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Vanguardias en fuga

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Salto, Aleksandr Ródchenko, años 30

“¿No soy acaso timonel?”, preguntaba al sentirse cuestionado un personaje de Kafka. Al que podría responder, con otra pregunta, un agudo “dardo” de Nietzsche: “¿Tú precedes? ¿Precedes como pastor o como excepción? Podría darse un tercer caso, que sería aquél en que precedes como fugitivo…” Hubo un Gran Timonel durante el siglo XX que fue, en su momento, la bandera agitada también en occidente por los espíritus más dispuestos a ligar acción y estética, arte y política, deriva estrellada contra el acantilado del triunfo del capital. Pero antes de esto, durante el camino que llevó a ese rumbo, surgió, entre la escena y la platea, un controvertido personaje mestizo nacido para la polémica: el artista comprometido, no necesariamente intelectual, cuya sombra, como figura, sobrevolaba el espectro artístico de la época y creaba tantos más malentendidos, estimulantes, eso sí, cuanto más aquellos que podían caber bajo su paraguas radicalizaban su propuesta y la volvían incompatible con cualquier orden programático o institucional. Todos estos pequeños timoneles no siempre asumidos, como Dylan en los 60, por poner un ejemplo célebre, aunque no haya sido el único flautista de Hamelin desbordado por la ilusión de sus seguidores, lo que cuenta también la ópera Tommy de los Who, dejaron cada uno, a pesar suyo tal vez en algunos casos, una estela que, antes de disolverse bajo las nuevas olas de la iniciativa conservadora, señaló, de manera todavía documentada por diversas y desiguales obras, un horizonte cuyo crepúsculo, al contrario, no basta para demostrar su irrealidad. El conformismo rechaza las consecuencias de la estética y así desliga la política del arte. Pero la relación entre los efectos y las causas suele volver iluminada por fogonazos, como este comentario cantado de John Lennon sobre sus orígenes y su propio status: I heard something ‘bout my ma and my pa / They didn’t want me so they made me a star. Despecho aparte, la vinculación entre la falta original y el exceso compensatorio no es gratuita: lo que está en cuestión es la legitimidad del segundo como reconocimiento, dada la sospechada falsedad de la que se lo deduce. Histeria en lugar de amor, a lo que sabe la marea de gritos, llantos, elogios y recriminaciones alzada de las agotadas localidades del mundo. Los militantes involuntarios que, como dijo Dylan de sí mismo, “no prestaron sus servicios como soldados, sino como desertores”, hoy pueden ver su caricatura en cada monumento que se les dedica y preguntarse, antes de hacerles sombra por última vez, qué probabilidad hay, si hay alguna y a pesar del incierto devenir de los pronósticos que una vez se hicieron con tanto entusiasmo, para sus descendientes, si es que los tienen, reconocidos o no, de reanudar ese lazo universal entre lo dado y lo imaginado, el espíritu y la carne, por el que izaron tan equívocas banderas, todavía identificables por sus colores, pero irreconocibles en su ya no ondear. ¿Movimiento de retirada a los cuarteles de invierno de la tradición o salto adelante hacia un mundo ya purgado? Quien precede como fugitivo sólo sabe de dónde viene, después de haber tenido una meta y creído en su excepcionalidad. Sólo en retrospectiva podría reivindicarse como precursor, pero no vivirá para tomar la palabra ni su época será jamás reconstruida. Lo que cuenta entonces es el punto de fuga: hacia él se suspende el sentido de una experiencia y desde él se determina la perspectiva adecuada para juzgarla, y seguir su ejemplo o no.
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Instantáneas retrospectivas

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Un ojo capaz de apartar la mirada

El ojo flotante
En el fluido vértigo de la sucesión, donde todo, en cambio, querría acumularse, la actualidad se vuelve obsesiva para el ojo que flota, amenazado y espoleado en su pupila por cada nueva ola. Una defensa podría ser poner un dique, por más que éste fuera sólo mental. El límite, por ejemplo, que fija un subtítulo: De la toma de la Bastilla a la caída del muro de Berlín (1789-1989). Una historia de la representación, lo que permitiría tratar la gesta de la democracia moderna, o más bien su gestación, si la corriente real del devenir de los escritos consiguiera congelarse entre las fechas señaladas en lugar de, como es natural, alimentarse de las noticias y fenómenos correspondientes a los años en que escribe la mano que frota ese ojo. La intermitencia, propia del órgano que parpadea, impide la composición cronológica aun a posteriori, pues el carácter súbito de cada una de las ventanas que abre, aunque lo haga sobre el mismo paisaje, se encuentra en relación directa, aunque sea opuesta, con la coriácea continuidad de la pintada superficie bajo la que intenta deslizar alguna luz. La necesidad de organizar al menos en un cuadro estas miradas quizás determine, entonces, la concepción de una especie de lente de focos superpuestos al fondo del cual, como el blanco del ojo, el fondo vacío en que se funda aboliría en tiempo real –así lo llaman- todo flujo prepotente de imágenes, quedando en cambio en cada uno de sus filtros tan sólo el matiz pertinente a cada perspectiva.

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El público toma la escena

Crítica del público
Tradicionalmente, la crítica se ocupaba de los objetos de arte que se ofrecían al público y procuraba guiar a éste tanto a la apreciación de aquellos que pasaban su examen como a la condena de los que no. Desde que las voces autorizadas han sucumbido al reinado de la opinión, es decir, desde que el público ha dejado de hacer caso a la crítica para ejercerla él mismo a su manera no especializada, o sea, desde que al haber tantas críticas como críticos la crítica misma casi ha desaparecido por el desprestigio de su función, son más de una las barreras que se han levantado: entre público y artista, al imponerse aquél como razón de ser de éste; entre obra y público, al pasar a ocupar éste el centro de atención; y entre narcisismo individual y colectivo, al no tener aquél más que fundirse en éste para ser aceptado. Los objetos producidos en contexto semejante desalientan la crítica, que prefiere renunciar a interesarse en el arte del aficionado ansioso de reconocimiento. Pero, al faltar su concurso y las líneas divisoras que traza, es finalmente el propio público, siempre igual a sí mismo, el que cumple todos los papeles y ejecuta todas las funciones, tanto de creador que debido a su formación sólo sabe imitar como de admirador que lo es fatalmente para exaltar su propia persona o de “juez último” –democrático crítico absoluto- cuyo veredicto, eximido de toda razón suficiente, es tan ambiguo como inestable y así incapaz de fundar escuela alguna. En esa ausencia de cátedra, librado a sus recursos –interactividad, participación, selfies, redes sociales-, el público toma la escena para intentar hacer de sí mismo el objeto de su deseo. La anulación del circuito por el que éste se desplaza, con sus intérpretes tanto dramáticos como críticos, pues la crítica es interpretación, es el horizonte último de la constante crisis de representación de las sociedades actuales, perseguidas por su condición de referente en su frustrada carrera hacia el rol de significante. Algún crítico francotirador podría intentar lo que no se hace por sistema, o sólo en el campo de la sociología: la crítica no aduladora de este nuevo artista fracasado en su momento triunfal, cuando no queda margen para comentarios entre las obras y las visitas que colman su continua exposición.

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Perseguidos por buenas razones

Vanguardias en fuga
“¿No soy acaso timonel?”, preguntaba al sentirse cuestionado un personaje de Kafka. Al que podría responder, con otra pregunta, un agudo “dardo” de Nietzsche: “¿Tú precedes? ¿Precedes como pastor o como excepción? Podría darse un tercer caso, que sería aquél en que precedes como fugitivo…” Hubo un Gran Timonel durante el siglo XX que fue, en su momento, la bandera agitada también en occidente por los espíritus más dispuestos a ligar acción y estética, arte y política, deriva estrellada contra el acantilado del triunfo del capital. Pero antes de esto, durante el camino que llevó a ese rumbo, surgió, entre la escena y la platea, un controvertido personaje mestizo nacido para la polémica: el artista comprometido, no necesariamente intelectual, cuya sombra, como figura, sobrevolaba el espectro artístico de la época y creaba tantos más malentendidos, estimulantes, eso sí, cuanto más aquellos que podían caber bajo su paraguas radicalizaban su propuesta y la volvían incompatible con cualquier orden programático o institucional. Todos estos pequeños timoneles no siempre asumidos, como Dylan en los 60, por poner un ejemplo célebre, aunque no haya sido el único flautista de Hamelin desbordado por la ilusión de sus seguidores, lo que cuenta también la ópera Tommy de los Who, dejaron cada uno, a pesar suyo tal vez en algunos casos, una estela que, antes de disolverse bajo las nuevas olas de la iniciativa conservadora, señaló, de manera todavía documentada por diversas y desiguales obras, un horizonte cuyo crepúsculo, al contrario, no basta para demostrar su irrealidad. El conformismo rechaza las consecuencias de la estética y así desliga la política del arte. La evocación de aquellos militantes a menudo involuntarios que, parafraseando precisamente a Dylan, “no prestaron sus servicios como soldados, sino como desertores”, permite reanudar ese lazo universal, a pesar del incierto devenir de los pronósticos que una vez se hicieron con tanto entusiasmo.

ocaso

Crepúsculos en serie

De ocaso en ocaso
Puede que todo en la civilización actual tenga un aire de cosa fraguada y en especial sus confesiones, más orientadas hacia la simpatía del juez que hacia la verdad, pero aun así se impone admitir el origen autobiográfico de cierta idea crepuscular en cuanto a la época recibida, consistente en la impresión de haber llegado a todo cuando ya se acababa, una y otra vez, aunque estos finales sucesivos no fueran más que los demorados ecos de uno solo, básicamente, el del período triunfal de la anarquía representada por el arte popular en su momento de máximo esplendor y de desborde de sus fronteras tradicionales, antes de la transformación de ese éxito en programada comercialización masiva desde la misma concepción de cada muestra. No habrá sido ni será, presumiblemente, la última edad de oro del deseo a punto de unirse a su verdadero objeto, considerado imposible, pero nada más ajeno a tal pasión comulgante que la satisfacción ofrecida por la cultura de las pantallas, fundada en la distancia necesaria para acceder virtualmente a todas partes al mismo tiempo, en la simulación cada vez más perfecta y en una infinita posibilidad de combinaciones y desplazamientos laterales diametralmente opuesta a la única y exclusiva implícita en el propósito declarado por Rimbaud de llegar a “poseer la verdad en un alma y un cuerpo”. En el plano de lo virtual, invirtiendo una vieja fórmula, todo está permitido, pero nada es verdad; no, al menos, con la antigua trascendencia mortal asociada a esta palabra.

beck

Jeff Beck al timón

‘Cause we’ve ended as lovers
Con la desgarrada elegancia de la guitarra de Jeff Beck en este clásico de su repertorio, en el que aquélla encuentra a cada vuelta otro matiz con el que prolongar su queja y elevar su voz postergando el final una y otra vez hasta que el último hilo cede, podemos acompañar la escena de la ruptura y el movimiento de separación entre esos viejos amantes, el arte y el pueblo, en un mundo con demasiados mediadores como para que puedan encontrarse otra vez. Pero, si el melodrama nos hace reír, no deberíamos olvidar que su función es servir de canal de lágrimas. Dios cuenta las de las mujeres; lo inolvidable, cuya herida permanece siempre abierta, vuelve por el mismo fluido involuntario cada vez que el centinela se duerme y su proa separa inequívoca el oro de su reflejo.

flautista

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El hijo del siglo XX

La educación de una persona empieza cien años antes de su nacimiento. (Napoleón)

Movimiento perpetuo

Movimiento perpetuo

¿Es un héroe de otro tiempo? ¿Es un héroe? ¿Cuál es su época? El joven intelectual a contramano, silencioso exiliado astuto, febril asesino de usureras, atribulado cadete austrohúngaro, incestuoso confederado invicto, seminarista escalador de faldas, flâneur praguense o salmantino, entre otras encarnaciones literarias luego ilustres, es, en la historia reciente, aquella mal recordada que se prefiere dar por concluida, un brote del impulso romántico que, constituido en vanguardia por una progresiva multiplicación de causas aliada a una aún mayor aceleración de consecuencias, encuentra su destino en una revolución general frustrada a la que, si sobrevive como excepción cultural, no lo hace ya siquiera como un mal ejemplo a seguir sino, a lo sumo, como pieza de museo o figurín de modas futuras. Estridente hijo del período en que nació, personaje trasnochado a partir del crepúsculo de las ideologías que animaban a discutir y definirse en función de sus imperativos, este animal singular, parecido por sus mutaciones al protagonista del acertijo que la esfinge propone a Edipo, tiene sin embargo a sus espaldas una genealogía que se remonta a siglos atrás, lo que tal vez haga de él un tipo humano definitivo o, por lo menos, un miembro más difícil de extirpar de lo que parece del cuerpo social o, traspasados ya los límites de nuestro propio ambiente, del elenco estable de la humanidad.

Silencioso exiliado astuto

Ineluctable modalidad de lo visible

La comedia ateniense registra así en su reparto al joven cuya formación superior, pagada por su padre a filósofos tomados por sofistas, permite a aquél volverse contra la implícita autoridad de la sangre y cuestionar los derechos del deber heredado. El nazareno errante narra el periplo del vástago manirroto cuyo patético regreso a casa amerita, para asombro y escándalo del hijo obediente, que da así pie a la enunciación de la moraleja por parte del padre, el sacrificio del mejor becerro de la hacienda. Un príncipe díscolo sucede en el trono a un impostor por orgullo cuya voluntad sólo acata cuando ésta deja de imponerse y el honor familiar está en juego. Los hay menos afortunados que concluyen su conversación con el espejo de un disparo o en los que nada pone un punto al pensamiento que los domina. Pocas mujeres de este tipo, sin sosiego para su prójimo: alguna maestra autodidacta o abadesa en penitencia, aunque es dable pensar que no han faltado, sino que más a menudo su elusivo modo ha quedado indocumentado o privado de un testigo confiable. Se pretende que en todas las épocas, generación tras generación, los jóvenes son rebeldes a los que amansa el fracaso. Pero tales revueltas no son, como la procreación, periódicas, o al menos carecen de regularidad. Más raras son aún aquellas en las que una parte no es el reflejo invertido de la otra, ya que es a través de la diferencia allí abierta, por sobre esa inesperada distancia, tan difícil de interpretar de inmediato, que se da el salto de una época a otra, a veces con un súbito y sorprendente incremento del capital cultural. Siglos de oro, renacimientos y nuevas eras son pródigos en arte y ciencia experimentales, con sus academias y consiguiente proliferación de escuelas. El estudiante es un hijo de ese vientre hinchado, fértil en ideas, cuyo desequilibrio cuantitativo en relación con las cosas que pueblan este mundo determina el abismo al que se asoma.

Atribulado cadete austrohúngaro

Atribulado cadete austrohúngaro

El siglo veinte, precipitado resumen de lo planteado por el diecinueve con toda su verborragia, fue un siglo de promoción de masas pero también de una extraordinaria exaltación del individuo, convocado en voz alta a su realización personal como pocas veces antes en la historia. Las masas fueron llamadas a la unidad, sí, pero a su vez divididas en unidades irreductibles y reenviadas éstas cada una al fondo de sí misma con el reconocimiento de su conciencia individual a cambio del alma comulgante perdida. La incesante actividad de ese flamante atributo tiene su vehículo literario privilegiado: el célebre “flujo de conciencia”, contenido y forma de la desdoblada acción más característica de nuestro héroe, consistente en caminar pensando o pensar caminando, secuencia que insiste en casi todas las novelas de este género y que ha dejado a su paso tantas páginas de antología. Así, en la novela histórica aquí anunciada, centrada en un período de enfrentamientos condenado a la fusión que cada parte intentaba rechazar, otra mente orientada a lo concreto pero no a lo práctico se extraviará a la vez que habrá seguido, considerándolo en retrospectiva, un camino para el que estaba tan hecha como la piedra para la pendiente. Cumplir lo fatal puede ser bueno o malo, según de qué lado y quién lo considere: en este caso, el imprevisto pasaje de la sociedad vertical en que el protagonista fue educado al mundo horizontal con que habrá de medir su razón se hará sin guía y por eso llevará la justa marca no del diálogo, la discusión o el debate, sino de ese soliloquio en movimiento perpetuo que es, cualquiera sea su lengua madre, la más articulada traducción del desarraigo.

Observador del corazón humano

Observador del corazón humano

Ya no hay novelas de formación, de la experiencia, del descubrimiento del mundo en un mundo donde la novedad es costumbre porque parece venir de un futuro programado y lo imprevisto en su discontinuidad carece de herencia. Sin padre no hay filiación ni hijo y nada puede ser reclamado en nombre alguno a la oportuna administración de lo que existe. ¡Cuántas lágrimas de cocodrilo se han derramado por esta muerte! Muchas más de las que nunca hayan llovido sobre los daneses. Bajo el sol de la eterna juventud sostenido sobre todos por igual, sin diferencia de sexo ni de clases, forzosamente las imágenes del viaje iniciático en dirección opuesta a la señalada por el índice de una estatua ecuestre ya caída han de verse viradas al sepia. Pero se da una circunstancia, hoy que su tarea de disolución parece superflua y que el poder no supone una jerarquía explícita, por la que el estudioso indisciplinado, fugitivo de la tradición, exceptuado de su compañía, puede reaparecer, a los ojos del lector actual, como un precursor del desorden en curso, similar en este sentido al irónico desenlace que persigue y al final da siempre alcance, como esa piedra con la que se impone volver a tropezar para ser hombre, a los heroicos protagonistas de las tragedias. En la errancia que puede esperarse de quien ha sobrevivido a su destino, en lugar de epitafio, nuestro pájaro sin nido bien podría aceptar este estribillo:

Mi patria es el siglo veinte,
pero vivo en el exilio.

rimbaud

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Metástasis del bovarismo

“El mundo deviene sueño y el sueño deviene mundo” (Novalis)

Si Madame Bovary rechazaba el mundo refugiándose en una novela rosa, un mundo vuelto novela de todos los géneros por todos los medios en continuado, donde los cómicos no llegan ni se van sino que ocupan el espacio vacío sin cesar, lleva la alienación al grado más alto y convierte el problema en solución. Vivir con la enfermedad: durante el siglo veinte, la acumulación de objetos típica de la decoración del siglo diecinueve, que agredía al vacío como queriendo hacerle padecer a su vez el supuesto horror o aborrecimiento que por él sentía la naturaleza, cuya ilusoria profusión aquella estética procuraba heredar o imitar, hizo estallar las paredes de las casas para instalarse por doquier en la ciudad, progresivamente cubierta a partir de entonces de chucherías y piezas de arte o diseño, mejor dicho, seleccionadas sin embargo de entre un pajar en proporción al cual cada una de ellas no es sino la tan mentada aguja, una de tantas. Hubo también una vanguardia que procuró despojar tal escenario, ya en el teatro o en las artes plásticas, entre otros terrenos, recuperando el vacío por sustracción o hasta por desesperadas tablas rasas, pero la enorme proliferación de la imitación y la producción en serie, de la repetición del modelo y sus variaciones, desborda el pensamiento y a partir de los 80, rota toda idea de revolución, la acumulación y circulación no sólo de mercaderías sino también de información, de lo abstracto concretizado, no hace más que acelerarse en exacta proporción a la pérdida de espacio y por consiguiente de diferenciación entre los distintos acontecimientos posibles. Hasta el minimalismo prolifera y multiplica sus ejemplos, abigarrando el conjunto, mientras se sueña con un “decrecimiento” general que traería el ansiado sosiego. Y a la vez, por todas partes, como al agua bajo la superficie de una capa de hielo fino, se siente el aborrecido vacío, sólo que a este vacío no es al parecer la naturaleza sino el espíritu quien lo teme. O los espíritus, temerosos de no ser sino ilusiones de la carne. Nietzsche: “Quien tiene por qué vivir tolera casi cualquier cómo.” Pero es por la pendiente opuesta que el mundo ha rodado.

Una segunda naturaleza

Programa: desarrollar la idea, o la metáfora, de la “metástasis”, a través de los medios de comunicación masiva, del “cáncer” que afecta a los sucesores, por más inconscientes que éstos sean, de Madame Bovary, primera adicta moderna a la ficción, corroyendo su conciencia y su mundo. “La naturaleza aborrece el vacío”: idea surgida de una usurpación, la de la industria que procura ocupar el lugar de la naturaleza y someterla a su programa, según el cual los productos vendrían a ser tan “amigos” como “enemigo” es el vacío. Pero como bien ha escrito Philippe Sollers en un viejo libro suyo muy poco leído, el maoísta Sobre el materialismo, “no es la naturaleza sino la representación la que aborrece el vacío”. Justamente, el vacío que procuran ocupar en continuado los medios de comunicación y la industria del entretenimiento es el que interrumpe cualquier continuado. Es la crítica la que debe producir y efectivamente produce el vacío, por lo cual no debe sorprendernos que en nuestra época, encantada de poder sustituirla con toda clase de publicidades y promociones, brille por su ausencia. La crítica, que introducía el vacío entre las cosas y permitía así distinguirlas, desoída ha pasado a encarnarlo; se hace oír en el vacío, como aquél que clamaba en el desierto, y a su vez manifiesta ese vacío inabordable para quien no quiere que exista. Esa dependencia de un deseo es el que hace de la crítica un espacio de libertad.

La vida en continuado

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