La violencia como verdad

Una cierta tendencia de la narrativa actual

Una cierta tendencia de la narrativa actual

Protagonistas anónimos

El siguiente comentario crítico fue escrito a propósito de una novela concreta e incluso ya publicada, pero no diremos cuál es. No sólo para evitar disgustos a un lado y otro de las fronteras implicadas, sino también porque si aquí se trata de ella es sólo como objeto concreto a partir del cual elaborar un discurso abstracto que se puede remitir a muchos otros. El suyo es un caso, pero no el único, y por eso no es difícil eliminar las referencias que lo harían reconocible manteniendo a la vez casi la totalidad de la argumentación a propósito de sus contenidos. En cualquier serie basta un episodio como ejemplo del conjunto y lo que aquí se examina es una tendencia general, de manera que muy posiblemente todo lo que digamos de este libro podría decirse también de muchos otros.

Debería inventarse un género para denominar a este tipo de novelas, con su enorme despliegue de violencia irracional y corrupción congénita que pareciera desbordar cualquier intento de explicación. En realidad, hace mucho que existe este tipo de libro que encuentra su impulso –no inspiración- en la problemática nacional del país de que se trate, sobre la que se interroga aparatosamente sin llegar a hilvanar respuesta alguna y como si esa impotencia fuera un signo de la magnitud del tremendo tema que se tiene entre manos. En correspondencia con esto, son novelas gruesas y acumulativas, que apilan sus materiales sin mucha más lógica que la del exceso emocional y vital padecido, y parecieran hacerse cómplices de la realidad que aparentemente lamentan en su mímesis del caos que procuran mantener blindado al análisis. El autor de la obra en cuestión también sigue esta vía, la de una pretendida intensidad dirigida mucho más a impactar al lector que a penetrar en su tema, y su novela adolece de la misma inocencia falsa y la misma mala fe que su narcisista pareja protagónica. Pero como este género innominado de novela cuenta con sus valedores, que elogian y premian sus muestras como si de veras tuvieran el nivel y la calidad literaria que pretenden, existe un consenso que favorece este tipo de obras y apuesta por su éxito. Es posible imaginar que el libro haga su carrera gracias a aquellos lectores que se identifiquen con su estilo, más cuando otros libros del autor ya le han abierto paso, e incluso, dado que ahora elige un tema tan prestigioso como es la realidad nacional, centrándose además en un grave conflicto político reciente, que sea visto como un saludable paso hacia el realismo, aunque no penetre en la realidad para nada sino tan sólo la alucine. Sus defectos son tan sintomáticos del momento de la cultura en que vivimos que fácilmente pueden pasar ante muchos por virtudes.

Adán y Eva en el infierno
Adán y Eva en el infierno

El contenido no deja de ser bastante mítico y romántico, y el mito romántico que aquí se pone en escena es el siguiente: la pareja inocente destrozada por un mundo culpable cuya manifestación es la del mal en acto, puesto en escena más que visto por dentro. Un mito muy juvenil, por otra parte, destinado a caer con sólo que quien lo sostenga piense un poco en lo que está creyendo o queriendo que otros crean. Sólo que, como es tan rentable en términos de producción de imágenes –el videoclip infinito-, vale más no pensar y dejarse llevar por él.

La forma, por su parte, o lo que podríamos llamar el estilo, no es sino la consecuencia de una asimilación acrítica o al menos no lo bastante crítica de lo que podemos llamar una “literatura de liberación”, es decir, antiacadémica y contracultural, cuyos padres fundadores podrían ser los beatniks y cuyo héroe más reciente podría ser Bolaño. Cuando digo acrítica, quiero decir que se imita ese estilo más que continuarlo o desarrollarlo, y se aprovechan sus conquistas de la misma manera naturalmente oportunista en que lo hace toda la cultura pop contemporánea con la alguna vez llamada contracultura, de la que es el subproducto triunfal. De esta manera, estilísticamente, el texto es una caótica ensalada cuya principal preocupación es mantener un ritmo artificialmente trepidante –como la tele, aunque se supone que aquí estaríamos en la vereda de enfrente del conformismo- y una temperatura emocional artificialmente alta, de modo que el lector se identifique por ósmosis y trague lo que se le ofrezca, lo que no deja de parecerse a lo que hace una banda de rock o se hace en una discoteca promoviendo la agitación de manera permanente para que la cosa no decaiga. Los detractores de estos procedimientos, los que permanezcan fríos ante estos trucos, podrán decir que no puede decaer lo que jamás se ha elevado, pero sin duda no se contaba con su presencia en la fiesta y no se puede hacer mucho más con sus comentarios que ignorarlos.

El éxito de la miseria
Negro, feo, sucio, malo y menor de edad

Tenemos aquí, en principio, uno de esos temas que no pueden dejar indiferente a nadie y de cuya importancia contamos con todos los medios de comunicación contemporáneos para convencernos: el eterno caos latinoamericano, con su rara mezcla de narcotráfico, corrupción y rebelión social. Esta mezcla tan intrincada es en sí misma interesante para un escritor por su ambigüedad moral: si la rebelión es el bien pero la violencia es el mal, en una revuelta creciente y luego reprimida como la que cuenta este libro podremos ver cómo los dos opuestos se fusionan, y cómo lo hacen escandalosamente. Más allá de la cobertura mediática y de los clichés ya mucho más comunicacionales que ideológicos que puedan recubrir todo esto cada día, la situación es real y es un material dramático de primer orden, en el sentido de que el drama, con su reparto del conflicto en voces bien diferenciadas y su organización de la acción en actos concretos y significativos, de veras puede contribuir a aclarar el caos moral que aquí se plantea. Por desgracia, la cultura pop contemporánea nacida de la contracultura tiende a lo contrario, y además a hacer un valor de eso: al videoclip, una pista de sonido con un ritmo constante sobre la cual se van deslizando un montón de imágenes chocantes o seductoras pero, sobre todo, indiferenciadas en cuanto al sentido. Imágenes efímeras en sucesión permanente que no alcanzan ni a arañar aquello que supuestamente retratan.

Esto ocurre hoy, parece moderno y suele ser celebrado. Esta novela se ajusta a la descripción. El objeto del relato es una violenta revuelta social de la que no hace tanto se ocuparon los diarios, pero los protagonistas son dos jóvenes exteriores a ella que desarrollan unos lazos de lo más ambiguos con lo que ocurre allí. A causa de estar donde no deberían se convierten en víctimas de una situación que en principio poco tiene que ver con ellos. Esto no está en principio mal: a estos jóvenes de extracción burguesa sin mayor arraigo ni necesidad de arraigo en ningún ámbito social definido bien puede ocurrirles esto, a causa de que su desorientación no se ve realmente nunca urgida a orientarse, o cuando es así. Sin embargo, hay al menos dos cosas que resultan sospechosas y que tal vez sean la misma: una, que se trate de una pareja joven con chica guapa, lo que siempre resulta mitificador y en este caso ni siquiera tiene algo que ver con el tema a tratar; la otra, resultado del mito que sin proponérselo se está ilustrando aquí, es el modo en que estos jóvenes no están situados con precisión en el mundo en que viven, de manera que devienen universales y, en consecuencia, algo así como unos inocentes respecto a la sociedad en que se mueven. Pagan un precio por esa inocencia del que no quiere ver, ya que acaba yéndoles muy mal en el libro y ése quizás sea en el fondo el sentido de la fábula que sostiene a la obra como narración. Pero lo cierto es que a lo largo de esta larguísima novela, que busca imponerse también por su volumen, no penetramos para nada en las raíces de la revuelta y sólo vemos sus efectos, principalmente sobre los jóvenes protagonistas, lo que acaba dándonos la impresión de no asistir más que a la narcisista aventura de una pareja que pretende que el mal del mundo pase por ella.

La pesadilla representada
Todos somos víctimas

Es decir, se nos da el espectáculo de la pareja joven perdida en un universo malvado al que no comprende y que, naturalmente y como debe ser, aunque a ellos no les guste, los desborda. Esto no es nuevo y es casi una típica fábula de juventud: los chicos salen del limitado universo de sus mayores, se exaltan al comienzo por lo ilimitado de ese exterior que siempre conservará sus promesas a fuerza de no satisfacerlas, acaban perdidos en el bosque y dando con el lobo, y si tienen suerte logran volver al universo limitado antes desdeñado. Pero es justo el hecho de que el sentido de esta novela se sostenga en una fábula tan clásica y universal que no es más que una abstracción lo que demuestra que la revuelta social aludida y empleada a la vez como reclamo fácilmente podría ser reemplazada en el relato por cualquier otra situación de caos, siempre y cuando permitiera contar con figurantes armados y peligrosos como los que el público de películas de acción va a ver al cine ya se trate de la guerra de Corea, de la conquista del oeste o de la lucha contra el narcotráfico. Es decir que, a lo largo de más de 400 páginas, lo que vemos no es ni el origen ni las consecuencias sociales de una revuelta, sino la película de esa revuelta proyectada como fondo para las contorsiones de la pareja protagónica.

Sobre el conflicto que supuestamente es su tema, entonces, esta novela no dirá nada, ya que no cumple otra función que suministrar peligros a la pareja. Esto no quiere decir que no haya caracterizaciones, como la de la amiga que ha vivido siempre entre okupas y manifestaciones antiglobalización, que se vean reales y retraten, al menos, a cierto tipo de joven contemporáneo. Pero hasta esto acaba dando la impresión de algo demagógico, lo “verdadero que es sólo un momento de lo falso”, como decía Debord, ya que no logra tener sobre el conjunto ningún efecto distinto de los conseguidos por los otros elementos.

Este modo de hacer espectáculo sin penetrar en la realidad del tema hace que la novela acumule material sin, en el fondo, avanzar jamás: sabemos tan poco al final como al principio y, si todo sigue siendo enigmático y quedando como en suspenso, abierto, según ese dudoso gusto contemporáneo, se debe a que nunca se establece una relación satisfactoria entre los efectos y las causas. Pero dejar los crímenes sin resolver no significa que no haya culpables, aunque en esta novela las víctimas procuren llevarse toda la atención. Y esta ambigüedad frente al caos, que por un lado se presenta como el mal mismo y al que por otro se recurre como refugio, tiene efectos sobre la prosa, donde pronto se ve hasta qué punto hay poco fuego tras tanto humo. Se entrelazan en esta prosa, sin solución de continuidad, un gran descuido formal, apenas disimulado por el ritmo, y un lirismo afectado típico de lo que intenta pasar por poético para parecer intenso, mezcla de pose y sentimentalismo observable en tantas canciones pop.

Que se trate de una tendencia observable en mucho de lo que hoy se escribe, aun si gran parte de esto, como de todo, se queda sin publicar, tiene de preocupante que indica también no sólo una deriva del gusto, sino también de la capacidad de comprensión y juicio de lo leído. Que en un relato que se propone como una denuncia de la realidad ésta resulte inverosímil no es tan grave como que esa inverosimilitud coincida justamente con la imagen del mundo que cantidad de lectores prefieren tener. No sería difícil argumentar en público que un libro así es una gran novela (tema y extensión lo autorizan), de una contemporaneidad que quema (a lo que ayuda la edad de los protagonistas y la actualidad de los conflictos aludidos), escrita con la libertad de la poesía y la intensidad de un testimonio de primera mano. Es posible imaginar a más de uno mostrándose de acuerdo, y hasta por gusto y convicción: no sólo por interés. Y por eso, después de todo, muchas de estas ficciones se publican: la obra puede ser fallida, pero el producto no tiene por qué fallar.

zopilote

Atendiendo a los bárbaros

Los escitas están entre nosotros
Los escitas están entre nosotros

Para cualquier poder de facto, los bárbaros son siempre buenos aliados. El de la fuerza es el lenguaje que éstos comprenden, el que hablan, y responder a él es su tendencia natural, su hábito, pues ya entre ellos el poder se gestiona así, más acá de toda ley escrita y, sobre todo, prescindiendo de enmiendas y consideraciones a posteriori. Los bárbaros quieren entrar en la ciudad, pero no sólo tomarla sino también ser reconocidos, vistos en ella y por ella: cuando lo advierten, empiezan a dejar de ser bárbaros. Pero, hasta entonces, muchas cosas pueden pasar y casi todas de hecho suceden, generación tras generación. A menudo la sola presencia de los bárbaros, de sus descendientes, completando la labor emprendida por la más tarde mítica horda ancestral, destroza la ciudad, que ya no se reconoce a sí misma habitada por sus conquistadores. Después de la toma y del saqueo, si los bárbaros se quedan allí, pronto asimilan las formas más bastas de la civilización sometida y fundan las bases de un nuevo status, tomando en serio y al pie de la letra lo que la decadencia y la sofisticación consideraban con cierta ironía. Lo mismo ocurre con la cultura: para el lector cultivado, por ejemplo, para el sutil espectador que se ha formado un gusto, es fastidioso ver a los recién llegados revivir cada vez lo que ya había dado por muerto y prestar su fe renovando el culto a lo que ya había sido convincentemente desmentido. Los lugares comunes del folletín como esencia de la ficción, el viejo narrador resucitado en medio de la muchedumbre de falsos inocentes reunidos a escucharlo para blanquear su memoria, las prácticas religiosas de siempre bajo otras formas y rituales que ni siquiera le hacen gracia, los viejos mitos adulterados para su nuevo uso efímero, todo resuena a su alrededor en continuado sin que pueda hacer nada para corregirlo, desoírlo, disminuir su volumen o torcer la pendiente que define sus inclinaciones. El mercado obliga a atender a los bárbaros, como lo saben todos los comerciantes de la ciudad sin diferencia de gremio, pues debe crecer siempre y para eso necesita un número de aportes que la delgadez del refinamiento no provee. Grueso torrente de consumidores derramándose por todos los canales de distribución: lectores de género del negro al rosa, devoradores de sueños, enigmas y crímenes, bebedores de sangre y lágrimas, practicantes de toda clase de cultos de bolsillo, buscadores infatigables de las nuevas fórmulas de la riqueza súbita y la eterna juventud, aprendices de todas las artes de la imitación, todos sus semejantes y los semejantes de éstos. Pesadilla del viejo Ovidio, who can’t go home again, perdido para siempre entre los aulios, los getas y la distancia que lo separa de los romanos que lo han sucedido. Los escitas están entre nosotros: tal vez nunca volvamos a vernos, incapaces de encontrarnos en el inquieto gentío. La humanidad polígrafa no deja bosque en pie y de su seno se espera, al parecer, no ya al Mesías, sino al Profeta. Inversión del tiempo y de los roles: la platea es el escenario, el crítico se esconde y calla bajo la concha del apuntador. Reestreno de El balcón en memoria de Genet: en la casa de doña Irma, el de Escritor es ya un papel consagrado.

Narradores anónimos
Narradores anónimos

Mitología contemporánea. Guy Debord señaló una particularidad de nuestro tiempo que probablemente se perpetúe en el futuro: dijo que “por primera vez, los dueños de todo lo que se dice son los mismos que los de todo lo que se hace”. Lectores formados por los medios de comunicación y no por la literatura, ni siquiera en su forma más baja o popular, más primaria o menos exigente, son los que conforman el público actual, al igual que el grueso del personal empeñado en hacer circular tanto ficción como no ficción y hasta el de aquellos dedicados a redactar lo que hoy se lleva. Su lenguaje es el de la industria del entretenimiento, una de cuyas formas es la información, y su noción de calidad responde a normas distintas de las que cumplía el objeto artístico para remitir a las que ha de satisfacer la producción orientada al consumo: eficacia, accesibilidad, rendimiento y aun otras definidas por neologismos de origen anglófono como usabilidad, entre tantas semejantes para quien destaque, por sobre su acumulación, su conjunción. Todo esto es lo que funciona mejor o peor mientras se lee cualquier novela que no ofrezca a su lector dificultades diferentes de las que enfrente, digamos, el detective de turno al timón del argumento. Pero la plena satisfacción del consumidor abstracto no es la del lector concreto, cuyo perfil será tanto más evasivo cuanto más literario sea. Literario en el sentido negativo en el que se oye decir, a menudo en nuestro tiempo, que una novela es demasiado literaria, expresión que alude vaga pero inequívocamente a los perimidos valores de la tradición desplazada por los usos vigentes. Sin embargo, la palabra literatura, dicha así, como concepto, conserva su prestigio. ¿Cómo traspasarlo a las obras nacidas bajo otro paradigma que el de su tradición? Desconociendo ésta, basta con reunir el concepto aglutinante con los nuevos contenidos para que la operación se concrete. Pero también estos originales son desbordados por sus copias, que los lectores que pasan a la acción creativa, es decir, los imitadores de la ficción profesional, ponen a circular por todas las vías a su alcance con la esperanza de nivelar todavía más el terreno: oportunidades para todo el mundo en un mundo sin nombres. Eclipse de la literatura en cuanto lengua de la ficción: no una nueva mitología, sino una actualización de la transmisión oral por medios electrónicos, donde se escribe tal como se habla o se cree hablar, como venga, sin mayores requisitos formales que los sugeridos por los modelos de cada género a imitar. Un horizonte de narradores anónimos que se narran los asuntos unos a otros, sin mediación de crítica alguna ni sombra de juicio de valor. Cantidades sin calidades. Al revés que la nave Argos, que en su nombre conservaba unidad e identidad aunque cada uno de los palos, maderas, cuerdas, velas y demás piezas de la embarcación hubieran sido sustituidos en sucesivos calafateados, como una empresa no tiene el corazón en sus productos o en sus marcas sino en el capital que cultiva y defiende celosamente, la ficción así concebida es un material, no una obra ni una tradición, y sólo su reescritura posterior, eventual y derivada a un futuro por ahora invisible, podría hacer de tales fantasías expresión. “La conciencia increada de mi raza”, como escribe en su diario Stephen Dedalus. Así y sólo entonces la tradición literaria recogerá en sus páginas lo que hoy se sueña.

I work a honest day, I want a honest pay
I work a honest day, I want a honest pay

Bajo la cúpula del huevo de oro. Mejor que la crítica literaria para tomarle el pulso a la opinión pública ilustrada es la crítica audiovisual –ya no sólo cinematográfica desde la omnipresencia de las pantallas-, por su mayor inmediatez y la mayor presión que sobre su palabra ejercen el motor de la industria y la rueda del comercio. Como lector, el cinéfilo de la vieja escuela había aprendido a reconocer, atendiendo a las calificaciones de la crítica tras los estrenos, antes de verlas las películas que podrían gustarle: no las de cinco estrellas, sino las de cuatro, y esto no sin un motivo. Bastará un ejemplo para darlo a entender: My Darling Clementine, producción de Darryl Zanuck dirigida por John Ford. El primero, después del montaje, no estaba del todo conforme con la labor del segundo; hizo algunos cortes y encargó luego a un director sustituto repetir alguna escena. La de Wyatt Earp hablándole a su joven hermano ya en la tumba, una típica situación fordiana que no aparecía por primera vez en una película suya, volvió a rodarse, aunque sin que Henry Fonda alcanzara la dominada intensidad de la toma original, y es la que puede verse en la versión definitiva. My Darling Clementine es considerada con justicia una de las cimas del arte de Ford, capaz de asimilar sin desdoro estas pinceladas ajenas, pero no se trata aquí de reivindicar el genio creador ni de condenar el poder del dinero, sino de situar una diferencia e identificar, a partir de ella, el fundamento del índice de satisfacción resultante en cada caso, aunque a propósito del mismo objeto. ¿Qué echa a faltar Zanuck en el primer montaje? ¿Qué le preocupa que el público eche a faltar? ¿De qué depende que el crítico mainstream otorgue o no su quinta estrella? ¿Qué garantiza la total satisfacción del espectador promedio estimado? Existe un punto de identificación secreto pero evidente entre quien invierte en la elaboración de un producto y quien lo hace en su adquisición, por muy desiguales que puedan ser las cantidades implicadas: una expectativa que como todas aspira naturalmente a que se la colme. La apabullante rotundidad de los grandes espectáculos no busca otra cosa que asegurar tal plenitud. De que lo logre depende precisamente el éxito, ese acuerdo instantáneo cual flechazo entre quien arriesgó su capital y quien pagó su entrada. Pero a esa redondez se opone tercamente otro vértice, que resulta a su vez de otra identificación entre dos de las partes implicadas: el autor y su seguidor, el ya aludido cinéfilo, cuya fe en el artista elegido no se basa en la omnipotencia de su espectáculo, sino en su capacidad de revelación, es decir, de señalar no sólo algo que no puede verse allí sino también su falta. De tal pinchadura en el globo, la del éxito efímero por la verdad inconquistable, da cuenta la estrella ausente y sacrificada fatalmente más que a conciencia; el espectador leal, el verdadero crítico, sigue esa estrella. Pierre Boulez afirmaba en una entrevista reciente que componer es concebir un universo, con todas sus leyes y propiedades, y después transgredirlo. Lo mismo ocurre en todas las artes: es entonces cuando se rasga la cúpula del huevo de oro y éste deviene observatorio, abierto a la luz del espacio exterior.

ovillo 

Comentario sobre el negocio editorial en 1979

El vértigo de la producción

El trabajo intelectual asalariado tiende normalmente a seguir la ley de la producción industrial de la decadencia, conforme a la cual la ganancia del empresario depende de la rapidez de ejecución y de la mala calidad del material utilizado. Desde que esa producción tan resueltamente liberada de toda traza de miramientos para con el gusto del público ostenta en todo el espacio del mercado, gracias a la concentración financiera y, por consiguiente, a un equipamiento tecnológico cada vez mejor, el monopolio de la presencia no cualitativa de la oferta, ha podido especular cada vez más descaradamente con la sumisión forzada de la demanda y con la pérdida del gusto, que es momentáneamente su consecuencia entre la masa de la clientela. Trátese de la vivienda, de la carne de vaca de criadero o de los frutos del espíritu ignorante de un traductor, la consideración que se impone soberanamente es que a partir de ahora se puede obtener muy rápidamente y a menor coste lo que antes requería un tiempo bastante largo de trabajo cualificado. Por lo demás es cierto que los traductores tienen poco motivo para esforzarse por comprender el sentido de un libro y, sobre todo, por aprender antes la lengua en cuestión, cuando casi todos los actores actuales han escrito con tan manifiestas prisas unos libros que habrán pasado de moda dentro de tan breve tiempo. ¿Para qué traducir bien lo que era ya inútil escribir y que nadie va a leer?

No cabe duda de que en las presentes condiciones de producción supermultiplicada y de distribución superconcentrada de libros, la casi totalidad de los títulos no conoce el éxito o, con más frecuencia, el fracaso sino durante unas pocas semanas que siguen a su publicación. El grueso de la actual industria editorial funda sobre eso su política de la arbitrariedad precipitada y del hecho consumado, que bien les conviene a los libros de los que no se hablará más que una vez y no importa cómo. Este privilegio no existe aquí, y es del todo inútil traducir mi libro de prisas y corriendo, puesto que la tarea será siempre recomenzada por otros y las malas traducciones se verán sustituidas sin cesar por otras mejores.

Guy Debord, Prólogo a la cuarta edición italiana de “La sociedad del espectáculo”, 1979

Debord dejando que el material trabaje

Sam Shepard y la sociedad del espectáculo

El escritor es la estrella

Dramaturgo y narrador, guionista y músico, cineasta y actor de cine, desde los años 60 Sam Shepard ha sido una presencia constante en más de un escenario de la producción cultural norteamericana. Esto ha hecho de su obra no sólo un punto de cruce entre diversas disciplinas artísticas sino también, al nutrirse de muy distintas y heterogéneas fuentes, que abarcan desde el teatro del absurdo y la poesía beat hasta el rock’n’roll, el pop art y el cine de género, un revelador espejo del carácter de la cultura que reúne todas estas manifestaciones dispersas. Si en una primera etapa los personajes de sus dramas buscarán crearse una identidad a partir de la identificación con diferentes figuras de la mitología popularizada por la contracultura de la época, el posterior y muy particular viraje hacia el realismo permitirá la afloración de un pasado y de la historia oculta tras las máscaras y las pantallas de la imponente sociedad del espectáculo consolidada en la segunda mitad del siglo 20. Este viraje se sitúa a fines de los años 70, cuando los representantes de la revuelta juvenil de la década anterior alcanzan la madurez y la estética pop ya se ha vuelto la de la sociedad entera. Entonces Shepard, como tantos protagonistas de sus obras, escapa de la escena que parecía constituir su entorno natural o más bien cambia de piel: inicia una carrera en Hollywood, excluye al rock de su teatro y abandona él mismo los explosivos collages audiovisuales con los que solía sorprender a su público para concentrarse en una dramaturgia cada vez más preocupada por el sentido, en la que ya no se tratará tanto de hacer visible lo invisible como de mostrar la gravitación de la experiencia real sobre los simulacros instalados. Es en este período cuando escribe la serie de family plays que, consideradas en su momento por algunos críticos como el cauteloso regreso de un artista extraviado a un teatro tradicional y hasta conservador que nunca había practicado antes, acabarían por representar el cuerpo de obra más clásico del dramaturgo, en el sentido de llegar a ser su trabajo más difundido, estudiado y traducido a otras lenguas. Lo que en cambio aún quizás no ha sido suficientemente explicitado son las consecuencias de este cambio de estilo con respecto a la temática del artista, aspecto que por otra parte ha sido siempre de los más difíciles de esclarecer para la crítica, concentrada en los valores formales de Shepard con preferencia sobre las cuestiones de que trata, a las que suele identificar con una serie de tópicos como la muerte del sueño americano o la decadencia de los mitos nacionales, que poco aportan a una definición más precisa. Cuando hablamos de una obra que justamente apunta a confrontar fachadas como las de estas grandes generalidades con la emergencia de súbitas evidencias parciales.

Situacionistas ante el espectáculo

Desde que Shepard estrenó sus primeros espectáculos, han pasado cuarenta agitados años durante los cuales el lugar y la función del espectáculo en la sociedad han sido radicalmente desplazados. La sociedad del espectáculo es el título de un libro profético publicado por Guy Debord en 1967, en el que al escritor situacionista le basta su estado incipiente para caracterizar a la sociedad del capitalismo absoluto en la que vivimos ahora. Según Debord, el habitante de esta sociedad está condenado a una minoría de edad irrevocable, dada su incapacidad para operar sobre una realidad que, dominada por intereses que no contemplan su opinión ni sus decisiones, tampoco le pertenece; a lo único que tiene acceso, como actor o espectador, es a una sucesión de manipulaciones de la apariencia que entretienen o distraen su nulidad. La sociedad del espectáculo se presenta como un espectáculo en continuado cuya continuidad es precisamente la clave de su supervivencia. Si el espectáculo una vez pudo ser aquel espejo de la sociedad que, interrumpiéndola, decía lo que la sociedad callaba, la sociedad actual ha anulado esta imagen crítica volviéndose pura imagen ella misma, sin secreto ni cristal que la sostenga: una imagen total, ilimitada, capaz de asimilar como parte de sí cualquier imagen o discurso que se le oponga. Pero en la posguerra, cuando creció Shepard, el espectáculo recién comenzaba. Es más: pocos años más tarde, le ofrecería un lugar.

Patti Smith como Bob Dylan

Sam Shepard pertenece a lo que podríamos llamar la segunda generación del rock, la de Bob Dylan, Lou Reed, Frank Zappa, que recibió su formación en los años 50, cuando despuntaban los primeros albores de la cultura pop que hoy cubre cielo y tierra ya sea como arte, diseño, publicidad o merchandising: una cultura en la que juegan un papel principal los medios de divulgación y comunicación de masas, que a su vez determinan un tipo de formación evidenciada, por ejemplo, en personajes como los de Jean-Luc Godard, si los comparamos en este punto con los de las películas de Luchino Visconti. Estos últimos, adivinamos, han visto los originales de las pinturas que aquellos sólo conocen por láminas; de hecho, son reproducciones impresas lo que Godard nos muestra en sus películas. Consecuencia directa de esta educación es una conciencia en la que de algún modo los medios sustituyen a la realidad inmediata, así como las reproducciones reemplazan al original; lo que se ha visto carece del aura de la pieza única o legítima, y la mente se carga de imágenes y nociones a las que no da crédito ni valor plenos, como si pertenecieran a una religión que le es ajena: establece un lazo, vale decir, no con la cosa sino con su reflejo, mucho más cercano a un espejismo. Esta irrealidad de la cultura deja ante el individuo una tierra de nadie en la que ninguna representación puede arraigar. En la América de los 50, productora de imágenes que aún hoy tienen el estatuto de mitos, el encuentro con esta tierra de nadie fue para muchos la experiencia con mayor grado de realidad; también, debido al vacío cultural descrito, el motivo de una angustia falta de términos en los que explicarse o siquiera expresarse: a menudo fue el delito el síntoma de los más afectados.

El nacimiento de un dramaturgo

Las primeras piezas de Shepard lidian con este problema: el desconcierto ante el mundo de quienes sienten una fisura insalvable entre ellos mismos y la cultura en la que han nacido. Esta circunstancia puede identificarse con el abismo generacional del que tanto se habló en esa época, pero las obras no plantean enfrentamientos de padres e hijos o profesores y alumnos. Toda jerarquía es ignorada. Los jóvenes protagonistas de estas piezas parecen expresar directamente la perplejidad e inquietud del autor ante un mundo animado por continuos fenómenos sin razón aparente. A partir de esta sensación no se elaboran conceptos como alienación o mecanización, sino una serie de espectáculos que trasladarán a público y crítica el extrañamiento de los personajes. ¿Qué nos quiere decir Shepard? ¿De qué nos habla? Jacques Levy, director de escena, comentaba entonces que a Shepard no le importaba tanto decirle algo a una audiencia como hacerle algo. En efecto, la súbita irrupción de la sangre en el decorado completamente blanco de Cruz Roja o las señales de humo enviadas desde una parrilla en La Madre de Icaro son imágenes memorables de cuya contemplación se sale con una fuerte impresión. Pero a Shepard también le importa la verdad. “No sé cuántas veces escuché la pregunta”, ha declarado, “sobre de dónde vino la idea para esta o aquella pieza. Las ideas vienen de las piezas, no al revés.” Y también ha aconsejado, para entender sus obras, no buscar la clave en ninguna idea general sino permanecer apegado a lo que ocurre en escena “momento a momento” (“Stick to the moment by moment of it.”). Estas declaraciones encierran una pista sobre la ética del autor.

Hacer visible lo invisible

Cuando en 1996 se publicó Cruzando el Paraíso, que como Crónicas de Motel catorce años antes recogía diversos textos narrativos escritos por Shepard durante sus peregrinaciones automovilísticas, algunos críticos, inducidos tal vez por la figura integradora del autor asomando como personaje en varios de los relatos, hablaron de novela. Pero las narraciones de Shepard rara vez llegan siquiera a asumirse como cuentos: más bien son instantáneas de distintas situaciones a las que procuran captar en lo vivo de la manera más inmediata posible. La mayor riqueza del teatro de Shepard sobre su narrativa se debe quizás a la yuxtaposición que hace en escena de este tipo de instantáneas. Vemos sobre las tablas dos acciones divergentes y, no sabiendo bien cómo integrarlas, podemos tejer aleatoriamente significados múltiples sin que ninguno quede fijo. “Pienso que es un truco fácil resolver las cosas”, ha dicho Shepard, refiriéndose a la posibilidad de conciliar los elementos dentro de algún esquema abstracto que los explique. Semejante valoración del fragmento no disminuye la solidez de la construcción, determinante para la unidad de atmósfera necesaria en la ejecución de estos rituales. Sólo que aquí la construcción no responde a un esquema previo sino a una organización de las partes tipo collage: imágenes, palabras, acciones y sonidos van combinándose en una especie de bastidor provisto por la escena, hasta lograr una pieza que impresiona también como pieza, o sea parte, de un universo heterogéneo capaz de manifestarse bajo formas y ordenamientos muy diversos del que se nos ha presentado. El teatro que Shepard ha escrito no proviene de la tradición teatral exclusivamente, ni tampoco de la literaria: por el contrario, en sus decorados poblados muchas veces por desperdicios y restos de artefactos se ve la huella del pop art, así como el jazz le ofrece a menudo modelos de composición e improvisación. Otras fuentes señaladas por el autor son el vaudeville, los circos ambulantes, los ceremoniales de curación por la fe, las danzas en trance como las que practicaban los indios y hasta aquellos shows de medicinas típicos del Oeste, todas ellas formas escénicas que si tienen algo en común es su ausencia de tradición académica, rasgo seguramente sobrevaluado por los artistas de los años 60. Lo que importa indicar es que la elección de Shepard recae además sobre prácticas autóctonas marginales, a las que la cultura dominante no puede otorgar ni de las que puede extraer un sentido relevante.

Atrapado por el rock'n'roll

En 1967, cuando Debord publica su ensayo, hacen eclosión varios fenómenos que cambiarán abruptamente por lo menos la cara de la sociedad. Entre ellos podemos contar el movimiento hippie, la psicodelia, una moda cada vez más atrevida y la creciente liberación sexual. Es el momento aparentemente triunfal de la revuelta juvenil, cuya cara visible estaría representada por toda una serie de jóvenes figuras públicas, entre las que destacan varios exitosos artistas críticos de la sociedad capitalista y entusiastas de la experiencia vital fuera de sus límites, que parecen retroceder y en realidad se han ensanchado. El mismo Shepard es, en escala menor si lo comparamos con los Beatles o los Rolling Stones, un ejemplo: a los 25 años ya ha recibido importantes premios, Michelangelo Antonioni lo contrata para escribir Zabriskie Point y el estado subsidia una de sus piezas más aparatosas, Operación Sidewinder, donde gobierno y ejército hacen el ridículo. Como joven estrella del teatro en un período de abundancia, todas las puertas se le abren y también su mirada cambia: sus obras, protagonizadas antes por jóvenes tan ignotos como lo era él mismo, pasan a poner en escena las aventuras de seres míticos o al menos famosos: guerrilleros, bandidos del oeste, estrellas de rock y hasta extraterrestres animan las obras más abiertamente espectaculares que Shepard haya escrito, registrando a su modo la mutación social en curso. Sin embargo, en líneas generales, debemos decir que muestra mejor el síntoma de lo que hace el diagnóstico: la riqueza del planteo dramático y escénico no siempre va acompañada de una reflexión madura, y pareciera que el autor necesitara alejarse de su propia escena para ver claro.

El diente del crimen (1972)

En Londres, donde pasa la primera mitad de los 70, Shepard escribe una obra maestra en la que recoge y supera todo lo anterior: El Diente del Crimen. Como antes Melodrama, El Blues del Perro Loco, Cebo para la Bestia del Pantano y Boca de Cowboy, la pieza tendrá música de rock compuesta por el autor y ejecutada en vivo por una banda. Pero aquí la visión del artista como estrella, del creador convertido en figura, llegará a ser una metáfora capaz de iluminar tanto la experiencia de Shepard como la naturaleza de la sociedad en la que ésta se ha producido. Hoss, el protagonista, tiene todo el aspecto de una estrella de rock; por otra parte, se habla de él como de un verdadero matador. ¿Qué es, artista o criminal? No hay cómo saber cuál es su práctica específica. La escena nos presenta un mundo imaginario que comprendemos, así como la extraña jerga que hablan sus habitantes, de un modo casi visceral y apenas por referencias. De Hoss no sabemos si es músico, poeta o campeón de tiro, sino tan sólo que es el mejor. Pero él se siente amenazado por alguien que se acerca desde el exterior, alguien fuera de la ley, un “gitano”, como lo llama, que no juega según las reglas. Es Crow, quien viene a desafiarlo por la supremacía. ¿En qué? El enfrentamiento nos dará la respuesta. Se trata de un duelo de estilos, en el que cada uno de los duelistas, ante un árbitro, procurará eclipsar al otro con su modo de hablar, de caminar o de mostrarse. “Mi imagen es mi kit de supervivencia”, había dicho Hoss. “En cualquier área, el éxito depende de estar en escena”, escribió William Burroughs. Quien domine la escena será el vencedor, y éste será quien mejor logre sustituir su cara por su máscara, es decir, su propio ser por una apariencia idealmente sin reverso. Enfrentado a su doble superior, Hoss acabará matándose para dejar el trono a Crow, quien se sienta a esperar a su sucesor en esta vía del progreso. Y éste pareciera ser el destino del artista en la sociedad del espectáculo, que hace de él una figura mítica y de esta figura un alienante modelo de identificación para los seres anónimos que aspiran a una identidad. El deseo de un arte total y hasta de un más allá del arte, representado por la pura práctica estilística en la que Hoss compromete toda su persona, y que había animado tantas aspiraciones revolucionarias de los artistas de la época, lanzados a la copulación entre las distintas artes (teatro, danza, música, poesía, cine, plástica) como si a ninguna pudiera bastarle ya con ser ella misma, concluye en el entretejido multimediático de la sociedad del espectáculo, en cuya guerra de imágenes la expresión personal sólo puede sucumbir bajo el tráfico de signos. Si en 1967 el protagonista de La Turista podía acabar la pieza huyendo a través de la pared del fondo y dejando tras de sí el hueco de su silueta, como en un dibujo animado, al comienzo de Suicidio en Si Bemol, de 1976, esta silueta aparece en el suelo indicando la presencia de un cadáver, mientras que el músico que ha fingido su propia muerte para poder escapar será al fin descubierto y arrestado. Seducido, la última pieza del período, acaba con el mítico millonario Henry Hackamore volviéndose más fuerte con cada nuevo balazo que recibe y cantando “Estoy muerto para el mundo pero nunca nací”. ¿Es que nada hay que interrumpa la circulación de las imágenes?

Un clásico americano

A fines de los setenta, con La Maldición de la Clase Hambrienta y Niño Enterrado, Shepard se vuelca al realismo. Las celebridades dejan su sitio a familias ignotas de bajos recursos. Y en el puro presente del espectáculo en continuado se filtra por primera vez el rumor del pasado. El monólogo, un recurso característico de Shepard desde su primera pieza, adquiere un nuevo significado: si en obras anteriores solía ser una súbita irrupción de la interioridad del personaje y su construcción a menudo dependía de una asociación tan libre como la que organizaba la trama de la pieza, lo que surge ahora es una historia, en la que las piezas sueltas que hemos percibido van ligándose hasta hacer ver cómo han determinado el destino de los personajes. Marcados por la historia que han vivido, los protagonistas de estas nuevas obras ya no imaginan siquiera alcanzar una identidad a través de la identificación con personajes míticos o famosos; es más, ni siquiera logran a veces desempeñar un rol social. La experiencia imborrable resurge como un fragmento que no encaja, un trozo de realidad concreta imposible de subsumir en la abstracción totalizadora de una imagen pública. Shepard sigue negándose a resolver sus piezas, conduciéndolas en cambio a su punto de crisis: ya en los 90, Estados de Shock confronta a un coronel y un soldado lisiado que dice ser su hijo, mientras el coronel lo niega para afirmar que su hijo murió como héroe de guerra. Contradiciendo el hábito de las películas hollywoodenses de conflicto psicológico, el encarnizado y repetido intento de reconstrucción de lo que realmente ocurrió en esa batalla no aportará solución alguna ni catarsis: la obra termina congelando el cuadro cuando el soldado levanta un sable a espaldas del coronel como si fuera a decapitarlo. Tampoco Travis, mudo al comienzo de Paris, Texas, escapará de la incertidumbre cuando recupere la palabra y con ella su historia: reunirá a su mujer con su hijo, pero él mismo volverá a la carretera con rumbo desconocido. Y Locos de Amor, tal vez la mejor historia de Shepard, no ofrece otro destino a sus protagonistas: aquí, los amantes y medio hermanos Eddie y May disputan sin cesar hasta que narran a un tercero, en monólogos intercalados, como la madre de él mató a la madre de ella mientras ambos, adolescentes, se enamoraban uno de otro. Cuando entonces por fin se abrazan, reunidos por el recuerdo, su padre procura en vano separarlos. Pero la reconstrucción de su historia tampoco les permitirá unirse o separarse de una vez: ambos huirán de vuelta al camino, donde el conflicto que nos han mostrado seguirá latiendo. Nada se ha resuelto con el espectáculo; ni la pública aparición de estos personajes ni su reconocimiento por parte nuestra puede librarlos de los demonios de su propia y oscura identidad.

Samuel Shepard Rogers II y III