Capitulación

Hero and Leander (To Christopher Marlowe), Cy Twonbly, 1985

Tal vez descubras, si no sigues ciego,

que la causa perdida que defiendes

en tu arrogante sueño invulnerable,

capitán de unas aguas que te ahogan,

es la que te sostiene, con el peso

de la derrota ya bajo tus pies,

la roca inmensa que no caerá

sobre ti, ya caída aquí, tu roca

firme, irrecuperable desde enfrente.

Tal vez, desde esta roca que no puedes

alzar para lanzarla a un enemigo

del que te burlas como si existiera

sin otra causa que darte la réplica,

tal vez desde la altura de esta roca

veas tu sombra y cese tu ceguera,

cuando esa negrura intransferible

derrote a tanta bruma que combates

y te imponga su imprevista victoria.

Tal vez entonces su voz reconozcas,

cuando haya dicho su última palabra,

ese día tan claro como el agua

que te ahoga y que el peso de tu roca

reconoce mientras le cede el paso

hacia las pálidas profundidades

en las que debe encontrarse su sitio

según las leyes del sol imparcial,

que ya no te deslumbra y te ilumina.

Tal vez, cuando recorte tu silueta

contra ese cielo que te daba alas,

te permita medir la sombra invicta

de la que fuiste creciendo, la roca

impenetrable bajo las banderas

insostenibles bajo las estrellas

que rigen este día y esta hora,

y situarte en el mapa que te borra,

con tu brújula y tus coordenadas.

Tal vez, predestinado por tu causa

a la roca que no se moverá,

cuando ya la partida no permita

ni un solo movimiento que la aplace,

jugador capturado por su apuesta,

quieras perderte por fin a ti mismo

y tropieces con tu única certeza:

ella vela, desnuda mientras sueña,

por tu mano que tiembla desarmada.

 17.3.2020

Los desiertos obreros 3

Untitled (Franz Kline, 1957)

Para Carla a la intemperie

Navegación a sangre

El peso vertical de la palabra viril. El juicio de la plomada.

Como los indios, que desconocen el vértigo

y reinan en su esclavitud sobre terrazas y letreros luminosos.

El desierto entra a la ciudad, pero al revés: por abandono,

introduciendo sus cultivos en los mudos engranajes

del tractor detenido. Un vagón, otro vagón.

Reguero de flores silvestres entre herramientas herrumbradas.

La brújula marca las afueras. Navegación a sangre.

El barco es la tripulación como la ciudad, la abandonada capital,

era el pueblo. Sólo nosotros conocemos nuestra huella,

la vemos, la reconocemos. Charco agrisándose.

La voz de Javier Martínez sobrevuela estos terraplenes

eternamente húmedos, con sus yuyos como bruscos penachos

dispuestos siempre a sustituir al compañero. Coro mudo

en la paciente deriva que nada espera. No hay

redención, hay progreso, producción automatizada

de autopartes y prótesis. Y en la cima de la oscura pirámide,

el sacrificio ya hecho. La sangre corre por la otra cara.

Por la mejilla del prójimo. Paso de paisanos

por el medio de la avenida, muerta de noche y ahora

desbordada por el sol en diagonal. País de sombras largas

cada vez más altas y delgadas. La brújula señala

un horizonte en declive, interrumpido por construcciones

cada vez más separadas y precarias, suplicantes casi

en su tímido alzarse bajo un cielo mayor, paredes desguarnecidas

que no hacen muralla, detrás de cuyos esbozos

aparece, desbocado, el llano que precede al precipicio.

Desnudo mástil de nuestra embarcación, sostenida por las aguas

intangibles del océano inconsciente y sus afluentes imaginarios,

¿es igual a la altura a la que apuntas desde nuestros hombros

aquélla que desde lejos nos apunta con sus matices

de azul en la luz fundados, en el viento, en la temperatura

o en la distancia de cada plano respecto al punto de observación?

Los cumplidores pies en la tierra se hunden en el barro

descubierto por la raíz arcaica que levanta el castigado pavimento

y avanzamos un poco más en la casual recuperación

de los peligros conjurados, la miseria familiar cuya sombra

peor era entonces que la luz desamparada del campo indefinido.

Pájaros apagados que en nuestro cráneo relumbran. Ramas

finas, otras voces arraigadas: Miguel Abuelo, Spinetta,

los gritos que desde abajo anunciaban la salida del Clarín

como el gallo de las afueras la del sol. Otro tiempo.

Fantasmales, los colectivos ejecutan su ruta invariable

a nuestro turbio alrededor. Nos adentramos en la distancia.

Nos alejamos del oficio y la manía o costumbre

de construir, de curtirse las manos contra la piedra

y la cal: derrámenla en los cementerios. Remando en seco,

sutiles, despacio entramos de pronto al aire sutil.

Diciembre 2016