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Nombres como máscaras

¿Qué hay en un nombre?

¿Qué hay en un nombre?

Los nombres, esas palabras que se inician con tan altas mayúsculas, poseen un frente, como declaran, pero también un dorso, como detrás de aquél esconden con repetida eficacia. Ésta, sin embargo, no es tan persistente que no presente intermitencias: al contrario, desde el primer llamado que un nombre hace oír o ver a quien lo retiene, empieza a hacerse oír a su vez, aunque con fuerza por lo habitual decreciente, la pregunta acerca de qué habrá detrás de ese signo tan insistente en alusión a una persona, lugar o entidad. En la vida, los nombres con que somos bautizados suelen deberse a una conjunción tan variable de causas, oscilante entre la tradición y el capricho, que su sentido y su resonancia –el renombre, precisamente- dependen casi del todo de cómo el portador lo lleva: así, según el contexto, a algunos les basta el apellido de su familia, como si no tuvieran parientes, para individualizarse, y a otros incluso con su nombre de pila –poco habitual, eso sí, por lo general- o con un seudónimo (Prince, Sting, Madonna), que funciona más bien como una marca, para obtener lo mismo. En las novelas, los nombres en principio no son puestos al azar, ya que casi siempre una intención preexiste al desarrollo de los personajes –como les ocurre a esos niños que son concebidos como herederos-, pero, entre el destino y el carácter señalados de ese modo, cae también la sombra de todas las acciones firmadas por tal rúbrica. Sinuosa ambigüedad de los emblemas: en cada curva del camino por el que cualquiera de ellos es expuesto, puede ser y es interpretado de forma diferente. Y cuanto más resueltamente afirman sus proposiciones, como en el caso de los enunciados morales, por ejemplo, más invitan a la deriva de sus significados. De ahí el éxito de los slogans cuyo sentido explícito es pasible de más modulaciones, hasta que incluso ese sentido original es olvidado y la frase continúa dando vueltas prestándose ubicua a su aplicación en los contextos más variados: es justamente esa polifuncionalidad, más que una polisemia, la que causa gracia cada vez que la cita viene a cuento. Un estribillo como el de My Generation (The Who, 1965) puede parecer inequívoco durante algún tiempo con aquello de “Hope I die befote I get old”, pero a lo largo de cincuenta años de ser no sólo escuchado en el disco original sino también interpretado en vivo por los mismos músicos cada vez mayores, sucesivamente acompañados por otros de generaciones más jóvenes, fatalmente va siendo modulado en estilos y de modos diferentes al inicial –contrario, irónico, reafirmativo, cansado, como firma, memoria, burla o negación- y no tanto por decisión expresiva como por necesidad de adaptarse a nuevas circunstancias: quien ha dado su palabra una vez debe someterse a ella si es que se propone sostenerla. Un personaje está obligado por su nombre de manera parecida, ya que el nombre compromete. Al principio es una máscara tras la cual se duda que haya carne; con el correr del relato, mientras ese vacío se va cargando de experiencia, lo cumplido cada vez más puede responder por la promesa inscrita en la máscara. En las novelas clásicas, la densidad de esa experiencia y la fe de los lectores convocados era tal que el nombre del protagonista alcanzaba para significar el libro entero: Ana Karénina, Lucien Leuwen, David Copperfield o Madame Bovary evocan con su resonancia todo el mundo que los rodea. Pero, de forma similar a los standards del jazz, todos estos nombres tan conocidos –el doctor Jeckyll y el señor Hyde, Don Quijote y Sancho Panza, etc.- invitan a inversiones, digresiones y nuevas versiones que permiten suponer, detrás de cada uno de los rasgos declarados en su faz reconocible, otros divergentes y hasta radicalmente opuestos a partir de los cuales se podría imaginar cualquier acción para cualquier personaje. ¿Cuál sería su identidad entonces? En la vida, cada vez que alguien declara algo sobre sí mismo, ya sea un vicio o una virtud, podemos suponer que detrás acecha el hábito contrario y que su aparición es inminente. En las novelas, cuanto más sonoro y significativo es un nombre –y todavía más cuando el nombre mismo tiene un significado explícito, como Miss Lonelyhearts o Don Moderado-, más manifiesta su condición de máscara, tanto más disimulada cuanto más verosímil en cambio sea o responda a una representación naturalista. Lo que la máscara exhibe, por encima de toda cara, es sin embargo precisamente que la expresión no es natural ni casual, que cada rasgo que en ella aparece está para ser leído –a lo que aspira justamente cada cara- e interpretado: entendido y así conservado. Si está dispuesta, esa máscara, a revelar una verdad, con el riesgo implícito en semejante conducta, es para eso. Llamativa, como ha de serlo la aparición de un personaje, lo primero que quiere dar a entender, sin decirlo, como éste, es que guarda un secreto. Pero si ignora cuál, es porque no es cierto: lo que hay allí es un vacío y será quien lo descubra, al levantar el velo, quien deposite su propio secreto en el súbito abismo vacante. Así son fecundados los mitos de generación en generación.

Nombres como marcas

Nombres como marcas

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Aristóteles, book doctor

Acción, tiempo y lugar

Acción, tiempo y lugar

Después de Brecht, después de todo el siglo veinte, traspasadas las vanguardias y al cabo de mil y un desmembramientos y recomposiciones de todo tipo de estructuras narrativas, dramáticas y sociales, recurrir otra vez a Aristóteles, con sus tres unidades y su porfiada concentración en el argumento, puede parecer trasnochado y hasta repetido, pero también resultar útil, derribadas ya todas las academias por su propia multiplicación, si abandonando lo universal y general nos ceñimos a un punto preciso. Por ejemplo, el de partida de una ficción, ya sea dramática o narrativa: el origen del relato o de la mímesis de una acción, simple o compleja, con situaciones y personajes, planteos y relaciones en desarrollo. ¿Por dónde empezar, como se preguntaba Barthes a propósito de un hipotético estudiante al que procuraba dotar de elementos para emprender el análisis estructural de una obra literaria? Curiosamente, su respuesta –o el comienzo de ésta- no era poco afín a la concepción aristotélica: “establecer en primer lugar los dos conjuntos-límite, inicial y terminal, y explorar después por qué caminos, a través de qué transformaciones, qué movilizaciones, el segundo se une al primero o se diferencia de él; hay, en suma, que definir el paso de un equilibrio a otro, atravesar la caja negra”. La afinidad con Aristóteles consistiría, aunque Barthes presenta una tarea de lectura y aquél una de composición, en la noción de que en el inicio hay un argumento a definir: el paso, más que de un punto de partida a uno de llegada, de un equilibrio a otro. La identidad mantenida entre ambos a pesar y a través de todas sus diferencias haría su unidad, como ocurre en toda definición, siendo a su vez que éstas consisten en decir que una cosa es otra, y establecer la identidad entre ambos términos. Pero el punto aquí es la unidad, de la que la Poética de Aristóteles, como la teología cristiana de su dios, deriva una trinidad: las unidades clásicas –acción, tiempo y lugar- que, aun sin identificar necesariamente la unidad de tiempo con un día desde la salida del sol hasta el ocaso o la de lugar con un único decorado, resisten muy bien a la hora de construir una trama, como instintivamente lo pide la satisfacción de público y lectores, bien cerrada. La narrativa moderna difiere tanto en su composición como en su exposición de la dramaturgia aristotélica o de la más cercana en el tiempo narrativa clásica, pero el espacio abierto por su ruptura de los moldes heredados no deja de producir un desasosiego que está muy lejos de responder satisfactoriamente a las cuestiones planteadas. Se puede argumentar que es en esta falta de respuesta previa que la escritura contemporánea se abre camino, pero es también en ella que desdibuja sus formas y no es dejando las cuestiones en suspenso que es posible llegar a alguna conclusión, paso obligado si se desea establecer algún principio, de los que hacen falta unos cuantos para fundar una estética mínimamente original. No se hace escuela dando palos de ciego.

"Aquí me pongo a contar, al compás de la vihuela..."

“Aquí me pongo a contar, al compás de la vihuela…”

Aunque tampoco los fenómenos suelen coincidir en su origen exactamente con el que la convención de su estudio les atribuye. Los inicios son, precisamente, imprecisos tanteos que ni siquiera buscan una mayor definición, sino que en cambio la producen mediante la porfiada y muchas veces fastidiosa repetición de una práctica. El deseo de legitimación que quiere hacer coincidir el propio argumento con un origen que al invocarlo demuestre su verdad es tan antiguo como las religiones, pero hoy que el principio de generación espontánea nos resulta inaccesible expresa sobre todo una nostalgia afín a la del realismo, cuyos pies parecían posados en una tierra tan firme que no se nos escurriría entre los dedos. En cambio, tenemos la realidad actual con su serie múltiple y constante de perfiles fugitivos que jamás aparecen de frente, como partes que por más que se multipliquen jamás sumarán un todo, cuya representación literaria plantea nuevamente el problema de composición que nos ocupa.

En narrativa se elogia y recomienda habitualmente la concisión, la economía de medios, la concentración de temas y motivos. El cuento pareciera prestarse más y mejor a esto que la novela, pero el público prefiere este último género, hasta el punto de que hoy un libro de cuentos es virtualmente casi imposible de publicar hasta que el autor se haya hecho un nombre, para lo que es muy probable que haya tenido que ponerse a novelar. Por otra parte, la novela no deja de ser, con toda su extensión, una especie de concentración, donde cada pieza debe encajar con las otras mientras que un libro de cuentos bien puede ser una colección de piezas sueltas. Por algún motivo esto hoy gusta menos, aunque el éxito actual de las series pueda llevar a pensar que la solución más popular sea la ambigua: un hilo narrativo laxo de situaciones tensas en un conjunto de bordes difuminados donde se pierdan de vista el comienzo y el fin, aunque se pasa fácilmente de una escena a otra. Tiene algo de rompecabezas, aunque el público de hoy lo pide ya armado; pero no es del todo una novedad, pensando en el origen de las historias y en cómo se construyen: selección y recopilación de hechos, dispuestos en un orden sucesivo que les da sentido.

La celebrada mitología griega compone así su cosmos. Esos mitos geniales, tal vez los mejores cuentos que se hayan imaginado –incluso antes de haber sido escritos y sin siquiera escribirlos-, son cada uno una unidad narrativa que se enlaza (y en más de una dirección) con otros, no sólo trenzando un hilo sino tejiendo toda una red significativa de centro móvil y bordes difusos muy afín con nuestra época coral, aun con sus grandes protagonistas –Aquiles, Ulises, Edipo y compañía-, y, si bien se lo piensa, muy contrario al modelo de novela clásica o decimonónica aún vigente en nuestro tiempo, centrada en un personaje principal que a menudo da título al libro (David Copperfield, Ana Karenina, Madame Bovary, Jean Santeuil, etc.).

La novela a través del tiempo

La novela a través del tiempo

Así, la aspiración a la unidad representada por el primer devenir de la novela se ve contradicha por el devenir del mundo e, incluso, por la voluntad novelesca de representarlo en tal evolución, que orienta el género durante el siglo XX hacia el horizonte de la novela “total”, como se decía entonces, ya bajo su forma global, ya bajo su forma atomizada, para renunciar luego y conformarse en general con la representación de casos que ojalá sean lo bastante representativos (en plena crisis de la representación, por otra parte, al aspirar cada uno a representarse en directo a sí mismo, lo que podría estar detrás de que hoy tanta gente escriba sin siquiera haber tenido la paciencia de leer con atención, al ya no poder saciarse mediante la identificación con un personaje). Puede advertirse en esto un ritmo, un movimiento parecido al de la respiración: recopilación de historias diversas primero, con un hilo que justifique su muy informal reunión, como en Las mil y una noches o en el Decamerón, unificación en una historia según el modelo de unidad aristotélica reaplicado en el teatro por clásicos como Corneille y Racine, ampliación favorecida por la imprenta e inclusión de circunstancias de todo tipo como en Don Quijote o Guerra y paz, concentración en un relato consciente de sí mismo y sus circunstancias de producción, a la manera de Henry James, otro estallido mediante la multiplicación de historias y estilos dentro de un solo libro (Ulises, La vida instrucciones de uso, El almuerzo desnudo), recopilación y recomposición a partir de los trozos dispersos tipo Robbe-Grillet… La novela sucesivamente se amplía y se comprime según lo requiera su desarrollo, ya en fase de crecimiento o enfrentada a la necesidad de no verse desmembrada para conservarse. Hoy que todos estos modelos, más que convivir, se superponen, lo que tiende a anular la perspectiva cuando la aparición simultánea del conjunto parecería en cambio ideal para la Historia de la Literatura, es más que probable que un escritor de vez en cuando se extravíe en taller tan equipado y sienta la urgente necesidad de recuperar el contacto con las “raíces” de su oficio, el arte de narrar, a la manera del grupo que, después de un álbum experimental con orquesta sinfónica de acompañamiento y recurso a todos los trucos de cinta y efectos de sonido a su alcance en el estudio tecnológicamente más avanzado de su tiempo, vuelve a meterse en un garage con dos guitarras y ni siquiera piano para volver a oír y hacer oír su sonido original en el siguiente. Entonces aparece, o reaparece, el cuento. Si no como género, al menos como modelo: la anécdota unitaria, sin efectos verbales, capaz de resistir, como los mitos, cualquier estilo narrativo, sin importar quién sea el narrador, con su significados intacto y de manera autosuficiente. Una historia ya lista para pasar de mano en mano, de forma en forma y de formato en formato, anónima y por eso capaz de ser luego retomada, reformulada y firmada cada vez por un autor diferente. Ahí entra el estilo, el de cada hombre, al que la novela, o más bien lo novelesco, tal vez conceda más espacio que el cuento, por su mayor apertura a las digresiones, los pasajes no narrativos y el “lirismo” (Céline) propio de cada autor, con más lugar aquí para desplegar su retórica. Pero hay también, como reaseguro frente a la tentación de un placer tan grande, una satisfacción en respetar en la novela el viejo y aristotélico principio de unidad: poniendo un límite a Narciso, coser a Frankenstein con éxito y así, bien unidas todas sus partes por el hilo mágico de la razón, dejar que el rayo de la incredulidad suspendida caiga sobre él y verlo dar, convincente, algunos pasos.

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