Crítica en trance

En el comienzo era el ritmo
En el comienzo era el ritmo

El pensamiento en la ficción de género es el examen crítico de sus convenciones. Su solo uso es acatamiento, aceptación del orden evidente en esas convenciones aunque el contenido de la ficción parezca crítico. Wittgenstein decía que para entender una expresión no había que interrogarse a propósito de su significado, sino de su uso. Julia Kristeva observó cómo, en la poesía llamada de vanguardia, el goce no reside en el uso del lenguaje, sino en su transformación. El gobierno diestro de las convenciones según las cuales las máscaras circulan, aunque se ignore su lógica o más bien el fundamento de ésta, es lo que hace de los autores de ficciones comerciales profesionales con un oficio y señala sus límites, pues lo que no pueden manejar lo ignoran, como tiende a hacer todo poder. Esa visión paranoica adecuada a la vertiginosa circulación de estereotipos que caracteriza a la época, incapaz de ver cara alguna a causa de su obsesión por las máscaras, es lo que permite al autor comercial ser un profesional y lo salva, a menudo a pesar suyo, de ser un artista, como esos que suelen ser objetos de su recelo. La cultura del entretenimiento es el culto al pasatiempo, que obviamente no resiste mucho tiempo culto alguno. Del arte como trascendencia al arte menos perdurable que los mortales hay la distancia que procura cubrir cada día más veces el circuito de las celebridades, pero su paso no deja en las circunvoluciones del cerebro más huella que la garza en el agua al rozarla en su vuelo. La fama ofende la memoria. Recuerdo mucho que ha sido olvidado y lo que en cambio ahora recibe atención me parece robársela a lo que la merece. Librerías de viejo: volúmenes arrojados a la corriente del tiempo y no alojados en la ilusoria eternidad de las reediciones triunfales. Primeras ediciones de bolsillo contra el concepto Biblioteca de Autor. Por una literatura sin nombres propios. Aversión a los inicios con gancho, con anzuelo para el lector desprevenido. También tiendo a apartar la mirada de lo que insiste en llamar la atención. Preferencia por el establecimiento brutal de situaciones. Disgusto por el uso comercial de la provocación: lo que sembró el surrealismo lo cosecha la publicidad. La ficción es un rodeo. Pero no hay modo de llegar a ningún lado en este mundo o fuera de él sin dar alguno, por la forma triangular de sus procesos que impone pasar por B para llegar a C sin que haya posibilidad alguna de acceder allí como Colón, haciendo el camino a la inversa, pues el tiempo es lineal para nosotros y en su recta retroceder no nos es dado. La ausencia de ideas suele confundirse con la realidad, donde desde ese punto de vista las ideas estarían de más, pero el reproche al intelecto por complicar lo que procura aclarar al iluminarlo no es más que una calumnia de propietarios empeñados en ocultar mejor su botín: pues hace falta quien lo investigue para que un homicidio llegue a crimen. Y sostener en la vida lo que se sostiene en el arte es muy difícil: ¿dónde está el que no tropieza en ese escalón, el pasaje del ensayo al estreno, por donde se regresa de la proyección al infinito a la estadía en un cuerpo entre otros, expuesto como antes a las mismas circunstancias cuya representación ofrece un destilado mucho más asimilable? Resbalón, repetida caída, eterno retorno cumplido cada día, cuando querríamos ser capaces de dar la vida entera, según decía Rimbaud saber hacerlo, en la primera persona de un plural tan desconocido como ignoto es para su prójimo quien sea que ha dictado las palabras que éste acaba de leer.

grabador

Advertencias a escritores en ciernes

Retrato del poeta deportado
El poeta como deportado

Vanguardias
Los poetas, que siempre toman la delantera, también preceden a los otros en el camino de la ruina. “Primero se llevaron a los poetas, pero yo no me preocupé porque no era poeta. Después se llevaron a los dramaturgos, pero yo no me preocupé, porque no escribía teatro. Luego se llevaron a los ensayistas, a los filósofos, a los cuentistas… Ahora les toca a los novelistas y en las librerías ya no preguntan por mí.” ¿Está la humanidad por consumar la traición definitiva? ¿Pero a qué? ¿A la cultura? ¿A la tradición? ¿A la vida, para que la muerte viva una vida humana, como se ha dicho? ¿A la muerte, para que la vida se vea libre al fin de todo más allá?

Fenómenos
Lo que la gente quiere y busca en el lenguaje es compañía. La literatura ofrece un amigo –¿el libro, el autor?- que puede incluso devenir de cabecera o dilecto, pero el otro modo, más común, de compañía es la pertenencia, no de la compra a su propietario, sino de éste a su categoría dentro del público objetivo, y de ahí el deseo generalizado –y anónimo- de participar y hacer participar a otros en los así llamados –y así constituidos- fenómenos editoriales, no muy distintos, para felicidad del marketing, de los culturales, mediáticos o de cualquier otro tipo, incluyendo las catástrofes naturales o políticas hoy globalizadas. La amistad en cambio singulariza, por lo que aísla a la vez que acompaña. Crisis del libro de bolsillo, auge de las redes sociales.

Intérpretes calificados
Rotundidad del adjetivo que no describe sino que sólo califica para situar en el imaginario social y competir por la atención: la mujer “hermosa” sin más, o la “más bella”, o el “mejor” lo que sea de su tiempo, o “el más grande”, o cualquier otro calificativo categórico por el estilo. Los matices aquí nada aportarían, sino que, al contrario, quitarían; pues no se trata en estas historias de individuos que hayan nacido alguna vez, sino sólo de categorías para las que una sombra sería una mancha. Todo personaje plenamente identificado con su función tiene un puesto asegurado en la industria del entretenimiento.

Dos quieren ser uno, uno quiere ser todo
Dos que quieren ser uno, uno que quiere ser todo

Bla, bla, bla
La mayoría de las novelas alternan dos registros que por lo general evitan la mutua contaminación, aunque se parecen en ese rechazo de lo que por su solo roce los cuestionaría. Uno de ellos es el de la voz narrativa; el otro, el de los diálogos entre los personajes. Ambos tienden a su propio automatismo, que es algo así como el impulso continuo que les permite generarse y regenerarse sobreponiéndose, por su propio ímpetu, a la página en blanco que a cada paso vuelve a abrir su abismo. Pero el precio que se paga en cada caso es el de una pérdida de realidad, en la medida en que es ésta la que amenaza tanto a la voz que narra como a las que dialogan, las cuales por otra parte se turnan para intervenir a sabiendas de que es la otra parte del discurso la que pone en peligro su propia manera de afirmarse en razón precisamente de su alteridad. La voz narrativa procura someter el mundo o la vida a su propio discurso hegemónico o, quizás mejor dicho, a su propia interpretación absoluta, mientras las voces dialogantes, potenciándose unas a otras, procuran escapar de toda instancia interpretativa mediante una imposición física semejante a la de los cuerpos de los personajes que están allí más acá de cuanto se pueda decir sobre ellos o sus proposiciones. Cuanto más se instale el relato en un discurso ininterrumpido por precisiones corporales ajenas a sus aspiraciones a la razón o al sentido, cuanto menos acotado esté el diálogo por observaciones que relativicen lo que las voces declaran, es decir, cuanto más “respeten” cada uno de ambos registros, el narrativo y el dramático, el territorio que parece ser el del otro, cuanto menos, en definitiva, se cuestionen entre sí, mayores serán las posibilidades de que cada uno de ellos caiga en un bla, bla, bla diferente pero al fin y al cabo el mismo, que no es sino el producto de ese automatismo que tan a menudo se confunde con la inspiración y que lleva a escribir de corrido, como arrastrados por una voz que nos dicta el texto o por dos voces que se responden una a la otra a tal velocidad que el autor jamás alcanza a intervenir. De modo que el trabajo sobre cada uno de estos planos o registros debería ser en cambio una especie de confrontación en la que el otro, durante cada fase de la escritura, sirviera de piedra de afilar: la narración debería hacer sentir a cada lado, como las dos orillas de su río verbal, el silencio y la indefinición que atraviesa sin poder definir más que su curso, en tanto las voces que dialogan deberían ser narradas palabra a palabra desde esa tercera instancia representada justamente por esa voz, la narrativa, que tantos se empeñan en hacer callar en razón del ritmo durante estos pasajes de novela. En todo caso, leyendo, no olvidemos que, cuanto más parece saber un narrador, más está ocultando cuánto ignora; cuanto más suficientes parecen dos voces en su diálogo, más reveladores serán seguramente los gestos que nos esconden.

Lectura para iniciados
Lectura para iniciados

Masas acríticas
Denso es el signo que se demora en manifestar su sentido o, mejor, los varios sentidos que en él se cruzan produciendo una unidad difícil de descifrar. De ahí su resistencia a la lectura veloz y la impaciencia que causa, poniendo a prueba al lector a cada página. Ligeros de juicio aquellos a quienes estos volúmenes se les caigan de las manos. Ligero su juicio pero densa en cambio la masa que oponen a la potencia vectorial del lenguaje.

Perspectivas
Con las ideas generales no se agarra uno los dedos, pero tampoco da en el clavo. Con las ideas generales no da uno en el clavo, pero tampoco se agarra los dedos. Habría que ver a la larga qué resulta más doloroso.

Verdad del relato
La satisfacción, en la fábula, no es moral sino formal.

Sobrenatural
Un padre es una ficción, del padre o del hijo. Lo que no es ficción es fatalidad.

Por su propia mano
Por su propia mano

Lo incorregible
En toda escritura hay algo esencial que es incorregible. No es bueno ni malo y habría que ver si auténtico es la palabra, porque al ser incorregible tampoco es remediable ni puede esperar redención alguna o alcanzar el estatuto de verdad, por mucho que el escritor pula sus formas o afine sus contenidos. Tan sólo cabe aceptar este resto indeleble que se filtra en cada línea que un individuo redacta y del que entonces no cabe decir siquiera que se trate de una afirmación personal, ya que no se corresponde con ningún valor positivo o posición crítica; es un elemento neutro, sin cuerpo, no más allá sino más acá del bien y del mal, cuya presencia, que es todo lo que tiene, al fin y al cabo molesta al no poder ser reivindicada por ninguna intención, ninguna tendencia, ningún propósito que la justifique. Donde el autor no se distingue de sus personajes y patina por la misma pendiente que ellos crece este yuyo inextirpable, que no es tanto maligno en sus efectos como imposible de predicar a terceros. La joroba caracteriza a Quasimodo, que eleva así un defecto a forma esencial; pero el resto incorregible de toda escritura, esa marca propia no querida por el autor, no constituye en principio valor alguno. ¿Se lo encontrará algún lector en función de alguna otra escala, desconocida por el autor que padece en su mano esa firma inconsciente? Pues eso cuya razón no puede ser demostrada, en la medida en que ésta no existe, esa misma arbitrariedad indefendible, sin embargo, conquista el afecto; y ese afecto, que innumerables lectores pueden compartir a pesar de ser para cada uno tan íntimo, como si viviera efectivamente con el autor juzgado, se expone sin embargo al rechazo. Ya que la crítica puede ser contestada, pero ¿cómo va a defenderse el escritor de aquellos que lo confirman en lo mismo que no tiene más remedio que ser?

Rectilíneo uniforme
Todo debe seguir igual para que algo cambie. Así la pintura permanece fija mientras la contemplación se afina y la novela llega a ser ese espejo ante el que vienen los caminos a pasearse.

plumasangre

La comunicación no es un arte

¿Por qué leer en lugar de conversar?
¿Por qué leer en lugar de conversar?

Lo que no quiere decir que el arte sea un solipsismo. No lo es, en la medida en que siempre se hace utilizando un lenguaje y el lenguaje es algo común, que cualquiera puede “hablar” (las comillas se deben a que no me refiero sólo a las palabras, sino también a cualquier otro sistema de signos de los formalizados por las distintas artes –plástica, escénica, audiovisual, musical, no sé si hay más-) y, por consiguiente, cualquiera puede “escuchar” también. Pero, si el arte procurara a quien lo practica o admira la misma satisfacción que comunicarse, si la comunicación “lisa y llana” (que nunca lo es) pudiera ser satisfactoria en un grado aceptable de correspondencia o plenitud, cada uno buscaría en la práctica social esta satisfacción y no existiría esa representación paralela que ofrecen las artes, ni tampoco, probablemente, los edificios abstractos de la filosofía y otras actividades del espíritu.

Este comentario viene a cuento de unas declaraciones que leí ayer en una entrevista al conocido crítico literario español Ignacio Echevarría, donde entre otras muchas cosas se refería al blog como algo desfasado y superado hoy por otras vías de comunicación más dinámicas como Twitter o Facebook. A esto agregaba, considerando a aquellos bloggers que además son escritores, que ninguno de ellos escribe su blog porque desdeñe la publicación en papel, algo que por otra parte cada uno desea. Como yo mismo llevo un blog, no pude evitar darle algunas vueltas al tema y pensé lo siguiente: que en el blog de cualquier escritor o aspirante a serlo, aunque lo haya iniciado con la intención expresa, a la vez interesada y un tanto inocente, de comunicarse o comunicar con otros internautas, vuelve a infiltrarse la conflictiva diferencia entre la comunicación y el arte, en este caso, de escribir. Porque en el arte hay algo, por más abierto que permanezca a las interpretaciones, que siempre vuelve a sí mismo y hasta se cierra sobre sí, una parte que NO se comunica y, al contrario, procura ser un “núcleo duro”, un hueso que, negándose a ser masticado por las mandíbulas de la conversación, resista en el fondo de la forma a las generaciones de lectores y espectadores que puede soñar, pero no prever.

La telepatía como horizonte
La telepatía como horizonte

De esto ha de librarse el comunicador, que busca el contacto y la respuesta inmediata y encontrará ambos en aquellos que, buscando lo mismo, son exactamente sus semejantes: los otros de las redes sociales. En este sentido, es fatal que medios como Twitter o Facebook, donde es posible chatear, siempre y pronto dejen atrás a otros cuyo modelo de relación siga siendo no el del diálogo directo entre interlocutores coincidentes en un tiempo y en un espacio, aunque éstos sean virtuales, donde es normal estar pendientes a cada momento el uno del otro, sino el del paso del texto del escritor al lector, con el desencuentro inevitable o asincronía entre las partes que supone, donde una expone o más bien ha expuesto lo que sea y la otra asiste y juzga a posteriori, sin comunicar luego necesariamente sus conclusiones o impresiones. Entre esta comunicación suspendida, que deja su resto de sombra a cada parte a un lado y otro del texto, y la acción simultánea que supone la interactividad, cuyos participantes no se distinguen por las funciones diferenciadas que cumplen (cada uno “habla” y “escucha” a la vez), hay una diferencia de situación tan grande que lo que en realidad motiva su constante comparación es que cada una, en relación a la otra, goza de aquello que por definición ésta no puede tener: la inmediatez de una respuesta o la promesa de un destino aún no cumplido.

Para que haya teatro, como dicen los manuales, bastan un actor y un espectador. Dos personas, pero no dos actores ni dos espectadores ni, tampoco, cada una las dos cosas a la vez (ni siquiera en las piezas didácticas). La superación, por parte del modelo de comunicación propio de las redes sociales, del de los tiempos en que sólo el “cara a cara” podía conjurar la asincronía entre las partes, es de igual orden que la del presente respecto al pasado: un dejar atrás apegado a la fuerte impresión de realidad que caracteriza siempre a lo actual (aunque amenazada cada vez de más cerca por la sombra, tan próxima, del futuro), a expensas del acceso a un saber que, al no depender tanto de las novedades de cada día, no puede menos que recordarle al vivo, tarde o temprano –y ése es su precio-, su condición de mortal. El reflejo de esta actitud en la narrativa contemporánea suele ser la sustitución, como valor, de la experiencia por la información, es decir, de lo propio constituido históricamente por lo común y accesible a todos de inmediato.

Don't let this happen to you
El peso de la tradición

Quien lea o escriba buscando, por encima de todo, comunicarse, no tiene por qué leer a los clásicos ni a sus herederos: allí el arte interpondrá su texto entre emisor y receptor, impidiendo además todo intercambio de sus posiciones. El gran público, creado por el mercado y no a la inversa, no se equivoca sobre esto y por eso su demanda no puede satisfacerse mediante la mera reimpresión de obras ya publicadas en otro tiempo, al que su éxito, si entonces lo tuvieron, no puede más que vincularlas de manera todavía más flagrante. Y no es porque su carácter innovador, cuando lo tuvieron, haya sido absorbido por el progreso de las costumbres, ya que las innovaciones más bien tienden a acabar rechazadas por el conservadurismo perenne de la mayoría. Es porque esa demanda es la de mantener siempre lo mismo con vida, una demanda de aggiornamiento por la cual el público actual pueda parecerse al de siempre y reflejarse en semejante eternidad, que las obras hechas para durar, marcando su diferencia, niegan al mostrar que las apariencias pasan. Toda comunicación, tarde o temprano, se interrumpe y es esto, aunque hable de otra cosa, lo que el arte repite fatalmente entre todas sus variaciones.

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Fatalidad y esperanza

On connaît la chanson
On connaît la chanson

Creo que era Un hombre y una mujer, ese hito de la filmografía de Claude Lelouch, de donde venía aquella música tarareada por una voz femenina sobre un fondo de cuerdas que, al igual que en la película, fue empleada durante años por telenovelas, series locales y hasta programas cómicos –adelantados a sus compañeros de pantalla- para acompañar secuencias cuyo propósito podía ser tanto mostrar breve e idílicamente la progresión de una relación de pareja como ilustrar su circulación por paisajes a medida, su traslado a escenarios diversos o el paso de las estaciones vinculado a las mencionadas situaciones. Me parece que el jabón Palmolive recurría a esta banda sonora para anunciar su teleteatro, aunque puede que esta vez sea yo quien está empleando el mismo motivo o solución musical para pegar sobre él en collage sus heterogéneos recuerdos. Quien oiga hoy esta melodía y tenga o pueda tener memoria, cuestión de edad, la reconocerá sin duda, aunque tampoco esté seguro de su origen, y hará de ella el objeto ya de su nostalgia, ya de su sarcasmo, pero habrá de admitir, como se dice, que “marcó una época”. ¿En qué radicaba su eficacia? En mi opinión, en la combinación precisa o afortunada de los dos ingredientes, musicalizados, a los que aludo en el título: fatalidad, presente en la obsesiva repetición de una sola y simple frase melódica que no hacía sino interrumpirse, apenas un momento, para recomenzar, y esperanza, aludida tanto por la continuidad del bucle como por la conciliadora suavidad de la voz y su amable declive final, compensado de inmediato por el leve ascenso de las cuerdas al nivel del punto de partida para dar paso a una nueva repetición del ciclo o a la siguiente escena o secuencia del montaje, perfectamente situada, para seguir adelante, en el mismo plano, sí, narrativo, que todo lo anterior. “La vida, esa caída horizontal”, decía Cocteau. El espectáculo de la vida, dulcemente representado en estos sentimentales collages de imágenes o en otros más propios de nuestra época, como cualquier videoclip, mece en el cine al espectador sumergiéndolo en esa extática pasividad que tanto se le ha criticado y de la que procura librarse, a base de astucia, información y descontento, el así llamado espectador crítico, impaciente en la butaca de al lado mientras transcurren ante su vista, sobre las vías que atraviesan sus oídos, estos pesados vagones cargados de sentimientos que, según parece, nunca dejarán de producirse allí en la amnésica imaginación de donde vienen. ¿Y los lectores? Está claro que la novela no puede competir con la película en la recreación de ese “sueño que soñamos todos juntos” (otra vez Cocteau), sencillamente porque basta con tener que leer para alcanzar una conciencia del lenguaje como nunca se la tiene ante la mezcla, similar a la que ofrece la vida, de imágenes y sonidos que propone el cine. Esa conciencia, insatisfecha por no poder extinguirse en la natural percepción de estímulos que la ausencia de letra permite interpretar mucho más cómoda y espontáneamente, por mínima que sea siempre se mete entre el soñador y su sueño, falto de la tramoya de que dispone la “lengua escrita de la realidad”, según definió al cine Pasolini. Lo que no quiere decir que éste sea un elogio del lector o de la lectura, ya que también es bien sabido que existe una pasividad del lector, el “lector-hembra”, como a pesar suyo acertó Cortázar, y si no piensen en cuántas lectoras –son ellas las que actualmente compran y leen la mayor parte de las novelas ¡y qué novelas!- le dan hoy la razón. Pues tal pasividad, más allá de lo acertado en la elección de figura para su metáfora que haya estado Cortázar, es la que puede encontrarse en la confluencia de fatalidad y esperanza donde se instala, para su viaje, quien va a dejarse o está dejándose llevar por una historia. Este lector, el lector pasivo, lector-hembra para quien lo denuncia, no va a tragarse sin embargo cualquier cosa y en general, sobre más de un punto, se muestra intratable, aunque no se explique, y es de una exigencia absoluta en cuestiones acerca de las que el “lector-macho”, el inquieto, puede ser mucho más fácilmente engañado. Por ejemplo, la unidad de la historia, su aristotélica (aunque mejor si es disimulada) y satisfactoria adecuación a un esquema comprobable (aunque esta comprobación no le hará falta al olfato del lector que sabe lo que quiere) de planteo, nudo y desenlace en el que no haya cabos sueltos respecto al carácter ni al destino de los protagonistas y todo, en consecuencia, como se dice, “cierre”. Fatalidad y esperanza son los dos polos necesarios para tender el cable del teleférico en que viaja, abstraído del abismo, nuestro lector. La fatalidad garantiza el peso del mundo, su probada realidad, la pendiente que enlaza causas y consecuencias y la trama que como la de la araña mantiene a los personajes en sus redes en virtud de su sola naturaleza humana, lo que siempre implica un margen de inocencia que oponer a las desgracias y pruebas que, como un castigo, se abaten sobre ellos, tan parecidos al lector ya identificado. Pero éste no se dejaría rodar por tal colina sin la promesa implícita en la velocidad que va tomando y lleva oculto, como un as en la manga, todo el poder de la inercia en que la pasividad cifra su triunfo, incluido el inminente ascenso a cumplirse cuando esta fuerza se tope con el último tramo, en subida necesariamente, del recorrido emprendido: es el famoso tocar fondo para así resurgir, mito básico de la ideología melodramática. Si la fatalidad genera la esperanza como reacción, ésta se nutre a su vez de aquella, que le da una masa en la que poner las manos y, por el precio de una culpa relativa, un punto de llegada en consonancia con el de partida donde se abrió el abismo. Es decir que alguien, o algo, espera a su vez allí donde se dirige la esperanza. Un régimen económico: fatalidad y esperanza, garantía y crédito. La cuestionada pasividad del “lector-hembra” no es indiferencia, sino sostenida manifestación de un deseo: “que se cumpla en mí lo escrito”, ese escrito garantizado, puesto que preexiste a la lectura, pero que, necesitado de invertirse, abre a la vez un crédito. La recuperación de esa inversión es la otra cara del cumplimiento de la oferta hecha al lector y es esta reunión del envite con el retorno, del punto de partida con el de llegada, del principio con el fin, necesario para que la maniobra sea completa, el que exige a la historia novelada una demostrable unidad. El lector hembra se hace eco de esta exigencia, contestada por el “estallido del texto”, emblema de la literatura de vanguardia, al menos durante el siglo XX, dirigido justamente no tanto contra el cumplimiento como contra la garantía por una exigencia más extrema: la de invertir también ese capital, el garantizado, para provocar una ganancia precisamente inestimable. Demasiado riesgo, y no están los tiempos, en la actualidad, como para ello. Sin embargo, hay una posible interpretación del conservadurismo del lector de novelas que da de él o de ella una imagen mejor que la del explotador de un imaginario cerrado. Garantía y crédito, fatalidad y esperanza: si en la ficción, en el fondo, se trata siempre de los avatares de la verdad, esa verdad garantizada que supone la fatalidad es lo que se invierte al comienzo con la puesta en marcha del mecanismo ficticio. Por el momento, mientras la máquina trabaja, esa verdad se ha perdido y buscarla es lo que se llama leer, por más ingenua y entregadamente que se lo haga. Pero buscar es ser desgraciado, ya que supone que se está determinado por alguna pérdida más que por cualquier otro estímulo: ésta es la marca de la fatalidad, que suelen llevar sobre su espalda los protagonistas y otros personajes a lo largo de todo el proceso narrativo desencadenado por ese traspié. Pero buscar, a la vez, es trascender esta condición, ya que el que busca lo hace con la esperanza de encontrar y, siendo así, casi vive en la fe, si no lo hace directamente, de que aquello que busca existe: como el lector que encuentra en la ficción lo que falta en la realidad, aunque en ella existe al menos como lenguaje o figuración. Lo que suele ocurrir en las historias que aspiran a transmitir algo como el valor de la experiencia –y, después de todo, narrar casos particulares no es otra cosa ya que, de otro modo, bastaría con las nociones generales- es que aquello que se busca no se encuentra, pues viene a ser algo así como un fragmento de paraíso, perdido por definición, pero en cambio lo que permite salir adelante y alcanzar la meta es otra cosa real y terrena que, elevada a esencial por el hallazgo de que es objeto, sustituye eficazmente lo perdido. Si el personaje hallara en cambio exactamente lo que busca, tal vez no lograría otra cosa que quedar para siempre atrapado en la búsqueda, fijado a esa pérdida para hundirse con ella, pues todo se pierde si no se transforma.  La fábula, repetida en su estructura, parecerá gastada, pero cada lector que ocasionalmente extrae alguna inesperada moraleja para su uso personal de estos entretenimientos puede decirse, con el cierre del ejercicio, que algo ha ganado en su tímida apuesta, que su lectura, como antes se decía, ha sido provechosa.

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Tríptico borgeano

Borges entre amigos
Borges entre amigos

El amistoso Borges
Como era conservador, como no era de izquierda, por su libresca erudición y su nula afición a los rituales del deporte, bajo una admiración poco fundada el gran público siente a Borges, cuando lo siente, más bien como a alguien distante que cercano, fatalmente más ajeno que propio e irremediablemente situado en una superioridad intelectual, fatal compensación por una u otra claudicación física, con la que no es posible mantener trato alguno sin temer ser una u otra vez el blanco de la tácita soberbia, pedantería o desdén propios de los dueños de la lengua respecto a sus usuarios normales. Pocos escritores, sin embargo, más amistosos que Borges con su lector, a quien siempre trata como a un par y al que narra sus historias o expone sus ideas sin alzar jamás la voz para darle lecciones ni abusar de su confianza con indecentes proposiciones de complicidad. Aunque hay que decir que se trata de una amistad situada siempre un poco aparte de las otras relaciones, como él mismo y su amigo Bioy Casares en el salón de Victoria Ocampo cuando ésta imponía a su círculo la presencia de alguna celebridad cultural de la época con la consiguiente obligación de atenderla. Desde este punto de vista es ejemplar ese breve relato en el que Borges propone a su interlocutor suicidarse ambos para poder seguir conversando en paz, ya sin oír la insistente cantinela de La cumparsita que entra desde la calle por la ventana. Luego no recuerda si lo hicieron, pero una idea del paraíso para Borges bien podría ser, sin exclusión de las damas que mantuvieran una actitud comparable, la de una eterna conversación entre caballeros respetuosos uno del otro tanto como de sus diferencias, comparables con la distancia no desmesurada pero sí nítida, neta, que los separa de sus semejantes. Quizás por eso, por esa probable y comprensible, de acuerdo con la vocación universalista reconocible en la obra a continuación considerada, voluntad de colocar los argumentos más allá del plano de la conversación, a Borges no le gustaba por parte de Spinoza el recurso a la geometría en la elaboración de su Ética. Sin embargo, en un soneto llamado como el filósofo, manifiesta admiración por su labor, que incluye definiciones como la siguiente: “Al deseo por el cual se siente obligado el hombre que vive según la guía de la razón a unirse por amistad a los demás, lo llamo honradez, y llamo honroso lo que alaban los hombres que viven según la guía de la razón, y deshonroso, por contra, a lo que se opone al establecimiento de la amistad.” Una idea de la amistad quizás menos atenta a los individuos que la atribuible presumiblemente a Borges, pero que a la luz de la obra de éste no parecería ir contra sus preferencias.

Relojes y laberintos
¿El peor Borges? El Borges automático. Sentencioso y rimón, es decir, ramplón. Como si su propia inteligencia se rindiera, cansada, a las tonterías inmemoriales de la especie sobre el paso del tiempo y otros tópicos metafísicos. Este Borges suele darse en verso y sobre todo en verso regular, según el portátil modelo que los conservadores, con sólidos argumentos, juzgan más verdadero y sensato aun en su arbitrariedad. Suele salvarlo el universo físico: los compadritos, los patios, el sur de Buenos Aires y los aislados destellos de memoria que recrean el mundo desvanecido con los años a la vez que la vista, mitología personal sobre la cual hasta sus propias consideraciones abstractas resbalan sin dejar huella.

El efecto barroco
El efecto barroco

Borges y el barroco
Es muy conocida y se cita a menudo la definición que dio Borges: “Barroco es todo arte que limita con su propia parodia.” En el mismo sentido iban sus versos contra y no sobre Gracián (“helada y laboriosa nadería / fue para este jesuita la poesía”), sinceramente atenuados durante una entrevista hacia el final de su vida, en la que, aunque reconoce en el español la agudeza, la hondura y franca penetración de su inteligencia, mantiene la condena hacia su tratamiento de la forma, en exceso determinada para él por “laberintos, retruécanos, emblemas” y “estratagemas”, de las que ofrece un ejemplo sencillo: “La vida es milicia contra la malicia”, aseveración cuya verdad no discute sino a la que objeta el juego de palabras que en su opinión degrada el concepto, lo trivializa. Todo esto es muy razonable y Borges convence con sus argumentos, que no expone intentando vencer; sin embargo, aunque oigamos la intencionada resonancia que señala entre milicia y malicia, tanto como la cacofonía que escucha en el título El llano en llamas, aunque entendamos perfectamente lo que censura y nos inclinemos a darle la razón, no por eso disminuye nuestra fe en Gracián o en Rulfo. Tampoco logramos condenar decididamente aquello de lo que Borges nos ha demostrado el defecto; más bien es como si en el punto medio entre una obra apreciada y la crítica adversa pero en sí misma apreciable lo que quedara fuera una especie de indiferencia, de duda ante la necesidad de decidir. ¿Pero es realmente necesario optar? Recuerdo otra objeción parcial suya, también formal, esta vez a la Ética de Spinoza: lo que aquí reprobaba era la adopción, por parte del filósofo, de un rígido aparato geométrico para sostener sus razones cuando hubiera bastado su exposición coloquial para probar la misma verdad, vanamente acorazada por la asimilación a un sistema. Semejante fortificación, ¿no sería contraria al modo de comunicación preferido por Borges, la conversación amistosa, además de una aspiración a la razón triunfal desaconsejada en Los teólogos, aunque sea por vía defensiva? La sobria sencillez ante la complejidad del universo en lugar del loco abandono al impulso de medirse con él, el diálogo íntimo como alternativa más fiable que la construcción de textos cifrados a prueba de interlocutores, además de coherentes entre sí, son argumentos para los que Borges ha encontrado no menos matices y variantes que para la idea de eternidad o de infinito. También la celebración del coraje frontal de guerreros y malevos resulta opuesta a la de la estrategia intelectual, que se complace en mostrar derrotada en varios cuentos. Pero es en este punto que aquí cruzamos al otro lado de la calle para alinearnos con aquellos que, rehusando el destino, le oponen mil argucias para alcanzar la victoria: porque es en esta situación, desde la perspectiva que se adopta cuando se elige el partido de la causa propia por sobre la dignidad de los mayores, que los consejos y preceptivas de Gracián o de Spinoza recuperan su oportunidad y su valor. No se habla ni se escribe igual en casa de amigos que de enemigos. Si el espacio recomendado de la comunicación borgeana es el de la amistad, abierto al respeto y la confianza manifiestos en la llaneza de la expresión, otras son las condiciones que rigen para el vigilado jesuita y el expulsado pulidor de lentes, dependientes a menudo, como muchos contemporáneos suyos, de protectores cuya suerte podía variar de un día para otro, y así lo vieron, bajo intolerancias de brazos más largos, a través de los siglos, que los de Rosas o Perón durante el espacio relativamente breve de sus respectivos mandatos. Otra conciencia es necesaria para sobrevivir y producir en esos regímenes. Y otra es la expresión, otra la escritura. Podemos suponer que Montaigne escribía para un amigo, que el desaparecido Etienne de La Boétie sobrevivía en él, de igual manera que había sido el interlocutor perfecto, como lector ideal, aunque ya sólo imaginario. Pero en un régimen de intolerancia, o en una corte como la descrita por Saint-Simon, en cualquier situación de desconfianza generalizada, bajo la insomne vigilancia de propios y extraños, tal vez no pueda existir ni en la memoria ese amigo, pues jamás se ha tenido la ocasión de entablar una amistad, o la confianza en él, si existe, no pueda no estar comprometida, y no forzosamente por una falta suya, sino, al contrario, por consideración hacia la situación de peligro en que podría dejarlo cualquier confidencia. En El emperador Juliano y su arte de escribir, el comentarista hegeliano Alexandre Kojève da un ejemplo de lo que sería, perdón, de lo que es una escritura concebida para sortear el peligro de ciertas lecturas. Aquí se trata, según explica, de “escribir poco más o menos lo contrario de lo que se piensa, para disimular lo que se dice”: un texto dirigido en secreto a los iniciados o entendidos cuya condición les da un oído aparte del de la multitud. El texto de diamante, llamémoslo así por su brillo evidente aunque el contenido parezca oscuro, por su dureza a prueba de interpretaciones, por la nobleza con que resiste al uso inapropiado, tallado por sus autores hasta alcanzar la calidad que autoriza esta comparación, supone una estrategia orientada a sobrevivir los malos tiempos, conservándose igual a sí mismo hasta dar con aquel ante quien cabría bajar la guardia, y que por eso sabrá abrirse paso hasta el interior de la fortaleza. Desde el balcón de un tiempo de paz, el guerrero en su armadura se ve rígido y en su cabalgadura con poco asiento para tanto orgullo; si se piensa en de dónde viene, puede entenderse por qué llega así. Armado para sostenerse en su virtud, sin apoyo, solo, exageradamente a veces a causa de la dificultad para medir los peligros de un terreno cambiante, no deja de ser el producto salvaje del más alto grado de civilización concebible, lo que le da ese aire contradictorio de máximo de comunicación y de hermetismo, de extremo rigor formal que no sabría acomodarse a las costumbres de la lengua en uso. Será el lector el que se adapte a su acento, fatalmente extranjero, con la libertad negada a otros en otro tiempo aunque en el mismo mundo: como el que baila sigue la música que ha puesto, aunque al principio encuentre raros sus propios movimientos. También Borges linda a veces con su propia parodia y las sospechas de quienes no se fían de las construcciones demasiado elaboradas, al menos a simple vista, siempre lo han perseguido. O abandonado en los primeros escalones de sus textos.

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La tercera mañana de Edgardo Cozarinsky

Lectura recomendada
Lectura recomendada

Esta breve novela parece al comienzo un relato estrictamente autobiográfico y no es más o menos hasta la tercera de las tres partes en que está dividida que uno empieza a suponer la ficción. Este desplazamiento resulta interesante por dos motivos: el primero, la impresión de realidad lograda por la evocación de un pasado y un paisaje ya muy lejanos, Buenos Aires en las décadas de los años 40 y 50, en cuya construcción es más que probable que se hayan empleado recuerdos reales pero cuyo sutil gobierno ya los orienta en la dirección que tomará el relato más adelante; el segundo, la identificación entre personaje y autor que tiende a establecerse en un comienzo para ir deshaciéndose (al menos en la imaginación del lector) después. La narración en primera persona da primero la impresión de ser hecha por Cozarinsky mismo, en directo, y muy poco a poco se va pasando a la evidencia de que es en cambio un personaje contemporáneo suyo, con muchas de sus experiencias –argentino exiliado en Europa-, pero no del todo él mismo. Como las conjeturas respecto a la propia identidad conforman uno de los temas centrales de este libro meditabundo, aunque no por eso menos entretenido, este tipo de identificaciones y superposiciones resulta significativo y también estimulante durante la lectura.

Lo dicho es un rasgo singular de la novela, que en su primera mitad, si es tan autobiográfica como parece, puede ser leída como una modulación particular de la “autoficción” o “ficción del yo” tan en boga, sólo que con todos los valores de una larga tradición literaria a su favor; no se trata aquí del impromptu o la provocadora improvisación de un joven hijo de su tiempo, sino de la obra madura de un hombre experimentado. Por lo demás, Cozarinsky es un autor más que formado, con una obra entre literaria y cinematográfica bastante nutrida a sus espaldas; en este libro su prosa tiene la solvente elegancia y la rápida precisión que le son propias, lo que no sorprenderá a sus lectores pero es siempre un valor a destacar. La perspectiva que dan los años para comparar distintas épocas vividas y analizar la evolución de la propia personalidad es otra de las riquezas particulares de este relato.

Buenos Aires de noche hacia 1940
Buenos Aires de noche hacia 1940

La novela se divide en tres partes. En la primera, el narrador evoca su infancia de clase media, la opresión de la diaria normalidad familiar y su atracción por la noche, que lo impulsa a fantasear con vivir una vida de aventuras y contacto con lo prohibido, como la que ve o adivina en novelas y películas. Se encuentra en su pubertad cuando, fingiendo que debe estudiar para dar un examen que ya ha aprobado, se queda solo en casa mientras sus padres inician sus vacaciones en Mar del Plata. Aprovecha para salir y pasar la noche fuera de casa, con un objetivo: ver el amanecer antes de volver. Se dirige al bajo, una zona entonces turbia de Buenos Aires, logra engañar al policía que al encontrarlo vagando de trasnoche quiere llamar a sus padres para que lo deje seguir su camino tras una advertencia y acaba aceptando la invitación de una prostituta para tomar algo en un tugurio lleno de borrachos. Allí ella le habla de un oficial amigo que se la llevará a vivir a Trinidad, lejos del país, y luego se va dejándolo con las consumiciones para que él las pague. El patrón del local no le cobra y le dice que “esa vuelve seguro”, tras lo cual Víctor es invitado a una ginebra por un viejo que cuenta haber sido actor en el teatro de revistas y haber trabajado con Pepe Arias y otras figuras. El viejo parece haberse dormido, pero Víctor advierte que acaba de morir allí, en la mesa que comparten. No dice nada y se va, lo que en el futuro siempre se reprochará como una traición. Jamás logrará saber quién era el hombre. Termina su velada de aventura nocturna en la costanera, comiendo un sándwich de chorizo, y allí ve a una pareja tener relaciones en el interior de un auto. Decide allí, proclamándolo casi a gritos, que nunca se casará ni tendrá hijos ni formará una familia, pero al fin debe volver a casa, a la cotidianeidad asfixiante, lo que hace con un amargo sentimiento de derrota.

París, zona liberada
París, zona liberada

En la segunda parte encontramos a Víctor en París, a sus casi treinta años, apenas después del 68, empleado como portero nocturno en el Hôtel de Budapest, aunque ha escrito a sus padres que gracias a la beca que lo ha traído a París tiene un empleo “más interesante”, y aprovechando la distancia respecto al orden social argentino para prolongar la juventud y postergar acechantes responsabilidades. Ha dado incluso un nombre falso, Pablo, a Madame Magda, la dueña del hotel, y por más que tiene vagos proyectos literarios no escribe sino que se dedica a pasear: es un flanneur. La noche es tranquila y su puesto apenas le da trabajo, pero una vieja poeta austríaca, Madame Schildt, le insiste para que le prepare té. Es su modo de acercarse a él, con quien terminará acostándose, dejándole cien francos y el comentario de que es muy “gentil”, que él asocia con la palabra “educadito” en la prostituta del bajo porteño para describirlo. Luego inicia un romance con Clotilde, estudiante peruana de letras que acabará volviendo a Lima para casarse con un escritor premiado y dejar de lado sus aires de rebelión, y seguirán una serie de relaciones así, que describirá como una “indolora educación sentimental”. Viaja a Estocolmo con Gunilla, una chica sueca, pero la abandona una madrugada y, a la espera del transporte que lo llevará de vuelta a París, decide volver a Buenos Aires para acabar con esa vida errática.

Jardín Zoológico de Buenos Aires
Jardín Zoológico de Buenos Aires

En la tercera parte Víctor ya es un hombre mayor al que por fin ha alcanzado el drama amoroso. Se ha enamorado, a sus más de sesenta años, de una chica de poco más de veinte. Ése es el motivo de que, después de que la joven lo ha dejado, done su esperma reservándolo para ella durante un plazo de tres años, para que pase a integrar el banco común si ella no lo reclama. No lo ilusiona ser padre, sino que su vida pase de algún modo a través de Anjela, nieta de un fotógrafo polaco refugiado en Buenos Aires durante la segunda guerra mundial, a la que ha encontrado investigando para un editor (él es ahora profesor de literatura) las vidas de los actores franceses que en esa época, como la Falconetti (la Juana de Arco de Dreyer), emigraron a Argentina. Los padres de Anjela, que le habían cambiado el nombre por el de Alina Pablos, son desaparecidos a los que su hija juzga muy duramente por haberla dejado con su tía para irse a combatir; con parecida dureza juzgará a Víctor al romper, llamándolo “enamorado trucho” (argentinismo que significa falso o fraudulento). Él le enviará una carta jamás contestada con la frase “No es trucho aquel que nace de nuevo” escrita muchas veces, pero no volverá a verla hasta mucho después, después aun de la donación de semen, empujando un cochecito con un bebé para entrar al Jardín Zoológico. Tratará de darle alcance, pero será interrumpido por un periodista al que conoce desde hace muchos años, que lo consulta acerca de una cuestión relacionada con Paul Bowles. Así, explicando cómo se prepara el mayún, que Paul Bowles y su esposa Jane consumían en Tánger, perderá la pista que le interesa. Será ella quien lo descubra a él y quien también adivine lo que él está pensando: como se parece el hijo de Anjela al niño que él fue en su infancia.

Correspondencias secretas
Correspondencias secretas

La trama de esta novela no está hecha tanto del relato de una historia, es decir, del enlace entre causas y consecuencias, sino más bien de establecer relaciones, correspondencias entre hechos significativos que ocurrieron en épocas y lugares muy distintos sin mayor relación entre sí que las que puede encontrar el narrador procurando aclararse a sí mismo. Es, pues, lo que llamaríamos un “cuento moral”, en el que no se trata realmente de los hechos sino del efecto que tienen en una conciencia, sin la cual se verían privados de sentido. Esto no quiere decir que nos encontremos ante un soliloquio hecho de meditaciones que vienen y van según el que escribe va enlazando libremente. No: el libro es esencialmente narrativo y son los hechos mismos los que son significativos, aunque sea necesario que alguien los interprete para que se vuelvan elocuentes. Aquí hay digresiones, que por otra parte son muy concisas, ceñidas, pero el autor se las arregla para hacer de esta trama de recuerdos dispersos un relato centrado y bien dirigido, sugerente pero preciso, que cumple perfectamente con los requisitos de Katherine Anne Porter: tiene “tema, significado y sentido” (subject, meaning and point).

La narración es ligera, fácil de leer, aunque en absoluto frívola, ya que aunque evita cargar las tintas no ahorra la confesión íntima ni mucho menos los aspectos sentimentales. Y si la perspectiva es la de un hombre que mira la vida sobre todo en retrospectiva, con experiencia o, digamos, ya sabiendo, no por eso hay nada de paternalismo o de estar de vuelta en la evocación que aquí se hace del pasado. Todo resulta muy medido pero es a la vez natural, con una contención que cuando es necesario se hace menor y da espacio a la efusión necesaria. Se siente al leer el dominio del autor sobre su lengua, la aparente facilidad con que encuentra las palabras que necesita para describir cada emoción o cada cosa, y esta sensación de adecuación, al igual que la de franqueza, hace que se lea con una satisfacción constante y sostenida. Podríamos resumirlo diciendo que el narrador establece una buena relación con el lector.

Retrato del artista maduro
Retrato del artista maduro

En este relato no hay intriga ni resortes de suspenso, pero hay un misterio que no necesita de tintes oscuros para insinuarse. De hecho, todo es expuesto con absoluta claridad, sin enredos, como lo haría alguien que quiere explicarse a sí mismo más allá de toda duda, pero lo que se trata de captar y expresar, como lo dice casi literalmente el poema que cierra la narración, no es algo que se deje asir o que se pueda definir de una vez por todas. De ahí la vivacidad y la verosimilitud de esta novela, cuya construcción no depende de ningún esquema de ficción al uso, con sus recursos y sus más o menos disimulados clichés, sino de la capacidad del narrador para interpretar su experiencia e intentar darle sentido a través del montaje, de su reconstrucción.

La tercera mañana es una excelente novela corta, inteligente y emotiva a la vez, en la que la forma y el contenido, el propósito y las dimensiones, se adecuan y ajustan perfectamente unos a otros. Se lee con gusto e interés y, no siendo de difícil acceso a pesar de su sutileza, bien podría gustar también a quienes aún no hayan leído a Cozarinsky, además de a los lectores que ya tienen ese gusto.

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Retrato del lector adulto

"...en el sitio habitual, junto a la ventana amiga..." (Pier Paolo Pasolini, El privilegio de pensar)
«En el sitio habitual, junto a la ventana amiga» (Pier Paolo Pasolini, El privilegio de pensar)

El brazo extendido con el libro lejos, estudiándolo, manteniéndolo a distancia, en la ventana desde la que se veían las bailarinas del estudio de enfrente, en el primer piso, al otro lado del tráfico, cuyo ruido se mezclaba en el estéreo mental con el de los tacos y las bolas de billar que venía del fondo mientras yo, sentado en el mismo sitio que él, miraba los saltos y piruetas que en lo alto atravesaban el cuadro colgado ante mis ojos flotantes. Él, en cambio, a quien he sorprendido o más bien me ha sorprendido por la intensidad de su súbita presencia, plano fijo en la serie fugitiva de las imágenes que el paseante deja atrás, precisamente en la mesa que ocupo siempre que me detengo en este bar, difícil para largas estadías, con la vaga expectativa de mirar a las bailarinas de enfrente cada vez que levante la vista del libro en curso de lectura o el cuaderno de apuntes del natural, como éste, defraudada de cuando en cuando por la brusca aparición de bailarines en su lugar, no aparta los ojos de su objeto, su objetivo, y casi puede verse, en la tensa, sostenida inmovilidad del brazo, la transmisión, como una corriente sanguínea, del libro al órgano del entendimiento que, desentendido de la cara que modela, guarda el sentido de la expresión que veo en su ignorancia de mi mirada. Pienso, fijando en mi conciencia, como idea, el cuadro que no soy capaz de pintar y se me ofrece, ya enmarcado, en la ventana que tampoco puedo descolgar del instante que pasa, que éste sería, si yo fuera el artista de la imagen que se lo pierde, el retrato del lector por excelencia que querría firmar, la figura alegórica perfecta de lo que es leer, como acción y como proceso. Luego pasan veinte o veinticinco años y lo escribo, ahora: es un hombre mayor, solo en su mesa, de la que se ha apropiado efectivamente para la ocasión aunque la olvide, como al café, bajo el codo y el antebrazo en que se apoya mientras la otra mano sostiene el libro en alto, abierto por el pulgar y sujeto por las cubiertas erguidas bajo los otros cuatro dedos extendidos hacia arriba, un atril de bolsillo, con la portada vuelta hacia el interior del local de manera que no puede verse el título, perdido en el fondo indiferenciado detrás de la figura que se impone a la mirada por el carácter grabado en la curva veloz que componen la mano alzada, el brazo tendido y, por encima del mentón duro, la boca prieta, la nariz afilada y los ojos encendidos, la frente marcada por los años reflejos en el signo menos sutil de las canas conservadas. Él oye el tictac del tiempo, la bomba alojada en la conciencia ya ardiente, despierto en la aplazada incertidumbre de si llegará a acabar el libro o a empezar otros tantos a la espera, en la noción del espacio progresivamente abreviado, de los créditos vencidos, del olvido fatal de cuanto, como un reguero de sangre, después de pasar por su mente queda a su espalda sin que ninguna cosecha o al menos gavilla de espigadores haya sido anunciada. Todo el drama, discreto, clandestino por necesidad, para poder leer en paz, está inmerso en la corriente del brazo, vibrante en el impacto de la presencia física recibido por el lector todavía joven que atiende al despliegue entero de lo que en él asoma aún oculto como embrión. Al igual que en El pensador de Rodin, aquí es una fuerza física lo que se impone reconocer para advertir lo que en ella queda expresado, como si el peso del libro en la mano del lector equivaliera al del mundo sobre los hombros de Atlas: pisando ese globo terrestre, dentro de esa bola de cristal en que lo convierte la lectura, atravesando sus brumas, coronando sus cimas, pasan ágiles marcando el suelo con pie certero las bailarinas colgadas enfrente, firme la pierna como el brazo tendido que a imagen suya soporta, expuesto al ojo del pintor manco, la doble carga de la balanza y el reloj mientras se seca la pintura en la memoria, o la tinta en la libreta de apuntes mentales, indeleble en la lista de los proyectos en suspenso. Los cuadros no se miran entre sí, pero envían la mirada apreciativa de uno a otro; el retrato del lector adulto permite imaginar, siendo ésta invisible en su marco, la tela opuesta contenida en su interior, como acabo de hacerlo al cabo de dos décadas, y aquella me coloca a mí en el lugar del retratado, que entonces también solía ocupar, en un rol cuya representación es en cambio aquí prematura. Siendo la mía, más que la firma al pie del cuadro vale el gesto del modelo anónimo que por sí mismo dio expresión universal al acto íntimo más expuesto a la embestida del exterior.

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¿Qué sabe el narrador omnisciente? (desenlace)

El hombre que miente (Alain Robbe-Grillet, 1968)
El hombre que miente (Alain Robbe-Grillet, 1968)

Nadie sabe todo, nadie lo ve todo. El narrador omnisciente es una convención. Pero esta obviedad no fue problemática hasta la literatura moderna, hasta que Flaubert se empeñó en borrar del texto la persona del autor para hacer del lenguaje un ojo, un espejo continuo, y de que pocos años después Henry James liquidara el subsiguiente malentendido del naturalismo, con todas sus ilusiones, mediante la célebre técnica del “punto de vista”, a partir de la cual ya no hubo modo de hacer coincidir el mundo con su representación. Proust, el narrador absoluto, con su panóptico progresivo a la vez que imposible de concluir, su imposible búsqueda del tiempo perdido perfectamente orientada a través del tema de los celos, de la amada siempre en fuga hacia los brazos de un rival invisible en una escena tan mítica como el nombre de Guermantes, descubre precisamente lo contrario de lo que busca una vez que su pala toca la roca: no hay restitución posible sino a través de una transfiguración que renuncia a la cosa para trazar su signo, ajeno a la materia como ésta le es ajena. “Podríamos responder a todos las preguntas de la ciencia y nuestros verdaderos problemas aún no habrían sido tocados”, dijo Wittgenstein, firmando así el acta de divorcio entre objeto y sujeto. Podemos creerle o no, al igual que a tantos “unreliable narrators” que han surgido luego, entre los que destacaremos al menos digno de confianza tal vez de todos, el voyeur de Alain Robbe-Grillet, cuyo propósito al narrar no es otro que engañarnos para escapar al castigo de su acto, el crimen sexual cometido y escamoteado en su relato entre la multiplicación de datos “objetivos” a los que no podría atribuirse, si logra su cometido, manifiesto en su recurso a una tercera persona impersonal, intención ni sentido. Si el autor aquí lo es de un delito, borrar su presencia del relato se vuelve un caso de extrema necesidad para escapar del contenido de su propio y fraguado testimonio. No en vano Robbe-Grillet decía venir de Kafka y Barthes decía de él que no mataba el sentido, sino que lo embrollaba: imborrables el crimen, la culpa y la ley que los condena, sólo impidiendo su reunión en un relato coherente se puede demorar la sentencia y eludir el castigo, al precio de excluirse de una moral para siempre en suspenso, pero no eliminada. El narrador omnisciente, invención de una conciencia que procura escudarse en su presunción de inocencia, se empeña en cubrir un agujero con todo lo que hace falta para construir un mundo en el que no queden rastros de la inconsistencia en que se sustenta. El lector, amenazado por la misma disyuntiva entre pecado y vacío, se lo agradece y sigue leyendo, no sin reparar, absorbido por el negro abismo que no se deja ni se quiere nombrar, en que sólo interesa no ya lo que involucra, sino lo que incrimina, lo que acerca al que mira a la raíz de su mal. El lector, como el voyeur, querría escapar, creer que todo es falso mientras exige la verdad, o que todo es real y por eso puede ser corregido, como el Narrador proustiano hasta que se desengaña, pero tropieza una y otra vez con la evidencia de ese corte insalvable entre la voz y la boca, el pensamiento o el lenguaje y el objeto de su testimonio, que se reafirma una y otra vez enfrente o al lado, pero siempre recuperando la distancia, dándole la espalda como él también le da la suya en cuanto acierta su camino y sigue su propia naturaleza. El narrador omnisciente huye de su propio saber recurriendo a todo lo que sabe para restablecer la mascarada pero, perseguido por la oculta conciencia de su hacer, la atrae hacia nosotros cada vez a mayor velocidad y la hace irrumpir con mayor fuerza. Si en un tiempo, como Dios, podía abarcar el infinito con el simulacro del que sabía supuestamente todo, recordando, viendo y previendo cada uno de los fenómenos posibles dentro de sus leyes, desde que ha visto su propia sombra emite un discurso que, cuanto más se desarrolla, más se aleja del modelo que solía retratar.  

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¿Qué sabe el narrador omnisciente? (nudo)

Escenas de la vida parisina
Escenas de la vida parisina

Balzac lo sabía todo. De París y de los parisinos. Y también de los venidos de provincias. Del pueblo y de la nobleza, del clero y de la realeza. Del pasado y del presente, de la historia y de la actualidad. Y mucho del futuro, y parcialmente también del más allá. ¿Toleraría el lector de hoy tanto saber? ¿De parte de un novelista? ¿En medio de una narración? ¿Asomando la afiebrada cabezota entre sus marionetas para opinar, instruir, analizar, suspendiendo la acción mientras se demora en los cimientos de los decorados, asumiendo el papel del destino que decide los movimientos de unos personajes incapaces de escapar de los hilos atados a sus gruesos dedos? En todo caso, este narrador, el omnisciente por excelencia, el modelo original, sería difícil de encontrar en la literatura de hoy, marcada a tal punto por la incertidumbre general derivada de un marco de relaciones sociales permanentemente indefinido e inestable que el no saber, en un mundo por otra parte dominado teóricamente por el conocimiento, sobre todo técnico, se convierte casi en la bandera del sujeto, en el rasgo que define su humanidad y en la causa defendida con mayor convicción por los protagonistas de la novela contemporánea, y hasta por sus autores que en esto se parecen a sus personajes no menos que los suyos a Balzac en su voluntad de dominio y su fascinación por el abismo y la caída. En cambio, coexisten dos tendencias o, al menos, dos tendencias mayores: por un lado, el narrador en primera persona que acompaña todo el relato con sus dudas, conjeturas y ambigüedades, de tal modo que si el mundo que presenta resulta inconsistente tampoco él se había ofrecido como garantía, situación que lo coloca en pie de igualdad con el lector y por eso no sólo es tolerada sino también considerada con la simpatía que busca; por el otro, la narración objetiva, fáctica, lapidaria, a la manera de una cámara cinematográfica que, dirigida como por control remoto, sin operador, va dando cuenta de acciones y parlamentos. En ambos casos, lo que se elude es el juicio: en el primero, dejando en suspenso toda conclusión o reflexión concluyente, en una suerte de pacto con el lector basado en la obediencia al viejo consejo de no juzgar si no se quiere ser juzgado; en el segundo, mediante la ausencia ideal de toda interpretación que, remitida al lector sin obligarlo, tampoco compromete al autor con intención alguna. Nos interesa, dado que aquél supone una primera persona que confiesa en cada línea su subjetividad, su relativa inconsistencia, y en cambio es la omnisciencia nuestro tema, este último. Pues divide la noción en el relato así como la palabra ofrece dos significados, no necesariamente unidos en una misma identidad: el que lo sabe todo y el que lo ve todo. Y si el que sabe juzga, ya que es por el juicio que se llega a saber, el que ve, en cambio, como un testigo, no debe juzgar ni ser juzgado, con lo que cumple el deseo al que aspira el narrador en primera persona con todos sus subterfugios: ser inocente de lo que narra, o por lo menos inimputable, lo que tal vez sea mejor por más seguro, en especial si se lo es por definición. Este devenir objeto sería el paradójico triunfo de la subjetividad, al fin puesta a salvo, y la derrota de la voluntad de saber, que ante el infinito de lo que hay por conocer, ante la no correspondencia repetida entre sus datos y nuestras preguntas, resulta puesta a un lado y relegada frente al silencio que permite a todo tipo de opiniones coexistir sin consecuencias. Si las paredes hablaran, lo harían en su nombre; cómo sólo nos devuelven el eco de nuestra voz, no pueden decirnos nada que no sepamos. El narrador que lo ve todo a lo sumo está por encima de las circunstancias que a cada lector, por su posición en el espacio y en el tiempo, le vedarían el acceso a tal o cual dato; el narrador que sabe todo promete implícitamente algo más y su posición es más riesgosa, como lo es también la del lector dispuesto a creer en él. Entre avenirse a contemplar y aspirar a saber se juegan dos vías de salvación, pero una es falsa. Pues la inocencia, aunque parezca más segura, no puede cultivarse sino a través del fingimiento, y el saber, en cambio, sólo crece a partir de la verdad, o mínima verdad en que consiste la franqueza. Pensar es querer saber y sólo esta actitud recupera la buena fe de la inocencia perdida, que cuando es cierta se pierde sin miedo ni posibilidad de resguardo. Con contar cómo ha ocurrido alcanza para hacer gran literatura, pero ninguna prueba mejor de que ni autor ni lector son inocentes.

continuará

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¿Qué sabe el narrador omnisciente? (planteo)

La leyenda de San Julián el Hospitalario
La leyenda de San Julián el Hospitalario

Antes que nada, ¿a qué llamamos “narrador omnisciente”? No es tan obvio como parece, a juzgar por las diferencias que percibo, tanto en las opiniones que escucho como en las preguntas que suelen hacerme. A veces parece que baste con narrar en tercera persona, sin intervenir ni opinar, para cubrir ese rol. Es lo que inventó, según dicen, Flaubert, y lo opuesto a la omnipresente subjetividad romántica: un entomólogo que va situando sus figuras en las hileras del álbum de una época, de manera parecida a la apreciada por el biógrafo de Madame Bovary en los vitrales de la catedral de su pueblo, que daban cuenta uno junto al otro de la leyenda de San Julián el Hospitalario, que el no tuvo más que copiar, es decir, que describir para volcarla a su lengua, traductor antes que creador si atendemos a su manifiesta voluntad de borrarse del mapa. Una manía bastante personal, y tal vez hasta demasiado singular como para que podamos fiarnos del objetivismo de tal narrador, sea científico o artístico el espíritu del que proviene, o de la fusión trascendental entre ambas vocaciones según lo quiso la búsqueda de la verdad en el siglo diecinueve, que desviada del culto católico coincidiría bastante exactamente con lo que el mismo autor denominó “la religión del arte”, bien representada por esos tres cuentos escritos hacia el fin de su vida en los que, desde la posición marginal fundada en su propia práctica, sigue uno tras otro los procesos de las aventuras místicas correspondientes a los protagonistas de su tríptico narrativo. Si pensamos en lo que sabemos de tantos escritores de la era dorada de la novela, aquella en la que se fundó la convención sobre la que todavía se entienden autores, lectores y editores, y en lo que ignoramos de otros tantos narradores anteriores, liberados así de la responsabilidad sobre su propia subjetividad para contar en cambio alegremente cuanto les viniera en gana sobre su prójimo, podemos suponer que el tan mentado “unreliable narrator” del siglo veinte no es tanto, como le hubiera gustado decir en su tiempo a algún vigía moral de la época, una invención como un descubrimiento, que podríamos situar al inicio de la que Nathalie Sarraute bautizó, en literatura, como “la era de la sospecha”: un tiempo, denunciado entonces por el Nouveau roman, en el que ya no cabía creer en la expresión ni en la consiguiente correspondencia entre la “realidad” (a partir de ahora siempre entre comillas) y el lenguaje, con lo que todo realismo o peor aún, naturalismo, quedaba superado. Nuestra época ya no quiere leer novelas tan difíciles, pero el descrédito masivo es cosa diaria: nadie cree en otras noticias que las catástrofes naturales, ni espera revelación alguna de unos medios de comunicación volcados, en consecuencia, al entretenimiento que un público abrumado por la diaria presión de una eventualidad inenarrable reclama y atiende. Dentro de ese contexto, un novelista en ejercicio se pregunta si la historia o el episodio que tiene entre manos serán verosímiles. Pero eso, ¿qué quiere decir hoy? ¿Creíble según la experiencia de la vida presumible en los lectores o válido de acuerdo con las reglas de juego del género de turno, es decir, novela negra, histórica, romántica, fantástica o aun “de autor”? Tal vez, no como antes, lo segundo sea actualmente de lo que más sabe el lector, aquello que, aun sin advertirlo, sea más apto para juzgar y, en definitiva, lo que oriente su juicio. En cuanto al autor, lector antes que nada, perteneciendo a la misma cultura compartirá presumiblemente ese capital de base. La omnisciencia que defina al narrador del tipo propio de este sistema de intercambio no encajará probablemente bien del todo en la antigua definición al tratarse, si no de un nuevo fenómeno, al menos sí del soporte supuesto de un discurso distinto. No se trata del mismo saber, ni de la misma mirada.  

continuará

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