Correspondencia nocturna

Editar es velar el sueño ajeno.

¿Cuán enamorado se puede estar?

No es como el lector, que duerme al lado.

La noche pesa sobre el ser despierto.

“Yo voy al teatro a silbar al público”,

me decía un amigo dramaturgo

a quien nunca el aplauso dejó oír.

Crítico se nace. Con ese drama

no se conmueve a nadie, aunque el conflicto,

siendo fatal, queda así asegurado.

No el mañana, aunque las próximas horas

son previsibles como la novela

que se me ha encargado solapar.

Tengo toda la sombra de la noche

por delante para dar a esta tinta

densidad y fluidez, y alrededor

para hacerlo con el discreto oficio

que mi oscura condición garantiza.

Como un párpado que se abre y cierra,

el deseo de reconocimiento

insiste y renuncia, igual que una herida

o el sueño opaco del que está cansado

pero trabaja. Y se retira y vuelve

a preguntar y pedir, considerado

tanto a la luz de la lámpara insomne

como al sol de la fama ajena, fuente

de un agua que no sacia pero brilla,

incapaz de dormirse en el sereno

perfil de una moneda. Así comercia,

pagando sus deudas con lo que obtiene

sin formar un capital, apostando

más al azar que a las cartas marcadas,

consigo mismo y con sus semejantes,

que los mismos billetes manipulan.

Aquí el que vende se siente explotado,

pero el que compra se siente estafado

y no hay, que equilibre la balanza,

más que el veneno de los comentarios

cuando se vierte en la copa del ausente,

deslumbrado por su propio reflejo.

Los que beben a su salud se ríen,

sentados a la sombra del espejo,  

pero hoy estoy solo y debo estar sobrio,

la silla recta y la espalda de pie.

Aun así, una sentencia que corrijo

me abre la risa y mi lengua inclina

al diálogo imposible con mi amigo

comediante, que duerme si no finge

dormir o estar despierto sobre un libro

como éste, inconcluso, interminable,

para ganar el pan de la vigilia.

Un faro que no guía a ningún barco,

mi ventana, la única encendida

sobre las plácidas olas del barrio

sumergido en su pecera sin islas.

Hago asomar una costa lejana

y deslizo hacia allí la breve espuma

de hace un rato, buscando el eco infiel

que confirme su razón y la firme.

Una risa cavernosa, de cueva

cerrada a ciudadanos honorables

en horas de servicio, al menos, donde

citarnos, como ahora no podemos.

La risa del amor desencantado,

que en la calma cautiva de estas horas

debo masticar con boca cerrada,

mientras maquillo, con dedos arteros,

un objeto vuelto prosaico. Hay alguien

que entiende esta tarea al otro lado

del océano opaco: la paciente

restauración de lo que jamás hubo,

espejismo de ojos legañosos.

Y por eso comprende esta escritura

de aguijones, que también él practica

cuando glosamos sagas y consignas

a la furtiva luz reveladora

de disecciones e iluminaciones,

luz mala del lector supersticioso.

Mientras el sol todavía no cubre

los estrechos límites de mi mesa,

puedo extenderlos, como de una balsa

los bordes que la apartan del naufragio,

aun si debo inclinarme ante este pálido

doble del amor no correspondido.

Mañana estará erguido en las vidrieras

detrás de las que otros no lucimos,

pasándonos debajo del pupitre

notas doctas acerca del premiado.

Desconocidos por nuestro semblante,

intercambiamos, fuera de registro,

toda una correspondencia culpable

de ser efectivamente privada.

1-2.4.2022

Conversaciones de gente sencilla

I

Se cuentan unos a otros lo que se les cuenta

la noche anterior a cada uno por separado

desde la red general, donde todo está en venta,

sirviendo lo mismo, aunque por ellos masticado.

Lo común en común ponen, sobre esa gran mesa

neutral pero propia que sostiene sus relatos,

creídos a medias si piensan con la cabeza,

pero siempre transmitidos con todos los datos.

Son historias redondas y tramas circulares,

igual que el movimiento materno de tejer,

que pasa y vuelve a pasar por los mismos lugares

y vuelve en cada curva donde debe volver.

Una voz en el centro del círculo del tiempo,

que sólo es circular mientras se cumple ese acto

de poner en nueva circulación viejos cuentos,

vestidos para oyentes respetuosos del pacto.

La voz está presente mientras pasan las horas

y sobrevive a cada desenlace ocurrido,

cuando todo vuelve a ser lo que aún es ahora

y el equilibrio original es restablecido.

O de no ser así, el abismo por cubrir

es techado por la moral y sus moralejas,

que cualquiera puede comprender y repetir,

protegido del desnudo mal por esas rejas.

Así la lengua materna, que todos comparten,

describe el mundo callado y sus bruscos sucesos,

tejiendo una espesa red, con más celo que arte,

entre la piel y la roca, la carne y los huesos.

Con ella se abrigan y defienden los reunidos

de lo que no se explica ni familiar se vuelve,

pero queda ordenado en fragmentos traducidos

según pasan por la grilla que el caos resuelve.

Rodea a sus criaturas el tejido elocuente

y después de nombradas las conserva en su trama,

pero siempre percibe el oído disidente

algún punto suelto por el que nace su drama.

II

“¿Alguien vio anoche una película policial

sobre un detective que se hacía criminal?”

“Sí, yo la vi la semana pasada.” “¿Quién era

la actriz que hacía de delincuente?” “La enfermera

que cura al doctor en la serie del hospital.”

“Se habla de un descenso a los abismos del mal.”

“Pero ella es un ángel.” “Porque está en otra historia.”

“Dicen que ir al cine es bueno para la memoria.”

“Me contaron que nunca la idea original

llega al público.” “No nos muestran nada real.”

“Pero yo vi mi reflejo ayer en la pantalla,

cuando el fiscal de distrito al testigo que calla

señala.” “¿Y quién eras?” “El que nunca cometió

el delito.” “La estrella.” “Que al final se salvó.”   

“Ésa ya nos la han contado.” “Parece que tienen

historias que repiten por el gancho que mantienen.”

“La del muchacho humilde que gana una fortuna

y pierde el amor por ambicioso.” “La de alguna

víctima que encuentra el destino que merecía.”

“Y se salva.” “O no.” “Yo ésa no me la perdía.”

Igual que sobre el cuerpo se eleva la cabeza

sin soltarse ni ir más alto, el que claro se expresa

no tiene más que otro cubierto en esta mesa.

III

Hay un gran desequilibrio entre hablar y decir,

una diferencia que se pierde en la balanza.

Por muy concentrado que el decir sea, no alcanza

a explicar cómo oprime a las voces que hace huir.

Pero ellas, dispersas, le hacen el vacío

y lo dejan pasar nada más lo ven venir,

rápido, conciso, siempre pronto a definir

la saga interminable de esa novela–río

que va de unas a otras, sin dejar a la orilla

más que las palabras cuyas letras ya de plomo

rechazan el olvido y la corriente que brilla.

Se hunde el decir después de expresarse con aplomo

bajo un velo tejido por diálogos casuales,

anécdotas en serie y actores naturales.

29.11–12.12.2023

El pensador furtivo

¿Es en el mundo o detrás de mi frente

donde se abre la ventana ausente

que retrocede mientras yo me lanzo

y caigo así otra vez del lado manso,

mucho después de ya rota la ola,

silueta voraz escupiendo sola

contra la suave espuma en retirada

por la luz fugitiva iluminada,

en esta invisible boca de lobo

donde el don prometido lleva al robo?

Para mí es escena repetida

esta escena por mí tan repetida

donde todo reconozco: el gran claro

en el centro del aire, como un faro

repentino detrás del horizonte,

la pendiente inesperada del monte

precipitando la llanura, el paso

en falso que es todo lo que es el caso,

el tropiezo fatal, el escalón

de entrada a toda representación,

las huellas confundidas de los guías

y, cruzadas, las tentadoras vías,

pero, aunque todo esto lo haya visto

en directo y pintado, lo imprevisto

es cada vez la nada que se enciende

en la punta fugaz que se desprende

del tejido paciente de las horas

regladas, a pesar de las señoras

reunidas al pie del altar del diálogo,

guiñando a la pesca del ojo análogo

cuyo oportuno parpadeo guarde

a salvo lo que un solo instante arde

y no vuelve en lo que se representa.

¡Ay, llamada que el oído lamenta

cuando la imagen blanca languidece!

Desde la idea el pensamiento crece,

alejándose de su causa pura,

pero pierde en el paso la segura

vereda abierta por la tribu en años

acumulados de bienes y daños

y cualquier plaza propia en la común,

infinitamente lejana. Aún

se vale de la lengua del comercio

material y habitual, y más de un tercio

de su tiempo se le escapa en labores

de cocina y taller, pero mejores

no son las horas sentado a la mesa

a la que cae desde la cabeza

que destroza luchando con su objeto,

cuando éste persiste en su secreto.

Si ese cruento combate fuera historia,

sin esta distracción, esta memoria

en el fondo de su negra conciencia,

quien persigue tan esquiva presencia

que no muestra de cierto más que un hueco,

en lugar de nadar en río seco

a la pesca de un pájaro cien veces

más valioso que cultivos y reses

en su corral numeradas excepto,

naturaleza propia del concepto,

por el hecho de ser sólo leyenda

cada día, sin que nunca descienda

de su cielo intocable, volcaría

su interés a otro cauce, con porfía

natural, compartida, y orientado

por fin, por su camino en ese prado,

hacia su honor y el reconocimiento

que su destreza para el pensamiento

debería ganarle, marcharía.

Con paso cotidiano subiría

los escalones universitarios,

atravesaría los calendarios

cosechando los sembrados laureles,

alguien ordenaría sus papeles

y entre columnas tendría su asiento,

respaldado por más de un argumento

sólido como sería el encastre

entre unos y otros, por dedos de sastre

cortados a la medida del sabio,

cuyo elogio ya late en cada labio

sonriente cuando lo hace rotundo.

Pero las cosas firmes de este mundo

nunca las sueña su filosofía.

No ve tras el cuadro la galería

de todos los posibles compradores,

ni detrás de los interlocutores

interesados su oportunidad

o si la ve, le parece maldad

aprovecharla por el bien de todos,

presentes antes en él otros modos

y otros hábitos para su talento.

El paso par es demasiado lento

para ir a la par de la repentina

luz que lleva incrustada en la retina

más hondo que todo lo que le enseñen.

Por mucho que los ángeles se empeñen,

sus alas no obstruirán ese vacío

al que no se cae, sino con brío

se salta aunque el ascenso nunca alcance

a culminar y en cambio, de este trance,

sólo quede volver a tocar tierra.

Pero jamás el círculo se cierra.

Todo vuelve y también el personaje

de intelecto febril, con nuevo traje

y desnudo inmemorial, persistente

y fugaz, fugitivo, impenitente:

no el fiel profesor de lo ya sabido,

ni el ensayista de lo repetido,

sino otro, por el rayo iluminado

y en la noche inmediata abandonado,

como antes, al mismo sol estable

para dar cuenta de lo inexplicable

por lo que nadie le pregunta. Raro

en cualquier campo que le ofrezca amparo,

pasa tapado por sus semejantes

distinguidos, entre los aspirantes

confundido aunque a nadie pida nada

o, de pie en la paciente encrucijada

de los malentendidos que provoca,

resbala, igual que el agua por la roca,

por los sentidos de los que el sentido

que él señala destinan al olvido.

Pero suelto también es eslabón

y ajeno también tiene tradición.

Parece cada vez que se alejara,

pero el firme espacio que nos separa

es, a mi espalda, cada vez más breve,

sin que pueda advertir cómo se mueve

su silueta vacía pero terca.

Viene y cada vuelta cae más cerca,

más próxima, adaptada, irreversible,

más activa cuanto más invisible,

y asomando con su gesto más viejo,

modelo rechazado en el espejo,

en la cara que lo mira sin verlo,

renace en el que ve para absorberlo

y en él reeditar, inesperado,

un clásico con todo su pasado.

Sucediéndose como hoja tras hoja

reaparecen, en ése que arroja,

desvío de su propia sangre sorda,

herencias y costumbres por la borda,

sombras vistas, con su fuego insensato

reavivado por otro relato,

para trazar, sobre la piel desnuda,

los rasgos de un destino que aún duda.

¿Es en mi casa o en otra vecina,

en mi ventana o la de aquella esquina,

donde de veras alumbra ese rayo

a cuya sombra intermitente ensayo

el repertorio de escenas legado

por un fantasma jamás recordado?

Bajo mis pasos, en retrospectiva,

sosteniendo la misma alternativa,

aparecen irresistibles rastros

ya seguidos sin consultar los astros,

turbias huellas reunidas sin azar

tras mucho talar, quemar, arrasar,

buscando el esquivo claro del bosque

de los frutos reservados, en los que,

dicen, mejor no creer ni confiar,

naturaleza virgen, colmenar

suspendido sobre el río sin freno.

Obvio epígono entre epígonos, peno

condenas heredadas ya cumplidas,

remedo gestos de vidas perdidas,

desentierro tesoros descubiertos

muchas veces con réditos inciertos

y otras tantas devueltos a la ciencia

del futuro, con esa indiferencia

del agua que regresa a su nivel,

y si estoy hecho para este papel

que hago, es su modelo el que me hace,

dispositivo formal que renace,

espontáneo, con cada frustrado

acreedor a un prontuario prestado

como yo, desestimador de leyes.

Si existió un decapitador de reyes

que con el rey decapitara el trono,

es ese espíritu al que debo el tono

y a él me debo, precursor caído

de la memoria de lo protegido

que el teatro de la inocencia odia.

Por eso, mi drama es su parodia:

descubro lo negro bajo lo blanco,

soy descubierto, me vuelvo yo el blanco

del que es mejor apartar la mirada,

desaparezco en la sombra negada

y allí, obstinado en mis imitaciones

bajo censura, imperfecto entre clones,

mientras el sol borra toda evidencia

del barro lastimado por la urgencia,

quieto en la selva de lo que se mueve,

arrastro mi nombre por esta nieve,

fingiéndome ciego, como Strogoff.

21.2–15.4.2016

Historias de amor

Ébano y marfil
Ébano y marfil

Blanco y negro
Otelo, tragedia íntima y cósmica, pública y privada: algo que ya está en Shakespeare, pero que la música de Verdi se apropia y desarrolla muy bien, plenamente dentro de su cultura, patriótica y melodramática, como los himnos, las banderas y la idea de morir por la patria. Público y privado: lo determinante es la raza de Otelo, que pone en conflicto ambos mundos, la escena pública en la que es tolerado como general y el nivel íntimo en el que se lo odia como extraño que se salta el escalafón y conquista lo que los locales no. Si la dicha, el ascenso al paraíso se da en Shakespeare a través del cambio, de la transformación que es resurrección, como la del árbol en el Cuento de invierno, en Otelo en cambio la transformación es lo imposible, o al menos éste es el principio de realidad que Iago pone en acción: la transformación ha sucedido, Desdémona ama a Otelo, pero pronto volverá al orden de la realidad, del mundo: Otelo no puede volverse blanco ni creer en el pasaje de blanco a negro y de negro a blanco que se da en el amor o en la trasformación que se da en el canto.

Don
Aunque cualquiera puede servir de mediador, la dicha no viene del prójimo, también mortal, sino de Dios: divino azar. El amor, así las cosas, no es la gracia aunque venga por ella, y todavía más: resistir la comparación es una prueba que se le impone.

Quid pro quo
El romanticismo aparece cuando Aldonza, oyendo hablar de Dulcinea, cree que es ella a quien se refieren y empieza así a convertirse en la otra, precipitando en el lugar que deja vacío y por eso se transforma en escenario una tragedia hasta entonces reservada a las heroínas del mundo antiguo.

Punto límite
El romanticismo es un callejón sin salida al fondo del cual está la mujer.

Un sueño realizado
Un sueño realizado

Contrapunto dramático
Ensayo melo-histórico: Senso. Lo admirable, el combo de melodrama e historia realizado plenamente en cada escena, en cada movimiento de cámara, en cada orquestación audiovisual, viene de Verdi, de esa mezcla entre íntimo y político, cuerpo y sociedad, revolución y resurrección que Verdi plasma en música y en escena y de la que extrae a su vez la extraordinaria energía que despliega. En Otelo, Iago al contrario aplica una especie de mortífero principio de realidad que afirma la imposibilidad de que cuanto contradiga una separación evidente pueda unirse o que lo originariamente distinto pueda devenir semejante. En Senso también triunfa la muerte, agazapada en la tentación de contrariar a un destino no querido por los dioses, sino determinado por una formación socio-histórica. Analizar los dos dramas trágicos, el de Otelo, el moro de Venecia, y el de Livia, la veneciana traidora, sin perder de vista su condición de ciudadanos en guerra con un enemigo extranjero que se revuelven a su vez contra los suyos o contra su ley. Tanto Otelo como Livia acaban matando lo que aman y cada uno, a su modo, presa de la locura en un mundo envenenado.

Erótica
Eros, por fuerte que sea, no es invulnerable. Todo hiere al amor, todo puede debilitarlo. Puede ser causa pero no fundamento; inquieto, como el sentido, se desplaza. La explotación de estas nociones hace la fortuna de Iago.

Dialéctica
Si cada conocimiento es una violencia infligida a la conciencia, el amor a la materia transforma esa violencia en energía y esa energía transforma el mundo. Principio de redención materialista.

Extraña pareja
Extraña pareja

Bajo el séptimo velo
Si él llega a ver en ella un teatro sin drama,
ella llegará a ser un drama sin teatro.

El águila de dos cabezas
Así describe Robert Musil al súbdito austríaco del Imperio austrohúngaro: un austriaco más un húngaro menos ese húngaro. Así es también el hombre casado, según cierta idea del matrimonio: un hombre más una mujer menos esa mujer. Lo curioso, como en el primer caso, es cómo la falta de otro individuo particular y no de una categoría es lo que define la identidad. Lo curioso o lo preciso. O lo inasible, pues es la figura evasiva la que define a la que da la cara, a la vez que le arrebata no la mitad de su corona, sino de su frente.

Contemplación y atravesamiento
Entre esos primeros planos suspendidos sobre el vacío de Monica Vitti o Anna Karina rodados por Antonioni o Godard y los retratos de Marie-Thérèse Walter o Dora Maar pintados por Picasso hay la distancia de una estocada, lanzada sobre el abismo abierto entre mirada y piel, que atravesando la imagen alcanza la nada a sus espaldas y separa el misterio de la duda.

A joy for ever
A joy for ever

Risa en la oscuridad
Lo que dice la burla femenina, con su gesto alerta, su sonrisa irónica, su vivaz expectativa, es, por supuesto sin palabras, al ser la página ofrecida al discurso, lo siguiente: “Pruébame que es cierto”. Ya que tal puesta en duda sigue siempre a alguna afirmación que, sin mayor realidad que su argumento, haya tomado en el diálogo, a pesar suyo o más bien de quien la haya hecho, la función y la forma de una anunciación. El trueno anuncia la lluvia; abierto el oído por la voz, la piel se dispone al tacto. El encantamiento durará lo que dure y una vez desvanecido el hechizo lo demostrado parecerá tan irreal como el pasado, pero su huella no quedará en la memoria sino debajo, como un tesoro antiguo en el que nadie cree hasta que alguien lo encuentra y vuelve a poner sus monedas en circulación, aunque su valor se rija ya por otra escala que en su origen. “Así que era verdad”. Ahora surge la risa franca, entera al darse sin medida, pero no por gracia divina ni por humor humano, es decir, no por uno u otro interviniendo a su debido tiempo, sino por su precisa conjunción en esa felicidad, grande y pequeña por súbita y efímera, debida a una sorpresa que, en el momento de producirse, se descubre esperada.

Refutación de un epigrama
Ernesto Cardenal escribe: “yo podré amar a otras como te amaba a ti / pero a ti no te amarán como te amaba yo”. Pero, si de veras la amaba, es más probable lo segundo que lo primero. Decir que un objeto es precioso es casi un lugar común, pero ¿se ha oído hablar jamás de un sujeto precioso?

Historias de amor
El amor no quiere tener una historia, sino culminar en un momento infinito que no se deja definir. Eso indefinido circula a través de toda su historia, hecha de las aproximaciones sucesivas a esa imposible culminación que es como el fantasma inaprensible del imaginario cuerpo que se tiene en común. Por eso la historia sólo puede registrar y medir los fallos, las faltas, la progresiva incisión de la mortalidad, acabe como acabe ese amor, en el deseo y en lo deseado. Lo infinito está más allá de la historia y ahí se queda.

venus&adonis

Retrato del lector adulto

"...en el sitio habitual, junto a la ventana amiga..." (Pier Paolo Pasolini, El privilegio de pensar)
«En el sitio habitual, junto a la ventana amiga» (Pier Paolo Pasolini, El privilegio de pensar)

El brazo extendido con el libro lejos, estudiándolo, manteniéndolo a distancia, en la ventana desde la que se veían las bailarinas del estudio de enfrente, en el primer piso, al otro lado del tráfico, cuyo ruido se mezclaba en el estéreo mental con el de los tacos y las bolas de billar que venía del fondo mientras yo, sentado en el mismo sitio que él, miraba los saltos y piruetas que en lo alto atravesaban el cuadro colgado ante mis ojos flotantes. Él, en cambio, a quien he sorprendido o más bien me ha sorprendido por la intensidad de su súbita presencia, plano fijo en la serie fugitiva de las imágenes que el paseante deja atrás, precisamente en la mesa que ocupo siempre que me detengo en este bar, difícil para largas estadías, con la vaga expectativa de mirar a las bailarinas de enfrente cada vez que levante la vista del libro en curso de lectura o el cuaderno de apuntes del natural, como éste, defraudada de cuando en cuando por la brusca aparición de bailarines en su lugar, no aparta los ojos de su objeto, su objetivo, y casi puede verse, en la tensa, sostenida inmovilidad del brazo, la transmisión, como una corriente sanguínea, del libro al órgano del entendimiento que, desentendido de la cara que modela, guarda el sentido de la expresión que veo en su ignorancia de mi mirada. Pienso, fijando en mi conciencia, como idea, el cuadro que no soy capaz de pintar y se me ofrece, ya enmarcado, en la ventana que tampoco puedo descolgar del instante que pasa, que éste sería, si yo fuera el artista de la imagen que se lo pierde, el retrato del lector por excelencia que querría firmar, la figura alegórica perfecta de lo que es leer, como acción y como proceso. Luego pasan veinte o veinticinco años y lo escribo, ahora: es un hombre mayor, solo en su mesa, de la que se ha apropiado efectivamente para la ocasión aunque la olvide, como al café, bajo el codo y el antebrazo en que se apoya mientras la otra mano sostiene el libro en alto, abierto por el pulgar y sujeto por las cubiertas erguidas bajo los otros cuatro dedos extendidos hacia arriba, un atril de bolsillo, con la portada vuelta hacia el interior del local de manera que no puede verse el título, perdido en el fondo indiferenciado detrás de la figura que se impone a la mirada por el carácter grabado en la curva veloz que componen la mano alzada, el brazo tendido y, por encima del mentón duro, la boca prieta, la nariz afilada y los ojos encendidos, la frente marcada por los años reflejos en el signo menos sutil de las canas conservadas. Él oye el tictac del tiempo, la bomba alojada en la conciencia ya ardiente, despierto en la aplazada incertidumbre de si llegará a acabar el libro o a empezar otros tantos a la espera, en la noción del espacio progresivamente abreviado, de los créditos vencidos, del olvido fatal de cuanto, como un reguero de sangre, después de pasar por su mente queda a su espalda sin que ninguna cosecha o al menos gavilla de espigadores haya sido anunciada. Todo el drama, discreto, clandestino por necesidad, para poder leer en paz, está inmerso en la corriente del brazo, vibrante en el impacto de la presencia física recibido por el lector todavía joven que atiende al despliegue entero de lo que en él asoma aún oculto como embrión. Al igual que en El pensador de Rodin, aquí es una fuerza física lo que se impone reconocer para advertir lo que en ella queda expresado, como si el peso del libro en la mano del lector equivaliera al del mundo sobre los hombros de Atlas: pisando ese globo terrestre, dentro de esa bola de cristal en que lo convierte la lectura, atravesando sus brumas, coronando sus cimas, pasan ágiles marcando el suelo con pie certero las bailarinas colgadas enfrente, firme la pierna como el brazo tendido que a imagen suya soporta, expuesto al ojo del pintor manco, la doble carga de la balanza y el reloj mientras se seca la pintura en la memoria, o la tinta en la libreta de apuntes mentales, indeleble en la lista de los proyectos en suspenso. Los cuadros no se miran entre sí, pero envían la mirada apreciativa de uno a otro; el retrato del lector adulto permite imaginar, siendo ésta invisible en su marco, la tela opuesta contenida en su interior, como acabo de hacerlo al cabo de dos décadas, y aquella me coloca a mí en el lugar del retratado, que entonces también solía ocupar, en un rol cuya representación es en cambio aquí prematura. Siendo la mía, más que la firma al pie del cuadro vale el gesto del modelo anónimo que por sí mismo dio expresión universal al acto íntimo más expuesto a la embestida del exterior.

pensador

Leyendas sentimentales

Dirección desconocida
Dirección desconocida

Ida y vuelta. Ramal madre-hijo: un tren de mercaderías que va cargándose durante el recorrido. Ramal padre-hija: el tren va vaciándose, descargando a su alrededor tan ruidosamente como imperioso es del otro lado el cumplimiento de horarios y cantidades. En la estación de destino del primero, conocida como la Alacena Insaciable, las mercaderías se acumulan dando lugar a sucesivas obras de ampliación siempre reanudadas; en la del último, conocida como la Alcancía Sin Fondo, nunca hay nadie: los pasajeros permanecen fieles a su condición y lo más destacable son las vías, lustrosas bajo el sol o a la luz eléctrica a la espera del expreso demorado o aún calientes tras la partida del último convoy. 

La tercera dimensión
La tercera dimensión

Risa en la oscuridad. Lo que dice la burla femenina, con su gesto alerta, su sonrisa irónica, su vivaz expectativa, es, por supuesto sin palabras, al ser la página ofrecida al discurso, lo siguiente: “Pruébame que es cierto”. Ya que tal puesta en duda sigue siempre a alguna afirmación que, sin mayor realidad que su argumento, haya tomado en el diálogo, a pesar suyo o más bien de quien la haya hecho, la función y la forma de una anunciación. El trueno anuncia la lluvia; abierto el oído por la voz, la piel se dispone al tacto. El encantamiento durará lo que dure y una vez desvanecido el hechizo lo demostrado parecerá tan irreal como el pasado, pero su huella no quedará en la memoria sino debajo, como un tesoro antiguo en el que nadie cree hasta que alguien lo encuentra y vuelve a poner sus monedas en circulación, aunque su valor se rija ya por otra escala que en su origen. “Así que era verdad”. Ahora surge la risa franca, pero no por gracia divina ni por humor humano, es decir, no por uno u otro interviniendo a su debido tiempo, sino por su precisa conjunción en esa felicidad, grande y pequeña por súbita y efímera, debida a una sorpresa que en el momento de producirse se descubre esperada.

La mujer de tu prójimo
Chico encuentra chica

Refutación de un epigrama. Ernesto Cardenal escribe: «yo podré amar a otras como te amaba a ti / pero a ti no te amarán como te amaba yo». Pero, si de veras la amaba, es más probable lo segundo que lo primero. Decir que un objeto es precioso es casi un lugar común, pero ¿se ha oído hablar jamás de un sujeto precioso?

Bajo el séptimo velo. Si él acaba viendo en ella un teatro sin drama, / ella acabará siendo un drama sin teatro.

A pleno sol. La timidez cava un abismo.

tatuaje

Pasiones modernas

Un llamado a la comunidad
Un llamado a la comunidad

Vía pública. En literatura, como en la vida, los que tienen poco que decir a menudo gritan. La condena de esta conducta es universal pero, además de que en general esa condena no hace sino redoblar el grito y en dos sentidos, ya que es un grito en sí que habitualmente no obtiene más respuesta que la repetición del grito original, eso no impide que, a juzgar por los objetos de su atención, el gran público suela mostrarse más sensible al grito que a la palabra. El discurso que aspire a un alto impacto ha de saber resumirse en un grito, como lo prueba ese clásico de la publicidad en que consiste el slogan de la campaña presidencial de Eisenhower –I like Ike- y no ignoraban los propagandistas que en Taxi Driver discutían en qué sílaba del suyo –We are the people- debían hacer caer el acento. Las largas lecturas no se hacen en masa, ni aun cuando se trate de éxitos de masas; leídos con la ilusión de sintonizar una onda sobrecargada, su transmisión no depende del sentido en que se dirijan, sino de que localicen ese punto preciso del dial donde se abre una boca vacía.

Superficie. Todo naufraga en el mar de la generalidad.

Aventuras filosóficas. Toda historia se construye poniendo en serie unos momentos privilegiados, pero lo que motiva a la persona detrás del autor no es el tendido del hilo argumental sino el ajuste del nudo significativo. En éste la relación no es lineal ni tampoco una cosa lleva a otra, sino que se trata más bien de un contrapunto: resonancias y correspondencias, a la manera de Baudelaire, en lugar de causa y consecuencia según el modelo dialéctico del guionista profesional. Sin embargo, de la misma manera que en las comedias de Oscar Wilde el argumento avanza callando entre las réplicas de los personajes, no es posible llegar a conclusión alguna sin una lógica lineal bien empleada. Sólo así puede medirse alguna vez el peso y el valor del conjunto. Una aventura con la filosofía de esa aventura al mismo tiempo: en estos términos definía Godard sus propósitos narrativos. Sin un desenlace cabal, no hay manera de que la proyección recomience.

La pasión de saber
La pasión de saber

Rara avis. La educación formal no produce eruditos. La erudición, por el contrario, es el producto de un ansia de saber comparable a una bestia hambrienta y feroz que, atravesados los barrotes de su jaula o rota la correa del paseo, se lanza en todas direcciones inventándose un rumbo. El autodidacta, derribadas las paredes del aula por su propia curiosidad, no tiene maestro que le ponga límites ni tutor que lo guíe; animal imprevisto, su permanencia entre los humanos resultará siempre sospechosa. Concluida su estancia, reconstruir su recorrido resulta apasionante por la increíble distancia entre las huellas que deja.

El teatro y el mal. Teatralidad del villano: su atuendo, sus carcajadas, sus amenazas, su seducción, sus monólogos a foro explicando sus planes. Frente a él, reducido a pesar de sus parejos atributos a una mayor sobriedad, el héroe se encuentra limitado por su implícito compromiso con la realidad que debe proteger del imaginario que la acosa, encarnado en estado puro por el villano con sus trampas y proyectos. Éste hace gala, frente a la habitual pareja protagónica tan inmortal como él es estéril, de una insistente agresividad viril combinada con un femenino exhibicionismo de su figura, síntesis que distingue igualmente a las villanas. Travestismo teatral y ambigüedad –que no igualdad- de géneros y principios. El escenario así puede girar en cualquier momento.

Lazos de sangre. La relajación de los vínculos debilita el drama. De ahí el esplendor del teatro melodramático en tiempos de un orden familiar fuerte, con su consiguiente represión sexual, y la decadencia general del drama en nuestro tiempo de “ética indolora” (Lipovetsky) y “capital sin burguesía” (Milner). No conmueve lo que se paga con dinero ni el dinero mismo si se lo puede contar: sólo conmueve lo que se paga con sangre y no hay otra garantía que la libra de carne para las deudas contraídas en escena.

El extraño retorno de Diana Salazar
El extraño retorno de Diana Salazar

Amnesia crónica. ¿Un síntoma de la ignorancia cultivada por el lector al que se dirige la literatura de consumo? El recurso habitual, en thrillers, novelas históricas y otros géneros populares, a un pasado desconocido y determinante que el protagonista deberá investigar. ¿A qué se debe que los héroes contemporáneos y sus seguidores, de quienes se espera que al menos mientras leen sus aventuras se identifiquen con ellos, jamás conozcan lo esencial del pasado o al menos nunca encuentren lo sabido y probado sobre él suficiente o satisfactorio? ¿Y por qué la clave de esa urgencia a la que no pueden renunciar ha de encontrarse una y otra vez en un pasado remoto sobre el cual, si no es a lo sumo por el pecado original, no puede caberles responsabilidad alguna? La compulsión de actualidad que impulsa al consumo permanente de novedades no ofrece una respuesta evidente a estos interrogantes, pero la evidencia de que cualquier fantasía contemporánea sobre el pasado es preferida a lo que sea que se haya escrito en la época no deja dudas acerca de las prerrogativas de la ficción sobre la realidad. ¿Quién puede hoy con el original del Quijote? Sólo hablándole a la actualidad de sí misma y no de lo que la ignoraba puede el pasado hacerse oír.

Prêt-à-porter. Capa y espada para el siglo XIX, piloto y pistola para el XX. La narrativa actual en cambio, saqueando sin cesar los armarios de abuelos y bisabuelos, se parece a la retratada del Portrait d’une femme de Pound: “Nada es suficientemente vuestro / y sin embargo es usted.” Acción, suspenso, intriga y romance, ya con faldas, ya con pantalones, no acaban de encontrar en nuestros días un vestuario a la moda capaz de sugerir que a su hora será clásico.

Yo acuso
Yo acuso

El mal pastor. El conductor, anfitrión o animador, televisivo por definición, en su esencia, hoy tantas veces elevado a tribuno. Antes, en la vieja tele, como se ve en las viejas emisiones guardadas en archivo, aparecía como un representante más serio o más benévolo, según la ocasión, de la autoridad no elegida: un administrador, falsamente neutral, parapetado detrás de su corbata. Hoy, aunque se muestre interrogante, amigable, informal, el semejante y hermano de todo televidente, su posición no es más vulnerable (aunque su situación en el canal pueda serlo): sólo que su respaldo más inmediato lo constituye un nuevo tapizado, hecho de la piel de aquellos a quienes se dirige o dirige el espejo donde espera captarlos, con lo que ahora se hace eco de sus voces, de sus palabras y giros de lenguaje, que imita, ordena, congrega y procura armonizar. El amigo del pueblo es buen contertulio: si la comunicación se interrumpe en cualquier punto, jamás por allí  pasará un ángel; él vela. De la represión por encargo a la reivindicación fingida no hay más distancia de la que separa la instrucción del entretenimiento.

Reloj de sal. El futuro que viene del pasado es lo que llamábamos revolución. El presente llama futuro a la resistencia a ese pasado. El obsoleto procura restablecer su dignidad mediante una conservadora adhesión al progreso. El precursor mira adelante ignorando las huellas que deja.

ojotas