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La novela como resistencia

A prueba de interrupciones

A prueba de interrupciones

En un mercado en el que el libro pierde margen, la novela es abrumadoramente el género más vendido. Y eso que todo en ella parece contradecir los hábitos de comunicación e información contemporáneos: a una oferta simultánea de miles de medios y canales de todo el mundo, el público responde con una atomización de identidades y conductas que multiplica las divisiones virtualmente hasta el infinito, recortando y pegando mensajes y fragmentos de mensajes mediante su entrecruzamiento vía zapping o internavegación en un cut-up del que William Burroughs sólo hubiera podido ofrecer un pálido reflejo, mientras la novela, por más que intente reflejar el estallido de su público en una proliferación de tramas inconclusas dentro de un mismo libro, en el recurso a múltiples narradores no identificados o en la fragmentación del relato en capítulos cada vez más simples y más breves, vuelve siempre a poner un texto ante un lector que, para entrar en su ficción y evadirse por un rato de un mundo que lo acosa, debe antes escapar de las incansables redes que tal vez lo hayan llevado hasta esa misma puerta de salida. ¿Es la novela, ese raro entretenimiento obstinadamente ensimismado, la más propia habitación de bolsillo a la que aún puede retirarse el expulsado de su intimidad por la invasión de la compulsión a participar? Más allá de que es ésta última la que determina el verdadero éxito de una obra, ya que para alcanzarlo la misma debe antes convertirse en fenómeno social, la experiencia de Madame Bovary persiste aún como la base más extendida de los hábitos de lectura de la población. Los griegos, cuyos dioses no residían en sí mismos ni más allá del Olimpo sino unos con otros y rara vez en reposo, cuya ficción era acción como lo muestran los mitos y cuya cultura –poesía, teatro, filosofía, deporte, política- se realizaba con toda evidencia en público, pero no o no sólo como espectáculo, sino en cambio en acto y con valor de ejemplo, difícilmente hubieran aspirado a una dimensión semejante como espacio de satisfacción, plenitud o siquiera de distracción de sus agobios, y no por falta de imaginación: el exilio se contaba allí entre las peores penas y hasta la muerte era una especie de exilio entre sombras, un desvanecimiento de lo tangible y sensible. Los habitantes de la aldea global, más anónimos para sus internacionales conciudadanos y tal vez también más ignorantes de sus circunstancias inmediatas, más dados a situarse como objetos o volcados a su propio interior a pesar de amoblarlo con toda clase de imágenes circundantes, derivan a esa región sus más queridas proyecciones de sí mismos así como de ella los modelos que las alimentan y es ella, al cabo de dos o tres siglos de reformas y revoluciones, la herencia que les ha quedado de las clases superiores alcanzadas y arruinadas: el sillón de soñar, también imaginario, desde el que la novela envuelve el mundo y le pone un moño para hacer entrega al individuo de origen burgués aunque ya muy lejano de la posibilidad, siempre abierta en un paisaje cerrado, de una vida firmada.

Problemas de carpintería. Estructura cerrada de la mentira perfecta: cada elemento cubre al otro y entre todos apuntalan un conjunto que esconde a la perfección su fundamento. No deja de ser admirable, desde una perspectiva puramente técnica. Pero cabe oponerle también el carácter abierto de la ficción verdadera, en la que cada cosa se sostiene en sí misma y a sí misma prescindiendo de roles y justificaciones: de ahí la dificultad para estructurar el conjunto en tales casos y la necesidad, sólo a veces satisfecha, de un nuevo tratado de composición que se haga oír como acompañamiento de esos solos cada vez que una voz semejante toma, como por asalto, la palabra.

Esta lectora no se deja engañar

Esta lectora no se deja engañar

Pastelazos. Esos cineastas que prefieren mirar por el ojo de la cerradura en lugar de abrir la puerta, vampiros que se alimentan de la sangre derramada de otros y por otros: Haneke o Chabrol, por ejemplo. O los que escriben sin ser desbordados por su propia sangre, más orientados por la desembocadura y el cauce que a ella lleva que impulsados por su propio caudal. En casos así, el pastelazo desenmascara: la crema que cubre la cara es la que merece nuestro respeto.

Etiqueta de guerrilla. Ante el cabal representante de cualquier sociedad, un individuo lleva todas las de perder: pues aquél ya lo ha perdido y más vale retirarse a tiempo, buscar otro flanco por donde atacar. Esta guerra implícita no debe declararse y la cortesía entre los adversarios consiste en eludir, tanto como los contrincantes puedan, el enfrentamiento directo. Lo que requiere, en la vida cotidiana, por lo menos casi tanta habilidad como la esgrima.

Vía de sentido. El sentido es lo que permite atravesar las circunstancias, el camino a través de la jungla. Pero sólo existe en los pasos que damos, cuyas huellas otro puede seguir pero no sin desbrozar la selva que vuelve a cerrarse. Intermitencia del sentido, cuyo reino no es de este mundo en el que prueba su existencia atravesándolo sino que se consuma en su más allá, en el infinito que ya no se hace manifiesto por postergación alguna sino presente por su absoluta plenitud. Mientras tanto, Paradise exists, mais spezzato, tal como escribió Pound. La identificación entre sentido y paraíso es del mismo orden que la que puede hacerse entre profeta y mesías, cuyas identidades la revelación de la verdad exige no confundir pero cuya presencia remite a la misma causa. Si en el mundo, como dice Dante, la diritta via era smarrita, el sentido supone un más allá de la evidencia de los sentidos, en la medida en que se dirige a la verdad. ¿Consiste en esto su famosa suspensión, en no cerrarlo al infinito? Pero el reconocimiento de lo evidente es necesario para legitimar el más allá, prueba a falta de la cual todo argumento se vuelve charlatanería y toda teoría sofisma.

"El mar, el siempre mar, ya estaba y era" (Borges)

“El mar, el siempre mar, ya estaba y era” (Borges)

La fe de los profetas. ¿Qué es la fe de los profetas? Una certeza que contradice y contraría todas las razones de este mundo. El exceso contra natura, como el del monstruo que la naturaleza elimina por medios naturales según Dostoyevski. Pero, según Blake, el loco, persistiendo en su locura, llega a ser sabio. Urano, castrado por Cronos a pedido de Gea y a causa de su creatividad sin medida, dejó a Afrodita para dar a los hombres razón en su insensatez. Mucho se ha escrito sobre las coincidencias entre el éxtasis místico y el carnal, sobre el rendimiento físico exigido tanto por el ascetismo como por el libertinaje, pero ni siquiera si el camino hacia arriba y el camino hacia abajo son uno y el mismo está probado que el proceso por el que el Verbo se hizo Carne tenga una segura contrapartida que garantice el pasaje de la carne al verbo para quien sea que responda con su cuerpo a la Palabra, a su llamado: de ahí la audacia necesaria para abandonar lo regulado y abandonarse a la suerte, al propio destino.

Estaba escrito. Lo fatal acontece cuando el presente pierde todo poder sobre el pasado y sufre sus consecuencias hasta el agotamiento de las fuentes que han roto el dique o desbordado el canal.

Alien. El mundo es un resto. Por eso toda obra, toda civilización, tiene algo de OVNI aterrizado en el planeta por un tiempo que no será infinito aunque parezca, en retrospectiva, que se lo ha visto de lejos y que su acercamiento puede contarse por períodos de siglos. Las huellas de su paso, una vez extinta la posibilidad de comprenderlas, de seguirlas, se distinguen de los frutos de la naturaleza, que no guarda ruinas ni manuscritos en su legado, pero no conducen tampoco a otro mundo que el de las conjeturas, donde no hay suelo en el que aterrizar.

La mirada dividida

La mirada dividida

Cronomorfosis. De jóvenes soñamos con el futuro y de mayores con la juventud. Pero ni ese mañana ni el aquél pasado son reales antes o después y lo sabemos: adivinamos primero y reconocemos más tarde, aunque la única certeza que tenemos es no la de equivocarnos, sino la de la falsedad de la imagen, que aun desenmascarada no revela lo que parecía proponerse ocultar. En la adultez, en la mediana edad, la irrealidad también afecta al presente, extraño por su diferencia con cualquier expectativa que nos hubiera permitido reconocerlo y ajeno mientras indiferente el pensamiento continúa con sus cálculos. Desde cualquier punto de vista la perspectiva es engañada, porque entre el lente y el ojo la distancia es insalvable.

El reflujo. Como ideas y modelos descendieron durante largas décadas desde el estrado de la enseñanza hacia el cuerpo de los alumnos a la espera de aplicarlas y seguirlos en su práctica técnica y política, civil y comercial, ahora ascienden a toda hora, una tras otra, desde el manantial de la innovación tecnológica y la comunicación en continuado, sus encarnaciones más bajas, más burdas, más devaluadas hacia el pedestal del ejemplo vuelto espectáculo, lo que no deja de ser una elevación.

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Baricco en Barcelona

Encuentro con Alessandro Baricco

El escritor y la ciudad

Hace un par de semanas Alessandro Baricco estuvo en la Biblioteca Jaume Fuster de Barcelona presentando su último libro. Yo había leído Seda unos años atrás y me había incluido entonces por un tiempo en las más bien exiguas filas de sus detractores. Luego tuve ocasión de verlo hablando de Gadda a un grupo de jóvenes en su programa de televisión, con una capacidad de persuasión a la vez que de análisis de veras admirable. Mi opinión fue revirtiendo a su favor, así que esta vez, por segunda vez –pues ya había ido a escucharlo entretanto en alguna edición de Kosmopolis en la que hablaba de Homero, el mito y los tiempos actuales-, asistí con sumo interés a una aparición suya, repleta ésta no sólo de lectores suyos sino también de estudiantes de italiano ya que, al parecer, Baricco es un favorito de quienes cursan esta materia. Lo que él encuentra de lo más grato, algo así como una recompensa inesperada –no recuerdo si empleó exactamente estas palabras, pero usó en todo caso otras en el mismo sentido-, “igual que cuando la gente se regala una a otra Seda y después se casa”, explicó haciendo reír a estudiantes y lectores por igual, tal como realmente ha ocurrido en más de una ocasión según su comentario dio a entender.

La construcción del imaginario

La construcción del imaginario

Y a propósito de estudiantes, ya que en general éstos son jóvenes: una reflexión del escritor sobre la evolución de sus propios hábitos de lectura, cada vez menos proclives a la novela según pasan los años. La pereza creciente de entrar en un mundo personal, en el imaginario de una ficción, a menos que ésta se presente dotada de los extraordinarios rasgos propios de la verdadera obra de arte –un lenguaje singular, una visión única, un acontecimiento para el lector-, lo que es tan raro que habitualmente la novela caerá de sus manos y él se inclinará –aquí representó con su elocuencia habitual el movimiento, haciendo la mímica de abrir otro libro que esperaba a un lado- más bien por algún ensayo histórico –la guerra del Peloponeso, según su propio ejemplo- o acerca de algún otro tema que ya ocupara su interés. Recuerdo hace algunos años a una agente literaria muy leída mencionarme este creciente desinterés por la ficción que va llegando con la edad y luego haber hablado de lo mismo, en un par de ocasiones, con otras personas. Me pareció sagaz la observación de una psicóloga: cuando uno es joven debe poblar su imaginario, pero a medida que madura éste de a poco se completa y a partir de cierta edad ya lo imaginario no llama tanto la atención ni se espera tanto de su mundo. Lo mismo que va ocurriendo cuando se empieza a conocer demasiado bien un género literario: salvo en casos extraordinarios, se ve venir la sorpresa y la solución del enigma promete una decepción desde su enunciado. Salvo en casos extraordinarios, subrayamos.

La distancia de un texto

La distancia de un texto

Sin embargo, como lo imaginario no lo es todo, siempre hay posibilidades de renacer para la literatura, tanto en el lector como en el escritor. Ya que la sed del oído por una voz singular, una voz que le hable como nadie le ha hablado, que le deje escuchar lo que sin su mediación queda mudo, es insaciable y es sólo por ella que la literatura, en tanto haya escritores capaz de soportarla, es inagotable. Interrogado acerca de cómo hace un escritor para tener una voz propia, Baricco se mostró terminante: voz propia, se la tiene o no. Luego introdujo los matices y como siempre, a través de éstos, las posibilidades de salvación. Ser escritor es un oficio para pocos, dijo literalmente, pero de lo que contó acerca de la escuela  de escritura en cuya creación ha participado en su Turín natal y los métodos de aprendizaje literario utilizados allí por los alumnos es posible deducir que cualquiera podría, extraoficialmente, sacar gran partido de ciertos ejercicios. Por ejemplo, la lectura en voz alta de un texto propio, o incluso ajeno. Siempre que haya otro escuchando, como en el teatro. Son cosas que se hacen en esa escuela: contar cosas a los otros desde diferentes distancias, lo cual encuentro interesantísimo desde el punto de vista conceptual y desde el punto de vista técnico. Baricco lo explicó recurriendo a autores hoy clásicos y a su siempre expresiva, casi ejemplar gestualidad: está la voz de Céline, que como él lo mostró está siempre encima del lector, detrás de él, empujándolo, impulsándolo, o la de Kafka, que separa al lector con el gesto, remedado por el italiano, de instar a dar un paso atrás extendiendo la palma abierta hacia él, una especie de señal de stop, o la de Proust –y aquí ambas manos tomaron distancia delante de él con las palmas aún abiertas hacia fuera, como si separasen los batientes de una puerta-, que de acuerdo con el ademán situaría al escritor y su lector enfrentados o en paralelo, pero siempre cada uno a un lado de una insalvable distancia, constitutiva en sí de la lectura.

Lo que cuesta una voz

Lo que cuesta una voz

Bien. También el actor Carmelo Bene explicó alguna vez cómo un texto dicho en voz alta variaba en su configuración física de acuerdo con la distancia a la que la boca estuviera del micrófono. Lo que importa es el espacio para la modulación consciente de la propia voz que abre esta serie de ejemplos, ampliable tanto como se quiera, y el modo en que esta clase de estudios apartan a quien escriba o lea de la fatalidad de lo dado. Se puede encender el motor creativo mediante la imitación o la emulación, se puede obrar con mayor libertad si se reconocen los efectos de las prácticas específicas que suponen emplear uno u otro registro. Lo que Baricco no dijo a propósito de lo que una voz tiene de don es lo que sí dijo Truman Capote en su célebre prólogo a Música para camaleones: que junto con su don todo artista recibe un látigo con el que flagelarse. Lo más propio de una voz propia implica este lado de sombra, sordo incluso a esa educación que es tan grato recibir y brindarse mediante ejercicios y estudios por otra parte del mayor provecho. Tanto si se la tiene como si no, la voz propia en lo que tiene de más propio es algo incómodo, difícil: si falta, por el agujero que deja en la identidad de quien escribe; si está, porque está de más, es un exceso, clava sus puntas en los oídos que se le acercan y éstos tienen que hacerlo con cuidado, defenderse. La convivencia entre el portador de una voz propia y su entorno muy rara vez es fácil, y jamás naturalmente fácil. Baldas enteras de biografías lo demuestran, aunque el problema no se limite a los que escriben. Lo que lleva a hacerse una última pregunta. Dice Baricco que en la elaboración de sus obras siempre va de un extremo a otro: de la novela al ensayo, de la sencillez de Seda a la dificultad de City, de los tiempos homéricos a los tiempos actuales y así sucesivamente en cada nuevo libro, siempre escrito como una “cura” –sus propias palabras- del anterior. Considerando esta manera de transitar en zigzag, ¿podemos suponer que más allá del Baricco accesible, desenvuelto, comunicativo y claro que se presenta al público hay otro en cambio misántropo, intratable, introvertido y parco a quien sólo llegan a ver de vez en cuando quienes tropiezan con él por sorpresa? Resulta divertido imaginarlo.

Retrato de autor

Alessandro Baricco

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