La ética del desengaño

el comienzo de un camino infinito
«El desengaño camina sonriendo detrás del entusiasmo» (Madame de Staël)

Creí que era un gran concepto o al menos una gran idea, pero empecé a escribir y me dí cuenta de la obviedad solapada, pues al fin y al cabo toda ética nace del desengaño y cada una de un desengaño preciso, particular, intransferible como experiencia para el desengañado y sin cuya emergencia se queda en moral, en humilde obediencia que remite a una responsabilidad ajena y por esta vía a una instancia superior dada por buena precisamente en razón de su don de mando, hecho por oscuros predecesores que sus buenas razones habrán tenido para obrar de tal modo y desaparecer procurando no dejar rastros inequívocos de su propia conciencia. Una historia o genealogía de la ética, considerada así, caso por caso al ser necesario el acontecimiento personal y aun privado como parte de su desarrollo, tiende rápidamente a formularse como novela cuyo héroe no hace más que resistirse a toda interpretación cuya base de juicio provenga de la moral al uso, religiosa o no. Pues de acuerdo con esta lógica la ética nacería del choque de una sensibilidad con un orden cuyo peso la desequilibra, iniciando una reacción que al ser reflexiva y no refleja, es decir, ni opuesta ni mimética sino esquiva primero y oblicua después en relación con la línea de conducta que se le ha prescrito, no se traduce ni en un solo gesto ni tampoco forzosamente en una expresión inmediata, sino que al contrario se prolonga, insiste y persiste en un camino cuyo desvío del que ha traído al que lo traza a su origen, aun si no se ve su meta y la ruta proyectada sobre el plano todavía presenta intermitencias, ya en el punto de partida resulta evidente y además sin retorno para un espíritu consecuente. Pero como todos ellos vienen de una sangre, un hogar, una tierra con sus leyes de trascendencia y convivencia, conservarán viva en la conciencia despierta la huella de la tribu y sobre ese suelo levantarán su edificio, sostenido entre la voluntad de librarse de los viejos tótems y la de rescatarlos de la caída anunciada. Dentro de esta visión de la ética como crítica de la moral, la sombra de la que se ha nacido nunca se deja atrás y, por el contrario, se la tiene siempre delante como condición del discernimiento. Sin desengaño hay sólo moral y no hace falta lucidez para seguirla, cuando ha sido en cambio la primera chispa de ésta la que iluminara, aunque durante poco más de un resplandor, la caverna permitiendo imaginar una salida cuya luz exterior respondiera a tal fenómeno; pero el desengaño, sea cual sea el enigma a través del cual hace entrada en una conciencia proclive, siempre lo es en última instancia precisamente de la moral y particularmente, en literatura, de las moralejas, caídas las cuales el sentido de las fábulas estalla y recae sobre cada lector según su interpretación. En ese lapso de aturdimiento, que más tarde el emancipado evocará una y otra vez para tener siempre presente su fugaz noche del alma, la hora única a la que el dogma se le apareció de pronto como misterio, en ese momento de riesgo y temor al repetido tropiezo más que a una sola y definitiva caída, es cuando el desengañado, falto de toda ilusión o certeza, o al menos de aquella precaria y sólo hasta advertirlo suficiente que lo sostenía, decide apostar por el abismo recién abierto ante su  inteligencia y aprovechar que están vacías para conservar sus manos libres, lo mejor teniendo en cuenta el no objeto de su elección. O sea: no elige nada, es decir, elige la nada, si es que la opción a ésta es cualquier otra realidad parcial como la del territorio en el que antes se apoyaba. Sobre esa dimensión recién descubierta construye, cuya falta de suelo garantiza la infinita profundidad de los cimientos de la filosofía de vocación inconclusa que se empeña en dar a luz.

musil-milit

Investigaciones privadas

detective salvaje

This is my investigation

It’s not a public enquire

Mark Knopfler, Private investigations

El género policial, más exactamente la novela de suspenso, ha sido desde sus inicios tan popular, aun cuando considerado peyorativamente, que no sólo ha acabado por alcanzar prestigio literario sino también por constituirse en algo más que un género, sí, en un modelo absoluto. Prácticamente toda narración que se aparte de su esquema compuesto por un enigma, una  investigación y un esclarecimiento a modo de planteo, nudo y desenlace arriesga ser considerada como fallida, inconclusa, informe o extraña: ya se trate de crímenes, amores, exploraciones o búsquedas de documentos perdidos, nos remitimos al policial, a su manera de organizar el relato, como a una normalidad, la convención que al igual que una lengua nos permite entendernos. Si hay algo que contar, es que hay un problema; si hay un problema, hay una solución. Si hay una víctima, hay un culpable; si la deuda no es pagada, el equilibrio permanece amenazado. Esta idea de justicia hecha de compensaciones que regulan el descontento provee un cauce central alimentado por todos sus afluentes, en tanto aquel caudal que se desvía sin retorno ha de darse por perdido. Considerado como defecto en su exceso o extravío, candidato firme al olvido en la conciencia del lector que se aviene al rol del detective, lo que cae fuera del esquema es lo que arriesga no ser comprendido; apuntando a un sentido diverso del que atrae todas las miradas para volverse explícito en el desenlace, lo que del mundo se manifieste como irremediable o irrecuperable durante el desenredo del nudo quedará a lo sumo como señal de una vía muerta, como falso indicio, como pista abandonada en el curso de la investigación y, si se lo evoca al final, será como signo de lo perdido, como resto de la operación cuyo cociente es la verdad –policial- del caso, como margen desaconsejable que la justicia no alcanza a cubrir. La secuela del relato en cuestión o la próxima aventura del protagonista de la serie vendrían de ahí, pero ésa sería ya otra historia.

Una cuestión personal
Una cuestión personal

Sin embargo, volviendo sobre los pasos que el investigador ha debido seguir para elucidar el enigma, podemos encontrar otra historia allí mismo, sobre el mismo terreno, o al menos los elementos para una historia latente que es la que una y otra vez, en uno y otro caso, al representante de la ley le interesa reprimir por más honesto que sea. En algunos policiales, como en los de Chandler, esa historia se cuenta y tal vez a eso deba su independencia y su amargura el narrador, Marlowe; en la mayor parte de ellos los indicios de lo que excede a la justicia sirven más que nada al nihilismo habitual que se opone a una conciencia lúcida. Pero existe un tipo de relato, al que llamaremos falso policial, en el que partiendo de un crimen, invocando todas las convenciones del género, a la vez se las traiciona para echar luz no sobre el crimen evidente, es decir, aquel que responde a lo que está expresamente prohibido en el código penal y por el que el culpable será juzgado, sino sobre la oscuridad que lo envuelve y que volverá a cerrarse en cuanto el cuerpo haya sido retirado y el agresor detenido. Una de las obras más clásicas de este extraño género, que se enmascara para revelarse y a la vez denunciar su propia máscara, es El zafarrancho aquel de Via Merulana, de Carlo Emilio Gadda, novela en la que el hilo de la investigación queda tan disimulado en la trama de voces y lenguas que componen el relato que en el desenlace el investigador apenas llega a intuir, y la suya podría ser una versión entre otras si el lector no permaneciera junto a él, creyendo en su mirada y en su oído, la identidad de la victimaria al mismo tiempo que su paradójica inocencia, inseparable de su acto culpable como el saber de la tristeza del comisario Chito Ingravallo. ¿Difícil? Extremadamente. Ya que, como ese agente doble que en determinado momento no podía recordar si trabajaba para el bloque del Este o para el del Oeste (Tom Stoppard lo cuenta muy bien en su pieza The dog it was that died), el autor que juegue a dos puntas entre la convención, que le ofrece soluciones y asociados, y la verdad, que lo condena a ser él mismo, encontrará a su paso toda clase de tentaciones orientándolo hacia la calle mayor del género negro, donde un crimen bien resuelto vale como salvoconducto para circular, a las que habrá de resistirse si el hilo a cuya punta aspira a llegar no es el de la investigación que le sirve de coartada –pues no olvidemos, como él no debe olvidarlo, que el suyo es un falso policial-, sino el de la interpretación de una experiencia irreductible a un crimen al uso que busca su conclusión y jamás la encontrará si confunde su máscara con su cara. Por más que termine su novela se quedará a mitad de camino, al revés que Proust, y en lugar de la revelación que persigue deberá conformarse con el habitual y decepcionante reparto entre los límites de la justicia y la infinitud de la conciencia. Callejón sin salida, es decir, en su caso, una pista tan falsa como cualquier indicio equívoco que alejara al detective del culpable que busca.

La aventura de un fotógrafo en Londres
La aventura de un fotógrafo en Londres

En sus tesis sobre el cuento, poniendo como ejemplo los relatos de Hemingway, Piglia explica precisamente cómo un cuento siempre cuenta dos historias: una visible, que se narra explícitamente, y otra secreta, que ha de entreverse a través de la primera y que, de acuerdo con el modelo clásico, emerge al final, logrando el conocido efecto sorpresa con el que se cierran tantos cuentos pero que tan fallido resulta, como pasa con los poemas de metro y rima clásicos si éstos no se respetan del todo, cuando el ajuste entre las piezas no es perfecto o la revelación es trivial. En relatos compuestos de acuerdo con un criterio más moderno la tensión entre las dos historias no se resuelve necesariamente en el desenlace, pero lo importante de todo esto en relación con la composición de policiales es que, si en un verdadero policial basta con que la investigación ocupe el lugar del relato visible y la verdad sobre el crimen el de la historia secreta para que cada pieza encuentre su lugar, en uno falso este orden claro amenaza con expulsar precisamente aquel enigma que no se resuelve con la resolución del crimen y dejarlo así sin respuesta, como si no existiera, lo que puede ser muy conveniente para una versión oficial de la realidad pero resulta de lo más desaconsejable para la investigación literaria que no tiene en verdad otro objeto. Éste es el riesgo del planning, o de cualquier aproximación demasiado pragmática a este tipo de argumentos, cuya materia se resiste a la organización racional, pero no lo bastante penetrante, de la ficción: se establecerá una escaleta, una relación creciente y justificada de causas y consecuencias, pero tanto el relato visible como el invisible pertenecerán a un mismo orden de cosas, el pragmático, en efecto, y de esta manera, si bien el detective resolverá su caso, no le ocurrirá lo mismo al autor. Lo que no es un problema para la producción de novelas, que por eso justamente aconsejará con toda naturalidad la adscripción a un género que tan bien funciona como lengua y razón comunes. Pero el escritor al que su tema le ha caído encima como un problema personal, que debe resolver en sus propios términos por más que haya recurrido a un género para disponer de un marco de referencia dentro del que operar, no hallará satisfacción dentro de este esquema, o hallará tanta como el justiciero al ver escapar a los responsables de la organización criminal que combate mientras dejan atrás a sus peones para pagar los platos rotos. Es en este sentido, por ejemplo, que Blow up, la película de Antonioni, supera a Las babas del diablo, el cuento de Cortázar que le dio origen y puso en marcha el proyecto: en el cuento, el fotógrafo tropieza con una realidad que se le impone sin responderle; a partir de este planteo, en la película el fotógrafo obtiene una respuesta del silencio que le permite sonreírse, lo que ya es una conquista frente a la desconcertada desesperación, justificada por otra parte, del descubridor de la historia secreta en el primer relato. Es deseable, al poner punto a una historia, que algo se haya ganado respecto al inicio; no por fe en el progreso ni voluntad de victoria, sino como exigencia hacia sí mismo y en relación a la verdad. Si un escritor recurre a un género para trascenderlo, lo que no puede esperar es que el género responda por él a lo que el género mismo no plantea: como el policía que entrega su placa y su pistola a su superior para irse a investigar por cuenta propia, insatisfecho con los procedimientos del cuerpo, tendrá que ir más allá de las reglas que lo han guiado en un principio. Podemos decirlo parafraseando a Freud: donde el género era, el autor debe advenir.

huella

Del folletín al thriller

Hierba mala nunca muere

Del melodrama al cinismo.

Del continuado al tiempo real.

Del misterio al secreto, de la fe a las pruebas.

De la lentitud del suspenso al vértigo de la acción.

Del crédito al contado, de la ilusión a la alucinación.

De la inflación retórica a la paranoia informativa.

Del justiciero enmascarado al asesino serial.

De la revolución inminente al capitalismo explosivo.

De la monarquía decapitada a la democracia acéfala.

De la obsesión del reconocimiento al consumo compulsivo.

De la potencia al acto, de la impostura al fraude.

De la novela popular a la novela comercial.

¿Y ahora quién podrá ayudarme?

Pues, parafraseando a Kafka, ¡cómo ha cambiado la vida sin haber cambiado en el fondo! ¡Y qué distinto es su reflejo! ¡Qué diferentes aquellos locos aventureros de estos investigadores científicos, aquellas armas de guerra o duelo de estos gadgets de infinitas prestaciones, aquellas damas desvalidas de estas heroínas colmadas de recursos! Y a la vez, ¡qué parecido es todo! ¡Cuán reconocibles los planteos, las situaciones, los conflictos, los personajes y todas sus relaciones! ¡Qué prefabricados hasta los más retorcidos nudos de la trama, qué falto de sorpresa aun el más imprevisible desenlace!

Podríamos retroceder hasta Andrómeda y Perseo, San Jorge y el dragón, las novelas de caballería que enloquecieron a Don Quijote o los relatos anónimos que con mayor razón, al abrigo de la falta de firma, no tenían por qué aspirar a originalidad o distinción alguna y podían ser producidos tranquilamente en la oscuridad y de memoria por el plagio o la imitación; después de todo, no toda tradición es grande. Pero nos quedaremos en el último par de siglos, de manera de poder remontarnos hasta un ancestro identificable: el folletín, bisabuelo del thriller, al que tomaremos como fundador, aunque como todos los fundadores sea también un heredero o expoliador, de esta dinastía que tal vez tenga en la novela negra su eslabón perdido.

Un héroe de nuestro tiempo

Sin embargo, evitaremos la genealogía. Demasiado larga y abierta a digresiones, detalles que nos apartarían de lo que es nuestro propósito en esta nota: señalar, del modo más concentrado posible, el quiebre en la sucesión, lo que distingue al folletín del thriller o, mejor, lo que separa al thriller del folletín, marcados ya su raíz común y los elementos que comparten. Pero bastará una sinopsis: como tal separación se ha producido en el tiempo, su desarrollo es una historia; siendo así, tiene planteo, nudo y desenlace. No deja de ser curioso que se hable de nudo para referirse a la parte menos apretada y más extendida de los relatos.

Establecimos al comienzo una serie de pasajes entre dos polos. Glosemos ahora los principios que los definen. Situémoslos históricamente. A pesar de los siglos transcurridos, de las circunstancias multiplicadas, del tiempo que estas cosas se han tomado para suceder, el movimiento a describir no es tan largo: se trata del pasaje del crédito al contado, con la particularidad de que en este caso el crédito ha prescrito sin que la deuda fuera cubierta, sin que toda la sangre derramada ni el esfuerzo intelectual producido pudieran convertirse en el capital necesario para saldar la cuenta, pero también sin que ésta tuviera manera de recuperar lo invertido. Los recursos para sobrevivir han tenido que venir de otra parte, pero esta fuente cae fuera de nuestro campo y tendremos que arreglárnoslas sin ella; podríamos repetir aquello tan repetido de que todo ocurre en la historia primero como tragedia y después como farsa pero, considerando que el folletín surgió de una restauración, parece que habrá que encontrar otros argumentos.

El matrimonio del cielo y el infierno

Aunque la situación argumental básica es la misma. Se trata, tanto en el folletín como en el thriller, de la conspiración. En el folletín, típicamente, de la trama en torno a una heredera cuya inocencia llega al extremo de no reconocerse como tal hasta que el héroe forzado a operar fuera o más allá de la ley logra restituirle no sólo el pleno derecho a la fortuna de la que sus enemigos procuran privarla por la calumnia, el robo, el secuestro, el chantaje, la malversación o llegado el caso el asesinato, entre otras amenazas, sino también su identidad, o sea la posición social que le corresponde en el espacio donde se distribuyen y usufructúan los nombres. En el thriller, tópicamente, de una intriga internacional en la que la sociedad entera ocupa el lugar de la heroína y la pareja protagonista colabora de manera equilibrada, en sociedad a su vez, para librar a la especie cuya célula básica interpreta de la peste programada por aquellos que prefieren proponerse como virus. No es que un planteo sea menos paranoico, estereotipado y pertinaz que el otro pero, además de las consecuencias que cada lector puede extraer de la extrapolación que representa el segundo respecto al primero, cabe señalar un rasgo notable que los distingue, mucho más extrínseco que intrínseco al no ser una variación debida a la matriz imaginativa de ninguno de los dos, sino un solo y mismo aspecto considerado a la luz de un entorno histórico cambiante. La sinopsis anunciada es la de esa historia paralela a la ficción.

Los misterios de París

Como todo el mundo sabe, el folletín surge en Francia durante la monarquía de Luis Felipe, cuyo antecedente inmediato y revelador es el período llamado de la restauración, dramáticamente revelado en lo esencial por Stendhal en su novela Rojo y negro. El gran novelista de la “monarquía de julio” será Balzac, a quien siempre se puede recurrir para saber lo que en el fondo sucedía por entonces, lo que no quiere decir que no abundaran los elementos folletinescos en sus obras: Ferragus, jefe de los Devoradores, por ejemplo, que abre una trilogía, se centra en una conspiración, justamente, aunque también podría leerse toda la Comedia Humana como una serie de conspiraciones cuyo objetivo es saquear al prójimo por vías legales. En este sentido, Balzac ilustraría el reverso del folletín: detrás del delirio colectivo acerca de villanos, heroínas, crímenes y tesoros escondidos, las transacciones y movimientos económicos masivos que en ese momento de transformación social brutal día a día determinaban destinos y posiciones bajo la impotente mirada de condena que podía dirigírseles desde el trono o el altar postergados. Pero en todo caso vemos cómo el primer modelo conspirativo se daba en una situación marcada por al menos dos revoluciones que presagiaban todavía otras, con sus promesas de liberación y cambio de suerte basadas sin embargo menos en la igualdad y la fraternidad que en la ilusión traída por el reconocimiento del derecho común a un destino singular y por eso protagónico. Cualquiera podía, según tales argumentos, reconocerse de la noche a la mañana legítimo heredero de una corona tan alta como la de cualquier cabeza cortada, sin por eso tener que perder la suya o permitiéndose incluso perderla durante la lectura. Así se forjó más de una conciencia.

El tren de la historia

También es sabido lo que en teoría pensaban las masas revolucionarias del individuo burgués, cabeza de turco a cercenar en nombre de la higiene popular durante la toma del poder por el proletariado en el siglo veinte, y cómo esas masas gigantescas laboriosamente sindicadas se disgregaron en los individuos desclasados que hoy procuran emerger de la errante multitud desocupada pero no liberada de sus cargas que puebla nuestras ciudades. ¡Uf! Larga frase para resumir muy largas décadas, durante las cuales mucho se ha alzado y caído pero el modelo narrativo instaurado por la literatura popular del siglo veinte no ha hecho más que extenderse a todas las áreas de la ficción, irresistible hasta para las tecnologías que ni Julio Verne se atrevió a soñar. Y aun para las antiguas vanguardias, que después de tanto reivindicar o subvertir la cultura popular se vieron devoradas o apartadas por ella según su utilidad para el espectáculo en continuado contemporáneo, mejor dicho quizás para la industria internacional del entretenimiento encargada de distraer nuestros ocios y mantener dentro de la circulación organizada los pensamientos que tienden a extraviarse. Nada como una buena conspiración para redirigir todas las atenciones hacia el centro, desde donde, apiñadas, acechar ansiosas el impenetrable entorno a la espera de la próxima revelación.

«¡Juntos, frente al sollozo!» (Neruda)

¿O no tan ansiosas? Quizás tan sólo excitadas. Y quizás, a falta de expectativa, por alguna otra clase de estímulo más insistente y aun trivial, como corresponde a la cultura del entretenimiento vigente, donde no son el saber ni la verdad las promesas a cumplir. Porque éste es el punto en el que el modelo conspirativo de nuestros días difiere del que emplearon Dumas y Sue: el de un encuentro que en estos tiempos no mesiánicos tampoco habrá de producirse, ni en su variante religiosa ni en la política, ni como renacer ni como revuelta, ya que de acuerdo con la percepción actual del tiempo nadie ha de volver del pasado ni venir del futuro. Y de este modo, por más que al virus de la conspiración se oponga el antídoto del orden que la pareja estelar siempre logra acabar administrándole a la sociedad que defiende, la cura no conduce a transformación o renacimiento alguno, que ciertamente nadie espera, sino a una continuidad, la supervivencia, tanto si es un niño como el mundo entero lo que es salvado. Las más recientes fantasías apocalípticas del cine y la literatura ilustran también esta percepción: no el estallido del mundo, sino la ausencia de todo futuro o más bien la infinita continuidad del presente ocupando ese vacío. Los avances tecnológicos, muy al contrario que en tiempos de Verne, ya no parecen provenir del futuro sino en cambio sumarse como una serie de probabilidades cumplidas a las que sólo les faltaba tiempo para manifestarse, como un objeto puede requerir espacio. Las proyecciones, estimados y presupuestos no son de la misma naturaleza que la profecía. Tal vez el thriller, bisnieto del folletín, nos parece estéril por idénticas causas a las que estropean nuestro imaginario del porvenir. Pero esa entropía es la que habita ahora el conjunto de la cultura popular, expansiva, invasiva y sin embargo, hasta donde se ve, privada de descendencia. Nueva tierra baldía. Del folletín al thriller hay una historia, pero la historia del thriller, desde hace más de un par de décadas, al igual que la canción sigue siendo la misma por más que suene cada vez más fuerte. En el folletín solía tratarse de hijos: extraviados, recuperados, desaparecidos, reaparecidos, sustituidos, falsificados, escondidos, enmascarados y descubiertos. En el thriller se trata de clones: cada thriller es el clon de otro y no responde a una madre, sino a una matriz, y es por esto que ninguno puede trascender la muerte implícita en su propio desenlace.

Has recorrido un largo camino, muchacha

Un paseo por las librerías

«Todos los pensamientos que tienen valor aparecen caminando» (Nietzsche)

Mesa de saldos. Toda actualidad quiere oírse sólo a sí misma y ejerce la censura sobre todos los otros tiempos, acerca de los cuales emite sin descanso, aprovechando el efímero privilegio de los vivos sobre los muertos, su Juicio Parcial pero inapelable hasta que el Tiempo se lleve al tribunal y sus fallos prescriban. Todo lo cual refuerza, en todos los desplazados, la nostalgia por lo perdido a la vez que intensifica su sentimiento de mortalidad. Los que están en el candelero mientras tanto se consumen, pero lentamente; lo contrario de lo que denuncian los críticos del consumo. De este librito amarillento las hojas aún no han sido cortadas: ha sobrevivido a muchas décadas de ilusiones y aquí se ofrece aún, perfectamente extemporáneo. El autor no ha muerto todavía. ¿Qué será de él?

Ficción de género. Casi todo lo que se escribe es retórica, en el peor sentido de la palabra y sobre todo en el campo de la narrativa, donde una y otra vez personajes, situaciones y anécdotas no hacen más que ilustrar las mismas ideas generales y abstractas que les permiten hacerse entender al ser ya conocidas por todos. Esto se llama justamente entretenimiento, y el pasatiempo es necesario cuando no pasa nada. Parecería ser pura acción pero en realidad, contrariamente a lo que pretenden los humildes escritores que dicen sólo querer narrar una historia –repito como ellos sus palabras-, es decir, utilizar el lenguaje en función de esa historia, es la historia misma la que es utilizada por ese lenguaje que de tan funcional parece prestarse a todo uso en tanto son sus usuarios los utilizados por él para circular; y si aquellos que lo ponen por escrito, felices como suelen confesarse de dejarse llevar por las palabras que les brotan o por los propios personajes, no lo sienten así, es debido a su condición más de intérpretes que de autores, que los capacita inmejorablemente para mediar entre el público y sus principios. Como se trata de un continuado, es difícil imaginar que esto pueda tener un fin; a lo sumo, se interrumpe y recomienza, pues las variaciones argumentales de una tradición en boga, aunque parezcan infinitas, no pueden sino ser conservadoras e ilustrar cada vez de un modo u otro el conocido slogan del Gatopardo (Lampedusa). Casi todo lo que se escribe es retórica y como lo demuestran sin proponérselo casi todos los ejemplares impresos la novela es la retórica de la imaginación.

«Sólo el sadismo puede servir de fundamento a la estética del melodrama» (Proust)

Rosa y negro. “Con los buenos sentimientos se hace la peor literatura.” Con los malos también y nuestra época es la prueba: historias de psicópatas, vengadores y toda clase de inescrupulosos mayores y menores, con su clima siniestro de bolsillo, componen juntas el rumor del sordo cosquilleo identificado con la fascinación del lector. Aunque quizás siempre fue así y el concepto puede extenderse a la totalidad del arte. Después de todo, qué son los buenos sentimientos consagrados sino una máscara para los malos o su inversión, “el falso bien que es el verdadero mal”, como ya podía leerse en cualquier novela de Sue o Pitigrilli cuando, alternando los detalles precisos con altisonantes manifestaciones de horror y de condena, estos autores y otros como ellos nos referían lo que el irredimible villano le hacía o se disponía golosamente a hacerle a la virginal heroína. Sin embargo, así como exhibir la virtud con grandes gestos de indignación puede encubrir un regodeo pecaminoso, también las poses y actitudes agresivas son buenas a la hora de tapar debilidades. Nuestra época, que se jacta de haber sustituido una censura por otra –ahora se muestra el acto sexual, pero se corta el cigarrillo de después-, como todas las anteriores muestra a su modo los dos recursos y es difícil leer o ver algo que no caiga bajo una de ambas claves: el sentimentalismo almibarado del bien, con sus novias y enamorados, o la estereotipada dureza del mal, con sus putas y delincuentes. El duro denuncia la falsedad del suave y éste vela la brutalidad del duro; cuando se encuentran, drama de amor y odio en el que el duro tiene ocasión de descubrir su corazón antes de que el suave muestre los dientes y le demuestre que con la vida no se juega. Por algo el estereotipo definitivo es el de la lucha del bien contra el mal, favorito especialmente entre los consumidores del género fantástico. Allí sí que se ve bien la identidad de los contrarios, empezando por el padre de Luke Skywalker: cuando por fin revela quién es, toda la platea acompaña al bueno del hijo en su pánico aunque fugaz, pero definitivo, sentimiento de escándalo. Así también los malos sentimientos son los buenos desenmascarados, es decir, privados de su máscara de bondad. O al revés, como le pasa a Darth Vader. Los Verdurín serán los Guermantes y éstos han sido los Verdurin, ahora, desde siempre y para siempre. Lo particular de una época impúdica, sin embargo, es que los malos sentimientos se expresan libremente, es decir, sin arte alguno: sin forma ni máscara ni regla del juego. Ahí tenemos esas confesiones que son ajustes de cuentas, esos reclamos a la dicha ajena, esas casi desnudas fantasías compensatorias. Ahí no, aquí: en la librería. O en Internet, multiplicadas al infinito al ser gratuitas.

«Somos todos prisioneros en nuestra propia piel» (Genet)

Convención literaria. En la ficción concebida como respuesta a una demanda cuando es de hecho una demanda que espera ser satisfecha, la intensidad de las situaciones, expresiones e intercambios depende del estereotipo. Así, en el prólogo o en la contratapa, el autor o el editor no se eximen de declarar verdadera una serie de estereotipos recurriendo al lugar común de que los tópicos siempre encierran “una parte de verdad” (la encerrarían toda, si pudieran). Habiendo pagado así su tributo, la mala fe se precipita a cobrar mediante la ilusión de encarnar todas las imágenes declinadas del estereotipo en cuestión: ideas recibidas, historias plagiadas y una incansable galería de reconocibles tipos humanos desfilan, se enlazan y circulan bajo el ubicuo paraguas del cruce de géneros, el homenaje al maestro o el guiño al lector. O el homenaje al lector y el guiño al maestro. Así se alcanza la plenitud de un rol colmado: como en El balcón de Genet, donde cada cliente se cumple ejerciendo un poder ideal encarnado en una u otra figura de autoridad consagrada. Lo que asegura el estereotipo es una máscara reconocida por todos de antemano que permite esa intensidad de lo que puede extralimitarse más allá de toda duda; sobre todo, de toda duda razonable: la luz coloreada a gusto irradiando desde la cámara oscura de la mente hacia un público imaginario, que el real estará encantado de representar siempre y cuando se respeten sus gustos y se ofrezca un asiento a su impostura.

Fantasía y ficción. Acepto la literatura fantástica mientras no intente maravillarme. Ni Jeckyll ni Hyde lo intentan, por ejemplo. Pero en la mayoría de los casos la fantasía es a la ficción lo que el proselitismo a la épica. Desde su puesto de artillero en lo alto de una colina napoleónica, sin ir más lejos, contemplando admirado el espectáculo de la batalla, a sus espaldas y a pesar de la música de los cañones, Henri Beyle oyó decir: “Éste es un duelo de titanes”. Inmediatamente, como él mismo lo cuenta casi con estas mismas palabras, la sensación de grandeza lo abandonó para todo el resto de la jornada. Sin embargo, es justamente a ese duelo al que las “pequeñas gentes”, como se acostumbraba decir en tiempos aristocráticos, se empeñan en asistir y, sin el anuncio que lo ajusta a su propio tamaño, más que probablemente no lo reconocerían, así como tampoco a sí mismos en la antigua expresión que hemos empleado. De hecho jamás lo reconocen, al menos como espectáculo: se impone, durante el exceso en que consiste, la salvaguarda de los propios bienes. ¿Y qué es un espectáculo sino la exhibición de los ajenos? Eso debe ser anunciado, sean puestos en venta o no, pueda pagar el público su precio o no, y sobre todo si tan sólo ha de pagar por la contemplación. No debe sorprender entonces que la inflación sea galopante. Si el barroco, como se ha dicho, es el género que linda con su propia parodia, ¿qué género no contiene su propia parodia involuntaria?

«Clásico es el escritor que lleva un crítico dentro de sí» (Baudelaire)

George Eliot contra las preciosas ridículas. Novedad editorial: ya en el siglo 19 había quien se burlara de la literatura más leída entonces y ahora, como lo prueba esta tardía publicación de Las novelas tontas de ciertas damas novelistas, de George Eliot, por Impedimenta, a quien debemos agradecer tal puesta al día del catálogo eliotiano en lengua castellana. Con toda la sensatez de la mujer moderna que ocupa un sitio no sólo en su casa sino también entre las fuerzas productivas, la autora inglesa se revuelve contra la vanidad de los salones en los que unas señoras ociosas pretenden ser tan novelistas como ella y les hace sentir el azote de la crítica, de una manera tan certera que no es difícil identificar de inmediato la mala literatura actual con la de entonces, tan parecidas en el fondo. Sin embargo, cabe señalar la persistente fidelidad de tantos lectores a esos autores y la de éstos a las convenciones de los géneros que representan y practican, indiferente a toda crítica o ejercicio de la razón protestante, burguesa, progresista, feminista o la que a su turno se haga oír y sume sus folios a tantos comentarios desestimados por los compradores de libros. Y recordar el tono con que el padre de las preciosas ridículas lanzaba su maldición al final de la pieza, convencido de que tiene que habérselas con una fatalidad que bajo una u otra forma siempre volverá a hacer nido en las cabezas de la hidra impermeable a la educación: Y vosotros que sois causa de su locura, necias pamplinas, perniciosos entretenimientos de espíritus ociosos, novelas, versos, canciones, sonetos y sonetas, ¡ojalá el diablo se os lleve a todos! ¿Pero no es el diablo el que los trae de vuelta?

«La lima se gastó; ya no la usamos» (Leopardi)

El estante más alto. Leopardi: el poema se eleva formalmente en proporción a la profundidad de la caída que representa. Quien atento al contenido del discurso no pueda oír el discurso mismo, o el contenido del contenido, que está en la forma, se quedará con el abismo y sin la escala: más le hubiera valido no emprender esta lectura. Sin sentido estético, muerte sin resurrección. Aunque la respuesta normal a la poesía es el desconcierto.

Rentrée. Se es actual o no se lo es. A quien no lo sea, inactual como se define Nietzsche en sus incursiones, la producción artística y cultural contemporánea en general, promocionada en continuado por el personal permanentemente actualizado que vive de eso en uno u otro sentido, le parecerá ser al gran arte o al pensamiento lo que el prêt-à-porter a la haute couture: por bien escrita que esté una crónica o realizada una serie de TV, no se elevan a tanto. Pues hay que captar las cosas en lo que tienen de fugitivo, pero esa captura ha de aspirar –como la alegría en la canción de Zaratustra- a ser eterna, aun si vive, y por eso, amenazada por la mortalidad. Las formas pragmáticas y prefabricadas de la producción en serie, incluido todo aquello que pueda formar parte de lo “mediático”, avenidas al orden que las provee, son, como éste, fugitivas: un síntoma de los tiempos que corren. Y, en la mayoría de los casos, síntoma sin medicina, porque justamente hoy casi todo refleja la época y casi nada la critica; inmerso en la corriente de su tiempo, lo que se lleva no queda. Pero ha quedado abierta, entre el arte popular y el arte a secas, una brecha histórica más allá de la cual el menguante público del gran arte ha devenido a pesar suyo una élite, y muy a su pesar. ¿Qué solos vamos a estar, pero qué bien, como decían los postistas en la época de Franco? Se trata en todo caso, paradójicamente, de una posición tan difícil de sostener como inexpugnable en la medida en que ahora la vía del progreso le pasa por al lado. Allí abajo, desbordando el lecho seco del río, pasa el desfile vociferante de los últimos modelos arrastrando oídos y miradas, dejando atrás una y otra vez la torre de marfil en su circulación permanente. Pero es el sujeto el que da sentido al mundo y no al revés. Inédito, tanto como urge tomar notas no es necesario apresurarse a publicar.

Peripatética de la lectura

La novela a estas alturas

El peso de la prosa

Equipaje. La mayoría de las novelas son pesadas por la cantidad de pormenores que refieren y livianas por la calidad del tratamiento que les dan.

Siempre pasan demasiadas cosas. La clásica unidad de la novela, a estas alturas, la vuelve previsible. Leído un tercio o la mitad del libro, su sentido ya se ha agotado y aunque sigan pasando cosas la novela en sí ya ha concluido. “Siempre pasan demasiadas cosas”, se quejaba un personaje de Faulkner cuyo ampuloso discurso se veía desbordado por los acontecimientos de la vida. Pero en la mayoría de las novelas, como todo lo que ocurre alude a algo que uno ya ha comprendido en la primera mitad del libro, la segunda mitad, así como la eventual resolución del conflicto o enigma planteado, es anecdótica. Poco importa quién sea el asesino: la verdad entonces revelada no tiene un peso comparable al de las páginas que el lector ha tenido que tragarse para descubrirla o comprobarla. Así, podemos decir que siempre, o casi, lo esencial de cada libro está en el planteo, pero una vez identificada la mitología o tradición de que la obra se nutre poco queda por leer. O demasiado, en relación con lo que efectivamente puede quedar por entender. La ficción “bárbara”, con sus templarios, vampiros, espías y herederas, refractaria a la cultura de la que sin embargo se alimenta y prefiere desconocer, no alivia el problema sino que lo constata y agrava. Pues no es que no haya más bárbaros, según se temía Cavafis, sino que los bárbaros son precisamente éstos, a quienes justamente la clásica unidad les permite meterse la novela en el bolsillo sin que se les caiga un solo capítulo. Ya saqueada la biblioteca, los escitas están entre nosotros.

Crédito y contado. Las soluciones decepcionantes de planteos interesantes provienen de las premisas implícitas en éstos. Al final, en el desenlace, cuando las premisas se vuelven justamente explícitas resulta que son las ideas de siempre y lo que se había abierto entonces ya se angosta, el conjunto no puede esconder ya sus verdaderas dimensiones, menores de las que aspiraba a tener mediante el recurso de hacer creer que las tenía. Y así es cómo la ficción que no desborda sus condiciones alcanza el porvenir de cualquier otra ilusión.

«…vi los mejores cerebros de mi generación…»

El escritor como vedette. Y en especial el novelista. Ningún otro lugar le estaba reservado y ni siquiera ése, que se ha hecho especialmente para él durante los últimos siglos de crecimiento mediático pero piramidal. Ahora, dispuesto el mundo en red, las venas azules se le marcan en las piernas y la escalera por la que solía descender majestuosamente con todas sus plumas parece tambalearse. Así una estrella, al iniciarse su extinción y disminuir su propio brillo, recupera la vista cegada por el deslumbramiento de su situación y al mirar a su alrededor advierte a qué constelación está clavada, o más bien la existencia de ésta y su posición en ella. Pero por más que tironee no le quedan, en el lento debilitarse de su calor y su luz, más fuerzas que las inútiles de la inercia para librarse de la órbita que se la lleva arrastrándola como un cometa a su cola.

La curva de la ficción. O el rodeo que hay que dar para tratar las cosas de manera novelesca, evocativa, aunque lo evocado sea tan imaginario como cualquier relato, según escribió Carmelo Bene, en el momento de oírlo. ¿Es esto lo contrario de la “expresión directa”, como la llama Beckett, empleada en su arte por Joyce o por Godard? ¿En qué consiste? ¿En explicitar a qué se hace ilusión en lugar de limitarse a aludir para dar paso a otra cosa, promover en el que lee un pensamiento que al buscar una explicación para esa ausencia llenará el hueco de lo inexplicado? Y el rodeo, la digresión, ¿cómo se combina con esta estocada? ¿Es lo que hacen Proust o Musil o es justo lo contrario? ¿Es tal vez esta curva el camino de circunvalación de un territorio ficticio, necesario para circunscribirlo y hacerlo existir de una manera, más que verosímil, tangible, cosa quizás aún más importante para el lector naturalista, esto es, la mayoría de los lectores, que la verosimilitud o la verdad? ¿Es posible matarse al tomar esa curva?

Para una estética del desengaño. La novela es un proceso de enmascaramiento. Sólo así lo que se agita atrás deviene reconocible. Pero al final no siempre es desenmascarado. Ese espacio sin o por recorrer es la distancia entre la ficción y el arte, pero haría falta una ética del desengaño para volver imperativo el fin del viaje.

Airbag. Las curvas exigen disminuir la velocidad, pero la expresión directa es una aceleración. Y ninguna aceleración en el vacío puede durar mucho tiempo. ¿Cuánto habrá de esperar la lengua cada vez para que los hechos de la historia ya comprendida al fin la alcancen con la suya afuera?

«La realidad es lo que queda cuando dejas de creer en ella» (Philip K. Dick)

Una escena de Godard

De parte de las cosas

Jean-Luc Godard nunca rodó esta escena, que ocurrió en París, donde nació, durante su infancia cuando aún, como hoy, vivía en Suiza.

Comedia a la irlandesa

Un hombre joven oficia de secretario para otro mayor que le dicta lo que aún habrá de corregir una y mil veces. Los dos han llegado hasta esa habitación desde su no tan lejana Irlanda, donde nacieron con veinticuatro años y unos pocos meses de diferencia, siguiendo erráticos caminos comparables más que nada a sus propios pasos alcoholizados en la repetida noche parisina. Pero ahora, sobrios, trabajan. Alguien llama a la puerta. “Pase”, responde el hombre mayor, mientras el otro no levanta la vista del texto. Alguien pasa y entrega un sobre o deja algún objeto sobre alguno de los muebles a los que ninguno de los dos colaboradores presta atención y vuelve a salir. Puede ser la mujer o la hija o el hijo del dueño de casa, que de tantas casas y ciudades ha sido desalojado en su vida; en todo caso esta persona es muy discreta, no pronuncia una palabra y al cerrar la puerta lo hace con un sigilo que diríamos consciente o quizás tan sólo resignado a la importancia de la operación que no debe interrumpir. El hombre mayor sigue dictando, pone un punto y pide al joven que le lea lo que ha escrito por su mano. El mismo texto vuelve a oírse en el aire atento y terso de la habitación, ahora dicho por el fruto extraviado de una educación protestante como antes, de acuerdo con el orden histórico y genealógico, fue pronunciado por el hijo descarriado de la iglesia católica. Éste, casi ciego y por eso necesitado de escribas, no escucha al otro ni a sí mismo sino a eso que circula entre los dos, en “el espacio entre las cosas” del que hablará en sus películas el cineasta aún ausente. Y un elemento extraño le llama la atención, algo ajeno que otra vez se ha colado en su discurso, el discurso del que procura expropiarse. “¿Qué es ese “Pase”?”, pregunta, aislando por un momento el cuerpo infiltrado como quien saca un pez del agua para examinarlo. “Usted lo dijo”, responde el secretario, que nunca trabajó bajo ese título aunque la chismografía literaria se haya complacido en concedérselo con los años. ¿Recuerda el irlandés que empieza a hacerse viejo el llamado a la puerta y su respuesta de hace unos minutos? No dice nada, pide al hombre que tiene la misma edad que sus hijos que le relea el fragmento, piensa un instante y decide: “Tiene razón, déjelo”. Corten.

El artista como secretario

Así trabajaba Joyce, así no trabaja casi nadie. Tal vez ni siquiera Beckett, el fiel escriba de la anécdota, o por lo menos tampoco él hasta ese punto. Esto ocurría en los años 30, durante la producción de la hoy todavía ilegible para casi todos Finnegans Wake, novela a la que Beckett, joven airado por entonces, se refería en los siguientes términos: Aquí tenéis páginas y más páginas de expresión directa. Si no las entendéis, señoras y señoras, es porque sois demasiado decadentes para recibirlas. No estáis satisfechos a menos que la forma esté tan separada del contenido que podáis comprender aquella casi sin molestaros en leer éste. Y concluía señalando lo que admiraba especialmente en Joyce: Su escritura no es acerca de algo; es eso mismo en sí. Lo que es posible comprobar leyendo Ulises o el Retrato: cuando Joyce llama al perro, el perro viene, está ahí. Beckett lo ha dicho bien al hablar de expresión directa. ¿A qué se debe entonces la ya mítica dificultad de lectura, para los lectores que adivinamos detrás de los decadentes señores y señoras a quienes se dirige el ocasional secretario, de un escritor semejante?

«¡Alguien falta aquí y es Simonot!»

Decadencia: la sola palabra supone una relación con el tiempo y una actitud hacia el mundo. La narrativa habitualmente restituye, mediante el uso de los pretéritos imperfecto e indefinido, algo perdido que de antemano se ignora lo que pueda ser pero a lo que el lector, al abrir el libro, ya le ha hecho el hueco. En el cine ocurre lo mismo y es normal: se da cita a un público, se lo deja a la espera hasta que sienta que algo falta, se instala algún objeto en ese vacío y se lo vuelve a perder poco antes del desenlace dejándolo suspendido en ese espacio virtual que es el pasado en conserva, desde donde queda sobrentendido que, perdido para siempre, se lo podrá recuperar cada vez, al menos en efigie. Di Caprio hundiéndose con el Titanic, para entendernos rápidamente. Violines y suspiros. Mirada al más allá, maquillaje del tiempo. Había una vez.

La historia como pesadilla

¿Pero es necesario este rodeo para entendernos? Pues pareciera que sí, que así es, que es el espacio definido por este rodeo el lugar donde las voces que hablan “acerca de algo” desplazan a “eso mismo en sí” y alcanzan a expensas de esa exclusión una especie de armonía, de acuerdo, de consenso. Si, como declaró Artaud, “la sociedad reposa sobre un crimen cometido en común”, tal como dijo Voltaire “la historia es una mentira sobre la que en general estamos de acuerdo”. Joyce, en cambio, por boca de su alter ego Stephen Dedalus, dice: “La historia es una pesadilla de la que quiero despertar.” No anda lejos del ángel de la historia tal como lo veía Walter Benjamin, arrastrado por un huracán hacia el futuro mientras veía, mirando hacia atrás, todo el pasado de la humanidad como una inagotable acumulación de ruinas. ¿Pero cómo interrumpía Joyce su pesadilla, si es que podía, y creemos que sí? ¿Cuáles eran sus accesos de lucidez? Estos, en un comienzo, se presentaron como esos cuerpos extraños que afortunadamente el joven Jim no dejó de registrar: las famosas epifanías de las que luego más de una vez se serviría en sus obras mayores. ¿Y qué son esas epifanías sino algo así como trailers de ese anhelado despertar, como gotas de esa esperada lluvia que cortan, con su súbita irrupción, el hilo del discurso consensuado o narrativa lineal propio de esa abigarrada cronología habitualmente llamada historia? Luego Joyce radicalizó el procedimiento, como acabamos de ver en su escena con Beckett, hasta alcanzar esa “expresión directa”, como la llamaba el joven Sam, quien preveía sin embargo las dificultades de comprensión que tal manera de escribir plantearía al público lector; dificultad que persiste, por otra parte, como lo prueba la repetida resistencia de cada generación de lectores a este tipo de expresión. Y es que no es fácil para nadie renunciar, justamente, al espacio abierto por una evocación que, aunque fraguada, es la que permite el despliegue del imaginario común, aquél a partir del cual nos entendemos, dentro del cual se restituye cada vez el equilibrio entre las representaciones, que mantiene las cosas en su sitio, nos permite reconocerlas y en el que se gestiona la circulación entre lo que suele llamarse ficción y lo que suele llamarse realidad. El público lector defiende ese territorio, por más imaginario o hasta ilusorio que sea, ya que al parecer es ese mismo territorio el que lo define como público, el lugar de su asentamiento, la platea misma, de la que se resiste a ser desalojado para ser llevado quién sabe adónde. ¿Fuera de la historia, tal vez? La narrativa, donde sea que se produzca, no puede dejar de verse afectada por esto, ni tampoco su recepción. Y la diferencia, o la grieta, reaparece en cualquier terreno donde resurja la “expresión directa”, volviendo a plantear los mismos problemas, o más bien el mismo problema esencial. Cuando a mediados de los 60 Bob Dylan cambió de registro y debió vencer la resistencia de gran parte del público que había conquistado hasta entonces, expresaba su satisfacción con sus nuevas canciones en términos parecidos a los empleados por Beckett para hablar de Joyce: “Lo que escribo ahora es mucho más directo, más conciso”, decía de esas letras suyas que condensaban veinte historias en diez estrofas en lugar de, como antes, desplegar una en cinco o seis. Y también se refería pacientemente a cómo “el público no puede saltar de cima en cima, sino que debes llevarlo a través de los valles”. Concisión, condensación, concentración de sentidos en una imagen compuesta contra la atención dispersa en una serie de apariencias restituidas. La paradoja, sin embargo, es la siguiente: al parecer, cuanto más directo, más difícil de entender. ¿Por qué? ¿Qué se interpone entre la expresión directa y su receptor o más bien qué mediación exige éste aun sin saberlo para recibirla?

El cielo de Pasión

Alojar lo inmediato. Y hacerlo inmediatamente, para que siga siéndolo. Como lo hace Joyce en el episodio referido, como lo ha hecho Godard siempre además de decir que lo hacía. “Flaubert tenía que decidir si el cielo estaba azul o gris, yo lo filmo como esté: tomo directamente lo que está ahí”, explicaba cuando la crítica todavía se empeñaba en comprenderlo. Y también, lo que es importante: “No se trata de improvisación, sino de puesta en escena en el último minuto”. Lo que es más una puntualización que una negativa pues, si es cierto que el cuerpo del jazz se despliega mayormente en la improvisación, también lo es que ésta es definida por el tema y que, como bien ha dicho Sollers, cuanto más presente se encuentre éste menos falta hace reproducirlo, con lo que basta una alusión. Pero justo así es como a muchos oyentes los temas se les vuelven irreconocibles y la música se les estropea, lo que nos devuelve al problema original. Ya lo dijo un historiador, Eric Hobsbawm: el jazz es “demasiado bueno para la humanidad”.

Hacer música con la pintura

No hay gitanos ni toreros en la Carmen de Godard, ni tempestades o naufragios en el Ulises de Joyce. El tema es otra cosa. Pero la dificultad, aunque vinculada con esta diferencia, es otra cosa también. El punto de partida, familiar para la generación de Godard que creció en el París de posguerra, puede situarse en el “estar arrojado ahí” existencialista, que aunque entonces era novedad tampoco se hacía sentir por primera vez. No es un punto de partida histórico, por otra parte, sino una situación de base: la existencia, como salía en La náusea. Pero lo que cuenta, en relación con este argumento, no es tanto ese material como el modo de proceder con él. William Burroughs dijo que un escritor escribe sobre lo que tiene delante en el momento de escribir y describía su título El almuerzo desnudo de esta manera: “un instante helado en el que todos y cada uno ven lo que tienen en la punta de sus tenedores”. Esa visión instantánea, capaz de tomar por sorpresa a espectadores y lectores, no es ilustración ni restitución de una historia anterior o familiar, sino composición de elementos esenciales, es decir, no anecdóticos, atrapados al vuelo por la atención mortal y distribuidos en un orden significativo por un arte combinatoria en que es precisamente el carácter fugitivo de los acontecimientos el que hace de la capacidad de improvisación un factor fundamental, ya que es justamente de la partitura de las interpretaciones consagradas que se ha decidido prescindir. Y tampoco se trata de collage ni de tiempo abolido, aun si en estas obras lo elegíaco no funciona como recopilación justificativa al modo en que lo hace con su reconocida eficacia la nostalgia, sino del poder de captar y presentar el mundo o la vida misma como composición, como conjunto de límites permeables atravesado por una clave que, a la manera del viento, lo mueve todo pero sólo es percibida a través de sus efectos sobre la superficie. Lo infinito y lo inmediato, lo efímero y lo eterno quedan así alineados y al alcance de cualquiera, con tal de que, en lugar de remitirse a lo que ya sabe, acceda, como pedía Galileo en la obra de Brecht, a contemplar las estrellas por el catalejo que se le ofrece. Pero no hay caso: la respuesta habitual a la poesía es el desconcierto y en ese abismo que se abre entre expresión y comprensión vuelve a instalarse comúnmente, aprovechando la demora, el comentario en lugar del acto, la opinión en lugar de la palabra, el espectáculo en lugar de la visión. La humanidad quiere intérpretes, líderes y jefes.

En realidad, aunque a Godard no le gusten los Coen, el diálogo del gran público apegado a lo tangible y sediento de ilusiones con la expresión directa propia del arte mayor se parece a este otro de Miller’s Crossing, película rodada por Joel y Ethan en 1990:

Ese objeto irreductible

Verna: ¿Qué estás rumiando?
Tom Reagan: Un sueño que tuve. Caminaba por un bosque, no sé por qué. De pronto se levantaba viento y me arrebataba el sombrero.
Verna: Y tú lo perseguías, ¿verdad? Corrías y corrías, hasta que finalmente lo alcanzabas y lo recogías del suelo. Pero ya no era un sombrero, sino que se había transformado en otra cosa, en algo maravilloso.
Tom Reagan: No, seguía siendo un sombrero. Y no lo perseguía. Nada más tonto que un hombre persiguiendo su sombrero.

Una dosis de inteligencia

En las antípodas de Forrest Gump, ¿verdad? O, como decía Valéry a través de su criatura Monsieur Teste, “la estupidez no es mi fuerte”. ¿Pues no es una especie de debilidad mental lo que acecha tras la nostalgia y la compasión inducidas por la restitución fatalmente fraudulenta de un tiempo perdido que nunca ha sido de nadie y cuya exposición coherente depende de establecer una línea continua, sin puntos sueltos y, en última instancia, fácil de seguir? “Todo lo excelso”, en cambio, dice Spinoza, “es tan difícil como raro”. La expresión directa, que, muy al contrario, suele dejar una impresión de “montaje de choque”, lleno de elipsis y piruetas, pertinazmente acusados de vana provocación sin más allá, no ahorra dificultades al lector. De ahí otra vez el desconcierto, especialmente en nuestro tiempo: no trata al lector como un cliente ni hace de él un consumidor, puesto que en absoluto le reconoce esos derechos. Pero no en vano afirmaba Faulkner que había que entrar al Ulises de Joyce como los viejos creyentes al Antiguo Testamento: con fe. Ya que aquello que no es obvio siempre arriesga no parecer concreto, pero lo concreto, sin embargo, es eso que resiste a la idealización de las apariencias y por eso acaba con la alienación. O por lo menos la interrumpe de vez en cuando para dejar pasar una idea.

Falstaff, rey de Inglaterra

El bufón coronado

A Martín Bidau

La obra entera de Shakespeare comienza con el elogio fúnebre, encendido de lamentaciones, de quien el poeta transformará años más tarde en su héroe más positivo: el rey Enrique V, antes díscolo príncipe Harry, cuya muerte prematura lloran aquí sus pares y, según estos versos iniciales con que claman al cielo, debería llorar el universo entero, acrecentando sus lágrimas en cada súbdito leal a la corona, que nadie ha portado con más gracia o vigor. También hay en sus palabras un cierto sentido de fatalidad (“Henry the Fifth, too famous to live long!”) que destina al monarca al cielo ejemplar de las leyendas, donde en el rápido camino de la vida buscamos nuestra estrella y hallamos nuestro contrarreflejo. Sitio que en justicia le corresponde ya que, como veremos a lo largo de las tres partes de este Enrique VI, rey huérfano que no sabrá guardar su trono y que aun desheredará a su hijo en favor de unos enemigos que igualmente acabarán por destronarlo, la estirpe de los Bolingbroke –Enrique IV, Enrique V, Enrique VI- no prosperará sobre la tierra.

Héroes shakespereanos

Los primeros personajes de Shakespeare en salir a escena lo hacen portando el cuerpo inerte del más noble de los reyes, a quien la muerte habrá arrebatado la oportunidad de educar un sucesor a su altura. “England ne’er had a king until his time.” ¿Por qué el poeta lo eleva a tal dignidad? Pareciera que ya durante la concepción de éste, su primer drama, habitara en embrión en el espíritu de William –que todavía no era Shakespeare- el proyecto de lo que diez años después llegará a ser el ciclo histórico compuesto por Ricardo II, las dos partes de Enrique IV y Enrique V; que ya viviera en él la visión de este rey como modelo de soberano y encarnación de sus ideales. O preferencias, ya que esta encarnación no es idealista: el monarca que elige Shakespeare como ejemplo no es de origen divino ni está predestinado a la gloria, sino que adquiere sus virtudes a través de una experiencia mundana que lo coloca al nivel de sus futuros súbditos y se origina en la ilegitimidad, puesto que es el heredero de un usurpador.

La estirpe de Bolingbroke

Como aquellos personajes de los mitos griegos cuya paternidad compartía Zeus con algún mortal, Harry tendrá dos padres: de uno, que detenta la suprema ley, heredará para su cabeza una corona; pero es del otro, un ladrón y un bandido, que recibirá el conocimiento. ¿Paradoja? Bolingbroke, Enrique IV tras destronar a su rey Ricardo II, tiene dos hijos: del primogénito espera que sea él quien al heredarlo legitime su casta pero, mientras este príncipe Harry gasta su tiempo en las tabernas de peor fama a la vez que parece complacerse en aparecer ante el pueblo y la corte invariablemente como el bufón del reino, es su hijo menor quien se comporta como se supone que un príncipe debe hacerlo y observa todas las conveniencias que la monarquía impone. Sin embargo, el amor del padre, hombre político como no supo serlo el destronado pero a cuyo corazón el tiempo y los hechos darán la razón, se obstina en su hijo mayor de una manera que recuerda la parábola del hijo pródigo. Con la diferencia de que, siendo Bolingbroke un pecador (el pecador original de este reinado), asistiremos a una inversión de la conocida historia: para corresponder como debe al amor de su procreador, para lograr la redención que legitime su herencia, Harry deberá dar un gran rodeo, un rodeo lo bastante grande como para llevarlo alrededor de la enorme silueta de su segundo padre, a quien él mismo adoptará como compañero y maestro de la vida disipada. Este hombre que conducirá a Harry hasta la verdad desnuda sin proponérselo, jugando con él mientras calcula, como lo revela el desenlace de Enrique IV, su ganancia con una ingenuidad irremediable, no es otro que el notorio disoluto sir John Falstaff.

La escuela del mal ejemplo

Enter Falstaff

Glotón (“cerro de carne, hombre redondo”), bebedor (“barrica humana”), lascivo (“opresor de lechos”), cobarde, ladrón y tramposo, aun cuando Falstaff pidiera a Harry –entre los muchos favores que esperaba recibir de su pupilo cuando éste subiera al trono- que, cuando fuera rey, otorgara a los bandidos como él títulos más nobles (“caballeros de la sombra, escoltas de la luna”), el teatro de las bellas palabras nunca podrá disimular los defectos que, como la carne reventándole la ropa, asoman a cada paso de su imponente presencia. Y, sin embargo, este rival del rey Enrique en el corazón de Harry resultó, ni bien pisó la escena isabelina, irresistible para la reina Isabel, quien de inmediato hizo saber a Shakespeare que le gustaría “oír más de ese caballero” y así encargó graciosamente la comedia conocida como Las alegres comadres de Windsor. Al igual que Hamlet, Tartufo o Fausto, Falstaff ocupa un sitio único en el gran teatro del mundo y pronto sabremos qué verdad habla por su máscara: él mismo se lo dirá a Harry en la cara con clarividente franqueza, aun cuando no pueda medir todo el alcance de sus palabras.

Ensayo de monarquía

El proceso de Harry puede seguirse parcialmente pero con claridad mirando Campanadas a medianoche, película y antes pieza teatral que Orson Welles (intérprete de Falstaff, pero parecido a Harry en su condición de príncipe del cine exiliado en sus suburbios) hizo en 1965 mezclando diestramente la media docena de dramas mencionados hasta aquí. Partamos de una escena capital, para la que Shakespeare se vale de uno de sus recursos favoritos: el teatro en el teatro, que aquí será teatro en la taberna. Durante una de sus escapadas, Harry es llamado a palacio. ¿Qué explicación por sus tropelías dará al rey? Falstaff lo invita a ensayar sus excusas ante él, que representará a su padre. Toda la banda de la taberna asiste con gusto a esta improvisación en la que Falstaff, imitando al rey, aconseja al príncipe librarse de sus malas compañías pero conservar la amistad de un hombre, sólo uno, uno “alegre, corpulento”, cuyo nombre recuerda luego que es precisamente Falstaff. Cambian entonces de papel: Falstaff hace de Harry y Harry de Enrique IV, quien reclama enérgicamente a su hijo abandonar la compañía de ese “viejo Satán de barba blanca” que extravía a la juventud. Entonces Falstaff, enmascarado como Harry, reclama y dice su verdad: “No, mi buen señor: despide a Peto, despide a Bardolph, despide a Poins” (sus otros amigos), “pero al dulce Jack Falstaff, al amable Jack Falstaff, al sincero Jack Falstaff, al valiente Jack Falstaff no lo despidas de la compañía de tu Harry, porque despedir al gordo Jack es despedir al mundo entero.” Éste es su mensaje, que preside la lógica de giros de piezas y cambios de papeles que caracteriza la obra. Estos giros llegarán a la traición: en el campo de batalla, tras fingirse muerto para no luchar, Falstaff intentará quedarse con la gloria que correspondía a Harry robándole el cadáver de su enemigo; cuando por fin sea rey, Harry dará la espalda a Falstaff. Pero la lógica dramática, a la que ambos son leales, supone verdades opuestas, aun irreconciliables, y por eso educa en la amplitud. Con cada engaño, con cada acto no ejemplar, Falstaff levantará el telón de la moral y sin proponérselo dejará a Harry ante la realidad. Coronado, Harry desterrará a Falstaff y sus amigos de su compañía pero velará porque nada les falte. Las escenas se suceden entremezclando sus matices hasta conducir a ambos a una comprensión amarga y dulce a la vez: Falstaff morirá de pena pero sin rencor y Harry reinará con la cálida tolerancia aprendida en las tabernas. Oigámoslo perdonar a un borracho que maldijo a su majestad, mientras unos cortesanos piden su inmediata ejecución: “Si no cerramos los ojos ante las pequeñas faltas, ¿cuánto tendremos que abrirlos cuando crímenes capitales aparezcan ante nosotros?”

King Harry

Guerreros en Agincourt

Como Enrique V, Harry cumplirá su papel. Arrancará a su país de las discordias civiles para llevarlo a luchar contra el enemigo común. Partirá hacia Francia para tomar por la fuerza la parte de su herencia que se le niega, unos territorios. Al príncipe díscolo que el Delfín recuerda opondrá un monarca decidido y enérgico, que llevará a su ejército de victoria en victoria. Y tampoco lo hará retroceder la inferioridad numérica a la hora de la batalla decisiva. Pero el recorrido, aunque triunfal, no será plenamente feliz: así como Falstaff sufrió su abandono, sufrirá él mismo el ejercicio de la justicia que habrá de administrar. Descubrirá traidores a la corona entre sus amigos de la corte y, habiendo prohibido el robo a sus soldados, habrá condenado irremisiblemente a muerte a su viejo compañero el ladrón Bardolph. Pero el joven rey ya es un hombre. Comparémoslo, la noche anterior a la batalla, de incógnito entre los que van a combatir por él, con su hijo en aquel Enrique VI escrito diez años atrás. Los dos reyes piensan, en su soliloquio, que mejor que el rey está el esclavo, libre del peso de la corona y de la responsabilidad que el pueblo deposita sobre ella. Pero Enrique VI, huérfano extraviado, sólo podrá perderse del todo en la batalla, que lo arrastra ya inerme entre los oportunos lamentos del padre que ha matado a su hijo y el hijo que ha matado a su padre. Enrique V, llamado a combatir, recurrirá en cambio a la instancia más alta: con fe pedirá a su padre en el cielo por el pecado de su padre en la tierra, que mató a su rey. El sabe que su padre usurpó el trono, que no es inocente; aún así, ruega que la victoria le sea dada. Y casi inmediatamente, consuma su reinado: ya que de éste, breve, prevalecerá sobre todo la utopía esbozada en la arenga a sus guerreros en Agincourt. Contra la real superioridad numérica de los franceses, Harry invoca la mayor parte de honor que corresponderá a cada inglés que combata; imagina los futuros aniversarios de esta batalla, cuando cada uno de los que aquí luche pueda jactarse de sus heridas ante los que no lo han hecho y recuerde como a hermanos (“We few, we happy few, we band of brothers”), al igual que él lo hará, a quienes con él, soldado y súbdito de la corona que heredó, se batieron en Agincourt. Y dice, una vez hermanados, las palabras que elevan su inminente batalla a la altura del ejemplo: “Esta historia enseñará el hombre bueno a su hijo”. Aquí prácticamente Harry ha terminado su rodeo y se ha reconciliado con su sangre, de este modo por él redimida. La absoluta victoria, por otra parte histórica, y la consiguiente paz, sellada por su matrimonio con la hija del rey de Francia, representan la puesta en obra de sus palabras, que coronan su trayecto de la confusión a la gloria y sostendrán su mito por encima de los viejos conflictos civiles que resurgirán a su muerte para sepultar a su hijo y a su nieto.

Una corona para el príncipe Harry

Así que Harry no ha renunciado en ningún sentido: no ha cambiado el mundo por la corona ni ha abdicado. Su reinado ejemplar, aun si deja sus mejores frutos en el terreno de la utopía, no responde a un ideal que desdeña la realidad. Por el contrario, de Falstaff Harry ha aprendido la naturaleza cambiante del mundo, su carácter provocativo; a través suyo ha descubierto el secreto de la legitimidad, su condición de cosa construida, no debida a un origen sino en juego en cada destino, y el valor de esta condición. Una paradoja: el hombre de gobierno, el intelectual, Enrique IV, ha aportado la realidad física de la que el hombre material, el sincero Jack Falstaff, mostrará el orden y la verdad. Desde el trono fugaz de una taberna, impulsivamente y como si fuera una farsa. Ante la vida, ni Harry ni Falstaff retrocederán.

Retrospectiva italiana

Ante la prepotencia de la actualidad, ninguna defensa mejor que la perspectiva histórica; ante la fiebre de la disolución social y la segmentación del mercado, ningún remedio más fuerte que el recurso a una cultura universal o tal vez, mejor dicho, universalista. Siendo así, aunque en este blog se hable a menudo de cine o de teatro, por ejemplo, como de política o de historia, está claro que el tema sigue siendo la literatura. El neorrealismo italiano, aunque sea el cine lo que ofrezca su imagen más extendida, no fue sólo cinematográfico; es más, podemos decir que, si uno de los pilares del neorrealismo fue la observación directa de lo que pasaba en la calle –y en ocasiones en el campo-, el otro sin duda fue la literatura. De modo que aquí, confiando en su pertinencia, van estos “apuntes del natural” extraídos de las ruinas del neorrealismo –sus imágenes-, fragmentos de un tiempo ido como el Foro, el Coliseo o la columna de Trajano.  

Hacia un nuevo renacimiento

1. Una historia del siglo XX: del risorgimento de Italia invocado por Leopardi al neorrealismo en sus dos aspectos: el “eterno”, cuyas posibilidades en principio siempre estarían abiertas pues consiste, según el método de las aproximaciones sucesivas que el poeta y cineasta Fernando Birri, mi anfitrión en Roma, exportó a su escuela de Santa Fe, en ceñir cada vez de más cerca y con un enfoque más amplio un objeto que ciertamente está ahí, y el “histórico”, cuyo desarrollo bien podríamos ilustrar siguiendo la trayectoria “decadentista” de Visconti, de Obsesión y La terra trema a Grupo de familia y El inocente: puesta en escena de una audacia manifiesta en unos gestos y una marcación actoral que sólo un perfecto dominio del teatro mantiene dentro de lo creíble, acompañada por un realismo que no se satisface con cómo son realmente las cosas, de acuerdo a la definición de Brecht, sino que busca además la restitución de las cosas reales en el detallismo con que reconstruye cada escena evocada: lo que responde a la novelística del siglo XIX en que se ha educado esta sensibilidad, que mirará a su alrededor hasta no encontrar más que ruinas, como el ángel de la historia según Benjamin cuando arrastrado hacia el futuro miraba hacia atrás.

2. Arte decimonónico: la novela familiar ata al carácter. Las madres reconocen a sus hijos más que nada en lo irremediable, en lo que queda de cada uno de ellos en cada cosa distinta que hacen. Rasgo autobiográfico y confesional de la novela “librepensadora”, escrita a menudo por esos hijos rebeldes e insatisfechos con las respuestas previstas por las instituciones para sus interrogantes: ¿confesión laica, examen de conciencia sin iglesia? Realismo y autobiografía, intento de restitución de unos hechos a los que se acusa por el presente y en los que la memoria y aun la nostalgia buscan su sitio dentro de la historia. Lecturas de Visconti: El Gatopardo, Muerte en Venecia, El inocente

Una noche en la ópera

3. Ensayo melo-histórico: Senso. Lo admirable, el combo de melodrama e historia realizado plenamente en cada escena, en cada movimiento de cámara, en cada orquestación audiovisual, viene de Verdi, de esa mezcla entre íntimo y político, cuerpo y sociedad, revolución y resurrección que Verdi plasma en música y en escena y de la que extrae a su vez la extraordinaria energía que despliega. En Otelo, Iago al contrario aplica una especie de mortífero principio de realidad que afirma la imposibilidad de que aquello que contradiga la separación evidente pueda unirse o que lo originalmente distinto pueda devenir semejante. En Senso también triunfa la muerte agazapada en la tentación de contrariar a un destino no querido por los dioses, sino determinado por una formación histórico-social. Analizar los dos dramas trágicos, el de Otelo, el moro de Venecia, y el de Livia, la veneciana traidora, sin perder de vista su condición de ciudadanos en guerra con un enemigo extranjero que se revuelven a su vez contra los suyos o contra su ley. Tanto Otelo como Livia acaban matando lo que aman y cada uno, a su modo, presa de la locura en un mundo envenenado.

4. Eros, por fuerte que sea, no es invulnerable. Todo hiere al amor, todo puede debilitarlo. Puede ser causa pero no fundamento; inquieto, como el sentido, se desplaza. La explotación de estas nociones hace la fortuna de Iago.

5. Si cada conocimiento es una violencia infligida a la conciencia, el amor a la materia transforma esa violencia en energía y esa energía transforma el mundo. Principio de redención materialista.

Sade realizado

6. Tosca: como en Una giornata particolare (Scola), cierto conformismo por parte de la buena causa. Cavaradossi y Tosca, libertarios republicanos, son decentes, mientras que Scarpia, del antiguo régimen, es una suerte de demonio. Así, es Scarpia el que interesa, el que conduce el material más provocador y fuerza el pensamiento. Es Scarpia el que desea y corre la línea del orden, mientras los otros reafirman principios y manifiestan una dignidad siempre en la posición defensiva a la que obliga la idealización del amor, o del deseo. Y al fin es Scarpia quien empuja a Tosca al crimen, tras preparar la tragedia que se ejecutará por más que él ya esté muerto. De este modo, podemos decir que Scarpia es un héroe sadeano, ya que es quizás quien más se acerca a realizar, y de manera más nítida que nadie en una obra de ficción, aun más, en un espectáculo, el sueño del marqués: cometer un crimen cuyo efecto perpetuo obrase aun cuando yo dejara de obrar, de modo que no hubiese un solo instante de mi vida en que, aun durmiendo, yo no fuese causa de un desorden cualquiera. Esa perversidad trascendental es inalcanzable para la pareja progresista por más heroica que se muestre o por más trágico que sea su destino.

El hombre de la calle

7. Moralismo del neorrealismo: la realización del individuo sólo es posible en la comunidad y allí ha de darse totalmente. O, al menos, éste es el ideal y ésta es la esperanza: el individuo está conformado por la comunidad. Así, en Ladrones de bicicletas, la representatividad de su condición de hombre común por parte del protagonista lo deja hasta tal punto sin recursos, en la medida en que no parece capaz de nada que cualquier otro no pueda hacer (al revés, por ejemplo, que el protagonista de América, América, de Kazán, que pierde esa representatividad por narrar su historia personal, lo que traslada la motivación del relato en gran parte a lo psicológico o incluso al mito del destino individual) que, en cuanto se atreve a dar un salto fuera de su condición, lo atrapan: es incapaz de robarse una bicicleta él mismo, está indefenso ante los delincuentes y acaba cargando con las culpas de éstos. La parábola es perfecta, pero ¿qué pasaría si lograra robarse la bicicleta, si la corrupción no acabara con él sino que en cambio le permitiera seguir viviendo? ¿No es esto más bien lo que ocurre en la realidad, y lo que ocurrió entonces históricamente? (Imaginemos aquí la confesión de un católico demócrata cristiano reciclando una y otra vez su pecado.) Ser atrapado en la película de De Sica es como suicidarse para el protagonista de Alemania, año cero: ese suicidio, de carácter moral en su terribilidad, parece provenir más de Rossellini como autor que del personaje, quien podría aceptar un grado alto de corrupción para vivir, como lo han hecho incluso tantos ex nazis de los más puristas o idealistas en su origen, a la manera del narrador de Deutsches Requiem, el cuento de Borges. Los dos desenlaces fijan los límites morales del neorrealismo, muy vinculados al momento histórico y a un proyecto político más oscilante entre el comunitarismo cristiano y el comunismo marxista de lo que el valor partisano hubiera querido. El acento está puesto con ímpetu en la necesidad de unión en el seno del pueblo, pero esta unión fue pronto disuelta por el milagro italiano y la recuperación económica, que puso no ya bicicletas sino motos al alcance de todos (y también se las robaban unos a otros).

La condena a la soledad

8. Fellini: ilusionismo, fe, milagro. El tema de las películas de Fellini, que se repite y va modulando a través de todas ellas, es el de un individuo que circula por una feria de ilusiones, un baile de máscaras, pasando de una a otra para sobrevivir mientras lo amenaza la nada o lo negro que hay detrás. En las primeras, cuando se llega al momento de la caída de las máscaras, del desnudamiento y la muda confesión impuesta al fin por las circunstancias, por el callejón sin salida al que se ha llegado una vez consumada la pérdida, como le ocurre a Zampanó al final de La Strada, hay la posibilidad de redención por la inocencia profunda de los personajes, esa inocencia que les hace temer la verdad y huir de ella como mejor puedan. Pero en Casanova el final es siniestro, quizás porque Casanova sabe: es un “bibliotecario”, como dice de viejo en el castillo donde vive exigiendo que se reconozca su dignidad. Allí Casanova termina bailando con una muñeca, solo en su teatro y a conciencia. Y es que aquí la ilusión comunitaria, proveniente del neorrealismo, se ha roto definitivamente. Desde este punto de vista se impone un recorrido histórico de las películas de Fellini, con su correlato político desde la victoria de postguerra de la democracia cristiana sobre el comunismo hasta las Brigadas Rojas en los 70 y la total degradación cultural que muestran las obras de los 80, en especial las últimas. Es la historia justamente de esa ilusión comunitaria, tan confusa y ambigua como la muestran las repetidas escenas de gente, de “pueblos” reunidos para asistir a un espectáculo mágico o a un milagro con idénticos fe y fervor, y también la de la relación entre ese público y quien brinda el espectáculo, ese mismo mentiroso que puede ser tanto un estafador  como un mujeriego, un artista de variedades o un director de cine. En este sentido, el final de Ocho y medio es, en su absurdo, una expresión perfecta: los personajes tomados de la mano, en ronda, convertidos en espectáculo, nos dejan ver el anillo que forman y la escena vacía en el centro, donde se espera el milagro cada vez aunque sólo se puedan ver trucos de magia. Un milagro, o un truco de magia, manifiesta siempre alguna transformación: la metamorfosis instantánea y plena, lo que en la vida normal se da sólo parcialmente y de a poco sin poder, por eso, emerger como espectáculo y saciar la vista. Pero el deseo de esa transformación reúne cada vez un público y crea una colectividad. La escena repetida es ésta: reunir ese público hambriento de milagros, ofrecerle la ilusión de un espectáculo y escapar luego mientras la multitud se disuelve. El engaño restablece cada vez una relación con la verdad, que se quiere revelada para tener la certeza de que lo es, pero no deja de ser un engaño. También el engañador se engaña a sí mismo o se deja engañar. Las películas van desarrollando toda la serie de posiciones en torno a este tema: los inútiles que engañan a los suyos y se engañan en la postergación de la hora de trabajar hasta que la broma se acaba, Zampanó con su máscara de brutalidad, Gelsomina y Cabiria en toda la ingenuidad de su fe, el cuentero con sus estafas hasta que ya no puede escapar, Marcello ante el desfile de La Dolce Vita en el que en vano intenta creer del todo, el director de Ocho y medio obligado a levantar un espectáculo, y así hasta que en Casanova el teatro queda al descubierto, de un modo perturbador que en Amarcord o en Y la nave va buscará la complicidad del espectador para ser, al contrario, fuente del refugio de la ilusión compartida. Pero ya corrompida del todo esa comunidad en cuanto tal, reunida en torno a una red televisiva, lo que Ginger y Fred o La entrevista mostrarán será la actualidad como espectáculo horrible, degradación tanto del arte como del milagro al no dirigirse a la buena fe sino a la mala. El telespectador es un ignorante que no cree y el público que compone con sus semejantes no abre la puerta a transformación alguna, ni siquiera ilusoria, sino que reafirma en su mismo estar ahí constantemente, sin irse nunca ni volver jamás, pues no necesita siquiera cumplir el acto de reunirse, la improbabilidad de aquella metamorfosis que el milagro llevaría a cabo o el espectáculo era capaz de ilustrar. Falsa comunidad cerrada al exterior, imagen de la decadencia que esta condición implica, decadencia, además, manifiesta en el cine y en la cultura italianos desde la represión del terrorismo hasta hoy.

Sicilia 1947

La memoria reaccionaria

La chinoise del siglo XXI

Hace algunos años se publicó y se estrenó Balzac y la joven costurera china, novela y película del escritor y cineasta chino Dai Sijie. Tuvo mucho éxito tanto en soporte papel como en formato audiovisual. Entonces escribí el comentario que sigue. Todavía me parece actual, ya que el modelo de relato que critica sigue vigente.

Un ejemplo de contrarrevolución cultural

Hay vidas que parecen películas. Balzac y la joven costurera china llega precedida por la exitosa novela del mismo nombre y autor, quien ha dicho, como para imprimirlo en la solapa y el afiche, “Lo que cuento en la película es un trozo de vida. Un trozo de mi vida.” Tal declaración, humilde en apariencia, implica sin embargo el acto de arrogancia que niega. Dai Sijie, escritor y director, ha insistido en que no pretende transmitir visión alguna de la Revolución Cultural, sino tan sólo contar una historia de amor y amistad entre tres adolescentes, en la que el maoísmo es el “telón de fondo que le da autenticidad y credibilidad”; a la vez, ha reconocido que “algunas situaciones del libro y de la película son noveladas”. Que lo común del procedimiento no nos oculte el problema, al que se enfrenta el historiador pero que el novelista suele eludir: la división que se opera en la conciencia en el doble esfuerzo de recordar e imaginar. La mala conciencia aprovecha para navegar a dos aguas: la ficción le permite enlazar los recuerdos en un argumento a su gusto y la autobiografía ofrecerse a sí mismo como garantía de un pasado en su poder. Así el slogan de García Márquez, la afirmación de que la verdadera vida no es la que uno vivió sino la que recuerda y vive para contar, pase tal vez por verdad; pero, si no aceptamos esta explotación de la historia por la novela, si dotamos de profundidad al “telón de fondo” y no admitimos su explotación en provecho de las figuras destacadas, en este caso el autor, lo que agrava su pecado, tal vez podamos empezar a ver cómo la verdad puede ser revelada por el tiempo o tergiversada por su manipulación.

Un trozo de vida

La perspectiva autobiográfica divide el tiempo inevitablemente. De esta fisura nace el relato y en ella toma forma, señalando siempre, al menos, dos confrontaciones: entre el ayer y el hoy, entre la experiencia propia y la ajena. Balzac y la joven costurera china divide el tiempo según varios ejes, el primero de los cuales es el que liga el presente de la voz que evoca con el pasado de la Revolución Cultural, estableciendo que se trata de una mirada y un discurso subjetivos, lo cual servirá al autor para esconder su propia autoridad actual, de director, detrás de un personaje, él mismo, víctima de la autoridad de entonces. El fuerte así se disfraza de débil para agradar a su público, en el encuentro con el cual recupera un pasado cuya continuidad amenazaba con excluirlo. Y no siendo él mismo el artífice de la ruptura de tal continuidad, debiéndose esta ruptura a factores lo bastante complejos como para poder confundirlos con el supuesto curso natural de las cosas, le es fácil identificar tal ruptura con un regreso, después del desvío que supondría el maoísmo, al orden natural del mundo, respecto al cual sus prejuicios quedan velados por la naturalidad que supone la falta de dogma. De esta manera, dos tiempos de naturaleza diferente cuando no opuesta se establecen: el de la Revolución, localizado en un pasado definido, y el de la Vida, rodeándolo, situado antes y después, ahora y siempre, irreprimiblemente manifiesto aun en plena revolución.

Desde un principio, desde la llegada de los jóvenes burgueses urbanos al pueblo en el que serán reeducados, el pasado prohibido se infiltra para demostrar su irresistible vitalidad, basado en la identificación entre una naturaleza, representada por las montañas, eternamente superior a la política, y una cultura, en posesión de la burguesía antes y después de Mao, que responde inefablemente a la naturaleza humana. Cuando, bajo un nombre “políticamente correcto” en ese tiempo y lugar, la música de Mozart sea oída por el pueblo comunista, evocará enseguida, sobre el fondo imponente de cielo y montañas, el deseo de algo lejano a lo que vagamente suele llamarse amor o libertad o plenitud, uniéndolo a esa música “inmortal” venida de occidente y de un pasado al que la prohibición, al señalarlo, mitifica. Cuando la joven costurera china, a través de sus nuevos amigos, descubra a Balzac y, a través de los libros de éste, todo un imaginario prohibido que coincide con su deseo, cuando quede embarazada por el burgués impenitente que le descubrió a Balzac, en un movimiento que parece alinear las prohibiciones del partido contra leyes milenarias como, por ejemplo, la de la atracción entre los sexos, otra vez la naturaleza se habrá impuesto a la política, que puede reprimirla o frustrarla pero no cambiarla. Ahora bien, lo que importa es la identificación, estrecha y como casual, que la película propone entre naturaleza humana y cultura burguesa, ya que es éste el modelo concreto que se opone aquí al maoísmo.

La guardia roja

Consideremos otros ejes temporales: el del progreso, por ejemplo, es decir el de una línea ascendente del pasado hacia el futuro. Los depositarios de este desarrollo, en esta película, son inequívocamente los dos hermanos, cuya reeducación es presentada sólo como un obstáculo a vencer, y cuanto de bueno puedan aprender allí lo deben sólo a sí mismos, a su oportuna capacidad de respuesta frente a las “pruebas” que surgen a su paso. La revolución, para estos jóvenes futuros profesionales, no es más que un regreso al pasado campesino primitivo, un medio analfabeto ajeno a ellos, y su superioridad no deja de manifestarse en cada escena. Si el campesino pasa de un tiempo regido por el sol a un nuevo tiempo regido por el reloj despertador que lo llama al trabajo, es el joven urbano el que provee el reloj a prueba de todo, incluso del tiempo y de la inundación; si el viejo sastre le ofrece el traspaso de su negocio, en el joven se reaviva la inextinguible esperanza en que “algún día saldrá de allí”. La película deviene, a su manera, un modelo de resistencia en tiempos de revolución; también un canto al irreductible poder de la cultura universal, o una saga del libre emprendimiento: la especialización, como un yuyo en el jardín del proletariado, eleva inevitablemente a Luo sobre el común, permitiéndole ejercer como dentista desde el momento en que el jefe del pueblo lo necesita urgentemente, siendo suya la muela que duele, en esa función. El campo no priva a los hermanos de oportunidades para demostrar sus aptitudes, ya en la música, la narración o la odontología; suyos son el ingenio y la astucia proverbiales de los protagonistas, en esto que al fin y al cabo es la reinvención del pasado histórico a través de la novela individual, con todos los rasgos de la novela decimonónica que con tanta facilidad pasan al cine más corriente para seguir representando a una clase.

Imagen de un mundo ido

Melodrama moderado, la película de Dai Sijie basa su credibilidad en la experiencia vivida pero apoya su construcción en estructuras ficcionales reconocibles. Se diría que el autor miente de corazón: él mismo vivió algunos de los hechos representados, pero el conjunto sabe más a cumplimiento de las normas dramáticas típicas de cierto cine que a transmisión de una verdad sufrida o gozada. Las caracterizaciones, basadas seguramente en lo recordado, resultan falsas a pesar de los actores: a los hermanos ya me he referido; los campesinos son presentados, con un paternalismo bastante occidental, como un simpático pueblo engañado; el único rojo cabal, el jefe del pueblo, es bruto, vulgar y machista; a él se opone el feminismo de la mujer culta enviada allí para su reeducación; y la pequeña costurera es la Ninotchka china, ávida de romance y ensoñación no revolucionaria. ¿Es verosímil esta campesina tan moderna, a pesar suyo, en los tiempos no globalizados en los que se supone que transcurre la película? No, es una chica de ahora queriendo liberarse de un pasado que no padeció, como se siguen leyendo hoy novelas ambientadas en siglos pasados, de bellos atavíos y cautiverio femenino. Tampoco resulta verosímil la pandilla de gamberros, de conducta tan cinematográfica, y hasta las expresiones de los actores cuando fornican parecen copiadas de películas. ¡Qué penetración tenía Hollywood en aquellas aisladas montañas! Se diría que Dai Sijie recuerda una vida de película, o de novela, lo cual podría ser el primer paso hacia una vida de best-seller, o de éxito de taquilla.

Dai Sijie

No digo que el autor no haya sufrido lo que cuenta. Se trata de una experiencia que sin duda deja cicatrices. Pero, para él, la descalificación del maoísmo no es problemática, ya que la da por sentada. Lo cual es fácil desde una óptica que parece suponer que todo eso pertenece al pasado, aunque le duelan las heridas recibidas. Sólo que, al rechazar el maoísmo sin superarlo, precisamente por la ausencia de una visión consciente de la Revolución Cultural, lo que afirma la película son los valores inconscientes de una clase determinada que, desmantelado el aparato crítico anteriormente dirigido contra ella, puede restaurarse en el vacío, a lo que debe quizás esta obra anticuada de una cultura anticuada su gran éxito actual. Dai Sijie restaura su mirada de manera similar: al volver con su cámara al sitio del tiempo perdido procura, conciliador pero obstinado, rescatar de algún modo para el tiempo de la Vida, que continúa, su propia vida durante la Revolución, ya ida. Pero esta mirada, insuficiente, parcial y sobre todo inmóvil por falta de pensamiento, no logra restituir del pasado más que una postal cuya vida aparente no proviene de la experiencia sino de los retoques con que el colorista realza la imagen. El tiempo no es recobrado, ni el del chino ni el de la China, y se impone sobre la historia su afectada novelización.

Irresistible juventud