Crítica y autocrítica

Como un pájaro posado en un alambre

Siempre he vivido rodeado de gente que tenía más dinero que yo y que también se preocupaba más que yo por el dinero. Mi lugar entre ellos estaba en la cuerda floja, mientras que a ellos, cuando el suelo les temblaba, había que apuntalarlos hasta que volviera a quedarse quieto. En una cuerda, como se sabe, se baila; y la cuerda también tiembla, vibra, como las alas de un colibrí, ya que depende de dos polos opuestos. Pero ésa es su naturaleza, mientras que yo soy un parásito de esa cuerda, que estaría mejor sin mi peso, tendida inmóvil a través del azul. Pero a ella le ha tocado sostenerme y aun mantenerme con vida. Miro abajo y a los dos lados veo la tierra cubierta de cultivos, las casitas echando humo como si fuera su aliento: prosperidad amenazada. Y yo sobrevolando, aunque posado en mi rama. La gravedad nos une, la ley no distingue entre fortunas.

Corte

Noticias. Lo que hacen los ricos, lo que les pasa a los pobres. Como si fueran dos cosas distintas. A esto se llama editar.

Titular

Lo que hacen los ricos les pasa a los pobres.

El hombre que canta

En este relato trunco se trata del destino de la lírica en un mundo dominado por la épica, por la narrativa. Todo el mundo quiere historias, imagina por historias y se identifica con personajes a los que las historias proveen sobre todo material para la acción: les dan algo que hacer, los arrancan de la igualdad de cada uno consigo mismo, insoportable para el otro. La lírica puede narrar algo, pero no se dedica a dar cuenta del curso del tiempo habitado sino que se dirige a un punto, una punta incandescente, que reconcentra el máximo de intensidad de un ser, donde el vivir está implícito aunque también, de este modo, conjurado, es decir, sublimado. La pintura es difícil de mirar por mucho tiempo, tanto como para cualquiera, tarde o temprano, permanecer en sí mismo sin hacer nada. Del por otra parte ilusorio paraíso de la contemplación al indeterminado infierno de la acción nos llevan nuestros propios pasos, nuestra propia caída. Por más que la poesía alcance el éxtasis, es más fácil acceder a la triste historia de un crimen; por más que la poesía provea un estribillo perfecto para acompañar la marcha, más fácil e inmediato resulta al caminar, para la mayoría de las personas, tan activas, compulsivamente incluso, mirarse en el espejo que se pasea a lo largo de los caminos que esperar el fin de los tiempos manteniendo el ritmo sobre una baldosa. Si este relato avanza por espirales, circunscribiendo un centro que se desvelará sólo al final, al mismo tiempo, precisamente, que el narrador haga sentir su propia presencia, se debe a esta posición de la lírica, cuya encarnación en un personaje que lo ignora era el tema desde el comienzo aunque el autor lo ignorase. Como toda autocrítica, ésta se hace consumados los hechos: como si fuera posible corregirse en futuras intervenciones.

Impar

Soy el que rompe el silencio. Ninguna fatalidad se cumple en mí. No soy dado a la aventura, pero el orden me descarta. Esta historia continuará, pero no tiene fin. Sólo al interrumpirse parecerá entera.

Autocrítica

Lo que yo afirmo por principio estético deviene pragmático al aplicarlo otros. Sin quererlo doy buenos consejos, precisamente por desapego hacia la situación concreta. O bien doy esos consejos precisamente para consumar tal desapego. Aconsejarse a uno mismo es tan difícil como amenazante resulte la perspectiva desde la que es posible verse siguiendo el consejo.   

Pueblo perdido

Que no hay pueblo sino público en la sociedad del espectáculo es ahora una vieja obviedad. Lo que de ello se deduce, sin embargo, no prescribe: popular es lo que el público consume y lo que, como pueblo –llamémoslo así por sus ancestros-, ya no produce sino que paga, por más que también haya invertido ruinosamente todas sus fuerzas en la tarea de proveer ese mercado a cuya puerta principal acudirá en cuanto acabe la jornada, o la semana. Qué impopular es la figura del obrero descontento, pasada de moda ahora que el descontento no hace obra. Perdido en la llanura del patrimonio derribado, fuera del alcance de la vista que busca ofertas, un pueblo deshabitado guarda en su vacío el sitio al fantasma a la deriva en que su sangre se ha convertido. 

Relatividad

También una estrella muerta

puede servirte de guía.

Reunión

La ambición del conformismo es el afán de integración, satisfecho en su mayor medida por mega eventos como Live Aid o la beatificación de dos papas según la imaginó el periodista que tituló a la noticia Cuatro papas en Roma, fabuloso título para una comedia sin igual de vanidades y rivalidades. La fama y la gloria como un tesoro desplegado en la escena más alta posible para el mayor público posible, realización frustrada por aquellos que le dan la espalda y a los que sólo cabe ignorar, o excluir, o expulsar, o excomulgar. Beatificación de Juan XXIII y Juan Pablo II, rivales teóricos así reconciliados por Francisco ante Benedicto, astillas del mismo palo.

La encrucijada que vuelve

Todo se presenta como en una encrucijada, lo que no sólo obliga a elegir sino que también amenaza con el fantasma de una mala elección y además trata a menudo de influir en la decisión mediante amenazas o tentaciones. Por otra parte, todos sabemos que en el camino del tiempo no es posible volver atrás ni quedarse en el sitio para siempre, aunque a veces parezca que sí. La división resultante cada vez arroja un cociente y un resto; quien se rebela contra este resultado lo hace contra el total en general y contra el cociente en particular: no quiere encarnar esa cifra, pero entonces pasa a encarnar, automáticamente y por eso mucho antes de darse cuenta, el resto: por identificación. Ese resto es la carne sacrificada que aspira a resucitar, igual que la carne elegida aspira a ser eterna. Si ambos caminos conducen a Roma, o prometen hacerlo, no por eso dejan de divergir, con lo que la rivalidad está servida. La carrera recomienza en cada gesto, todo el tiempo, y lo más curioso es ver cómo en cada encrucijada se repite la misma elección fundamental.

Individuo y unidad

La literatura es un sustituto de la religión, un intento de restituir la mitología perdida aun si se trata de sustituirla por otra –lo que importa es que haya una, y que haya muchas no es sino el modo de tener ruedas de recambio o recursos para renovar lo que se gasta o distraer la entropía con variaciones-, pero esto puede ocurrir de dos maneras: o recreando un culto, a la manera del público masivo, con fe en una realidad consensuada según el modelo religioso, o de un modo más cercano a la filosofía, que impide la reconstitución de ese espejismo al cuestionar para siempre la impresión de realidad, pero lanza a “la voz que se desprende del coro para cantar sola” (como dice Pedro Henríquez Ureña que nace la tragedia) un desafío: ser devorado por el abismo de su irremediable incredulidad o tender su propio puente para cruzarlo, al no servirle ya la gran vía tradicional de su pueblo de origen, asuma ésta la forma de la religión o de la idolatría, o de un culto laico cualquiera que sostenga una visión general con la que sea posible comulgar. “La conciencia increada de mi raza”, como la llamaba Stephen Dedalus, vendría a ser el camino opuesto, aquello de lo que la raza se defiende mediante su imaginario, y a la vez el reino siempre por venir de lo que no es “parade” (parada, desfile, la marcha de la humanidad plantándose ante el devenir), sino “paradis”, paraíso. “Estar en el paraíso es percibir que el resto es parada… y la parada misma es una forma de defenderse. La especie humana existe para defenderse. ¿De qué?” (Philippe Sollers sobre su novela Paradis en Visión en Nueva York, un libro de conversaciones). El paraíso no es donde se nace: no se viene del pueblo para volver a él (“Siempre venimos del infierno. Lo extraño es que se venga y se vuelva a venir”, dice Sollers concluyendo el mismo libro), sino que ese devenir busca una salida. 

Locaciones y locatarios

¿Qué hace tan pesada a la novela tradicional? Su restitución de circunstancias, parecida a la del teatro naturalista y exigida a través de los tiempos por el gran público sin edad, que nada quiere saber de la jubilación de ese estilo. En cada tarima hay que acordarse de cada barrio y enviar un saludo desde el foro, donde sea que éste se encuentre.

Maneras literarias

Las mil y una consideraciones distinguen a los espíritus mezquinos. Los espíritus generosos se expresan francamente.

Escudo de armas

Al centro y afuera. Divisa personal en un mundo provinciano.

Lapidario

La madurez consiste en callarse. Por eso el estilo maduro suele ser parco: se ve con claridad lo que hay que tachar y poco a poco, cada vez más, incluso antes de escribirlo. Se comprende, también, por qué los viejos que parecían saber más cosas parecían callar tantas otras y se recuerda cómo solían dejar su juicio en suspenso, a pesar de tenerlo formado. O, más que comprender, se pasa a estar en la misma posición y así de acuerdo con ellos, incluso ya de manera póstuma. El silencio es también el de la muerte, que poco a poco va haciéndose oír.

2011–2014

Cabalgando el río mecánico

En el curso del tiempo
En el curso del tiempo

Campos arados. A lo largo de dos siglos vanguardias y modas se sucedieron devorándose unas a otras como si siempre hubiera un más allá y el manantial nunca fuera a secarse. Pero hacia fines de la segunda centuria las agotadas corrientes fueron quedando una junto a otra varadas al descubierto en la playa definitivamente horizontal de la actualidad, meseta en continuado cuya circunferencia, como es lógico al faltar el centro, puede encontrarse en todas partes. Yo nací en el último segmento de esa recta, durante un período de fiebre que, como toda culminación, anunciaba a las espaldas de los precipitados hacia el porvenir la caída, la desembocadura del río crecido en el mar de siempre o el callejón sin salida inminente a partir de cuyo fondo sólo cabría dar marcha atrás, recoger lo caído, la restauración por vacío de poder de cuanto se había considerado decapitado. De ahí la costumbre, para quien creció y recibió su formación, aunque ésta sea autodidacta, en aquel tiempo, de esperar y exigir la novedad, el valor agregado que cada muestra de creatividad debería lucir para entrar y ser tolerada en su muy personal canon. Ideas típicas de períodos de abundancia, aunque el joven crítico de entonces, por inexperiencia de otras épocas con las que comparar, fuera incapaz de darse cuenta. Noción a la que debe el hábito, sostenido ya durante décadas, tanto de una decepción regular como de un relativo desdén a propósito de la sucesiva acumulación de variaciones en que a sus ojos consiste la producción de su era de epígonos. Pero esas variaciones, con su desarrollo lateral en lugar de frontal, es decir, sin avance pero con presencia, tienen su valor, así como tiene también significado que él, en su impaciencia, se negara a reconocerlo. Pues no es bueno abandonar la tierra conquistada, aunque alcanzado un horizonte esto indique labrar una y otra vez los mismos surcos, que no son para la codicia sino filones pasibles de explotación. Otra función de la estética: conservar las verdades ya descubiertas ante los ojos de todos, para que cada nuevo argumento nihilista tenga un punto de comparación. Cuando la estrella del camino palidece, es la tierra de la que venimos y sigue bajo nuestros pies la que nos da una patria en común, donde enseguida reconocemos a voluntarios y veteranos: no cualquiera forma parte de este plural en primera persona.

Campo de fuerza. El dinero es la llave de los objetos: abre paso hacia la nada en su interior y al atravesarlos se desvanece en esa nada como crédito.

Here comes everybody
Here comes everybody

Viruta de taller. El pensamiento en la ficción de género es el examen crítico de sus convenciones. Su solo uso es acatamiento, aceptación del orden evidente en esas convenciones aunque el contenido de la ficción parezca crítico. Wittgenstein decía que para entender una expresión no había que interrogarse a propósito de su significado, sino de su uso. Julia Kristeva observó cómo, en la poesía llamada de vanguardia, el goce no está en el uso del lenguaje, sino en su transformación. El gobierno diestro de las convenciones según las cuales las máscaras circulan, aunque se ignore su lógica o más bien el fundamento de ésta, es lo que hace de los autores de ficciones comerciales profesionales con un oficio y señala sus límites, pues lo que no pueden manejar lo ignoran, como tiende a hacer todo poder. Esa visión paranoica adecuada a la vertiginosa circulación de estereotipos que caracteriza a la época, incapaz de ver cara alguna a causa de su obsesión por las máscaras, es lo que permite al autor comercial ser un profesional y lo salva, a menudo a pesar suyo, de ser un artista, como esos que suelen ser objetos de su recelo. La cultura del entretenimiento es el culto al pasatiempo, que obviamente no resiste mucho tiempo culto alguno. Del arte como trascendencia al arte menos perdurable que los mortales hay la distancia que procura cubrir cada día más veces el circuito de las celebridades, pero su paso no deja en las circunvoluciones del cerebro más huella que la garza en el agua al rozarla en su vuelo. La fama ofende la memoria. Recuerdo mucho que ha sido olvidado y lo que en cambio ahora recibe atención me parece robársela a lo que la merece. Librerías de viejo: volúmenes arrojados a la corriente del tiempo y no alojados en la ilusoria eternidad de las reediciones triunfales. Primeras ediciones de bolsillo contra el concepto Biblioteca de Autor. Por una literatura sin nombres propios. Aversión a los inicios con gancho, con anzuelo para el lector desprevenido (también tiendo a apartar la mirada de lo que insiste en llamar la atención). Preferencia por el establecimiento brutal de situaciones. Disgusto por el uso comercial de la provocación: lo que sembró el surrealismo lo cosecha la publicidad. La ficción es un rodeo. Pero no hay modo de llegar a ningún lado en este mundo o fuera de él sin dar alguno, por la forma triangular de sus procesos que impone pasar por B para llegar a C sin que haya posibilidad alguna de acceder allí como Colón, haciendo el camino a la inversa,  pues el tiempo es lineal para nosotros y en su recta retroceder no nos es dado. La ausencia de ideas suele confundirse con la realidad, donde desde ese punto de vista las ideas estarían de más, pero el reproche al intelecto por complicar lo que procura aclarar al llamar la atención sobre ello no es más que una calumnia de propietarios empeñados en ocultar mejor su botín: para que un homicidio llegue a crimen hace falta que alguien lo investigue. Y sostener en la vida lo que se sostiene en el arte es muy difícil: ¿quién no tropieza en ese escalón, el pasaje del ensayo al estreno, y, sobre todo, el regreso de la proyección al infinito a la estadía en un cuerpo entre otros, expuesto a las mismas circunstancias cuya representación ofrece un destilado mucho más asimilable? Resbalón, caída repetida, eterno retorno cumplido cada día cuando querríamos ser capaces de dar la vida entera, según decía Rimbaud saber hacerlo en la primera persona de un plural tan desconocido como ignoto es para su prójimo quien ha dictado las palabras que éste acaba de leer.

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Una sociedad de emisores

Barthes deconstruido
Barthes deconstruido

Vivo en una sociedad de emisores (siendo uno yo mismo): cada persona que encuentro o que me escribe me dirige un libro, un texto, una declaración, un prospecto, una protesta, una invitación a un espectáculo, a una exposición, etc. El goce de escribir, de producir, presiona desde todas partes; pero, como el circuito es comercial, la producción libre permanece atorada, enloquecida y como extraviada; la mayor parte del tiempo los textos, los espectáculos, van donde no se los llama; encuentran, para su desgracia, “relaciones”, no amigos, mucho menos compañeros; lo que provoca que esta especie de eyaculación colectiva de la escritura, en la que podría verse la escena utópica de una sociedad libre (donde el goce circularía sin pasar por el dinero), se oriente hoy día hacia el Apocalipsis.

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El álgebra de las letras

Orden y disciplina
Orden y disciplina

La servidumbre como espectáculo. Esas películas de James Ivory de los años 80 o 90, despliegue diáfano de un fenómeno por otras partes tan repetido: el sentido de la historia, habitualmente de prestigiosa procedencia literaria, implicaba una crítica del victoriano orden vigente en la época del original adaptado, pero lo que todo el mundo iba a ver era justamente el espectáculo de ese orden, manifiesto en el juego de roles entre amos y criados, las hileras de pecheras blancas y cubiertos de plata, los modales y entonaciones cuyo origen británico parecía garantizar sangre azul o educación eatoniana. El resultado era parecido al de esas novelas de Pittigrilli y compañía, donde se condena el proceder de un criminal para describir con mayor minucia los sufrimientos que ocasiona a su irresistible víctima: similar sadomasoquismo en estas refinadas producciones, encubierto por las costumbres y antigüedades desempolvadas para la ocasión. Las relaciones peligrosas en la versión laborista de Stephen Frears participaba de la misma complacencia, amparada en el gesto de condena, hacia los vicios supuestos de las clases altas, pero el cruel Cuarteto de Heiner Müller no se complacía menos en su propia inexorable violencia y la creciente frialdad de su proceso. Queda el Valmont de Milos Forman, ligero y libre, tan lejos de la idea de un ajuste de cuentas entre los protagonistas como del pensamiento, que a éstos nunca se les hubiera ocurrido, de que debieran rendir cuentas a la moral de espectador futuro alguno.

Neo neo. Ladrones de bicicletas: el hombre al que le robaban la suya en la película mostraba la suficiente falta de recursos como para dar a pensar que sólo en el seno de su clase y nunca a solas podría salir adelante. Una remake actual, en lugar de a él, podría seguir al bien robado y mostrar el provecho que cada uno de los sucesivos ladrones es capaz de extraerle. Como el amor en La ronda o el burro en Al azar, Balthazar. O el billete falso en El dinero. Así el hijo tampoco jamás reconocería a su padre y éste también se habría librado de su condición de ejemplo.

Bardamu y compañía
Bardamu y compañía

Operaciones narrativas. Dividir y multiplicar. Céline es el titiritero cuya marioneta estelar, Ferdinand, enreda los hilos de sus compañeros de escena para que el incorregible doctor, diagnosticando una enfermedad irremediable, no intente ya curarla ni minimice sus efectos. Sollers, un Céline benévolo según Philip Roth, recurre a lo que llama Identidades Múltiples Asociadas para, más que desdoblarse, redoblarse y, como el Rey Mono de la Ópera de Pekín, atajar cuanto se le lanza e integrarlo en sus malabares. Persona es máscara y nada lo pone tan pronto en evidencia como la aparición de la propia en el texto; sin ella, la comedia general se escondería en lo casual o accidental y se saldría con la suya, enmascarada.

Movilidad social. El padre de Stendhal, según su hijo y heredero, era un “burgués que se creía noble arruinado”. Estos burgueses empobrecidos se toman por proletarios. La reivindicación refleja al legitimismo como la fuente la cara del viandante que tropieza y cae en su interior.

Clave secreta. Lo público es la forma de delirios inconfesados / por su recóndito compromiso con fondos privados.

Lotería. La pérdida de una vida dedicada a la satisfacción de las necesidades que ella misma crea no debería apenarnos ni atemorizarnos demasiado. Pero no es lo que cada uno estaría obligado a ganar lo que arriesga en cada apuesta, aunque parezca que tanto se apega a lo efectivamente obtenido, sino la pérdida a largo plazo del pozo común estimado.

Contrapicado. El desprecio arroja sobre la humildad una luz más penetrante que la compasión e incluso desenmascara al orgullo, forzado a dar la cara y la medida de su valor ante la provocación de que es objeto. Pero el que ejerce el desprecio ha de pagar su ejercicio, obligado a vivir por encima de sus posibilidades.

En conflicto consigo misma
En conflicto consigo misma

Silogismo. “Los sentimientos son la forma de razonamiento más incompleta que se pueda imaginar.” (Lautréamont) “Todo buen razonamiento ofende.” (Stendhal) Por eso todo sentimiento llevado a sus últimas consecuencias acaba por volverse contra el ofensor como vergüenza.

La ecuación insoluble. La humildad ayuda a vivir, pero es una tristeza. El orgullo es una alegría, pero prefiere la muerte a la humildad. No hay síntesis para esta antítesis, ni solución de continuidad para tal contradicción. Entre ambos términos sólo cabe abandonar la voluntad, oscilar según sople el viento y dejar, como un sobrentendido, la conclusión en suspenso. Pero el suspenso no es una conclusión.

Como un pájaro posado en un alambre. Siempre he vivido rodeado de gente que tenía más dinero que yo y se preocupaba más por el dinero que yo. Mi lugar estaba en la cuerda floja, mientras que a ellos, cada vez que el suelo les temblaba, era preciso apuntalarlo hasta que volviera a quedarse quieto. En una cuerda, como se sabe, se baila; y la cuerda también tiembla, vibra, como las alas de un colibrí, aunque dependa de dos polos, pero ésa es su naturaleza. Yo soy un parásito de esa cuerda, que estaría mejor sin mi peso, tendida inmóvil a través del azul. Pero a ella le ha tocado sostenerme y aun mantenerme con vida. Miro abajo y a los dos lados veo la tierra cubierta de cultivos, las casitas echando humo como si fuera su aliento: prosperidad amenazada. Y yo sobrevolando, aunque posado en mi rama. La gravedad nos une, la ley no distingue entre fortunas.

Cara y cruz. Los ricos ofenden por lo mismo que seducen: su ligereza.

Orgía barroca. Todos los hombres que deseen participar y dos mujeres. Philippe Sollers, de gusto barroco, recomienda en su Retrato del jugador una o varias, pero nunca dos: eso, señalémoslo, para cada jugador particular. Elipse, elipsis: buscar, en esta composición, el punto de fuga entre Escila y Caribdis.

dosmujeres

Una especie de santo

"Il miglior fabbro" (T. S. Eliot)
«Paradise exists, mais spezzato» (E. P.)

Tenemos a Pound, el gran poeta, consagrando, digamos, un quinto de su tiempo a la poesía. El resto lo dedica a tratar de mejorar la fortuna, tanto material como artística, de sus amigos. Los defiende cuando son atacados. Los mete en revistas y los saca de la cárcel. Les presta dinero. Vende sus cuadros. Les organiza conciertos. Escribe artículos sobre ellos. Les presenta mujeres ricas. Convence a editores de publicarlos. Pasa la noche despierto con ellos cuando afirman estar muriéndose y testifica sus últimas voluntades. Les cubre las cuentas del hospital y los disuade de suicidarse. Al final, algunos de ellos se abstienen de acuchillarlo a la primera oportunidad.

Su propia escritura, cuando encontraba el tono, era tan perfecta, y era tan sincero en sus equivocaciones, estaba tan enamorado de sus errores y era tan amable con los demás, que a menudo yo pensaba en él como en una especie de santo.

Ernest Hemingway

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