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La verdad miente

Sobre Todos los hombres son mentirosos, de Alberto Manguel

Traducción al inglés

Mentiras en inglés

El argumento es el siguiente: Alberto Bevilacqua escribió una obra maestra. Pero mucho más compleja es la red de verdaderos y falsos testimonios que se entretejen en torno a su incomprensible muerte. Ya que, si la verdad suele ser esquiva, si un caso que avergüenza a sus protagonistas resulta siempre difícil de resolver, descubrir lo que se ha querido olvidar parece casi imposible al cabo de treinta años, en un mundo en el que todo cambia excepto lo escrito hace siglos en el Libro de los Salmos: “Todos los hombres son mentirosos.”

Sin embargo, cuando un periodista francés se empeñe en aclarar la inexplicable caída del genial escritor sudamericano Alberto Bevilacqua desde el balcón de la casa en que vivía en el Madrid todavía oscuro de mediados de los setenta, los testimonios de quienes lo conocieron serán su única vía hacia la verdad. Las dudosas y diversas historias de su presunta amante española, del escritor argentino que asegura haber sido su único confidente, del cubano que jura haber compartido su celda durante la dictadura militar argentina y hasta de un delator ya muerto que sigue informando desde el más allá son sólo algunas de las vías que aquí, por el engaño, tal vez conduzcan a la verdad. O a una verdad.

Un asesinato que no es un asesinato, una muerte accidental pero también deliberada, una traición que es un acto de fidelidad, un manuscrito apócrifo con demasiados autores supuestos, una mujer para la que nada es tan erótico como la fama literaria, un hombre recatado que se revela como un seductor y uno infame que termina siendo casi heroico… Después de tres décadas de vivir en una sociedad que es un baile de máscaras, los personajes que narran aquí sus historias ni siquiera son capaces de distinguir sus verdaderas caras. Verdades disfrazadas de mentiras, invenciones que hacen eco a falsedades, ficciones con aire de crónica, confesiones y noticias fraguadas, unas y otras ocultan la verdad sobre el misterioso Bevilacqua, que finalmente sólo aquél que sepa leer entre líneas será capaz de descubrir. ¿Pero es esto lo propio del género?

Traducido al italiano

Engaños en italiano

Como todo buen policial, esta novela es un rompecabezas bien resuelto. Sin embargo, a diferencia de lo habitual dentro del género, hay en las piezas que lo forman, en cada una o algunas de ellas consideradas por separado, una especie de verdad que de algún modo supera la conclusión general del libro. Esto último es interesante y raro: algo así como lo contrario de la tan repetida afirmación de que el todo es más que la suma de sus partes. Por eso cabe seguir investigando, aun si para el expediente el caso está cerrado.

En un policial, normalmente, hay un crimen específico que se expone al lector al inicio. El culpable y el móvil se conocen al final. Esta novela también se organiza en torno a un cadáver. Hay una investigación y los tres primeros capítulos de la narración son otros tantos testimonios recogidos por el periodista que aquí hace el papel de investigador. Sin embargo, hay al menos dos diferencias esenciales en este libro respecto a la novela policial.

La primera es el modo en que el “crimen” es presentado: no aparece por completo desde el comienzo, sino que casi hasta el final de la novela uno no ha acabado de reunir del todo lo que serían las circunstancias a investigar. Por ejemplo: se alude una vez y de paso al suicidio de Gorostiza, pero de tal modo que uno no sabe si pensar que es un dato cierto o un malentendido; luego, ese suicidio resulta ser muy importante y estar en relación directa con la muerte de Bevilacqua, que es lo que se investiga. Y además, otra cosa: en lugar de tener un fuerte eje central en la investigación del crimen, hacia la que convergerían los elementos secundarios –como en un policial-, la novela va desplazando el eje de su interés. Al comienzo, por ejemplo, lo que sería el crimen resulta plenamente opacado en interés por la relación entre Bevilacqua y Manguel (el personaje), es decir, por la equívoca huella del recuerdo de Bevilacqua en Manguel e incluso por los datos biográficos del mismo Bevilacqua. La intriga en torno al Elogio de la mentira y la muerte del escritor despiertan en ese momento de la lectura un interés mucho menor, muy secundario. La exposición, entonces, dista mucho del procedimiento aplicado hasta en los policiales más complejos.

Edición francesa

Falsedades en francés

La segunda gran diferencia es consecuencia de la primera y es, que aunque al final pueda parecer que el “caso” se ha resuelto, lo cierto es que todo depende de la interpretación del lector: si le cree al Chancho que él es el autor del Elogio, como parece ser, o si se le ocurre que éste podría aún estar mintiendo. En esto la novela se acerca a obras como Los adioses, de Juan Carlos Onetti, donde si uno le creía o no al narrador todo cambiaba. Y la técnica es la misma que Onetti tomó prestada de Henry James, la del punto de vista. Si “todos los hombres son mentirosos” (y la novela procura extraer las consecuencias de este principio), si sólo contamos con su testimonio para reconstruir el pasado, jamás salimos de esa ambigüedad en la que nos deja la falta de pruebas concluyentes. El sentido de la novela implica dejar en suspenso la solución del caso, lo cual la aleja de la narrativa popular y del género policial para acercarla incluso a experiencias más vanguardistas, tipo “école du regard”, con las que en un principio no parecería tener nada que ver.

O sea: estamos ante una obra mucho más compleja de lo que parecía. Es muy entretenida, el tono es claro, rápido, ligero, ninguna página es especialmente densa, pero uno las lee con un detenimiento mucho mayor del que dedicaría a un puro divertimento, por inteligentes que éste fuera. La novela no es larga, pero en ella se cuentan muchísimas cosas, hay muchísima información que asimilar y ordenar y, así como cambian los narradores y con ellos el punto de vista, también la perspectiva del lector cambia; si uno lee buscando dónde el autor puede haber cometido un error, ocasionalmente cree haberlo descubierto –cuando, por ejemplo, aún faltando un buen tercio de novela ya uno deduce que el Chancho es el autor de la novela de Bevilacqua y con esto tal vez crea haber descubierto el móvil de un suicidio-, pero pronto se ve obligado a rectificar y a seguir leyendo para acercarse a la verdad. El interés, de esta manera, nunca disminuye, aunque lo curioso es cómo va cambiando de objeto, pasando de la equívoca personalidad de Bevilacqua, la incongruencia entre lo que ha hecho y la descripción de Manguel, por ejemplo, a la historia del libro que Andrea hizo publicar y luego a la autobiografía del Chancho, hasta llegar a Gorostiza, quien casi hasta el final nunca nos había llamado la atención. Es curioso porque lo esencial, en todo caso, no es una verdad a la que se llega y que en un policial se identificaría con la solución del caso, sino algo resbaladizo que lo impregna todo y que en consecuencia hace patinar la curiosidad de un objeto a otro. No se llega a una verdad y por eso se trataría de inventar al menos un remedo, que es lo que el periodista Jean-Luc Terradillos se niega a hacer en la conclusión: al revés que el clásico detective que concluye explicando el caso, ofreciendo una justificación plausible, Terradillos decide abandonar el proyecto y dejarnos los fragmentos que ha recibido, cuya integración no lo satisface.

Portugues

Perjurios en portugués

Pero las partes son aquí más que el todo. Relatos como los de Andrea y el Chancho, que son después de todo los enamorados, los que “creen” y han hecho existir el libro, ella obteniendo su publicación y él escribiéndolo (si le creemos), tienen en sí una intensidad y así una verdad mucho más fuertes que cualquier explicación eficaz de la intriga central que pudiera ofrecerse. Sus fragmentos de verdad, aunque equívocos, son en sí más verdaderos –y convincentes, por su realidad- de lo que podría llegar a serlo cualquier hipótesis totalizadora. Esta intensa verdad es precisamente lo que hace que el libro no sea en absoluto ni un divertimento ni una intriga ingeniosa ni una especulación sobre la verdad y la mentira, sino una narración vívida: por la vida que le dan todas esas partes que se agitan en torno a un centro más bien vacío. Allí se encuentran justamente el tal Bevilacqua, sobre cuya personalidad los datos recogidos concluyen en un retrato incongruente, y un libro del que todos dicen que es una obra maestra, aunque nada se diga de él excepto el título (Elogio de la mentira). El contenido hay que imaginarlo o prescindir de él, como sí, paradójicamente, consistiera en la verdad tan resistida y buscada.

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Otras incisiones

"La muerte no está en no comunicarse, sino en resultar incomprendidos" (Pasolini)

“La muerte no está en no comunicarse, sino en resultar incomprendidos” (Pasolini)

Ley de simetría. La medida de tu desesperación es la medida de tu insensatez.

Vida y destino. Experiencia es aquello que llegas a saber / de todo lo que nunca aspiraste a conocer.

La verdad miente. La verdad, que se querría eterna, ni siquiera alcanza a sostenerse en el término de una vida mortal. Radical insuficiencia de la verdad. Protestantismo: esa verdad desnuda y seca como un palo alcanza sólo para golpear.

Punto y aparte. A una convicción se llega. De un prejuicio no se ha partido.

Punto límite. El romanticismo es un callejón sin salida al fondo del cual está la mujer.

Sanción. El terrible momento en que una noción deviene dogma.

A traición. La mentira es el arma del oprimido.

Mortal. El hombre es malo pero puede hacer el bien.

Lección de management. Un líder es aquél a través del que sus seguidores esperan conseguir lo que desean mientras es él quien consigue lo que quiere ya mismo a través de ellos.

Estadio. En cuanto cae una pelota entre los hombres, todo se pone a girar en redondo.

Sangre azul. Que lo efímero perdure, que el espejo sea leal, / ruega en sueños la madrastra de un eterno reino irreal.

Los duelistas. Al que no corta ni pincha le disgustan las cuchilladas. O le gustan, pero es lo mismo: la moneda que recibe a cambio de quedarse al margen tiene dos caras, pero ninguna reúne el valor de los opuestos enfrentados.

"Nada nuevo bajo el sol" (Eclesiastés)

“Todas las dinastías terminan así: muchísimo heredero y poco trono” (Brodsky)

Auge y caída. Un pensamiento logra imponerse cuando llega a pasar del campo de las ideas al dominio de las costumbres.

Piedra al agua. Quien busca respeto encuentra evasivas.

Pavo real. El deseo que se escribe con mayúscula tiene el tamaño de su impotencia.

Eco. Más difícil que cumplir una buena acción es tolerar sus consecuencias.

A conciencia. Aforismos: ejercicios de soberbia.

Sincronía. El hombre no puede bañarse dos veces en el mismo río y esto quizás resuma todos sus deseos.

Pulidor de lentes. El mundo no se detiene para ser fotografiado. Los seres humanos sí. El gesto con el que se posa, no para la cámara, sino para la mirada que atraviesa la lente es infinito.

Perspectivas. Con las ideas generales no se agarra uno los dedos, pero tampoco da en el clavo. Con las ideas generales no da uno en el clavo, pero tampoco se agarra los dedos. (Habría que ver a la larga qué resulta más doloroso.)

Norte. Un padre es una brújula.

Sobrenatural. Un padre es una ficción, del padre o del hijo. Lo que no es ficción es fatalidad.

Profecía. También durante el Apocalipsis habrá que ganarse la vida.

La mancha voraz. Un deseo sin objeto se devora a sí mismo. Un objeto no deseado devora su entorno.

"Samain diría el aire es quieto y de una contenida tristeza" (Vallejo)

“Samain diría el aire es quieto y de una contenida tristeza” (Vallejo)

En sociedad. Las faltas de tacto se pagan quemándose.

Penitencia. La confesión no dispensa del acto.

Al paso. Las ideas peregrinas llevan lejos.

Perpendicular. Entre un deseo cualquiera y el rechazo que encuentra hay siempre la debida proporción.

Contrato y ley. Se puede pactar con el diablo, pero no con Dios.

Rectilíneo uniforme. Todo debe seguir igual para que algo cambie.

Comentario nupcial. Si los hombres escucharan a las mujeres habría menos casamientos.

Retrospectiva. Si no existiera la pintura, la fotografía podría ser un arte.

Variación sobre un tema de Musil. Para seducir has de presentarte como probabilidad. Para convencer has de hacerlo como realidad. Pero ninguna posición, tampoco ésta, ha de ser definitiva.

Ausencia y rechazo. No ver ni ser visto. En esto consiste el pacto social, que cada uno traiciona exhibiéndose y espiando.

Lealtad. Donde sólo te pidan que seas uno más, procura ser siempre uno menos.

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Escribir es decir la verdad

“La verdad, la dura verdad” (Rojo y negro, Stendhal)

Obviamente escribir no es sólo eso. De hecho, hasta en la vida cotidiana la verdad tarde o temprano siempre se revela insuficiente y ése es, precisamente, otro de los motivos por los que algunas personas escriben. Pero el propósito de esta nota, lo que justifica la declaración hecha en el título, es manifestar una reprobación y hacer la oposición correspondiente. Lo reprobado en este caso es esa idea, expuesta como al pasar por distintos escritores entrevistados pero utilizada a menudo para concluir la entrevista, o sea, para definirla o fijarla mediante un sello, supuestamente personalísimo o inefable, que condensaría el carácter y la visión sostenidos por el entrecortado discurso precedente, de que “para escribir hay que saber mentir bien” o de que “un gran escritor es, ante todo, un gran mentiroso”. Este concepto nunca se explica ni da lugar a glosa alguna, sino que, como decíamos, cede enseguida todo el espacio –en blanco, mezcla de todos los colores- a esa rara sobreimpresión del lector sobre el autor por mediación del entrevistador que se produce más allá –o más acá- de las palabras, mediante la proyección de las ganas de creer sobre las de ser creído y la irresistible tendencia de ambas a la fusión. Lo que a su vez da ganas de hablar de la “magia de la literatura” como se habla de la “magia del cine” o de la “magia de la televisión”, y con el mismo desdén: ¿magia o mafia? Connivencia, omertá, silencio a prueba de críticas, todo eso es lo que autoriza la forma aforística o de oráculo conseguida mediante el recurso al sobrentendido nunca explicitado dirigido al lector “cómplice”, paradójicamente empleada en dar un aire sutil de verdad revelada a un equívoco pero seductor elogio del “arte” de mentir. La sonrisa enigmática del autor de turno, aunque no haya fotos, casi se puede ver impresa en la misma página que el comentario y es a ella, por último, tal vez todavía más que a las palabras pronunciadas por la boca sabia, a la que interrogaremos. Procedamos entonces.

Ave, Gabo

La adivinación de esa sonrisa es lo contrario de su imitación. De lo que no podemos menos que felicitarnos, habida cuenta de lo que encontraremos detrás de ella al develarla: esa autocomplacencia y esa satisfacción consigo mismo, fingidas por conveniencia promocional o no, manifiestas antes en el tono que en el contenido de las palabras pronunciadas, del autor reconocido que invita al lector conocedor a compartir su vanidad. Y no es que a estos autores les falte talento o incluso lucidez: valga el más famoso de ellos como ejemplo. Pero hay en su visión de la humanidad, y por tanto en la literatura que producen, un  conocimiento comparable al que tiene el artista de variedades de su público o el gitano Melquíades de los primitivos habitantes de Macondo, deslumbrados por la súbita sonrisa de la boca que conocieron desdentada. Éste es, efectivamente, el conocimiento que exige el arte de mentir, inseparable del espectáculo y del comercio en la medida en que ni una calidad superior por parte del objeto anunciado exime al anunciante de agradar, complacer, persuadir y seducir al público objetivo en el curso de su exposición. Sin embargo a ningún lector, especializado o anónimo, digamos, lo satisface el verse considerado tan sólo como consumidor o receptor pasivo. ¿Qué hacer entonces? ¿Procurar por todos los medios mantenerlo clavado a su butaca o cuestionarlo para que se levante, mire más allá de la imagen y, justamente, lea?

(El punto de vista de este artículo no deja de ser un tanto iconoclasta o luterano, lo reconozco. Es una voz que se alza contra el tráfico de imágenes, en este caso entre el autor y el lector, como en otro tiempo entre el Papa y los fieles. Parece que toda cultura de la imagen, católica o global –señalo al pasar, con todas sus diferencias, la vocación universalista de ambas-, tarde o temprano, o desde su  mismo comienzo hasta su ocaso, ha de levantar voces en su contra. Estas voces son ingenuas, también la mía, pero a la vez irreprimibles, como inexpugnable es el castillo de la imagen. Siga pues este ataque o asalto dirigido, quizás más exactamente que a la imagen, al “semblante”, como dicen los franceses.)

La voz y la imagen: Eco y Narciso

Un autor es una imagen. Un escritor es una voz. Como lo sabe cualquiera que haya visto una película sonora, de la adecuada sincronización de la imagen y el  sonido depende la impresión o ilusión de realidad que produce, o el logro de ésta. Pero hay en la literatura, o en la mera escritura, un carácter fatalmente póstumo, que es precisamente lo que el recurso a la imagen y el sojuzgamiento de la voz procuran conjurar: una mala noticia permanente. Pues lo escrito, al fin y al cabo, siempre está fuera de sincro: o se adelanta, proféticamente, para ser negado o postergado, o llega tarde y ya es historia a la espera de una improbable resurrección. O aun si algo llega a ser escrito al mismo tiempo que se produce en el mundo como acto, o aun si el acto es la propia escritura, el tiempo en el que un texto es escrito y el tiempo en el que es leído no son el mismo ni son tampoco  simultáneos: así como “no hay relación sexual” (Lacan), no hay encuentro entre el autor y el lector, por más ferias del libro que se celebren en todo el globo, y el circuito de interactividad sostenido por la vigilia continuada de la comunicación es sólo un sustituto ilustrativo de ese ideal o sueño común inalcanzable desde la “caída en el tiempo” (Ciorán). (Cito porque devengo: muchos me preceden y lo sé, aunque jamás nos hayamos encontrado ni vayamos a hacerlo.)

De modo que es una ilusión, como en el cine, esa coincidencia de la imagen y la voz, del autor que vemos, nos muestran o se muestra y el escritor que leemos o cuya obra leemos. Y si en general son los novelistas o autores de ficción los escritores más reconocidos, aquellos a quienes se identifica como “artistas” o “creadores” –la poesía es un caso aparte-, la causa de esto quizás no haya que buscarla tanto en su calidad intrínseca como en el cine mental que facilitan a sus lectores, ya que ¿cuántos novelistas escriben mejor que críticos como Benjamin o Barthes, cuyos análisis aventajan en intensidad y singularidad a la mayoría de los textos de ficción? Quien no sabe leer, no sabe mirar, y en consecuencia se cree cuanto le muestran; quien no sabe mirar, no sabe leer, y en consecuencia se cree cuanto le cuentan.

Yo miento, pero mi voz no miente (Drama, Caetano Veloso)

Escribir, sin embargo, aunque se trate de ficción, no es mentir, del mismo modo que actuar no es fingir, aunque hasta practicantes virtuosos como Olivier hayan repetido en ocasiones esta idea frívola. Se engaña quien crea esto: lo engaña su propia vanidad, si es que lo hace creerse capaz de engañar a nadie a quien valga la pena engañar, beneficios económicos aparte. Quizás también se engañe en su soberbia quien suponga que puede realmente captar la verdad y transmitirla, pero entonces habrá que recordar que la verdad no preexiste y en cambio se la elabora por aproximaciones, aproximaciones sucesivas, de igual manera que se ajustan, por ejemplo –y a propósito-, la imagen y el sonido. Arriesgo, pues, mi definición personal: escribir, que es también interpretar, consiste en hacer de una intuición una evidencia. En tal acción, que procura a esa primera aparición justamente las palabras que le faltan para poder reaparecer o comparecer ante el lector, o sea, para poder en adelante ser llamada, el movimiento que define la forma y el pensamiento que aclara el contenido, por así decirlo, son uno y el mismo. La serie de elecciones necesaria para consumar esta jugada, operación o ecuación anula de por sí la escisión entre mentira y verdad al colocar la decisión en el punto de partida y trasladar la imprevista conclusión, como una fatalidad que acaeciera por sí sola, al final de la pendiente, más allá de la previa opinión de autor y lector, y en rigor al sitio que le corresponde como última definición alcanzada. Se trata de una especie de inocencia estratégica, pero no es tanto el escritor el que lleva a cabo el procedimiento como éste el que hace al escritor. Aquí no hay mentira que valga porque no hay lector ingenuo al que engañar, ya que el proceso de convertir una intuición en evidencia determina una igualdad de condiciones entre el que escribe y el que lee, frente a la misma noche ambos. La simulación implícita en este proceso supone un arte de mentir, pero que haya un arte supone un dominio y no una servidumbre como la que el mentiroso, grande o pequeño, ejerce con su vicio. El arte no consiste, pues, en hacer pasar lo verosímil por verdadero, sino en ofrecer un símil de lo verdadero que lo haga verosímil. Un gran artista lo es precisamente porque no miente.

Escribí lo anterior con el ánimo de contestar una noción demasiado repetida, creída y poco analizada. Concluyo con la aceptación de un concepto similar, cuya primera argumentación convincente he encontrado al final de los Escritos críticos de Roland Barthes: el de la búsqueda o el deseo de amor como causa de la escritura, enunciado en diversas encuestas a escritores mediante la frase, engañosamente confesional, “escribo para que me quieran”. Escribe Barthes lo siguiente: Se escribe para ser amado, se es leído sin poder serlo, y es sin duda esta distancia la que constituye al escritor. Esta distancia, si no me equivoco, es la que media inevitablemente entre autor y lector, es decir, entre los momentos de sus respectivas acciones, pero es también análoga a la que existe entre autor y escritor, imagen y sonido, semblante y voz, reunidos una y otra vez para cada encuentro, eso sí, pero en una unidad cuya complejidad resulta, como sea y cada una de esas veces, aunque una forma lograda permita su captación inmediata, irreductible. Hay una falla, como se dice en geología, esencial en todo territorio que hace de cada continente un archipiélago y sólo la distancia del observador a lo observado le permite enmarcarlo en un paisaje coherente; pero es el abismo abierto por la división interna intrínseca a toda composición lo que hace posible penetrarla y volverla inteligible.

La distancia que constituye al escritor (Barthes)

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