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La historia sigue viaje

Carretera americana

Carretera americana

Mientras Madison habla a Fiona y Joan a Julie, Charlie y Tamara callan; él trata de imaginar lo que ella piensa mientras piensa en ella como madre, identidad o rol que le cabe si es que Madison al volante es el marido o cumple ese rol y Fiona ocupa ahora el lugar que debe corresponderle habitualmente: madonna de perfil contra el paisaje fugitivo, cerrada efigie sobre la que resbala como llovizna la simultánea charla femenina, le parece que guarda en su distancia la razón que a todos los ha traído tan lejos. Y sin embargo, aunque es esta desconocida la mujer que cabalmente representa el misterio en gestación con su silencio, es en su propia mujer donde el proceso transcurre y ella dice: “Nunca estuve tan pesada, ninguna de las otras veces”, dato que nadie sino tal vez él mismo podría constatar y al irrumpir de pronto, inesperado, sin relación evidente con el discurso de su interlocutora, parece arrojar sobre la mesa un problema que ninguno de los allí sentados sabría resolver y en consecuencia provoca un hueco en el aire, una suerte de ausencia, al abrirle todos paso al comentario que prefieren ver pasar antes que fijarle un sentido necesitado de respuesta, lo cual pronto Madison compensa ofreciendo una mezcla de confesión sobre su ignorancia debida a la obvia falta de experiencia e informe acerca de oportunas dietas y gimnasias acreditable a su familiaridad con actrices y modelos, que remata con un chiste de interpretación incierta sobre el hecho de ser siete chicas a bordo, contando las que Fiona cargará todavía por un tiempo, a lo que el grupo responde de manera desigual, sorprendido cada uno en su defensa y procurando enfrentar la circunstancia con la expresión facial adecuada. Charlie, aislado, mira de reojo a Tamara, que por detrás y después de un medio sonreír de compromiso permanece callada como si reprobara alguna acción inexorable decidida en forma previa a cualquier posible intervención por su parte, y no puede menos que recordar a la causante portuguesa, finalmente evadida de su propósito, y a su consorte italiano, a salvo al fin y al cabo de acontecimientos que a él lo sobrepasan, aunque en verdad, se da cuenta, apenas puede evocar sus rasgos; harto, se autoriza a intervenir y Joan escucha cómo el padre de Julie pregunta a su madre, acalorada a pesar del aire acondicionado, mientras desliza sus dedos por la nuca húmeda siguiendo los espirales del pelo mojado contra el cuello, inclinado hacia adelante y hablándole muy quedo, casi al oído, si han vuelto a moverse, a lo que Fiona, muy suave, responde que hace un rato, de modo que apenas pasado el instante, cuando Madison reconoce al sujeto tácito del intercambio, aunque ningún movimiento a su vez reconozca la mano que, autorizada por la todavía madre, deja el volante y se posa abierta sobre el gran vientre habitado, una especie de círculo familiar se cierra dentro del auto alrededor de la pareja encinta y Joan, confrontando la imagen presente con lo que ha visto tantas veces en casa, reconociendo en la claridad con que comprende algo que sólo vagamente recuerda los progresos hechos por su incipiente conciencia desde las vísperas del nacimiento de Julie, percibe con renovada nitidez el calor y el leve peso de su hermana y se apega más a ella. Es precisamente entonces cuando ésta, por casualidad o por instinto, emite dos sílabas de sentido tan incomprensible como inmediato resulta su efecto: risas de celebración adelante, compartidas por el padre y de las que Joan se hace eco, sobre las cuales se monta otro oráculo absurdo redoblándolas y reuniendo así, por un momento, al grupo entero en torno a un nuevo centro. ¿Entero? Ni bien la espalda, apenas descargada, del único hombre a bordo regresa a su sitio en medio del respaldo del asiento trasero, su ojo derecho registra, a la extrema derecha de su campo visual, la mirada salvaje de Tamara a Madison quien, de espaldas, animada por la aparente reducción del espacio entre los pasajeros, habla al grupo de la misma manera general en que una guía turística presentaría las atracciones locales y dando casi la misma información; algunos kilometros más tarde, la errática voz cuyo volumen Joan no deja de vigilar mientras exalta a Julie su presencia en la ciudad de las películas sonará como el eco demorado de las gastadas referencias de Madison al Teatro Chino y a Sunset Boulevard, pero a Tamara este cíclico retorno, como es de esperar, no le causará la misma gracia que a Fiona, cuya dócil aquiescencia la irrita como si, viajando sentada en su lugar o justo un lugar delante suyo, pudiera arrastrarla a un destino cualquiera. Por el momento, al menos, el de los viajeros no será su casa; ésa era la intención de Madison a su regreso de Londres, preocupada por el presupuesto del total de la operación, pero en cambio resultó para Tamara, ya colmada por la espera, la bienvenida oportunidad de recuperar la iniciativa y sorprender una vez más a su amiga: sin siquiera discutir, sin presentar batalla, al menos de ningún modo en terreno verbal, se dirigió a uno de sus primeros inversores, activo en hostelería, entusiasmado en su momento por la novedad de las ganancias online y ahora fácil de persuadir por el ínfimo costo del favor requerido, y a su vuelta, satisfecha con su carisma y sus recursos, tras dejarse caer en el sofá ostentando el largo de sus piernas como para indicar el goce de la libre extensión de su casa y su intimidad, anunció a Madison los quince días de hospedaje gratuito que mantendrían a sus visitas alejadas hasta la hora de volverse a ir, estrategia de cuya ejecución, además de su diseño, parece decidida a asumir como principal responsable ya que, al llegar al hotel, será ella la primera en bajar del auto y quien, rodeándolo en tres zancadas, abra el baúl, reparta el equipaje, se quede con más de una maleta como para equilibrar el cansancio de los otros tras el viaje y encabece la procesión hacia el vestíbulo, aunque de dar propina al botones una vez que las valijas sigan su camino dejará que se ocupe Charlie, por más que Julie dormida en brazos de éste le deje uno solo libre con que hurgarse los bolsillos. Mientras tanto Madison se ha quedado atrás acompañando a Fiona, que en el trayecto desde el aeropuerto parece haber aumentado de tamaño y a quien Joan, tomada de su mano, da la impresión de servir de apoyo más que de estar a su cargo; la anfitriona lleva en la mano izquierda la maleta que su compañera ha dejado para ella, pero ofrece a la invitada el flanco derecho como sostén y está a punto de caer junto con ésta cuando, una vez dados, uno tras otro, hasta el último, los pesados pasos a dúo impuestos por los escalones que realzan la olvidable fachada del Sunshine Inn, ya libre de la maleta que algún empleado por fin se ha apurado a recoger, siente en el hombro la presión de la mano que se afirma al vacilar la otra en el súbito vacío provocado por un comedido, posible turista, personaje imprevisto que, a punto de salir del hotel, aprovecha para mostrarse amable y abrirles la puerta en la que Fiona iba a apoyarse: la niña que a su vez ésta ha soltado está a punto de ser atropellada por el joven que, prácticamente arrojando al suelo la maleta que acaba de empuñar, se precipita a apuntalar al tambaleante grupo de viajeras, pero todo se resuelve sin mayor daño para madre, acompañante e hija y el próximo paso, una vez prontamente reafirmado el consternado huésped en su confianza en los poderes de la cortesía y despedido al pasar a su paseo, es el muy sencillo de inscribirse en el registro de pasajeros, confirmada ya la reserva por Tamara, que en la proa del grupo continúa al timón. Charlie es el primero en firmar y Madison aprovecha para tomar a la pequeña Julie en brazos pero, antes de que el cuerpo de la niña haya siquiera alcanzado a hacer sentir su peso y su calor sobre el suyo, Tamara la arranca de esa costa donde suelta con su equipaje y su alojamiento a la familia extraviada y la arrastra de vuelta al transporte en el que la han traído, dejándole apenas aire para una referencia, furtiva como una corriente en un interior cálido, al abogado que ya tendría listos los documentos para la adopción de las nonatas y prometer una llamada para el final de la tarde, cuando, según dice, los forasteros hayan logrado aclimatarse.

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La historia toma rumbo

California dreaming

California dreaming

Pocas semanas más tarde, mientras Madison en California sigue pensando que hizo bien en obligar a la pareja a invertir, pues así ha asegurado el viaje, Charlie a bordo del avión sigue diciéndose que hubiera debido apretar, que entonces podría haber llegado hasta a sacarle efectivo, si la americana había ido a Londres debía estar desesperada, calcula erróneamente, como si el cine no fuera una industria internacional, debí haber vuelto al ataque, se repite, pero ahora debe esperar, sentado entre su mujer del lado del pasillo y el dúo de niñas ya nacidas junto a la ventanilla, la mayor procurando distraer a la menor, cuando despierta, con las nubes fugitivas y cambiantes, el reencuentro al cabo de la peregrinación forzosa para intentar cualquier reclamo. De a ratos dormitan, a veces él y Fiona van tomados de la mano, pero, cuando oscurece, mientras ya casi nadie lee y casi toda la luz de la cabina proviene de la pantalla con que intentan entretenerlos, aunque sigan, más por costumbre que por interés, las mismas imágenes ambos, cada uno, separado entre sus auriculares, va hundiéndose en sí mismo lentamente, sin advertirlo, hasta llegar a oír, con idéntica inconsciencia, en sordina, como una radio a bajo volumen, por debajo pero más persistente que las de los actores, incisiva a pesar suyo, la monótona voz incesante a la que apenas reconoce como propia. Es ésa la voz que identifica, para Fiona, los modelos reales de la ficción a la que asiste, y gradualmente va corriendo el velo de las caras célebres sobre la identidad representada, hasta que acaban surgiendo, de los fingidos gestos de la aplaudida pareja hollywoodense, los sobrios modales del italiano y la portuguesa fugitivos a la turbia media luz de la conciencia negada. Fiona vuelve ligeramente en sí, mientras la imagen que regresa le obstruye la que le están pasando, y a su cabeza vuelve la noticia, recortada al subir al avión de un vistazo al periódico que más tarde hundió Charlie entre los asientos, de la demanda millonaria entablada por el dúo de estrellas contra el mayor representante del sensacionalismo inglés por violación de intimidad durante la última estadía londinense de la pareja, y mientras mira a las víctimas exhibirse una vez más vestidas por nombres supuestos, que bien podrían ser los de Elena de Souza y Stefano Soldi en su versión anglosajona, si ella tuviera el ingenio capaz de imaginarlos, llega al fin a preguntarse a cuánto ascendería o aun, tratando de acercarse a una respuesta, aunque imaginaria, concebible, en qué consistiría su demanda contra sus propios ofensores y dónde o a quién la presentaría, problema compuesto cuya aparente solución, diferida ahora por fuerza hacia el final de la línea de tránsito en curso, parece también simplificarlo al oponer su confuso planteo a la nítida figura de Madison, para Fiona sin duda la única que podría sostener el hilo de cada voz de la película tramándolos uno con otro y en quien vuelve a sentir la fervorosa confianza depositada al nacer su admiración por el talento, hasta entonces ignorado, de quien urde por detrás de los que posan; como una mano en el centro del pecho o sobre el vientre ese sentimiento la apacigua y reafirma su disposición a la entrega, que confirma sin darse cuenta apretando la mano de su compañero a la vez que sus propios párpados, resuelta ya a dormir hasta completar su destino. En el aeropuerto, Charlie reconoce enseguida a la rubia y luego repara en la latina, que sobresale como una sombra por detrás de la otra. Fiona siente miedo de ella, pues su displicente reserva le recuerda de inmediato a Elena; se apega a Madison cuanto puede, y ésta pronto le echa el lazo y la arrea hacia la salida, sabiendo que el grupo seguirá a la portadora de su núcleo. Mientras habla, aligerando el tránsito, amenizando con trivialidades californianas el traslado del equipaje al automóvil, bajo un sol que desborda todo límite, no percibe de Fiona más que el calor, el peso y la colmada silueta de la maleta en la que viajan sus niñas; pero Tamara, que desde un principio ha observado a la extranjera con la sorna que le despiertan los anglosajones fuera de lugar, al contrario que Madison, a quien suele considerar del mismo modo, detiene en ella su mirada y al contrario que Elena, centrada en sí en cualquier geografía, le halla atractivo a pesar de la carne cansada, trabajada por ineludibles o buscadas fatigas, y desde la otra orilla que ella misma representa mide la pérdida: éste es el efecto de una vida normal, se dice, y también que la oportuna atención de alguien capaz de tomar iniciativas, de empujarla fuera del habitual vacío interior que clama mudo por ser ocupado y en consecuencia se deja habitar por lo que sea, un trabajo, un amor o un problema de salud, formas del destino en el horóscopo, tal vez podría haberla salvado, cuando aún había fuerzas para soñar con un rescate, pero ya es tarde, decide al fin, para dar un perfil nítido a una figura tan borroneada por el tiempo y la nula, vana experiencia, con lo que, al igual que a su conservadora familia en el lejano pasado, abandona el motivo de su reflexión y desvía la mirada hacia la ventana, donde espaciadas construcciones, sólidas y precarias, pasan de largo. Charlie, que nunca ha tenido a su lado mucho tiempo una mujer tan imponente, apretado en medio del asiento trasero ve entre las nucas de las dos de adelante cómo el paisaje desconocido se le viene encima con su ola nunca rota de automóviles, señales camineras, anuncios comerciales, y desbordado fija la mirada, mientras flota en el aire la voz sin aristas con que Madison dirige a Fiona sus garantías de bienvenida, en el diestro puño femenino sobre el volante, cuyos nudillos afilados ignoran la suavizante intención de las palabras que circulan dentro del coche y mudos confirman la violencia latente en la carretera; a su izquierda, remedando esa suavidad sin darse cuenta, cuidando que su voz tan ininteligible para los adultos como para su hermana permanezca bajo el nivel sonoro establecido por el trato entre su madre y la señora de la televisión, Joan muestra a Julie sobre su falda el nuevo mundo en tránsito procurando mencionar las piezas sueltas cuyo nombre recuerda del viejo antes de perderlas kilómetros atrás. Extrañamente, dejando un vacío que hubiera chocado a una Fiona con los pies en la tierra y que Charlie, al caer en la cuenta, vagamente atribuye a la homosexualidad de estas mujeres, ninguna de ellas ha manifestado éxtasis alguno ante la cría que ya tiene casi un año, a pesar de la ilusión que se les supone, ni han tratado de caerle en gracia a Joan, tan dispuesta a practicar el rol materno que pronto deberán desempeñar. ¿Quizás cuando Julie empiece a ensayar sus balbuceos obtendrá alguna respuesta?

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La historia es la misma

Sexto episodio de la historia de Fiona Devon, madre portadora. La continuación, el viernes 4 de abril.

Contacto en Londres

Contacto en Londres

Tamara siente, durante esos días, en el vientre el vacío dejado por Maddy; siente que algo en su cuerpo vira del deseo al ansia, sin objeto, y la novedad de esta inquietud consolidada la empuja a reflexionar, contra sus hábitos y preferencias, acerca de las recientes transformaciones que ha atravesado, de soberana a deudora y de pródiga a temerosa, a lo largo de un período en el fondo tan raro como el abierto luego por la separación, con ella al fin de un lado que debe resignarse a aceptar como pasivo y Madison en acción lejos de su alcance, es decir más allá del largo brazo que suele intervenir desde la sombra y que ahora languidece: Tamara, desplazada imprevistamente de la ironía oblicua que era su costumbre a la esperanza llana, sólo puede esperar a que la nueva corriente la recoja. Pero Madison ya en el avión está pensando en el porvenir de su familia, ya en el aire proyecta lo que querría consolidar, y reemplaza, ahora que tiene la iniciativa, las líneas difusas del sueño por vectores hacia el futuro, inmediato y lejano, que se abre delante y debajo suyo. Londres la ignora llegar, entre sus cientos de pasajeros, e ignora también la voluntad que anima el andar, hecho de breves pasos veloces, rítmico y apretado, resuelto a no perder el tiempo, la mirada alerta al frente a pesar de los vivos ojos claros algo idos por la continua actividad mental paralela, de la mujer impecable, rubia de gris, que, como escurrida de entre los lazos de los hombres, con el pequeño puño cerrado sobre el manillar del mínimo equipaje que va arrastrando, pasa en línea recta hacia los taxis del aeropuerto y desaparece fugaz hacia la cita convenida desde el otro lado del océano, previo paso inevitable por el hotel y la ducha. Cuando tiende la mano a Charlie, ya no a tono con la lluvia imaginada en California sino a imitación de las rosas de la primavera inglesa, el hombre siente de inmediato alzarse en él, pero encogida, la agresividad hacia el rival junto al odio hacia el poder adquisitivo nunca alcanzado, cuya falta lo ha conducido a este encuentro. ¡Qué rencor, qué resentimiento de clase y de género lo domina al presentar a Fiona y comparar, manifiestos en lo opaco de la ropa que ambos llevan, sus propios salarios y deudas con los ingresos declarados por el vestuario de la otra parte en esta inminente negociación debida a una causa impuesta! Pues ha sido él, sólo él, Charlie y ningún otro, quien, siempre desde el margen, gestionando una determinación femenina, por no haber resistido a tiempo sino en cambio prolongado la tolerancia mostrada tanto hacia la obtusa vocación de Fiona como hacia la primera niña conservada, ha debido ocuparse y asumir cada detalle, desde la contratación de un seguro médico privado en reemplazo del servicio social británico, que al enterarse de la situación tendría derecho a reservarse las gemelas, legalmente en estado de orfandad, hasta el contacto con Lullaby punto com, empresa especializada en padres no convencionales, que a causa de sus antecedentes sólo ha podido ofrecerles esta opción. ¿Lo sabrá la mujer de rosa? ¿Le habrán advertido su ventaja? Madison mira el vientre de Fiona, donde está lo que quiere, y bajo la doble impresión de su expuesta vulnerabilidad y su imponente prominencia procura medir la inmensidad de su demanda, que adivina constante y creciente, por tales indicadores como el casi evidente agotamiento nervioso del marido o el notorio esfuerzo físico de la portadora aguantando su carga mientras aún están de pie; cuando se sientan queda sola frente a la pareja y en la silla vacía a su lado se le aparece Tamara, en lugar de erguida abatida por el peso de un vientre imaginario tan enorme como el de la mujer que tendría delante, espejo sin brillo, y también la ve tumbada en su sofá de Los Angeles, aplastante, manejando sus asuntos por teléfono hasta desfallecer y abandonar los hilos entre sus dedos, llamándola a hacer de sajona eficiente al regresar por fin como latina a sus raíces naturales. ¿Qué glándula escondida le rezuma este veneno, de dónde le sale este racismo vengativo que asalta su fantasía y se complace en deformar hechos y cuerpos? Madison se concentra: tiene al hombre diametralmente enfrente suyo, como opuesto, y a la mujer en diagonal; procura envolverlos con su mirada pendular y su voz clara, que envuelta en una sonrisa de vocación persuasiva va contándoles cómo es la casa en la que vive con su amiga y qué vista tienen desde allí, para explicarles después de un sumario elogio de Londres que ha viajado sola porque ya ha entregado su último guión, mientras la pobre Tamara ha debido quedarse para velar por los intereses de su empresa de Internet. Como estos hechos son anteriores al incumplimiento de las promesas de la nueva economía, Madison tiene oportunidad de ver pasar, por la mirada de sus oyentes, el ambiguo fantasma hecho de admiración y perplejidad que el dinero convoca en los necesitados y la tecnología en los excluidos, y recurriendo a su vinculación con los medios pasa a intentar establecer su propio prestigio. Yo soy escritora, como Jane Austen, les dice encantada, sin que la referencia de cortesía a la autora inglesa parezca despertar más que un vago destello de olvidado reconocimiento en los dos pares de ojos que la miran, pero no de libros, de televisión, se explica, y agrega, asumiendo en su persona la identidad de todo un equipo, yo escribí esa miniserie que seguramente han visto alguna vez, la dieron en Inglaterra, lo sabe, Herederas en pugna, y al oír el título los dos ojos femeninos que la siguen se encienden con un súbito chispazo recordando las casas, las piscinas, los hoteles y el luminoso espacio surcado por blancas limusinas al servicio de soberbias mujeres codiciadas, y Madison se detiene allí: ha hecho contacto. Mientras describe locaciones y caracteriza intérpretes, de lo más animada, Charlie, desinteresado, no puede aburrirse como Stefano: hasta la cuenta del pub, donde ha preferido concertar la cita para ahorrarse desdenes como el de la portuguesa, lo preocupa; ya se apartó de una transacción semejante y éste es, después de todo, el resultado. No podía prever ni medir, al invitarla cuatro años antes a compartir el alquiler, aunque sus confidencias más íntimas versaran siempre sobre la recién nacida Celine, de quien según piensa ahora amargado dependía la magnética felicidad de Fiona entonces mucho más que de su recién nacido amor, la abrumadora concreción de las tareas a que acabaría obligándolo aquel vientre siempre hambriento de vida; ni siquiera durante el embarazo de Robbie, cuando ya la pequeña Joan no creía necesario reflejar la satisfacción de su madre, alojada para entonces con su novio, y menos aún durante el de Julie, coincidente con una mejora laboral, se había sentido agobiado por aquellas cargas que a su mujer, según ella misma siempre decía, la estabilizaban. Ahora, desconfiado, más atento a los signos físicos de las mujeres que a sus palabras, vigila el deslizarse de la voz americana sobre el silencio fervoroso de su esposa, cuando siente de pronto en esa pista un sobresalto. ¿Por qué murió Debbie?, cree oír, con acento inglés, y ajusta su atención. Madison no identifica de inmediato el nombre que interrumpe su monólogo, vacila, y es en ese lapso cuando repara en el ruego obstinado de los ojos que la esperan; incapaz de sostener esa mirada, alza la suya al techo fingiendo que así se concentra, rehúye así la vergüenza, localiza en su fichero lo que busca e improvisa: el tema, Debbie, propuesto en el equipo tal vez por ella misma, no, debió ser algún compañero, no se le ocurre quién, sólo recuerda haberle escrito unas disputas con el novio, sí, Debbie tenía razón seguramente, es la muerte, no escribió esa escena, sólo criticó, de la joven asistente de la señora Waters, la madre de la protagonista, que en algún sentido la había adoptado, ¿no te parece?, propone a Fiona, que asiente como si fingiera entender, estar de acuerdo, y repite, insiste, al darle trabajo la había adoptado, ¿verdad?, sonríe pero no sabe, la señora Waters se sentía tan sola al casarse su hija, simpatizaba con aquella joven huérfana tan aplicada, la actriz era pulcra también, tan agradable, tenía aquel aire prolijo, modales suaves, gustaba al público, sincera, le creían, querían que el novio sentara cabeza, pero una noche, con qué buena intención sería, cuando faltaban tan pocos capítulos, se anticipaba a la protagonista, diligente, llegaba antes que ella a la escena del crimen, antes que la víctima esperada, no íbamos a matar a la estrella, ¿no?, y así la pobre Debbie entraba a la oscuridad, el asesino emboscado tras la puerta la confundía con la heredera, la atacaba por detrás, no llegaba a verle la cara, sólo un delgado rayo de luna para que el público sí, los ojos de pronto alarmados para siempre, la lengua asomando por la muda boca abierta, desfiguración de un rostro amigo, dulce, afectuoso, consolador, digno de confianza, sí, es eso, era una confusión, un equívoco, recurso clásico, así es, qué equívoca la media apretando esa garganta, la violencia de la ficción sobre aquella que los espectadores también habían adoptado, habían dejado pasar a su casa, Madison ya no distingue lo que calla de lo que dice, no traduce todas las imágenes de lo que sabe que no ha escrito aunque también lleve su firma, pero al volver a la mirada fija en ella, que no ha cambiado, que sigue esperando ansiosa, implorante, comprende que no tiene respuesta, no tiene la menor idea de por qué decidieron asesinar a Debbie, no sabe en absoluto qué decir, y sigue improvisando: no quería hacerlo, fue el productor, confiesa, velando su voz como las actrices, Debbie pidió un aumento, era tan popular, y volviéndose hacia el varón asume el rol para el que ha venido.

continuará

tele

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