan saturada de estímulos que los rasgos más habituales de los pretendientes a esta ventana son la urgencia y la compulsión al contraste. De lo que resulta una estética de la estridencia, a menudo cegadora a fuerza de querer deslumbrar o ensordecedora en su afán de hacerse oír, practicada sin tregua por tantos competidores que su propósito de transformarse en fenómenos de masas los transforma cada día en nuevas masas de fenómenos: los Narcisos contemporáneos, desgarrados entre el deseo de chocar y el de asimilarse, distinguirse y formar parte, tener nombre y apellido. Con el Narciso clásico tienen en común la aspiración a la fusión, pero de él los separa una dimensión muy presente en las representaciones del mito como ha sido transmitido: la intimidad del encuentro de Narciso con su reflejo, del que ignora, a diferencia de aquél que se empeña en proyectar al mundo una imagen de sí, que se trata de su propia persona. Narciso se ve irremisiblemente atraído hacia otro que resulta ser él mismo y perece por no distinguir imagen de cuerpo, en lo que sí reencontraría a sus émulos actuales. Pero él es su propio admirador inocente precisamente porque no se reconoce, así como tampoco es capaz de hacer la distinción anterior. Su deseo de unión, de unidad, lo impulsa a precipitarse y perderse, sacrificando ingenuamente su ser a su apariencia.

Eco y Narciso (J.W. Waterhouse)

Sin embargo, es justamente de esta dimensión interior en que se produce el falso encuentro de donde es posible deducir otra posibilidad de existencia, en la que por la recreación de sí mismo a partir de un modelo proyectado es posible darse una identidad deliberada a la vez que una vida consciente. En un ensayo elocuentemente titulado La escultura de sí, Michel Onfray describe el laborioso procedimiento de Leonardo Da Vinci para pintar sus autorretratos. No bastaba con mirarse al espejo: era necesario, en cambio, todo un dispositivo por el que ocho espejos dispuestos en una cabina octogonal devolvían su propio reflejo al pintor sin que en ninguno de ellos pudiera él encontrar su mirada. Imposible así mirarse a los ojos, imposible el efecto de encuentro consigo mismo, pero abierta en su lugar la posibilidad de observarse como a un tercero, desde varios ángulos, y a partir de la serie de observaciones parciales proceder a la síntesis pictórica reconocible como creación. En vez de mero objeto de la mirada, se deviene así sujeto de una visión inaccesible al ojo espontáneo y se accede a la posibilidad de obrar libremente en lugar de someterse al juicio ajeno.

Pero este sentido crítico desarrollado en soledad, aislando incluso de sí mismo la propia imagen, no es propio del Narciso híper conectado del siglo XXI, que aspira en cambio a fundirse con su propia representación consagrada por el reconocimiento de los otros. En lugar de la alta exigencia que pone ante sí quien busca encarnar su mejor retrato, se empeña en satisfacer la demanda mediocre del consumidor, receptor modelo de cuanto comunica una sociedad mercantil. Su horizonte es el de la imagen como plena realización porque no ve más allá de esa mirada, cuyo valor se mide por la cantidad de ojos depositados en ella, así como en su juventud Buñuel decía, pero en broma (e invirtiendo el argumento), que el superpoblado Auto de fe de Berruguete es la pintura más grande que existe porque, “como todo el mundo sabe, el valor de una obra pictórica se mide por la cantidad de personajes que en ella aparecen”. José Lezama Lima, poeta cubano cuya obra completa se inicia precisamente con Muerte de Narciso, habla en cambio del “genitor por la imagen”, es decir, de la imagen como matriz de realidad, como vía fértil y no culminación estéril. Se trata entonces de romper la representación mediante un acto, así como el nacimiento rompe la cáscara del huevo o Narciso podría romper el cristal del agua que lo sepulta para volver en sí. El acto viene a ser de esta manera la resurrección del ahogado, que vuelve a separarse de su imagen para cosechar lo sembrado en ella.

Metamorfosis de Narciso (Salvador Dalí)

Renacer de Narciso

Protagonista del teatro de la cultura,

va Narciso de frente a darse contra el cristal

de lo visible, la representación impura

de la ilusoria ilusión de un ser espiritual.

Con la sangre de su frente mancha el pensamiento

y da volumen al acto que su cuerpo toma

cautivo de la vitrina del conocimiento,

arrugando el frío plano del que nada asoma.

Nada se mueve en ese friso pero podría.

Lisa, inerte se ve la superficie del huevo.

El río ha culminado en el espejo y no sigue.

Hasta el temblor del frío de la gran galería

memoriosa de cuya última grieta, nuevo,

emerge Narciso, que a ningún doble persigue.

Vacío y relleno

el ánimo de imponerse por el volumen

en lugar de por la proporción

Mauricio Wacquez, Frente a un hombre armado

Sustituir un signo por una cosa

no lava la mancha que queda abajo.

Recurrir a la evidencia admitida

muestra el deseo de una inadmisible

inocencia, de una vil garantía

de inimputabilidad pase lo que

pase, un salvoconducto para andar

y desandar entre los consumados

hechos, como un arado sobre tierra

fértil en frutos y estéril en razones

que, si no devora a quien la cultiva,

es a cambio de ese apego a los muebles

que elude abrir los cajones, confiado

en el suelo que pisa y la penumbra

de su umbral, sombra semejante y cómplice

de la falta que el signo señalaba.

Lo que sea que ocupe ese lugar

se prefiere a la huella sin su pie.

Lo que fuera que dejara esa marca

podría volver, podría traerlo

también de vuelta el giro de la tierra

al paso fatal de las estaciones.

Cualquier cosa que ocupe tal espacio

del que la especie no puede apartar

la mirada, con ojos en la nuca,

es preferida a su profundidad,

ilimitada como su extensión,

a la medida del hombre, no es.

Ocupar territorio como sea,

con guerreros, cultivos o ganado,

es lo debido para el endeudado

y lo que manda la supervivencia.

Terror a la luz y a la oscuridad,

terror a la culpa y la autoridad,

a la diestra autoridad de la luz

y a la siniestra de la oscuridad.

O son dos caras de la misma ley

que muda repite a unos que todo

lo que digan será usado en su contra

y a otras que, aunque digan y redigan,

sus palabras se las llevará el viento,

en una oscura síntesis de biblia

y código penal cuya luz guía

al peregrino por la senda abierta.

Cerrado se alza el bosque a los lados

y detrás se adivina el precipicio

sin fondo, impermeable a los cimientos

de que crecen las civilizaciones.

¡Oh, pirámides! ¡Oh, torres! ¡Oh, templos!

¡Oh, metrópolis romano-germánica!

¡Alcázares y panteones, arcos

y escudos, mausoleos, monumentos!

¡Palacios de gobierno y edificios

corporativos, urbanizaciones

entrevistas en sueños y calcadas

sobre mesas deforestadas, bajo

nubes de grandeza como telones

delante del azul! ¡Oh, residencias

de los inalcanzables, latifundios

y jardines colgantes! Y en creciente

proporción, a escala, acumulaciones

y versiones ampliadas, en volumen

y resonancia, utensilios, discursos,

colmadas, apretadas plataformas…

Reverso del potlatch: no un desafío

del cuerpo al espacio que lo rodea

desprendiéndose, en su esplendor, de cuanto

podría servir de escudo o muleta,

sino la ciega previsión de riesgos

errados levantando una muralla

de cosas y restos multiplicados

que reduce ese cuerpo a un común múltiplo.

Y en el muro cada bloque extendiéndose,

a riesgo de caer todos en bloque,

o peor: queriendo hacer de las cosas

signos intachables, realidades

poseídas y dables en herencia

a quienes, sobre ellas, vivan sentados

entre cojines, piezas disecadas

y velos hasta perder el aliento.

18–21.10.2022

Visiones y apariciones 1

Yo, que viajé a la luna y su blancura pinté

Cyrano en Alphaville

Bordar en el aire, si no queda bastidor.

Si la consecuencia se desmarca de la causa.

Si la razón no puede volver sobre sus pasos.

Si las páginas escritas de izquierda a derecha

no pueden ser leídas al revés, si la corriente

por creciente ya jamás puede ser remontada,

ni examinados de contraportada a cubierta

los libros, ni encontrar su materia la memoria,

en una ciudad tejida por cables abstractos

que transmiten la energía eludiendo los cuerpos.

Si los labios más dulces han perdido el oído

y los ojos orgullosos se inclinan al orden

manifiesto en las planillas de la programada

eliminación gradual, ¿a qué piel dirigir

el roce de la voz, el ascenso del aliento

de la sombra del jardín a la luz del balcón,

tanto enmascarado como a cara descubierta?

Sí, “me impresionaron la dureza y la tristeza

de su expresión”, a las veinticuatro, hora oceánica,

cuando solo desmonté en la ciudad de Alphaville.

Bordar en el telar abandonado

por las manos ayer desvanecidas,

en busca de un hilo reanudado

entre el habla perdida y nuestras vidas.

La reina de las preciosas

“Tus ojos regresaron de un país arbitrario

donde nadie supo nunca qué es una mirada”,

dicho en tono firme y transido, desde la sombra

del ala del sombrero, entre las altas solapas

del impermeable, a la pálida proyectada

contra los muros helados en busca de fuego

que consumir entre sus labios, inexplorados

a causa de la amarga frialdad de unas palabras

adelgazadas hasta quedar con un sentido

único, imperativo, sin respuesta posible.

No por qué, sino para qué: según tal consigna

se conduce por estas calles de dirección

única sin sentido, cuyas altas fachadas

carecen de desvanes y patios interiores

con aljibes o sin ellos y no muestran, secas,

nada más que lo que reflejan, reafirmando

la transparencia del vidrio y su naturaleza.

Nada crece en el árbol sin ramas, deshojado

y vacío de nidos para que, bajo el cielo,

por encima esté él del penacho más erguido.

Bordar, pinchándose los suaves dedos

con la agudeza del razonamiento,

y del hilo deshacer los enredos

hasta dar claridad al movimiento.

La naturaleza del vidrio

“Bórdalo”, pedía la reina de las preciosas

en privado, retirados los malos poetas

con su paga y las amigas con sus alabanzas,

al objeto y no al sujeto del discurso, y yo,

escondiendo la nariz procedía, inspirado

en la abundancia de matices de cada verbo.

Ahora ¿cómo, con cada vez menos palabras,

hacer resonar el fondo de la caracola?

¿Qué malentendido hacer oír bajo los párpados

de estas numeradas seductrices, dividiéndolas?

La película ultrasensible de la mirada

que registra desde su aparato el mecanismo

insomne de esta ciudad sumergida en la noche

hace visible su oscuridad y así revela

el foco vigilante cuya voz carcomida

devora las palabras que no vuelven a verse.

Yo, que viajé a la luna y su blancura pinté

con mi tinta, reconozco una fuente de luz

verdadera cuando me enfrento a ella. Conozco

la palabra de la noche y sé que ésta no es.

Bordar en secreto sobre un pañuelo

regalado iniciales delatoras,

contar con la elocuencia del señuelo

agitado ante miradas lectoras.

La palabra de la noche

Mucho tiempo estuve solo acostándome tarde,

mirando películas hasta la madrugada,

soñando después con los espacios exteriores

y asomando al sol una espada aún desafiante.

Por esa época oí la frondosa leyenda

de Alphaville, la ciberciudad peor que la muerte,

donde vengo a descubrir que la realidad

es más parca y lo es más con cada nuevo signo

introducido en sus circuitos, sin preciosismos

de los que pueden decodificar un bordado.

17–18.11.2022

La palabra está de más 1: Sobre el libro como objeto perdido

«El objeto que más se presta a ser prestado» (Céline)

En aquellos tiempos, cuando diarios y revistas eran capaces de persuadir a tantos lectores de comprar los libros destacados en sus páginas, ellos mismos eran objeto del mayor interés. Y no sólo por sus noticias, sino también por la expectativa que hacía de éstas la avanzada de un futuro lo bastante inminente como para transmitir el calor de esos primeros rayos de albas sucesivas.

En aquellos tiempos, aunque ya eran entretenimiento, novelas y noticias eran heraldos de algo que aún no había ocurrido o no había sido dicho, de algo que estaba por ocurrir o por decirse. Eran las primeras voces que se alzaban al levantarse, después de siglos, al menos para el imaginario de aquel entonces, el cada vez menos espeso velo de la censura.

Cuando las ideas expuestas en periódicos o libros eran la alternativa a lo predicado desde tronos y púlpitos, esos medios cumplían un papel de vehículo entre un mundo padecido y otro deseado; el solo hecho de estar prohibida podía dar, a una obra de poco mérito, el valor y el poder de un signo de oposición a las tiranías. Cuando el fin de la censura se corresponde con el fin de la historia, en cambio, la aparición de cualquier cosa en cualquier escenario, por más atención que reciba, es un acontecimiento banal, un desprendimiento más de lo dado, un spin-off de la representación en curso. Si fue el final del antiguo régimen y el advenimiento de las democracias lo que abrió la edad de oro del periodismo, ¿puede fecharse el momento clave en que la cultura sustituyó la proyección del mañana por la trasposición a toda clase de soportes de sus representaciones?

Buenos tiempos para la prensa

Ese lapso es comparable al vacío que señala el agente literario Guillermo Schavelzon en un artículo de su blog: “Este fenómeno en que el anuncio de un nuevo libro puede tener cincuenta mil “me gusta”, pero sólo se venden dos mil ejemplares, es el verdadero eslabón perdido del negocio editorial de hoy.” Esos cuarenta y ocho mil lectores potenciales, de una potencia que no se realiza, son, en su inconsecuencia, el reflejo de la libertad sobrevenida con el vencimiento del compromiso a futuro previo a la posibilidad de una existencia virtual. ¿Por qué precipitarse a leer lo que sea si ya no es a la luz del sol del porvenir? Lo escrito, escrito está. ¿Por qué seguir leyendo cuando el texto está acabado, cuando nada antes prohibido queda por publicar?

“Todo en el mundo existe para concluir en un libro”, declaró Mallarmé. Pero ese libro, prefigurado en sus esbozos, no logró ser escrito. Fue anunciado, como el nuevo mundo, pero no hecho. Se perdió, literalmente, dejando sólo el resplandor que lo anunciaba: como una estrella muerta, cuya luz real nos llega desde un cuerpo desaparecido.

Si un libro es la conclusión del mundo, esto significa que es la extracción de sus consecuencias: retrospectivamente, aquello que le da sentido y a la vez lo representa. Sin embargo, más que ese libro en trance de escritura, el que hace sentir su ausencia en este mundo al que la Biblia no le basta es un mítico Libro Perdido, que da tema a más de un best seller (Código Da Vinci y compañía) y en el que se supone, cifrada, esa áurea verdad original cuya dorada guadaña separa a justos y genuinos de malvados e impostores y consuma el Todo mallarmeano. Ese libro no puede ser ninguno de los que se publican, meros golpes de dados que nunca abolirán el azar, en la misma medida en que es la fuente del lenguaje, que se abre y se cierra. Una fuente perdida al que sólo la ilusión de localizarla ubica en el cuerpo noble, discreto, escamoteable y portátil de un libro, él mismo consumación y abolición, por incomparable, de todos los libros.

«Todo en el mundo existe para concluir en un libro» (Mallarmé)

Del mismo modo que las épocas se suceden y se evocan sin que nunca la eternidad sea tangible, ningún libro puede ser ése extraviado pero algunos han sido capaces de representarlo: Ulises, Viaje al fin de la noche o El capital, por ejemplo, han sido, en su época, la revelación esperada. Pero, si han podido serlo, también se ha debido a esa espera. En aquellos tiempos, cuando en el horizonte aún asomaba el sol del porvenir y a su luz cada vez más aprendían a leer, diarios y novelas suponían novedades: perspectivas cerradas que se abrían y mostraban el mundo de otro modo, sujeto a otras probabilidades, grávido de otros sentidos, todo lo cual llamaba y eventualmente comprometía a la acción. Una mínima acción, apenas el embrión de algo mayor, podía ser la acción de compra por la cual se adquiría el derecho, y con él la posibilidad, de abrir un libro y con él una puerta antes cerrada al mundo circundante.

Esa espera ha ido cesando. Puede verse o leerse Esperando a Godot como el anuncio de ese cese. Si no hay nada que esperar de los sucesos del mundo, de las acciones humanas, ¿para qué leer los diarios? ¿Qué otra función, además de entretener, les cabe a las ficciones? No es tan raro, en tal contexto, la vuelta a lo religioso. Una extraña religión nihilista, donde las acciones desesperadas a la manera del fundamentalismo conviven con toda clase de ilusiones depositadas en cualquier cosa que no deba pasar la prueba de la realidad, mientras la vieja vertical de la plegaria es sustituida por el despliegue horizontal de una red de comentarios. En esa circulación, ¿qué lugar ocupa el libro? No el Libro, sino el libro en su acepción más mundana, producto editorial o manifestación cultural, del que jamás se han ofrecido tantos ejemplares, mientras su cadena amenaza con cortarse a cada paso por más que se pedalee. El libro ocupa hoy el lugar del mundo. Es decir, está en la misma situación que un mundo cuya presencia ya cuenta mucho menos, en la balanza de la percepción de un sujeto o ciudadano contemporáneo típico, que la multiplicación de unos ecos y reflejos autónomos desde el momento en que ya no se nutren de su fuente sino que se generan y se sostienen unos a otros desligados de lo que sea que pudo haber existido bajo estas puras apariencias. Lo que se pierde por los agujeros de la red tiende a ser el objeto de los intercambios, mientras las manifestaciones particulares de los participantes son los hilos que la traman. Así se producen esos entendimientos en los que no se sabe bien de qué se habla ni cómo definirlo, pero en los que todos los que intervienen son capaces de hacer un guiño.

Lo esencial del periodismo, de su denuncia, que es lo que lo opone en principio al poder, como se comprueba en los regímenes absolutistas, es su confrontación del discurso dominante con la realidad contradictoria sobre la cual, a quien lo pronuncia, le cabe alguna responsabilidad. Así intenta seguir siendo, incluso hoy. El realismo en la novela compartía esta propuesta: revelar lo que vive bajo el discurso opresivo del poder o de las costumbres. En todo caso, ambas formas narrativas trazaban su sentido en la tensión entre verbo y carne, decir y hacer, palabra y realidad. Rota la cadena que lleva del significante a su referente, de la descripción a la realidad, del relato a la acción, ¿qué valor pueden tener las noticias o la ficción? ¿Qué otra dimensión que el pasatiempo? En ese espacio ya no hay norte ni consecuencias, con lo que no resulta tan rara la falta de compromiso de esos cuarenta y ocho mil potenciales lectores que celebran la aparición de un nuevo libro pero no realizan la mínima acción que supone su compra. Pero lo que sí es un rasgo de época es la expresión de buena voluntad que supone el “Me gusta” inmediatamente clickeado al ver la noticia en la pantalla: el reflejo solidario unido en un gesto inmediato a la participación compulsiva, junto a la muda disculpa por la falta a la lectura que ya se sabe que no se emprenderá.

2015

De ocaso en ocaso, La decadencia del arte popular (2002-2018)

Dos poesías populares

«Abandoné a mi clase / y me uní al pueblo llano» (Perseguido por buenas razones, Bertolt Brecht)

Fue en algún año de la adolescencia, a la edad de escapar de casa y de los sitios frecuentados en la infancia, cuando mis ojos y mis dedos tropezaron, entre los viejos volúmenes de bolsillo alineados en cualquiera de las tantas mesas de saldos de la calle Corrientes, con la poesía que copio a continuación, entonces impresa no hacía tanto en el papel ya amarillento:

VIEJA CIUDAD

A menudo en turbias noches salgo de mi casa,
a gozar de mi vieja Trieste,
donde parpadea la luz en las ventanas
y la calle es más estrecha y populosa.
Entre la gente que va y viene
de la cantina al lupanar o a la casa,
donde mercancías y hombres son desechos
de un gran puerto de mar,
vuelvo a encontrar, pasando, el infinito 
en la humildad.
Aquí prostituta y marinero, el viejo
que blasfema y la mujerzuela que disputa,
el guardia sentado en el puesto 
de frituras,
la tumultuosa joven enloquecida 
de amor,
todos son criaturas de la vida 
y del dolor:
se agita en ellos, como en mí, el Señor.
Aquí siento también en rara compañía
mi pensamiento hacerse
más puro donde más sucia es la vida.

El poeta de Trieste

Los versos son del poeta y librero italiano Umberto Saba; la traducción es de Alberto Girri y Carlos Viola Soto. Conservo la poesía desde entonces y a lo largo de los años que han pasado la he releído muchas veces, como quien vuelve a un lugar significativo o desliza los dedos por la piel del amuleto que lleva en el bolsillo, reafirmando alguna creencia más inconsciente que razonada, pero vital en su oscuridad y por eso, supersticiosamente, distinguida tan sólo a través de sus signos, como la marca del cigarro o del licor ya probados cuyos sabores, no por familiares, decepcionan. La última, sin embargo, mi ambiguo paseo entre la vieja Trieste de Saba y un Buenos Aires que ya sólo existe en mi memoria fue interrumpido; un tropiezo parecido pero en un sentido inverso al de cuando abrí la puerta por primera vez. Me detuve y consideré la piedra atravesada en mi camino. Recordé entonces otra poesía, proveniente quizás del mismo período histórico aunque no llevara tantos años acompañándome. Ésta es de Virgilio Piñera, fue escrita en Cuba, tiene fecha de 1962 y dice así:

NUNCA LOS DEJARÉ

Cuando puso los ojos en el mundo,
dijo mi padre:
“Vamos a dar una vuelta por el pueblo”.
El pueblo eran las casas,
los árboles, la ropa tendida, 
hombres y mujeres cantando
y a ratos peleándose entre sí.
Cuántas veces miré las estrellas.
Cuántas veces, temiendo su atracción inhumana,
esperé flotar solitario en los espacios
mientras abajo Cuba perpetuaba su azul,
donde la muerte se detiene.
Entonces olía las rosas,
o en las retretas, la voz desafinada
del cantante me sumía en delicias celestiales.
Nunca los dejaré –decía en voz baja;
aunque me claven en la cruz,
nunca los dejaré.
Aunque me escupan, 
me quedaré entre el pueblo.
Y gritaré con ese amor que puede
gritar su nombre hacia los cuatro vientos,
lo que el pueblo dice en cada instante:
“me están matando, pero estoy gozando”.
Profeta en su tierra, extranjero en su país

Al releerla, advierto que recordaba el último verso repetido –“me están matando pero estoy gozando, me están matando pero estoy gozando”-, como un estribillo final que sin embargo sólo insistía así en mi memoria. Señal de apego, pero ¿a qué? La repetición, como ocurre en tantas canciones que terminan por la disminución del volumen mientras un coro insiste, se parece al eco y el eco también tiende a apagarse, pero, para evitar su desaparición, también nosotros repetimos lo que queremos aprender. Lo grabado en la memoria por esta clase de estudio sobrevive así en ella a la desaparición de su objeto, pero ¿es posible que éste reencarne, renazca, vuelva al mundo más tarde bajo otra forma?

Al evocar una época vivida se mezclan la noción de ese tiempo histórico y la conciencia personal del propio desarrollo, el documento impreso entonces y la impresión subjetiva. En aquellos largos tiempos que pasé subiendo y bajando por la calle Corrientes me gustaba repetirme, como ahora aunque con una fe distinta, lo que había leído en alguna parte de que “para los chinos, la sabiduría consiste en la destrucción de todo idealismo”. Y lo concreto para mí era la calle, cualquier calle y no sólo ésa de las librerías y los teatros, pero sí una calle con mucho tráfico, y no de coches sino de chismes, informaciones, tratos efímeros y mercancías cada vez más rebajadas, todo llevado y traído por una romería de caras y voces más imaginaria que real pero aun así realista, en el sentido de “destrucción de todo idealismo” atribuible a cualquier buen “baño de multitud” (Baudelaire), fuera de todo espacio regido por el ideal de un proyecto explícito, ya sea éste académico, económico, empresarial, social o familiar. Allí la vocación no tenía que coincidir con profesión rentable alguna ni adquirir ninguna forma determinada; también el futuro quedaba en suspenso y el pasado, en suspenso a su vez pero en otro sentido –en el otro sentido exactamente-, se dejaba estudiar de manera espontánea en esos ecos que eran los testimonios de los mayores ajenos a la familia, los documentos recuperados de una historia fraudulenta o los objetos abandonados fuera de toda herencia prevista, colección heterogénea parecida a la de los pequeños objetos perdidos y piezas sueltas que Tom y Huck guardaban en el fondo de sus bolsas y bolsillos. Lo concreto era en concreto todo lo que se pudiera blandir contra un futuro organizado: las malas compañías, los lugares desaconsejables y, ante todo, entre éstos, los territorios indeterminados donde todo se mezclaba, y allí cuanto hacía posible ir “en la dirección opuesta” (Bernhard: A los otros hombres los encontré en la dirección opuesta, al no ir ya al odiado instituto sino al aprendizaje que me salvaría), es decir, encontrar la oposición que permitía afirmarse y daba sentido al movimiento de resistencia. Y el ideal, o lo abstracto, lo opuesto, era ese futuro exigente o esas exigencias a las que se respondía con la rebelión o el rechazo en igual medida en que no se sabía encontrarle alternativas y parecía cubrir todo el horizonte en cuanto uno daba un paso más allá del momento presente. Dos locuras, dos delirios enfrentados, como en cualquier otra época personal o de la historia. ¿Qué se ha hecho de toda esa mitología pasada ya su edad de oro?

Uno de los nuestros

Hacia el final de esa época de vagabundeo, cuando la escuela del flanneur tenía ya pocos postgrados que ofrecerme, vi en compañía de cinco semejantes la película de Godard Masculino/Femenino, rodada hacía ya por lo menos tres décadas. Hay una escena mínima, un plano de unos cuantos segundos, casi con seguridad tan “robado” como el objeto en cuestión, en que un veinteañero Jean-Pierre Leaud furtivamente levanta al pasar un libro de la mesa de ofertas en la puerta de una librería y se lo lleva escondido bajo el brazo. Los seis a la vez y de inmediato nos vimos reflejados, la corriente de identificación se transmitió con irresistible urgencia no sólo entre la pantalla y cada uno sino también entre los  seis cuerpos alineados en la misma fila de butacas, pero lo que habíamos visto ya quedaba a nuestras espaldas: no era sólo el pasado de Leaud, ni tan sólo los años sesenta, sino además, aunque aún nos reconociéramos bruscamente en él, nuestro propio pasado lo que acabábamos de ver pasar.

No me he paseado así por Barcelona, donde ahora vivo y a la que llegué trayendo la trasnochada imagen preolímpica que de ella daban las historietas de Nazario aparecidas en El Víbora de los años ochenta; tampoco he encontrado aquí ni la calle imaginaria ni la real que recuerdo de aquella época, en la que supongo que para mí se ha quedado. Entre el ayer y mi ayer, sin embargo, hay relación; una extrapolación es posible, aun teniendo en cuenta los atenuantes de la edad y el paso del tiempo. Y es ésta: existe un correlato entre mi abandono de la calle y el abandono de la calle por el tiempo histórico, es decir, por el tiempo en el que una historia, la de la especie, parecía tener lugar y que ya no parece transcurrir allí, donde sólo va a parar lo que el progreso deja atrás como las sobras de su banquete. Y sin embargo, a la vez, la escisión marcada por ese abandono vuelve y vuelve a repetirse a través de las eras, actualizando, verbo de moda, el eterno conflicto entre pasado y futuro, que no se suceden ni amable ni lógicamente el uno al otro sino que tiran de cada individuo en direcciones opuestas ya que, además de identificar el ayer y el mañana, representan, como éstos, valores, afectos y deseos distintos, a menudo incompatibles. Lo concreto se asocia al pasado y lo abstracto al futuro bajo los nombres de experiencia y proyecto, y la relación con el lenguaje en cada caso también varía, favoreciendo el significado en el primero y el uso en el segundo; todo lo cual, considerado impersonalmente y con distancia, parece equilibrarse, pero vivido en persona y en directo suele hacer cortocircuito. 

La Rambla según El Víbora

Es la diferencia entre la corona pensante y su cuerpo de súbditos, entre el jefe del Estado Mayor y los soldados. No es lo mismo planear una batalla que tomar una colina. Yo, que en mi infancia me quedaba pegado a las películas de romanos y de piratas mientras cambiaba de canal inmediatamente si en su lugar aparecían marcianos o astronautas, nací durante una época marcada por una serie de movimientos masivos de emancipación de los individuos que fue también la antesala de un cambio de estrategia por parte del poder. Esa época pasó y ésta es otra, en la que a la insurgencia plural contra la tradición responde un compulsivo alistamiento generalizado en los ejércitos de la innovación tanto programada como aleatoria, aunque este azar ya no es el de la vieja calle ni tiene ese sabor original de fondo que es propio de la receta anónima adulterada al infinito por las variaciones de las costumbres y latitudes donde es recreada, sino el sello indeleble de cada producto elaborado en el siempre aséptico laboratorio de las probabilidades.

En una época en la que el espíritu de servidumbre voluntaria aumenta en proporción inversa a la necesidad de cuerpos al servicio de una gestión del poder cada vez más autónoma, será difícil quizás comprender la representación que de este conflicto hace Louis-Ferdinand Céline en su novela Guignol’s Band, donde identifica dos polos, la delincuencia y el reclutamiento, para apoyar sobre ese eje todo un mundo callejero en el que un grupo de pícaros franceses procura no ser enviados de vuelta al frente de la Guerra del 14 desde el Londres en el que se han refugiado y en el que sobreviven ejerciendo todo aquello que se ha dado en llamar más de una vez “la mala vida”. Según estos dos modos de relación con el mando –el desacato y el servicio activo-, resuena a lo largo de la novela entera toda una tradición de insumisión que se remonta a Petronio y François Villón, por lo menos, y que extrae su tremenda energía justamente del gusto por ese mercado abierto en plena calle, tan teatral, con sus dramáticas transacciones, intercambios y enfrentamientos vociferados, y tan lejano de la discreta opacidad de los mercados financieros actuales en su carácter de concreto, físico, sensorial, tangible, terrestre, “destructor del idealismo”, como llegué a creer.

When the music is over

Todo esto pasó. Hoy sé esperar la ausencia (Rimbaud, Lezama). Pero no logro sobreponerme por completo a mi tropiezo; no logro seguir mi camino sin renquear. ¿Qué brisa se ha interrumpido sin violencia pero de pronto y ya no impulsa la lectura, que ahora avanza a remo? Las poesías de Saba y Piñera habían sido por mucho tiempo signos de ese mundo concreto que se encuentra, según Bernhard, “en la dirección opuesta” a la señalada por padres y maestros, “nuestros enemigos naturales cuando salimos al mundo” para Stendhal. Pero el valor de esa concreción se apoyaba, secretamente, en una promesa implícita, es decir, en un argumento que, si podía oponerse a lo considerado como ideal, ese ajeno ideal resistido, era por compartir su naturaleza, por pertenecer al mismo orden y por eso entrar en colisión con él. Sólo que el crédito se ha agotado, la promesa no ha de cumplirse: es por eso que el viento no sopla y mi expectativa ha arriado la vela. Lo concreto, roto su diálogo con lo abstracto, liberado del significado atribuido por su captura en esa dialéctica para volver a ser en sí, materia animada ajena al conflicto entre el ideal plantado y la ilusión flotante, ya no responde ni anuncia respuesta a lo que por tanto tiempo se esperó de lo proyectado en su pantalla. No hay criatura en ese vientre, o nadie reclama su paternidad. Sin embargo, como la imagen de Jean-Pierre Leaud robándose un libro en los años sesenta, o igual que Dulcinea a pesar de Aldonza, el antiguo murmullo desmentido del canto popular invocado por Pasolini ante las cenizas de Gramsci todavía hoy se hace oír, si no en boca de obreros y campesinos que tampoco ya se hacen ver, sí por lo menos en el eco sostenido entre sus formas conservadas y los asiduos a tales museos, rebobinadores de tales cintas, cuerpos habitados, como el de Quentin Compson en ¡Absalón, Absalón! (Faulkner), por voces y espectros trasnochados al igual que los de sus nostálgicos predecesores, los anticuarios y memoriosos de cada época extinguida en quienes ésta sigue viva y el fuego de sus antorchas aún alumbra. Pues la verdad expulsada de la realidad persiste en el imaginario de la memoria. Lo raro es descubrir ese teatro en uno mismo, cuando uno creía ser su espectador. Un teatro portátil que se lleva consigo a todas partes, sin poder jamás entrar a él, andar por él, sentarse en él, pues la escenografía de la actualidad consiste en su negación, lo que le da por otra parte más fuerza pero no por eso contribuye a su realización postergada por tiempo indeterminado. “Desesperación por no estar nosotros dentro de él sino él dentro de nosotros”, dice Genet de Querelle en su novela. Volviendo a las poesías de Saba y Piñera mantenidas en repertorio durante tantas temporadas, la nota más estridente en esta reposición es esa tensión entre lo alto y lo bajo, esa agonía que en su inexorabilidad aspira en cambio a creerse cada vez más cerca de la resurrección y así como alcanza la pureza por la suciedad reúne el goce con el aniquilamiento en un mismo resplandor sostenido. “Sellado por el prodigio de la belleza mortal” era el rostro de niña contemplado por Stephen Dedalus en el momento más exaltado de la secuencia en que se decide a seguir su vocación artística, desoyendo el llamado de sus maestros jesuitas a integrarse en sus filas. Pero el punto de llegada de esta deriva me parece ahora ser no éste en que Joyce recrea entero el exultante estado de Stephen al liberarse de lo que le estaba destinado, sino aquél desde el que Katherine Anne Porter traza, al final de Old Mortality (novela corta comparable al Retrato joyceano en su relato de una educación que culmina en rebelión y para cuyo joven protagonista el autor adulto se toma a sí mismo como modelo), la perspectiva retrospectiva que ofrece de su pensante heroína Miranda: “no puedo vivir en su mundo por más tiempo, se dijo, escuchando las voces detrás de ella. Que se cuenten sus historias entre ellos. Que continúen explicando cómo sucedieron las cosas. No me importa. Por lo menos puedo saber la verdad acerca de lo que me ocurra a mí, se aseguró silenciosamente, haciéndose una promesa, en su esperanza, en su ignorancia.” La oscilación de este final, como una duda, es la que me hace detenerme aquí. Porque tal duda, al mismo tiempo, revierte sobre la promesa anterior y concluye un relato que a su manera cumple con ésta. Como una puerta batiente clavada en un movimiento perpetuo, como los párpados que se abren y cierran sobre los ojos de la lucidez, señala lo ineludible de la atención al momento propicio para pasar, sin el que no se llega a nada, y lo insoluble de la tensión entre dar o no dar ese salto adelante: no se puede renunciar, no se puede comprobar y la única certidumbre en este vaivén la aporta esa misma presencia sin derecho a réplica. Semejante punto de llegada no admite demorarse en él, de modo que habrá que recurrir a otro final, esta vez tomado de Beckett, en su trilogía del Innombrable: no puedo seguir, voy a seguir. Aunque difícilmente pueda llamarse continuación al alejarse de una calle cortada porque se lleve su barro en los zapatos.

2012

De ocaso en ocaso, La decadencia del arte popular (2002-2018)

La ficción en la infancia

niñafrankenstein
Mi amigo invisible

Los recuerdos fragmentados y las premoniciones oscuras se parecen. Ni se entiende a qué aluden esas imágenes y palabras recortadas de todo entorno a las que nos aferramos supersticiosamente, ni es posible extraer de la negrura de una memoria indiferente los fotogramas que completarían el relato vuelto imposible por la evidente desconexión entre los cuadros que conservamos. La reconstrucción de nuestra historia es tan fiable como la restauración de ruinas arqueológicas para dar una idea del pasado irrecuperable. Pero así es como suele aparecer la ficción: como una especie de espacio onírico donde todo lo que de día se esconde bajo la opaca piel de lo cotidiano se muestra por fin libre de límites. Así es posible pasar de un estado a otro, como el agua al vapor o al hielo, pero con la mágica inmediatez del gato Félix a través de los agujeros que saca de su bolsa, prescindiendo del lento proceso durante el cual, con la misma tristeza inseparable del abismo entre un personaje de dibujo animado y su encarnación en comparsa de circo pobre disfrazado para la ocasión, las razones y métodos que permiten el fenómeno le dan explicación y alcance, retrotrayéndolo al universo del que el prodigio nos había apartado. Ese mismo pasadizo es el que comunica a las gemelas protagonistas de Mosqueteros del mar, una vieja película de aventuras de los años 50 donde Pierangeli hace ambos papeles, el de la joven pirata cuya audacia es el mayor desafío para sus compañeros de tripulación y el de la monja de clausura que sufre en carne propia, para sorpresa de las otras religiosas que la creen poseída por demonios, los dolores de los torturas aplicadas a su invulnerable hermana en la mazmorra donde ésta se ríe del gobernador de Maracaibo y su batallón de verdugos. Y es el mismo magma de comienzo del mundo que mezclan, al comienzo del Macbeth de Orson Welles, las brujas en su caldero de barro y niebla entre rocas de cartón, donde aún cada criatura está a tiempo de convertirse en otra y después en otra, tan privadas como libres de identidad y conciencia de sí. Un mundo en el que la creación, todavía inconclusa, impone aún la inestabilidad a todo intento de organización y en el que por eso, angustiosa y felizmente, el principio de realidad no logra arraigar.

pier-angeli[2]
La hermana Barbanegra
Esa ausencia de límites definidos se parece a la vaguedad de los datos precisos contrastada con la intensidad de la marca que puede dejar, en la conciencia, un puñado de imágenes no identificadas a pesar de su persistencia. El título de esta otra película, sus intérpretes, su director, todo esto sigue siendo un misterio para mí: ni siquiera me atrevería a aventurar un juicio estético, a decidir si era una rara obra de arte u otro caprichoso engendro fruto del encuentro, sobre el puente levadizo de un decorado a amortizar, de un director-productor delirante con una troupe de sumisos figurantes desocupados. La base del argumento era la leyenda de San Jorge, que triunfaba al final sobre el dragón delante del castillo en cuya torre esperaba, aferrada a los barrotes, la princesa. Pero mucho más memorable que ese combate o las distintas alternativas que conducían, entre tanta sombra, al rescate feliz, resultaba el dúo, o trío, de personajes secundarios en quienes esta desplegada noche encontraba su definición mejor: los siameses calvos que dentro de una misma túnica con un agujero para cada cabeza hablaban y se movían al unísono, comentando la acción o transmitiendo mensajes como un coro digno de la misma confianza, a pesar de su inocencia, que las brujas escocesas, y la así llamada viuda negra, una hermosa mujer pálida de largos cabellos oscuros que al ser besada mutaba en araña, súbitamente aparecida por arte de montaje en el cuello del ocasional amante, ya muerto en el plano siguiente. El beso o picadura era el sello dejado, en el momento de caer sobre la presa, por la concentración de toda la red de sortilegios suspendida alrededor en un solo punto, final. Aunque después la aventura continuara.

ana y la niña 2
Una ventana en el cuarto oscuro

La realidad no requiere ser creída, pero ésta es una sobrenaturaleza: por eso admite esa intensidad que los objetos no acogen, frente a lo cual la desvaída normalidad a menudo pierde sus contornos, como algo que no se recuerda bien o una vaguedad. Sus elementos, aislados como por una linterna en una noche cerrada, quedan fijados precisamente en razón de su incompatibilidad con ese mundo limitado pero a la vez en intercomunicación e interpenetración continua que llamamos realidad. Agujeros en el conjunto, que éste más que tapar oculta pues son necesarios para respirar, para que cada criatura respire. Así, aunque los monstruos huyan de la naturaleza, siempre lo hacen acompañados al menos por una mirada y por eso siempre retoman el tour: el lagarto antropomórfico que repetidamente intenta o consigue escaparse del zoológico al que regresa al final de cada capítulo, los vampiros y semejantes que renacen de sus cenizas, el científico o el villano visionario perseguidos por la justicia tradicional, y hasta esos enmascarados por causas nobles saltando de un lado a otro de su máscara a riesgo de caer para siempre de cualquiera de los dos, invariablemente cazados en mitad de la aventura y cazadores en el desenlace, todos ellos orbitan sin cesar en torno a un abismo central del que nadie vuelve y que por eso todos evitan, escondiéndose y reapareciendo periódicamente en cambio como tanto les gusta hacer a los niños muy pequeños en uno de sus primeros juegos.

houdini2
Un artista del escape

Cliffhanger: antiguo nombre dado a ese género de aventura cuyo punto culminante, donde la narración se interrumpe y produce su imagen rotunda y memorable, su “gestus” brechtiano, coincide con ese colgar en el vacío aludido por la definición americana, instante eterno tras el cual el tiempo se reanuda, como el relato en el episodio siguiente, y devuelve héroes, heroínas y villanos a la superficie donde habrán de seguir girando hasta el próximo pico de tensión. Es una rueda en la que lo esencial es entrar y salir a tiempo, pero cuya móvil continuidad depende de que en realidad no hay salida, sino sólo luz y sombra: la ausencia de peligro que llama al peligro y su presencia que pide socorro. Es precisamente la continuidad del sistema lo que está en juego, la reproducción simbolizada en la heroína, quien rescatada conserva a la vez su condición de virgen y potencial madre. El héroe es quien acepta la postergación, lo que no significa que el villano pueda eludirla; al contrario, cada trampa de la que se ausenta dejando a la novia presa del mecanismo que ocupa su lugar –bomba de tiempo, péndulo o sierra, tren arrollador o silla eléctrica programada- es un aparato de postergación conteniendo su propio antídoto. Un mago, Houdini, el más grande de los artistas del escape, un especialista que conocía todos los trucos del escamoteo y la sustitución, cuando intentó prolongar más allá de la muerte el trato con su inolvidable madre fue víctima de espiritistas a los que desenmascaró; su lucidez no le impidió seguir desafiando esa barrera, que al fin se cerró sobre él antes de que escapara por enésima vez de la pecera que él mismo había llenado.

lupin2
El fugitivo de la sociedad

Ser atrapado, ser descubierto, escapar, enmascararse: con esas cuatro alternativas y todas sus combinaciones, sus variaciones, sobre todo, de disfraz y decorado, alcanza para completar un imaginario que no quiere salir de allí. El tablero puede ser recorrido de arriba abajo y de izquierda a derecha, de cara al frente y en diagonal, pasando una y otra y otra vez por los mismos casilleros acribillados de huellas, con una excitación creciente como la del público ante el conflicto dramático que se agrava sin resolverse, espoleando sabiamente el ambiguo deseo en torno al cuadrilátero de que el contendiente gane y pierda a la vez. Sin embargo, hay un límite: poco a poco, la escena esencial, siempre la misma, va agotándose; los intérpretes son reconocidos demasiado pronto cada vez bajo sus disfraces. Antes de que la aventura se convierta en su propia parodia, género bajo el que podría, tal vez, ser recuperada rentablemente en otro momento pero no en éste, es necesario volver a velarla: que caiga el telón, por el momento, de una vez por todas. Hay que saber acabar: desaparecer, a la manera de los ídolos cuyas carreras son largas, para resurgir de un olvido en el que haya habido tiempo para que la nostalgia fermente. Así cada episodio de la serie, así cada serie entera en relación al modelo que encarna. Los maestros de esta rutina son los sacerdotes, ya que las religiones duran siglos.

felix2

Instantáneas retrospectivas

gorriarena
Un ojo capaz de apartar la mirada

El ojo flotante
En el fluido vértigo de la sucesión, donde todo, en cambio, querría acumularse, la actualidad se vuelve obsesiva para el ojo que flota, amenazado y espoleado en su pupila por cada nueva ola. Una defensa podría ser poner un dique, por más que éste fuera sólo mental. El límite, por ejemplo, que fija un subtítulo: De la toma de la Bastilla a la caída del muro de Berlín (1789-1989). Una historia de la representación, lo que permitiría tratar la gesta de la democracia moderna, o más bien su gestación, si la corriente real del devenir de los escritos consiguiera congelarse entre las fechas señaladas en lugar de, como es natural, alimentarse de las noticias y fenómenos correspondientes a los años en que escribe la mano que frota ese ojo. La intermitencia, propia del órgano que parpadea, impide la composición cronológica aun a posteriori, pues el carácter súbito de cada una de las ventanas que abre, aunque lo haga sobre el mismo paisaje, se encuentra en relación directa, aunque sea opuesta, con la coriácea continuidad de la pintada superficie bajo la que intenta deslizar alguna luz. La necesidad de organizar al menos en un cuadro estas miradas quizás determine, entonces, la concepción de una especie de lente de focos superpuestos al fondo del cual, como el blanco del ojo, el fondo vacío en que se funda aboliría en tiempo real –así lo llaman- todo flujo prepotente de imágenes, quedando en cambio en cada uno de sus filtros tan sólo el matiz pertinente a cada perspectiva.

público2
El público toma la escena

Crítica del público
Tradicionalmente, la crítica se ocupaba de los objetos de arte que se ofrecían al público y procuraba guiar a éste tanto a la apreciación de aquellos que pasaban su examen como a la condena de los que no. Desde que las voces autorizadas han sucumbido al reinado de la opinión, es decir, desde que el público ha dejado de hacer caso a la crítica para ejercerla él mismo a su manera no especializada, o sea, desde que al haber tantas críticas como críticos la crítica misma casi ha desaparecido por el desprestigio de su función, son más de una las barreras que se han levantado: entre público y artista, al imponerse aquél como razón de ser de éste; entre obra y público, al pasar a ocupar éste el centro de atención; y entre narcisismo individual y colectivo, al no tener aquél más que fundirse en éste para ser aceptado. Los objetos producidos en contexto semejante desalientan la crítica, que prefiere renunciar a interesarse en el arte del aficionado ansioso de reconocimiento. Pero, al faltar su concurso y las líneas divisoras que traza, es finalmente el propio público, siempre igual a sí mismo, el que cumple todos los papeles y ejecuta todas las funciones, tanto de creador que debido a su formación sólo sabe imitar como de admirador que lo es fatalmente para exaltar su propia persona o de “juez último” –democrático crítico absoluto- cuyo veredicto, eximido de toda razón suficiente, es tan ambiguo como inestable y así incapaz de fundar escuela alguna. En esa ausencia de cátedra, librado a sus recursos –interactividad, participación, selfies, redes sociales-, el público toma la escena para intentar hacer de sí mismo el objeto de su deseo. La anulación del circuito por el que éste se desplaza, con sus intérpretes tanto dramáticos como críticos, pues la crítica es interpretación, es el horizonte último de la constante crisis de representación de las sociedades actuales, perseguidas por su condición de referente en su frustrada carrera hacia el rol de significante. Algún crítico francotirador podría intentar lo que no se hace por sistema, o sólo en el campo de la sociología: la crítica no aduladora de este nuevo artista fracasado en su momento triunfal, cuando no queda margen para comentarios entre las obras y las visitas que colman su continua exposición.

beatles
Perseguidos por buenas razones

Vanguardias en fuga
“¿No soy acaso timonel?”, preguntaba al sentirse cuestionado un personaje de Kafka. Al que podría responder, con otra pregunta, un agudo “dardo” de Nietzsche: “¿Tú precedes? ¿Precedes como pastor o como excepción? Podría darse un tercer caso, que sería aquél en que precedes como fugitivo…” Hubo un Gran Timonel durante el siglo XX que fue, en su momento, la bandera agitada también en occidente por los espíritus más dispuestos a ligar acción y estética, arte y política, deriva estrellada contra el acantilado del triunfo del capital. Pero antes de esto, durante el camino que llevó a ese rumbo, surgió, entre la escena y la platea, un controvertido personaje mestizo nacido para la polémica: el artista comprometido, no necesariamente intelectual, cuya sombra, como figura, sobrevolaba el espectro artístico de la época y creaba tantos más malentendidos, estimulantes, eso sí, cuanto más aquellos que podían caber bajo su paraguas radicalizaban su propuesta y la volvían incompatible con cualquier orden programático o institucional. Todos estos pequeños timoneles no siempre asumidos, como Dylan en los 60, por poner un ejemplo célebre, aunque no haya sido el único flautista de Hamelin desbordado por la ilusión de sus seguidores, lo que cuenta también la ópera Tommy de los Who, dejaron cada uno, a pesar suyo tal vez en algunos casos, una estela que, antes de disolverse bajo las nuevas olas de la iniciativa conservadora, señaló, de manera todavía documentada por diversas y desiguales obras, un horizonte cuyo crepúsculo, al contrario, no basta para demostrar su irrealidad. El conformismo rechaza las consecuencias de la estética y así desliga la política del arte. La evocación de aquellos militantes a menudo involuntarios que, parafraseando precisamente a Dylan, “no prestaron sus servicios como soldados, sino como desertores”, permite reanudar ese lazo universal, a pesar del incierto devenir de los pronósticos que una vez se hicieron con tanto entusiasmo.

ocaso
Crepúsculos en serie

De ocaso en ocaso
Puede que todo en la civilización actual tenga un aire de cosa fraguada y en especial sus confesiones, más orientadas hacia la simpatía del juez que hacia la verdad, pero aun así se impone admitir el origen autobiográfico de cierta idea crepuscular en cuanto a la época recibida, consistente en la impresión de haber llegado a todo cuando ya se acababa, una y otra vez, aunque estos finales sucesivos no fueran más que los demorados ecos de uno solo, básicamente, el del período triunfal de la anarquía representada por el arte popular en su momento de máximo esplendor y de desborde de sus fronteras tradicionales, antes de la transformación de ese éxito en programada comercialización masiva desde la misma concepción de cada muestra. No habrá sido ni será, presumiblemente, la última edad de oro del deseo a punto de unirse a su verdadero objeto, considerado imposible, pero nada más ajeno a tal pasión comulgante que la satisfacción ofrecida por la cultura de las pantallas, fundada en la distancia necesaria para acceder virtualmente a todas partes al mismo tiempo, en la simulación cada vez más perfecta y en una infinita posibilidad de combinaciones y desplazamientos laterales diametralmente opuesta a la única y exclusiva implícita en el propósito declarado por Rimbaud de llegar a “poseer la verdad en un alma y un cuerpo”. En el plano de lo virtual, invirtiendo una vieja fórmula, todo está permitido, pero nada es verdad; no, al menos, con la antigua trascendencia mortal asociada a esta palabra.

beck
Jeff Beck al timón

‘Cause we’ve ended as lovers
Con la desgarrada elegancia de la guitarra de Jeff Beck en este clásico de su repertorio, en el que aquélla encuentra a cada vuelta otro matiz con el que prolongar su queja y elevar su voz postergando el final una y otra vez hasta que el último hilo cede, podemos acompañar la escena de la ruptura y el movimiento de separación entre esos viejos amantes, el arte y el pueblo, en un mundo con demasiados mediadores como para que puedan encontrarse otra vez. Pero, si el melodrama nos hace reír, no deberíamos olvidar que su función es servir de canal de lágrimas. Dios cuenta las de las mujeres; lo inolvidable, cuya herida permanece siempre abierta, vuelve por el mismo fluido involuntario cada vez que el centinela se duerme y su proa separa inequívoca el oro de su reflejo.

flautista

Ascenso y caída del arte popular

doncella
Detrás del horizonte

Popular era el arte, entre otras cosas, producido por el pueblo. Popular se emplea hoy, la mayoría de las veces, como sinónimo de famoso. Lo popular solía ser anónimo. Popular quiere decir conocido por todos: aplaudido, gustado, nombre que va de boca en boca. Popular, así, es lo propio del pueblo, pero ya no porque sea obra suya, sino porque lo ha comprado. En más de un sentido. Este cambio de posición, de productor a consumidor, implica a su vez un cambio de naturaleza por parte de los propios productos, cuya única causa eficiente es de manera cada vez más obvia el comercio y cuya vida más allá de ese horizonte, si la tienen, carece de interés público en la insignificancia de cualquier contenido suyo que no pueda ser reducido a un argumento de venta. En una película de Jean-Luc Godard se oía más o menos lo siguiente: “Una imagen no es fuerte porque sea potente o preciosa, sino porque la relación entre sus sentidos señala un punto justo y lejano.” El empeño, compartido por las grandes corporaciones y los gobiernos liberales, en homologar, clasificándola dentro de los rubros de información y entretenimiento, la producción artística, cultural o intelectual a la industrial de cualquier otro tipo, de contenido ideológico no explícito a causa de lo evidentemente pragmático de sus propósitos y regida ya en general, debido a eso, por los inexorables valores de cambio que impone el mercado, marca el lugar de la barrera siempre presta a situarse entre el punto aludido por esta cita cinematográfica y la mirada de todo lector o espectador.

Comerse los unos a los otros: en esto consiste la realidad de acuerdo con la velada metáfora que presenta al mundo como mercado absoluto, del que no hay salida para nadie sino sólo entrada a nuevos productos y consumidores que se integren al sistema de relaciones en vigor. La ecología nos informa sobre los efectos de este permanente intercambio de sustancias cada vez más adulteradas, tanto como la economía acerca del abismo creciente entre el dinero supuesto del crédito y los bienes disponibles al contado.

sketches
Un clásico del siglo XX

Hubo un largo momento, antes de éste, durante el cual el arte popular se fue elevando hasta alcanzar prácticamente una fusión con el considerado hasta entonces como arte mayor, protegido por aristocráticos mecenas o consagrado por conservadoras academias. El período de revueltas políticas comprendido entre el siglo XVIII y el XX, durante el cual las distintas clases sociales se vieron cada vez más comprimidas dentro de un mismo espacio y así forzadas a tratarse para renegociar, cada uno de sus miembros, su ubicación, fue favorable a todo tipo de contaminaciones entre sustancias hasta entonces separadas, con lo que no fue raro que los mismos términos considerados antes despectivos terminaran adquiriendo, con progresiva fuerza, aunque a día de hoy cansada, un carácter de elogio: mestizaje, fusión, cruza, mixtura y otras expresiones parecidas, opuestas al antiguo ideal de pureza, nostálgicamente evocado aún por otra parte, aluden a ese proceso de acercamiento y conocimiento mutuo, incluso en el sentido bíblico si tenemos presente la pasión que presidió tales encuentros, cuya culminación puede oírse, en el punto exacto de éxtasis y agonía indiscernibles propio de este drama, dejándose llevar hacia su rota cumbre por la elevación y caída finales de la Soleá que, dirigido por Gil Evans, grabó Miles Davis en 1960. La historia del jazz, precisamente, ofrece un recuento ejemplar de ese movimiento que surge de una condición humillada para desarrollarse desplegando a la vez su novedad y su poder de asimilación hasta, después de dar la impresión de estar a punto de abrir una nueva dimensión en la que cabría, trascendido, todo el mundo, acabar sin embargo por quebrarse en el extremo más cercano al cumplimiento de su deseo, posición óptima para ofrecer, de éste al menos, su mejor ilustración. “Yo veía el oro –y no pude beber-”, como escribió Rimbaud mucho antes, aunque él tampoco por primera vez, como lo siguen demostrando en la Villa Borghese Apolo y Dafne esculpidos por Bernini. Hubo dixieland, swing, bebop, cool, free, third stream, etcétera, hasta quedar establecida la meseta contemporánea como infinito arsenal de recursos o característico escaparate postmoderno. Decepción y supervivencia serían la clave del período, si no fuera por la obviedad. Pero en el paso del empeño en tomar el cielo por asalto a la resignada administración de lo que hay, a la democracia representativa débil en identificaciones fuertes, otra elección mucho menos evidente queda atravesada: la opción, vieja como Moisés, entre el despertar de la conciencia ligado a la palabra y el regreso a la inocencia con acceso a los bienes asegurado. Cuando estas creencias no se enfrentan, sino que giran en redondo llevando vidas paralelas, tampoco lo sagrado y lo profano se aproximan, con el consiguiente declive erótico y sus consecuencias para las artes, no importa cuánto se las estimule ni cuán tolerante se muestre la censura. La depreciación constante de los trabajos artísticos, disimulada como la de otros productos por el valor manipulado de algunas piezas escogidas, deja ver bien la inclinación de la pendiente: lo que no es salvado por la inflación es liquidado.

dino