Los desiertos obreros 12

Paisaje habitado (Jean Dubuffet, 1946)

Para Carla a la intemperie

En un lugar de paso

La historia de la humanidad es la historia de la esclavitud.

Venir aquí fue un acto de liberación. Reventar una cerradura,

okupazión de una propiedad konstruida por nuestras manos,

okupazión de territorio tomado por malas artes inmobiliarias,

poner una kadena, un kandado y un buen perro en la puerta,

guardián libertario de korazón vagabundo. Todo vuelve

a esa rekalzytrante miseria bien vestida, siempre la misma

myzeria vien bestida, zumisión konforme, derrotado derrotero

blankeado en las negras paredes que denunzian a alkaldes y amigos,

sus amigos de manos insaciables, todos bien konozidos nuestros,

negros merkaderes de bolsillos cosidos, recocidos en sus kalderos

burbujeantes, bien grasosos del fondo al borde. Klaustrophobia.

Hacer saltar de vez en cuando un vidrio. Que entre el frío

y despierte, muestre el afuera. Madrugada con vista al puente,

modelo a seguir, en éste y todo terreno. Un paso, otro paso.

Abajo, los coches que pasan. La cafetera tiembla en la cocina,

helada en todos sus azulejos. Alguien imita un pájaro a lo lejos,

escondido muy cerca en la oscuridad. Pasa la noche y después

otra noche. Velamos aun de día en este lugar de abstinencia.

Akampamos meditando en el aguante de nuestros antepasados.

Un día, después de siglos de temer a tormentas y heladas,

después de décadas de alimentar el humo que nos ahogaba,

colocamos nuestros andamios todos a la misma altura

y empezamos a resistir activamente. Nos sacudimos el Palacio

de las Cuatro Estaciones de encima de los hombros hartos

y a la intemperie dimos comienzo al camino de las barricadas,

por una vez el mismo proyecto sobre el tablero y en los cimientos.

Cuando todo se hundió, nos vestimos de incógnito, apestados;

el viento engendrado entonces es el que vuelve por las ventanas

rotas de este lugar de paso y por eso, aun con todo nuestro oficio,

no las reparamos. Vigas desnudas como después de una bomba.

Tejas peligrosas para el que pase cerca. Luz incierta. Memoria

de otra incertidumbre, de otras construcciones suspendidas.

Todo esto nos pasó, en carne propia y prestada. Recuerdo,

como las herramientas, de generación en generación. Hueso

y fantasma, los dos desenterrados de los mismos cimientos

cavados para aplastar todo acto bajo la misma piedra habitada.

Santo baldío, inocente, a la espera de dar fruto, amenazado

por el futuro de nuestros deudores, colmados de seguros.

Manejamos esas máquinas enormes, en los grandes días

de excavaciones y allanamientos de terreno, cuando subían

como la espuma torres y valores, atraídos por el cielo despejado

de banderas como la nuestra. En estos otros pequeños días,

que caen como gotas de un caño roto, se abren nuevas grietas

en el paisaje edificado. Modestos habitantes de una de ellas,

preparamos la partida disponiendo, sobre la gran mesa heredada

de la antigua carpintería, los peones que no dejaremos atrás.

Enero 2017