La historia es la misma

Sexto episodio de la historia de Fiona Devon, madre portadora. La continuación, el viernes 4 de abril.

Contacto en Londres
Contacto en Londres

Tamara siente, durante esos días, en el vientre el vacío dejado por Maddy; siente que algo en su cuerpo vira del deseo al ansia, sin objeto, y la novedad de esta inquietud consolidada la empuja a reflexionar, contra sus hábitos y preferencias, acerca de las recientes transformaciones que ha atravesado, de soberana a deudora y de pródiga a temerosa, a lo largo de un período en el fondo tan raro como el abierto luego por la separación, con ella al fin de un lado que debe resignarse a aceptar como pasivo y Madison en acción lejos de su alcance, es decir más allá del largo brazo que suele intervenir desde la sombra y que ahora languidece: Tamara, desplazada imprevistamente de la ironía oblicua que era su costumbre a la esperanza llana, sólo puede esperar a que la nueva corriente la recoja. Pero Madison ya en el avión está pensando en el porvenir de su familia, ya en el aire proyecta lo que querría consolidar, y reemplaza, ahora que tiene la iniciativa, las líneas difusas del sueño por vectores hacia el futuro, inmediato y lejano, que se abre delante y debajo suyo. Londres la ignora llegar, entre sus cientos de pasajeros, e ignora también la voluntad que anima el andar, hecho de breves pasos veloces, rítmico y apretado, resuelto a no perder el tiempo, la mirada alerta al frente a pesar de los vivos ojos claros algo idos por la continua actividad mental paralela, de la mujer impecable, rubia de gris, que, como escurrida de entre los lazos de los hombres, con el pequeño puño cerrado sobre el manillar del mínimo equipaje que va arrastrando, pasa en línea recta hacia los taxis del aeropuerto y desaparece fugaz hacia la cita convenida desde el otro lado del océano, previo paso inevitable por el hotel y la ducha. Cuando tiende la mano a Charlie, ya no a tono con la lluvia imaginada en California sino a imitación de las rosas de la primavera inglesa, el hombre siente de inmediato alzarse en él, pero encogida, la agresividad hacia el rival junto al odio hacia el poder adquisitivo nunca alcanzado, cuya falta lo ha conducido a este encuentro. ¡Qué rencor, qué resentimiento de clase y de género lo domina al presentar a Fiona y comparar, manifiestos en lo opaco de la ropa que ambos llevan, sus propios salarios y deudas con los ingresos declarados por el vestuario de la otra parte en esta inminente negociación debida a una causa impuesta! Pues ha sido él, sólo él, Charlie y ningún otro, quien, siempre desde el margen, gestionando una determinación femenina, por no haber resistido a tiempo sino en cambio prolongado la tolerancia mostrada tanto hacia la obtusa vocación de Fiona como hacia la primera niña conservada, ha debido ocuparse y asumir cada detalle, desde la contratación de un seguro médico privado en reemplazo del servicio social británico, que al enterarse de la situación tendría derecho a reservarse las gemelas, legalmente en estado de orfandad, hasta el contacto con Lullaby punto com, empresa especializada en padres no convencionales, que a causa de sus antecedentes sólo ha podido ofrecerles esta opción. ¿Lo sabrá la mujer de rosa? ¿Le habrán advertido su ventaja? Madison mira el vientre de Fiona, donde está lo que quiere, y bajo la doble impresión de su expuesta vulnerabilidad y su imponente prominencia procura medir la inmensidad de su demanda, que adivina constante y creciente, por tales indicadores como el casi evidente agotamiento nervioso del marido o el notorio esfuerzo físico de la portadora aguantando su carga mientras aún están de pie; cuando se sientan queda sola frente a la pareja y en la silla vacía a su lado se le aparece Tamara, en lugar de erguida abatida por el peso de un vientre imaginario tan enorme como el de la mujer que tendría delante, espejo sin brillo, y también la ve tumbada en su sofá de Los Angeles, aplastante, manejando sus asuntos por teléfono hasta desfallecer y abandonar los hilos entre sus dedos, llamándola a hacer de sajona eficiente al regresar por fin como latina a sus raíces naturales. ¿Qué glándula escondida le rezuma este veneno, de dónde le sale este racismo vengativo que asalta su fantasía y se complace en deformar hechos y cuerpos? Madison se concentra: tiene al hombre diametralmente enfrente suyo, como opuesto, y a la mujer en diagonal; procura envolverlos con su mirada pendular y su voz clara, que envuelta en una sonrisa de vocación persuasiva va contándoles cómo es la casa en la que vive con su amiga y qué vista tienen desde allí, para explicarles después de un sumario elogio de Londres que ha viajado sola porque ya ha entregado su último guión, mientras la pobre Tamara ha debido quedarse para velar por los intereses de su empresa de Internet. Como estos hechos son anteriores al incumplimiento de las promesas de la nueva economía, Madison tiene oportunidad de ver pasar, por la mirada de sus oyentes, el ambiguo fantasma hecho de admiración y perplejidad que el dinero convoca en los necesitados y la tecnología en los excluidos, y recurriendo a su vinculación con los medios pasa a intentar establecer su propio prestigio. Yo soy escritora, como Jane Austen, les dice encantada, sin que la referencia de cortesía a la autora inglesa parezca despertar más que un vago destello de olvidado reconocimiento en los dos pares de ojos que la miran, pero no de libros, de televisión, se explica, y agrega, asumiendo en su persona la identidad de todo un equipo, yo escribí esa miniserie que seguramente han visto alguna vez, la dieron en Inglaterra, lo sabe, Herederas en pugna, y al oír el título los dos ojos femeninos que la siguen se encienden con un súbito chispazo recordando las casas, las piscinas, los hoteles y el luminoso espacio surcado por blancas limusinas al servicio de soberbias mujeres codiciadas, y Madison se detiene allí: ha hecho contacto. Mientras describe locaciones y caracteriza intérpretes, de lo más animada, Charlie, desinteresado, no puede aburrirse como Stefano: hasta la cuenta del pub, donde ha preferido concertar la cita para ahorrarse desdenes como el de la portuguesa, lo preocupa; ya se apartó de una transacción semejante y éste es, después de todo, el resultado. No podía prever ni medir, al invitarla cuatro años antes a compartir el alquiler, aunque sus confidencias más íntimas versaran siempre sobre la recién nacida Celine, de quien según piensa ahora amargado dependía la magnética felicidad de Fiona entonces mucho más que de su recién nacido amor, la abrumadora concreción de las tareas a que acabaría obligándolo aquel vientre siempre hambriento de vida; ni siquiera durante el embarazo de Robbie, cuando ya la pequeña Joan no creía necesario reflejar la satisfacción de su madre, alojada para entonces con su novio, y menos aún durante el de Julie, coincidente con una mejora laboral, se había sentido agobiado por aquellas cargas que a su mujer, según ella misma siempre decía, la estabilizaban. Ahora, desconfiado, más atento a los signos físicos de las mujeres que a sus palabras, vigila el deslizarse de la voz americana sobre el silencio fervoroso de su esposa, cuando siente de pronto en esa pista un sobresalto. ¿Por qué murió Debbie?, cree oír, con acento inglés, y ajusta su atención. Madison no identifica de inmediato el nombre que interrumpe su monólogo, vacila, y es en ese lapso cuando repara en el ruego obstinado de los ojos que la esperan; incapaz de sostener esa mirada, alza la suya al techo fingiendo que así se concentra, rehúye así la vergüenza, localiza en su fichero lo que busca e improvisa: el tema, Debbie, propuesto en el equipo tal vez por ella misma, no, debió ser algún compañero, no se le ocurre quién, sólo recuerda haberle escrito unas disputas con el novio, sí, Debbie tenía razón seguramente, es la muerte, no escribió esa escena, sólo criticó, de la joven asistente de la señora Waters, la madre de la protagonista, que en algún sentido la había adoptado, ¿no te parece?, propone a Fiona, que asiente como si fingiera entender, estar de acuerdo, y repite, insiste, al darle trabajo la había adoptado, ¿verdad?, sonríe pero no sabe, la señora Waters se sentía tan sola al casarse su hija, simpatizaba con aquella joven huérfana tan aplicada, la actriz era pulcra también, tan agradable, tenía aquel aire prolijo, modales suaves, gustaba al público, sincera, le creían, querían que el novio sentara cabeza, pero una noche, con qué buena intención sería, cuando faltaban tan pocos capítulos, se anticipaba a la protagonista, diligente, llegaba antes que ella a la escena del crimen, antes que la víctima esperada, no íbamos a matar a la estrella, ¿no?, y así la pobre Debbie entraba a la oscuridad, el asesino emboscado tras la puerta la confundía con la heredera, la atacaba por detrás, no llegaba a verle la cara, sólo un delgado rayo de luna para que el público sí, los ojos de pronto alarmados para siempre, la lengua asomando por la muda boca abierta, desfiguración de un rostro amigo, dulce, afectuoso, consolador, digno de confianza, sí, es eso, era una confusión, un equívoco, recurso clásico, así es, qué equívoca la media apretando esa garganta, la violencia de la ficción sobre aquella que los espectadores también habían adoptado, habían dejado pasar a su casa, Madison ya no distingue lo que calla de lo que dice, no traduce todas las imágenes de lo que sabe que no ha escrito aunque también lleve su firma, pero al volver a la mirada fija en ella, que no ha cambiado, que sigue esperando ansiosa, implorante, comprende que no tiene respuesta, no tiene la menor idea de por qué decidieron asesinar a Debbie, no sabe en absoluto qué decir, y sigue improvisando: no quería hacerlo, fue el productor, confiesa, velando su voz como las actrices, Debbie pidió un aumento, era tan popular, y volviéndose hacia el varón asume el rol para el que ha venido.

continuará

tele

Falstaff, rey de Inglaterra

El bufón coronado

A Martín Bidau

La obra entera de Shakespeare comienza con el elogio fúnebre, encendido de lamentaciones, de quien el poeta transformará años más tarde en su héroe más positivo: el rey Enrique V, antes díscolo príncipe Harry, cuya muerte prematura lloran aquí sus pares y, según estos versos iniciales con que claman al cielo, debería llorar el universo entero, acrecentando sus lágrimas en cada súbdito leal a la corona, que nadie ha portado con más gracia o vigor. También hay en sus palabras un cierto sentido de fatalidad (“Henry the Fifth, too famous to live long!”) que destina al monarca al cielo ejemplar de las leyendas, donde en el rápido camino de la vida buscamos nuestra estrella y hallamos nuestro contrarreflejo. Sitio que en justicia le corresponde ya que, como veremos a lo largo de las tres partes de este Enrique VI, rey huérfano que no sabrá guardar su trono y que aun desheredará a su hijo en favor de unos enemigos que igualmente acabarán por destronarlo, la estirpe de los Bolingbroke –Enrique IV, Enrique V, Enrique VI- no prosperará sobre la tierra.

Héroes shakespereanos

Los primeros personajes de Shakespeare en salir a escena lo hacen portando el cuerpo inerte del más noble de los reyes, a quien la muerte habrá arrebatado la oportunidad de educar un sucesor a su altura. “England ne’er had a king until his time.” ¿Por qué el poeta lo eleva a tal dignidad? Pareciera que ya durante la concepción de éste, su primer drama, habitara en embrión en el espíritu de William –que todavía no era Shakespeare- el proyecto de lo que diez años después llegará a ser el ciclo histórico compuesto por Ricardo II, las dos partes de Enrique IV y Enrique V; que ya viviera en él la visión de este rey como modelo de soberano y encarnación de sus ideales. O preferencias, ya que esta encarnación no es idealista: el monarca que elige Shakespeare como ejemplo no es de origen divino ni está predestinado a la gloria, sino que adquiere sus virtudes a través de una experiencia mundana que lo coloca al nivel de sus futuros súbditos y se origina en la ilegitimidad, puesto que es el heredero de un usurpador.

La estirpe de Bolingbroke

Como aquellos personajes de los mitos griegos cuya paternidad compartía Zeus con algún mortal, Harry tendrá dos padres: de uno, que detenta la suprema ley, heredará para su cabeza una corona; pero es del otro, un ladrón y un bandido, que recibirá el conocimiento. ¿Paradoja? Bolingbroke, Enrique IV tras destronar a su rey Ricardo II, tiene dos hijos: del primogénito espera que sea él quien al heredarlo legitime su casta pero, mientras este príncipe Harry gasta su tiempo en las tabernas de peor fama a la vez que parece complacerse en aparecer ante el pueblo y la corte invariablemente como el bufón del reino, es su hijo menor quien se comporta como se supone que un príncipe debe hacerlo y observa todas las conveniencias que la monarquía impone. Sin embargo, el amor del padre, hombre político como no supo serlo el destronado pero a cuyo corazón el tiempo y los hechos darán la razón, se obstina en su hijo mayor de una manera que recuerda la parábola del hijo pródigo. Con la diferencia de que, siendo Bolingbroke un pecador (el pecador original de este reinado), asistiremos a una inversión de la conocida historia: para corresponder como debe al amor de su procreador, para lograr la redención que legitime su herencia, Harry deberá dar un gran rodeo, un rodeo lo bastante grande como para llevarlo alrededor de la enorme silueta de su segundo padre, a quien él mismo adoptará como compañero y maestro de la vida disipada. Este hombre que conducirá a Harry hasta la verdad desnuda sin proponérselo, jugando con él mientras calcula, como lo revela el desenlace de Enrique IV, su ganancia con una ingenuidad irremediable, no es otro que el notorio disoluto sir John Falstaff.

La escuela del mal ejemplo

Enter Falstaff

Glotón (“cerro de carne, hombre redondo”), bebedor (“barrica humana”), lascivo (“opresor de lechos”), cobarde, ladrón y tramposo, aun cuando Falstaff pidiera a Harry –entre los muchos favores que esperaba recibir de su pupilo cuando éste subiera al trono- que, cuando fuera rey, otorgara a los bandidos como él títulos más nobles (“caballeros de la sombra, escoltas de la luna”), el teatro de las bellas palabras nunca podrá disimular los defectos que, como la carne reventándole la ropa, asoman a cada paso de su imponente presencia. Y, sin embargo, este rival del rey Enrique en el corazón de Harry resultó, ni bien pisó la escena isabelina, irresistible para la reina Isabel, quien de inmediato hizo saber a Shakespeare que le gustaría “oír más de ese caballero” y así encargó graciosamente la comedia conocida como Las alegres comadres de Windsor. Al igual que Hamlet, Tartufo o Fausto, Falstaff ocupa un sitio único en el gran teatro del mundo y pronto sabremos qué verdad habla por su máscara: él mismo se lo dirá a Harry en la cara con clarividente franqueza, aun cuando no pueda medir todo el alcance de sus palabras.

Ensayo de monarquía

El proceso de Harry puede seguirse parcialmente pero con claridad mirando Campanadas a medianoche, película y antes pieza teatral que Orson Welles (intérprete de Falstaff, pero parecido a Harry en su condición de príncipe del cine exiliado en sus suburbios) hizo en 1965 mezclando diestramente la media docena de dramas mencionados hasta aquí. Partamos de una escena capital, para la que Shakespeare se vale de uno de sus recursos favoritos: el teatro en el teatro, que aquí será teatro en la taberna. Durante una de sus escapadas, Harry es llamado a palacio. ¿Qué explicación por sus tropelías dará al rey? Falstaff lo invita a ensayar sus excusas ante él, que representará a su padre. Toda la banda de la taberna asiste con gusto a esta improvisación en la que Falstaff, imitando al rey, aconseja al príncipe librarse de sus malas compañías pero conservar la amistad de un hombre, sólo uno, uno “alegre, corpulento”, cuyo nombre recuerda luego que es precisamente Falstaff. Cambian entonces de papel: Falstaff hace de Harry y Harry de Enrique IV, quien reclama enérgicamente a su hijo abandonar la compañía de ese “viejo Satán de barba blanca” que extravía a la juventud. Entonces Falstaff, enmascarado como Harry, reclama y dice su verdad: “No, mi buen señor: despide a Peto, despide a Bardolph, despide a Poins” (sus otros amigos), “pero al dulce Jack Falstaff, al amable Jack Falstaff, al sincero Jack Falstaff, al valiente Jack Falstaff no lo despidas de la compañía de tu Harry, porque despedir al gordo Jack es despedir al mundo entero.” Éste es su mensaje, que preside la lógica de giros de piezas y cambios de papeles que caracteriza la obra. Estos giros llegarán a la traición: en el campo de batalla, tras fingirse muerto para no luchar, Falstaff intentará quedarse con la gloria que correspondía a Harry robándole el cadáver de su enemigo; cuando por fin sea rey, Harry dará la espalda a Falstaff. Pero la lógica dramática, a la que ambos son leales, supone verdades opuestas, aun irreconciliables, y por eso educa en la amplitud. Con cada engaño, con cada acto no ejemplar, Falstaff levantará el telón de la moral y sin proponérselo dejará a Harry ante la realidad. Coronado, Harry desterrará a Falstaff y sus amigos de su compañía pero velará porque nada les falte. Las escenas se suceden entremezclando sus matices hasta conducir a ambos a una comprensión amarga y dulce a la vez: Falstaff morirá de pena pero sin rencor y Harry reinará con la cálida tolerancia aprendida en las tabernas. Oigámoslo perdonar a un borracho que maldijo a su majestad, mientras unos cortesanos piden su inmediata ejecución: “Si no cerramos los ojos ante las pequeñas faltas, ¿cuánto tendremos que abrirlos cuando crímenes capitales aparezcan ante nosotros?”

King Harry

Guerreros en Agincourt

Como Enrique V, Harry cumplirá su papel. Arrancará a su país de las discordias civiles para llevarlo a luchar contra el enemigo común. Partirá hacia Francia para tomar por la fuerza la parte de su herencia que se le niega, unos territorios. Al príncipe díscolo que el Delfín recuerda opondrá un monarca decidido y enérgico, que llevará a su ejército de victoria en victoria. Y tampoco lo hará retroceder la inferioridad numérica a la hora de la batalla decisiva. Pero el recorrido, aunque triunfal, no será plenamente feliz: así como Falstaff sufrió su abandono, sufrirá él mismo el ejercicio de la justicia que habrá de administrar. Descubrirá traidores a la corona entre sus amigos de la corte y, habiendo prohibido el robo a sus soldados, habrá condenado irremisiblemente a muerte a su viejo compañero el ladrón Bardolph. Pero el joven rey ya es un hombre. Comparémoslo, la noche anterior a la batalla, de incógnito entre los que van a combatir por él, con su hijo en aquel Enrique VI escrito diez años atrás. Los dos reyes piensan, en su soliloquio, que mejor que el rey está el esclavo, libre del peso de la corona y de la responsabilidad que el pueblo deposita sobre ella. Pero Enrique VI, huérfano extraviado, sólo podrá perderse del todo en la batalla, que lo arrastra ya inerme entre los oportunos lamentos del padre que ha matado a su hijo y el hijo que ha matado a su padre. Enrique V, llamado a combatir, recurrirá en cambio a la instancia más alta: con fe pedirá a su padre en el cielo por el pecado de su padre en la tierra, que mató a su rey. El sabe que su padre usurpó el trono, que no es inocente; aún así, ruega que la victoria le sea dada. Y casi inmediatamente, consuma su reinado: ya que de éste, breve, prevalecerá sobre todo la utopía esbozada en la arenga a sus guerreros en Agincourt. Contra la real superioridad numérica de los franceses, Harry invoca la mayor parte de honor que corresponderá a cada inglés que combata; imagina los futuros aniversarios de esta batalla, cuando cada uno de los que aquí luche pueda jactarse de sus heridas ante los que no lo han hecho y recuerde como a hermanos (“We few, we happy few, we band of brothers”), al igual que él lo hará, a quienes con él, soldado y súbdito de la corona que heredó, se batieron en Agincourt. Y dice, una vez hermanados, las palabras que elevan su inminente batalla a la altura del ejemplo: “Esta historia enseñará el hombre bueno a su hijo”. Aquí prácticamente Harry ha terminado su rodeo y se ha reconciliado con su sangre, de este modo por él redimida. La absoluta victoria, por otra parte histórica, y la consiguiente paz, sellada por su matrimonio con la hija del rey de Francia, representan la puesta en obra de sus palabras, que coronan su trayecto de la confusión a la gloria y sostendrán su mito por encima de los viejos conflictos civiles que resurgirán a su muerte para sepultar a su hijo y a su nieto.

Una corona para el príncipe Harry

Así que Harry no ha renunciado en ningún sentido: no ha cambiado el mundo por la corona ni ha abdicado. Su reinado ejemplar, aun si deja sus mejores frutos en el terreno de la utopía, no responde a un ideal que desdeña la realidad. Por el contrario, de Falstaff Harry ha aprendido la naturaleza cambiante del mundo, su carácter provocativo; a través suyo ha descubierto el secreto de la legitimidad, su condición de cosa construida, no debida a un origen sino en juego en cada destino, y el valor de esta condición. Una paradoja: el hombre de gobierno, el intelectual, Enrique IV, ha aportado la realidad física de la que el hombre material, el sincero Jack Falstaff, mostrará el orden y la verdad. Desde el trono fugaz de una taberna, impulsivamente y como si fuera una farsa. Ante la vida, ni Harry ni Falstaff retrocederán.