Nuevo prólogo a un libro inédito

Actualización retrospectiva: reconsideración de La decadencia del arte popular

Terminé de escribir la primera versión de La decadencia del arte popular el 9 de diciembre de 2016, con la redacción del epílogo. Intenté publicarlo y por unos meses pareció que lo lograría, pero después de que el editor interesado se decidiera por lo contrario dejé de insistir. En cambio, empecé a cuestionarme la dimensión del conjunto, que daba entrada a demasiados temas y le hacía perder foco, y a pensar en versiones reducidas que, abarcando menos, alcanzaran una mayor unidad o una mejor integración. En vano, porque de un modo u otro la naturaleza discontinua del libro, construido con textos escritos en diferentes y desparejas ocasiones a lo largo de quince años, resultaba siempre evidente, aun con toda la constancia manifiesta en el punto de vista sostenido y expresado por las palabras. El libro adelgazó y se afinó el discurso, menos en cada escrito que en el paso de uno a otro, pero no por eso se convirtió en una pieza homogénea, como si la hubiera concebido primero y escrito después. Compuesto más bien para ser la conclusión de un devenir, nunca logró esconder su origen imprevisto ni su confección improvisada por la voluntad de cerrar una obra. Sin embargo, hay algo orgánico en ese nacimiento y esa vida no planeados a lo que el conjunto finalmente debe su consistencia más firme. Pues no se trata en definitiva de la explicación ramificada de una idea central, por más convicción al respecto que muestren los sucesivos argumentos, sino de la maduración de un pensamiento en el tiempo de su insistencia, intermitente, inestable, pero aun así reconocible de estación en estación, o de ocaso en ocaso de la decadencia de su objeto.

Obra de William Kentridge elegida para la portada de La decadencia del arte popular

Sólo que me di cuenta hace muy poco. Por eso, como quería que siguiera siendo contemporáneo del lector, mientras escribía otras cosas y reorganizaba cada tanto este material, e incluso durante meses después de que alcanzara la forma que ahora tiene, preferí no incluir las fechas de composición de los textos, temeroso de que así perdieran actualidad e interesaran menos. Lo que ocurrió, en cambio, fue que a mí mismo todo esto, una vez reunido en su nuevo orden, me quedó atrás, no superado, sino vinculado al tiempo ido, las casi dos décadas pasadas entre el escrito más antiguo, correspondiente a mi etapa de inmigración al Viejo Continente, para mí nuevo, y el más reciente, referido al nacimiento de la vocación seguida durante toda una época que tocaba a su fin. De pronto, una vez pasados veinte años, la transición del siglo veinte durante el que me formé al veintiuno durante el que escribí me pareció definitivamente consumada, lo que dejaba un tanto obsoleto el modelo de resistencia ensayado en estas reflexiones y proyecciones. Llegada la hora de pasar a otra práctica, de dar por perdidas las oportunidades aprovechadas, consideré significativa, por las mismas razones a favor de su exclusión de la versión anterior, examinadas ahora desde el ángulo opuesto, la inclusión de las fechas en que cada texto fue escrito. Porque así, ya agotada la ilusión de inmediatez y actualidad, podrían aportar la ilusión inversa, al menos consciente, de la perspectiva a un balance de la suerte acaecida en ese período que, cerrándolo, es posible empezar a llamar histórico. Lo que es una manera de continuidad del empeño, fiel además a la mirada probada en él.

Ilustración de portada de Le XIXe siècle à travers les âges, de Philippe Muray: La romería de San Isidro (Goya)

Escribí la mayoría de estos textos para un blog, Refinería Literaria, que comencé en octubre de 2011 y todavía sostengo. En diciembre de 2015 tuve las ganas de parar el flujo, que amenazaba con repetirse, y coagularlo en una forma de conjunto que oponer, como un simbólico dique, el único posible, a la fuga del tiempo. Durante todo 2016 corregí, edité y completé lo que había escrito. Media docena de artículos provenían de antes, redactados entre 2002 y 2004. Agregué el prólogo una vez que tuve el libro organizado y el epílogo para terminar. Más tarde, mientras lo reformaba, eliminé una decena de textos, cambié varios de sección y sumé otros dos, breves, escritos en 2017 y a principios de 2018, que me parecieron pertinentes. Lo último, antes de escribir esta nota, fue la decisión de recuperar las fechas y anular el pretendido efecto de tiempo abolido que ya ni para mí tenía sentido. Entonces comprendí cuál había sido mi posición durante esos años ahora confesados: había escrito sobre el presente, pero lo había hecho desde el pasado, es decir, desde la perspectiva de alguien cuyos valores vienen de lo cancelado y derribado por la época en que vive. Del pasado más o menos inmediato, así como el tiempo en que todo esto fue escrito comienza a ser en la actualidad el pasado inmediato, objeto a la vez de revisionismo y de negación. En un libro que debería ser más conocido, El siglo XIX a través de los tiempos, Philippe Muray postula una esencia decimonónica que podría encontrarse en distintas épocas de la historia, formulada con medios diferentes. Si en el futuro alguien lo intentase con el siglo XXI, La decadencia del arte popular podría tal vez servirle de introducción o documento. Correspondería a la fase prepotente del espíritu gregario, justo antes de la guerra de tribus por la hegemonía en la nueva tabla rasa. “Quienes no han sido adultos antes de la caída del muro de Berlín no conocen la hospitalidad del azar.” En el mundo posterior a esa euforia expansiva se escribieron los siguientes testimonios, que delatan una conciencia ya formada para entonces, pero describen unos fenómenos en formación desde mucho antes de su exhibición a la descarada luz del día. Hoy que un crepúsculo responde a otro, quedan estos papeles resignados al inexorable amarillo como otras tantas visiones fechadas a la espera de la lámpara que las alumbre.  

2021

La decadencia del arte popular (2002-2018)

Médico de letras

Dr. Destouches, conocido como Céline

¿Qué es un book doctor? Esta expresión, tan habitual en el mundo editorial anglosajón, donde el editor (con acento en la e) se distingue tan claramente del publisher y book doctor es la manera habitual de referirse al editor free-lance que trabaja junto al autor en hacer del manuscrito de éste el libro que otro editor querrá publicar, no es tan corriente en el ámbito de habla hispana ni tan fácil de traducir. ¿Qué hace, pues, un book doctor?

Yo visito cada semana unos veinte o treinta manuscritos en distinto estado de salud o crecimiento. Llego y allí están, pacientes en su estante, esperando ser examinados y recibir su diagnóstico: ¿vigoroso?, ¿en cuarentena?, ¿hay que operar? O llegan a esta consulta, mi refinería literaria, a menudo en busca de una segunda opinión, cuando no ya decididos a iniciar el tratamiento tras el cual no habrá lector que resista al contagio. ¿Pero existe ese tratamiento? ¿Qué cura un book doctor? ¿Son acaso los borradores y versiones inconclusas obras enfermas que deben sanar para convertirse en libros? ¿Deben ser dados a luz, como decía Ezra Pound de T.S. Eliot y de sí mismo a propósito de The waste land, entre una madre y una partera sin la cual tampoco habría nacimiento?

Dr. Schnitzler

No, me digo; la literatura es una salud, como decía Deleuze. Los médicos son los escritores, son ellos los que vacunan y purgan la lengua contra los males de la mentira, la imprecisión, el pensamiento único y la conciencia satisfecha; son ellos quienes redactan el verdadero historial de lo que ocurre bajo la superficie cotidiana y que sólo la imaginación descubre. Pero, al igual que la medicina, la literatura no es el don de ningún brujo o chamán, sino un saber compartido, provisto de un instrumental, herramientas y recursos que contribuyen al éxito de cada operación por singular que ésta sea. ¿Cómo podría la sola inspiración, azarosa como es, compararse con el conocimiento y la experiencia acumulados durante siglos de práctica de la escritura?

Estas notas cotidianas tratarán de mostrar esa circulación, ese proceso de intercambio de ideas, lecturas, conocimientos e inspiraciones entre todos los vinculados a la creación literaria que conduce a cada obra terminada. Para eso me basaré en mi reiterado papel de Dr. Watson, narrando las aventuras de los distintos Sherlock Holmes a los que acompaño en su búsqueda de la expresión exacta. Y recurriré, como no, a la historia de la literatura, que tantos otros ejemplos útiles nos reserva. La inspiración trabajando: ése es el misterio al que iremos tratando de acercarnos en esta serie de aproximaciones. Un poquito cada día, sin esperanza ni desesperación, como decía Isak Dinesen que escribía.

Dr. Chejov