Fugacidad de la definición

Rain, Steam and Speed

Exposición a la pintura de William Turner

Para Willie y Lidia, que estuvieron allí

IMPRESIÓN

Rastros de una exposición, como se expone uno al sol, en este caso a una pintura: lo que el sol deja en la piel estos cuadros, atravesando la retina, lo dejan en la atención, que encendida, al despertar, de pronto entiende, es decir ve, pero no delante sino dentro, en el cuarto propio que ilumina la ventana fraguada, lo fugaz de lo que se hace nítido, flagrante, lo inaprensible de la certidumbre, dado en una silueta pero intraducible a un lenguaje explícito, articulado, en la serie del tiempo, fuera de la eternidad, acorde a un dogma ya pasada la epifanía, que la imagen evoca en todo su exceso. En un plano general fuera de foco o también, más radicalmente, la precisa visión de un mundo desde siempre y para siempre en formación, de materia indecisa entre lo líquido, lo gaseoso y lo sólido, casual, ocasional, se destaca como un grito seco en el murmullo, un pico entre nubes o una aleta en el mar un perfil o un cuerpo entero de contornos nítidos, cortantes, prometido de regreso al magma o difuminación que lo rodea, sin principio ni fin como los suyos. Ese instante de concentración fijo en la tela, robado al natural o sea creado, se imprime en el ojo cuyos párpados interiores abre con la vivacidad del momento en que se comprende, con esa misma clavada exactitud, lo que fue vago y se escurría como bruma durante los años en que, como a un punto cada vez más apretado, se lo circundaba. Ahora, suspendida y vertical a la altura de la mirada, bajo los firmes trazos resueltos que atraviesan el espacio enmarcado y la definen, esa cápsula de tiempo conserva la fórmula ilegible de lo entrevisto, por más que la duración vuelva a tejer su niebla alejando a los seres de ese lapso de revelación interior. Todo está deviniendo en la naturaleza expuesta. ¿Se hace y deshace en sí o en la percepción? La luz que alumbra y muestra quema y ciega. El agua y el fuego son luz, el aire y la tierra planos. La cosa preserva de la mirada inconstante. Borrar lo visible es manifestar lo invisible.

The Fallacies of Hope

EXPRESIÓN

Ah, que tú escapes en el instante

en el que ya habías alcanzado tu definición mejor.

José Lezama Lima

1

…marinas. Estados de la materia.

La luz y el foco. Impresión y memoria.

Concentración: instante equivalente

al punto negro del entendimiento

súbito de lo que fue gris y vago

durante décadas de circundarlo.

Una cápsula impenetrable como

inaprensible es lo que encierra y cifra.

Aunque el tiempo vuelva a tejer su niebla

con el alejamiento de los seres

de ese momento de revelación

interior, en el exterior la forma

conserva firme la huella en el mar,

el paso que se adentra en la espesura

disimulada del aire que muta

en llamarada disolvente, en ola

recurrente del caldero sin fondo,

negación, afirmación, sol que ciega

al iluminado, que pasa y deja

su sombra enraizada en la tela espesa

de haces, gotas, vapor, polvo, chispas…

2

…un mundo magma que hace y deshace

sus objetos flotantes en el agua

y el fuego, la tierra, el aire y el tiempo,

de paso entre lo sólido, lo líquido

y lo gaseoso hacia ese instante

creado, extraído del natural,

donde no se lo encuentra en su elemento,

en que algo que excede todo nombre

alcanza su más nítido perfil,

su silueta recortada del humo

de la locomotora y sus horarios,

su perfecta definición sin lengua

ante un testigo igual de concentrado,

mientras la lenta explosión continúa

y alrededor del marco se hace tarde,

difuso, descompuesto, contagiado…

3

…y todo deviniendo: Apolo, Dafne,

la luz del día, las aguas del río,

las reposadas y las distraídas

a la orilla del camino, los dúos

anónimos que antes de pasar

han de saciarse, los crecientes árboles

y las casuales montañas, el perro

persiguiendo a la liebre como si otra

metamorfosis estuviera a punto

de consumarse en el amplio universo

que a sus criaturas así empequeñece…

Apullia in Search of Appullus

4

…naturaleza. ¿Se hace y deshace

en sí o en la percepción? ¿Te parece

o así son las cosas, sin ser, pasando

por el remolino de la materia

a la incandescencia del resplandor

ígneo o líquido que ves o líquida

visión y consistencia iluminada?

¿Desaparece el mundo bajo el agua

evaporada en el espejo ciego

de tu elaborado deslumbramiento?

¿O son los sentidos exactos, justos

en su correspondiente intermitencia

con el no llegar a ser de las cosas,

salvo durante el momento robado,

como el fuego que nos dio Prometeo,

en medio del impreciso tanteo

temeroso de quemarse, en que, erguido,

un perfil se distingue, inconfundible,

aunque a nadie recuerde? Las palabras

de Heráclito sí las sé de memoria:

reflejan precisas, aunque anteriores,

este amarillo de tonos graduados

entre la luz de gas y el estallido

propio de la brasa absoluta sobre

la que estamos parados o vagamos.

La luz que alumbra y muestra quema y ciega,

la limpia claridad se lleva todo

en su crecida. Mira esos blanqueos

con ojos de chino, conocedor

de lo que significa lo borrado.

Considera la composición: fuego

y agua muestran y ciegan, aire y tierra

son planos de apoyo, elusivos pero

comparables a la tela, que admite

hasta un marco para su exposición.

Borrar lo visible es manifestar

lo invisible, según tal tradición,

pero si existe algún mundo es el mismo

para todos los seres, dice el credo

que sostengo, en el mudo terremoto

representado, el huracán modelo,

el posado incendio o la tempestad

enfrentada al espejo reconstruido

en estudio, a la luz del intelecto

separado, como el mirón, del cuadro

donde seco y fugaz hace alto el fuego

que crece y decrece según medida…

5

…riverrun, past Eve’s and Adam’s, en círculos

concéntricos rodeando la amarga

y fría Naxos, según la leyenda

arrojada como Ariadna allí en medio

del mar, desgraciada, piedra gastada

por las olas pero no relevada

de su posición y aquí sin embargo,

en vez de sola y yerma ante el desierto

salado y oscilante, acariciada

por la marea, que trae de vuelta,

corregida por la composición,

al mismo paso que por los canales,

quizás modelo de este reviraje,

mezclada en la creciente del dios joven,

la espuma levantada por el héroe

desvanecido en el punto de fuga

y ausente de la orilla consultada

por la sedienta del hilo cortado,

exánime después de la aventura,

con Howth Castle and Environs arriba,

a la izquierda, y a los pies dolidos

el estuario de corriente traidora

que en un rincón detrás del árbol negro

que divide el tiempo como un espejo

vuelve a darse la vuelta, remontada

por la troupe del joven dios invertido

pero igual en su reaparición

plástica, retorciendo el horizonte

para rizar el ciclo: a loved a long the…

Bacchus and Ariadne

6

…no sólo la luz en su afección

de la mirada, sino cómo son

las cosas en sí: su metamorfosis

después de su génesis, su romperse

que en el hacerse nace, prometido

desde la gestación por la manera

de concebir, oscura y no mental

como se ofrece a la interpretación.

Pensar en las cosas, no en los objetos

que la mirada eleva a tal concepto,

pensar con las tres dimensiones dadas

al plano por la perspectiva, incluso

cuando ésta venga de la claridad.

Al objeto lo crea la mirada,

que se engaña, se corrige y aguza

la punta de su lápiz, madre fértil

en ideas alumbradas y cuerpos

nombrados, pero las cosas no hablan

ni muestran su interior ni se dan vuelta

para favorecer acceso alguno

e incluso sus funciones les resbalan,

si una mano las ha puesto en el mundo.

Pensar en las cosas. Y no “pensar

las cosas”, que viene a ser fabricar

objetos, sino pensar “en” las cosas

como vienen, como están: ese borde

más allá del que pensar no se puede

y los objetos se funden, caídos

o evaporados en la insolación

que reduce las frentes a una fiebre

voraz en su delirio sin palabras

y visible únicamente en el ciego

reflejo que concentra las miradas

antes de perderlas por el salón…

13–17.9.2022

The Visit to the Tomb

TRANSCRIPCIÓN

Notas tomadas a mano en el programa durante la visita a la exposición en el Museo Nacional d’Art de Catalunya (MNAC)

…marinas. Fugacidad de la definición.

Estados de la materia (sólido, líquido y gaseoso).

La luz y el foco. Impresión y memoria.

Concentración: en el instante equivalente a un punto

en que se comprende lo que fue vago durante los años

en que se lo circundaba: captado, se fija como

una cápsula (forma: aunque el tiempo vuelva a tejer

su niebla con el alejamiento de los seres de ese

momento de revelación interior.

Un mundo magma que hace y deshace sus objetos

en estado flotante entre líquido, sólido y gaseoso

y en el que algo alcanza la nitidez/definición/concentración

en un momento creado (no natural: el del cuadro, cifrado)

rodeado de magma tiempo materia.

Todo está deviniendo: Apolo y Dafne,

persecución de animalitos (perro y liebre).

NATURALEZA

¿Se hace y deshace en sí

o en la percepción?

La luz que alumbra/muestra y quema/ciega.

Agua y fuego muestran y ciegan.

Aire y tierra son planos de apoyo.

Sol luz fuego: borrar lo visible es (un modo de) manifestar lo invisible.

No sólo la luz en su afección de la mirada,

sino cómo son las cosas en sí:

génesis metamorfosis hacerse y deshacerse

pensar en (las) cosas, no en objetos

objeto: para la mirada

cosa: reposa en sí

Apullia in search of Apullus, 1814

Bacchus and Ariadne, 1840

The visit to the tomb, 1850

6.9.2022

Apología del hombre orquesta

El autor de Planet of the Baritone Women
El autor de Planet of the Baritone Women

Rara vez lo que admiramos es admirado de manera que nos parezca suficiente por aquellos con quienes tratamos de compartirlo. La insuficiencia de su aprecio nos hiere como un desprecio si no estamos advertidos y nos castiga, de paso, por el precipitado intento de apropiación de una obra ajena en que hemos incurrido. Pero el arma con que lo hace no es la reprobación de nuestro gesto ni el juicio adverso que podría caer sobre el gusto que aquél expresa, sino en cambio el que queda en suspenso, como una condena, sobre la medida de nuestra plenitud. Es así como se pronuncia el maleficio de la duda y conjurarlo requiere distancia, lo que explica la velocidad de nuestra retirada a fuero interno. Pero la discreción mejor aprendida no basta para evitar nuevos tropiezos, con lo que una y otra vez tendremos oportunidad de examinar el mismo terreno.

Por ejemplo, una noche en casa de amigos, la anfitriona manifiesta sin vacilar su aversión a la música de Frank Zappa. También explica muy bien sus motivos, o los expresa perfectamente a través de una imagen memorable: “Es como si él se me apareciera por todas partes”, proliferación alucinante de lo más adecuada al objeto en cuestión, que con su monopólica abundancia de rasgos inconfundibles difícilmente resulta ubicable en el segundo plano de la atención de nadie. Quien se siente cercado, o cercada, por la ola de sonido que se abate sobre su aturdida persona teme ahogarse, naturalmente, y busca una salida, que en este caso no es más difícil de encontrar que el botón de volumen o el de encendido del aparato reproductor. Pero el disgusto producido por la alarmada carrera en su búsqueda perdura en la memoria y fija la sentencia, cuyas posibilidades de ser revisada disminuyen con cada nuevo tropiezo casual entre la crítica ocasional y el artista.

American abroad
American abroad

Yo, fanático de Zappa, dado también al argumento polifónico, en mi juventud hubiera rechazado el dique opuesto por quien repartía esa noche su atención entre los invitados al fluido desborde formal y expresivo característico del autor de Sheik Yerbouti. Pero ahora, en cambio, lo preciso y eficaz de la descripción, en sí misma digna de aprecio, gana mi respeto y me deja pensando, estado que me lleva a recordar otra conversación que sólo se parece a ésta por ser la misma conciencia donde se la evoca. Escena: una joven agente literaria, conocedora de mi admiración por Orson Welles, me cuenta que ha visto F for Fake, un clásico de mi filmoteca personal, y agrega, tanteando, con delicadeza pero dejando ver, a pesar suyo, la contrariedad en que se origina este comentario, que le chocó la autoridad con que Welles, basado en poco más que su dominio del discurso –sí, le hubiera gustado vivir en la antigua Roma, según decía, para ser orador- y la destreza de sus manos –que exhibe al comienzo de esta película haciendo trucos de magia a los niños- para el montaje, formula juicios y meditaciones tejiendo un monólogo que se impone al espectador como una cátedra al alumno, es decir, desde la superioridad del que sabe al dirigirse a quien no. Jamás se me habría ocurrido. Recuerdo la feroz alegría compartida con mi amigo Alejandro, la primera vez que los dos vimos la película, cada vez que en la pantalla prendían fuego a otra obra maestra de Matisse, Renoir, Modigliani o Picasso recreada por el maestro falsificador Elmyr de Hory y me cuesta compaginar el espíritu de travesura consentida en que nos recreábamos entonces con el sentimiento de opresión resistida que me transmite mi interlocutora. Escena: como suele pasar en el teatro, razonablemente o no, se trata de verdades opuestas. Entre ambas hay un abismo. Considerando el sexo de cada parte del conflicto en los casos referidos, aun temiendo lo abusivo de tales interpretaciones, se puede ensayar una aproximación que busque en esa diferencia motivos para esta otra. Frente al supuesto saber del hombre que no consiente someterse a las convenciones de la tribu o prefiere sacrificar el asentimiento del público a su propia afirmación y es celebrado en su natural superioridad por el estudiantado rebelde, la paradójica rebelión de la educada que debe al lugar acordado al otro la posibilidad de hacer oír su voz, o la moderna reticencia femenina ante la vieja autoridad paternalista. No todos, no todas y no siempre reaccionan así, de hecho otras veces y según qué matiz es exactamente al contrario, pero que lo básico de este planteo sirva para acceder fácilmente a la escena, no menos primitiva, del primer encuentro entre creador y materia, entre la aparente pasividad de lo previo al lenguaje y la precipitada universalidad de esa primera persona.

Harold Brodkey
Harold Brodkey, navegante de conciencias

He do the police in different voices. Ése era el título original de La tierra baldía (Eliot), sepultado en la versión definitiva bajo los cortes y tachaduras del autor y su editor Ezra Pound. La habilidad vocal de Welles es suficientemente conocida y pruebas de ella no faltan: puede oírselo en infinidad de películas y grabaciones de todo género, y además en más de un rol en varias de sus propias obras que, como se sabe, solía arrastrar consigo por el mundo durante años hasta acabarlas o no, sin poder volver a reunir para ello a sus intérpretes con lo que, para poder dar voz a todos, a veces acababa teniendo que prestárselas él mismo, es decir, los doblaba. En cuanto a Zappa, ya no el doblaje sino la multiplicación de voces es, desde el disco, una de sus marcas registradas, en una proliferación centrífuga que ramificándose sin freno, como se ve en el video de City of tiny lights, donde caras y manos de plastilina se transforman sin cesar llegando a devorarse entre sí, genera esa jungla vertiginosa sin respiro para todo el que quiera pisar firme y desde su asiento dominar el paisaje, o al menos ponerle un límite. Lo opuesto: The abundant dreamer, el soñador abundante, como lo llamó Harold Brodkey en el título de un relato ejemplar sobre este conflicto.

El soñador abundante narra la educación sentimental, la formación intelectual y la trayectoria socioeconómica del vanguardista director de cine Marcus Weill, evocadas desde el día en que recibe, a punto de iniciar un rodaje, la noticia de la muerte de su rica abuela, que se había ocupado de su crianza tras la separación de sus padres. Ha sido ella quien ha pagado sus estudios y la compradora de su primera cámara, pero esta recalcitrante firmadora de cheques, como la recuerda Marcus sentada cada día ante su escritorio, no se ha limitado a proveerle unos medios sino que también se erigió en el dique, es decir, en la instancia a la vez restrictiva y exigente, conservadora e impulsora de valores, que la abundancia del soñador ha debido desbordar y dejar atrás para encontrar su propio curso. El balance al que llega Marcus al final de su día de trabajo, que ha pasado, como dice Antonioni de los cineastas en general, con un ojo vuelto hacia el exterior y otro hacia el interior, tiene la fría estabilidad de una distancia dominada, en cuyos extremos definitivamente opuestos quedan enfrentadas la vara correctiva de la administradora y la cámara con que el director impone su visión, no tan en desacuerdo el uno con la otra como definido cada uno por sus atributos y aparte así de la confusión en la cual permanecen flotando los residuos del pasado y del mundo. No hay un ganador en este duelo, sino un establecimiento de posiciones tan firmes como irreconciliables puedan ser.

Más dura será la caída
Más dura será la caída

Soberbia es el título dado en varios países de habla hispana a The Magnificent Ambersons, llamado en otros El cuarto mandamiento, contra el que peca en el más alto grado, según la interpretación del distribuidor para esa región, el hijo díscolo de la familia homónima. La hybris, concepto griego, es un tema clásico que Welles trató en inglés más de una vez, además de una acusación de la que debió defenderse en más de una ocasión. Pero lo interesante de esta película es la relación que establece entre la soberbia y la inocencia del protagonista, quien demasiado tarde descubre el abismo bajo sus pies, tan profundo como elevada es su posición en la sociedad dentro de la que nace. Tal situación de riesgo, en consonancia con el ejercicio de un poder que parece natural y exclusivo, no deja de parecerse a la que suele ocupar el proteico artista objeto de esta meditación. Aunque, a diferencia del joven Amberson, no es el dinero, ni siquiera sublimado como educación, cultura, savoir-faire o savoir-vivre, el que sostiene a nuestro héroe a pesar suyo, sino en general más bien al contrario: los conflictos que de tan repetidos parecen siempre el mismo entre el artista y su mecenas, galerista, productor o socio financiero, según la época o la situación lo determine, forman parte desde hace tiempo y por derecho propio de la gran tradición narrativa de la historia de la cultura, por no decir de su actualidad, y suelen opacar por su dimensión social incluso los contenidos más intrínsecos de cada obra en litigio. Ya por la falta de medios originada en un desacuerdo o por un brusco deseo de independencia que rehúye el compromiso, no es sólo el desborde creativo el que empuja a un solo intérprete a multiplicar sus roles: la precariedad resultante de la falta de respaldo para un proyecto tras otro dividido entre su expresividad y su rechazo de las previsiones, en sí mismo un atentado contra la economía, tiene un papel no menos determinante –ni significativo- en ese desdoblamiento.

Pedro Henríquez Ureña escribió, en su prólogo a Esquilo, que “el primer paso hacia la tragedia se da cuando del coro se separa una voz para cantar sola”. El paso siguiente, continúa, es dialogar con el coro. Pero éste no es menor que el primero ni anula la distancia abierta, lo que deja un significativo intervalo entre ambos: el del momento en que el solista se ve no sólo destacado y separado del coro, sino también enfrentado a él, desde una posición que le muestra al cuerpo de voces del que viene como nunca lo había visto antes. El drama se concentra aquí. Se despliega luego, pero es en este punto donde se localiza el origen del pecado de omnipresencia del que los capaces de reintegrarse al coro acusarán siempre a quien no pueda volver del adelantamiento. ¿Qué se lo impide? ¿Por qué en lugar de conservar su voz, como una lengua materna, y su lugar entre los cantantes, de los que no es sino otro, inicia esa serie de desdoblamientos, que amenaza con ser infinita, desbordando todo espacio que pudiera asignársele mediante su propia transformación en un coro cada vez mayor y con más caras, nacidas de sus muecas, que en posición especular ante el de la tribu hace de éste también un espejo, con el consiguiente efecto de instantáneo reconocimiento mutuo en el horror de lo que no prescribe y se rechaza porque excluye toda posibilidad de acción excepto apartar la mirada?

Un Amleto di meno
Un Hamlet de menos (Carmelo Bene)

“La sociedad reposa sobre un crimen cometido en común.” (Artaud) “La especie humana existe para defenderse.” (Sollers) Hamlet manda poner esto en escena pero, más que confirmar la culpa de Claudio, lo que logra es darse cuenta de lo que él mismo sabe, sólo que los acontecimientos se precipitan a mayor velocidad que sus conclusiones y Laertes, para quien la reproducción no es traumática, lo alcanza con su espada y el veneno en ella untado antes que la lucidez completa o la manera de abstraerse del espiral de la venganza que se le pide protagonizar. La causa del padre. O en nombre del padre y contra la horda. ¿Es éste el aspecto bajo el que aparece el coro cuando es visto de afuera, desde la atmósfera privada de su calor, a cuya luz la solidaridad es complicidad y la complicidad despierta para siempre una atroz sospecha? Un rasgo común de los iconoclastas, que rara vez se señala y en general más bien se niega para incluso afirmar lo contrario, es la devoción que muestran, y sorprende a todos al verla, hacia sus mayores, hacia aquellos a los que han elegido como sus mayores, tan profunda como el desdén que exhiben hacia la mayoría, tan amplia, de sus contemporáneos. En casi todas las películas de Welles, y ya en Citizen Kane, su obra de joven terrorista, puede verse esta reverencia hacia el pasado, que también puede oírse en la indignación de Mingus hacia los detractores que, pasando sobre sus hondas raíces, le hacían zancadillas por la espalda recriminándole “You don’t swing enough” –y contra ellos grabó Blues & Roots-, o percibirse en el inalterable apego de Zappa a su admirado Edgar Varese, de quien sólo gracias a él se ha oído al menos el nombre en el circuito del rock, o a los viejos grupos vocales de la década del 50, todavía recreados por su música de los años 80. “No hay que dejarles la tradición a los tradicionalistas”, decía Pasolini. Más cercanos en el tiempo, Quentin Tarantino o Jack White son otros ejemplos de este afecto entre la singularidad y lo añejo, cuya participación reclaman en sus obras a modo incluso de señas de identidad. ¿Es entonces la memoria lo que conjura el pacto social a propósito de cualquier época pasada? ¿No es una deuda lo que reclama todo fantasma que, como el padre de Hamlet, regresa exigiendo la sangre que le han arrebatado?

Mingus Mingus Mingus
Mingus Mingus Mingus

“La oda a una urna griega vale más que un montón de buenas señoras”, declaró Faulkner provocadoramente. Frente a ese montón representativo de la decencia que usurpa la santidad, del sentido y el bien comunes que excluyen lo revelado, como una pluralidad de la diferencia contra la pluralidad de la semejanza, se hace oír el hombre orquesta en su brusca disonancia, que resuena en armonía con una clave negada. Mingus Mingus Mingus Mingus Mingus es el título de otro álbum de este virtuoso del contrabajo e imprevisible compositor de quien él mismo reconocía que había “muchos Mingus”. Nat Hentoff, un crítico que era también un excelente escritor, como lo prueban las siguientes notas, decía de él que era “como una criatura mitológica. Podía ser ferozmente antagónico, confiadamente tierno, extraordinariamente ingenuo, amargamente cínico, juguetón y deprimido. También era de distintos tamaños. He visto a Mingus enorme, encogido y mediano. Su peso podía variar de manera tan aventurada que tenía ropa de tallas diferentes que fueran bien con cada cuerpo. Pero ante todo, Mingus era simultáneamente singular y diverso en su música. No le gustaba usar la palabra jazz. Todo lo que hacía era “música de Mingus”. Y eso iba desde largas composiciones que parecían sinfonías a blues, retratos musicales o ásperas evocaciones del racismo.” Mingus no era fácil de tratar: fascinante, conmovedor y peligroso, se podía recibir de él tanto inspiración o una enseñanza inolvidable como un golpe con secuelas mayores. Sus bruscos cambios de carácter, mucho menos dominados que en su música, donde sabía siempre resolver los conflictos que se le planteaban, desconcertaban a amigos, músicos y oyentes. “Cada uno tenía un sonido y un fraseo tan singulares”, sigue Hentoff, hablando de los músicos de jazz, “cada uno era tan libre y a veces tan atrevido en su expresión. Mucho más que los músicos clásicos que había oído en mi infancia. Mucho más que ningún adulto que conociera. Para mí esos músicos de jazz eran heroicos cuando tocaban. Heroicamente individualistas. Pero cuando llegué a conocer a más de ellos, empecé a ver a los músicos de jazz bajo una luz de algún modo menos luminosa. Eran falibles y algunos podían ser odiosos y hasta dañinos para sí mismos y para otros. Aún así me impactaba cuánta vida había en ellos.”

Los estragos del genio
Los estragos del genio: Alec Guiness en el séptimo día

Entre la Vida y el Arte, cae la Sombra, como diría Eliot. O, como advertía el afortunado título en español de The horse’s mouth, adaptación de la novela de Joyce Cary protagonizada por Alec Guiness, y tan bien lo mostraba durante toda la comedia, “un genio anda suelto”: el respetable sabe o intuye a qué se expone frecuentando su trato y todas las advertencias de las madres, respaldadas por el silencio de los padres, se hacen oír a este propósito. No es para menos: el genio lo es tal vez en su caja a la italiana, pero Dios sabe lo que puede pasar, o hacer pasar, si se lo suelta. Aunque tampoco es tranquilizador lo que hace en escena. Pues también es aprendiz de brujo y ya se sabe adónde conducen ese tipo de experimentos. ¿Por qué no puede proveer algo adecuado: ideas para conversar, música para bailar, cuadros para las paredes o invenciones para el hogar? En realidad, desde la posición de quien, al revés que Prometeo, ha sido separado de la roca a la que un momento antes estaba agarrado como todos los que lo ven suspendido sobre el abismo, la situación es desesperada y todos los medios son buenos para recuperar el equilibrio. Si en la circulación de espanto instalada por la disposición especular de las partes no es posible distinguir a quién dirigirse en busca de un reconocimiento del nuevo estado, hacerlo contra todos puede ser el modo de imponer una relación cualquiera. La primera esperanza es agresiva. Luego el esquema frontal es enriquecido por la variedad de aproximaciones que permite el repertorio de expresiones desarrollado y todo se complica, tal vez para mejor: se aprende a hablar a cada uno, a dividir la multitud, a apartar la paja del heno, reconocer interlocutores, obtener respuestas e incluso hacer alianzas. Pero el conflicto original, aun si llega a agotarse en una vida, no se resuelve: por debajo de la red de comunicaciones permanece, por más espesa que ésta sea, como fundamento y fuente de energía, la agresión implícita en la acción fatalmente desestabilizadora cumplida por la introducción de lo excluido, dicho de otro modo, al tratarse cada vez del replanteo de una misma cuestión jamás zanjada, del retorno de lo reprimido. Crimen que todo prueba sin que haya justicia posible, caso insoluble entonces, lo irresuelto se expresa en cada encuentro mediante el eco ambiguo que hace sonar a sus dos lados: quiero y no quiero, atracción, rechazo, equilibrio inestable. Nitroglicerina.

La columna desenterrada
La columna desenterrada

Lo curioso, tratándose de un tema universal que generación tras generación se representa en todo el mundo, es que el grueso de las referencias empleadas para pensar todo esto provenga de la cultura estadounidense. Sin embargo, si además de como fábrica de dólares consideramos la tierra de los westerns, los marines y los gangsters como el mayor productor de mitos del último siglo y medio, lo que casi seguramente es, resulta menos sorprendente. También es la tierra de los pioneros, del do it yourself y del self-made man, altivo sueño hoy degradado a condición universal. Y un raro sitio del que, habiéndose fundado como un nuevo comienzo al cabo –y por fin en el medio- de una larga historia cultural, nunca ha podido probarse si se trataba de un patriarcado o un matriarcado. El viejo litigio tiene aquí su propia configuración, pero las figuras del patriarca expansivo y la matriarca restrictiva, con sus herederos indecisos entre acusar al sol que hace sombra a todo el mundo o a la luna de seno gélido celosa de la luz que refleja, sobrevuelan todo el territorio de la América imaginaria, blanca al menos, y no vienen de más cerca ni de más lejos que los colonos fundadores de la nación. Eugene O’Neill, tantas veces proclamado “padre del teatro americano”, lo que llegó a ser, a la manera clásica, tras una ejemplar juventud de hijo pródigo, no lo ignoraba y eligió para trasponer a la naciente dramaturgia de su país, de entre todas las tragedias helenas, aquella que por sí sola basta para ofrecer un modelo completo del nacimiento de una cultura: la Orestíada, que ambientada entre confederados pasó a llamarse A Electra le sienta el luto, representada ante las imponentes columnas de la fachada de la mansión de los Mannon, “un gran edificio del tipo de los templos griegos, estilo en boga en la primera mitad del siglo diecinueve”, precisa O’Neill, como dejando claro que no es sólo él sino también la realidad la que ha hecho la trasposición. Pero el mito griego que mejor sintetiza, antes que ningún otro, la complicada armonía entre el hombre orquesta y el coro con los pies en la roca es el de Urano, el Cielo, y Gea, la Tierra, quien excedida por la inagotable creatividad de su hijo y esposo tanto como por sus innumerables invenciones, que ya no tenía espacio donde alojar, pidió al hijo de ambos, Cronos, el Tiempo, que lo castrara, lo que éste hizo; de la fértil espuma del sexo amputado de Urano caído al mar nació Afrodita, madre de Eros, llamado a veces, como Dioniso, Eleuterio, cuyo efecto sobre los mortales de ambos sexos es conocido.

Bendito sea el hombre orquesta
Bendito sea el hombre orquesta