Introducción a un diálogo difícil

Sobre Deseo, de Elfriede Jelinek

Erotismos es el título del III Ciclo de Literatura y Psicoanálisis organizado por la Biblioteca del Campo Freudiano de Barcelona en colaboración con la Biblioteca Jaume Fuster, actualmente en curso después de su interrupción debido a la pandemia. La sesión del lunes 15 de febrero fue dedicada a Deseo, de Elfriede Jelinek, con la participación de la psicoanalista Shula Eldar y la mía como representante de la literatura. El encuentro fue moderado por la directora de la Biblioteca del Campo Freudiano Irene Domínguez, organizadora del ciclo. El siguiente texto, que leí comentándolo, fue pensado como introducción al diálogo con quienes asistieron, tratando de allanar el camino al debate sobre esta novela, de lectura más bien ardua, como en general fue confirmado.

Un café con Elfriede Jelinek

Hablar de erotismo es invocar al placer y hablar de erotismos, en plural, es referirse a la variedad de esos placeres y de los puntos de vista que se pueden tener sobre ellos. Deseamos, en ese espacio, que puede ser de representación, el encuentro entre diferencias, pero sabemos, por experiencia, que el desencuentro es más probable: más allá de la convención, lo que para uno es erótico para otro puede no convocar a nada y hasta provocar la huida. Otra novela de Jelinek, La pianista, podría servir para ilustrar este desencuentro, que pone en escena en cámara lenta y disecciona sin anestesia. En Deseo, consecuentemente, el deseo tampoco encuentra la correspondencia que busca, pero el acento no está puesto en esa línea de tensión entre dos cuerpos, sino en el espacio donde tropiezan y las condiciones de vida en él. En ese espacio imaginario, creado por esta novela a partir del momento histórico preciso en que fue escrita, ningún encuentro es posible, porque esa distancia magnética entre ambos polos es constantemente interrumpida por la intervención de elementos heterogéneos del entorno que sabotean el contacto. Pero no por oposición, al modo de la antigua y homogénea autoridad censora, que en la dialéctica de estas relaciones podría estimularlas, sino en cambio mezclándose, participando e invadiéndolas a tal punto que cada escena erótica es estropeada como cuadro o sueño realizado por esta disrupción, con un efecto de distanciamiento inverso al de seducción que en principio define  a los relatos eróticos. El distanciamiento puede ser seductor también, pero lo es cuando tensa y no rompe o desdibuja esa línea entre dos puntos ya descrita, de la que el puente entre texto y lector es la réplica. En La pianista, es la manera de leer una carta lo que lleva a la ruptura, pero las imágenes de lo que ocurre entre dos personajes de nítido perfil trabajado a fondo permanecen diáfanas hasta el más pequeño detalle, sin que ningún elemento exterior deshaga la atmósfera creada por su encuentro. En Deseo, donde cada retrato es grotesco y sólo en la protagonista queda algún resto de patética humanidad, básicamente porque es en ella donde incide y se refleja cuanto la rodea, no hay escena cuya descripción se vea libre de ser atravesada por elementos fuera de lugar y frases de sentido esquivo que la cortan, frustrando todo intento de plenitud o redondez aunque sea dramática. Eisenstein practicaba un montaje de atracciones, como lo llamó, pero el montaje de Jelinek es casi lo contrario: elementos que se repelen, que se rechazan desgarrando el conjunto, en un estilo también opuesto al envolvente de la tradición erótica, desde Sade, Laclos y los libertinos hasta el cine ya porno, ya de autor, más fijado en captar estos abrazos. El apretado tejido de imágenes inarmónicas y voces disonantes que resulta, esa forzada unión contra natura, tiene como obra una unidad, pero esa unidad es la del infierno. Lo que se intuye tanto a través del espacio a la vez cerrado y siempre más amplio, lo que no deja escapatoria, en que se desarrolla la novela, como del dolor de sus habitantes, cuanto más enraizados peor, pero recibe además su confirmación por medio de otro rasgo propiamente infernal como es la promiscuidad. No hay espacio para la intimidad en este espacio, donde cada uno está solo pero es asolado por sus semejantes. Este infierno, como dije antes, representa una sociedad en una fase histórica bien localizada, pero antes de volver sobre este tema quiero plantear otra cuestión: el dolor y el encierro son compatibles con el erotismo y a veces determinantes, pero ¿es la promiscuidad compatible con esa distancia necesaria para la atracción particular entre los cuerpos?

La autora como personaje

Hay una contradicción entre citarnos para hablar de erotismos y hacerlo en torno a un texto que representa el infierno. Porque no es un infierno como el del pecado, con sus demonios seductores y sus condenados provocadores, ni un jardín de los suplicios donde el mal abre la puerta a la realización de los deseos prohibidos por la moral y las buenas costumbres, ni el tren fantasma en cuyos recovecos acecha el pasajero que la luz nos esconde, sino el teatro de un actuar compulsivo donde la descarga no equivale al placer ni lo corona, ya que el placer parece eludir tanto a actores como a espectadores. Como “el hijo tantos años sin ser querido”, definido así literalmente en el desenlace de la novela, al que le dan en cambio todo lo que quiera siempre y cuando se pueda comprar, los adultos de este libro para adultos no pueden tener del placer más que un sucedáneo, a tono con la evolución económica de la sociedad que describe. El placer no se les escapa porque les deje ese resto incumplido que incita a buscar más, sino que los rehúye porque ya su modo de exigirlo, como lo muestra en todo momento la conducta del director de la fábrica de papel, es una ofensa a Eros, a quien no se hace jamás una ofrenda digna ni cuya gracia se ruega como Safo a Afrodita en su oda. ¿Puede ser una lectura placentera, o excitante, erótica, un texto como los reunidos en esta novela, que elude como objeto cualquier experiencia envidiable incluso como fantasía y somete sus figuraciones a una insistente desfiguración? En esa contradicción trabaja Jelinek, aplicándose con arte, y eso nos habla de la dificultad tanto de su posición como del acceso a esta novela, en ese aspecto con más de bunker que de jardín. ¿Puede ser placentero hablar de una ficción con estos rasgos? Si hay placer en lo que aquí se cuenta, diría que está transferido al lenguaje, a su uso y a la destreza musical empleada en el virtuoso contrapunto de disonancias con que está fabricada la pieza. Pero es un placer complicado, lo mismo que imaginar las escenas que se nos narran en ese estilo con el demorado detalle que pide la representación erótica. El montaje que hace Jelinek dificulta la visión, al igual que la continuidad. Muchas veces tenemos que inferir lo que está ocurriendo y el sentido de las alusiones que desvían la atención de la línea principal del argumento no siempre remite a éste ni da en un blanco visible. ¿Es esto lo que esperamos de un texto erótico? La estrategia de atraer la expectativa hacia una apariencia para atacarla y desviar al lector a la perspectiva contraria podría ser vista como propia de la agresividad crítica de la literatura politizada y vanguardista de los años de formación de la autora. Pero si esta aproximación a lo erótico que propone un texto llamado Deseo donde el deseo sólo es espoleado para contrariarlo o explotarlo nos desconcierta, podemos retomar la cuestión de la pluralidad de los erotismos con la del azar de los encuentros y desencuentros que provoca e intentar reconocer cada uno, al margen de las convenciones que identifican determinado género literario, qué le resulta erótico al leer. Con esa clave en la mano, estoy seguro, la composición de la biblioteca universal variará muchísimo de un lector a otro.

¿Qué es erótico para mí? La censura reconoce lo erótico en las escenas así llamadas explícitas, cuyo desafío a la represión puede ser erótico, pero no es en la exhibición donde el erotismo se localizaría para mí, sino en el desafío. Y ese desafío no es tanto el de la escena privada al espacio público, sino el que tiene lugar entre un cuerpo vivo y otro que se distingue y destaca del espacio común. La cuerda floja que se tiende entre esos cuerpos exaltados atraviesa el ámbito de lo regulado para crear en su interior un espacio de riesgo. Lo que ocurre ahí puede ser más o menos explícito, más romántico o más pornográfico, pero es la suerte de los términos de esa ecuación lo que está en juego y lo que me permite proyectarme, también en grados diferentes. La segunda parte de Rojo y Negro, con el duelo de provocaciones en ascenso entre Julián y Matilde, me vale como ejemplo exterior al género erótico de esta tensión. Cada uno puede abstraer en sí mismo un esquema básico semejante, más o menos complicado pero siempre singular por más que se parezca al de otro. Es una situación animada que anima a su vez al deseo a probar suerte y cumplirse, aunque eso no vaya a suceder más que virtualmente en la lectura y no necesariamente de inmediato en la realidad al dejar el libro. No es necesariamente una “promesa de felicidad”, como decía Stendhal de la belleza, pero sí una invitación a salir y exponerse en un teatro ajeno, contrariamente a la pornografía, que siempre remite al propio. En Deseo, justamente, nadie es capaz de ver ni desear más allá de las imágenes ilusorias en su cabeza y así es como yerran constantemente en su búsqueda de otro cuerpo. ¿Es entonces una novela pornográfica, como han dicho de la obra de Jelinek sus detractores más de una vez? El tratamiento de las escenas que narra, a mi juicio, lo niega: porque nada de lo que muestra lo deja ver bien, sino que a conciencia perturba la imagen y frustra a la mirada en su impulso de aprehender y poseer. En lugar de la imagen plena enmascarando la mercadería que se deprecia, nos ofrece en cada momento la huella de todos los agentes que han intervenido en el proceso que lleva a cada transacción, desde los productores de los objetos que se utilizan y destruyen hasta los consumidores incapaces de saciarse. La novela no es pornográfica, pero la satisfacción que se ofrece a sus personajes obedece a ese estímulo, de acuerdo con la mutación del territorio que habitan. Tal vez haya quien pueda proyectarse en Gerti y gozar de esa proyección, pero lo veo difícil. Con Erika y Klemmer en La pianista yo podía encontrar el impulso erótico, por más que estuviera destinado al fracaso. Aquí esa línea de alta tensión entre los cuerpos involucrados aparece cortada en cada encuentro por los intercambios maquinales que rigen el espacio común y la transmisión resulta imposible: lo que a nivel del erotismo, reducido en este sitio a la compulsión de una descarga, en lugar de ofrecer satisfacción o estímulo plantea un problema, del que puede ser más difícil que grato hablar, en consonancia con la lectura de esta novela. 

Lo que dice el psicoanálisis a propósito de la novela actual

Éxtasis de Santa Teresa (Bernini)
Éxtasis de Santa Teresa (Bernini)

Todas las disciplinas nos ofrecen reportajes de viajes al país del goce. No sólo los de aquellos que consagran su cuerpo a la exhibición, sino también los de aquellos que se consagran a los juegos de palabras. La literatura no se dirige ya al estómago, como denunciaba Julien Gracq, se dirige al órgano “fuera de cuerpo” que presentaba Serge Cottet en las Jornadas (La langage, corps subtil, Revue de la Cause freudienne 44). En el país del goce el escritor tiende a situarse como periodista: cada uno describe su incesto, su estancia en el país de tal o cual práctica más o menos perversa, nos cuenta cómo fue adepto de tal o cual manera de gozar. En el epicureísmo de la época, la ascesis abierta por el atomismo lucreciano se transforma en estancia estúpida cerca de las partículas elementales. Lo importante es que el sujeto se exceptúa de ello: pasa esa estancia, juega de nuevo su partida en otra parte. Que no crea otra cosa. Más que ser célebre un cuarto de hora, el sujeto moderno quiere atravesar las diferentes santificaciones del cuerpo, las diferentes maneras en que el goce lo marca, sin ser verdaderamente clasificado. En este sentido, se trata de una posición femenina del sujeto, menos definida por la fijeza de la perversión del lado macho, en donde el objeto a verdaderamente localiza su huella.

Por ejemplo, Amelie Nothomb
Por ejemplo, Amelie Nothomb

Así como el barroco ha querido regular los cuerpos por medio del agotamiento de todas las representaciones posibles del exceso pulsional, la mostración de estos juegos del cuerpo y del goce intenta producir una regulación a través del agotamiento de las formas de representación del exceso de goce. Cualquiera que sea el rasgo de perversión imaginado, ya habrá sido representado: una identificación es ya “prêt-à-porter”.

Éric Laurent, El reverso del síntoma histérico

Pasiones de quita y pon