Archivo de la etiqueta: absurdo

Elegir lo peor

Ofelia (o Desdémona, o Cordelia)

Inolvidable Ofelia

Según me contó una de las actrices que participaba en la improvisación, un excelente director de teatro argentino interrumpió una vez un ensayo para insistir, con memorable énfasis, procurando grabarlo a fuego en la conciencia o, mejor, en el sistema nervioso de sus actores, en que siempre, en el teatro, hay que elegir lo peor. Es decir, tomando la palabra en su sentido más vulgar y más empleado, exactamente el que le da el verdadero público, el no profesional ni aspirante a serlo, lo más dramático. Interpretación mía, no dirigida, como la prueba o demostración por el absurdo implícita en el siguiente cálculo: si en la vida irredimible por el arte casi siempre es necesario, lo cual lo impone sobre el conjunto por mayoría, en función de elegir lo más conveniente, resignarse a una mayor o menor mediocridad presumiblemente al acecho de su ocasión de entrar y quedarse en escena, en el arte que persigue alguna satisfacción por la mansa ofensa de las servidumbres que la vida exige resulta obligado, a su vez, para alcanzar un resultado a la altura del caso, elegir lo peor. Pues si elegir lo mejor es mostrarse razonable, avenirse al muy limitado número de opciones plausibles y apropiarse, con prudencia, de la más digna de aplauso, elegir lo peor es al contrario ir a por todas, no pactar, y así elevar, hasta la ruina, la altura de la apuesta en que consiste el lanzamiento de dados sobre las tablas que es toda puesta en escena, sea ésta la de un teatro o no. Si en la vida, eligiendo lo mejor, se logra a lo sumo, en los casos bien llevados, por elevada que llegue a ser la línea de flotación, como mucho un moderado pasar, un suave ir tirando, un deseable cocerse a fuego lento de la carne que madura, en la expresión, ajena a la prudencia exigida por la vida, sólo eligiendo lo peor se va a fondo, es decir, hasta el fondo, y se alcanza la plenitud de la escala al fin cantada en todos sus registros, ya sin ninguna consideración por el mañana, la supervivencia o cualquiera de las categorías del devenir: sin dejar resto. Si en la vida elegir lo mejor es dominar la mediocridad, en el arte sólo eligiendo lo peor se conquista la excelencia.

Room at the top

5 comentarios

Archivado bajo book doctor, críticas

Realismo absurdo y absurdo realista

"Ideas, sólo en las cosas" (Ezra Pound)

“Ideas, sólo en las cosas” (Ezra Pound)

Desde hace mucho, aunque aún se insista en ello, que la condena de la representación naturalista de la realidad social, con todos sus atributos y propiedades denunciadas por su origen burgués, es considerada un lugar común, lo que equivale a que siga viviendo como principio tácito, excepto para los más ingenuos. Desde hace menos, y de manera intermitente, más como descontento que como un pensamiento acabado, encuentra expresión la insatisfacción provocada por la atenta sujeción de la materia artística a una idea, un concepto, que le sirve de causa, matriz creativa y justificación de todos sus movimientos y mutaciones. Sin embargo, hay que comprender este poder de las ideas: así como en los tiempos del teatro de Belasco lo tangible de la profusión de muebles en los decorados ponía más allá de dudas tanto como en las casas servía de fortaleza interna, en la era de las comunicaciones una idea resulta una fuente de certezas tanto mayor que cualquier materia. Pues una idea es una cosa hecha a propósito para ser explicada: se la puede exponer, se la puede entender, se la puede registrar, vender y hasta pedir adelantos por ella a propósito de la obra destinada a ilustrarla. Una idea, un concepto firme, nítido, son cosas que dan seguridad, que justifican, que interrumpen el temor a lo fortuito y al vacío. Por eso es natural, cuando hace falta un argumento, exprimirse el cerebro en busca de una idea, un principio que no sea tan sólo un comienzo, un punto de partida que aun sin mostrar todas las curvas del camino permita entrever, allá al fondo, como la respuesta precisa a la pregunta apropiada, que existe una meta, el potencial desenlace. Cuando esto aparece, transmite una gran tranquilidad: la pluma avanza con pulso firme, los dedos bailan sobre el teclado. Pero a menudo ocurre, como se quejan los frustrados de la era virtual, que el resultado es frío, cerebral, sin emoción: al revés que en la vida, todo parece estar allí por algo y para algo, lo que no resulta verosímil. Es por esto que suele convenir, si uno se atreve, dejar el sentido en suspenso no al final sino al principio, prescindiendo de ideas, de esa búsqueda obsesiva de un núcleo gestor, para en cambio reunir elementos concretos, aun tan sólo físicos, hechos y cosas inconjuntos, diversos, que se impongan por su sola presencia incontestable en lugar de contar con un pretexto de muy distinta naturaleza. Pero, para que éste no vuelva a colarse por la ventana que deja abierta la falta de otra red con la que hacer de tantos cebos una pesca, vale más sustituirlo por algo igual de material que lo disperso: un lugar, por ejemplo, o una época, donde todo coexiste o ya lo hecho en un haz de factores tan disímiles que resultan irreductibles a una causa. Desde este punto de vista, cualquier conjunto en el espacio o en el tiempo resulta tan caprichoso, tan arbitrario o indeterminado por ley alguna como el famoso encuentro de un paraguas con una máquina de coser sobre una mesa de disección que tanto entusiasmaba a los surrealistas e igualmente refractario a una razón. Y sin embargo, es la búsqueda de ese grial intelectual y emotivo la que habremos de emprender una vez ya plantados en el mundo que lo desmiente.

maquinadecoser

Deja un comentario

Archivado bajo book doctor