
Para Carla a la intemperie
Hércules ocioso
Dominando la bahía celeste
en su plena ignorancia del azul,
bañándose en el sol y el aire claro,
mutilado y monumental, divinizado,
el héroe ya no cumple tarea alguna
y su ejemplo no puede seguirse.
La columna se interrumpe al pie del sol,
definida hasta el agotamiento. Ruinas
espléndidas, más fuertes que las olas
sucesivas del mar envenenado.
Pero el coloso no escucha la radio
de los inquietos domingueros,
ni los mira lavar sus coches
mientras corren los futbolistas.
Nosotros lo miramos, incrédulos
de que el trabajo y el hambre algún día
puedan cesar hasta el punto exacto
sobre el que él reposa, intacto
dentro de sí aunque le falten partes
que nosotros no podemos desechar.
Ebullición. La hora de las cigarras.
Las tres en punto justas de la tarde
en el medio del verano moderno.
Silencio atónito, atonía de fondo.
Sudor de edificios. La luz lenta
en el balcón donde arde un cigarrillo.
Lento, lento en la brasa, al compás
de la hora que asciende en el aire,
evaporándose, quieta, horizontal
en la vertical. Todos hemos parado
a la vez, en el mismo punto ciego.
Nadie pica ni taladra ni martilla
dentro del alto, paréntesis tan claro
que sus límites no se ven. Vértigo
del sueño, porque esta obra en marcha
que en la distancia nos descubre
al realizado realizador de proezas
para siempre concluidas, no puede
ser más real que sus hazañas: hoy
es día de ocio y culto, sostenido
todavía por los tibios portadores
de un fuego encendido hace ya tanto
que sus cenizas casi se confunden
con las del templo entre cuyas ruinas
se alza el glorioso indiferente, así
que resulta imposible estar trabajando
o haciendo una pausa en el trabajo
para nosotros, pasajeros a su sombra.
Enero 2017

