Visiones y apariciones 3

«La guerra es el padre de todas las cosas» (Heráclito)

La gran desilusión

Por el largo camino a Tipperary marchaba

la presumida victoria guiando al pueblo en armas.

Setenta años después, hace cuarenta, mi abuela,

en la mesa del desayuno, tarareaba

la melodía sin recordar más que el inicio

tan alegre, cuando aún todo era alegría

en el largo camino a Tipperary, de rifles

apuntando al cielo y pechos anchos como escudos.

Hay un largo camino a Tipperary

para cantar victoria antes de tiempo.

Tipperary era el punto de partida

y después todo era tempestad.

El doctor y el ingeniero, a ambos lados del frente,

testimonian el mismo entusiasmo voluntario

por la hermosa guerra de explosiones en el cielo.

Largo era el camino al desencanto veterano.

Desde Londres, París, Berlín, Viena y toda Europa

marchaban cantando, con la sangre aún caliente,

grandes batallones de campesinos y obreros

llamados al sacrificio por sus opresores.

Cambiar la fábrica por la trinchera,

el patrón por la patria y la bandera.

Cargar armas en lugar de herramientas

y del destino vengar las afrentas.

La libertad guiando al pueblo (Delacroix)

En las escenas de víspera de guerra abundan

las sonrisas y lágrimas de las despedidas,

cuando las mujeres ven partir a los soldados

admirándolos y temiendo por lo que admiran.

Pero la ola ardiente que alza Delacroix

del barro húmedo, humilde, con sus bayonetas,

la guía una mujer que se vuelve hacia los suyos,

sin ver al futuro espectador que tiene enfrente.

¿Qué hay sino cadáveres delante

de la conquista de la libertad?

Detrás, la cortina de humo realza

la cuna popular de esta victoria.

La balsa de la medusa (Gericault)

Los soldados cantan rumbo al frente en voz tan alta

como ondea la tricolor en el puño alzado.

¿Quién recuerda, contemplando aturdido, la balsa

del pintor de caballos, opuesta, en retirada,

donde incluso agoniza el pintor de las Gloriosas?

Unos pasan sobre los muertos y otros arrastran

en la corriente los cuerpos de los desgraciados,

alejándolos de los que miran mar adentro.

La marea sube y baja, violenta,

piadosa, llevando y trayendo sangre

de la fuente a la desembocadura,

del frente de batalla al corazón.

Bajo el avance heroico asoma la retirada,

sobre las huellas del dolor se impone el combate.

El moribundo de un cuadro alza un rifle en el otro

y los dos, superpuestos, se reafirman y niegan.

El curioso puede hacer crítica comparada,

el combatiente debe creer en su enemigo.

Cuando el silbido del obús acompaña el coro,                        

la melodía se repite en clave menor.

Nuestra vida es un viaje interminable

entre el invierno y la noche sin alba.

Buscamos el camino de regreso

en la tierra, donde nada perdura.

El objetivo del Dr. Goebbels

¿Cuál es la gran ilusión? ¿La victoria o la paz?

Dos camaradas se despiden de sus queridas

y al frente marchan, desentonando en armonía

con el enemigo sus esperanzas de gloria.

Machacados, malheridos, jamás desertores,

si caen prisioneros procuran evadirse,

como la balsa en fuga, no como el pueblo en armas,

alejándose del ojo por su libertad.

Dos compatriotas cruzan la alambrada

después de vivir con el enemigo

y ver que la frontera natural

cae entre tropa y Estado Mayor.

La gran ilusión del ministro de propaganda,

con tantos espectadores por ser reclutados,

era masacrar las copias de esos evadidos.

La gran desilusión comienza cuando el cohete,

en lugar de estallar en el cielo, deslumbrante,

inicia su caída. Y el mar bajo la balsa

se desliza sobre el fuego revolucionario,

dentro de los pulmones henchidos de canciones.

Hay un largo camino a Tipperary

y un camino más largo desde allí,

que se tuerce con la curva en descenso

y del punto más alto no regresa.

24–28.1.2023

Visiones y apariciones 2

Melodía infinita

La sonata de Vinteuil

Yo no me llamo así, pero por callar mi nombre

me dicen el Narrador. Y aquí estoy, escondido

al pie de una ventana, como ante una pantalla,

aunque ésta no es la proyección, que vendrá luego,

cuando yo haya traficado el sol por la linterna

que delata la simultaneidad de los días.

Ahora las figuras se ponen a sí mismas

en escena y la dominan, construyéndola para

proyectarla en los ojos que no ven, corazón

que no siente, sustituto del que ya no late,

fuera, pero no a salvo, del retratito inmenso

que preside desde su marco el acto profano.

Mis ojos son accidentales y, sin embargo,

deliberado es su mirar una vez abiertos.

La gente se sienta en las bahías y contempla,

como en Balbec, en cambio, el horizonte, confiada

en que nada saltará de allí sin darle tiempo

a decidir su fuga o su vana permanencia.

Allí nada se opone a la nada proyectada

por el vacío interior hacia el espacio abierto.

De allí no regresa, instantánea ni invertida, 

ninguna de las imágenes del propio Aleph,

con sus bruscas evidencias que, devoradoras,

se amplían hasta reducir el ojo a su objeto.

Aquí, yo pequeño y encogido, sin ser visto,

asisto al ensayo definitivo, concluso,

que siempre, irrepetible, repetirá funciones

tras el mismo telón al alcance de mi mano.

La Berma en secreto, para la sola mirada

que presta atención a este ritual fuera de escena.

«…yo pequeño y encogido, sin ser visto…»

El que soy en este cuadro de un tiempo abolido

sabe interpretarlo y los nombres de sus modelos.

Descripción: ventana de salón iluminado

suavemente en el centro de la mansa negrura

creciente de un crepúsculo rural. Es verano

y así lo testimonian los vestidos ligeros.

De las dos mujeres jóvenes en ese limbo,

conozco, de una, su mala fama en estas tierras

y, de la otra, de quién ha heredado la casa:

su padre, un vecino al que los míos saludaban

hasta hace poco en sus paseos y que aún vive

y vivirá entre nosotros gracias a su música.

¿Cuántas veces, durante años, no habré oído,

en distintas circunstancias e interpretaciones,

la sonata, que sobrevivió a su creador

por algún tiempo, el de mi vida al menos, creciendo

y expandiéndose en el ambiente de los salones,

del que la tomé para mi propio repertorio?

Los Verdurin recibían, Morel despachaba

con sus finos dedos viciosos la melodía

que planeaba sobre los fieles convidados

y más tarde sobre los ciudadanos del mundo

de Guermantes, y yo, entrando y saliendo, más viejo

cada vez, aun distraído, la reconocía.

Así se grababa la composición en mí,

con la misma paciencia intermitente y tenaz

de la inspiración que la había escrito, a través

del aire aplastante del silencio pueblerino

o cargado de perfumadas insinuaciones

donde sonaba en los intervalos de la intriga.

Tragedia de la escucha

Tragedia de la escucha, clavada y desgarrada

entre la modulación de una forma desnuda

y las turbias revelaciones ansiosas de ver

lo que se esconde bajo collares y corbatas,

la serpiente ondulando de vuelta al paraíso

y el comentario para siempre al margen del cielo.

Así, mucho después de la escandalosa escena

que me fue legada en soledad, libre de escándalo,

recibí, moneda a moneda, en mi bolsa oculta,

a través del aire aturdido por los Guermantes,

el oro acuñado por el redimido orfebre

en medio de los rumores que tan mal le hacían.

Del antiguo profesor de piano de mis tías,

de ese hombre, el compositor, decían mis padres,

ignorando su arte y su resurrección futura,

cuando ya no se lo encontraban en sus paseos,

que lo había dado todo por su señalada

hija y que era ella a quien él debía la muerte.

Fresco aún en su tumba, la noche de verano

me sorprende al pie de la ventana de su casa,

despertando a otro sueño que me obliga a estar quieto

para no perturbarlo, ni a las dos soñadoras.

El tiempo es ahora el de la moviola, que busca

cómo preservar los accidentes del olvido.

El adolescente entonces tropezado al pie

del descubrimiento que lo obliga a ser discreto

es el hombre sigiloso que hoy se aproxima

con dedos de seda a la reconstrucción del hecho.

La ventana es ahora la pequeña pantalla

del montaje, pero no la de la proyección.

La isla favorita de Charles Baudelaire

Inclinado sobre aquello mismo que primero

vi desde abajo, como lo harán quienes asistan

a la exhibición de lo que antes fue secreto,

manipulo las apariciones y sus ritmos.

Dos vestidos de verano tan reveladores

de la estación como del calor que la atraviesa.

La joven asesina va de luto por su padre,

que yace no lejos de allí y se yergue impasible

junto al sofá, sobre la misma mesita donde

dejaba partituras para ser descubiertas

por las visitas, con el mismo gesto casual

de su hija al abandonarlo en el puesto de guardia.

Libre de censura y catecismos, desafiante,

la amiga mal vista se deja ahora ver bien

contra el pálido ocaso y así saca a la luz

del negro escote velado lo que el pecho esconde,

antes de cubrir, sobre el sofá, ante la mirada

ciega del ausente, la silueta perseguida.

Insinuante y reticente, igual que su padre

y la sonata que compuso, con sus meandros

de notas subiendo y bajando en pos de un oído,

la señorita de Vinteuil corona su huida

siendo alcanzada. Pero no basta el pie en la trampa

que ella misma tendió para acabar la carrera.

Hundir la casa entera en el mal que representa,

sin saber por qué, la hija educada en la virtud,

de la misma manera simbólica y efímera,

es el próximo paso, que ella debe ceder

también para que sea dado, para hacer suya

no la casa, sino el jardín encerrado fuera.

El arte de hacer música con la pintura

El jardín vedado por el cuidado interior

dispuesto en torno al viudo por la mujer ausente

crece donde pisa la presente, inexplicable

como la gran floración de notas musicales

crecida de experiencia tan delgada que nadie

podía dejar de humillarla con su piedad.

En el arte de hacer música con la pintura,

se duda de una y otra, de la luz, del sonido,

de la manera de acompasar los movimientos…

¿Es inspiración o tentación de profanar

este impulso de acompañar el acto fijado

en el cuerpo de un hombre con el alma de otro?

La infiel señorita desliza la invitación,

con los modos suaves de su padre, a la visita,

que conoce su rol y recita de memoria,

cortésmente, las groserías que necesita

la delicadeza para que caigan sus velos

y se eleve su fondo a la altura de la piel.

“¿Crees que no me atreveré a escupir yo sobre esto?”,

el retrato como testigo de su deshonra,

declama la voz antes de cerrar el telón

sobre la isla favorita de Charles Baudelaire.

Y sobre esa pared, nacida de una persiana,

se proyecta la imagen de este urdido recuerdo.

Si ahora, con la escena consumada, resuena

la sonata o si culmina en el justo momento

que la amiga sustrae pero yo restituyo

imaginándolo, con su luz de melodrama,

todo viene ya de mí que, aunque nada redimo,

lo hundido restauro junto a la banda sonora.

12–27.12.2022

Visiones y apariciones 1

Yo, que viajé a la luna y su blancura pinté

Cyrano en Alphaville

Bordar en el aire, si no queda bastidor.

Si la consecuencia se desmarca de la causa.

Si la razón no puede volver sobre sus pasos.

Si las páginas escritas de izquierda a derecha

no pueden ser leídas al revés, si la corriente

por creciente ya jamás puede ser remontada,

ni examinados de contraportada a cubierta

los libros, ni encontrar su materia la memoria,

en una ciudad tejida por cables abstractos

que transmiten la energía eludiendo los cuerpos.

Si los labios más dulces han perdido el oído

y los ojos orgullosos se inclinan al orden

manifiesto en las planillas de la programada

eliminación gradual, ¿a qué piel dirigir

el roce de la voz, el ascenso del aliento

de la sombra del jardín a la luz del balcón,

tanto enmascarado como a cara descubierta?

Sí, “me impresionaron la dureza y la tristeza

de su expresión”, a las veinticuatro, hora oceánica,

cuando solo desmonté en la ciudad de Alphaville.

Bordar en el telar abandonado

por las manos ayer desvanecidas,

en busca de un hilo reanudado

entre el habla perdida y nuestras vidas.

La reina de las preciosas

“Tus ojos regresaron de un país arbitrario

donde nadie supo nunca qué es una mirada”,

dicho en tono firme y transido, desde la sombra

del ala del sombrero, entre las altas solapas

del impermeable, a la pálida proyectada

contra los muros helados en busca de fuego

que consumir entre sus labios, inexplorados

a causa de la amarga frialdad de unas palabras

adelgazadas hasta quedar con un sentido

único, imperativo, sin respuesta posible.

No por qué, sino para qué: según tal consigna

se conduce por estas calles de dirección

única sin sentido, cuyas altas fachadas

carecen de desvanes y patios interiores

con aljibes o sin ellos y no muestran, secas,

nada más que lo que reflejan, reafirmando

la transparencia del vidrio y su naturaleza.

Nada crece en el árbol sin ramas, deshojado

y vacío de nidos para que, bajo el cielo,

por encima esté él del penacho más erguido.

Bordar, pinchándose los suaves dedos

con la agudeza del razonamiento,

y del hilo deshacer los enredos

hasta dar claridad al movimiento.

La naturaleza del vidrio

“Bórdalo”, pedía la reina de las preciosas

en privado, retirados los malos poetas

con su paga y las amigas con sus alabanzas,

al objeto y no al sujeto del discurso, y yo,

escondiendo la nariz procedía, inspirado

en la abundancia de matices de cada verbo.

Ahora ¿cómo, con cada vez menos palabras,

hacer resonar el fondo de la caracola?

¿Qué malentendido hacer oír bajo los párpados

de estas numeradas seductrices, dividiéndolas?

La película ultrasensible de la mirada

que registra desde su aparato el mecanismo

insomne de esta ciudad sumergida en la noche

hace visible su oscuridad y así revela

el foco vigilante cuya voz carcomida

devora las palabras que no vuelven a verse.

Yo, que viajé a la luna y su blancura pinté

con mi tinta, reconozco una fuente de luz

verdadera cuando me enfrento a ella. Conozco

la palabra de la noche y sé que ésta no es.

Bordar en secreto sobre un pañuelo

regalado iniciales delatoras,

contar con la elocuencia del señuelo

agitado ante miradas lectoras.

La palabra de la noche

Mucho tiempo estuve solo acostándome tarde,

mirando películas hasta la madrugada,

soñando después con los espacios exteriores

y asomando al sol una espada aún desafiante.

Por esa época oí la frondosa leyenda

de Alphaville, la ciberciudad peor que la muerte,

donde vengo a descubrir que la realidad

es más parca y lo es más con cada nuevo signo

introducido en sus circuitos, sin preciosismos

de los que pueden decodificar un bordado.

17–18.11.2022

Retrato y autorretrato

Instantánea

Una foto con mi hermana a los cinco, seis o siete años, yo leyendo un libro cuya cubierta no se ve y ella leyendo por sobre mi hombro, los dos en el mismo sillón a una edad a la que todavía cabíamos juntos. Tiempo abolido de golpe, porque somos los mismos que ahora y ya estamos por entero en la expresión de cada uno, idéntica hoy, en el momento de la foto. Como es mi hermana quien ha redescubierto esta foto y ha vuelto a ponerla en circulación, también es ella quien ha vuelto a tomarla y sacarla a la luz, lo que acompaña con una pregunta, precisamente sobre aquello que en la foto está en sombra: la cubierta del libro, que permitiría identificarlo y responder a su pregunta. ¿Qué libro es ése que leíamos, idealmente al menos, juntos entonces? Como no hemos fundado nuestras vidas del todo en las mismas cosas somos independientes, lo que hace que esta raíz común se nos escape: cada uno ha construido sobre un territorio distinto y las correspondencias entre lo que cada uno ha levantado en el suyo y lo que ha hecho el otro son opcionales, voluntarias, no irremediables y por eso una y otra vez cuestionables. No sé mi hermana, pero esta cara mía es una que nunca veo en el espejo y siempre vuelvo a encontrar en fotografías: es el “yo” que llevo a la espalda, abstraído y atento a la vez, pero a otra cosa, mientras parece haberse olvidado del cuerpo en el que sin embargo vive. A los demás los vemos en directo, pero no a nosotros mismos; si en cada foto de grupo o película nos fijamos más que en nadie en el extraño que somos y en ninguna otra parte vemos sin que nos mire, no se debe tanto al narcisismo como a la impotencia para ser otra cosa que ése en el que no nos reconocemos del todo.

Geopatía

El mundo frustra y rechaza nuestros excesos como estrategia para conservar su equilibrio. Pues lo que quiere nuestra desmesura, contra toda apariencia, es que deje de girar y por fin vaya a alguna parte.

Sísifo

El problema del progresismo es que intenta hacer justicia integrando a los desfavorecidos en un orden injusto. Con ese horizonte no queda nadie para hacer de víctima y el edificio no puede sostenerse sin su base. Por eso, cuando amenaza con derrumbarse, vuelve el antiguo régimen a rellenar los cimientos con nuevos seres privados de derechos a los que niega la ciudadanía a la vez que permite entrar para roer el suelo de los que, habiendo escapado hacia arriba, son necesarios abajo.

Guantes y máscaras

El papel del hombre en el patriarcado era el de autor; en el matriarcado, el de director; en el feminismo, el de tramoyista. Como actor, su lugar se encuentra en bambalinas.

Clave secreta

Lo público es la forma de delirios inconfesados

por su recóndito compromiso con fondos privados.

Silogismo

“Los sentimientos son la forma de razonamiento más incompleta que se pueda imaginar.” (Lautréamont)

“Todo buen razonamiento ofende.” (Stendhal)

Ergo, todo sentimiento llevado a sus últimas consecuencias acaba por volverse contra el ofensor como vergüenza.

La ecuación insoluble

La humildad ayuda a vivir, pero es una tristeza.

El orgullo es una alegría, pero prefiere la muerte a la humildad.

No hay síntesis para esta antítesis, ni solución de continuidad para semejante contradicción.

Entre ambos términos sólo cabe abandonar la voluntad, oscilar según sople el viento y dejar, como un sobrentendido, la conclusión en suspenso.

Pero el suspenso no es una conclusión.

Derrame

Titular de reportaje a la conservadora del Museo Picasso de Barcelona: “Picasso padecía de incontinencia creadora”. Vaya frase envenenada, a pesar de haber sido dicha con toda evidencia como elogio a su fertilidad. Pero qué retorcido, y además espontáneamente, inconscientemente. De nuevo, desde siempre, la vieja historia de Gea y Urano. Cuando crear es, precisamente, no contenerse, ponerse fuera de sí. Lo que se enmarca es el objeto, pero el líquido seminal derramado, incalculable, sigue fluyendo en el infinito. Señal para sus émulos, no para sus conservadores, propietarios o coleccionistas.

2011-2014

El pensador furtivo

¿Es en el mundo o detrás de mi frente

donde se abre la ventana ausente

que retrocede mientras yo me lanzo

y caigo así otra vez del lado manso,

mucho después de ya rota la ola,

silueta voraz escupiendo sola

contra la suave espuma en retirada

por la luz fugitiva iluminada,

en esta invisible boca de lobo

donde el don prometido lleva al robo?

Para mí es escena repetida

esta escena por mí tan repetida

donde todo reconozco: el gran claro

en el centro del aire, como un faro

repentino detrás del horizonte,

la pendiente inesperada del monte

precipitando la llanura, el paso

en falso que es todo lo que es el caso,

el tropiezo fatal, el escalón

de entrada a toda representación,

las huellas confundidas de los guías

y, cruzadas, las tentadoras vías,

pero, aunque todo esto lo haya visto

en directo y pintado, lo imprevisto

es cada vez la nada que se enciende

en la punta fugaz que se desprende

del tejido paciente de las horas

regladas, a pesar de las señoras

reunidas al pie del altar del diálogo,

guiñando a la pesca del ojo análogo

cuyo oportuno parpadeo guarde

a salvo lo que un solo instante arde

y no vuelve en lo que se representa.

¡Ay, llamada que el oído lamenta

cuando la imagen blanca languidece!

Desde la idea el pensamiento crece,

alejándose de su causa pura,

pero pierde en el paso la segura

vereda abierta por la tribu en años

acumulados de bienes y daños

y cualquier plaza propia en la común,

infinitamente lejana. Aún

se vale de la lengua del comercio

material y habitual, y más de un tercio

de su tiempo se le escapa en labores

de cocina y taller, pero mejores

no son las horas sentado a la mesa

a la que cae desde la cabeza

que destroza luchando con su objeto,

cuando éste persiste en su secreto.

Si ese cruento combate fuera historia,

sin esta distracción, esta memoria

en el fondo de su negra conciencia,

quien persigue tan esquiva presencia

que no muestra de cierto más que un hueco,

en lugar de nadar en río seco

a la pesca de un pájaro cien veces

más valioso que cultivos y reses

en su corral numeradas excepto,

naturaleza propia del concepto,

por el hecho de ser sólo leyenda

cada día, sin que nunca descienda

de su cielo intocable, volcaría

su interés a otro cauce, con porfía

natural, compartida, y orientado

por fin, por su camino en ese prado,

hacia su honor y el reconocimiento

que su destreza para el pensamiento

debería ganarle, marcharía.

Con paso cotidiano subiría

los escalones universitarios,

atravesaría los calendarios

cosechando los sembrados laureles,

alguien ordenaría sus papeles

y entre columnas tendría su asiento,

respaldado por más de un argumento

sólido como sería el encastre

entre unos y otros, por dedos de sastre

cortados a la medida del sabio,

cuyo elogio ya late en cada labio

sonriente cuando lo hace rotundo.

Pero las cosas firmes de este mundo

nunca las sueña su filosofía.

No ve tras el cuadro la galería

de todos los posibles compradores,

ni detrás de los interlocutores

interesados su oportunidad

o si la ve, le parece maldad

aprovecharla por el bien de todos,

presentes antes en él otros modos

y otros hábitos para su talento.

El paso par es demasiado lento

para ir a la par de la repentina

luz que lleva incrustada en la retina

más hondo que todo lo que le enseñen.

Por mucho que los ángeles se empeñen,

sus alas no obstruirán ese vacío

al que no se cae, sino con brío

se salta aunque el ascenso nunca alcance

a culminar y en cambio, de este trance,

sólo quede volver a tocar tierra.

Pero jamás el círculo se cierra.

Todo vuelve y también el personaje

de intelecto febril, con nuevo traje

y desnudo inmemorial, persistente

y fugaz, fugitivo, impenitente:

no el fiel profesor de lo ya sabido,

ni el ensayista de lo repetido,

sino otro, por el rayo iluminado

y en la noche inmediata abandonado,

como antes, al mismo sol estable

para dar cuenta de lo inexplicable

por lo que nadie le pregunta. Raro

en cualquier campo que le ofrezca amparo,

pasa tapado por sus semejantes

distinguidos, entre los aspirantes

confundido aunque a nadie pida nada

o, de pie en la paciente encrucijada

de los malentendidos que provoca,

resbala, igual que el agua por la roca,

por los sentidos de los que el sentido

que él señala destinan al olvido.

Pero suelto también es eslabón

y ajeno también tiene tradición.

Parece cada vez que se alejara,

pero el firme espacio que nos separa

es, a mi espalda, cada vez más breve,

sin que pueda advertir cómo se mueve

su silueta vacía pero terca.

Viene y cada vuelta cae más cerca,

más próxima, adaptada, irreversible,

más activa cuanto más invisible,

y asomando con su gesto más viejo,

modelo rechazado en el espejo,

en la cara que lo mira sin verlo,

renace en el que ve para absorberlo

y en él reeditar, inesperado,

un clásico con todo su pasado.

Sucediéndose como hoja tras hoja

reaparecen, en ése que arroja,

desvío de su propia sangre sorda,

herencias y costumbres por la borda,

sombras vistas, con su fuego insensato

reavivado por otro relato,

para trazar, sobre la piel desnuda,

los rasgos de un destino que aún duda.

¿Es en mi casa o en otra vecina,

en mi ventana o la de aquella esquina,

donde de veras alumbra ese rayo

a cuya sombra intermitente ensayo

el repertorio de escenas legado

por un fantasma jamás recordado?

Bajo mis pasos, en retrospectiva,

sosteniendo la misma alternativa,

aparecen irresistibles rastros

ya seguidos sin consultar los astros,

turbias huellas reunidas sin azar

tras mucho talar, quemar, arrasar,

buscando el esquivo claro del bosque

de los frutos reservados, en los que,

dicen, mejor no creer ni confiar,

naturaleza virgen, colmenar

suspendido sobre el río sin freno.

Obvio epígono entre epígonos, peno

condenas heredadas ya cumplidas,

remedo gestos de vidas perdidas,

desentierro tesoros descubiertos

muchas veces con réditos inciertos

y otras tantas devueltos a la ciencia

del futuro, con esa indiferencia

del agua que regresa a su nivel,

y si estoy hecho para este papel

que hago, es su modelo el que me hace,

dispositivo formal que renace,

espontáneo, con cada frustrado

acreedor a un prontuario prestado

como yo, desestimador de leyes.

Si existió un decapitador de reyes

que con el rey decapitara el trono,

es ese espíritu al que debo el tono

y a él me debo, precursor caído

de la memoria de lo protegido

que el teatro de la inocencia odia.

Por eso, mi drama es su parodia:

descubro lo negro bajo lo blanco,

soy descubierto, me vuelvo yo el blanco

del que es mejor apartar la mirada,

desaparezco en la sombra negada

y allí, obstinado en mis imitaciones

bajo censura, imperfecto entre clones,

mientras el sol borra toda evidencia

del barro lastimado por la urgencia,

quieto en la selva de lo que se mueve,

arrastro mi nombre por esta nieve,

fingiéndome ciego, como Strogoff.

21.2–15.4.2016

Crítica y autocrítica

Como un pájaro posado en un alambre

Siempre he vivido rodeado de gente que tenía más dinero que yo y que también se preocupaba más que yo por el dinero. Mi lugar entre ellos estaba en la cuerda floja, mientras que a ellos, cuando el suelo les temblaba, había que apuntalarlos hasta que volviera a quedarse quieto. En una cuerda, como se sabe, se baila; y la cuerda también tiembla, vibra, como las alas de un colibrí, ya que depende de dos polos opuestos. Pero ésa es su naturaleza, mientras que yo soy un parásito de esa cuerda, que estaría mejor sin mi peso, tendida inmóvil a través del azul. Pero a ella le ha tocado sostenerme y aun mantenerme con vida. Miro abajo y a los dos lados veo la tierra cubierta de cultivos, las casitas echando humo como si fuera su aliento: prosperidad amenazada. Y yo sobrevolando, aunque posado en mi rama. La gravedad nos une, la ley no distingue entre fortunas.

Corte

Noticias. Lo que hacen los ricos, lo que les pasa a los pobres. Como si fueran dos cosas distintas. A esto se llama editar.

Titular

Lo que hacen los ricos les pasa a los pobres.

El hombre que canta

En este relato trunco se trata del destino de la lírica en un mundo dominado por la épica, por la narrativa. Todo el mundo quiere historias, imagina por historias y se identifica con personajes a los que las historias proveen sobre todo material para la acción: les dan algo que hacer, los arrancan de la igualdad de cada uno consigo mismo, insoportable para el otro. La lírica puede narrar algo, pero no se dedica a dar cuenta del curso del tiempo habitado sino que se dirige a un punto, una punta incandescente, que reconcentra el máximo de intensidad de un ser, donde el vivir está implícito aunque también, de este modo, conjurado, es decir, sublimado. La pintura es difícil de mirar por mucho tiempo, tanto como para cualquiera, tarde o temprano, permanecer en sí mismo sin hacer nada. Del por otra parte ilusorio paraíso de la contemplación al indeterminado infierno de la acción nos llevan nuestros propios pasos, nuestra propia caída. Por más que la poesía alcance el éxtasis, es más fácil acceder a la triste historia de un crimen; por más que la poesía provea un estribillo perfecto para acompañar la marcha, más fácil e inmediato resulta al caminar, para la mayoría de las personas, tan activas, compulsivamente incluso, mirarse en el espejo que se pasea a lo largo de los caminos que esperar el fin de los tiempos manteniendo el ritmo sobre una baldosa. Si este relato avanza por espirales, circunscribiendo un centro que se desvelará sólo al final, al mismo tiempo, precisamente, que el narrador haga sentir su propia presencia, se debe a esta posición de la lírica, cuya encarnación en un personaje que lo ignora era el tema desde el comienzo aunque el autor lo ignorase. Como toda autocrítica, ésta se hace consumados los hechos: como si fuera posible corregirse en futuras intervenciones.

Impar

Soy el que rompe el silencio. Ninguna fatalidad se cumple en mí. No soy dado a la aventura, pero el orden me descarta. Esta historia continuará, pero no tiene fin. Sólo al interrumpirse parecerá entera.

Autocrítica

Lo que yo afirmo por principio estético deviene pragmático al aplicarlo otros. Sin quererlo doy buenos consejos, precisamente por desapego hacia la situación concreta. O bien doy esos consejos precisamente para consumar tal desapego. Aconsejarse a uno mismo es tan difícil como amenazante resulte la perspectiva desde la que es posible verse siguiendo el consejo.   

Pueblo perdido

Que no hay pueblo sino público en la sociedad del espectáculo es ahora una vieja obviedad. Lo que de ello se deduce, sin embargo, no prescribe: popular es lo que el público consume y lo que, como pueblo –llamémoslo así por sus ancestros-, ya no produce sino que paga, por más que también haya invertido ruinosamente todas sus fuerzas en la tarea de proveer ese mercado a cuya puerta principal acudirá en cuanto acabe la jornada, o la semana. Qué impopular es la figura del obrero descontento, pasada de moda ahora que el descontento no hace obra. Perdido en la llanura del patrimonio derribado, fuera del alcance de la vista que busca ofertas, un pueblo deshabitado guarda en su vacío el sitio al fantasma a la deriva en que su sangre se ha convertido. 

Relatividad

También una estrella muerta

puede servirte de guía.

Reunión

La ambición del conformismo es el afán de integración, satisfecho en su mayor medida por mega eventos como Live Aid o la beatificación de dos papas según la imaginó el periodista que tituló a la noticia Cuatro papas en Roma, fabuloso título para una comedia sin igual de vanidades y rivalidades. La fama y la gloria como un tesoro desplegado en la escena más alta posible para el mayor público posible, realización frustrada por aquellos que le dan la espalda y a los que sólo cabe ignorar, o excluir, o expulsar, o excomulgar. Beatificación de Juan XXIII y Juan Pablo II, rivales teóricos así reconciliados por Francisco ante Benedicto, astillas del mismo palo.

La encrucijada que vuelve

Todo se presenta como en una encrucijada, lo que no sólo obliga a elegir sino que también amenaza con el fantasma de una mala elección y además trata a menudo de influir en la decisión mediante amenazas o tentaciones. Por otra parte, todos sabemos que en el camino del tiempo no es posible volver atrás ni quedarse en el sitio para siempre, aunque a veces parezca que sí. La división resultante cada vez arroja un cociente y un resto; quien se rebela contra este resultado lo hace contra el total en general y contra el cociente en particular: no quiere encarnar esa cifra, pero entonces pasa a encarnar, automáticamente y por eso mucho antes de darse cuenta, el resto: por identificación. Ese resto es la carne sacrificada que aspira a resucitar, igual que la carne elegida aspira a ser eterna. Si ambos caminos conducen a Roma, o prometen hacerlo, no por eso dejan de divergir, con lo que la rivalidad está servida. La carrera recomienza en cada gesto, todo el tiempo, y lo más curioso es ver cómo en cada encrucijada se repite la misma elección fundamental.

Individuo y unidad

La literatura es un sustituto de la religión, un intento de restituir la mitología perdida aun si se trata de sustituirla por otra –lo que importa es que haya una, y que haya muchas no es sino el modo de tener ruedas de recambio o recursos para renovar lo que se gasta o distraer la entropía con variaciones-, pero esto puede ocurrir de dos maneras: o recreando un culto, a la manera del público masivo, con fe en una realidad consensuada según el modelo religioso, o de un modo más cercano a la filosofía, que impide la reconstitución de ese espejismo al cuestionar para siempre la impresión de realidad, pero lanza a “la voz que se desprende del coro para cantar sola” (como dice Pedro Henríquez Ureña que nace la tragedia) un desafío: ser devorado por el abismo de su irremediable incredulidad o tender su propio puente para cruzarlo, al no servirle ya la gran vía tradicional de su pueblo de origen, asuma ésta la forma de la religión o de la idolatría, o de un culto laico cualquiera que sostenga una visión general con la que sea posible comulgar. “La conciencia increada de mi raza”, como la llamaba Stephen Dedalus, vendría a ser el camino opuesto, aquello de lo que la raza se defiende mediante su imaginario, y a la vez el reino siempre por venir de lo que no es “parade” (parada, desfile, la marcha de la humanidad plantándose ante el devenir), sino “paradis”, paraíso. “Estar en el paraíso es percibir que el resto es parada… y la parada misma es una forma de defenderse. La especie humana existe para defenderse. ¿De qué?” (Philippe Sollers sobre su novela Paradis en Visión en Nueva York, un libro de conversaciones). El paraíso no es donde se nace: no se viene del pueblo para volver a él (“Siempre venimos del infierno. Lo extraño es que se venga y se vuelva a venir”, dice Sollers concluyendo el mismo libro), sino que ese devenir busca una salida. 

Locaciones y locatarios

¿Qué hace tan pesada a la novela tradicional? Su restitución de circunstancias, parecida a la del teatro naturalista y exigida a través de los tiempos por el gran público sin edad, que nada quiere saber de la jubilación de ese estilo. En cada tarima hay que acordarse de cada barrio y enviar un saludo desde el foro, donde sea que éste se encuentre.

Maneras literarias

Las mil y una consideraciones distinguen a los espíritus mezquinos. Los espíritus generosos se expresan francamente.

Escudo de armas

Al centro y afuera. Divisa personal en un mundo provinciano.

Lapidario

La madurez consiste en callarse. Por eso el estilo maduro suele ser parco: se ve con claridad lo que hay que tachar y poco a poco, cada vez más, incluso antes de escribirlo. Se comprende, también, por qué los viejos que parecían saber más cosas parecían callar tantas otras y se recuerda cómo solían dejar su juicio en suspenso, a pesar de tenerlo formado. O, más que comprender, se pasa a estar en la misma posición y así de acuerdo con ellos, incluso ya de manera póstuma. El silencio es también el de la muerte, que poco a poco va haciéndose oír.

2011–2014

Ilusión y entretenimiento 1

De menor a mayor

La canción es la forma rotunda de la música. Cuanto más rica y sólida es la tradición en que se asienta, menos debe meditar en su estructura y mejor puede colmarla, siendo así capaz de acoger todo tipo de experimentaciones, como los standards en el jazz. Y ofreciendo una satisfacción más inmediata que otros géneros musicales, al resultar reconocible incluso cuando es desconocida.

Jugar a pensar

Los niños empiezan a hablar imitando, pero luego, al empezar a hilvanar frases con sentido, también lo hacen así y utilizan inflexiones orales persuasivas, tonos expresivos y acentos enfáticos que de algún modo ponen en escena el despliegue de la razón, aunque no necesariamente se corresponden con el contenido de sus argumentos. El desarrollo de la lógica adulta supone la progresiva corrección de este desajuste, pero nunca está acabado el trabajo de la razón: más adelante, ya alcanzada la mayoría de edad, de modo más discreto, por eso más engañoso y ya no cómico, se sigue haciendo lo mismo. Los pensamientos se formulan en una imitación del pensar practicada a través del estilo, que sostiene las afirmaciones mediante la forma, aunque más allá de ésta nada haya que las sostenga. Ficción, pero no fingimiento del pensar: jugar a entender, a penetrar lo que así tan sólo se modula, conduce al accidente que interrumpe el proceso y de golpe, de ese golpe, en un sobresalto, a veces arroja una idea.

Tinta invisible

Las ideas dependen de las circunstancias y del modo de adaptarse a ellas. Luego quedan como convicciones, a veces fosilizadas. Se afirman verdades que serían otras si la perspectiva que forzó su surgimiento hubiera sido diferente, el éxito en lugar del fracaso, por ejemplo, o viceversa. Cada uno extrae sus principios de las encrucijadas y desvíos –en mitad del camino de la vida, no en el inicio- en los que cae, sin experiencia, como reacción necesaria a esos azares contrarios, acosado por la necesidad para elaborar unas máximas cuyos orígenes, como los de un capital mal habido, disimula incluso sin proponérselo, bajo la forma de apariencia suficiente que debe darles para enunciarlas y que sirvan así de dique al desconcierto, convenciendo a otros incluso tal vez sólo imaginarios. Del lápiz a la imprenta, en imitación de lo firme por auténtica precariedad.

La arena acumulada

Generación: la cultura de mi tiempo es la del tiempo de mi vida, nacido en 1964, con una prehistoria localizable en lo que dio a luz lo nacido entonces y desde ahí una historia que tiene su infancia en los 60/70 y se asombra de cómo los ecos y obras de la época persisten en la difusión de souvenirs (discos, películas) y en la evocación de quienes la vivieron, mitos para los más jóvenes, historias de esos viejos raros a los que se ve sobreviviendo, como en SarraZine (Balzac), dentro del aura de su fama. “Eran los muertos los que hacían vivir aquella época: discos grabados décadas atrás, películas rescatadas de las tijeras de los censores y las trituradoras de los productores, libros prohibidos cuando tenían vigencia…” Así podría expresarse, a propósito de los años de mi madurez, quien viera en ellos el tiempo de una decadencia pero no el origen de la pendiente.

Lo que la noche le oculta al día

Música, reducida a la función de animar y reanimar, en vivo o grabada, en la reunión cuerpo a cuerpo o en la diaria coincidencia de los cuerpos en un plano. Función del ritmo: mantener a flote lo que desanimado se hundiría. Función de la melodía: fijar un motivo replicable a falta de razón que lo sostenga. Función de la armonía: blindar el conjunto desde dentro para que nadie se quede fuera. Consecuencias del blindaje, la fijación y la mantención: sordera al contrapunto, anulación de la disonancia, descomposición imperceptible en la masa sonora. Imposibilidad de toda progresión. Abajo el infierno y arriba una nube empeñada en mantener la tierra a flote. Ni siquiera estructura cíclica: loop, giro repetido en el que a cada vuelta se olvida para perder la conciencia y que pueda lo sabido de memoria retractarse justo un paso antes del abismo, sobre el que se pierden los sonidos y los ecos que exceden la función conservada.

Negro sobre blanco

El ejercicio de la virilidad es un acto de decisión. Lo femenino se abre y se cierra, invitación o posibilidad, suspendido en esa ambivalencia radical de una puerta siempre entreabierta que se hace reconocer precisamente por la ambigüedad de su actitud y de sus gestos, unos signos que cabe interpretar y en consecuencia permiten decidir. Entonces, “el hombre propone”, como dice el refrán, que suele completarse con la rima y el eco: “y la mujer dispone”. Pero en esa restitución del equilibrio se pierde lo esencial, que viene de la diferencia y se dirige al no ser de cada uno, atravesándolos: más allá hay la resistencia de un tercer cuerpo, de uno u otro orden, o la incertidumbre ajena a ambos de la que acaban de intentar apropiarse. Precisamente “arrebato” se llama a veces a este enlace, a menudo furtivo e incluso necesariamente furtivo. No es lo que ocurre en la intimidad del hogar, sino lo que arde en el fondo del armario.

Tres pasos de comedia

La comedia del perdón

Según la dueña de una casa en la que viví unos meses, dicho por ella de pronto una tarde aunque daba la impresión de haberlo pensado mucho tiempo, el amor es un estado mientras que el odio persiste; el afecto, si aceptamos su conclusión al cabo de una larga experiencia de matrimonio y maternidad, como la sangre circula o se coagula según su modo sea positivo o negativo. Este tipo de juicios no se demuestran o, si dan pie a una argumentación, ésta no es más convincente que la mera presencia física de quien los formula: la verdad la aportan su fe y su franqueza más que el grado de acierto, discutible al tratarse de percepciones tan subjetivas, de sus afirmaciones. Pues la verdad tiene muchas caras; de manera que, con el mayor respeto por mi fatalista locataria (“El amor pasa, pero el odio queda”), puedo disentir aunque sea parcialmente de su memorable observación y señalar mi impresión, contraria, de que, en los encuentros afortunados, felices, las afinidades se dan en lo esencial, mientras que son las circunstancias las que determinan las separaciones. Cualquiera puede examinarlo considerando sus rupturas amistosas y amorosas, sobrevenidas habitualmente a causa de cambios que vuelven insostenible por más tiempo, en el tiempo, lo que participando de algo eterno se ha vuelto incompatible con el devenir. Si las consecuencias de las rupturas se imponen a la instantánea armonía es porque habitualmente se vive en la ceguera, fuera de la revelación de la que se es sucesivamente expulsado. ¿Es entonces comedia el perdón? ¿Sólo es posible hacer las paces al precio de un odio petrificado en el vientre, enquistado, que como una obstinación defienda el territorio ofendido de toda renuncia a una satisfacción? Si es así, es la comedia lo cierto y la imagen que en nuestro interior se rehúsa a que aquella la arrastre debe ser vista, aunque sea en secreto, por cada uno como la caricatura perversa que los espejos deformantes de los parques de atracciones le reservan a la hora de la consulta extraviada. Mejor dejar hundirse esa piedra en su sombra y ser absuelto, pues no pesa menos el rencor que la culpa y la sensación de ligereza al cortar la cadena que los une es casi idéntica desde ambos lados.

La comedia del tiempo

De la tragedia a la farsa según Marx, de los Guermantes a los Verdurin según Proust. Lo que pasa es el tiempo, que es también la fuerza activa padecida por los cuerpos que creen animar un espacio. El tiempo es activo y la acción pasiva, paradoja de la que surge la comedia. Dios es un humorista, como reza el título de la novela imaginaria de Pursewarden, imaginario autor creado por Lawrence Durrell en el Cuarteto de Alejandría. Aunque en esta versión no haría falta Dios ya que en ella los dioses, a lo sumo, darían la medida de la eternidad, tan ajena al proceso como al escenario de que se trata. El tiempo haría su obra, en esta pieza, sobre la naturaleza y sus imitaciones, materia prima a cobrar vida en sus manos a la vez que busca su refugio detrás de pantallas y superficies cubiertas de proyecciones y representaciones. Después de la Divina comedia y la Comedia humana, la Comedia del tiempo. Trilogía, a la griega. O La verdad revelada por el tiempo, tema cristiano, aunque con sátiros al final.

Comedia y retórica

Hay que dejar que el lenguaje hable en uno, como exigía Hölderlin de los poetas, pero hay que parar cuando las palabras siguen solas y han dejado el mundo tan atrás que ya ningún ser viviente puede hacerles eco. Porque entonces el propio cuerpo se vacía y gesticula como poseído sin que la boca sienta ya el sabor de lo que dice. El agua toma la forma del recipiente en el que cae: como cualquier otra obra o escritura, ésta ha ido generando su propia retórica que, primero, ha dado a luz un pensamiento, luego le ha permitido vivir y ahora, de no ponerle pronto un límite, es decir, un punto de llegada aunque sea provisional, no tardará en ponerse él mismo a dar vueltas en redondo entre las figuras que ha esbozado y las sombras que éstas proyectan. Comedia: detrás del uso casual de la primera persona en estos textos, como aquí, reconozco no tanto al comediante como la instancia que hace, a partir de las palabras, la elocución, el tono, un personaje de quien habla, plantado en su actitud, sostenido en su ademán y persuasivo en sus gestos. Malabares para una constelación: la verdad ha de ser dicha si es que debe existir pero, como no habla, requiere unas manos diestras en lanzar al aire las palabras hasta fijar algún argumento capaz de sostenerse, oficio que no es de gente seria. Precisamente la seriedad es lo que afectan los maestros de la falsa retórica, o sea, de la maestría en defender falsedades. La garantía, en cambio, de autenticidad que podrían exhibir los otros, si pudieran, pues no es algo que se pueda exhibir sin desvirtuarlo, es su exposición al ridículo, ya que no cuentan con el respaldo de ningún consenso previo, como no sea el de la memoria de una experiencia común y en consecuencia propiedad de ninguno. Las raíces son esa huella que se hunde en la oscuridad, en lugar de hacerse visible: lo contrario de las banderas. Por eso, cuando surgen, el efecto ha de ser cómico, parcialmente al menos, y en parte también grotesco por el fatal contraste entre lo ejemplar de lo proclamado y lo discreto de la moderación con que el hacer cotidiano procura eludir el juicio. Lo que es de veras no es serio, no se puede mostrar de frente ni decir literalmente, requiere unos juegos de espejos en extremo complicados que en pocos sitios encuentran tanto espacio para desplegarse como en la comedia o la retórica, justamente, sobre todo cuando lo que está en juego es la imagen de quien se expone, sorprendido en su debate o debatirse por asumir el ridículo de la conciencia de sí. Quien dice “yo” no puede evitar hacer un uso de esa misma persona, la primera, marioneta surgida de la oscuridad para dejar, agresiva, y quedar, vulnerable, al desnudo, ridícula o patética tan sólo si se la mira con los malos ojos del rencor. ¿De dónde vendría ese rechazo si no del reconocimiento en el preciso instante de su negación? En el circuito de todo intercambio entre emisor y receptor, el claroscuro es esencial: bajo el velo provisto por la sombra se recompone el gesto desfigurado de quien se ha visto como no quería y, sobre ese semblante restituido, puede venir a dar la luz cuando a su turno le toque al descubierto alzar la voz y conducir la mirada ajena a la conclusión contraria.

Estatuas ecuestres V

Encarnación suspendida

de un disparo de Marey.

Piedra y carne divididas

por el talento aplicado.

Alzado de la batalla,

el general vencedor

es vencedor general

en la guerra dominada.

Limpiar la carnicería

es la orden que les dan.

Los escultores transforman

la agonía en heroísmo

y la sangre del ausente

soldado desconocido

en simiente de la gloria

de la crin echada al viento.

Tiempo en fuga enmascarado

por banderas y razones.

Complicidad encubierta

de electores y elegidos,

representantes y jefes,

cuarteles y parlamentos.

Estafa de voluntarios

a espaldas del monumento.

La mano del funebrero

maquilla la muerte cierta.

La del artista, en la piedra,

la carne finge inmortal.

Pero, cuanto más diestra,

mejor revive el temblor

del animal espantado

 y el agua bajo su aliento.

Pasea por cualquier plaza,

por el tranquilo Tiergarten

acaso, sin luz de guerra,

detente y mira, en el claro,

al jinete y su sostén:

si la figura se impone

al nombre en el pedestal,

quédate en su compañía.

Si de la piedra se alzan

aquí y allá brotes vivos,

reflejos nerviosos tales

que se transmitan al resto

del homenaje, pregúntate,

como el maestro lo haría,

por los hábitos menores

de esos cuerpos enlazados.

¿Cómo fuma el artillero?

¿Cómo inclina la cabeza

a beber el pura sangre?

¿Cómo desmonta el guerrero?

¿Qué enseña lo modelado?

La sangre bajo la piedra,

cuya blancura traiciona

la mano que la domina.

O los dedos escapados

del puño sobre la rienda,

que en la colina tomada

dejan huellas fugitivas.

¿Ves el gesto interrumpido

por el ceñido uniforme

o la fiel desproporción

de las patas levantadas?

Los caballeros leales

no cambiaban de caballo.

Les daban un nombre propio

que marcaban sobre el mundo.

¿Podemos seguir el rastro

por los Andes, los Pirineos,

de los caídos al barro

de Agincourt, de Waterloo?

En el centro de Guernica,

decapitado, el centauro,

relincha su desconcierto.

Fotograma de Marey

recortado de la serie.

Dispersos por las ciudades,

reunidos en una especie,

posan los dos fugitivos.

24–27.3.2022

Estatuas ecuestres IV

Sólo el músculo perfecto.

O la mirada insinuada

en los ojos del capitán.

O el vigor del torso equino.

O el pliegue de la chaqueta

sobre el rígido uniforme.

O el retórico ademán

del brazo tendido al sol.

La actitud de la cabeza

por encima del bicornio.

La torsión del cuello guiado

más que el cuero de la rienda.

La firmeza de los hombros,

mayor que la de la piedra.

El ángulo de la rótula

sobre la copia del hueso.

Evocación y presencia.

Del fondo de los corrales,

a través del terciopelo

de reservadas butacas,

del aire desempolvado

para uso de los salones,

del eco de los discursos

galopantes, algo llega.

Posado sobre los pómulos,

el puente de la nariz,

las ancas encabritadas,

el pecho condecorado,

como la tierra del poncho,

la grasa de la montura,

bajo la piel de la piedra,

del cuero sucio, algo queda.

Filtrado en los recovecos

de la masa trabajada.

Dentro del pliegue o la curva

hendidos en la dureza.

Como un hálito posado

sobre el obtuso aire grave.

Con la pronta ligereza

de las ruinas despejadas.

Caricaturas y ejemplos

confundidos en la gesta

de martillos y cinceles,

modelados y vaciados.

Algunos, fuera de filas,

algunas partes de algunos,

algunas, inesperadas,

algunas piezas se salvan.

Como restos del Titanic,

emergen del tiempo hundido

al espacio oxigenado:

ancas brillando en la lluvia,

un sable cortando el sol,

la mano firme en la rienda,

el mentón que no vacila

o el pecho a modo de escudo.

¿Fueron así alguna vez?

Así los imaginaron,

creídos, los ideales

de su historia desmentida.

Si algo llega, si algo queda,

no viene de lo ordenado

cumplido, sino del roce

casual del viento y la manga.

De ese delirio sinfónico

de oradores con espuelas,

en el eco polvoriento

de sus frases esculpidas,

alguna nota precisa,

discordante, sobrevive.

Fotograma lapidario

entre restos desteñidos.

Napoleón a caballo

era la huella del día.

Su sombra rasga el ocaso

y tizna a sus seguidores.

Detrás de todos sus triunfos,

posan rígidos, de guardia.

Si alguna medalla brilla,

es una crin que flamea.

19–23.3.2022