Faulkner o Hemingway

«Nacido varón y soltero desde su más tierna edad. Posee su propia máquina de escribir y sabe usarla.» (W. F.)

Hace ya muchos años, entre otras cosas, yo era redactor publicitario. Por si algún aficionado a las letras no lo sabe, o no ha leído 13,99 euros, de Frédéric Beigbeder, donde tantos aspectos de la profesión son novelados, explico que en tal oficio lo habitual es trabajar en equipo con un director de arte, responsable de la parte gráfica como uno lo es de las palabras, bajo la supervisión de un director creativo, quien lo haya creado o no es responsable ante todos del así llamado concepto. Podríamos reírnos un rato considerando el modo en que expresiones como concepto o estética son utilizados en el campo publicitario, pero éste no es nuestro tema sino otro, a propósito del cual y como introducción narro esta anécdota.

Había escrito yo entonces una serie de textos para una campaña, cuando mi director creativo, hombre de lecturas como en aquel tiempo solían serlo aún estos profesionales, después de examinarlos, negando suavemente con la cabeza, por fin me dijo:

–Menos Faulkner. Más Hemingway.

Y no hubo necesidad de más explicaciones. Talé, corté, simplifiqué, separé en lugar de enlazar y lo mismo quedó dicho al previsible gusto del cliente. Aunque dudo todavía de que éste o cualquiera de sus representantes supiera mucho de literatura norteamericana, al contrario que mi buen director.

El modelo anglosajón

Hace dos o tres semanas, aunque no por segunda vez, volví a encontrarme con el tema. Recibí, como book doctor que soy ahora entre otras cosas, una consulta. El escritor me pedía una opinión sobre sus textos a propósito de la siguiente cuestión: ¿era su lenguaje enmarañado, confuso, digresivo, complicado, como le reprochaban ciertos amigos suyos, buenos lectores de formación universitaria versados en papers de universidades sajonas, que le aconsejaban, en cambio, “hacer oraciones cortas con pensamientos simples”, evitando la fatiga al lector? ¿Tenían razón en sus críticas, debía él contrariar su tendencia a entrelazar los argumentos en lugar de permitirles simplemente sucederse, su preferencia por construir esos castillos de subordinadas necesarios para su satisfacción en lugar de procurar la facilidad de lectura y la comprensión inmediata?

No hacía falta ir a la universidad, donde no he ido, para recibir semejante recomendación. Desde los primeros grados de la escuela primaria, desde las primeras composiciones que nos vemos forzados a hacer, nuestras maestras nos predican la biblia de la concisión: frases cortas, ideas sencillas, construcciones donde lo primero es evitar a toda costa el error que acecha al cabo de cualquier oración que se aventure más allá de cierto límite. Barroco es en esas bocas un adjetivo invariablemente censor, que se pronuncia con el mismo gesto cansado del jardinero que ve una y otra vez el mismo yuyo reverdecer. Sin embargo, fue el barroco jesuita Gracián el que dijo aquello de “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. ¿Estaría hablando de otra cosa? Nietzsche: “Toda verdad es sencilla. ¿No es ésta una doble mentira?” Frase corta, idea compleja. Como se ve, los modos son muchos. Podríamos convenir en su coexistencia pacífica, con la figura “frase compleja, idea simple” como tonto de la fila. Sin embargo, ni convenimos ni hay paz alguna en esta coexistencia inevitable. ¿Qué es lo que se disputa entonces entre la tan predicada sencillez y la complejidad que tanto se le resiste?

Quizás todo sea cuestión de política y la política es cuestión de situaciones. Si me remito otra vez a la experiencia escolar, lo concreto del planteo me sugiere lo evidente: lo fácil de entender es fácil de juzgar, con lo cual naturalmente resulta preferible para el espíritu de vigilancia y examen característico de la voluntad educadora, cuya tarea, por otra parte, cuenta con un tiempo fatalmente acotado en el que cumplirse. Desde este punto de vista, el del tiempo considerado como un lapso dentro del cual obtener o no determinados resultados, la deliberada claridad u oscuridad de una lengua se carga de una intencionalidad y una representatividad que excede en mucho los límites de la estética, o en todo caso compromete a ésta con cuestiones insolubles dentro de su solo campo.

La lengua de la acción

El lenguaje sencillo, explícito, inequívoco, de propósitos dominados y claridad meridiana, aspira a la legalidad. Es decir, a cumplir la Ley, por más imaginaria que ésta pueda ser. Es, pues, el lenguaje de la acción: de la acción previamente resuelta y ejecutada, de la orden y la obediencia, de la correspondencia exacta entre intención y efectuación que cree así ponerse a salvo del cuestionamiento. Es también el lenguaje de la educación entendida como capacitación propio de las universidades orientadas hacia el mundo de la empresa, con independencia de que no enseñen Management (el corrector ha puesto la mayúscula; la dejo para que se vea en qué tiempos vivimos) o marketing sino alguna ciencia o arte. Es, inevitablemente y sin necesidad de recurrir a la religión como argumento, el lenguaje de la represión, de la censura de todo aquello que en su proliferación desborda el cauce determinado por la dirección de la maniobra. Es, con toda evidencia en nuestra época, el lenguaje de la comunicación, presionado sin cesar por la obsesión de la actualidad, de lo que llaman “tiempo real” (la anulación del tiempo), por la necesidad no ya de velocidad sino de inmediatez, que prescinde, al contrario que la lectura de poesía, de todo aquello que no se entienda leyendo de corrido, a saltos, en caída libre mejor por el foso entre las escaleras que por sus escalones hacia el punto final, porque es en el fondo el lenguaje del comercio en una época en que el crédito merma cada vez más en todos los sentidos y el que vende primero tal vez sea una y otra vez el único que vende. La voz de un locutor neoyorquino me lo recordaba cada mañana hace unos años en el piso de Brooklyn donde paraba en esa ocasión, remachando incansable “Get it first, get it fast, get it now!”, sin temor alguno, mientras durara la oferta, a repetirse. Lo que no recuerdo ya es qué ofrecía.

La suspensión del sentido

El lenguaje complejo, oscuro, ambiguo, cargado de turbias alusiones y sentidos mezclados que desbordan una y otra vez el discurso en el que vienen contenidos es propio del desacuerdo, del descontento, de la protesta, del persistente “no está todo dicho” de aquel que siempre tiene una enmienda que agregar a cada artículo de esa constitución que por otra parte realmente urge, en el mundo, dar por buena. Es el lenguaje de la desobediencia o la obediencia a regañadientes que se manifiesta en la sátira, en la parodia, en la caricatura, en la exageración y en la deformación de los rasgos del modelo que se quiere ejemplar; es el coro de ovejas desbocadas (¿pero quién las ha espantado?) que amenazan con devorar a su pastor, el lenguaje de la materia de golpe despierta, animada por un impulso propio, que no se deja reducir a los términos en que se le ha dirigido la palabra. Este lenguaje, que acostumbra disgustar a quienes aspiran a realizarse mediante un comportamiento intachable tanto como suele atraer y agradar a aquellos que rechazan el ejemplo de la autoridad, no puede imponerse como respuesta a la necesidad apremiante a la manera de aquel otro que se propone ante todo y en general como solución de problemas, sino que, para hacerse oír, para vivir, ha de seducir. Es decir, ha presentarse como un suplemento al infinito margen de lo dictado y desde allí extender su invitación, por sorpresa, a todos aquellos que paradójicamente la esperan aunque no lo sepan, adivinándolos y dejándolos a la vez, pues no podría hacer otra cosa, en libertad de aceptar o no. Circula por los mismos canales y en el fondo de los mismos discursos que el otro, pero quien acude a su llamada ha de saber que ha tomado un desvío que puede o no tener retorno. Es decir: no hay ninguna seguridad de que pueda darse cuenta de lo allí oído en la lengua que se habla de este lado y siempre quedará algo intraducible, o sea, incorregible, en el fondo del pozo donde toda voz resuena. Lo que esta lengua testimonia cada vez a quienes la oyen, con Ulises atado al mástil en su avanzada más extrema, es tal vez siempre la misma impresión básica expresada por Nietzsche: el mundo es más profundo de lo que te parece al ser de día.

Heráclito, ciudadano de Éfeso

Como una trenza, todo discurso es un entramado en el que cada uno de estos lenguajes vive a la sombra del otro, que a su vez en él se sostiene. Heráclito, llamado el Oscuro a causa de la dificultad de sus escritos, manifestó su desdén por sus conciudadanos abandonando el ágora para retirarse a jugar a las canicas o algo parecido con los niños de Éfeso. Interrogado por su conducta, respondió que hacer eso era “mejor que discutir de política con ustedes”. Comportamiento expresivo pero “oscuro”, averiguación correspondiente a cargo de la conciencia social acicateada, claridad de moraleja en la respuesta no menos ejemplar que agresiva. Sin embargo, como lo muestra la necesidad de indagar en la segunda réplica del diálogo, este ir y venir entre dos usos de la lengua, de la posibilidad o potencialidad de comunicar y expresar, genera confusión. ¿Por qué es primero el filósofo tan ruidosamente evasivo? ¿Por qué surge después tan “brutalmente honesto”? ¿Qué estrategia es ésta? ¿O se trata de la habitual alternancia entre el momento de la acción, aunque ésta aquí sea más que nada expresiva, y el de la reflexión, cuyo comentario es explícito? ¿Dónde está la claridad?

En realidad, si la oscilación entre una y otra práctica pareciera confundir a sus propios usuarios, que sin embargo y en rigor no incurrirían en contradicción alguna sino al obstinarse, como en cualquier polémica, en alcanzar una opinión definitiva, escoger un partido y fijar, de una vez por todas, una posición con sus valores y su normativa, esto se debe a la imposibilidad de deslindar limpiamente un lenguaje de otro, construidos ambos al fin y al cabo con las mismas palabras y casi el mismo modo de ligarlas. Como nos cuesta aguantar dentro un conflicto insoluble, procuramos la unidad y la coherencia poniéndonos de algún lado. Así es cómo se crean los estereotipos, por oposición y contraste. La razón convence, pero la imaginación seduce. La prosa y la poesía, Apolo y Dioniso, el norte y el sur, el día y la noche, el rigor y la exuberancia, masculino y femenino, clásico y romántico, arriba y abajo, el gobierno y el pueblo, lo claro y lo oscuro. Al modelo anglosajón predicado por sus amigos al solitario practicante de la escritura que me consultaba podríamos oponer, y éste es de hecho prácticamente el primer reflejo habitual y tal vez el origen mismo de este texto, el ejemplo de los muchos maestros de lengua endiablada que en el mundo han dejado sus obras. Pero no saldríamos del atasco, ya que aun manteniendo que la sencillez y la claridad se defenderían en su evidencia por sí solas mientras la complejidad y la oscuridad necesitarían una y otra vez justificarse o que se las justifique, o, mejor, que se les haga justicia, también esta argumentación parece una apología de una u otra de las partes y no nos saca de la aparente encrucijada.

Pasolini y el límpido Moravia

A inicios de los años 60, frente a ambos lados enzarzados como de costumbre, Pasolini escribió un poema titulado La reacción estilística en el que aborda a su manera la tan llevada y traída cuestión, reavivado entonces el conflicto por la polémica literaria italiana de aquel momento, bautizado irónicamente, por el mismo poeta aunque en otros versos, el de la “muerte del realismo”. En este fragmento se dirige primero a los “soberbios monopolistas de la muerte” (sic), interesados en el uso normativo de una lengua bajo su control y en la sumisión sin examen por otra parte a una razón considerada sólo como posesión. Luego invoca en su contra como aliados suyos a dos escritores de estéticas en principio –o en apariencia- tan opuestas como pueden serlo –o parecerlo- las de Faulkner y Hemingway. Escuchémoslo:

¡La Lengua es oscura,

no límpida –y la Razón es límpida,

no oscura! Vuestro Estado, vuestra Iglesia,

quieren lo contrario, con vuestra aprobación.

¡Gadda! ¡Tú que eres lengua oscura

y razón oscura,

rechaza sus interesadas alabanzas

en tu límpido raciocinio!

Moravia, tú que eres límpida lengua

y límpida razón, rechaza ese su

maligno utilizarte, en el oscuro puntillo

de tus nervios… Estoy solo,

estáis solos. En esta lucha que es la lucha

suprema, porque resume a toda otra,

nadie nos escucha.

El oscuro Gadda y Pasolini

Aquí Gadda y Moravia vendrían a ser más o menos los equivalentes de Faulkner y Hemingway en nuestro planteo. Aunque no exactamente, y lo preguntamos por primera vez: ¿de veras es tan claro el reticente Hemingway comparado con el caudaloso Faulkner? ¿Es justo ponerlo del lado del orden? Pasolini, como vemos, recurre a dos aparentes opuestos para a su vez oponerlos al poder que denuncia por su manipulación de los conceptos, la cual resulta en la inversión o adulteración necesaria para apropiarse mediante la comunicación de la realidad y administrarla: lengua límpida y razón oscura. Con la misma natural soberbia habla el poder económico hoy en día. De lo que no es difícil deducir entonces que lo decisivo en la elección de un lenguaje es aquello a que se haga oposición, el objeto cuya resistencia ha de probarse en la representación o en el análisis. Podemos seguir este vaivén en la historia misma de la literatura: a los abusos de una retórica siguen las censuras de una crítica como al absolutismo de una preceptiva responden las revueltas de la experimentación formal. Sólo que, como el objeto también es verbal, éste no es sino otro modo de rizar el rizo y los lenguajes que procuramos distinguir vuelven a trenzarse. Y sin embargo, aun trenzados, se ve que pertenecen a cabelleras distintas. ¿Hay salida?

Como no parece haberla, volvamos a Faulkner y Hemingway, ya no opuestos sino uno junto al otro, en la medida en que ninguna elección clausura la otra vía sino que sólo vale para ese turno. Es más, ni siquiera se trata de ellos o de sus obras, sino de las escuelas que cada uno representa o a las que sirve de ejemplo y modelo mayor: la jungla laberíntica sureña cuyo centro es un punto de fuga que se mueve y el nórdico iceberg a la deriva del que sólo se ve la punta, eso sí, con extrema nitidez. ¿Qué rasgo verbal caracteriza a cada una? Podemos tomar el más evidente, la frase. Por un lado está la frase larga, envolvente, en la que el lector se pierde y ha de volver a orientarse más de una vez antes de llegar a la  conclusión, realizando un trayecto durante el cual es sujeto a una prolongada exposición de toda clase de sentidos cruzados así como a un asalto a sus propios sentidos mediante estímulos tanto visuales como sonoros y demás; no en vano suele hablarse de música, perfume, textura y sabor al describirse este tipo de prosa, que en última instancia apunta a una percepción realista en la medida en que intenta traducir al verbo la propia presencia del mundo y sus efectos sobre quien lo capta. Por el otro, la frase corta no envuelve a su lector ni lo mueve de un sitio a otro sino que, respetando la posición del lector en su butaca, servicial en apariencia, muy apta para su transmisión por pantalla gracias a su sintética similitud con la imagen debida a la captación casi instantánea que admiten ambas, cumple un rol de unidad de información fácil de acumular que invita a la lectura veloz y permite a cada paso una comprensión inmediata; sin embargo, por lo menos en literatura, aunque yo no dejaría de tomarla de modelo para lo demás, es forzoso reconocer, así como posible definir a cada historia como “un secreto que se cuenta”, en cada frase escrita, detrás de su buen sentido explícito, aunque sea otro solo implícito que complica toda la recepción, dando a entender que aquello que se ha dicho quiere decir además o en realidad otra cosa. He aquí la sombra que acompaña siempre a toda frase concisa y radiante en su claridad, por mucho que ésta se empeñe en hundir su témpano bajo el agua.

¡Segundos afuera! Hemingway y su sombra

Recurriendo a una imagen, o a sus variaciones, podemos decir que, mientras la frase larga aleja al lector de la costa y lo embarca en una suerte de navegación estelar expuesta a extravíos, aventuras, mareos y monstruos marinos, la frase corta lo mantiene atado a un curso que sigue la orilla y va de puerto en puerto, en activo comercio con los muelles, sin poner nunca proa a alta mar ni dar la espalda a la sociedad de tierra firme. Sin embargo, a pesar de la evidencia de la imagen, su contenido es engañoso. A propósito de Stendhal, por ejemplo, tan citado modelo de concisión y brevedad, con cuyos textos medía Hemingway los suyos diciendo, satisfecho cuando lo estaba, cosas como “esto podría aguantarle diez rounds a Stendhal”, señala Philippe Sollers en una de sus últimas novelas cómo se nota que Beyle empieza una frase sin saber adónde lo llevará, y lo dice como elogio. No se trata, pues, nada más de sintaxis.

¿De qué se trata entonces? En gran parte, lo hemos desarrollado hasta aquí. Pero podríamos continuar. La cuestión no se resuelve. Como todos los opuestos, estos resultan tan inseparables como irreconciliables y en última instancia no son sino modos de una misma sustancia. Sin embargo, no son equivalentes ni están dispuestos a llegar a un acuerdo. Hemingway ponía delante de todos sus contemporáneos a Faulkner. Con diferencia. Pero lo malo de Bill, en su opinión, era que seguía y seguía escribiendo hasta cuando estaba demasiado cansado, demasiado borracho, hasta caer exhausto; le hubiera gustado ser su editor. En cuanto a Faulkner, colocaba en la cima del podio de los autores norteamericanos a Thomas Wolfe, a cuya derecha se paraba él mismo dejando el lado izquierdo a Hem. Lo malo de éste, sin embargo, dijo una vez, era que “nunca se arriesgaba”. ¿Cómo? ¿Y la guerra? ¿Y el boxeo? ¿Y las cacerías? Quizás, entre la exposición abierta del caos y el señalamiento de su posición por un velo sospechosamente terso y bien tendido, había para Faulkner una medida de coraje. La elipsis jamás compromete tanto ni deja a nadie tan al descubierto como las palabras que no ha reprimido y todo alumno sabe además a lo que se expone cuando abandona los rieles de la sintaxis recomendada por la academia. ¿Pero conocen acaso sus profesores realmente el iceberg en cuya punta están parados?

Maestros añejos

Una escena de Godard

De parte de las cosas

Jean-Luc Godard nunca rodó esta escena, que ocurrió en París, donde nació, durante su infancia cuando aún, como hoy, vivía en Suiza.

Comedia a la irlandesa

Un hombre joven oficia de secretario para otro mayor que le dicta lo que aún habrá de corregir una y mil veces. Los dos han llegado hasta esa habitación desde su no tan lejana Irlanda, donde nacieron con veinticuatro años y unos pocos meses de diferencia, siguiendo erráticos caminos comparables más que nada a sus propios pasos alcoholizados en la repetida noche parisina. Pero ahora, sobrios, trabajan. Alguien llama a la puerta. “Pase”, responde el hombre mayor, mientras el otro no levanta la vista del texto. Alguien pasa y entrega un sobre o deja algún objeto sobre alguno de los muebles a los que ninguno de los dos colaboradores presta atención y vuelve a salir. Puede ser la mujer o la hija o el hijo del dueño de casa, que de tantas casas y ciudades ha sido desalojado en su vida; en todo caso esta persona es muy discreta, no pronuncia una palabra y al cerrar la puerta lo hace con un sigilo que diríamos consciente o quizás tan sólo resignado a la importancia de la operación que no debe interrumpir. El hombre mayor sigue dictando, pone un punto y pide al joven que le lea lo que ha escrito por su mano. El mismo texto vuelve a oírse en el aire atento y terso de la habitación, ahora dicho por el fruto extraviado de una educación protestante como antes, de acuerdo con el orden histórico y genealógico, fue pronunciado por el hijo descarriado de la iglesia católica. Éste, casi ciego y por eso necesitado de escribas, no escucha al otro ni a sí mismo sino a eso que circula entre los dos, en “el espacio entre las cosas” del que hablará en sus películas el cineasta aún ausente. Y un elemento extraño le llama la atención, algo ajeno que otra vez se ha colado en su discurso, el discurso del que procura expropiarse. “¿Qué es ese “Pase”?”, pregunta, aislando por un momento el cuerpo infiltrado como quien saca un pez del agua para examinarlo. “Usted lo dijo”, responde el secretario, que nunca trabajó bajo ese título aunque la chismografía literaria se haya complacido en concedérselo con los años. ¿Recuerda el irlandés que empieza a hacerse viejo el llamado a la puerta y su respuesta de hace unos minutos? No dice nada, pide al hombre que tiene la misma edad que sus hijos que le relea el fragmento, piensa un instante y decide: “Tiene razón, déjelo”. Corten.

El artista como secretario

Así trabajaba Joyce, así no trabaja casi nadie. Tal vez ni siquiera Beckett, el fiel escriba de la anécdota, o por lo menos tampoco él hasta ese punto. Esto ocurría en los años 30, durante la producción de la hoy todavía ilegible para casi todos Finnegans Wake, novela a la que Beckett, joven airado por entonces, se refería en los siguientes términos: Aquí tenéis páginas y más páginas de expresión directa. Si no las entendéis, señoras y señoras, es porque sois demasiado decadentes para recibirlas. No estáis satisfechos a menos que la forma esté tan separada del contenido que podáis comprender aquella casi sin molestaros en leer éste. Y concluía señalando lo que admiraba especialmente en Joyce: Su escritura no es acerca de algo; es eso mismo en sí. Lo que es posible comprobar leyendo Ulises o el Retrato: cuando Joyce llama al perro, el perro viene, está ahí. Beckett lo ha dicho bien al hablar de expresión directa. ¿A qué se debe entonces la ya mítica dificultad de lectura, para los lectores que adivinamos detrás de los decadentes señores y señoras a quienes se dirige el ocasional secretario, de un escritor semejante?

«¡Alguien falta aquí y es Simonot!»

Decadencia: la sola palabra supone una relación con el tiempo y una actitud hacia el mundo. La narrativa habitualmente restituye, mediante el uso de los pretéritos imperfecto e indefinido, algo perdido que de antemano se ignora lo que pueda ser pero a lo que el lector, al abrir el libro, ya le ha hecho el hueco. En el cine ocurre lo mismo y es normal: se da cita a un público, se lo deja a la espera hasta que sienta que algo falta, se instala algún objeto en ese vacío y se lo vuelve a perder poco antes del desenlace dejándolo suspendido en ese espacio virtual que es el pasado en conserva, desde donde queda sobrentendido que, perdido para siempre, se lo podrá recuperar cada vez, al menos en efigie. Di Caprio hundiéndose con el Titanic, para entendernos rápidamente. Violines y suspiros. Mirada al más allá, maquillaje del tiempo. Había una vez.

La historia como pesadilla

¿Pero es necesario este rodeo para entendernos? Pues pareciera que sí, que así es, que es el espacio definido por este rodeo el lugar donde las voces que hablan “acerca de algo” desplazan a “eso mismo en sí” y alcanzan a expensas de esa exclusión una especie de armonía, de acuerdo, de consenso. Si, como declaró Artaud, “la sociedad reposa sobre un crimen cometido en común”, tal como dijo Voltaire “la historia es una mentira sobre la que en general estamos de acuerdo”. Joyce, en cambio, por boca de su alter ego Stephen Dedalus, dice: “La historia es una pesadilla de la que quiero despertar.” No anda lejos del ángel de la historia tal como lo veía Walter Benjamin, arrastrado por un huracán hacia el futuro mientras veía, mirando hacia atrás, todo el pasado de la humanidad como una inagotable acumulación de ruinas. ¿Pero cómo interrumpía Joyce su pesadilla, si es que podía, y creemos que sí? ¿Cuáles eran sus accesos de lucidez? Estos, en un comienzo, se presentaron como esos cuerpos extraños que afortunadamente el joven Jim no dejó de registrar: las famosas epifanías de las que luego más de una vez se serviría en sus obras mayores. ¿Y qué son esas epifanías sino algo así como trailers de ese anhelado despertar, como gotas de esa esperada lluvia que cortan, con su súbita irrupción, el hilo del discurso consensuado o narrativa lineal propio de esa abigarrada cronología habitualmente llamada historia? Luego Joyce radicalizó el procedimiento, como acabamos de ver en su escena con Beckett, hasta alcanzar esa “expresión directa”, como la llamaba el joven Sam, quien preveía sin embargo las dificultades de comprensión que tal manera de escribir plantearía al público lector; dificultad que persiste, por otra parte, como lo prueba la repetida resistencia de cada generación de lectores a este tipo de expresión. Y es que no es fácil para nadie renunciar, justamente, al espacio abierto por una evocación que, aunque fraguada, es la que permite el despliegue del imaginario común, aquél a partir del cual nos entendemos, dentro del cual se restituye cada vez el equilibrio entre las representaciones, que mantiene las cosas en su sitio, nos permite reconocerlas y en el que se gestiona la circulación entre lo que suele llamarse ficción y lo que suele llamarse realidad. El público lector defiende ese territorio, por más imaginario o hasta ilusorio que sea, ya que al parecer es ese mismo territorio el que lo define como público, el lugar de su asentamiento, la platea misma, de la que se resiste a ser desalojado para ser llevado quién sabe adónde. ¿Fuera de la historia, tal vez? La narrativa, donde sea que se produzca, no puede dejar de verse afectada por esto, ni tampoco su recepción. Y la diferencia, o la grieta, reaparece en cualquier terreno donde resurja la “expresión directa”, volviendo a plantear los mismos problemas, o más bien el mismo problema esencial. Cuando a mediados de los 60 Bob Dylan cambió de registro y debió vencer la resistencia de gran parte del público que había conquistado hasta entonces, expresaba su satisfacción con sus nuevas canciones en términos parecidos a los empleados por Beckett para hablar de Joyce: “Lo que escribo ahora es mucho más directo, más conciso”, decía de esas letras suyas que condensaban veinte historias en diez estrofas en lugar de, como antes, desplegar una en cinco o seis. Y también se refería pacientemente a cómo “el público no puede saltar de cima en cima, sino que debes llevarlo a través de los valles”. Concisión, condensación, concentración de sentidos en una imagen compuesta contra la atención dispersa en una serie de apariencias restituidas. La paradoja, sin embargo, es la siguiente: al parecer, cuanto más directo, más difícil de entender. ¿Por qué? ¿Qué se interpone entre la expresión directa y su receptor o más bien qué mediación exige éste aun sin saberlo para recibirla?

El cielo de Pasión

Alojar lo inmediato. Y hacerlo inmediatamente, para que siga siéndolo. Como lo hace Joyce en el episodio referido, como lo ha hecho Godard siempre además de decir que lo hacía. “Flaubert tenía que decidir si el cielo estaba azul o gris, yo lo filmo como esté: tomo directamente lo que está ahí”, explicaba cuando la crítica todavía se empeñaba en comprenderlo. Y también, lo que es importante: “No se trata de improvisación, sino de puesta en escena en el último minuto”. Lo que es más una puntualización que una negativa pues, si es cierto que el cuerpo del jazz se despliega mayormente en la improvisación, también lo es que ésta es definida por el tema y que, como bien ha dicho Sollers, cuanto más presente se encuentre éste menos falta hace reproducirlo, con lo que basta una alusión. Pero justo así es como a muchos oyentes los temas se les vuelven irreconocibles y la música se les estropea, lo que nos devuelve al problema original. Ya lo dijo un historiador, Eric Hobsbawm: el jazz es “demasiado bueno para la humanidad”.

Hacer música con la pintura

No hay gitanos ni toreros en la Carmen de Godard, ni tempestades o naufragios en el Ulises de Joyce. El tema es otra cosa. Pero la dificultad, aunque vinculada con esta diferencia, es otra cosa también. El punto de partida, familiar para la generación de Godard que creció en el París de posguerra, puede situarse en el “estar arrojado ahí” existencialista, que aunque entonces era novedad tampoco se hacía sentir por primera vez. No es un punto de partida histórico, por otra parte, sino una situación de base: la existencia, como salía en La náusea. Pero lo que cuenta, en relación con este argumento, no es tanto ese material como el modo de proceder con él. William Burroughs dijo que un escritor escribe sobre lo que tiene delante en el momento de escribir y describía su título El almuerzo desnudo de esta manera: “un instante helado en el que todos y cada uno ven lo que tienen en la punta de sus tenedores”. Esa visión instantánea, capaz de tomar por sorpresa a espectadores y lectores, no es ilustración ni restitución de una historia anterior o familiar, sino composición de elementos esenciales, es decir, no anecdóticos, atrapados al vuelo por la atención mortal y distribuidos en un orden significativo por un arte combinatoria en que es precisamente el carácter fugitivo de los acontecimientos el que hace de la capacidad de improvisación un factor fundamental, ya que es justamente de la partitura de las interpretaciones consagradas que se ha decidido prescindir. Y tampoco se trata de collage ni de tiempo abolido, aun si en estas obras lo elegíaco no funciona como recopilación justificativa al modo en que lo hace con su reconocida eficacia la nostalgia, sino del poder de captar y presentar el mundo o la vida misma como composición, como conjunto de límites permeables atravesado por una clave que, a la manera del viento, lo mueve todo pero sólo es percibida a través de sus efectos sobre la superficie. Lo infinito y lo inmediato, lo efímero y lo eterno quedan así alineados y al alcance de cualquiera, con tal de que, en lugar de remitirse a lo que ya sabe, acceda, como pedía Galileo en la obra de Brecht, a contemplar las estrellas por el catalejo que se le ofrece. Pero no hay caso: la respuesta habitual a la poesía es el desconcierto y en ese abismo que se abre entre expresión y comprensión vuelve a instalarse comúnmente, aprovechando la demora, el comentario en lugar del acto, la opinión en lugar de la palabra, el espectáculo en lugar de la visión. La humanidad quiere intérpretes, líderes y jefes.

En realidad, aunque a Godard no le gusten los Coen, el diálogo del gran público apegado a lo tangible y sediento de ilusiones con la expresión directa propia del arte mayor se parece a este otro de Miller’s Crossing, película rodada por Joel y Ethan en 1990:

Ese objeto irreductible

Verna: ¿Qué estás rumiando?
Tom Reagan: Un sueño que tuve. Caminaba por un bosque, no sé por qué. De pronto se levantaba viento y me arrebataba el sombrero.
Verna: Y tú lo perseguías, ¿verdad? Corrías y corrías, hasta que finalmente lo alcanzabas y lo recogías del suelo. Pero ya no era un sombrero, sino que se había transformado en otra cosa, en algo maravilloso.
Tom Reagan: No, seguía siendo un sombrero. Y no lo perseguía. Nada más tonto que un hombre persiguiendo su sombrero.

Una dosis de inteligencia

En las antípodas de Forrest Gump, ¿verdad? O, como decía Valéry a través de su criatura Monsieur Teste, “la estupidez no es mi fuerte”. ¿Pues no es una especie de debilidad mental lo que acecha tras la nostalgia y la compasión inducidas por la restitución fatalmente fraudulenta de un tiempo perdido que nunca ha sido de nadie y cuya exposición coherente depende de establecer una línea continua, sin puntos sueltos y, en última instancia, fácil de seguir? “Todo lo excelso”, en cambio, dice Spinoza, “es tan difícil como raro”. La expresión directa, que, muy al contrario, suele dejar una impresión de “montaje de choque”, lleno de elipsis y piruetas, pertinazmente acusados de vana provocación sin más allá, no ahorra dificultades al lector. De ahí otra vez el desconcierto, especialmente en nuestro tiempo: no trata al lector como un cliente ni hace de él un consumidor, puesto que en absoluto le reconoce esos derechos. Pero no en vano afirmaba Faulkner que había que entrar al Ulises de Joyce como los viejos creyentes al Antiguo Testamento: con fe. Ya que aquello que no es obvio siempre arriesga no parecer concreto, pero lo concreto, sin embargo, es eso que resiste a la idealización de las apariencias y por eso acaba con la alienación. O por lo menos la interrumpe de vez en cuando para dejar pasar una idea.

La cama de Onetti

La ficción supera la realidad. Lo que hay es poca gente que sepa cómo. Así que dejemos hablar a Larsen:

El hombre que soñó a Brausen

–Usted puede ir a Santa María cuando quiera. Y sin que nada le cueste, sin viaje siquiera. Escuche: yo nunca gasto pólvora en chimangos, así que nunca compré ni uno de esos que los muertos de frío de por allá llaman los libros sagrados, ni tampoco los leí. Yo no puedo hacerlo, pero usted sí. Quiero decir, la prueba que le propongo. Porque yo me eduqué en la universidad de la calle y usted es hombre de lecturas. Fíjese: un amigo me habló de esos libros en el Centro de Residentes. Y, discutiendo, me mostró un pedazo. Espere.

Se inclinó para meter una mano en el bolsillo trasero del pantalón y sacó una cartera negra con monograma o un adorno de metal. Escarbó en el dinero hasta encontrar un papel maltrecho y doblado.

–Léalo usted –me dijo.

Onetti de pie

“Además del médico, Díaz Grey, y de la mujer, tenía ya la ciudad donde ambos vivían. Tenía ahora la ciudad de provincia sobre cuya plaza principal daban las dos ventanas del consultorio de Díaz Grey. Estuve sonriendo, asombrado y agradecido porque fuera tan fácil distinguir una nueva Santa María en la noche de primavera. La ciudad con su declive y su río, el hotel flamante y, en las calles, los hombres de cara tostada que cambian, sin espontaneidad, bromas y sonrisas.”

–Brausen. Se estiró como para dormir la siesta y estuvo inventando Santa María y todas las historias. Está claro.

–Pero yo estuve allí. También usted.

–Está escrito, nada más. Pruebas no hay. Así que le repito: haga lo mismo. Tírese en la cama, invente usted también. Fabríquese la Santa María que más le guste, mienta, sueñe personas y cosas, sucedidos. Piénselo –dijo-. Para usted es fácil. Puede quedarse aquí el tiempo que quiera. Sin costo. Hay servicio de restorán, minutas digo.

Me levanté para acompañarlo y a pesar de los gusanos no me dio asco apretarle el frío de la mano.

Juan Carlos Onetti, Dejemos hablar al viento, 1979

«A Dios cualquiera lo pasa»

Sam Shepard y la sociedad del espectáculo

El escritor es la estrella

Dramaturgo y narrador, guionista y músico, cineasta y actor de cine, desde los años 60 Sam Shepard ha sido una presencia constante en más de un escenario de la producción cultural norteamericana. Esto ha hecho de su obra no sólo un punto de cruce entre diversas disciplinas artísticas sino también, al nutrirse de muy distintas y heterogéneas fuentes, que abarcan desde el teatro del absurdo y la poesía beat hasta el rock’n’roll, el pop art y el cine de género, un revelador espejo del carácter de la cultura que reúne todas estas manifestaciones dispersas. Si en una primera etapa los personajes de sus dramas buscarán crearse una identidad a partir de la identificación con diferentes figuras de la mitología popularizada por la contracultura de la época, el posterior y muy particular viraje hacia el realismo permitirá la afloración de un pasado y de la historia oculta tras las máscaras y las pantallas de la imponente sociedad del espectáculo consolidada en la segunda mitad del siglo 20. Este viraje se sitúa a fines de los años 70, cuando los representantes de la revuelta juvenil de la década anterior alcanzan la madurez y la estética pop ya se ha vuelto la de la sociedad entera. Entonces Shepard, como tantos protagonistas de sus obras, escapa de la escena que parecía constituir su entorno natural o más bien cambia de piel: inicia una carrera en Hollywood, excluye al rock de su teatro y abandona él mismo los explosivos collages audiovisuales con los que solía sorprender a su público para concentrarse en una dramaturgia cada vez más preocupada por el sentido, en la que ya no se tratará tanto de hacer visible lo invisible como de mostrar la gravitación de la experiencia real sobre los simulacros instalados. Es en este período cuando escribe la serie de family plays que, consideradas en su momento por algunos críticos como el cauteloso regreso de un artista extraviado a un teatro tradicional y hasta conservador que nunca había practicado antes, acabarían por representar el cuerpo de obra más clásico del dramaturgo, en el sentido de llegar a ser su trabajo más difundido, estudiado y traducido a otras lenguas. Lo que en cambio aún quizás no ha sido suficientemente explicitado son las consecuencias de este cambio de estilo con respecto a la temática del artista, aspecto que por otra parte ha sido siempre de los más difíciles de esclarecer para la crítica, concentrada en los valores formales de Shepard con preferencia sobre las cuestiones de que trata, a las que suele identificar con una serie de tópicos como la muerte del sueño americano o la decadencia de los mitos nacionales, que poco aportan a una definición más precisa. Cuando hablamos de una obra que justamente apunta a confrontar fachadas como las de estas grandes generalidades con la emergencia de súbitas evidencias parciales.

Situacionistas ante el espectáculo

Desde que Shepard estrenó sus primeros espectáculos, han pasado cuarenta agitados años durante los cuales el lugar y la función del espectáculo en la sociedad han sido radicalmente desplazados. La sociedad del espectáculo es el título de un libro profético publicado por Guy Debord en 1967, en el que al escritor situacionista le basta su estado incipiente para caracterizar a la sociedad del capitalismo absoluto en la que vivimos ahora. Según Debord, el habitante de esta sociedad está condenado a una minoría de edad irrevocable, dada su incapacidad para operar sobre una realidad que, dominada por intereses que no contemplan su opinión ni sus decisiones, tampoco le pertenece; a lo único que tiene acceso, como actor o espectador, es a una sucesión de manipulaciones de la apariencia que entretienen o distraen su nulidad. La sociedad del espectáculo se presenta como un espectáculo en continuado cuya continuidad es precisamente la clave de su supervivencia. Si el espectáculo una vez pudo ser aquel espejo de la sociedad que, interrumpiéndola, decía lo que la sociedad callaba, la sociedad actual ha anulado esta imagen crítica volviéndose pura imagen ella misma, sin secreto ni cristal que la sostenga: una imagen total, ilimitada, capaz de asimilar como parte de sí cualquier imagen o discurso que se le oponga. Pero en la posguerra, cuando creció Shepard, el espectáculo recién comenzaba. Es más: pocos años más tarde, le ofrecería un lugar.

Patti Smith como Bob Dylan

Sam Shepard pertenece a lo que podríamos llamar la segunda generación del rock, la de Bob Dylan, Lou Reed, Frank Zappa, que recibió su formación en los años 50, cuando despuntaban los primeros albores de la cultura pop que hoy cubre cielo y tierra ya sea como arte, diseño, publicidad o merchandising: una cultura en la que juegan un papel principal los medios de divulgación y comunicación de masas, que a su vez determinan un tipo de formación evidenciada, por ejemplo, en personajes como los de Jean-Luc Godard, si los comparamos en este punto con los de las películas de Luchino Visconti. Estos últimos, adivinamos, han visto los originales de las pinturas que aquellos sólo conocen por láminas; de hecho, son reproducciones impresas lo que Godard nos muestra en sus películas. Consecuencia directa de esta educación es una conciencia en la que de algún modo los medios sustituyen a la realidad inmediata, así como las reproducciones reemplazan al original; lo que se ha visto carece del aura de la pieza única o legítima, y la mente se carga de imágenes y nociones a las que no da crédito ni valor plenos, como si pertenecieran a una religión que le es ajena: establece un lazo, vale decir, no con la cosa sino con su reflejo, mucho más cercano a un espejismo. Esta irrealidad de la cultura deja ante el individuo una tierra de nadie en la que ninguna representación puede arraigar. En la América de los 50, productora de imágenes que aún hoy tienen el estatuto de mitos, el encuentro con esta tierra de nadie fue para muchos la experiencia con mayor grado de realidad; también, debido al vacío cultural descrito, el motivo de una angustia falta de términos en los que explicarse o siquiera expresarse: a menudo fue el delito el síntoma de los más afectados.

El nacimiento de un dramaturgo

Las primeras piezas de Shepard lidian con este problema: el desconcierto ante el mundo de quienes sienten una fisura insalvable entre ellos mismos y la cultura en la que han nacido. Esta circunstancia puede identificarse con el abismo generacional del que tanto se habló en esa época, pero las obras no plantean enfrentamientos de padres e hijos o profesores y alumnos. Toda jerarquía es ignorada. Los jóvenes protagonistas de estas piezas parecen expresar directamente la perplejidad e inquietud del autor ante un mundo animado por continuos fenómenos sin razón aparente. A partir de esta sensación no se elaboran conceptos como alienación o mecanización, sino una serie de espectáculos que trasladarán a público y crítica el extrañamiento de los personajes. ¿Qué nos quiere decir Shepard? ¿De qué nos habla? Jacques Levy, director de escena, comentaba entonces que a Shepard no le importaba tanto decirle algo a una audiencia como hacerle algo. En efecto, la súbita irrupción de la sangre en el decorado completamente blanco de Cruz Roja o las señales de humo enviadas desde una parrilla en La Madre de Icaro son imágenes memorables de cuya contemplación se sale con una fuerte impresión. Pero a Shepard también le importa la verdad. “No sé cuántas veces escuché la pregunta”, ha declarado, “sobre de dónde vino la idea para esta o aquella pieza. Las ideas vienen de las piezas, no al revés.” Y también ha aconsejado, para entender sus obras, no buscar la clave en ninguna idea general sino permanecer apegado a lo que ocurre en escena “momento a momento” (“Stick to the moment by moment of it.”). Estas declaraciones encierran una pista sobre la ética del autor.

Hacer visible lo invisible

Cuando en 1996 se publicó Cruzando el Paraíso, que como Crónicas de Motel catorce años antes recogía diversos textos narrativos escritos por Shepard durante sus peregrinaciones automovilísticas, algunos críticos, inducidos tal vez por la figura integradora del autor asomando como personaje en varios de los relatos, hablaron de novela. Pero las narraciones de Shepard rara vez llegan siquiera a asumirse como cuentos: más bien son instantáneas de distintas situaciones a las que procuran captar en lo vivo de la manera más inmediata posible. La mayor riqueza del teatro de Shepard sobre su narrativa se debe quizás a la yuxtaposición que hace en escena de este tipo de instantáneas. Vemos sobre las tablas dos acciones divergentes y, no sabiendo bien cómo integrarlas, podemos tejer aleatoriamente significados múltiples sin que ninguno quede fijo. “Pienso que es un truco fácil resolver las cosas”, ha dicho Shepard, refiriéndose a la posibilidad de conciliar los elementos dentro de algún esquema abstracto que los explique. Semejante valoración del fragmento no disminuye la solidez de la construcción, determinante para la unidad de atmósfera necesaria en la ejecución de estos rituales. Sólo que aquí la construcción no responde a un esquema previo sino a una organización de las partes tipo collage: imágenes, palabras, acciones y sonidos van combinándose en una especie de bastidor provisto por la escena, hasta lograr una pieza que impresiona también como pieza, o sea parte, de un universo heterogéneo capaz de manifestarse bajo formas y ordenamientos muy diversos del que se nos ha presentado. El teatro que Shepard ha escrito no proviene de la tradición teatral exclusivamente, ni tampoco de la literaria: por el contrario, en sus decorados poblados muchas veces por desperdicios y restos de artefactos se ve la huella del pop art, así como el jazz le ofrece a menudo modelos de composición e improvisación. Otras fuentes señaladas por el autor son el vaudeville, los circos ambulantes, los ceremoniales de curación por la fe, las danzas en trance como las que practicaban los indios y hasta aquellos shows de medicinas típicos del Oeste, todas ellas formas escénicas que si tienen algo en común es su ausencia de tradición académica, rasgo seguramente sobrevaluado por los artistas de los años 60. Lo que importa indicar es que la elección de Shepard recae además sobre prácticas autóctonas marginales, a las que la cultura dominante no puede otorgar ni de las que puede extraer un sentido relevante.

Atrapado por el rock'n'roll

En 1967, cuando Debord publica su ensayo, hacen eclosión varios fenómenos que cambiarán abruptamente por lo menos la cara de la sociedad. Entre ellos podemos contar el movimiento hippie, la psicodelia, una moda cada vez más atrevida y la creciente liberación sexual. Es el momento aparentemente triunfal de la revuelta juvenil, cuya cara visible estaría representada por toda una serie de jóvenes figuras públicas, entre las que destacan varios exitosos artistas críticos de la sociedad capitalista y entusiastas de la experiencia vital fuera de sus límites, que parecen retroceder y en realidad se han ensanchado. El mismo Shepard es, en escala menor si lo comparamos con los Beatles o los Rolling Stones, un ejemplo: a los 25 años ya ha recibido importantes premios, Michelangelo Antonioni lo contrata para escribir Zabriskie Point y el estado subsidia una de sus piezas más aparatosas, Operación Sidewinder, donde gobierno y ejército hacen el ridículo. Como joven estrella del teatro en un período de abundancia, todas las puertas se le abren y también su mirada cambia: sus obras, protagonizadas antes por jóvenes tan ignotos como lo era él mismo, pasan a poner en escena las aventuras de seres míticos o al menos famosos: guerrilleros, bandidos del oeste, estrellas de rock y hasta extraterrestres animan las obras más abiertamente espectaculares que Shepard haya escrito, registrando a su modo la mutación social en curso. Sin embargo, en líneas generales, debemos decir que muestra mejor el síntoma de lo que hace el diagnóstico: la riqueza del planteo dramático y escénico no siempre va acompañada de una reflexión madura, y pareciera que el autor necesitara alejarse de su propia escena para ver claro.

El diente del crimen (1972)

En Londres, donde pasa la primera mitad de los 70, Shepard escribe una obra maestra en la que recoge y supera todo lo anterior: El Diente del Crimen. Como antes Melodrama, El Blues del Perro Loco, Cebo para la Bestia del Pantano y Boca de Cowboy, la pieza tendrá música de rock compuesta por el autor y ejecutada en vivo por una banda. Pero aquí la visión del artista como estrella, del creador convertido en figura, llegará a ser una metáfora capaz de iluminar tanto la experiencia de Shepard como la naturaleza de la sociedad en la que ésta se ha producido. Hoss, el protagonista, tiene todo el aspecto de una estrella de rock; por otra parte, se habla de él como de un verdadero matador. ¿Qué es, artista o criminal? No hay cómo saber cuál es su práctica específica. La escena nos presenta un mundo imaginario que comprendemos, así como la extraña jerga que hablan sus habitantes, de un modo casi visceral y apenas por referencias. De Hoss no sabemos si es músico, poeta o campeón de tiro, sino tan sólo que es el mejor. Pero él se siente amenazado por alguien que se acerca desde el exterior, alguien fuera de la ley, un “gitano”, como lo llama, que no juega según las reglas. Es Crow, quien viene a desafiarlo por la supremacía. ¿En qué? El enfrentamiento nos dará la respuesta. Se trata de un duelo de estilos, en el que cada uno de los duelistas, ante un árbitro, procurará eclipsar al otro con su modo de hablar, de caminar o de mostrarse. “Mi imagen es mi kit de supervivencia”, había dicho Hoss. “En cualquier área, el éxito depende de estar en escena”, escribió William Burroughs. Quien domine la escena será el vencedor, y éste será quien mejor logre sustituir su cara por su máscara, es decir, su propio ser por una apariencia idealmente sin reverso. Enfrentado a su doble superior, Hoss acabará matándose para dejar el trono a Crow, quien se sienta a esperar a su sucesor en esta vía del progreso. Y éste pareciera ser el destino del artista en la sociedad del espectáculo, que hace de él una figura mítica y de esta figura un alienante modelo de identificación para los seres anónimos que aspiran a una identidad. El deseo de un arte total y hasta de un más allá del arte, representado por la pura práctica estilística en la que Hoss compromete toda su persona, y que había animado tantas aspiraciones revolucionarias de los artistas de la época, lanzados a la copulación entre las distintas artes (teatro, danza, música, poesía, cine, plástica) como si a ninguna pudiera bastarle ya con ser ella misma, concluye en el entretejido multimediático de la sociedad del espectáculo, en cuya guerra de imágenes la expresión personal sólo puede sucumbir bajo el tráfico de signos. Si en 1967 el protagonista de La Turista podía acabar la pieza huyendo a través de la pared del fondo y dejando tras de sí el hueco de su silueta, como en un dibujo animado, al comienzo de Suicidio en Si Bemol, de 1976, esta silueta aparece en el suelo indicando la presencia de un cadáver, mientras que el músico que ha fingido su propia muerte para poder escapar será al fin descubierto y arrestado. Seducido, la última pieza del período, acaba con el mítico millonario Henry Hackamore volviéndose más fuerte con cada nuevo balazo que recibe y cantando “Estoy muerto para el mundo pero nunca nací”. ¿Es que nada hay que interrumpa la circulación de las imágenes?

Un clásico americano

A fines de los setenta, con La Maldición de la Clase Hambrienta y Niño Enterrado, Shepard se vuelca al realismo. Las celebridades dejan su sitio a familias ignotas de bajos recursos. Y en el puro presente del espectáculo en continuado se filtra por primera vez el rumor del pasado. El monólogo, un recurso característico de Shepard desde su primera pieza, adquiere un nuevo significado: si en obras anteriores solía ser una súbita irrupción de la interioridad del personaje y su construcción a menudo dependía de una asociación tan libre como la que organizaba la trama de la pieza, lo que surge ahora es una historia, en la que las piezas sueltas que hemos percibido van ligándose hasta hacer ver cómo han determinado el destino de los personajes. Marcados por la historia que han vivido, los protagonistas de estas nuevas obras ya no imaginan siquiera alcanzar una identidad a través de la identificación con personajes míticos o famosos; es más, ni siquiera logran a veces desempeñar un rol social. La experiencia imborrable resurge como un fragmento que no encaja, un trozo de realidad concreta imposible de subsumir en la abstracción totalizadora de una imagen pública. Shepard sigue negándose a resolver sus piezas, conduciéndolas en cambio a su punto de crisis: ya en los 90, Estados de Shock confronta a un coronel y un soldado lisiado que dice ser su hijo, mientras el coronel lo niega para afirmar que su hijo murió como héroe de guerra. Contradiciendo el hábito de las películas hollywoodenses de conflicto psicológico, el encarnizado y repetido intento de reconstrucción de lo que realmente ocurrió en esa batalla no aportará solución alguna ni catarsis: la obra termina congelando el cuadro cuando el soldado levanta un sable a espaldas del coronel como si fuera a decapitarlo. Tampoco Travis, mudo al comienzo de Paris, Texas, escapará de la incertidumbre cuando recupere la palabra y con ella su historia: reunirá a su mujer con su hijo, pero él mismo volverá a la carretera con rumbo desconocido. Y Locos de Amor, tal vez la mejor historia de Shepard, no ofrece otro destino a sus protagonistas: aquí, los amantes y medio hermanos Eddie y May disputan sin cesar hasta que narran a un tercero, en monólogos intercalados, como la madre de él mató a la madre de ella mientras ambos, adolescentes, se enamoraban uno de otro. Cuando entonces por fin se abrazan, reunidos por el recuerdo, su padre procura en vano separarlos. Pero la reconstrucción de su historia tampoco les permitirá unirse o separarse de una vez: ambos huirán de vuelta al camino, donde el conflicto que nos han mostrado seguirá latiendo. Nada se ha resuelto con el espectáculo; ni la pública aparición de estos personajes ni su reconocimiento por parte nuestra puede librarlos de los demonios de su propia y oscura identidad.

Samuel Shepard Rogers II y III

 

Philippe Muray en español

Dada la ausencia casi absoluta de traducciones de Muray al español y el interés que ha despertado la que hemos ofrecido previamente en este blog (https://refinerialiteraria.wordpress.com/2011/12/19/muray-el-inedito-3/), he aquí otro de sus Exorcismos espirituales, tan inédito en nuestra lengua como el anterior. Fue escrito en 1992 y el autor agregó una nota en 1997; el lector puede hacer hoy en día el correspondiente y debido aggiornamiento.

Philippe Muray ataca de nuevo

El deseo de penalización

De este legislar galopante, de esta peste justiciera que a toda marcha pone sitio a la época, ¿cómo es que nadie se espanta? ¿Cómo es que a nadie inquieta este deseo de ley que crece sin cesar? ¡Ah, la Ley! ¡La marcha implacable de nuestras sociedades al paso de la Ley! Ningún viviente de este fin de siglo está excusado por ignorarla. Nada de lo que es legislativo debe sernos ajeno. “¡Hay un vacío jurídico!” Éste no es sólo un grito en el desierto. De la papilla de todos los debates no emerge sino una voz, un clamor: “¡Hay que llenar el vacío jurídico!” Sesenta millones de hipnotizados caen todas las noches en éxtasis. La naturaleza humana contemporánea tiene horror al vacío jurídico, es decir a las zonas de vaguedad donde se arriesgaría a infiltrarse todavía un poco de vida, es decir de inorganización. ¡Una vuelta más de tuerca cada día! ¡Proyectos! ¡Comisiones! ¡Estudios! ¡Propuestas! ¡Decisiones! ¡Elaboración de decretos en los gabinetes! ¡Hay que llenar el vacío jurídico! Todo aquello con que Francia cuenta en asociaciones de familias aplaude con sus pinzas de cangrejo. ¡Llenemos! ¡Llenemos! ¡Llenemos aún! ¡Tomemos medidas! ¡Legislemos!

¡Santas Leyes, rezad por nosotros! ¡Enseñadnos el saludable terror al vacío jurídico y el deseo perpetuo de llenarlo! ¡Sujetadnos, amarradnos al borde del precipicio de lo desconocido! El menor espacio que no controléis en nombre de la neo-libertad judicialmente garantizada se convierte para nosotros en un agujero negro invivible. ¡Nuestro mundo está a merced de una laguna en el Código! Nuestros más acallados pensamientos, nuestros menores gestos están en peligro de no haber sido previstos en alguna parte, en algún aparte, protegidos por un apéndice, observados por una jurisprudencia. “¡Hay que llenar el vacío jurídico!” Éste es el nuevo grito de guerra del viejo mundo rejuvenecido por la transmisión integral de sus elementos a través del cubo de basura mediática definitivo.

Han hecho falta esfuerzos y tiempo, han hecho falta tenacidad, habilidad, buenos sentimientos y causas filantrópicas para incrustar bien hondo, en todos los espíritus, el clavo del despotismo legalitario. Pero ahora ya está, se ha hecho, todo el mundo lo quiere espontáneamente. La actualidad cotidiana ha devenido, en buena parte, la novela verídica de las conquistas de la Ley y los entusiasmos que suscita. Nuevos capítulos de la historia de la Servidumbre voluntaria se acumulan. La orgía procesalista no reconoce ya ningún límite. Si no evoco aquí los casos de magistrados vengadores, los escándalos por facturas falsas, la sombra “sublevada” de los jueces enloquecidos, es porque todo el mundo habla de ello en todas partes. Prefiero ir a buscar mis anécdotas en rincones menos visitados. No hay ilustraciones pequeñas. En Suecia, muy recientemente, un tipo llegó al máximo de la indignación con una película de Bergman que pasaban en la tele: ¡había visto a un padre dando un bofetón a su hijo! ¿En una película? Sí, sí. Una película. En la tele. No de veras. Lo que no impide que este gesto sea inmoral. Profundamente chocante, para empezar, y luego sobre todo en infracción con respecto a las leyes de su país. Con lo que va, sin más, a presentar una denuncia. A hacer perseguir por la justicia. ¿Quién no aprobaría a este hombre sensible? El cine, por otra parte, regurgita actos de violencia, crímenes, violaciones, robos, tráficos y brutalidades de los que es urgente purgarlo. Se atacará a continuación a la literatura.

¡Dura lex, sed tex! Hay veladas en que la tele, para quien la mira con la debida repugnancia, parece una suerte de foro de leyes. Es la marcha de los reglamentos. Un lex-shop a cielo abierto. Cada uno se descuelga con su borrador de decreto. Hacer un debate sobre lo que sea es descubrir un vacío jurídico. La conclusión es hallada de antemano. “¡Hay un vacío jurídico!” Podéis cerrar vuestro correo. El sueño consiste claramente en acabar por prohibir poco a poco, y suavemente, todo aquello que no esté aún absolutamente muerto. “¡Hay que llenar el vacío jurídico!” Ahora, la obsesión penalista ataca de nuevo frontalmente al placer. ¡Ah, esto da comezón a todo el mundo, recriminalizar la sexualidad! En América, se empieza a enviar a clínicas especializadas a aquellos a quienes se ha tenido éxito en hacer creer que eran adictos, enfermos, fanáticos enganchados al sexo. Aquí, en Francia, tenemos ahora una ley que permitirá castigar la seducción bajo sus nuevos hábitos de “acoso”. ¡Un vacío lleno más! De paso, depuramos el Minitel. Y después como broche de oro el Bois de Boulogne. Todo lo que se muestra hay que rodearlo, esposarlo con impuestos y decretos. En Bruselas, siniestros desconocidos preparan la Europa de los reglamentos. Todas las represiones son recomendables, desde la prohibición de fumar en lugares públicos hasta el pedido de restablecimiento de la pena de muerte, pasando por la supresión de ciertos placeres calificados de prehistóricos como la corrida, los quesos de leche cruda o la caza de palomas torcazas. Será llamada prehistórica no importa qué ocupación que no retenga o no envíe al viviente, de una manera u otra, frente a su pantalla de televisión: el Espectáculo ha organizado una cantidad suficiente, y bastante costosa, de distracciones como para que éstas, de ahora en más, puedan ser declaradas obligatorias sin que el decreto resulte escandaloso. Todo otro género de diversión es un irredentismo a borrar, una pérdida de tiempo y de Audimat*.

Todas las delaciones devienen heroicas. En los Estados Unidos, país de abogados delirantes, los homosexuales de punta inventaron el outing, forma original de chivatazo que consiste en pegar carteles con fotos de tipos conocidos por su homosexualidad “vergonzante” bajo el epígrafe “absolute queer” (completamente marica). Se los hace salir de su secreto porque ese secreto causa perjuicio, dicen, al conjunto del grupo. Se los confiesa a pesar suyo. A más vida privada, pues más hipocresía.

¡Transparencia! La palabra más desagradable que circula en nuestros días. Pero he aquí que este movimiento de outing comienza a ganar amplitud. ¡Los calvos a su turno se ponen también ellos a pegar afiches con fotos de celebridades a las que acusan de llevar pelucas (perdón, “complementos capilares”)! ¡Se desenmascarará a los empelucados que no se confiesen! ¿Y por qué no, a continuación, a quienes llevan dientes postizos, a las buenas mujeres con lifting, a los cardíacos con marcapasos? El enemigo hereditario está en todas partes desde que no se lo puede situar en ninguna, masivamente, ni al este ni al oeste.

“La mayor desgracia de los hombres es tener leyes y un gobierno”, escribió Chautebriand. Yo no creo que se pueda todavía hablar de desgracia. Los juegos de circo justiciero son nuestro erotismo sustituto. La nueva policía patrulla aclamada, legitimando sus ingerencias bajo la cobertura de palabras como “solidaridad”, “justicia”, “redistribución”. Todas las propagandas virtuosas coinciden en recrear un tipo de ciudadano bien devoto, bien embrutecido por el orden establecido, bien alelado de admiración por la sociedad tal como ésta se impone, bien decidido a jamás perseguir otros goces que aquellos que se le indiquen. Helo ahí, el héroe positivo del totalitarismo de hoy en día, el maniquí ideal de la nueva tiranía, el monstruo de Frankenstein de los sabios locos de la Benefactura, el buenhombre prefabricado que no folla sino con su preservativo, que respeta a todas las minorías, que reprueba el trabajo en negro, la doble vida, la evasión fiscal, las disyunciones saludables, que encuentra la pornografía menos excitante que la ternura, que no puede juzgar un libro o un film más que por lo que no es por definición, o sea un manifiesto, que considera a Céline un canalla pero que no tolerará que se cuestione, por poco que sea, a Sartre y a Beauvoir, los célebres Thenardier** de las Letras, que se espanta en fin como un vampiro ante un crucifijo cuando percibe un anillo de humo de cigarrillo en el horizonte.

Es la era del vacío, pero jurídico, la bacanal de los agujeros sin fondo. A toda velocidad, este pseudo-mundo que se pierde se halla en vías de recrear de cualquier modo un principio de militantismo generalizado que sirva para todas las situaciones. No hay una nueva inquisición, es un movimiento mucho más sutil, una creciente que brota por todas partes, y sería inútil seguir relamiéndose con el recuerdo de los antiguos procesos de que fueron víctimas Flaubert o Baudelaire: su persecución revelaba al menos una no solidaridad esencial entre el Código y el escritor, un abismo entre la moral pública y la literatura. Es este abismo el que se llena cada día y nadie tiene derecho a no ser voluntario en los grandes trabajos de nivelación de tierras. ¿Quién narrará está comedia? ¿Qué Racine osará, mañana, componer los Neo-Litigantes? ¿Qué escritor escapará del zoológico legalitario para describir sus infamias?

Nota agregada en abril de 1997

De más está decir que el fenómeno aquí estudiado ha conocido en todos los dominios, desde 1992, una extensión prodigiosa que no parece que vaya pronto a interrumpirse. De más está decir también que los ejemplos que había elegido, en aquél entonces, valían por muchos otros que era preferible (que es todavía, que es más que nunca preferible) callar. Sólo cuenta, en definitiva, y como siempre, el hecho de haber visto la cuestión mientras no estaba más que en los pródromos de su siniestro desarrollo.

1992 – en Exorcismos espirituales I, Les Belles Lettres, 1997

* Audimat era en su origen el nombre del primer sistema utilizado en Francia para medir el nivel de audiencia de televisión. Luego fue remplazado por el Mediamat, pero el término audimat sigue designando los resultados del nivel de audiencia para los diferentes canales.

** Thenardier: Monsieur y Madame Thenardier, personajes de Los miserables de Victor Hugo. Se caracterizan por su egoísmo, su afán de lucro a toda costa y su falta de solidaridad absoluta hacia la clase trabajadora de la que provienen.

¿Todavía no has leído a Philippe Muray?

Muray el inédito

"El hombre que lo había leído todo"

Philippe Muray murió hace cinco años. En Francia ha tenido una especie de resurrección durante los últimos meses gracias a un espectáculo teatral exitoso basado en textos suyos. En el resto del mundo son muy pocos los lectores que lo conocen. Apenas traducido, prácticamente inédito en el mundo de habla hispana excepto por un pequeño opúsculo titulado Queridos djihaddistas… prácticamente imposible de encontrar en librerías (como el resto de sus obras en francés, dicho sea de paso), resulta quizás todavía más difícil pensar en otro autor que, con obras de la envergadura de El siglo XIX a través de los tiempos o El imperio del bien, haya sido tan ignorado más allá de las fronteras de su país durante los treinta años transcurridos desde la publicación de Céline, su primera obra mayor.

Ensayista (Después de la historia), novelista (Posteridad, On fermé), crítico de arte (La gloria de Rubens), panfletista (La sonrisa con rostro humano), gran conversador (Festivus festivus, entrevistas) y hasta cantautor (Mínimo respeto, primero libro y luego disco de canciones satíricas), Philippe Muray no es sólo un gran escritor sino también un enorme personaje literario a descubrir para los lectores de nuestro idioma y casi todos los otros. Pocas visiones del mundo más consistentes y originales habrán cobrado forma en las últimas décadas. Para empezar a saber algo de él, es posible obviamente buscarlo en la Wikipedia pero también visitar su propia página web:

http://philippe-muray.com

También se puede encontrar la inolvidable entrevista, leída ya hace muchos años, a través de la cual yo mismo entré en contacto con él y su pensamiento:

http://poesiaargentina.4t.com/deriva/deriva2/sigloceline.htm

Por último, agrego a continuación mi traducción de uno de los cientos de ensayos reunidos en sus Exorcismos espirituales, cuatro volúmenes tan gruesos como sabrosos de intervenciones acerca de cuanta mutación social haya podido registrarse en los tumultuosos años correspondientes al último cambio de siglo. Es sólo una muestra del humor, la inteligencia, la franqueza y el coraje que caracterizan toda la obra de Muray.

Retrato del vanguardista

por Philippe Muray

La piedra del escándalo

Uno entre muchos méritos del ensayo de Benoît Duteurtre Requiem por una vanguardia reside en el clamor reactivo con que ha sido recibido. ¡Qué grito unánime! ¡Qué ola de indignación! ¡Qué ladridos de temor se han lanzado contra este libro! Una nueva figura se ha revelado, allí en la fiebre y en el escándalo. Un nuevo protagonista de la comedia de la sociedad ha aparecido. Una especie de “carácter”, del género de los de La Bruyère, ha hecho pública su voz, y es él, esta bella alma ofendida, de quien me gustaría intentar hacer el retrato, rápidamente, por el placer de prolongar, si no de parafrasear, el libro de Duteurtre.

Pero ¿cómo llamar a este individuo al que un simple balance concerniendo la modernidad artística de la segunda mitad del siglo XX, una obra de tono sereno, por lo tanto documentado, ni siquiera insultante, y consagrada en gran parte a la historia del movimiento musical contemporáneo, ha llegado a poner fuera de sí de semejante manera? ¿Cómo bautizar a este personaje? ¿A este Anarquista coronado que se aferra a su corona? ¿A este Pensionado de la sociedad? ¿A este Transgresor condecorado? ¿A este Inconformista subvencionado que exige seguir siéndolo? ¿A este Vanguardista reclutado? ¿A este Innovador perpetuo subsidiado a perpetuidad por el Estado? ¿A este héroe de la aventura moderna en vías de deshacerse? Qué importa su nombre, a decir verdad. Dejémoslo en la imprecisión, eso quizás le dé placer, a él que tanto le gusta lo “abierto”, lo “aleatorio”, lo “inacabado”, lo “flotante”. Captémoslo en plena acción, mejor dicho, en pleno arrebato de adrenalina y reflejos de supervivencia. Allí está, con sus gesticulaciones virtuosas, sus arranques de ofendido, que se manifiestan como su último rostro: el de alguien que ha jugado, desde hace tiempo, todos los triunfos modernistas, que ha tomado el hábito de considerar lo “nuevo” como una renta correspondiente a su posición, y a quien se ve de pronto enfurecido porque un joven escritor, detallando tranquilamente sus hazañas, buscando comprenderlo a través de sus pompas, sus obras, sus declaraciones, ha osado finalmente problematizarlo.

Nada más peligroso que el Vanguardista acorralado en su trinchera dorada. No son valores lo que defiende, sino intereses. Por muy poco se olvida hasta de ser educado. Atacado, se lo verá crisparse acusando a sus adversarios de crispación. Eminente como es raro serlo entre los artistas, trata a los otros de eminencias. Creador oficial, protegido, sobreviviendo en una tibia seguridad, continúa reivindicando para sí la llama, la novedad, el atrevimiento de la búsqueda, el frescor de la inexperiencia estrepitosa, la audacia, el encanto, la espontaneidad pimpante y vivaz. Cubierto de garantías, debe absolutamente pasar por maldito. Su fuerza inagotable es su insolencia. Desde luego, nadie sino él se imagina todavía que transgrede alguna cosa “haciendo hablar” al cuerpo, “deconstruyendo” la lengua o “provocando” al mercado del arte con sus exhibiciones: pero no se lo digáis, que le causaréis mucha pena. ¡Le dura, después de tanto tiempo, la cómoda certeza de que la lucha de la innovación contra la tradición es la condición del principio de desarrollo de la sociedad y de que se liquida automáticamente con la derrota ridícula de la tradición! Es todo lo que le queda del marxismo desvanecido, esta creencia enternecedora en que “lo nuevo es invencible”, el futuro es para él y el viento de la Historia sopla en sus velas. De pronto, si se da la impresión de atacarlo, es un sacrilegio, una afrenta incalificable. Un crimen que va mucho más lejos que la vanguardia misma: nada más criticarlo, es toda la humanidad la que arriesga verse privada de sus razones para tener esperanzas.

Por otra parte, y por principio, el Vanguardista coronado no debería siquiera tener que defenderse: el Dios de lo Nuevo garantiza su calidad. Se quiera artista, literato, músico, plástico o poeta, el Vanguardista deposita su confianza en un maniqueísmo espontáneo: esta guerra de lo Nuevo contra lo Antiguo, por la que explica el mundo y legitima su existencia, es Ormuz contra Arimán. Lo Nuevo triunfa sistemáticamente sobre lo Maléfico. Es por eso que, si se lo pone en duda, se pone siempre de muy mal humor. No son sus obras lo que se amenaza, es su imagen, su renombre bien establecido de campeón de la superación. Su reputación de franqueador de fronteras. A pesar de la extraordinaria cantidad de empresas desestabilizadoras, una más brillante que la otra, a través de las cuales se ha ilustrado, conserva al menos la fe en una coherencia: la de la Historia en consideración hacia él. Ésta no sería capaz de tratarlo inmoralmente, eso sería el mundo al revés. La necesidad de responder a sus detractores no es para él, entonces, más que tiempo perdido. Para él, el juego ha terminado. La partida está ganada. Estos ataques de la retaguardia lo fatigan de antemano.

El contemporáneo y el arte

Caballero de lo negativo, profesional de la perversión, funcionario de lo ambiguo y de la subversión, sus medios como sus fines siempre han sido moralmente irreprochables: la igualdad de oportunidades, la justicia social, los derechos del hombre, él los ha impuesto hasta en las artes. Con una radicalidad que da gusto ver. Una austeridad que fuerza al respeto. Donde haya elegido lucirse, en cualquier disciplina que haya hecho propia, se jacta en principio de no halagar los sentidos. La complacencia no es su fuerte. Ni la diversión, esa enemiga de lo serio, o sea, de lo doloroso. Como novelista, se lo ha visto expulsar de las ficciones al personaje de novela, depurarlas de ese pretexto burgués, de esa prótesis superada, en provecho del movimiento de la frase hecha trizas o del desplazamiento de los sujetos en la narración suspendida. Como pintor, se ha podido aplaudir la exposición de sus desperdicios más o menos reciclados, metáforas mordaces de la fecalidad, o sea del mercado del arte (veamos al “desolador Cy Twombly”, como escribe Duteurtre, lanzando “unas cuantas feas manchas mientras invoca a Poussin”). Como músico, en fin, su nombre es Boulez o Stockhausen, en su cruzada infatigable, durante los años 50, contra el sistema tonal, sus jerarquías, sus selecciones básicamente desigualitarias, su monarquismo estético. Ésa fue la gloriosa noche del 4 de agosto de la música, la abolición de las escalas sonoras como privilegios de otra era, de viejos escudos de armas pintados sobre las carrozas.

Nada ha resistido nunca al Vanguardista radical. Después de haber soñado, un poco bovarísticamente, desde el fondo de su provincia y de su condición modesta, con las grandes rupturas heroicas de los primeros cincuenta años del siglo, le ha sido dado, llegado el tiempo, regocijarse con ellas como farsa triste, pero aceptada. La realidad mediocre de sus orígenes lo había enfurecido, como Yonville l’Abbaye enfurecía a aquella pobre Emma. Rimbaud, Picasso, Duchamp, Artaud o Schönberg le parecieron los señores de un mundo superior. Se prometió que un día sería parte de ese mundo. En otros períodos, esta voluntad de incluir su sueño en la realidad habría encontrado quizás ciertas resistencias. Pero nuestra época es aquélla en que la realidad ha cedido, como se hunde un suelo. Él se ha beneficiado. Por primera vez, el sueño ha triunfado en la realidad misma. Se instala en todas partes. El deseo no ha sido siquiera tomado por realidad, como lo exigía el catecismo del 68; ha tomado el lugar de la realidad caída al baldío.

Ministro con fondo parisino

Es en este mismo impulso, en la misma época, que se extirpa a París su corazón latiente, Les Halles, y que Boulez, a dos pasos de allí, es propuesto para dirigir el departamento musical del futuro Centro Beaubourg. La era de la gran nada eufórica estaba por comenzar. No hubo que esperar más que hasta el 81, la victoria de la izquierda, la llegada de Jack Lang, para que todo se pusiera en marcha. Fue así cómo el Vanguardista se encontró coronado. Y un poco asombrado por tanta velocidad. Esta vanguardia, después de todo, a la que decía pertenecer, se encontraba en los márgenes, incluso en los subterráneos de la sociedad. Era en estas galerías de caras indecisas donde se elaboraba, a una luz de catacumbas, el trastocamiento encanecido de las viejas estructuras. Venido de muy abajo, el Vanguardista ha llegado tan rápido a lo más alto que todavía no entiende muy bien, hoy en día, cómo lo ha hecho. Ni porqué el horizonte cerrado de las artes le ha reservado tan jugosas aperturas.

“Rara vez un movimiento artístico”, escribe Benoît Duteurtre, “habrá estado tan adherido a la evolución social”. Collage es la palabra justa, y esta cola tiene un nombre: se llama Cultura. Es una sustancia pegajosa a la vez que elocuente destinada a adherir unos a otros un máximo de objetos hasta entonces disociados. Acabada la pegatina, se debería obtener, en principio, una humanidad reconciliada, lista para el largo periplo embrutecido de las festividades de después de la Historia. “El espíritu de nuestro tiempo es el de una sociedad cuyo menor suspiro se quiere ya cultura”, constata aun Duteurtre. Llegada a los puestos de mando, Madame Bovary es ministro de Cultura, Vida y Felicidad reunidas. Partiendo de las utopías de ruptura integral, el Vanguardista termina su carrera en la adhesión integral sin haber tenido que renegar en lo más mínimo de sus ideales “subversivos”, que concuerdan tan armoniosamente, de ahora en más, con la “rehabilitación” de Francia y las aspiraciones de las nuevas clases medias, tan preocupadas por su bienestar como por su standing cultural. La recuperación estatal de las formas más devastadas, su exhibición como valores positivos, son el pan cotidiano del Innovador promovido. Nada expresa mejor, en nuestros días, los sentimientos mayoritarios y consensuales que el elogio de la “modernidad”, casada en segundas nupcias con la propaganda publicitaria y los negocios, mientras conserva a través de los decenios una pequeña coloración “crítica” para dar mejor efecto. “La vanguardia dogmatizada y la lógica mercantil se dan la mano”, señala también Duteurtre. “La estética visionaria del fin del arte ha acompañado la ley destructiva de la renovación del mundo.”

Para evolucionar con todo como un pez en el agua, el Vanguardista se ha dado prisa en olvidar que las vanguardias estéticas nunca ha existido más que en la perspectiva de toma de poder de la vanguardia proletaria. Ha tenido siempre un poco de vergüenza, como de una baja extracción, de esta solidaridad ahora pasada de moda entre la lucha de clases y la guerra de los lenguajes o de las formas. De allí una cierta susceptibilidad que se le adivina, una ligera crispación. Esa obsesiva necesidad de respetabilidad. Esa dignidad a flor de piel. Esa carrera hacia las legitimaciones. Esas retahílas de “compromisos” píos, destinados a autentificar su aventura. A darle una pátina. Un sentido reluciente. Una suerte de santidad. Una luz de aureola y de martirio sin riesgo. El vanguardista es el único sacerdote que no estará jamás, en toda su vida, tentado de colgar los hábitos. Sólo ha cambiado de iglesia (¿De L’Humanité a lo humanitario?). Y proseguido sin aflojar su “misión espiritual” de esclarecedor del pueblo. La exposición de arte contemporáneo en la que muestra su “trabajo”, la sala de conciertos donde exhibe su tecnología, la novela-confesión de ciento cincuenta páginas en que detalla su agonía, son los templos a los que se acude, en menudos grupos fervientes, para escucharlo predicar. Nadie se ríe. Estamos muy lejos de las multitudes de otro tiempo tronchándose ante la Olimpia de Manet. ¿Qué multitudes, por otra parte? ¿Dónde las encontraremos, desde que todos los hombres son artistas, como lo ha decretado Beuys en una fórmula que no es quizás, en el fondo, sino un silogismo inacabado y revelador? Cualquier cosa del género “todo hombre es artista” o “el arte es mortal”, y la Cultura ha tomado el poder.

La característica esencial del vanguardista coronado, recordémoslo aún una vez más, es no haberse cruzado nunca, en su camino, con ninguna realidad. Ha podido ser maoísta, trotskista, letrista furtivo, postdadaísta, metasituacionista, criptovegetariano castrista o comunista muy crítico sin haber tenido que verificar lo que fuera de estas adhesiones virtuales, a diferencia de su antepasado, el vanguardista lúdico y concreto de entreguerras. Como lo muestra Duteurtre, la riqueza y la fuerza de las vanguardias de la primera mitad del siglo provenía de su choque con el academicismo: este enfrentamiento, al menos, todavía era una especie de realidad. La prueba de que subsistía una alteridad. Un enemigo a matar. Su sucesor autodeclarado, el Vanguardista condecorado, el Innovador contemporáneo a perpetuidad, nació sin enemigo como se nace rubio o moreno, ése es su destino. Prospera sin otro. Sin antagonista. Con total libertad. Ni bien se lo identifica, se ve acomodado con subsidios estatales y encargos oficiales. Luego, se aferra a sus perfusiones. Mientras lanza regularmente, contra las amenazas de regreso del academicismo, grandes gritos de alarma destinados por el contrario a darle un aire de seriedad y necesidad. Habiendo casi desaparecido el artista “pompier” o el pensador “reaccionario”, el Vanguardista consumado está sin cesar obligado a reinventarlos, aunque sea para justificar su propio lugar bajo el sol. Una buena parte de su tiempo se le va en denunciar la reaparición de “neoclásicos”, el clima de “nostalgia” que deviene malsano, la atmósfera de “pusilanimidad” inquietante, de “populismo” o de “restauración” que nos cuelga delante de la nariz: otros tantos peligros fantasmas que legitiman su presencia en las almenas del Progreso estético. En este dominio, como en muchos otros, la moral es el brazo armado del poder, el instrumento ideal del control y de la preservación de los intereses.

Pierre Boulez

De ahí una divertida paradoja: a fuerza de considerar que el período de “cambios”, el período en que el cambio se ha convertido en ley, en que lo “nuevo” se impone como un derecho adquirido, representando el final y la meta de la historia del arte, es el cambio mismo el que se ha convertido en lo que no debe nunca cambiar, y el vanguardista mismo quien se transforma en “pompier” de fin de siglo. Guardián de un templo ridículo superpoblado de oficiantes dispersos a la vez que vigilantes, su inmobilismo se traiciona de ahora en más en la menor de sus expresiones. “Desde que Duchamp lo ha recusado”, dirá por ejemplo, “lo Bello en sí ya no existe. Después de Nietszche, sabemos que no hay más verdades eternas. No se puede entender nada de la música de hoy si no se tienen en cuenta el serialismo y el atonalismo. Después del Nouveau Roman, no se puede escribir inocentemente. Después de Jean-Luc Godard, no se puede filmar como Marcel Carné. Después del dadaísmo, el arte ya no se puede separar de la vida.” Duchamp, Godard, el Nouveau Roman o las conquistas schönbergianas son para el Transgresor contemporáneo lo que la estatuaria para los pintores oficiales de antes del 1900: un capital del que picotear a la menor alerta, una batería de referencias indiscutibles, un rico arsenal de intimidaciones destinadas a cerrar el pico a los malos espíritus. Desde que se cree amenazado, el Vanguardista se ha puesto a gritar como los viejos Premios de Roma chillones del siglo pasado. La violencia de un Boulez, sus insultos asombrosos y sus silbidos de rabia, son los escupitajos de Gérôme. Es la vehemencia desesperada de Gérôme tratando a los impresionistas de “asquerosos”, o de “deshonor del Arte francés”, y amenazando a Bellas Artes con presentar su dimisión si el legado Caillebotte entraba al Museo.

En el fondo, la cuestión planteada por este Requiem es muy stendhaliana. Stendhal se acordaba de los grandes señores encantadores que había conocido en su infancia, antes del 89. ¿Por qué, quince años más tarde, se habían vuelto “viejos ultras malignos”? Porque en ese tiempo los sucesos revolucionarios, si no habían podido destruir a la nobleza, la habían hecho pasar de la inconsciencia a la conciencia. Al volverla visible, la habían vuelto también arbitraria, artificial y frágil. El noble de después de 1815 estaba obligado sin cesar a defenderla, aferrarse a ella y justificarla. De allí su “malignidad”. Entre el Vanguardista de hoy, triunfante pero huraño, y su “antepasado” de entreguerras, no es una revolución la que lo ha cambiado todo. Es mucho peor. Es el reconocimiento global del Estado. La protección del Estado, como una sombra mortal (el cine francés sabe algo de esto). “Lo que el Estado estimula desmejora, lo que protege se muere”, dijo Paul-Louis Courier. El Estado destruye todo lo que aprueba; incluso le ha bastado, recientemente, con crear un Museo de graffittis para que estos desaparezcan casi enseguida del paisaje urbano. ¿Quién podría desear de verdad cualquier cosa que el Estado desee? A fuerza de bendiciones ministeriales (pero sin interrumpir su chantaje rutinario en nombre de Webern, Rimbaud, Manet, Varese y toda la sagrada cohorte de los “incomprendidos” de ayer), el Vanguardista subvencionado, el Hombre-con-lo-Nuevo-entre-los-dientes, el Transgresor disciplinario, no intimida ya a mucha gente. Salvo en la Villa Medicis y en algunas universidades americanas. Se lo quiera o no, nos regocije o no, son el rap y el raï los que innovan, no los “investigadores” del Ircam. Siempre habrá más sensibilidad en tres frases de Prévert que en la obra entera de René Char, cacógrafo oficial. Marcel Aymé permanece legible, no Claude Simon o Duras. Y todo el resto por el estilo. Lo “nuevo” mismo es un viejo hábito que comienza a perderse.

Commentaire, número 73, primavera de 1996 – Reproducido en Exorcismos Espirituales I – Les Belles Lettres, 1997

Si quieres seguir leyendo a Muray, ve a https://refinerialiteraria.wordpress.com/2012/02/14/philippe-muray-en-espanol/

Philippe Muray (1945-2006)

Noticias memorables

El estilo de Gay Talese

Los diarios de ayer son viejos, pero algunas noticias perduran. ¿Qué es lo que hace a una noticia perdurable? Sus consecuencias, que hacen de ella un documento histórico, o su ejemplaridad, que hace de ella una fábula ocurrida. Gay Talese, reportero del New York Times, tuvo más de una primicia: El reino y el poder (1969), su historia “humana” del periódico que conocía como nadie, fue el primero de la ola de best sellers sobre los medios que culminaría en Todos los hombres del presidente (1974). Sin embargo, más que adelantarse a los sucesos, lo que siempre ha interesado a Talese es captar a través de los hechos lo que es digno de ser recordado, lo que perdida su actualidad merece ser transmitido al futuro. ¿Qué determina esta selección cuando, a diferencia del historiador, el periodista debe escoger desde una perspectiva inmediata? Más de un título del autor delata su intención moral: Honor thy father (1971) o Thy neighboor’s wife (1981) dejan oír en el sentencioso arcaísmo del “thy”, en la resonancia bíblica que despiertan, un acento de gravedad en deuda con el tono de predicadores y profetas, de quienes se ha dicho que podían predecir el futuro no porque indagaran las entrañas de los pájaros, sino porque sabían observar el presente. Así, aunque el cronista no quiera ser más que un testigo, la observación perspicaz de la realidad concreta no sólo tendrá consecuencias en su estilo, hecho de apuntes del natural y meditada composición de detalles, sino también en su carrera, que lo enfrentará a la censura.

Menos célebre en España hasta hace poco que Tom Wolfe o Hunter Thompson, Talese ha sido descrito como “un artista de la no ficción”, género que desde su misma definición negativa se presenta tan escurridizo como no aparenta serlo en su apego a lo tangible. ¿Se llama artista a un reportero porque la exquisitez de su prosa excede la cotidianeidad del oficio? A pesar de sus modales distinguidos y sus trajes bien cortados de hijo de sastre, el currículum de Talese es el de un periodista todo-terreno, capaz de informar sobre política, deportes o lo que su redacción le señale. Pero esta ductilidad halla su contrapeso en el ejemplo de autores como Joyce, Hemingway o Fitzgerald, a quienes debe la exigencia que lo lleva a demorar hasta último momento la entrega de sus artículos mientras corrige exhaustivamente sus sucesivas versiones y cuya lectura fue el estímulo que lo animó a hacer de sus reportajes, según su propia descripción, “cuentos con nombres reales”, incorporando al lenguaje periodístico recursos literarios como la puesta en escena, el diálogo y hasta el monólogo interior para dar voz a sus personajes no ficticios y captar el fondo humano detrás de la noticia, lo que no suele aparecer en los titulares y sin embargo más se acerca a la verdad. Nombres reales, como los de los anónimos obreros en los que basó su crónica El puente o los de las muchas celebridades (Frank Sinatra, Joe Di Maggio, Fidel Castro, Muhammad Alí…) que supo retratar despojadas de las luces de la fama. Fama y oscuridad se titula precisamente una esencial recopilación de sus artículos, pero en esa importancia dada al nombre se cifra un compromiso ético que va más allá de la lucha por el reconocimiento.

Quiere la normativa, o lo quería en los años ‘50, que sólo los artículos de más de seis párrafos lleven la firma de su autor en las columnas del New York Times. Es raro que un escritor con ambición prefiera publicar en forma anónima. Pero éste llegó a ser el caso cuando Talese, transferido de deportes a política para cubrir los actos del gobernador Rockefeller en reconocimiento a su buen trabajo hasta aquel desafortunado 1959, descubrió que por primera vez no tenía libertad como escritor. “Los editores mantenían distintos criterios para los atletas que para los políticos, militares y hombres de negocios. Las figuras del deporte no eran tomadas en serio. Si el alcalde se hurgaba la nariz o se tomaba una cerveza, yo no podía escribir esto. Si lo hacía un boxeador, se podía imprimir sin problemas. Me dí cuenta de que los editores cortaban todo lo que hubiera de especial en el modo en que yo viera algo. No quería mi nombre en esas historias. Así que empecé a escribir muy conciso y a no dejar que ninguna historia tuviera más de seis párrafos.”

No firmar lo que no responde al propio estilo, preservar el nombre propio aun al precio del anonimato. Lo contrario es más habitual: hacerse eco de lo que se dice tratando de hacerlo pasar por propio y hacerse notar lo más posible por todos los medios a mano. Se ve todos los días, por esos mismos medios. Pero en la maniobra de retirada con que Talese arriesgó su posición puede leerse una defensa que identifica subjetividad y objetividad periodística. De hecho, la voluntad de un estilo propio es una búsqueda de objetividad. Es un ajuste del ojo, del oído y de la lengua a lo que es, a lo que hay efectivamente por registrar y transmitir. Dar con la palabra justa es dar con el nombre real, velado normalmente por el discurso en continuado de una actualidad a la que no le iría mal la definición de “mentira consensuada” que Voltaire solía dar de la historia.

Gay Talese: reportajes de autor