Los desiertos obreros 9

Esculturas de Kwame Akoto-Bamfo en el antiguo mercado de esclavos de Ada Foah, Ghana

Para Carla a la intemperie

Capitales periféricas

En los vestíbulos de los grandes hoteles

siguen cantando los esclavos ilustrados

a través de aún más fieles altavoces. Propietarios

alejados del hogar, sólo víctimas del jet lag, se adormecen

al compás de esos añejos alaridos afelpados

que se arrastran bajo los muebles y trepan lentos las paredes,

desde cuya altura caen como volvían a las barracas.

House nigger, field nigger. Después de dar las cartas, el destino

pocas veces se retracta: en pocas mesas. Y entre estos sillones gruesos,

espesos como el sueño del que ningún guardián despierta,

nunca. El tío Tom de librea y dientes de harina

barre bajo la alfombra la sombra del negro Jim, camino a Cairo,

más allá de la sonrisa del cocodrilo. Fantasmas arcaicos

bajo los suaves modales de las manos temblorosas

que temiendo por sus cadenas responden como autómatas

entre bandeja traída y bandeja llevada. Nosotros levantamos

anteayer cuanto sostiene la fachada insobornable

delante de la que ahora pasamos cada día, como aquellos admitidos

del otro lado giran en torno a los que giran en torno, satélites

favorecidos por la luz, a faros muy lejanos, sumidos

en un mar de oscuridad más densa que la lengua

ajena de las finanzas que nos separan. Cada día atravesamos

algún cuadro dominado por la cara de un coloso semejante

porque los hemos plantado en todas partes. Descentradas metrópolis

ansiosas de colarse en las alturas de los tableros

de donde viene la estela que procuran seguir, con su reguero

de novedades y deshechos, páginas y páginas de moda

mezclada con arquitectura, pesadas vigas

que hemos cargado pero no nos guarecerán. Dentro, pasillos

y más pasillos, cada vez más largos, de furtivo silencio

recorrido por secretos inasibles, todo proyectado

desde la calle en las ventanas impenetrables, multiplicadas,

y en el vestíbulo, escaleras abajo, ininterrumpida, música:

los mismos equilibristas en el hilo musical,

con sus bien entrenadas voces sirviendo aún después de muertos.

Algún día un desperfecto nos permite asomarnos

y escuchar, inclinados sobre cualquier máquina útil rota en un rincón,

detrás de las paredes maquilladas tan sólo por la otra cara,

el canto que se elevaba prometiendo un alba pasada,

reproducido por debajo del nivel al que podría engendrar.

Un secreto en el oído del intruso. Un regalo para la memoria,

que no puede extraviarse en las cintas de equipaje. Cielo abierto

para ese tallo cautivo, que crece bajo las moquetas,

detrás de los empapelados, invisible como el carbón de la envidia.

La belleza despierta la fe. Vamos. Marchemos. Continuemos.

Recordaremos, en el túnel circular de los bienes en litigio,

el diamante aún reservado a las manos heridas.

Enero 2017