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La policía ilustrada

misterio

No hay nada que temer excepto el miedo

Técnicas de suspenso. El problema de las historias en las que se cumple una fatalidad es que el lector fácilmente puede prever el argumento. Le basta con estar inmerso en el mismo ámbito cultural que el escritor, lo cual es por otra parte lo más habitual. Y así la fatalidad en cuestión dejará de cumplirse o de afectarlo: en el primero de los dos casos, porque su paciencia justificadamente breve no le permitirá llegar al final de la historia; en el segundo, porque siguiendo a unos personajes que ignoran lo que él sabe se sentirá aun sin razón superior. Esta encerrona le deja al escritor tres caminos: el primero, encubrir hábilmente al destino para que a su debido tiempo aparezca sin embargo por sorpresa; el segundo, rebelarse contra el hado con tal destreza que de manera plausible detenga o desvíe la caída anunciada; el tercero, agravar el daño causado más allá de lo que la conciencia normalmente puede tolerar o cualquier seguro moral cubrir. Si en lugar de aventurarse por cualquiera de estos tres desvíos permanece circulando por la senda ya abierta a lo largo de los años, las décadas, los siglos, fatalmente pasará desapercibido y la tradición borrará su invención.

Camino negro. Por el triste camino que conduce de una víctima a un culpable peregrinan miles de lectores cada año: es el éxito de la novela negra. ¿Morbo o ansia de justicia? Morbo de justicia.

Tribunal inferior. Juicios. Las pruebas se juegan como cartas, lanzadas ante el jurado sobre la mesa del juez por el fiscal y el defensor cada uno a su turno o interrumpiéndose mutuamente de vez en cuando. Procedencia melodramática de este juego de revelaciones sucesivas, que modifican cada vez el punto de vista y conmueven con cada giro la opinión de la audiencia. Fetichismo de la prueba, del objeto como un testigo mudo cuyo silencio está más allá de la palabra y se le impone desde esa dimensión no verbal abierta por la lógica. Ironía del objeto, imparcial, indiferente, interrupción del discurso que obliga a éste a adoptar una forma que, acomodándose a él, lo acomode a su vez en su interior. Pues la razón al fin sigue siendo cuestión de palabras, aunque la victoria no será del que las pronuncie, sino del que logre suspender el sentido de todas ellas, dichas por todos, en la secreta dirección que conduce hacia sus propias y previas conclusiones.

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La evidencia y la demostración

Farol de nuestro tiempo. La gente que promueve su compromiso social parece invariablemente tener una elevada idea de sí misma. Por ejemplo, Henning Mankell: “No me considero autor policíaco, estoy en otra tradición, la griega clásica, y utilizo la literatura como espejo de la sociedad y del comportamiento.” En fin: nadie se rasgue las vestiduras mientras Kurt Wallander no se arranque los ojos.

El culto al engaño. Hay un gusto contemporáneo por la desilusión, por comprobar la falsedad y la estafa como si así se llegara a la verdad, que ponen repetidamente en evidencia esos argumentos cuyo desenlace desenmascara una conspiración. Pero no es la desconfianza lo que se espera que la verdad despierte sino la fe, adormecida en cambio en estos tiempos. Se cultiva un “conocimiento inadecuado”, como dice Spinoza que es el conocimiento del mal, justamente porque es la naturaleza lo más temido, lo inculto y ajeno a toda trama que se pueda tejer sobre ella. Se puede pactar con el diablo, pero no se puede pactar con Dios. Así es cómo el nihilismo pasa por lucidez y la ilusión se perpetúa, siempre igual a sí misma detrás del velo de su desenmascaramiento. Ningún lector de novelas policiales se desengaña del género porque los casos se resuelvan y hasta es la justicia insatisfecha por las soluciones detectivescas la que mantiene al género con vida, o sea, abierto como un caso insoluble que conserva así su condición de pozo sin fondo. Razonamientos como el que me ha traído hasta aquí se deslizan por la misma pendiente, que no ofreciendo salida alguna lo obliga a uno a saltar por la ventana, hacia el margen.

Justiciero enmascarado. El que busca es un fugitivo que se esconde detrás de lo que persigue. Buscar es ser desgraciado. Esta desgracia se oculta. Por eso la gracia no es tanto encontrar como ser encontrado: según la lógica de la redención, dado que nada queda por buscar cuando todo ha sido revelado, la conclusión ya se hallaba en la premisa inicial y el silogismo no es sino el rodeo que se da frente a lo inevitable. Abismo de claridad: en esa luz la propia sombra deviene refugio y el bien libre de toda amenaza resulta lo más temido.

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La rutina del crimen

Detectives. El secreto del mundo del delito es su falta de misterio, conclusión decepcionante a la que llega cada detective después de atravesar los no infinitos velos que los novelistas tienden en su afán de desenmascarar oportunamente la corrupción, la injusticia, la impunidad y otras causas. El crimen de pasión, que Stendhal distinguía del crimen de interés, “le crime plat”, chato, no tiene en cambio un mundo propio ni mucho menos organizado, sino que irrumpe en el espacio civil con su abrupta luz de abismo y es el rayo que filtra por la herida abierta el que alumbra otro paisaje, no menos sórdido pero sí al menos imposible de habitar, donde nada conduce a la prosperidad ni a su justificación: es la prueba de su verdad, cuyo silencio es tan inaccesible al soborno como al sentido común.

Sentido del suspenso. Lo que cuenta no es la revelación final, sino el campo de significación creado por las relaciones y tensiones entre unos actos y unos personajes. Cuando el lector se anticipa al desenlace, ese campo se cierra: queda sólo un estrecho canal que ya no oscila ni vacila entre sus poco prometedores afluentes, sino que en cambio nada más se prolonga hasta por fin llegar al final. Esto no quiere decir que en el transcurso de esta travesía ninguna oferta le salga al paso; pero, establecido ya el curso definitivo de lo que entre mucho o poco movimiento se orienta hacia algún lado, pase lo que pase ya está todo dicho. Sin embargo, este criterio no es el más corriente ni tampoco el del lector de thrillers. Pues lo que éste prefiere no es la incertidumbre calculada ni el acertijo racional, sino que su lealtad al género está basada en la certeza de un cierre seguro, que desde ese crepúsculo ilumina todos los lazos de la trama asegurando su pertinencia bajo las leyes del género o disimulando las sombras que puedan haber quedado sueltas pero encerradas se pueden ignorar. El lector de suspense justamente no tolera el suspenso y podría decirse que lee para conjurar un peligro del que no quiere saber nada. A cambio de esta seguridad es capaz de tragar cientos de páginas alrededor de un secreto cualquiera, siempre y cuando su sentido –el contenido da lo mismo- sea obvio. No es el tiempo así el tirano, sino el suspense. Pero en realidad, o en literatura, el suspenso no depende de una intriga, sino de la tensión lograda por la súbita presencia, inesperada y a la vez improrrogable, de una situación capaz de reunir en su mayor intensidad evocación y expectativa. Es entonces cuando el lector es alcanzado, conmovido –si está atento, si es receptivo y no se blinda a lo que cae fuera de programa-, y entra, hasta con su cuerpo, en el tiempo de la ficción.

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La verdad miente

Sobre Todos los hombres son mentirosos, de Alberto Manguel

Traducción al inglés

Mentiras en inglés

El argumento es el siguiente: Alberto Bevilacqua escribió una obra maestra. Pero mucho más compleja es la red de verdaderos y falsos testimonios que se entretejen en torno a su incomprensible muerte. Ya que, si la verdad suele ser esquiva, si un caso que avergüenza a sus protagonistas resulta siempre difícil de resolver, descubrir lo que se ha querido olvidar parece casi imposible al cabo de treinta años, en un mundo en el que todo cambia excepto lo escrito hace siglos en el Libro de los Salmos: “Todos los hombres son mentirosos.”

Sin embargo, cuando un periodista francés se empeñe en aclarar la inexplicable caída del genial escritor sudamericano Alberto Bevilacqua desde el balcón de la casa en que vivía en el Madrid todavía oscuro de mediados de los setenta, los testimonios de quienes lo conocieron serán su única vía hacia la verdad. Las dudosas y diversas historias de su presunta amante española, del escritor argentino que asegura haber sido su único confidente, del cubano que jura haber compartido su celda durante la dictadura militar argentina y hasta de un delator ya muerto que sigue informando desde el más allá son sólo algunas de las vías que aquí, por el engaño, tal vez conduzcan a la verdad. O a una verdad.

Un asesinato que no es un asesinato, una muerte accidental pero también deliberada, una traición que es un acto de fidelidad, un manuscrito apócrifo con demasiados autores supuestos, una mujer para la que nada es tan erótico como la fama literaria, un hombre recatado que se revela como un seductor y uno infame que termina siendo casi heroico… Después de tres décadas de vivir en una sociedad que es un baile de máscaras, los personajes que narran aquí sus historias ni siquiera son capaces de distinguir sus verdaderas caras. Verdades disfrazadas de mentiras, invenciones que hacen eco a falsedades, ficciones con aire de crónica, confesiones y noticias fraguadas, unas y otras ocultan la verdad sobre el misterioso Bevilacqua, que finalmente sólo aquél que sepa leer entre líneas será capaz de descubrir. ¿Pero es esto lo propio del género?

Traducido al italiano

Engaños en italiano

Como todo buen policial, esta novela es un rompecabezas bien resuelto. Sin embargo, a diferencia de lo habitual dentro del género, hay en las piezas que lo forman, en cada una o algunas de ellas consideradas por separado, una especie de verdad que de algún modo supera la conclusión general del libro. Esto último es interesante y raro: algo así como lo contrario de la tan repetida afirmación de que el todo es más que la suma de sus partes. Por eso cabe seguir investigando, aun si para el expediente el caso está cerrado.

En un policial, normalmente, hay un crimen específico que se expone al lector al inicio. El culpable y el móvil se conocen al final. Esta novela también se organiza en torno a un cadáver. Hay una investigación y los tres primeros capítulos de la narración son otros tantos testimonios recogidos por el periodista que aquí hace el papel de investigador. Sin embargo, hay al menos dos diferencias esenciales en este libro respecto a la novela policial.

La primera es el modo en que el “crimen” es presentado: no aparece por completo desde el comienzo, sino que casi hasta el final de la novela uno no ha acabado de reunir del todo lo que serían las circunstancias a investigar. Por ejemplo: se alude una vez y de paso al suicidio de Gorostiza, pero de tal modo que uno no sabe si pensar que es un dato cierto o un malentendido; luego, ese suicidio resulta ser muy importante y estar en relación directa con la muerte de Bevilacqua, que es lo que se investiga. Y además, otra cosa: en lugar de tener un fuerte eje central en la investigación del crimen, hacia la que convergerían los elementos secundarios –como en un policial-, la novela va desplazando el eje de su interés. Al comienzo, por ejemplo, lo que sería el crimen resulta plenamente opacado en interés por la relación entre Bevilacqua y Manguel (el personaje), es decir, por la equívoca huella del recuerdo de Bevilacqua en Manguel e incluso por los datos biográficos del mismo Bevilacqua. La intriga en torno al Elogio de la mentira y la muerte del escritor despiertan en ese momento de la lectura un interés mucho menor, muy secundario. La exposición, entonces, dista mucho del procedimiento aplicado hasta en los policiales más complejos.

Edición francesa

Falsedades en francés

La segunda gran diferencia es consecuencia de la primera y es, que aunque al final pueda parecer que el “caso” se ha resuelto, lo cierto es que todo depende de la interpretación del lector: si le cree al Chancho que él es el autor del Elogio, como parece ser, o si se le ocurre que éste podría aún estar mintiendo. En esto la novela se acerca a obras como Los adioses, de Juan Carlos Onetti, donde si uno le creía o no al narrador todo cambiaba. Y la técnica es la misma que Onetti tomó prestada de Henry James, la del punto de vista. Si “todos los hombres son mentirosos” (y la novela procura extraer las consecuencias de este principio), si sólo contamos con su testimonio para reconstruir el pasado, jamás salimos de esa ambigüedad en la que nos deja la falta de pruebas concluyentes. El sentido de la novela implica dejar en suspenso la solución del caso, lo cual la aleja de la narrativa popular y del género policial para acercarla incluso a experiencias más vanguardistas, tipo “école du regard”, con las que en un principio no parecería tener nada que ver.

O sea: estamos ante una obra mucho más compleja de lo que parecía. Es muy entretenida, el tono es claro, rápido, ligero, ninguna página es especialmente densa, pero uno las lee con un detenimiento mucho mayor del que dedicaría a un puro divertimento, por inteligentes que éste fuera. La novela no es larga, pero en ella se cuentan muchísimas cosas, hay muchísima información que asimilar y ordenar y, así como cambian los narradores y con ellos el punto de vista, también la perspectiva del lector cambia; si uno lee buscando dónde el autor puede haber cometido un error, ocasionalmente cree haberlo descubierto –cuando, por ejemplo, aún faltando un buen tercio de novela ya uno deduce que el Chancho es el autor de la novela de Bevilacqua y con esto tal vez crea haber descubierto el móvil de un suicidio-, pero pronto se ve obligado a rectificar y a seguir leyendo para acercarse a la verdad. El interés, de esta manera, nunca disminuye, aunque lo curioso es cómo va cambiando de objeto, pasando de la equívoca personalidad de Bevilacqua, la incongruencia entre lo que ha hecho y la descripción de Manguel, por ejemplo, a la historia del libro que Andrea hizo publicar y luego a la autobiografía del Chancho, hasta llegar a Gorostiza, quien casi hasta el final nunca nos había llamado la atención. Es curioso porque lo esencial, en todo caso, no es una verdad a la que se llega y que en un policial se identificaría con la solución del caso, sino algo resbaladizo que lo impregna todo y que en consecuencia hace patinar la curiosidad de un objeto a otro. No se llega a una verdad y por eso se trataría de inventar al menos un remedo, que es lo que el periodista Jean-Luc Terradillos se niega a hacer en la conclusión: al revés que el clásico detective que concluye explicando el caso, ofreciendo una justificación plausible, Terradillos decide abandonar el proyecto y dejarnos los fragmentos que ha recibido, cuya integración no lo satisface.

Portugues

Perjurios en portugués

Pero las partes son aquí más que el todo. Relatos como los de Andrea y el Chancho, que son después de todo los enamorados, los que “creen” y han hecho existir el libro, ella obteniendo su publicación y él escribiéndolo (si le creemos), tienen en sí una intensidad y así una verdad mucho más fuertes que cualquier explicación eficaz de la intriga central que pudiera ofrecerse. Sus fragmentos de verdad, aunque equívocos, son en sí más verdaderos –y convincentes, por su realidad- de lo que podría llegar a serlo cualquier hipótesis totalizadora. Esta intensa verdad es precisamente lo que hace que el libro no sea en absoluto ni un divertimento ni una intriga ingeniosa ni una especulación sobre la verdad y la mentira, sino una narración vívida: por la vida que le dan todas esas partes que se agitan en torno a un centro más bien vacío. Allí se encuentran justamente el tal Bevilacqua, sobre cuya personalidad los datos recogidos concluyen en un retrato incongruente, y un libro del que todos dicen que es una obra maestra, aunque nada se diga de él excepto el título (Elogio de la mentira). El contenido hay que imaginarlo o prescindir de él, como sí, paradójicamente, consistiera en la verdad tan resistida y buscada.

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Misterio y secreto

"...with her fog, her amphetamines and her pearls..." (Dylan)

“…with her fog, her amphetamines and her pearls…” (Bob Dylan, Just like a woman)

Suele ocurrir que en las historias policiales la solución no esté a la altura del enigma. De ahí el descontento del detective, que acaba siempre de regreso en la oficina abandonada con su botella de whisky a la espera de una nueva cliente. La mayor parte de los casos son decepcionantes, como no deben serlo en la ficción, y en cada una de estas historias, por lo general, el interés se pierde a medida que se avanza hacia el fin, con un pozo especialmente profundo en el medio antes de que el sabueso huela al culpable y la acción, con el camino despejado, vuelva a acelerarse en un último intento de arrastrar al lector en su corriente: motivo por el cual los planteos suelen tomarse tantas páginas y las soluciones precipitarse como el halcón sobre su presa, es decir, en picada desde lo alto del enigma hacia lo bajo de un simple culpable. Cuando el argumento va perdiendo significado por los caminos de la rutina y los tópicos del género, el objeto de la investigación se degrada de misterio a secreto, extinguido y digno de olvido ni bien acaba de ser descubierto.

El arte del trampantojo

El arte del trampantojo

Puede decirse entonces que la trampa ha fallado. ¿Pero de qué trampa se trata? De la astucia por la que un misterio, bien representado, se aviene a encarnar en un secreto y por él volverse accesible a las circunstancias cotidianas. Cuando, en lugar de esto, lo que se narra es cualquier incidente cuyos motivos se esconden, difícilmente un significado sobreviva al esclarecimiento del crimen. Y el regreso al orden se hará con las manos vacías, porque la revelación habrá sido trivial. No menos que su objeto, al que a menudo basta un cambio de perspectiva tan nimio como el que puede obtenerse mediante un leve desplazamiento lateral para hacer visible: ahí está el asesino atrás del árbol. Tinieblas que se atraviesan con un solo paso en la dirección correcta, contraria a la indicada para penetrar en la inagotable naturaleza del misterio, tomado éste en su sentido trascendente y primero, del que por ser original brotan respuestas incansablemente, excepto para el interrogador que puede elegir de entre ellas la que más le convenga para esclarecer la incógnita que le ha tocado y concluir de una vez, sin que esto tenga la tan árida consecuencia de liquidar para siempre la cuestión que el autor del relato proponía.

Los que no deberían encontrarse

Los que no deberían encontrarse

De todos modos, para que esta idea de misterio no autorice ningún recurso fácil a lo sobrenatural o a lo metafísico de bordes difuminados, es necesario someter el concepto a una prueba: la de su posibilidad, siempre abierta, o abierta para siempre, de ser falso. Para eso sirve el secreto, naturalmente en su forma más pura, que no por casualidad para este uso es la más falsa: pues es la que recubre la nada, en la medida en que representa el probable vacío de todo significado por debajo o detrás de cualquier fenómeno, y aun de la suma de todos ellos. En el mundo que así resulta, lo inexplicable subyacente a la idea de misterio no es más que fantasía y todo recurso a cuanto la convoque sólo puede ser una estafa. La fe está llamada a perderse o a ser causa de engaño, ineludiblemente. En esta tela de araña tejida sobre el vacío, el secreto ya descubierto, resulta siempre una pequeñez que avergüenza a quien lo guardaba, ya fuera para engañar a otros o a sí mismo; y si es un tercero el que lo ha descubierto, no tardará en avergonzarse de su curiosidad o de su presunta sagacidad. Cuando Edipo sugiere a la Esfinge la solución del enigma –ya que no afirma sino que pregunta, pero acertando-, ésta se precipita al abismo cavado por su honda vergüenza, ocultándose: Edipo es ahora el poseedor de la clave que a su turno lo hundirá a él. Sin embargo, aquí el misterio resiste: la esfinge tiene dónde esconderse y el enigma sigue viviendo en Edipo. La historia, como sabemos, no concluye sino que resurgirá y sus consecuencias dejarán huellas hasta en la tierra que en ese entonces no se conocía. Pero una vez descubierto el culpable de un crimen de entretenimiento, llamémoslo así, de los fraguados por un profesional del relato para su resolución por otro ficticio con placa o licencia, un crimen de esos que a veces, por motivos de prestigio o aspiración literaria, son vinculados a historias clásicas de incesto y homicidio como la que acabamos de evocar, una vez identificado el criminal y aclarados sus móviles, ¿qué nos queda, a los lectores y al detective de turno, al cabo del pasatiempo cuando al tiempo somos devueltos?

Hay un enigma en mi vida

Hay un enigma en mi vida

Dejemos de lado subterfugios como el de la denuncia social, la penetración psicológica o el debate entre acción y razón. Quedémonos con la escena más tópica y romántica: el momento en el que la misteriosa clienta entra a la oficina del desencantado detective y el misterioso encantamiento se pone en marcha. ¿Es ella verdadera o falsa? ¿Procura simplemente engañarlo o, detrás de todos sus velos y medias palabras, hay un misterio del que ella nada sabe pero que habla a través de ella? Él duda: la experiencia lo vuelve escéptico. Pero se sabe que el suspenso es parte de la naturaleza del amor. La comunión con el misterio dependerá entonces de esta incertidumbre: si acabase, la decepción sufrida sería la del secreto descubierto y el estéril resultado la conversión de un símbolo en objeto, fósil, resto, quizás fetiche pero ya no llave. Pero si, perdida la mujer, la duda sobre su complicidad persistiera, el fantasma invocado desde el día en que él pintara nombre y oficio sobre el vidrio esmerilado de la puerta de su oficina podría atravesarla cada noche, liberado de su selva de equívocos e inevitables matones, para a su vez liberarlo a él de los pormenores de su recorrido callejero y dejarlo en comunión con el escurridizo corazón del laberinto. Suspendidas sus peripatéticas peripecias, quedaría para el héroe y sus seguidores lo esencial: el misterio que ninguna figuración como caso logra satisfacer y de cuya obsesión sólo un sólido cadáver de los que una investigación entierra para siempre podrá ofrecer ocasional distracción.

¿Misterio o secreto?

¿Misterio o secreto?

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