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La historia se interrumpe

Tercer episodio de la historia de Fiona Devon, comenzada el viernes 21 de febrero y continuada el viernes 28. El viernes 14 de marzo, la cuarta entrega.

Paris la nuit

Paris la nuit

Anochece en París. La calle está ya oscura; en el aire grisáceo de fin de invierno se encienden las primeras luces; pero, en el ático que comparten Stefano y Elena, todavía el día se demora; por encima de cúpulas y terrazas, vivificante, aún el sol alcanza a penetrar el balcón y el interior detrás del vidrio. Cuando Elena de Souza entra en la sala, donde Stefano Soldi la espera callado, esta luz se retira. A medida que hablan oscurece. Los muebles pierden sus contornos, las vistosas bolsas de compras que Elena dejó a un lado, en el suelo, van opacándose poco a poco, pero, en cambio, sobre el brumoso cristal de la mesa entre sus rodillas, como el contraste entre el futuro asumido y la duda presente, la hoja blanca con el discreto membrete de Hoping Families relumbra cada vez más. Borrados los límites del salón por el progresivo oscurecimiento, desde la perspectiva de un extraño los esposos quizás parecerían perdidos en su propia casa: solos en el débil espectro de luz que va atenuándose a través de la ventana, sentados cada uno en el otro de los dos sofás enfrentados donde suelen ubicar a las visitas, esperan, sin atinar a encender una lámpara, como si el tiempo siguiera sin ellos, momentáneamente al margen, la reanudación de su propio pulso, el próximo impulso vital que los quite de este súbito congelamiento del río. Stefano ha resumido, o tal vez desarrollado, buscando atenuantes, el contenido de la breve comunicación; Elena, tensa, fija la mirada en los intrigantes arabescos de la alfombra, permanece quieta como si sólo una opinión definitiva pudiera darle derecho a moverse. ¿Qué espera Stefano? ¿Por qué plantea tácitamente la necesidad de alcanzar una resolución? Éste no es el primer sobre que reciben; ya el anterior, que en lugar de al elegido anunciaba la llegada de gemelos, había resultado en el fondo inquietante, una desestabilización del proyecto, concebido en su origen sin esa sombra paralela que ahora, tras manifestarse y alterar el conjunto, ha vuelto a modificarlo al abrir una segunda alternativa ajena a lo previsto: el sexo opuesto al imaginado. Pues dos niñas anuncia esa hoja blanca, de cuya superficie se ha borrado del todo, con su doble bastardo, el heredero único. Así es, piensa Elena: desplazada por la opción de continuar, la primera contrariedad fue sofocada y hasta el error pudo pasar por abundancia; pero el plan, dividido por dos realizaciones, vaciló y la ilusión empezó a desvanecerse. No necesita mirar a Stefano, cuyos rasgos desdibuja la penumbra, para sentir su mirada sobre ella. ¿Espera que reconozca, tras este segundo golpe, lo indeseable o inadecuado de una nueva adaptación? Es el final del embarazo psíquico, del dejarse llevar y esperar, grávida y ligera al mismo tiempo, según su voluntad, privilegiada y orgullosamente ciega hasta hace un rato; las compras reposan muertas en el suelo, el fantasma abandonado en el cristal pide instrucciones, la noche hace ya su fría entrada. La luz lunar, como un flash detenido, destaca para Stefano la nuca de su esposa, su pelo que cae lacio, sin llegar ahora a los hombros, relumbrante, del que asoma, como siempre, la firme mandíbula apretada, pálida, un signo de indecisión si no de obstinación mientras piensa, reconcentrada, cerrada como una virgen, inadivinada como la casi adolescente de las revistas que su marido no llegó a conocer; algo en ella, descubre Stefano, resiste a los años con más vigor del que pueda haber tenido nunca, siquiera durante el primer hallazgo del amor, por ejemplo una Fiona Devon, cuya juventud, reciente a pesar de todo, no habrá durado, como es corriente, apenas lo que el pasaje, abrupto, de la indolencia juvenil a la fatiga; y ahora él mismo, nacido unos años después que Elena, habiéndola perseguido impaciente desde el reencuentro, ya no un estudiante ambicioso sino un profesional reconocido en el momento de ser presentado a la exótica celebridad, se siente de pronto mayor: es tarde, tarde para acariciar la flor cerrada en su propia mano; y ni siquiera puede, en su marginación, hacerle de padre. O sí, pero he ahí el límite: como las revistas en las salas de espera de los médicos, allí está él para ocupar la mente femenina mientras el cuerpo toma sus propias decisiones y desvíos. Elena juzga, inapelable: las dos hijas anunciadas no colmarán a Stefano, que busca su propia confirmación; y su sexo, así como el masculino separaba del vientre al heredero, las liga a la idea de repetición, de redundancia: dos pequeñas e inútiles Fionas, tan inoportunas como frustrante su modelo, por más que el óvulo le haya sido impuesto; sí, hijas de Fiona, definitivamente, y no suyas, ni mucho menos, aunque le duela admitir esta mayor proximidad consigo misma, de Stefano, a cuya generosidad no corresponde en modo alguno esta insuficiencia, esta disolución de capital; a cualquier posible afecto se impone el primer deseo, entero tal como fue formulado. Ya es de noche completamente, con la fría nitidez del invierno; brillan como nieve las estrellas y en el vacío circundante se persiguen las luces de los autos. El tiempo urge para reparar lo dañado, establecer nuevos lazos, cultivar tierras intactas; nada ha sido dicho aún, nada resuelto. Sobre la muda amargura de este fracaso, atestiguado por la blancura de la carta contra el turbio cristal entre sus rodillas, marido y mujer tienden un puente, se miran y recuperan algo de su habitual capacidad, vuelven en sí, se reconocen, no necesitan hablar para volver a encontrar su propia voz; entonces deciden poner fin al proyecto.

 continuará

abrigo

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Torturar a la heroína

Del escenario a la página

Es de lo más habitual adaptar narraciones al teatro. Ésta es la trasposición al lenguaje narrativo de un breve melodrama ya publicado en este blog (https://refinerialiteraria.wordpress.com/?s=episodio+fatal). El estilo o jerga de folletín corresponde a esa fuente. El pasaje del presente de indicativo al pretérito indefinido, es decir, del tiempo verbal propio del drama al más común en la narración, subraya el carácter único, que la diferencia de las hipotéticas representaciones anteriores, de la función aquí narrada.

La última vuelta del vals

La última vuelta del vals

EPISODIO FATAL

En el teatro, el secreto del éxito es torturar a la heroína.

(Salacrou)

            Había cada vez lo mismo: la novia en peligro, el villano amenazante y el galán al rescate. Lo que variaba eran las circunstancias. Por ejemplo esa vez, después de que la música habitual anunciara, en la acostumbrada oscuridad, el esperado momento culminante, a nadie sorprendió la blanca aparición, bajo un espectral rayo de luz, de la novia desmayada y caída a tierra como un ángel abatido en pleno vuelo. Sin embargo, a pesar del simultáneo estremecimiento que recompensó a los primeros en advertir la gruesa cadena abrazando el fino tobillo desnudo, ni el más sagaz de los espectadores hubiera sido capaz de anticipar a qué conducirían los pesados eslabones sujetos por su otro extremo a una gran bola negra de presidiario.

            El villano se deslizó en escena sin que nadie se fijara en él, hasta que la cínica sonrisa con que observaba a su cautiva resultó ya intolerable. Todo el mundo contuvo el aliento cuando, ceremoniosamente, extrajo de su chaqueta el encendedor de oro responsable de tantas catástrofes y lo acercó, para horror de los corazones allí apiñados, a la punta de la larga mecha que asomaba, sí, de la cruel bola de hierro a la que estaba encadenada la inconsciente. Después encendió uno de esos cigarros suyos largos y finos cuyo humo solía echar con displicencia a la cara de sus interlocutores y acompañó con su lento consumola febril extinción de la mecha, sin que insultos ni advertencias alcanzaran a perturbar su placer o despertar a su víctima.

            Fue entonces que irrumpió el galán y la acción se precipitó. Disgustado, el villano cambió su cigarro por un látigo que traía bajo la capa. Situado entre el intruso y su amada, sacudiendo el azote a escasos centímetros del rostro idolatrado, los sofocados alaridos femeninos que escapaban de la platea le procuraron un nuevo goce. Pero tampoco esta pantomima podía prolongarse. En alguno de los pasos más aventurados de la ensayada coreografía, el galán consiguió atrapar el látigo al vuelo y de un tirón atraerse a su adversario para derribarlo de un solo puñetazo en la mandíbula. Toda la concurrencia pareció arrojarse junto a él sobre el caído cuando fue a inmovilizarlo en el suelo con una llave de lucha libre.

Quédate conmigo

Quédate conmigo

La novia despertó en ese momento. Sus ojos se posaron en la bomba ya por estallar y no pudo contener un grito. Como movido por un resorte, el galán soltó al villano, corrió hacia ella y logró apagar la mecha justo a tiempo. A sus espaldas, el villano aprovechó para huir. Olvidando a su rival, el galán abrazó a la novia y la besó con toda la pasión que ya había desplegado en la lucha. Como siempre, con el beso acabó el espectáculo. A solas con su partenaire, el silencio pareció despertar al galán.

–Mi salvador… ¿Qué sucede? –indagó ella.

–¡El muy canalla! –dijo él, mirando en torno-. ¡Ha vuelto a escapar!

–¡No lo persigas! ¡No me dejes! –rogó ella, abrazándose a él.

–¿Es que siempre ocurrirá lo mismo? –se dijo él, airado.

            No alcanzó a responderse. Allí estaba su empresario aplaudiéndolos.

–¡Bravo! ¡Bravísimo! ¡Un éxito pleno! ¡Rotundo! ¡Total!

–¿Se ha vuelto loco? –reaccionó-. ¡Ese rufián continúa en libertad!

El empresario era un firme creyente en la vieja máxima según la cual el secreto del éxito en el espectáculo consiste en torturar a la heroína. Su traje de tres piezas, su reloj con cadena, su gran panza y el grueso cigarro que fumaba testimoniaban la prosperidad que debía a su fe.

¿Es bueno? ¿Es malo?

¿Es bueno? ¿Es malo?

–Comprendo su decepción, joven –se condolió un momento, aunque no tardó en reponerse-. ¡Pero qué espectáculo! ¡Si hubiera visto la sala! Ya sé que se lo tengo prohibido –admitió, para enseguida reemprender sus ditirambos-. ¡Cómo el destino de la pequeña virgen los mantenía en vilo! Todos sentados en la punta de sus butacas. Y a pesar del cartel de localidades agotadas, afuera seguían atropellándose para entrar. ¡Lo que puede la inocencia! –concluyó riendo y sacó una cigarrera dorada-. ¿Un puro, amigo mío?

–Sabe que no fumo.

–Siempre reñido con los placeres mundanos, ¿verdad? –concedió sin rencor el empresario guardándose la cigarrera-. Lo admiro –afirmó-. ¿Pero ha pensado en el futuro? Algún día querrá sentar cabeza. Y entonces se alegrará de tener una suma en el banco. ¿Y sabe a quién deberá agradecer su fortuna, hombre íntegro? ¡A mí! ¡Al que lleva las cuentas!

–No sé cómo puede hablar de dinero en semejante situación. ¡Cuando la vida de una inocente corre peligro!

–¿Peligro? ¡Estamos labrando el bienestar de su novia! ¡Y de sus hijos! Si es que usted, como todo hombre de bien, planea casarse.

–Antes debo asegurarme de que ninguna pesadilla vendrá a enturbiar ese sueño.

–La seguridad de su prometida está asegurada. Y vale la redundancia. ¿Sabe cuánto recaudaremos con su próxima aparición?

–Conozco la esclavitud bajo contrato.

–¡No hay libertad sin libertad económica!

–¡Ni con cadenas en los pies!

–Perdón, es el entusiasmo –se disculpó el empresario sin convicción-. ¡Si hubiera visto cómo el público miraba esta cadena! –añadió, sacando una llave para liberar a la novia-. A propósito, deberíamos reponer la rutina del péndulo. ¡Y la del pozo de serpientes!

–¡Oh, no! –manifestó ella su horror.

            Pero el galán no llegó a escucharla. Ensimismado, debatía en un aparte la cuestión que lo obsesionaba.

La soledad del héroe

La soledad del héroe

–¿Cómo pudo haberse evadido? Lo tenía aquí, aquí mismo, dominado, paralizado con una llave infalible –se decía, de pie en el punto en el que había conseguido, como era habitual, detener al villano-. Cuando, de pronto, se hizo humo. ¡Igual que en el capítulo anterior! ¡Y el anterior! En el preciso momento en que ya lo había vencido. Cuando sólo faltaba entregarlo a la justicia. ¿Pero qué ocurrió entonces? ¿Cómo pudo escapar?

Al empresario no se le escapó el interrogante.

–Está muy nervioso –dijo a la novia-. Te ruego que lo distraigas. Que se calme un poco. Yo volveré en cuanto haya atendido unos asuntos.

Sin dar más explicaciones besó a la novia en la frente y salió llevándose la bomba, que hizo botar un par de veces contra el suelo. Abstraído, el galán ni lo oyó.

–¿Podríamos revisar los capítulos anteriores? –propuso y advirtió que tampoco a él lo oían-. ¿Dónde se metió? –preguntó a la novia.

–Nos dejó a solas –respondió ésta sonriéndole.

–Me pregunto qué se traerá entre manos.

–Siempre logra sorprendernos, ¿verdad?

–¡No puedo tolerar que la utilice como cebo para esa audiencia sedienta de sangre!

–Por favor, no hable así. Me inquieta.

El galán moderó su arrebato.

–Perdóneme. Pero me indigna el trato al que es sometida.

Confía en mí

Confía en mí

–Usted exagera –le reprochó ella suavemente-. ¿Cuándo salí lastimada? Es sólo un juego, un juego excitante pero inofensivo –argumentó.

–Un juego que puede costarle la vida –replicó él.

–No mientras cuente con usted.

Su confianza era conmovedora. Pero no podía compartirla.

–¿Cree que siempre llegaré a tiempo? –preguntó con cautela.

–Sí, lo creo. ¿Por qué no?

–A veces todo esto me parece estar fraguado –confesó.

–¿Fraguado? –preguntó ella intrigada.

–Sí. Como si todos estuvieran de acuerdo: el que la ataca, el que nos paga y los que vienen a mirarnos. ¿Nunca sintió nada parecido?

La miró. Era evidente que no.

–Junto a usted me siento protegida –volvió a sonreírle.

–Alguna vez no estuve a su lado –insistió él.

Una leve sombra pasajera agregó un matiz a la cara radiante.

–La primera vez. Entonces sí que sentí miedo. Yo estaba atada a la vía del tren, ¿recuerda? Así fue cómo nos conocimos.

¿Había sido así? ¿Qué diferencia había con cualquier otra vez?

–Sólo recuerdo –respondió- que ni bien la tuve en mis brazos apareció un hombre diciendo tenerla bajo contrato. Ahora ese hombre es mi jefe.

Siete vidas tienen los buenos

Siete vidas tienen los buenos

–¡Qué alivio sentí! –exclamó ella feliz al evocarlo-. Desde entonces supe que no tenía nada que temer. Podía confiar en mi protector –agregó con ojos llenos de expectativa-. ¿Recuerda el capítulo siguiente? ¡Estuve a punto de ser partida en dos y apenas pude temblar!

Un claro se hizo en la memoria del galán.

–Ése fue mi primer encuentro con su atormentador –confirmó con rara certeza-. Mientras forcejeaba con él la veía a usted debatirse bajo el péndulo. Pero una vez que la hube liberado, él pareció haberse desvanecido en el aire. ¿No recuerda tal vez cómo huyó? –inquirió esperanzado.

–Sólo recuerdo cómo me besó usted.

            La cabeza del villano se asomó a espiarlos por detrás de una cortina. Sonreía perversamente, como si alguno de sus planes estuviera por cumplirse.

            El galán se acercó a la novia.

–Querría besarla ahora –dijo tomándole la mano, pero el contacto hizo que ella retrocediera-. ¿Tiene miedo? ¿Miedo de mí?

–Por favor. Sabe que tenemos prohibido besarnos en privado.

–Precisamente cuando nadie nos ve –respondió él dulcemente-. ¿Quién nos delataría?

Ninguno oyó la cavernosa risita del villano.

–¿Usted no se lo dirá a nadie?

–¿Por qué iba a hacerlo?

–Y si llega a saberse, ¿me protegerá?

El galán la abrazó. Qué diferente hubiera sido ese beso de los que se daban ante todos al acabar cada episodio. Pero antes de que sus labios se atrevieran a tocarse la cabeza del villano desapareció tras la cortina y entró el empresario con un nuevo libreto.

–¡Todo el mundo a su puesto y dispuesto a trabajar! ¡Comenzamos otro capítulo! –anunció.

Cautiva de su imagen

Cautiva de su imagen

La novia se arrancó de brazos del galán. Sacando de su bolso un lápiz labial y un espejo de mano, se concentró en retocar su maquillaje.

–Muy bien, querida. Más ancha esa sonrisa –aprobó y corrigió al pasar el empresario-. Y usted, joven –censuró dirigiéndose al galán-, abandone esa expresión de abatimiento. El público viene a verlo triunfar.

Luego, ante los ojos incrédulos de su estrella masculina, abrió el libreto y se dispuso a leer.

–Veamos lo que les espera –dijo pensando en voz alta, y fue ojeando las  páginas con creciente satisfacción-. Siniestro… Soberbio… ¡Diabólico!

Fue demasiado para el galán.

–¡Exijo saber qué es lo que se planea!

–Usted no está en posición de exigir nada –respondió el empresario sin alzar siquiera la vista del libreto-. Relea su contrato.

–¡Se aprovecha de mi situación!

–Su situación es la de un enamorado. Aténgase a las consecuencias.

–¡Pero es que no las pago yo, sino ella!

–¿Y acaso ella se queja? –retrucó el empresario harto mientras cerraba el libreto con fastidio-. Mírela. ¿Qué es lo que ve? –interrogó, dirigiendo su propia mirada hacia la novia que cepillaba su pelo con diligencia y esmero-. Le diré lo que yo veo: a una auténtica profesional. Fíjese cómo ensaya. Con qué ahínco. Hasta qué punto conoce su papel –ilustrando sus palabras, como si las oyera, la novia ensayaba unas muecas en su espejo de mano: sobresalto, beso, alarido-. ¿Por qué no procura usted cumplir el suyo?

Procuró a su vez seguir leyendo, pero el galán no se dio por satisfecho.

–Es lo que intento –dijo, lleno de buena voluntad-. ¿Pero puedo ofrecer protección contra un peligro que ignoro? ¿Puedo garantizar mi triunfo si no sé a qué me enfrento? ¿Puedo mostrar firmeza en semejante incertidumbre?

–Usted se comprometió a tolerar el suspenso. O al menos eso firmó.

La mano en la sombra

La mano en la sombra

–¡Yo no le hablo de papeles sino de realidades! ¿No ve la diferencia? ¡Al menos míreme cuando le hablo! –exasperado, intentó arrebatarle el libreto pero el empresario eludió el manotazo y se alejó sin querer saber nada-. ¿Es que no comprende que la expone a riesgos cada vez mayores? –le recriminó él pegándose a sus talones-. ¿Que las trampas de ese criminal son cada noche más crueles? –insistió sin conmoverlo-. ¿Que el público espera crueldades aún más refinadas? –señaló sin advertir la reaparición del villano a espaldas de la novia, ahora sola e indefensa-. ¿Que pronto no habrá manera de apagar su sed de crimen? –denunció sin ver a su acusado tapar la boca de su defendida para arrastrarla al próximo escenario-. ¿Que un simple abuso más podría traer la catástrofe definitiva? ¿Se lo ha dicho a su estrella? ¡Dígaselo ahora! –lanzó el desafío, pero al volverse hacia su compañera para confrontar al empresario con ella como éste antes lo había hecho con él sólo encontró el vacío.

–La situación resulta familiar, ¿no le parece? –observó el empresario.

–¡Se la ha llevado! ¡En nuestras narices! ¡Y sin dejar un solo indicio!

–En eso se equivoca –dijo a sus espaldas el empresario sacándose un papel del bolsillo-. Mire lo que he encontrado.

–¡Una nota de rescate! –exclamó el galán-. “Socorro, amor mío” –leyó en voz alta-. ¡Es su letra! –alzó unos ojos desesperados.

–Y lleva su firma –confirmó el empresario.

–Ha vuelto a ocurrir. ¡Y por su culpa! –tronó el galán-. ¿No le advertí lo que sucedería? ¿No le pedí que me informara cuando aún estábamos a tiempo de prevenir este desastre? ¡Ahora quién sabe dónde la tiene a su merced!

–En la vieja fábrica abandonada junto a los muelles.

–¡Ahora es demasiado tarde! –gritó el galán, tomándolo de las solapas.

–Así es –dijo empresario sin alzar la voz-. No tiene tiempo que perder.

–¿Cree que no me doy cuenta de lo que pasa?

–Si no volvemos a verla, la culpa será suya.

El galán se midió con el cínico. Por fin, lo soltó.

–Muy bien. Me tiene en sus manos. ¡Pero sepa que antes de que acabe la función, también yo habré atrapado a mi presa!

El empresario siguió a su empleado con la mirada mientras éste salía lleno de brío. Una vez a solas, se acomodó la ropa. No pudo evitar sonreírse al recordar lo que acababa de volver a suceder. Consultó su reloj. Ya era hora. Miró la platea. La sala estaba llena. Midió la expectativa. Dio una orden y todo quedó a oscuras. Cuando una elaborada luz siniestra devolvió al fin la vista al público, éste descubrió sólo a la novia atada a una silla. El villano fue puntual. Traía algo pesado colgando de su brazo y sonreía como siempre.

El momento culminante

El momento culminante

–¿Qué quiere de mí? ¿Por qué me persigue? –empezó la novia-. ¿Qué va a hacer conmigo? Por favor, déjeme ir –suplicó-. ¿Qué se propone esta vez? ¿Decapitarme? ¿Estrangularme? ¿Clavarme una estaca en el corazón? –como no hubo respuesta, se contestó a sí misma mientras el villano instalaba lo que fuera que había traído bajo su silla-. ¡No! ¡Déjeme adivinar! ¡Usted nunca se repite! ¡Seguramente es una prueba más cruel la que me tiene destinada! ¡Lo sé! ¡Su deseo es empujarme más allá de mis fuerzas! ¿Con qué derecho? –el villano se encogió de hombros-. ¿Por qué se ensaña conmigo? ¿Cree que se saldrá siempre con la suya? ¿Que nadie le dará su merecido? ¡Contésteme!

Sin decir una palabra, el villano alzó a la cara de la novia una máscara de gas, conectada por un tubo a una garrafa ahora evidente bajo la silla. Todo quedó espantosamente claro. La novia abrió la boca para expresar su rechazo, gritar su horror o tomar un último aliento, pero fue imposible saberlo pues de inmediato el villano fijó la máscara sobre su cara; después abrió la llave de la garrafa y con el gas pareció brotar la consabida música, que todo lo envolvió mientras él, llevándose a la nariz la flor que traía en el ojal, se deleitaba con el perfume ante los ojos desorbitados de su víctima. No tardó en aparecer el galán ni el villano en cambiar su flor por una afilada navaja, pero por mucho que hizo oír su risa cruel sus embestidas no rozaron al héroe, que atrapándolo al fin por la muñeca lo obligó a soltar el arma y le dobló el brazo a la espalda. Entonces la novia, liberando sus pies, comenzó frenética a golpear la garrafa con sus tacones, pero esta vez, en lugar de precipitarse en su ayuda, el galán sacó un par de esposas.

–¿Creías que era el momento de escapar, verdad? –dijo al villano que seguía riendo-. Cuando yo corriera a rescatarla. Pero esta vez invertiremos la rutina. Primero te pondré a buen recaudo –explicó poniéndole las esposas- y ahora la pondré a salvo a ella –concluyó dirigiéndose hacia la novia que, como la música, había dejado de hacerse oír-. ¡Amiga mía, somos libres! –exclamó quitándole la máscara, pero su propio rostro palideció-. ¡No puede ser! –gritó abrazándola-. ¡Está muerta!

–¡Imbécil! –se oyó la voz del empresario y con asombro el público lo vio irrumpir en escena cubierto de harapos-. ¡Me ha arruinado! –culpó al galán-. Está despedido, ¿me oye? ¡Despedido!

Avergonzado, el galán bajó la cabeza. Se apagaron las luces, estalló en la oscuridad la carcajada del villano y esta historia ya no pudo continuar.

FIN

Un mundo en orden

Un mundo en orden

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Episodio fatal

Peligros con rescate garantizado

Rescate garantizado

Continuación del capítulo anterior. Telón abierto en la oscuridad.

Piano melodramático. Música de momento culminante.

Luz sobre la NOVIA, desmayada en una punta del escenario.

Luz sobre el VILLANO, que sonriendo perversamente la contempla desde el centro de la escena.

Pantomima. Coreografía.

El VILLANO saca su encendedor y enciende la mecha de una bomba en forma de negra bola de hierro, unida al tobillo de la NOVIA por una gruesa cadena.

Luego enciende un cigarro largo y fino que fuma con enorme placer mientras mira la mecha correr hacia la NOVIA.

Pero irrumpe por la otra punta el GALÁN al rescate.

Disgustado, el VILLANO arroja su cigarro y con un látigo se interpone entre el GALÁN y su amada.

A latigazos en el aire mantiene al GALÁN a raya, dominando y gozando de la situación.

Hasta que el GALÁN consigue arrebatarle el látigo y lo derriba de un puñetazo en la mandíbula.

El GALÁN sujeta al VILLANO en el suelo con una llave, pero en ese momento la NOVIA despierta y, al ver la bomba ya por estallar, lanza un grito.

El GALÁN suelta al VILLANO, deja caer el látigo, se precipita hacia la NOVIA y apaga la mecha justo a tiempo.

A sus espaldas, el VILLANO recupera su látigo y aprovecha para huir.

El GALÁN abraza a la NOVIA, que llora en sus brazos. Luego ella lo mira con los labios entreabiertos y él la besa. El beso dura lo que tarda en apagarse el acorde final del piano. Mientras tanto, detrás de ellos, se cierra el telón.

El silencio parece despertar al GALÁN.

El despertar de una soñadora

El despertar de una soñadora

NOVIA: Mi salvador… ¿Qué sucede?

GALÁN (mirando en torno): ¡El muy canalla! ¡Ha vuelto a escapar!

NOVIA (abrazándose al GALÁN): ¡No lo persigas! ¡No me dejes!

GALÁN: ¿Es que siempre ocurrirá lo mismo?

Entra el EMPRESARIO aplaudiéndolos. Viste un traje de tres piezas, lleva un reloj con cadena, tiene una gran panza y fuma un grueso cigarro. Rebosa prosperidad.

EMPRESARIO: ¡Bravo! ¡Bravísimo! ¡Un éxito pleno! ¡Rotundo! ¡Total!

GALÁN: ¿Se ha vuelto loco? ¡Ese rufián continúa en libertad!

EMPRESARIO: Comprendo su decepción, joven. ¡Ah, qué espectáculo! ¡Si hubiera visto la sala! Ya sé que se lo tengo prohibido. ¡Cómo el destino de la pequeña virgen los mantenía en vilo! Todos sentados en la punta de sus butacas. Y a pesar del cartel de localidades agotadas, afuera seguían atropellándose con sus billetes en la mano. ¡Lo que puede la inocencia! (Saca una cigarrera dorada.) ¿Un puro, amigo mío?

GALÁN: Sabe que no fumo.

EMPRESARIO (guardándose la cigarrera): Siempre reñido con los placeres mundanos, ¿verdad? Lo admiro. ¿Pero ha pensado en el futuro? Algún día querrá sentar cabeza. Y entonces se alegrará de tener una suma en el banco. ¿Y sabe a quién deberá agradecer su fortuna, hombre íntegro? ¡A mí! ¡Al que lleva las cuentas!

GALÁN: No sé cómo puede hablar de dinero en semejante situación. ¡Cuando la vida de una inocente corre peligro!

EMPRESARIO: ¿Peligro? ¡Estamos labrando el bienestar de su novia! ¡Y de sus hijos! Si es que usted, como todo hombre de bien, planea casarse.

GALÁN: Antes debo asegurarme de que ninguna pesadilla vendrá a enturbiar ese sueño.

EMPRESARIO: La seguridad de su prometida está asegurada. Y vale la redundancia. ¿Sabe cuánto recaudaremos con su próxima aparición?

GALÁN: Conozco la esclavitud bajo contrato.

EMPRESARIO: ¡No hay libertad sin libertad económica!

GALÁN: ¡Ni con cadenas en los pies!

EMPRESARIO: Perdón, es el entusiasmo. (Se agacha junto a la NOVIA.) ¡Si hubiera visto cómo el público miraba esta cadena! (Saca una llave para liberarla.) A propósito, deberíamos reponer la rutina del péndulo. ¡Y la del pozo de serpientes!

NOVIA (con horror): ¡Oh, no!

GALÁN (ensimismado): ¿Cómo pudo haberse evadido? Lo tenía aquí, aquí mismo, dominado, paralizado con una llave infalible. Cuando, de pronto, se hizo humo. ¡Igual que en el capítulo anterior! ¡Y el anterior! En el preciso momento en que ya lo había vencido. Cuando sólo faltaba entregarlo a la justicia. Y entonces… Justo entonces… ¿Qué ocurrió entonces?

EMPRESARIO (a la NOVIA): Está muy nervioso. Te ruego que lo distraigas. Que se calme un poco. Yo volveré en cuanto haya atendido unos asuntos.

Complicidades y traiciones

La gallina de los huevos de oro

El EMPRESARIO da a la NOVIA un beso en la frente y sale llevándose bomba y cadena, que no le pesan nada. Antes de salir hace picar la bomba un par de veces contra el suelo, como si fuera una pelota de básquet.

GALÁN (al EMPRESARIO, pues no lo ha visto salir): ¿Podríamos revisar los capítulos anteriores? (Al no encontrarlo.) ¿Dónde se metió?

NOVIA (sonriéndole): Nos dejó a solas.

GALÁN: Me pregunto qué se traerá entre manos.

NOVIA: Siempre logra sorprendernos, ¿verdad?

GALÁN: ¡No puedo tolerar que la utilice como cebo para esa audiencia sedienta de sangre!

NOVIA: Por favor, no hable así. Me inquieta.

GALÁN: Perdóneme. Pero me indigna el trato al que es sometida.

NOVIA: Usted exagera. ¿Cuándo salí lastimada? Es sólo un juego, un juego excitante pero inofensivo…

GALÁN: Un juego que puede costarle la vida.

NOVIA: No mientras cuente con usted.

GALÁN: ¿Cree que siempre llegaré a tiempo?

NOVIA: Sí, lo creo. ¿Por qué no?

GALÁN: A veces todo esto me parece estar fraguado.

NOVIA: ¿Fraguado?

GALÁN: Sí. Como si todos estuvieran de acuerdo: el que la ataca, el que nos paga y los que vienen a mirarnos. ¿Nunca sintió nada parecido?

NOVIA: No sé. Junto a usted me siento protegida.

GALAN: Alguna vez no estuve a su lado.

NOVIA: La primera vez. Entonces sí que sentí miedo. Yo estaba atada a la vía del tren, ¿recuerda? Así fue cómo nos conocimos.

GALAN (intentando recordar): ¿Cómo acerté a pasar por allí? No lo sé. Sólo recuerdo que en cuanto la tuve en mis brazos apareció un hombre que dijo tenerla bajo contrato. Ahora ese hombre es mi jefe.

NOVIA: ¡Qué alivio sentí! Desde entonces supe que no tenía nada que temer. Podía confiar en mi protector. ¿Recuerda el capítulo siguiente? ¡Estuve a punto de ser partida en dos y apenas pude temblar!

GALÁN: Ése fue mi primer encuentro con su atormentador. Mientras forcejeaba con él la veía a usted debatirse bajo el péndulo. Pero una vez que la hube liberado, él pareció haberse desvanecido en el aire. ¿No recuerda tal vez cómo huyó?

NOVIA: Sólo recuerdo cómo me besó usted.

Pausa. De atrás del telón se asoma la cabeza del VILLANO, que sonríe perversamente mientras los espía.

La amenaza de las sombras

La amenaza de las sombras

GALÁN (acercándose a la NOVIA): Querría besarla ahora. (Le toma la mano, pero ella retrocede.) ¿Tiene miedo? (La NOVIA no responde.) ¿Miedo de mí?

NOVIA (apartando la mirada): Por favor. Sabe que tenemos prohibido besarnos en privado.

GALÁN (sonriéndole, dulcemente): Precisamente cuando nadie nos ve. ¿Quién nos delataría?

Risita cavernosa del VILLANO.

NOVIA (mirando al GALÁN): ¿Usted no se lo dirá a nadie?

GALÁN (paternal): ¿Por qué iba a hacerlo?

NOVIA: Y si llega a saberse, ¿me protegerá?

El GALÁN la abraza. Beso inminente. De pronto, la cabeza del VILLANO desaparece tras el telón.  Entra el EMPRESARIO con un nuevo libreto.

EMPRESARIO: ¡Todo el mundo a su puesto y dispuesto a trabajar! ¡Comenzamos un nuevo episodio! (La NOVIA se arranca de los brazos del GALÁN y, sacando de su bolso un espejito y un lápiz labial, empieza a retocar su maquillaje.) Muy bien, querida. Más ancha la sonrisa. (Al GALÁN.) Y usted, joven, abandone esa expresión de abatimiento. El público viene a verlo triunfar. (Abriendo el libreto.) Veamos lo que les espera… (Pasando páginas con creciente satisfacción.) Siniestro… Soberbio… ¡Diabólico!

GALÁN: ¡Exijo saber qué es lo que se planea!

EMPRESARIO (sin alzar la vista del libreto): Usted no está en posición de exigir nada. Relea su contrato.

GALÁN: ¡Se aprovecha de mi situación!

EMPRESARIO: Su situación es la de un enamorado. Aténgase a las consecuencias.

GALÁN: ¡Pero es que no las pago yo, sino ella!

EMPRESARIO (cerrando el libreto): ¿Y acaso ella se queja? Mírela. ¿Qué es lo que ve? (Ambos miran a la NOVIA, que se peina.) Le diré lo que yo veo: a una auténtica profesional. Fíjese cómo ensaya. Con qué ahínco. Hasta qué punto conoce su papel. (La NOVIA ensaya unas muecas en su espejito: sobresalto, beso, alarido.) ¿Por qué no procura usted cumplir el suyo? (Abre el libreto y sigue leyendo.)

GALÁN: Es lo que intento. ¿Pero puedo ofrecer protección contra un peligro que ignoro? ¿Puedo garantizar mi triunfo si no sé a qué me enfrento? ¿Puedo mostrar firmeza en semejante incertidumbre?

EMPRESARIO: Usted se comprometió a tolerar el suspenso. O al menos eso firmó.

Un héroe para las damas

Un héroe para las damas

GALÁN: ¡Yo no le hablo de papeles sino de realidades! ¿No ve la diferencia? (Intentando arrebatarle el libreto.) ¡Al menos míreme cuando le hablo! (El EMPRESARIO elude el manotazo del GALÁN y se aleja de él, pero el GALÁN lo sigue.) ¿Es que no comprende que la expone a riesgos cada vez mayores? ¿Que las trampas de ese criminal son cada noche más crueles? ¿Que el público espera crueldades aún más refinadas? (A espaldas de la NOVIA, que se ha quedado sola, de atrás del telón se asoma el VILLANO.) ¿Que pronto no habrá manera de apagar su sed de crimen? (Tapándole la boca, el VILLANO se lleva a la NOVIA detrás del telón.) ¿Que un simple abuso más podría traer la catástrofe definitiva? ¿Se lo ha dicho a su estrella? ¡Dígaselo ahora! (Se vuelve señalándola, pero la NOVIA no está allí.)

EMPRESARIO (sonriéndose): La situación resulta familiar, ¿no le parece?

GALÁN (yendo hacia donde estaba la NOVIA): ¡Se la ha llevado! ¡En nuestras propias narices! ¡Y sin dejar un solo indicio!

EMPRESARIO (sacándose un papel del bolsillo a espaldas del GALÁN): En eso se equivoca. Mire lo que he encontrado. (Va hacia él y le tiende el papel.)

GALÁN (recibiendo el mensaje): ¡Una nota de rescate! (Lee.) “Socorro, amor mío”. (Alza la vista.) ¡Es su letra!

EMPRESARIO: Y lleva su firma.

GALÁN (guardándose la nota): Ha vuelto a ocurrir. (Al EMPRESARIO.) ¡Y la culpa es suya! ¿No le advertí lo que sucedería? ¿No le pedí que me informara cuando aún era tiempo de prevenir este desastre? ¡Ahora quién sabe dónde la tiene a su merced!

EMPRESARIO: En la vieja fábrica abandonada junto a los muelles.

GALÁN (tomándolo de las solapas, fuera de sí): ¡Ahora es demasiado tarde!

EMPRESARIO: Así es. No tiene tiempo que perder.

GALÁN: ¿Cree que no me doy cuenta de lo que pasa?

EMPRESARIO: Si no volvemos a verla, la culpa será suya.

GALÁN (soltándolo): Muy bien. Me tiene en sus manos. ¡Pero sepa que antes de que acabe la función, también yo habré atrapado a mi presa! (Sale.)

El EMPRESARIO lo mira salir y se sonríe. Luego, a solas, se acomoda la ropa. Después consulta su reloj. Cuando a su juicio ha llegado la hora, se dirige al borde del escenario.

Quítate tú para ponerme yo

Quítate tú para ponerme yo

EMPRESARIO (al público): Damas y caballeros, ¿qué piensan ustedes? ¿Llegará nuestro héroe a tiempo de rescatar a su amada? ¿Logrará arrancarla intacta de las garras de su mortal enemigo? ¿Será por fin capaz de atrapar al perverso que tanto lo ha burlado? ¿Podrán ustedes tolerar el suspenso sin que les dé un vuelco el corazón? ¡Hagan sus apuestas, damas y caballeros, y no se pierdan el desenlace de esta clásica aventura que ahora mismo recomienza! (Indicando con un gesto abrir el telón, sale de escena.)

Se abre el telón, descubriendo a la NOVIA atada a una silla.

Entra el VILLANO, trayendo una garrafa y una máscara de gas.

NOVIA (al VILLANO, que camina hacia ella): ¿Qué quiere de mí? ¿Por qué me persigue? ¿Qué va a hacer conmigo? (El VILLANO se detiene junto a ella, clavándole la mirada.) Por favor, déjeme ir. Se lo suplico. (El VILLANO sonríe cruelmente.) ¿Qué se propone esta vez? ¿Decapitarme? ¿Estrangularme? ¿Clavarme una estaca en el corazón? (El VILLANO acomoda la garrafa bajo la silla.) ¡No! ¡Déjeme adivinar! ¡Usted nunca se repite! ¡Seguramente es una prueba más cruel a la que me tiene destinada! ¡Lo sé! (El VILLANO se pone de pie con la máscara de gas en la mano.) ¡Su deseo es empujarme más allá de mis fuerzas! ¿Con qué derecho? (El VILLANO se encoge de hombros.) ¿Por qué se ensaña conmigo? ¿Cree que siempre se saldrá con la suya? ¿Que nunca nadie le dará su merecido? ¡Contésteme! (El VILLANO le muestra la máscara, conectada a la garrafa por un tubo.) ¡No! ¡No se me acerque! ¡No me toque! ¡No…! (El VILLANO le pone la máscara y abre la llave de la garrafa.)

La historia sin fin

La historia sin fin

Vuelve a sonar la música del comienzo.

Mirando al VILLANO con ojos suplicantes, la NOVIA forcejea inútilmente con sus ligaduras.

El VILLANO se saca la flor que lleva en el ojal y se deleita con su perfume ante los ojos desorbitados de la NOVIA.

Pero una vez más irrumpe el GALÁN.

El VILLANO tira la flor y saca una navaja, cerrándole el paso.

En vano el GALÁN intenta sortearlo. Dominando la situación, el VILLANO ríe cruelmente. Pasa al ataque, pero el GALÁN elude cada una de sus embestidas.

Hasta que, atrapándolo por la muñeca, lo obliga a soltar el arma, le dobla el brazo a la espalda y, con una zancadilla, lo pone boca abajo contra el suelo.

En ese momento la NOVIA, que ha logrado soltar sus pies de la silla, comienza a patear frenéticamente la garrafa con sus tacones para atraer la atención.

Pero esta vez, en lugar de correr en su ayuda, el GALÁN saca un par de esposas.

GALÁN (al VILLANO): ¿Creías que era el momento de escapar, verdad? (Aun vencido, el VILLANO ríe.) Cuando yo corriera a rescatarla. (La NOVIA deja de patear la garrafa.) Pero esta vez invertiremos la rutina. (La NOVIA queda inerte en la silla.) Primero te pondré a buen recaudo… (Pone las esposas al VILLANO.) …y ahora la pondré a salvo a ella. (Va hacia la NOVIA y con el acorde final del piano le quita la máscara.) ¡Amiga mía, somos libres! (Mientras se extingue la música, mira asombrado la cara de la NOVIA.) ¡No puede ser! ¡Está muerta! (La abraza.)

Entra el EMPRESARIO, cubierto de harapos.

EMPRESARIO (al GALÁN): ¡Imbécil! ¡Me ha arruinado! (El GALÁN lo mira.) Está despedido, ¿me oye? ¡Despedido!

Avergonzado, el GALÁN baja la cabeza.

Apagón.

Estalla en la oscuridad la carcajada del VILLANO.

NO CONTINUARÁ

villano

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Las trampas del formalismo

La formalidad castigada

Algunos meses atrás, conversando con un editor, pensé el título de esta nota (o “entrada”, como la aquí incumplida vocación de crónica llama a cada una de las sucesivas novedades de estos diarios públicos) y me hice el firme propósito de redactarla en algún vago momento futuro. Hace unos cuantos días, igual tema volvió a ver la luz a causa de un manuscrito sobre cuyos problemas hablábamos con una agente literaria y me dije que ya era hora de que me ocupara por fin de esta cuestión, insistente en tantos inéditos de autores noveles en absoluto faltos de talento.

La conversación con el editor versaba sobre los manuscritos de dos jóvenes autores, hombre y mujer, tan distintos entre sí como sus obras e igualmente interesantes en principio. O al menos el editor y yo estábamos interesados, lo que no significa que los problemas de ambos originales estuvieran resueltos sino apenas planteados: lo había hecho yo en mis informes de lectura. Éste no es el lugar donde referirse a esos problemas en detalle, pero lo que en cambio sí nos interesa aquí es la raíz común de los fallos muy diferentes en cada caso de dos proyectos bien concebidos, planeados a conciencia y ejecutados con esmero. Lo curioso es que ese punto, débil, en común no podría haberse dado en escritores más débiles, es decir, menos formados o faltos de conciencia formal: éstos no se habrían equivocado de ese modo, básicamente porque no habrían imaginado soluciones semejantes para los planteos de sus obras. Sin embargo, ha sido la insuficiencia de estas soluciones formales para unos problemas de fondo la que me ha hecho pensar tanto en el título como en el tema de este artículo.

¿Hay vida tras los remiendos?

En una de estas novelas, la estructura narrativa dependía de la fijación de unos planos de distanciamiento según los cuales la ficción histórica que constituía la base argumental llegaba al lector mediada por su reconstrucción documental a la manera de esas emisiones televisivas forzadas a manipular la imagen de un pasado remoto para poder ilustrarlo; en la otra, la fragmentación del relato en piezas sueltas que al ir reuniéndose descubrían poco a poco su unidad hasta alcanzarla plenamente al completarse la novela se acompasaba con el tema del cerrar una herida mediante el mutuo reconocimiento de las partes separadas. En ambos casos la solución formal era adecuada al tema y sin embargo, como un traje demasiado hecho a medida, impedía el movimiento, el crecimiento y la libre interacción de unas partes no tan independientes o con suficiente entidad propia como para convencer al lector de su realidad, de su participación en el universo o simplemente de sus tres dimensiones, tal cual suele ocurrir en las puestas de ciertos directores de escena que, en lugar de procurar la necesaria confrontación entre los elementos del drama para que éste ocurra, prefieren la yuxtaposición de esos elementos reconciliados de antemano en un espectáculo conceptualmente previsible desde que se alza el telón. Dentro de esa circulación los actores jamás tropiezan, pero no ya con la eventualidad sino ni siquiera unos con otros; los personajes aparecen y desaparecen juntos sobre la misma escena, pero sin llegar siquiera a plantear unas diferencias relevadas a lo sumo por la distancia entre los cuerpos que los ilustran. La cultura audiovisual tiene a sus participantes tan acostumbrados a este tratamiento de los temas que, salvo por un reprimido aburrimiento cuyo origen es difícil de localizar, pues se sitúa bajo las bases del edificio en que se alojan, son capaces de tragarse esta coincidencia como si de verdadera convivencia se tratara.

Desde este punto de vista, el cine es una mala influencia para el escritor. Pero también puede ofrecer un buen modelo para estudiar el problema. Es curioso, por ejemplo, pero tampoco debería sorprendernos tanto, que un procedimiento repetido en los casos de estas novelas en cuya construcción predomina un alto grado de conciencia formal –y una a menudo excesiva, en mi opinión, confianza en los poderes de la forma-, tal como lo muestran los dos manuscritos aludidos, suela ser o implicar en mayor o menor grado el uso de la fragmentación como principio constructivo. Fragmentación de los puntos de vista o de los planos del relato, fragmentación de la historia misma en piezas sueltas cuya reunión dará el desenlace o mejor dicho la terminación de la obra, en todo caso lo que en estos casos priva es el acento puesto no en la tradicionalmente simulada unidad de un universo narrativo (es decir, que no se vean las costuras), sino en el hueco donde las piezas se engarzan. Lo que destacan estos narradores es el carácter de construcción, no “natural”, de los objetos en que consisten sus obras, cosa muy propio de la conciencia que reconoce su propia subjetividad y con ella la de los otros puntos de vista, advirtiendo en el mismo proceso cómo hasta la naturaleza en cuanto conjunto es también una organización de su percepción. Sin embargo,  esta superación de la ingenuidad, positiva como es, en los casos que estudiamos induce a error. ¿Un exceso de saber? No, una falta. ¿Pero de qué o de qué saber? Retengamos, sin olvidar que una película se hace a base de fragmentos reunidos en un montaje, también llamado justamente edición, un concepto elocuente, aquél de fragmentación, mientras consideramos ciertas consecuencias siempre latentes de su uso como principio constructivo.

Gilda toma sus precauciones

Algo típico en un editing, entendido como corrección –en el buen sentido- de un original, es alterar la estructura narrativa. Clásica solución de editor –o de book doctor- a los problemas de un texto ajeno, es adecuada cuando la modificación propuesta implica la comprensión del sentido general insinuado por la obra en marcha y de los presupuestos formales de su autor. También éste trabaja como su propio editor cuando corrige: no se trata de quién haga el trabajo, sino de que cada tarea exige cambiar de posición. Como bien dijo Truffaut respecto al cine, hay que rodar contra el guión y montar contra el rodaje. O sea, en cada etapa ser crítico de la precedente y proceder. Ahora bien, aunque un buen director rueda ya pensando en el montaje y así no sólo economiza sino que también dirige toda la producción hacia la meta intuida, volviendo a la literatura, ¿qué pasa cuándo se edita como prevención? ¿Y qué significa un editing preventivo? ¿Qué relación tiene con la represión?

Cuando a un autor no le gusta la edición de su novela, no es raro que hable de censura o que al menos plantee su disgusto en estos términos. Puede o no tener razón, pero de una u otra forma sentirá que es víctima de una represión en cada corte, cada cambio que se haga a su texto para cuadrarlo dentro de un esquema, independientemente de que éste sea adecuado o no. Cuanto menos conciencia formal tenga, es decir, cuanto mayor sea su rechazo de este tipo de problemas, más se rebelará contra este tipo de planteos y peor sabrá rebatirlos, aun cuando contra toda probabilidad su instinto estuviera mejor orientado que la antipática “razón editora”. Los argumentos de Malcolm Lowry contra los cortes propuestos por los editores de Bajo el volcán, en cambio, muy lejos de ser una expresión visceral, ponen de manifiesto un entendimiento cabal de los alcances de su obra así como una envidiable capacidad de persuasión. Pero no son los problemas del autor “espontáneo” los que aquí nos interesan, sino muy por el contrario los de su exacto opuesto: el escritor que, aplicándose a comprender la teoría implícita en la práctica de su arte, puede intentar extraer de esta fuente soluciones que debería buscar en la de su experiencia. En la vida y no en el arte, para ser claros.

Georges Perec y el Oulipo

Un editing preventivo es un ejercicio de autocensura. No es raro que la estética de la fragmentación sea su marca más habitual. Contrariamente al escritor que se cree poseedor de la lengua y de su tema, que se cree libre, el escritor dotado de conciencia formal sabe lo arduo que es no caer espontáneamente cada tres pasos –o tres líneas- en un lugar común y se vigila. Además, busca estrategias para escapar precisamente de ese destino donde todos los caminos ya han sido abiertos y el otro se cree en libertad: un buen ejemplo sería el de Georges Perec, cuyas restricciones y mediaciones son injustamente más reconocidas que las cuestiones que ponía en juego en sus lúdicas obras. Sin embargo, completando la barba propia con el bigote ajeno, Perec sabía perfectamente que “el gusto por el sistema demuestra falta de probidad” (Nietzsche) y aunque determinaba unas condiciones para su escritura se cuidaba muy bien de que éstas le impidieran escribir en lugar de empujarlo a pensar lo que de otra manera no se le habría ocurrido. El “editing preventivo”, desgraciadamente, no funciona así. Ya que consiste, por decirlo con una expresión tradicional, en poner la carreta delante de los bueyes. Y esto, naturalmente, no deja pasar la escritura. Me explico: si bien es bueno, al ponerse en marcha, contar con un plano, esto es, tener un esquema más o menos claro, una trama bastante bien resuelta y especialmente saber con qué objetivos dentro del relato general debe cumplir cada capítulo o episodio, no lo es que el plano impida el viaje, es decir, tomar contacto con la tierra y tratar con los nativos. Y algo de esto es lo que ocurre en todos estos manuscritos en los que un adecuado dispositivo formal entorpece, a pesar suyo, la exploración de la materia por narrar. En lugar de que los episodios sucedan, dando pie a otros inesperados, abriendo la trama y ofreciendo a los personajes la oportunidad de relacionarse y descubrirse unos a otros, se suceden como si su propósito fuera ante todo cubrir con cierta información el casillero que se les ha asignado en el diseño argumental. Y así hay algo que empieza a no pasar entre página y página, capítulo y capítulo. Pues cada cosa concreta que se narra o se describe comienza a parecer el relleno de una estructura previa, que cobra un protagonismo desproporcionado en relación con el conjunto, y son por fin las separaciones que la organización impone a los elementos materiales lo único que prolifera, en lugar de la materia narrativa. Ésta empieza a ralear y la novela a parecer incompleta; es entonces cuando, ante tantos huecos, excluido de su propio universo de ficción por esa estructura a la que le ha permitido tomar su lugar, el autor suele querer convencerse de que la correcta distribución de los fragmentos bastará para ocupar el vacío y, en lugar de indagar, ahondando en la materia de su obra y confrontando la ficción con su propia experiencia, en ese imaginario del que había partido y al que ha perdido acceso, insiste en recurrir a todo tipo de retoques formales a la manera del cineasta que, tras un mal rodaje, se dice que salvará la película en la moviola –o, más contemporáneamente, mesa de edición-, ante la cual no contará sino con esos pobres cuadros móviles, tan pocos, entre los que la obra perseguida se le ha escapado.

Podría decirse que toda obra, en cualquier campo artístico o cultural, por más unitaria que aspire a ser se construye reuniendo fragmentos: piedras para el edificio, anécdotas para la novela o sonidos para la música. Pero en el cine no sólo es más evidente, sino también más cierto: hasta los dibujos animados, aun generados por computadora, preexisten a que el cine los tome y los anime. El cine es primero recopilación de elementos que en principio le son ajenos bajo la forma de imágenes y sonidos: se suele llamar a esto, precisamente, captura. Lo que se ha capturado desfila luego, al exhibirse, según el orden que el montaje haya dispuesto. Pero el lenguaje audiovisual nos rodea en la actualidad hasta tal punto que, como el habla, teje una red continua de elementos heterogéneos que coinciden excediendo todo sentido que cualquiera se haya propuesto atribuir a ese roce permanente. Cuadro sin marco incapaz de secarse, también es el cuento contado por un idiota a que alude Macbeth; y esa debilidad mental, repetida en cada lector o espectador que, como les gustaría hacerlo a tantos autores, no se responsabilizará del sentido que momentáneamente atribuya a cada narración,  discurso o fragmento informativo con que tropiece, es la propia del momento actual de nuestra cultura que, como ya se repite desde hace años, conoce tantas palabras y ninguna palabra.

Cuando predomina lo audiovisual

Son muchas las novelas de ahora, incluyendo las publicadas y aplaudidas, cuyas escenas no parecen venir de la vida sino del cine o, entendámonos, del modelo de habla y conducta instaurado por el cine –y las series, la televisión- que todos, hasta los que como espectadores huyen de él, conocen en razón de su histórica y creciente omnipresencia. Ese modelo está presente hasta en las películas que se proponen contestarlo, en la medida en que éstas, como las otras, con las que rivalizan, aspiran al igual que ellas al reconocimiento de su público. A eso se agrega un fenómeno que ya se daba con las novelas, pero que la mayor velocidad de lectura del largometraje sobre la novela –para quien no sabe o no quiere leer en diagonal- no hace sino multiplicar, y que consiste en el descubrimiento, para cada generación de jóvenes, de la vida antes en la ficción que en la realidad. Un autor joven, a la hora de dar valor a su creación, dotado muy probablemente de un conocimiento mayor del arte, sobre todo en su aspecto técnico o artesanal, que del de una vida aún falta para él de experiencias análogas a las que sí ha podido admirar en la pantalla o en la página, o que aún no le ha dado tiempo a reflexionar sobre lo que ha vivido pero no está maduro para valorar o expresar, caerá casi seguramente en la imitación de esa experiencia espectacularizada que le falta. Puede que el modelo tan espontáneamente escogido le baste y hasta salga airoso del lance, pero puede también que no sea suficiente y es entonces, agotado el primer impulso, que comienzan los problemas. Uno de ellos es cómo, a partir de esta conciencia de que algo falta, la imitación de lo logrado por otros es percibida cada vez más como imitación y esta percepción indica cuán fallida es: todo, escenas y diálogos, parece venir de lo creído en representaciones ajenas y no de lo observado en la vida por el autor, aunque se trate de un proyecto muy personal y a pesar de los pasajes entremezclados en los que sí, atravesando el corsé formal, se haya logrado transmitir una presencia real. Otro es el proceso de fragmentación que se desata en la nueva apreciación del texto, plagado de puntos y agujeros negros sobre los cuales resulta cada vez más difícil saltar por más puentes que se intente imaginar entre una y otra isla narrativa. La ficción se va muriendo, desmembrándose, y por más activo (o “macho”, en el dudoso sentido que Cortázar daba al término) que un lector sea, no completará la obra, como quería Conrad, si el autor antes no ha concluido su trabajo.

Ni el “formato en el que todas las piezas encajan” resultante de lo que hemos llamado editing preventivo ni los retoques a posteriori que se hagan trabajando siempre a ese mismo nivel pueden resolver favorablemente unos problemas que se sitúan mucho más adentro, en el mismo corazón –su centro vital, su nudo afectivo, su irreductibilidad última- de la obra. También era esto lo que ocurría con la novela de la que hablábamos hace unos días la agente literaria y yo: ni la edición llevada a cabo por un profesional con el mismo material que habíamos leído nosotros había convencido a la autora, ni ella misma en sus revisiones lograba dar a un relato que procuraba ser intencionadamente fragmentario su forma definitiva y satisfactoria. Lo que no quiere decir que no hubiera nada por hacer o que la situación fuera irremediable. De lo que se trataba, en lugar de dar más vueltas a lo escrito, era precisamente de indagar en lo no escrito, en aquello que, latente en la obra, todavía hacía falta sacar a la luz y explicitar, poner negro sobre blanco, para completar un relato sólo fragmentario por lo que de él se ignoraba y tal vez se temía averiguar. Hace algunos años trabajé con un autor que no acertaba a resolver una difícil novela en la que llevaba varios años de trabajo invertidos. Hacia el final tenía la idea de que el protagonista escribiera una carta a la heroína del libro, en la que recopilaría y justificaría de alguna manera su historia trunca. Propuse sustituir tantas palabras de uno por acciones de los dos en el mundo real: que escribieran con sus cuerpos, en suma. Así, él la citaría en el departamento que solían compartir, pero ella no acudiría y ese vacío resultaría lo bastante elocuente. Por supuesto que, si el autor no hubiera hecho literatura con esto, de poco hubiera servido la idea aunque fuera buena. Pero sirvió para destrabar la situación y situar otra vez al narrador en el mundo, con derecho a actuar más allá de sus conjeturas y a riesgo de provocar una reacción cuyas consecuencias también habría de padecer. De nuevo tenía un cuerpo, era un personaje y su discurso devenía narración. La novela fue acabada, publicada, premiada y traducida; la llave para lograrlo fue dejarse, cuando no hacía falta, de especulaciones formales o modulaciones de la voz narrativa para inventar, en su lugar, nuevos hechos lo bastante expresivos. Así se llegó, como suele decirse, al “meollo de la cuestión”. Pero “rara vez”, como dice Nietzsche, oportuno aquí nuevamente, “ni siquiera el mejor de nosotros tiene el valor de lo que realmente sabe”.

Una estructura endeble y compleja

Lo bien concebido bien se escribe. Esto es todo, pero concebir no es fácil. Sucede a veces por casualidad, pero sólo en apariencia: actuar resueltamente significa haber resuelto el problema de antemano y en consecuencia poder lanzarse sin temor, meter las manos en la masa con la misma sensación de dominio o de confianza que puede tener el cocinero ya independiente de recetas. La trampa más habitual del formalismo es la tentación, en cambio, de dominar la materia a distancia, mediante alguna organización o dispositivo formal al cual todos los elementos deberían responder y que garantizaría la ubicuidad de cada uno de ellos. Pero si una novela, según Philippe Muray, es “la historia de lo que pasa cuando se encuentran personas que nunca hubieran debido encontrarse”, habrá que convenir en que no es una circulación perfectamente ordenada de donde extraeremos la materia novelable y en que a menudo es la identificación y no el distanciamiento de donde vienen la lucidez y, sobre todo, las iluminaciones. Es más: el distanciamiento, para estimular la reflexión y la lucidez, requiere una fascinación previa, una atracción. Las situaciones planteadas por Brecht, los argumentos que manejaba y, muy especialmente, personajes como Galileo o la Madre Coraje son focos de atracción irresistibles no sólo en la representación sino en el propio texto; no es con indiferencia como se siguen sus respectivos itinerarios hacia el desenlace. Sin la eficacia de esta atracción, imposible soñar con un distanciamiento logrado: una vez puesto a distancia, de faltarle el calor necesario para interesarse por lo que será de aquello que se la ha puesto ante los ojos, difícilmente el lector o espectador volverá a acercarse y es muy probable que, antes de que baje el telón o el libro se cierre, abandone su butaca o su sillón colmado sólo en su impaciencia. Y con razón.

“Madame Bovary soy yo”

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