Nuevas incisiones

La peligrosa esencia

Forma y circunstancia. Las cuestiones formales pretenden ser esenciales, encarnar la esencia misma del arte, pero son las más determinadas por las circunstancias. Todo aquello que aspira a definirse en una forma –poesía, música, pintura y demás- pretende ser o alcanzar una esencia, pero una forma no es una esencia ni aun si la expresión no encuentra mejor forma de transmitir esencia alguna. Por eso, cuando una forma alcanza lo que cree su esencia empieza a empobrecerse. Lo que gana en autonomía lo va perdiendo en significación al devenir cada vez más parecida a sí misma en cada una de sus manifestaciones. Y en esa imitación de una idea de sí, antes que a la igualdad con lo que cree su propio ser llega a la parodia de lo que fue su propia expresión.

Ambición literaria. Ser un gran escritor. Que te conozcan hasta los analfabetos.

El ingeniero en su laberinto

Robbe-Grillet. Dar vueltas por un laberinto sin salida escapando del centro aunque en todas partes se escuche el eco de lo que allí suena.

Justicia. Como un justo salva Sodoma, un poeta salva una lengua.

Crítica. El pensamiento se hace con ideas ajenas. Cuando se cree tener ideas propias, se deja de pensar.

Solipsismo. Cuando a alguien no le importa hacerse entender, es que le basta con sus propios signos.

Actualidad. Desde que los diarios se leen cada vez menos, la literatura se parece cada vez más al periodismo y cada vez más periodistas se creen literatos.

La criatura creadora. Crear es ir más allá de la experiencia, ya que la experiencia es el acontecer condicionado y los condicionamientos se padecen: se desea ser creador para dejar de padecer. Pero ninguna obra de criatura puede ser pura creación, en la medida en que también es expresión; aun así, toda confesión ha de entrañar una teología. Piglia: “El genio es la inexperiencia.” ¿Fuego siempre amenazado por la lluvia que abona la tierra? Dificultades vitales: yo sé navegar por las estrellas, pero el comercio se hace en los puertos.

Cosecha. Una idea se impone cuando pasa del campo intelectual al dominio de las costumbres. También inicia así su decadencia, tan prolongada como súbita fue su aparición. Pero es durante esa caída, comparable a la del hombre a la tierra, que rinde sus beneficios a la abandonada tribu.

Orden. Junto a las notas, los apuntes y los fragmentos debe existir la obra acabada, como el monumento en medio de los restos y el cociente a la derecha del resto.

La moderna cautiva

Estilo. “Una mujer forzada a bañarse en un río lleno de peces muertos, que permanece días encadenada a un árbol e incluso se ve obligada a comer en el suelo como un perro…” ¿Un guión del marqués de Sade? No: Oprah Winfrey describiendo las memorias de la secuestrada Ingrid Betancourt, No hay silencio que no termine, y catapultándolas al tope de la lista de los más vendidos. Ya lo dijo Proust: “Sólo el sadismo puede servir de fundamento a la estética del melodrama.” Agrego yo  ahora: sólo lo imaginario llama la atención sobre los hechos. (Y los invito a leer El folletín mediático, publicado anteriormente en este mismo blog.) https://refinerialiteraria.wordpress.com/2012/01/06/el-folletin-mediatico/

Estética. Satisfacción: se colma una medida. Emoción: esa medida se desborda.

Tribunal inferior. Juicios. Las pruebas se juegan como cartas, lanzadas ante el jurado sobre la mesa del juez por el fiscal o el defensor que se turnan, interrumpiéndose el uno al otro de vez en cuando. Origen melodramático de este juego de revelaciones sucesivas que modifican cada vez el punto de vista y conmueven la opinión de la audiencia. Fetichismo de la prueba, del objeto testigo cuyo silencio está más allá de la palabra y se le impone desde esa dimensión abierta por la lógica. Ironía del objeto, indiferente, imparcial, interrupción del discurso que lo obliga a adoptar una forma que, acomodándose a él, lo acomode dentro suyo. Pues la razón sigue siendo cuestión de palabras, aunque la victoria no será del que las pronuncie, sino de quien logre suspender el sentido de todas las palabras, dichas por todos, en la dirección que conduce hacia sus propias y previas conclusiones.

A narradores y fotógrafos. No te pares delante de lo que quieres mostrar.

Show business. Un gran espectáculo ilustra un gran relato o no es más que el monumento a su propio concepto.

Peter Ackroyd. Otro autor profesional que pretende ser como Shakespeare porque éste en su propia época también era un escritor profesional. Pero no es lo que pueda tener en común Shakespeare con los guionistas y escritores comerciales actuales lo que hace que sus obras no mueran, sino al contrario lo que tiene de diferente. ¿Qué se ha perdido entre su época y la nuestra?

Modelo. La perfección es la apoteosis de las convenciones.

Bagdad revisited

La imaginación es más antigua que la memoria. No se imagina a partir de lo que se recuerda, sino al contrario. Recuerdo la zona de vida nocturna por la que me gustaba callejear y veo que esa evocación implica los paseos, leídos en mi infancia, del califa de Bagdad paseándose de incógnito por ese nudo de callejuelas y comercios secretos sobre el cual de día gobernaba, determinando desde entonces no sólo el tono de un recuerdo posterior sino también la elección y la caracterización de personajes y escenarios a resurgir en mi memoria. Lo que recuerdo no es más que el marco de lo que la imaginación ve en tal ventana abierta mucho antes de lo que puedo recordar. Si en la ficción los personajes no tardan en distinguirse de sus modelos es por esa antigüedad mayor de la imaginación respecto de la memoria, pues los que conocí y recuerdo por ejemplo de mi juventud al fin acaban encajando con unos “prototipos” muy anteriores, como oportunas encarnaciones de mitos personales elaborados con intención pero sin conciencia, y a través de su evocación, tanto si son personas como ambientes, son esos mitos los que resurgen tratando ahora justamente de volverse inteligibles. Si los adultos depositan tantas ilusiones en la infancia, y no sólo en sus propios niños, es porque no se trata allí del futuro, donde espera la adultez, sino de un tiempo irrecuperable para el adulto cuyos límites por otra parte no se ven desde dentro ni desde fuera.

Contemporáneos. Hay dos tipos de clásicos que produce una época: los que se escriben durante su transcurso y los que ella misma consagra, aunque se hayan escrito mucho antes. Pero ni en uno ni en otro sentido toda época produce clásicos.

Materialismo de la novela. Las grandes novelas suelen ser novelas largas. Este exceso es quizás connatural al nacimiento y constitución de la novela misma como género, pero es que es además a través de su materialidad, del origen heterogéneo y la promiscuidad de sus materiales, de la impureza fatal de su lenguaje y del prolongado roce entre sus elementos, que cada gran novela desgasta hasta romperlos los moldes heredados de sus modelos y desborda las formas –las ideas- recibidas de sus precedentes. Desde este punto de vista, la idea de una novela es justamente su prólogo tácito, a demostrar y desmentir mediante el uso y la exhibición de esa materia de la que un prólogo, sintético y general, por su propia naturaleza no acertaría a dar cuenta. Y el desasosiego formal tan característico del género, manifiesto en su permanente búsqueda de legitimación y renovación, es el precio que paga la novela por su libre orfandad y su disposición mayor que la de lenguajes más formales a asimilar de inmediato la lengua de los lectores.

Conclusión. El éxito es una ola de histeria.

El ídolo que pasa

Escribir es decir la verdad

«La verdad, la dura verdad» (Rojo y negro, Stendhal)

Obviamente escribir no es sólo eso. De hecho, hasta en la vida cotidiana la verdad tarde o temprano siempre se revela insuficiente y ése es, precisamente, otro de los motivos por los que algunas personas escriben. Pero el propósito de esta nota, lo que justifica la declaración hecha en el título, es manifestar una reprobación y hacer la oposición correspondiente. Lo reprobado en este caso es esa idea, expuesta como al pasar por distintos escritores entrevistados pero utilizada a menudo para concluir la entrevista, o sea, para definirla o fijarla mediante un sello, supuestamente personalísimo o inefable, que condensaría el carácter y la visión sostenidos por el entrecortado discurso precedente, de que “para escribir hay que saber mentir bien” o de que “un gran escritor es, ante todo, un gran mentiroso”. Este concepto nunca se explica ni da lugar a glosa alguna, sino que, como decíamos, cede enseguida todo el espacio –en blanco, mezcla de todos los colores- a esa rara sobreimpresión del lector sobre el autor por mediación del entrevistador que se produce más allá –o más acá- de las palabras, mediante la proyección de las ganas de creer sobre las de ser creído y la irresistible tendencia de ambas a la fusión. Lo que a su vez da ganas de hablar de la “magia de la literatura” como se habla de la “magia del cine” o de la “magia de la televisión”, y con el mismo desdén: ¿magia o mafia? Connivencia, omertá, silencio a prueba de críticas, todo eso es lo que autoriza la forma aforística o de oráculo conseguida mediante el recurso al sobrentendido nunca explicitado dirigido al lector “cómplice”, paradójicamente empleada en dar un aire sutil de verdad revelada a un equívoco pero seductor elogio del “arte” de mentir. La sonrisa enigmática del autor de turno, aunque no haya fotos, casi se puede ver impresa en la misma página que el comentario y es a ella, por último, tal vez todavía más que a las palabras pronunciadas por la boca sabia, a la que interrogaremos. Procedamos entonces.

Ave, Gabo

La adivinación de esa sonrisa es lo contrario de su imitación. De lo que no podemos menos que felicitarnos, habida cuenta de lo que encontraremos detrás de ella al develarla: esa autocomplacencia y esa satisfacción consigo mismo, fingidas por conveniencia promocional o no, manifiestas antes en el tono que en el contenido de las palabras pronunciadas, del autor reconocido que invita al lector conocedor a compartir su vanidad. Y no es que a estos autores les falte talento o incluso lucidez: valga el más famoso de ellos como ejemplo. Pero hay en su visión de la humanidad, y por tanto en la literatura que producen, un  conocimiento comparable al que tiene el artista de variedades de su público o el gitano Melquíades de los primitivos habitantes de Macondo, deslumbrados por la súbita sonrisa de la boca que conocieron desdentada. Éste es, efectivamente, el conocimiento que exige el arte de mentir, inseparable del espectáculo y del comercio en la medida en que ni una calidad superior por parte del objeto anunciado exime al anunciante de agradar, complacer, persuadir y seducir al público objetivo en el curso de su exposición. Sin embargo a ningún lector, especializado o anónimo, digamos, lo satisface el verse considerado tan sólo como consumidor o receptor pasivo. ¿Qué hacer entonces? ¿Procurar por todos los medios mantenerlo clavado a su butaca o cuestionarlo para que se levante, mire más allá de la imagen y, justamente, lea?

(El punto de vista de este artículo no deja de ser un tanto iconoclasta o luterano, lo reconozco. Es una voz que se alza contra el tráfico de imágenes, en este caso entre el autor y el lector, como en otro tiempo entre el Papa y los fieles. Parece que toda cultura de la imagen, católica o global –señalo al pasar, con todas sus diferencias, la vocación universalista de ambas-, tarde o temprano, o desde su  mismo comienzo hasta su ocaso, ha de levantar voces en su contra. Estas voces son ingenuas, también la mía, pero a la vez irreprimibles, como inexpugnable es el castillo de la imagen. Siga pues este ataque o asalto dirigido, quizás más exactamente que a la imagen, al “semblante”, como dicen los franceses.)

La voz y la imagen: Eco y Narciso

Un autor es una imagen. Un escritor es una voz. Como lo sabe cualquiera que haya visto una película sonora, de la adecuada sincronización de la imagen y el  sonido depende la impresión o ilusión de realidad que produce, o el logro de ésta. Pero hay en la literatura, o en la mera escritura, un carácter fatalmente póstumo, que es precisamente lo que el recurso a la imagen y el sojuzgamiento de la voz procuran conjurar: una mala noticia permanente. Pues lo escrito, al fin y al cabo, siempre está fuera de sincro: o se adelanta, proféticamente, para ser negado o postergado, o llega tarde y ya es historia a la espera de una improbable resurrección. O aun si algo llega a ser escrito al mismo tiempo que se produce en el mundo como acto, o aun si el acto es la propia escritura, el tiempo en el que un texto es escrito y el tiempo en el que es leído no son el mismo ni son tampoco  simultáneos: así como “no hay relación sexual” (Lacan), no hay encuentro entre el autor y el lector, por más ferias del libro que se celebren en todo el globo, y el circuito de interactividad sostenido por la vigilia continuada de la comunicación es sólo un sustituto ilustrativo de ese ideal o sueño común inalcanzable desde la “caída en el tiempo” (Ciorán). (Cito porque devengo: muchos me preceden y lo sé, aunque jamás nos hayamos encontrado ni vayamos a hacerlo.)

De modo que es una ilusión, como en el cine, esa coincidencia de la imagen y la voz, del autor que vemos, nos muestran o se muestra y el escritor que leemos o cuya obra leemos. Y si en general son los novelistas o autores de ficción los escritores más reconocidos, aquellos a quienes se identifica como “artistas” o “creadores” –la poesía es un caso aparte-, la causa de esto quizás no haya que buscarla tanto en su calidad intrínseca como en el cine mental que facilitan a sus lectores, ya que ¿cuántos novelistas escriben mejor que críticos como Benjamin o Barthes, cuyos análisis aventajan en intensidad y singularidad a la mayoría de los textos de ficción? Quien no sabe leer, no sabe mirar, y en consecuencia se cree cuanto le muestran; quien no sabe mirar, no sabe leer, y en consecuencia se cree cuanto le cuentan.

Yo miento, pero mi voz no miente (Drama, Caetano Veloso)

Escribir, sin embargo, aunque se trate de ficción, no es mentir, del mismo modo que actuar no es fingir, aunque hasta practicantes virtuosos como Olivier hayan repetido en ocasiones esta idea frívola. Se engaña quien crea esto: lo engaña su propia vanidad, si es que lo hace creerse capaz de engañar a nadie a quien valga la pena engañar, beneficios económicos aparte. Quizás también se engañe en su soberbia quien suponga que puede realmente captar la verdad y transmitirla, pero entonces habrá que recordar que la verdad no preexiste y en cambio se la elabora por aproximaciones, aproximaciones sucesivas, de igual manera que se ajustan, por ejemplo –y a propósito-, la imagen y el sonido. Arriesgo, pues, mi definición personal: escribir, que es también interpretar, consiste en hacer de una intuición una evidencia. En tal acción, que procura a esa primera aparición justamente las palabras que le faltan para poder reaparecer o comparecer ante el lector, o sea, para poder en adelante ser llamada, el movimiento que define la forma y el pensamiento que aclara el contenido, por así decirlo, son uno y el mismo. La serie de elecciones necesaria para consumar esta jugada, operación o ecuación anula de por sí la escisión entre mentira y verdad al colocar la decisión en el punto de partida y trasladar la imprevista conclusión, como una fatalidad que acaeciera por sí sola, al final de la pendiente, más allá de la previa opinión de autor y lector, y en rigor al sitio que le corresponde como última definición alcanzada. Se trata de una especie de inocencia estratégica, pero no es tanto el escritor el que lleva a cabo el procedimiento como éste el que hace al escritor. Aquí no hay mentira que valga porque no hay lector ingenuo al que engañar, ya que el proceso de convertir una intuición en evidencia determina una igualdad de condiciones entre el que escribe y el que lee, frente a la misma noche ambos. La simulación implícita en este proceso supone un arte de mentir, pero que haya un arte supone un dominio y no una servidumbre como la que el mentiroso, grande o pequeño, ejerce con su vicio. El arte no consiste, pues, en hacer pasar lo verosímil por verdadero, sino en ofrecer un símil de lo verdadero que lo haga verosímil. Un gran artista lo es precisamente porque no miente.

Escribí lo anterior con el ánimo de contestar una noción demasiado repetida, creída y poco analizada. Concluyo con la aceptación de un concepto similar, cuya primera argumentación convincente he encontrado al final de los Escritos críticos de Roland Barthes: el de la búsqueda o el deseo de amor como causa de la escritura, enunciado en diversas encuestas a escritores mediante la frase, engañosamente confesional, “escribo para que me quieran”. Escribe Barthes lo siguiente: Se escribe para ser amado, se es leído sin poder serlo, y es sin duda esta distancia la que constituye al escritor. Esta distancia, si no me equivoco, es la que media inevitablemente entre autor y lector, es decir, entre los momentos de sus respectivas acciones, pero es también análoga a la que existe entre autor y escritor, imagen y sonido, semblante y voz, reunidos una y otra vez para cada encuentro, eso sí, pero en una unidad cuya complejidad resulta, como sea y cada una de esas veces, aunque una forma lograda permita su captación inmediata, irreductible. Hay una falla, como se dice en geología, esencial en todo territorio que hace de cada continente un archipiélago y sólo la distancia del observador a lo observado le permite enmarcarlo en un paisaje coherente; pero es el abismo abierto por la división interna intrínseca a toda composición lo que hace posible penetrarla y volverla inteligible.

La distancia que constituye al escritor (Barthes)

El espejo insumiso

La verdad revelada por el tiempo

El espejo de Narciso era imperfecto pero verdadero. No hacía falta una brisa ni la caída de una hoja: ese falso cristal, animado por su propia corriente, jamás se detenía ni dejaba de ondular, perturbando sin cesar la imagen que devolvía. Era menos confiable que nuestros artefactos; también menos sumiso: un espejo común, manipulable, puede colgarse en cualquier pared; la fotografía o la imagen cinética, que la tecnología libera del azar, son pasibles de todas las alteraciones que una estética exija. El espejo de Narciso, nunca puro, siempre perturbado (por el viento, un guijarro, un casual pie dolorido), guarda entre sus círculos concéntricos una verdad afín a la del espejo de Blancanieves: la existencia del tiempo, que Heráclito comparó a un río, creando una metáfora que la tradición conserva, acata y repite. Contemplarse en ese río no carece de consecuencias, como bien lo refleja el destino de Narciso. Tampoco para la poesía, reflejo oblicuo de la experiencia humana; pues el tiempo habla a los poetas, que a su vez hablan por él. Así la poesía escribe otra historia, no paralela sino transversal, y la tradición modifica el tiempo, uniendo ideas y versos separados a menudo por varias civilizaciones; así el pasado suele aparecer profético y el presente, reflejado en él, puede volverse contemporáneo suyo. Es el revés de la sucesión: porque existe, el tiempo puede ser abolido; a través de la tradición, puede cambiar de naturaleza. De esto trata la más reciente literatura poética: la que en el siglo veinte se llamó “de vanguardia”.

El divino andrógino

Una de las versiones del mito de Narciso, no la más popular, relata que no era su rostro el que Narciso contemplaba en el agua, sino el de su hermana gemela, idéntico al suyo, que se había ahogado en aquel río. Este Narciso es algo más que un vanidoso: hay en él melancolía profunda, rasgo que en la Edad Media se asociaba casi inmediatamente al pensamiento introspectivo; hay el desgarramiento por un precioso tiempo perdido, aquel en que su hermana vivía. ¿Es la pérdida de un reino, la expulsión de un paraíso? Este desgarramiento es también el de la separación de los sexos y por consiguiente el de la unidad de un ser en plenitud, completo, dotado de una identidad imposible en las coordenadas del tiempo sucesivo. Narciso presta su cara a una representación, la de la eternidad, cuya imagen es la belleza: olvida, abstraído en su contemplación, la corriente que vuelve imperfecta esa imagen; es más, el movimiento del agua devuelve la imagen de su hermana a la vida, haciendo perfecta la ilusión. Entonces, Narciso cae: el río le revela su profundidad, a la vez que lo separa de quienes podían mirarlo contemplarse. ¿Recupera la unidad perdida al caer en la misma condición que su hermana? La muerte nada nos dice; pero, quebrado el tiempo suspendido, otros sentidos aparecen: la fugacidad de la belleza, imagen de la eternidad, y la restauración del orden de la duración y la reproducción sexual. Cumplida la fábula, queda la moraleja; habrá otras conclusiones, pero no se las encontraría en ningún cristal bruñido: falta allí la dimensión temporal, sin la cual Narciso, incapaz de ahogarse, languidece en una vanidad sin consecuencias, mientras en cambio su muerte lo enlaza al tiempo y lo rescata de la trivialidad, convirtiéndolo en un mito.

La voz interior

Los poetas órficos no veían en Narciso un vanidoso, sino el símbolo de la comunión del individuo con el cosmos. El mundo devolvía a Narciso su imagen, que así se identificaba con el mundo: había una identidad entre Narciso y la realidad. En nuestros días, podría verse como la vanidad más disparatada la pretensión de semejante identidad entre un ciudadano cualquiera y el universo que lo rodea. La racionalidad ha impuesto una severa distinción entre la conciencia y la suma de los objetos que percibe. Sin embargo, si hay un tema que caracteriza a la literatura moderna es el de la conflictiva relación entre sujeto y objeto, individuo y universo, tema que encuentra su más típica expresión formal en lo que se ha dado en llamar “monólogo interior” o, en inglés, utilizando una metáfora acuática, “stream of consciousness”, “flujo de conciencia”, imagen que reúne el fluir del agua y del tiempo con el del pensamiento, es decir, del lenguaje, para sugerir, a pesar de la separación, afín al desgarramiento de Narciso, entre conciencia y realidad, una posible identidad entre mente y mundo, capaz de suturar esa herida. A la pregunta por la propia identidad en un universo que no parece reflejarla, esta literatura opone un espejo fluido que se anticipa a la crónica para favorecer la inminencia constante del sentido. Aquí la escritura desarrolla un movimiento simultáneo al de su objeto, en un viaje introspectivo que por la palabra atraviesa las apariencias para devenir una exploración de la naturaleza de la realidad.

En memoria de los argonautas

Por lo menos tan antigua como la metáfora que compara el tiempo a un río es la idea, respaldada por los hechos, que vincula la navegación al progreso. Si el océano suele ilustrar el infinito, la navegación representa la ampliación del territorio civilizado. El barco que atraviesa el océano traza su propio río, una línea de tiempo en ese plano infinito, y señala con su paso un hito histórico. Así Colón, así Marco Polo; así, según el mito, los Argonautas que alcanzaron los confines del mundo antiguo. Canta Séneca en su Medea: Audaz en exceso el primero que surcó con nave tan frágil los mares traicioneros. Todavía no conocía nadie las constelaciones ni se servía de las estrellas con las que está pintado el firmamento. Aún no tenía nombre el Bóreas, aún no el Céfiro. Pero algo se pierde durante el viaje. Sigue Séneca: Nuestros padres vieron siglos espléndidos, alejados de engaños. Cada cual, tocando indolente sus costas y haciéndose viejo en la heredad del padre, rico con poco, desconocía las riquezas, excepto las que el suelo nativo había producido. Enumera las hazañas y desdichas de los Argonautas y concluye: ¿Cuál fue el premio de ese viaje? El vellocino de oro, y un mal más grande que el mar, Medea, salario digno de la primera nave. Ahora ya cedió el Ponto y tolera todas las leyes. Cualquier falúa vagabundea por alta mar. Todo término ha sido removido y las ciudades han levantado murallas en tierras nuevas. Tiempos vendrán en años lejanos en que el Océano relaje los vínculos reales y se descubra la tierra por completo y Tetis desvele nuevos mundos y no sea Tule la última de las tierras. Siglos después, el descubrimiento de América ponía un límite a los supuestos de la civilización europea, iniciando el proceso de liberación de las monarquías y la consiguiente pérdida del significado de la aristocracia, quintaesencia de los valores del Viejo Mundo. Aún el ateo y republicano Stendhal manifestaría su rechazo por la “democracia a la americana”, comentando que prefería verse obligado a hacer la corte al Ministro de Justicia antes que al tendero con derecho al voto. La tragedia del Nuevo Mundo, donde nada era sagrado para un europeo, parecía ser la de un territorio donde lo original –los pobladores nativos- era masacrado para dar sitio a unos pueblos cuya liberación de antiguos prejuicios tenía como consecuencia una vulgaridad pronta a convertirse en modelo.

Yo no sé mucho de dioses, pero pienso que el río

es un fuerte dios pardo –huraño, indómito, intratable,

paciente hasta cierto punto, reconocido al principio como frontera;

útil, indigno de confianza, como transporte de comercio;

luego sólo un problema al que se enfrenta el constructor de puentes.

Una vez resuelto el problema, el dios pardo es casi olvidado

por quienes moran en las ciudades –siempre, sin embargo, implacable,

conservando sus estaciones y furias, destructor, recordatorio

de aquello que los hombres eligen olvidar.

Monárquico, anglocatólico y clasicista

Aquí T. S. Eliot describe el proceso de degradación de un símbolo, si nos parece degradante el pasaje de lo sagrado a lo útil. Eliot, conservador, se declaraba “monárquico, anglocatólico y clasicista”. Su poesía, sin embargo, es un hito revolucionario en la tradición occidental. ¿Qué movimiento es éste, reaccionario o revolucionario? ¿En qué dirección se mueve? Como toda escritura viva, en la suya propia.

Al describir, en su novela El Corazón de las Tinieblas, cómo el Támesis fluye hacia su desembocadura “con la tranquila dignidad de una vía de agua que conduce a los más recónditos confines de la tierra”, Joseph Conrad, señalando la interconexión entre todas las aguas del mundo, planteó una evidencia que la metáfora del río convierte en utopía: la de un tiempo navegable aguas arriba y aguas abajo, hacia el pasado y hacia el porvenir, poniendo todos los tiempos en juego en cada momento presente. Es la apuesta de la literatura de vanguardia, cuyo modelo será un héroe muy antiguo, Ulises, quien regresa para cumplir un movimiento que no es de retroceso sino de resurrección, pues vuelve de entre los muertos de Troya, de un naufragio sin más sobrevivientes y, sobre todo, de la muerte que le desean quienes aspiran a su trono, su reina y su palacio. El movimiento de vanguardia, de acuerdo con esto, no es un avance que transgrede lo que se tenía por sagrado sino un movimiento de restitución del derecho y de recuperación, por parte del héroe, de lo que le es propio: todavía más que el día redondo de Ulysses, el Finnegans Wake de Joyce liga su fin a su inicio para recomenzar eternamente; Proust, gracias a las lagunas que dan paso a la memoria involuntaria, recobra el tiempo perdido y concluye su novela anunciando su redacción; Eliot, en East Coker, abre su discurso declarando “En mi comienzo está mi fin” para cerrarlo con una reafirmación que vuelve a abrirlo: “En mi fin está mi comienzo”; los Cantares de Ezra Pound, cuyo primer personaje es Odiseo, ponen la historia antigua y la contemporánea en un mismo plano temporal que se alza como un espejo en cuya corriente, como Narciso, el lector puede mirarse y ver el mundo entero. Entonces dos cosas pueden sobrevenirle: la iluminación del reconocimiento, por la que el héroe percibe y deviene la verdad de su experiencia, y una acusación de narcisismo, firmada por el conjunto de la sociedad que lo cela.

Mi nombre es Nadie

Las tragedias nos muestran cómo los griegos admiraban a Ulises por sus proezas a la vez que desconfiaban de la astucia a la que eran debidas. Hoy todavía pocos se atreven a leer a los famosos autores mencionados. Se elogia su rica complejidad, pero se advierte de la dificultad de su lectura, consecuencia de un estilo exterior a las normas de comunicación vigentes y del radical apego a sí mismos, la lealtad a su propia experiencia; y se deja así su ejemplo al margen de un mainstream cuyo modelo de ficción propone la lectura precisamente como pasatiempo. La sociedad prefiere mirarse en el espejo de su técnica que en el de su lengua. La tecnología digital devuelve una imagen perfecta que somete a nuestra voluntad; incluso anula, mediante la transmisión de datos vía satélite o internet, los avatares del tiempo y el espacio. El progreso aspira al control de los accidentes y poco a poco lo alcanza: por su acción desaparece lo indeterminado. Pero el sujeto, como Ulises en la isla que prefirió a todos los favores de los dioses, tiene algo que recuperar en el azar del tiempo, en el rumor de ese torrente al que puede abandonarse o remontar, pero no detener o dominar. Sólo ese espejo, el insumiso espejo de Narciso, guarda la verdad que se le escapa; pues el tiempo, el tiempo de la experiencia, real y no virtual, escapa a su dominio y así a su represión: sólo por accidente puede el sujeto regresar a sí mismo, pero a ese accidente tiene que exponerse. El agua como espejo, reflejo y transparencia, otorga la gracia de ver, verse a sí mismo y aún ver a través de sí; visto así el tiempo, flujo y reflujo, cada instante es profético, revelación: aquellas epifanías de que hablaba Joyce.

En busca de una epifanía

De la inspiración

Ésta es la continuación de Ficción en serie, que está justo debajo por ser la entrada anterior. Extraña disposición de las primeras y segundas partes en los blogs. A quien haya caído aquí, le sugiero empezar por allí.

La inspiración según Fragonard

Hablábamos en esa nota del prestigio ganado en los últimos tiempos por las series televisivas, de su constitución en modelo de narración reconocido aun por novelistas y escritores, de su aptitud magistral para enseñar por su sola exposición cuanto desee aprenderse acerca del arte de narrar más propio de nuestra civilización. Pero señalábamos, en medio de tanta excelencia, una cierta impersonalidad que puede ser vista como el signo de una entropía cultural, característica de ese poder que, teniendo en su mano las cartas que en su momento todos reconocen como de triunfo, ya no puede establecer con su exterior otras relaciones que las de exclusión o asimilación. La preocupación por la originalidad, que el recurso al remake no ha disminuido en los creadores contemporáneos de ficciones de distribución masiva, fácilmente deviene en angustia para quien advierte hasta qué punto esa originalidad prefabricada, propia de las ideas u ocurrencias adecuadas a un público que cabe esperar de guionistas y creativos profesionales, es sólo aparente y en realidad proviene del mismo circuito cada vez más amplio pero siempre cerrado de la comunicación contemporánea, determinado por la compulsión a la comprensión inmediata, el empuje a la acción consecuente y la orientación pragmática hacia uno u otro bien de consumo. No es fácil ni gratuito salir de ese esquema.

Un sordo que grita

Pasolini, que vio el nacimiento de nuestro tiempo y lo describió en las poesías que compuso durante el llamado “milagro italiano”, habló de la nuestra como de “una sociedad inmensamente ensanchada y aplanada”, imagen que no deja de  corresponderse bastante exactamente con la del círculo al que acabo de aludir. La imagen de nuestro mundo, el mundo actual, bien podría ser la de un sordo que grita: un grito blanco, como se dice ruido blanco, hecho de todas las voces y palabras que suenan permanentemente a la vez tratando cada una de hacer su diferencia. Sobre ese blanco, que tiende a absorberlo todo, es decir, a borrarlo, se escribe hoy.

¿Cómo tomar aliento en tales condiciones? La inspiración, en primera instancia, es un movimiento contrario al de la comunicación; contrario en la medida en que consiste en una interiorización y guarda para sí, dejando toda comunicación en suspenso, lo concebido antes de expresarlo, de darlo, justamente, a luz. Nos hemos acostumbrado a oír la expresión “tiempo real”, que en realidad alude a la abolición del tiempo, a la negación de la distancia entre dos momentos; nunca anochece en el circuito de la comunicación, cuyo ideal es la simultaneidad, por no decir la identidad, entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se entiende. La inspiración, sin embargo, se opone a este continuo, introduciendo en él precisamente una interrupción, la posibilidad de un tropiezo. A menudo se ha descrito al inspirado como momentáneamente enajenado, fuera de este mundo; menos habitual es su consideración desde la perspectiva opuesta, reveladora de su condición de ventana por la que entra el aire fresco, de puerta por la que el exterior penetra en el interior demostrando que la zona urbanizada y habitada no es totalidad sino fragmento, local y no universal.

Así el espacio fragmenta el mundo y el tiempo separa las circunstancias,  devolviéndolas a su relatividad. La inspiración introduce ese aire que circula entre las partes, descompletando el conjunto y arrebatando las piezas a la idea del todo que las reúne. Inspirar es lo contrario de expirar. Y es también un movimiento opuesto a la permanente y creciente exteriorización de la entropía. “He not busy being born is a-busy dying”, como canta y canta Dylan desde hace años mientras Hollywood o su espíritu incansablemente procuran prolongar su esperanza de vida.

«My kingdom for a horse!»

Pues los momentos de inspiración no corresponden al esplendor o predominio de un centro que irradia su luz, sino al del hallazgo de manchas sobre ese sol, a la penetración de la capital, ya sea Roma, Londres, París o Nueva York, por elementos de otro mundo, de un nuevo mundo que eclipsa al primero. Cuando Shakespeare, en el centro de un mundo súbitamente desconocido a causa de la ampliación debida a los descubrimientos científicos y geográficos de la época, a las transformaciones económicas, la expansión del comercio, el fantasma de las Indias orientales y occidentales, las nuevas filosofías enemistadas con religiones a su vez enemistadas entre sí, reescribe la historia inglesa saqueando como es sabido las viejas crónicas medievales, lo hace empleando un procedimiento parecido al que Deleuze decía seguir respecto a otros filósofos: el enculage, consistente en colarse detrás de un autor y extraer de él una descendencia reconociblemente suya a la vez que diferente y monstruosa. Así nacen Ricardo III, Enrique IV y compañía; así llega a morir Cordelia en lugar de coronarse reina según desenlaces anteriores a la mano del Bardo. Y la escritura, en lugar de conformarse con una sintética alusión a lo ya conocido por todos, abre cada escena mediante una desbordante profusión de palabras, matices y sentidos. Todos lo sabemos, a pesar de la habitual práctica reductora en adaptaciones y puestas en escena.

Cuando un elemento es nuevo, no sólo es él el desconocido sino que vuelve además extraño el espacio entero en el que se mueve. Y al no encontrar dónde integrarse, en qué de lo conocido reconocerse, no sólo es percibido fatalmente como fragmento –de un conjunto desconocido-, sino que además fragmenta el mismo espacio que recorre. Mucho se ha escrito a este respecto sobre el carácter fragmentario de la literatura americana. Pero lo interesante es cómo también la cultura europea se fragmenta al pasar por un intérprete americano, aun si éste es tan cosmopolita como lo fue Ezra Pound. Los Cantares parecen caravanas; en éstas viajan, evocando así a pesar de sus orígenes diversos el paisaje de la tierra natal del poeta, figuras y personajes de la historia de todo el mundo que desfilan ante el lector anunciando el paraíso spezzato (en pedazos) que trató de escribir su cantor. Nuestra propia civilización global no tendría problema en reconocer su carácter de collage; en cambio, no es lo propio de sus ficciones ejemplares  aventurarse fuera del marco de lo ya revelado.

Pensamientos en La Habana

La barbarie es a menudo la idea que una civilización decadente se hace de su fin, depositándola en sus excluidos. Para cuantos escriben en castellano, por más que lean en inglés o consuman como todos la ficción audiovisual en boga, el modelo anglosajón es en el fondo imposible de seguir o, al menos, no permite llegar más que hasta el límite trazado por la circulación de lo familiar. Preferir el sueño del reconocimiento global al despertar de esa ilusión es aferrarse a una habitación cerrada. Lo contrario es asomarse con José Lezama Lima por alguna ventana alta y responder con él, valientemente, “My soul is not in an ashtray”.

Médico de letras

Dr. Destouches, conocido como Céline

¿Qué es un book doctor? Esta expresión, tan habitual en el mundo editorial anglosajón, donde el editor (con acento en la e) se distingue tan claramente del publisher y book doctor es la manera habitual de referirse al editor free-lance que trabaja junto al autor en hacer del manuscrito de éste el libro que otro editor querrá publicar, no es tan corriente en el ámbito de habla hispana ni tan fácil de traducir. ¿Qué hace, pues, un book doctor?

Yo visito cada semana unos veinte o treinta manuscritos en distinto estado de salud o crecimiento. Llego y allí están, pacientes en su estante, esperando ser examinados y recibir su diagnóstico: ¿vigoroso?, ¿en cuarentena?, ¿hay que operar? O llegan a esta consulta, mi refinería literaria, a menudo en busca de una segunda opinión, cuando no ya decididos a iniciar el tratamiento tras el cual no habrá lector que resista al contagio. ¿Pero existe ese tratamiento? ¿Qué cura un book doctor? ¿Son acaso los borradores y versiones inconclusas obras enfermas que deben sanar para convertirse en libros? ¿Deben ser dados a luz, como decía Ezra Pound de T.S. Eliot y de sí mismo a propósito de The waste land, entre una madre y una partera sin la cual tampoco habría nacimiento?

Dr. Schnitzler

No, me digo; la literatura es una salud, como decía Deleuze. Los médicos son los escritores, son ellos los que vacunan y purgan la lengua contra los males de la mentira, la imprecisión, el pensamiento único y la conciencia satisfecha; son ellos quienes redactan el verdadero historial de lo que ocurre bajo la superficie cotidiana y que sólo la imaginación descubre. Pero, al igual que la medicina, la literatura no es el don de ningún brujo o chamán, sino un saber compartido, provisto de un instrumental, herramientas y recursos que contribuyen al éxito de cada operación por singular que ésta sea. ¿Cómo podría la sola inspiración, azarosa como es, compararse con el conocimiento y la experiencia acumulados durante siglos de práctica de la escritura?

Estas notas cotidianas tratarán de mostrar esa circulación, ese proceso de intercambio de ideas, lecturas, conocimientos e inspiraciones entre todos los vinculados a la creación literaria que conduce a cada obra terminada. Para eso me basaré en mi reiterado papel de Dr. Watson, narrando las aventuras de los distintos Sherlock Holmes a los que acompaño en su búsqueda de la expresión exacta. Y recurriré, como no, a la historia de la literatura, que tantos otros ejemplos útiles nos reserva. La inspiración trabajando: ése es el misterio al que iremos tratando de acercarnos en esta serie de aproximaciones. Un poquito cada día, sin esperanza ni desesperación, como decía Isak Dinesen que escribía.

Dr. Chejov