
Al lector desconocido
El rechazo disipa las tinieblas.
Desgarradora lanza de Atenea
en el centro oportuno del reloj.
Corazón traspasado, desplazado
de su eje y de la rueda, detenido.
Gran parrilla de la revelación.
Radiante sol del desprecio. Del alba
la muda culminación incendiaria
que el párpado recela. Nacimiento
no querido, del azar a la luz
por un corte, razón del accidente
agazapado, invisible, negado.
El teatro primero está vacío.
Nadie en el andén. Silencio del patio
de butacas, del balcón al que sube
el canto interrumpido, la llamada.
Nadie sino la cera del oído.
La luz sin freno. Interior inundado
de fuego, de calor que nada acoge,
del esplendor de la mirada ciega
sobre el soñado reconocimiento.
Retratos descascarándose antes
aún de que los espejos se borren.
El viento que atraviesa las ventanas.
La casa no comprende ni contiene.
Hueco íntimo donde nada cabe.
Tomada por su posición. Espalda
del escudo levantado, talón
escondido en la amplitud de su huella.
Derramada placenta del ayer.
Tintero vaciado, limpio y translúcido.
Frío cristal encendido y cortante,
reflejo del idéntico exterior
incandescente y helado, contrario
a toda concepción, sobrevenido.
Plano sin sombra ni curva atenuante.
La silueta se recorta del círculo
y cae. Sol que se alza perfecto.
Intachable ojo ciego. Delator
de miradas, de ángulos y puntos
de vista declarados. Divergentes
la lengua y el oído, la mirada
y el ojo. Página ardiente, ilegible.
Caldero del desencuentro, frontera
sin cruce. Donde hierve lo que se hunde.
Donde se asienta la brasa. La horma
que desconoce y anula las huellas.
Espejo todo fuego y sin imagen.
La planta del pie arraiga en el hielo.
Blanca humareda. Palabra quemada
con su taco y su empeine por el rayo
concentrado sobre la superficie
donde abre un ojo de cigarrillo
consumiéndose para ser y deja,
vacío, bordado, su roto. Al fuego
lo dado a luz, revelada ceniza.
Contra este cristal incandescente,
escalofriante, su aplastado escudo.
Lecho sin agua. Meta sin bandera.
Nadie espera de pie sobre esta piedra.
Tabla rasa de la mesa redonda.
Costa recta del lago prenatal.
Donde filo y punta se aguzan, donde
se endurecen lo plano y lo escarpado.
Donde el molde rechaza la materia
y la arcilla la mano delicada.
Allí la cita concertada a ciegas,
allí la hora prometida. Aquí.
Donde el último haz de bruma tenue
se desvanece y nadie lo recoge.
Donde se teme la puntualidad.
De ese entero se apartan las mitades
y tratan de bastarse con sus bordes.
De este punto. De esta inicial. Del claro
en la desembocadura del río.
De esta luz que devuelve cada mancha
a su pobre origen, a su mirada
desatendida. Del punto sin fuga,
de la inicial insaciable. Del sitio
donde se toca la chispa y la mano,
perdiendo su gobierno, se retira
sin haber sido estrechada. De aquí,
de la aspirada flor aspiradora,
vuelven los rechazados y aquí vuelven.
Desde la sombra de la red de Hades.
Ingrata claridad no agradecida
penetrando bajo el más prieto párpado.
Amargando la lengua. Presentando
lo conocido idéntico a sí mismo,
en su medida. Aquí la misma lámpara
encendida sobre el sillón despierto.
El soplo y la aparición si alguien vela.
Si alguien pone dos vasos. En la mesa
combustible. Para la boca abierta.
Donde el pecho cerró antes los brazos.
2–6.8.2021


