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La historia concluye

The final cut

The final cut

La maniobra ha sido rápida y parecido casual: una vez calmada Julie, al regresar Charlie a la habitación, muestra a la madre la hija dormida y el paréntesis abierto con su ausencia, donde ha sido escrito lo esencial, queda cerrado; Joan se enfrenta al escudo que en cuanto entran presentan las extrañas, con Madison como siempre alerta en la vanguardia y Tamara impenetrable en retaguardia, y decide a favor de la segunda, seguramente por la quietud que transmite su regazo en contraste con el ir y venir de las rodillas de su amiga; cuando la enfermera, aliada de ésta en la voluntad de llevar sin desvíos el ciclo a su término, indica el fin de la visita, es a ella que la niña se apega, siguiéndola en cuanto inicia la retirada y a su lado cuando, solicitado por el ginecólogo, Charlie deja a Julie en sus brazos y sigue a la enfermera que ha venido a buscarlo. En el lugar de trabajo al que es guiado, extrañamente ligero una vez desprovisto del peso de su hija, Charlie tropieza con el ramo de informes, solicitudes y permisos que el jefe de ginecología le alarga por encima de su escritorio; en respetuoso silencio el médico espera a que el marido de la paciente acabe de revisar la documentación presentada, pero el respeto que le muestra más bien parece intimidar al convocado y dificultarle la concentración en la lectura, circunstancia que el doctor atribuye al nerviosismo habitual en estas situaciones, comentario que acompaña con una suavidad de modales que invita a preguntarse si le vienen del oficio o forman parte de su vocación, mientras agrega, entrando en materia, “y más en su caso”, con lo que Charlie no tiene más remedio que asumir una vez más esta cuestión más ajena que propia como personal. Es una extraña conversación de hombre a hombre la que transcurre en este aislamiento, entre el profesional dedicado a la fertilidad de las mujeres y el compañero de la que concibe para otras: familiarizados con un proceso del que sus semejantes suelen ignorarlo casi todo, los dos procuran mantener la distancia entre uno y otro a la vez que marchar juntos, bajo la guía del médico. “He preferido hablar con usted antes que con las adoptantes”, aclara el ginecólogo, “porque lo principal es la vida de la madre”. Y no es esa vida por la que ellas han pagado, con lo que la cuestión recae sobre el marido, que se ve forzado a reconocer el aspecto comercial de su intervención y el fondo miserable de la ola de angustia que se alza desde su pecho hasta su garganta con la pizarra de las cuentas; pues él, mientras el médico repasa cifras que corresponden a niveles de temperatura, presión arterial o cantidad de glóbulos rojos y blancos, revisa en cambio unos números que obsesivamente remiten al frágil equilibrio entre lo recibido para el viaje, lo efectivamente gastado, lo que queda por recibir y lo que queda por gastar, incapaz de resolver nada excepto poner, las veces que le reclame la repetida línea de puntos, más al pie del discurso del doctor que sobre el papel membrado del hospital, su firma autorizando la cesárea a la que Madison, por motivos económicos, habrá de oponerse aunque demasiado tarde. Ahora, en cambio, ha tomado la delantera; de pronto su teléfono ha sonado y es el abogado, con quien se mete en la habitación de Fiona en cuanto ve salir a una enfermera. Tienen poco tiempo: Tamara se ha quedado con la niña y la madre de ésta se ve a punto de ceder bajo los sedantes cuando le ponen los documentos sobre la cama y la pluma en la mano; Charlie regresa justo para que Madison le presente al abogado delante del ascensor, apenas un momento antes de que el furtivo hombre de leyes desaparezca con los papeles firmados para completarlos en la tranquilidad de su estudio. Una vez que él sale, sólo falta que entren los médicos; la paciente es trasladada y sobre la camilla, separada por la anestesia de la urgencia que la rodea, arrastrada hacia el futuro, recuerda y el recuerdo coincide con la posición que ocupa aquí, boca arriba mientras todo se mueve a su alrededor absorbido por los preparativos para recibir lo que ella encierra; es el viaje a Atenas al revés, pues si antes le bastó cerrar los ojos para encontrar, como el agua fluvial su curso, un camino por el que dejarse llevar y dar empleo, mientras es conducida ahora a la desembocadura de estos meses el constante rodar de la camilla, como si ella misma fuera el corredor por el que pasa, le parece ir borrándola de toda superficie con un afán comparable al de la sangre en las venas de los brazos que la empujan; a medida que la lengua se le enreda las imágenes sustituyen a los nombres y aparecen, primero, el padre de Joan, Albert, agujero cubierto por Charlie con sus precarios muebles entre escombros y, tras él, en la otra punta del espectro, la pareja consolidada en el inicio de su lento crepúsculo, el italiano y la portuguesa, autosuficientes como una rima, ignorantes de la desobediencia que ha traído a su desdeñada proveedora hasta aquí y a los que la capacidad verbal de ésta ya está muy lejos de poder formular cualquier pregunta, con lo que apenas se demoran hasta que, reducido el lenguaje mental de la yacente a un balbuceo, los aparecidos ante su mirada perdida llegan a ser sólo fantasmas a través de los que caen, irreconocibles, los cuerpos inocentes de madres y niños al vacío. La fuerza de su rebelión la ha abandonado: basta contrastar este diluvio con el puño alzado hace unos meses ante la contraorden recibida para advertir hasta qué punto la esperanza que solía sostenerla arraigaba en la obediencia; de manera que, perdido el apoyo del devenir de seres y cosas bajo control, a imagen y semejanza del natural, cuanta energía brotara de su primer acto contra el orden, sucesivamente encarnado por la riqueza de un matrimonio, el servicio social británico o el desnudo paso del tiempo, no ha hecho más que desgastarse hasta dejar de sí tan sólo una mellada punta, la intuición de esta evidencia, que emite un último destello antes de que el dolor y la anestesia, convergentes, se cierren sobre la voluntad opositora. Los síntomas apremiantes sumergen a la mente vencida en el cuerpo sobre el que trataba de flotar y hablan por ella diciendo lo que el equipo de maternidad esté dispuesto a oír. Presión arterial por las nubes, temperatura casi solar; la hora, sin embargo, es la esperada, y la menor, que llamarán Diana, surge a la luz sana y salva; la mayor, en cambio, la futura Eva, se demora como enredada en las tinieblas prenatales o enterrada en su calor de hogar, cuyo fuego muy pronto amenazará con consumirla. Velocidad variable del tiempo medido en nueve meses: entre ambos nacimientos se abre un lapso desigual en el que cabe toda la violencia de la acción incorregible. Se han comprobado en el primer parto las leves contracciones esperables de un cuerpo que ha alumbrado ya seis veces; se sabe el peligro que anuncian y se cuenta, autorizada la cesárea por el compañero de la parturienta a pesar del costo objetado por su cliente, con el debilitamiento de los músculos uterinos, sus consecuencias y también, afortunadamente, con los medios para prevenirlas o combatirlas llegado el caso, como ha llegado: pues la ola de sangre que acompaña a su causa, la súbita irrupción de Diana en el mundo, un atropello a pesar del concurso de pericia, técnica y afecto organizado para recibirla, no hace sino confirmar los temores de los médicos frente al temblor subterráneo de la carne fecundada y ahora abierta, con su ardiente ambigüedad de crepúsculo; se han previsto la excesiva hemorragia y el bloqueo del canal desbordado, se contiene su rojo derrame entre los gritos en busca de aliento, pero entre el canto estridente de la recién nacida y la muda hostilidad de la nonata va creciendo la ambivalencia de toda herida grave. Como suele ocurrir en estas llegadas anormales, lo que obstruye el cuello uterino es una placenta previa, excepcionalmente localizada esta vez detrás de la niña en tránsito, quien alterando la sucesión original ha dejado en la trampa una doble; Diana llora y Eva aún no muestra signos vitales, suspendida en su crisálida entre absorción y expulsión; relegado el embrión original por la secreta inversión del tiempo que privilegia a su copia y lo obliga a remedarla, el desprendimiento de ésta parece en cambio dejarlo atrás, postergado en el cuerpo elegido por los médicos, contra cuyas razones resurge una vez más el tabú de la vida, el mismo que prevaleciera para Fiona sobre la orden recibida de sus patrones, encarnado en la irreflexiva partera que decide: reaccionando frente al vacío del tiempo que pasa sin una acción definida, saltando por encima del círculo de las deliberaciones y de toda jerarquía, se lanza en una carrera sin rival hacia el origen bloqueado, arranca con sus manos la membrana de la boca balbuceante de la fuente y reúne a la niña medio muerta con su hermana del todo viva, dejando atrás una alfombra roja que los excedidos médicos sólo podrán recoger extirpando el útero, secando el manantial; el nacimiento de Eva pone fin a la carrera de su madre, que no volverá a serlo. Aunque la hemorragia no le impedirá cumplir todavía funciones maternas y más tarde, a pedido de las adoptantes, mientras sus hijas están aún boqueando en el respirador artificial, no vacilará en extraerse leche para ellas, lo que a Charlie le parecerá un abuso que sin embargo habrá de soportar, vista la terca persistencia de su compañera en el agotamiento de sus recursos, como si sólo así pudiera sostenerse por encima de la sentencia que la alcanzado. En los días siguientes todo procura equilibrarse y las desordenadas piezas del conjunto buscan su conciliación: la obstétrica y el hospital justifican sus procedimientos, Madison y Tamara dan las gracias a Fiona, Joan y Julie se reúnen con su madre, Diana y Eva respiran con regularidad, Charlie y su familia vuelven a casa. Pero una vez devuelto el tiempo a su curso normal, repartidas otra vez las cartas sobre la mesa del océano, restablecidas las coordenadas de su domicilio para cada cuarteto, filtrándose entre la crianza paralela de ambos dúos de niñas las diferencias van haciéndose sentir; el lado con algún relieve hunde sus nudillos en el plano y su marca se fija; las dos partes querrían olvidar, olvidarse una a la otra y corregir sus relaciones por lo menos en retrospectiva, cambiando los hechos acaecidos por la versión que más convenga a cada protagonista, pero la trama urdida por sus desplazamientos e intercambios aún reclama el concurso colectivo y tiende de un tobillo a otro lazos hechos con cabos sueltos y desoídos ecos. Para Madison y Tamara, la fiesta de bienvenida a las gemelas en su casa de California, donde unas tardes de entusiasmo les han bastado para acondicionar y decorar la habitación reservada durante meses a sus hijas, representa el cierre de ese período de incertidumbre y la apertura a una experiencia que reafirma su unión, pasaje de invierno a primavera que excluye a Fiona y es celebrado como la liberación de toda angustia por el mañana en suspenso. Tamara, que vendió las acciones de su empresa justo antes del hundimiento del mercado, mientras rodeada por sus amigas se entrega a la conversación, en su cabeza juega con la idea de ocupar, tal vez definitivamente, su sitio en casa como madre aunque, pensándolo bien, no es ella sino su compañera quien hace un trabajo sedentario, la base, cuando estaban solas, alrededor de la cual ir por dinero, salir a captar clientes, “hacer la calle”, como suele o solía decirse; Madison, libre del peso del guión ya aprobado y ahora en fase de producción, va y viene entre sus invitadas guiando a cada una que llega hasta la habitación de las niñas, donde las cunas reflejándose una a otra exactamente imponen su redundancia como plenitud. Después de Stefano y Elena, también Madison, Tamara, Diana y Eva parecen haber dejado atrás a Fiona, removida tierra exhausta en la que Charlie, por más que la trabaje, con dificultad corregirá la aridez en que Julie ha de crecer y Joan será educada, extensión más larga que el tiempo de cualquier previsión hecha por él. Mezquindad es la palabra que en el paréntesis gris de los días de regreso se repite, recortada cada vez más a menudo en la conciencia aturdida de Fiona frente al sitio vacante que reencuentra: relámpago que nada ilumina, excepto unos pies sucios de tierra en retirada, talones relumbrando a la carrera y nada más; un rastro de ceniza entre ella y la abierta negrura, de la que emana un silencio amargo; mezquindad, ceniza, amargura, diluidas en la corriente de un andar compartido que gradúa el ritmo y la progresión del envenenamiento. Hasta que ese espacio estrecho es sacudido por el reflujo del paso demasiado grande dado, cuyo punto de partida sin embargo no ha quedado a sus espaldas: son unos cuarenta mil dólares los que reclama Cure & Care por sus servicios, a escala de Fiona y Charlie una cifra inalcanzable que los obliga a retroceder en busca de un deudor que dé la talla; pero el reloj no los acompaña, ni tampoco el calendario: Madison y Tamara ya han gastado cuanto nunca planearan invertir en la transacción aludida y niegan tener dinero para la cuenta; sus ahorros se acumulan para el futuro de las gemelas y ni siquiera dio ninguna su palabra cuando Fiona, a punto de darlas a luz, creyó obtener un mudo consentimiento grabado sólo en su memoria; no hay más que su firma, Fiona Devon, igual que en los mudos papeles de adopción que le arrancara el abogado, para responder a una demanda reconocida por la ley; y a esa firma, salvo la de Charlie, igual de insolvente, ninguna otra la apoya, ni la de Hoping Families, ni las que Stefano o Elena multiplican en sus cheques, ni las de ninguno de los beneficiarios de sus servicios, familias en las que tan sólo ocupó un sitio efímero; concluido todo, el costo de su supervivencia ha excedido el dinero disponible tanto como cualquier sentimiento aún vivo de lealtad, solidaridad o gratitud. ¿Corresponde demandar al hospital? ¿Es posible, gritando por encima del océano, reclamar lo resignado en su momento, remitir a la institución una responsabilidad por la que siempre, desde el primer contacto, temieron ser arrastrados? ¿Pueden pagar un abogado capaz de ganar? Como buscando una respuesta, Charlie y Fiona deciden llevar el caso a los medios; tal vez la opinión pública, sensible a su falta de pruebas ante la ley, equilibre la balanza de la justicia. La voz de Fiona en el micrófono tiembla igual que antes su puño al dejar el teléfono, pero el impulso de rebelión, que creciera en secreto hasta la proclama, arde ahora soterrado, brasa oscura del rencor, dividido entre el ridículo de una ilusión de venganza, la torpe rigidez del testimonio y su propia corrupción por necesidad; entre tanteos y tropiezos, los argumentos van enlazándose con una sensación de acierto en cada parcial restitución del orden cronológico, pero esa cronología, más que avanzar hacia su conclusión, parece tratar de ahondar en un origen como en la causa primera de su fatal desarrollo. Fiona habla hasta agotarse, secundada por las varias veces ensayadas puntualizaciones de Charlie, que a su lado parece el suplente del abogado que les falta asesorando a su testigo; pero cuando, al llegar a una pausa semejante a un punto final o un punto muerto, sin ya más nada por narrar, oye el silencio que se le viene encima, recuerda y dice, ambas cosas por primera vez, aunque ni novedad ni repetición alcancen a sorprenderla, enunciando un último misterio, “soy la única que conoce a la donante del óvulo”, como si así pudiera volver a recibir la donación, cuando ese depósito se ha perdido más allá de lo que nadie, acosado por el futuro y las necesidades presentes, desee recordar; ella misma, hasta este momento, había olvidado a la mujer, que si no la ha olvidado a ella quizás llegue a adivinar, en el caso de que lea la prensa o mire noticieros, el destino de su aporte. De vuelta en casa, rodeada y hueca, Fiona mira a las hijas que le quedan: una duerme, la otra juega y la madre piensa, por una vez, en el azar de cada vida ya iniciada, perdida toda opción de permanecer en el comienzo ahora que su función ha terminado. No se le ocurre nada, ninguna iniciativa sustituye a la costumbre de esperar, pero entre lo perdido y la indemnización improbable que con la mejor de las suertes podría recibir se le abre un abismo definitivo, situado delante suyo e infinitamente proporcional al que la separa de su antigua existencia, sobre el que nubes y sombras planean liberadas para siempre del peso de otro estado o del de un cuerpo que las proyecte o al que anuncien. A sus espaldas Charlie aparece dotado de la solidez de una carga, presencia menos fantasmal que nunca en su concreta opacidad sin esperanzas, ajeno a toda veleidad de infinitud y un muro en el que apoyarse al fin y al cabo, pero Fiona Devon ha sido completamente atravesada.

FIN

gemelas

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La historia en suspenso

Panorama en suspenso

En tierra extraña

El grupo queda de nuevo dividido en parejas: Fiona y Julie en la cama grande del dormitorio, una dormida contra la otra en la amplitud de la tarde californiana; Joan y Charlie velando ante el televisor en el sofá que por la noche hará de cama para la primera; Tamara y Madison en el vehículo que centellea bajo el cielo ardiente. Y aunque no ocurre todo a la vez, el contrapunto lo hace más significativo: la mayor quietud en la mayor proximidad al inminente motor inmóvil, un campo de tensión irreductible entre esperar, reponer fuerzas y anudar movimientos, y la velocidad creciente que Tamara imprime al coche sobre ese fondo de urgente contradicción. Ella no habla y su amiga tampoco, ni siquiera han reñido, pero ni una ni otra sabe poner límite al silencio que sin embargo es Tamara quien arroja sobre Madison. Fiona vuelve su enorme vientre hacia el lado de la pared, Julie agita como un escarabajo sus pequeñas extremidades en el aire. Con el cinturón de seguridad cruzándole el pecho, los brazos rígidos a ambos lados del cuerpo y la espalda pegada a la butaca por el pie de Tamara sobre el acelerador, Madison se ve metida en una máquina que la interroga y no acepta respuestas, ni falsas ni verdaderas. Una mínima pulsación de la yema del índice de Charlie sobre el control remoto traslada a Joan de un remotísimo lugar de Oceanía a cualquier estadio perdido en el cosmos, donde en lugar de extrañas especies animales devorándose unas a otras dos puñados de hombres decididos se enfrentan bajo reglas consensuadas. Tamara aprieta la mandíbula y Madison siente la presión contra su vientre aumentar con la velocidad, mientras el coche parece dejar cada vez más atrás toda posibilidad de diálogo y, aunque ninguna de las dos piensa en la diferencia original entre sus lenguas, ambas perciben como una frontera ese margen indefinido entre los dos idiomas que con el correr de las millas se va consolidando. Fiona y Julie navegan las horas de la tarde hacia la noche en un sueño opaco; la luz del sol se va aplacando en las paredes y las sombras pierden su filo. Poseídas por la vana prisa de lo que gira en torno a un eje y pretende alcanzar un centro, establecido en este caso por un proceso del que son agente y no causa primera por mucho a lo que puedan aspirar en cuanto potenciales destinatarias, dentro del coche que se mueve Tamara y Madison permanecen rígidas, precipitadas a través de una vertiginosa sucesión de matices, del blanco de los nudillos sobre el volante al rojo mental del accidente, pasando por toda la gama audiovisual de los obstáculos imaginables, ninguno de los cuales aporta a este hundimiento en la nada otro sentido que el de la carretera. Charlie y Joan coinciden de pronto en un viejo dibujo animado repleto de palizas que absorbe mientras dura la totalidad de su atención. La sorpresa de que nadie se les cruce, como si nada pudiera detenerlas, de que ninguno de los coches que adelantan, ya entre los edificios de Los Angeles o al subir al plano abierto de la autopista, les ofrezca una mínima resistencia, sino que más bien parezcan desvanecerse a los costados para dejarles paso, induce en Madison el temor de haber cruzado otra barrera, distinta de la que separa lenguajes y territorios, más allá de la cual no habría retorno; pues nada se perdería con su pérdida, ni siquiera el par de niñas en camino, y la velocidad sólo evidencia la facilidad con que cualquiera de las dos quedaría borrada de un mapa idéntico después de su paso; Tamara, de pronto, se rinde y quita el pie del acelerador; Madison siente que ha ganado la carrera, aunque al precio de quedar ya para siempre del lado de la voluntad y de la afirmación; minutos más tarde, abriéndose paso en la misma corriente donde minutos antes creyó estar a punto de ahogarse, mientras Tamara camino a casa duerme a su lado, es su propio aplomo al conducir lo que la sorprende bajo el peso del miedo. Julie despierta y la siesta se acaba, Joan querría prolongarla pero los adultos van y vienen delante del televisor y sus voces no la dejan oír las de los personajes. Antes de que oscurezca del todo, Madison cumple su promesa y, después de hablar con su abogado para solicitarle un especial estado de alerta durante este período de víspera, llama al Sunshine Inn y desea buenas noches a la portadora. Fiona no recuerda lo que soñó esa tarde pero, mientras Julie flotaba en la presumible burbuja azul o rosa normalmente atribuida a su edad y Joan y Charlie derivaban entre las estaciones del ciclo eterno de las imágenes por cable, ella en cambio, devuelta a la infancia, ha estado ofreciendo, desde el cuadrado de arena donde juega sentada, tortitas de esa materia incomestible y rechazada en consecuencia pero tan maleable que deviene un desierto del que ella no se puede levantar; hundiéndose en esas arenas movedizas ha despertado sin más registro del accidente que el regusto de lo que ha sido obligada a tragar, causante de una náusea que atribuye a su estado antes de volver a dormirse; una vaga sensación de hundimiento vuelve a ella después de la cena, al conciliar el sueño junto a Charlie, con Julie en medio de ambos, mientras Joan se queda en el sofá al otro lado de la puerta entreabierta. En la ventana, un edificio llama la atención de Joan: pues, en lugar de sumirse en la oscuridad general del centro de la ciudad a esta hora, con a lo sumo algunas ventanas encendidas pero no por eso menos herméticas, exhibe su interior como lo haría un decorado, con sus varios niveles de escaleras en cuyos escalones y descansos más hombres que mujeres solos, de a dos o en grupos fuman, conversan o sólo están ahí, dentro de un corte longitudinal que va del suelo a la terraza y causa la impresión general, irreconocible para Joan, de una espera en común que, como la falta de recursos económicos o el envejecimiento prematuro de su edificio, comparten sabiendo cada uno que la cita será fallida, noción desde la cual allí persisten sin embargo, dejando que el tiempo los atraviese noche tras noche frente a la mirada capaz de percibir el carácter de su estadía. A la mañana siguiente, Madison y Tamara se despiertan más temprano de lo que hubieran querido, tras un sueño alcanzado a base de té, pastillas y una última selección de nombres para las gemelas; los ingleses desayunan en el hotel aprovechando la media pensión pagada por las americanas. Tienen dos semanas por delante sobre las cuales pende una fecha incierta y esta incertidumbre lo vuelve todo escurridizo: Madison revisa el guión a cuya primera versión deben el anticipo que sostiene toda la iniciativa, pero no logra interesarse de veras ni por sus propias ideas ni por la posible realización; a Tamara, cuanto más sólidas le parecen las firmas de su cartera de inversores, más virtual le parece su negocio en Internet; Charlie, desprovisto de cualquier actividad, vigila que la desocupación no le produzca los conocidos síntomas del desempleo por más que esta vez al menos disponga de una justificación médica, eso sí, indirecta; sólo Fiona, que hace mucho que no hace nada distinto para ganarse el pan, tomada por la naturaleza, aunque ésta fuera asistida, permanece en contacto con la fuente de la ansiedad que la rodea y no necesita distraerse. Sin embargo, guarda un secreto: sus clientas, en la visita del día siguiente a su llegada al caer la tarde, quizás debido a su inexperiencia no sospecharon nada; pero el calor manifestado por la proveedora no se debía a la temperatura ambiente ni era un fenómeno inherente al normal desarrollo de su estado, sino el efecto de una fiebre que, ya medida por Charlie una vez que su mujer no pudo esperar a que pasara, allí estaba instalada para recibirlas aunque ellas no se detuvieran en su aparición, y pronto alzará la voz para llamarlas una vez que se hayan ido sosegadas. La fiebre se hace fuerte por la noche y descansa por la mañana, entre una esposa entregada y un marido consumido; los ánimos que el sueño les devuelva serán para las hijas, en tanto el sol parece fijar un suelo calmo para el tránsito del día. Pero no es así y esa tarde, cayendo como un rayo sobre el devenir horizontal de la espera, sobrevendrá la urgencia y la raíz torcida emergerá: las dos partes del arreglo habían acordado, por fatiga o prudencia, durante la víspera darse un día de tregua en su trato, aunque igualmente se comunicarían a la hora oportuna para confirmar la regularidad de la jornada; cuando Madison, después del almuerzo, telefonea, todo sigue sin novedad según le reportan; pero, apenas un par de horas después, como si su llamada hubiera precipitado un cumplimiento perentorio del plazo estimado para la entrega, Tamara oye la agitada voz de Charlie en el teléfono informándole que una ambulancia está en camino al Sunshine Inn.

continuará

auto

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La historia de todos los viernes

Episodio número 7 de la historia de Fiona Devon, madre portadora. Continúa el diálogo iniciado la semana anterior y se llega a un acuerdo. Sus consecuencias, el viernes 11.

la mano en la trampa

In dreams begin responsabilities (Delmore Schwartz)

Charlie, que al cabo de este enredo cree haber reconocido víctima y asesinato, si no es que se confunde con tantos otros que ha visto al detener su deriva por la planicie televisiva en el súbito pico de violencia programada, retiene la motivación económica, que es la suya en este careo, y aun cuando la loca agitación de estas mujeres, de las cuales una es suya, no deja de mostrarle al niño con dos madres como un seguro náufrago entre dos costas inciertas, tampoco permite, siendo por otra parte que se trata de dos niñas, que al apuro económico se imponga prejuicio alguno: dos madres, dos niñas, hay equilibrio, es justo, entre ellas se arreglarán; hasta Joan sabe ocuparse de Julie cuando hace falta, como esta tarde. Privilegiando el bienestar de sus dos hijas, ahora que puede, sobre cualquier desprendimiento originado en una equívoca gratitud, solidaridad ante la injusticia o sentimiento de natural abundancia por parte de su mujer, Charlie procura reducir el margen de riesgo económico implícito en esta negociación y así llega a preguntarse, con todo el optimismo de que es capaz, si no habrá modo para él de sacar algún provecho de este asunto o al menos de salir sin pérdida; ya que, después de todo, teniendo en cuenta que su deuda con el seguro va en aumento, que otros gastos amenazan y que, en definitiva, no cree que el futuro le traiga en lo inmediato ninguna oportunidad mejor, más vale que se plantee la ocasión que se le presenta positivamente y hasta con un toque de audacia: el evidente nerviosismo de la americana la hace ver como una presa posible, con algo de zorro o ciervo en la inaprensible inquietud de su mirada, en la móvil tensión del cuello expuesto, y Charlie, recordando los rodeos que debe dar el cazador antes de, fríamente, efectuar su disparo o dar el salto fatal, con cautela va aludiendo, entre los recuerdos de una soleada infancia en el Oeste y las perspectivas que el estado de California ofrece a los niños y a los jóvenes, a la ya muy prolongada imposibilidad, a causa de su estado, para Fiona de hallar empleo y aun de trabajar, a la buena voluntad que él mismo está mostrando al postergar su propia actividad para acudir a esta cita, lo que difícilmente está en condiciones de permitirse, a los sacrificios a los que se han visto obligados, de los que ofrece un par de ejemplos, por el abandono al que las dos niñas futuras se han visto sometidas, de lo que ofrece una inmediata condena, para ir poco a poco orientándose hacia el punto de definición del encuentro, donde espera que una cifra vaya a ser pronunciada. Madison ha previsto que algo así ocurriría y ha calculado, a pesar de la ausencia de fines de lucro declarada electrónicamente por todas las partes del acuerdo, cuánto podrían llegar a pedirle, si bien carece de referencias sobre los números del hipotético mercado, aunque siempre tiene presente que el tiempo juega a su favor, pues no olvida que al salir ella en su busca las niñas ya estaban allí, a juzgar por la inminencia que para este parto delata el tamaño del vientre portador; de manera que no va a precipitarse con oferta alguna sino que, reacomodando sus caderas en la silla, reafirmándose, aprovecha la última intervención de Charlie para pedir detalles sobre el origen aludido: ¿cómo llegaron los embriones a su jardín?, ¿por qué se niegan a cosechar los plantadores? Charlie sabe que al respecto no quedan respuestas pendientes, pues no habrán pasado dos días entre que recibió la solicitud de Lullaby punto com y envió a América el requerido historial completo con los certificados atestiguando la perfecta salud de las gemelas solicitadas, pero aprovecha la invitación que se le tiende para manifestar una ubicua indignación, en voz baja, eso sí, aunque no por ello pasando por alto la comparable injusticia china, contra la elección, más culpable aún por la riqueza de los genitores, que vuelve superfluo cualquier control de natalidad, de un sexo por sobre otro al que no sólo se le niega la pertenencia a una familia bajo cuyo nombre se lo ha convocado, sino al que por esta negación se lo procura privar también de vida. Percibe a su lado la aprobación de Fiona, bajo la forma de mudos asentimientos de ritmo regular que acompañan su discurso hasta un poco más allá del final, pero a Madison no se le escapa el reclamo hecho al dinero bajo la forma de reproche y juega la carta del tiempo volviendo a plantear un tema pendiente y nunca resuelto desde el primer intercambio de mails: Fiona está a punto de dar a luz, pero sería mucho más práctico que las niñas nacieran en América, lo que permitiría a sus nuevas madres asistir a la portadora mucho mejor durante el parto, en terreno conocido, además de simplificar notablemente el aspecto legal, no sólo el médico, de modo que ¿cuándo podría Fiona viajar a Los Angeles? Mientras espera la réplica, como en un ensayo, puede ver cómodamente a la pareja, que parece sorprendida, vacilar y tropezarse, confundir sus argumentos delante de su impasibilidad de espectadora, y, aunque no está claro qué es lo que ha ganado, siente que va ganando, que hace bien y se hace fuerte en su silencio, en su demora para interrumpir como los otros querrían: el marido pierde pie, alude a las dificultades que tendría para ausentarse de su trabajo nuevamente y esta vez, además, por varios días seguidos; la mujer, asustada ante el vacío que ella opone, se precipita a decir que sí, que viajarán, que primero están las niñas; a lo que él, sobreponiéndose, objeta que, al no estar su propia madre en condiciones de tolerar otra convivencia con las que ya han nacido, habrá que pensar en gastos de viaje para toda la familia, Fiona, él mismo, Joan y Julie, enumeración que completa con una furtiva mirada de reojo hacia la mirada inmóvil de la extraña frente a ellos, destino tácito de su representación. Fiona, con los ojos tan grandes como el abismo sobre el que se siente suspendida ante la incertidumbre de volar o no volar, tampoco se atreve a decir una palabra; Charlie, a solas con su discurso, lo siente resbalar y lo reafirma, repitiendo los nombres de las mujeres a su cargo; Fiona, sin la confirmación que necesita de su salvadora, intercede por ésta mostrándose patética en su lugar, suplicando por lo bajo “Charlie… Charlie…” a su marido que no cede; Madison, que no ha pedido ayuda, al fin sonríe: lo importante es que las niñas lleguen a destino, afirma, y el destino al que alude seguramente es el mundo, no tan sólo California, en las mejores condiciones que seamos capaces de ofrecerles, concluye, conciliación ambigua e insuficiente para definir obligaciones financieras, pero eficaz para hacer girar el escenario. Charlie no se atreve a plantear de nuevo la incógnita económica y así la cuestión del dinero queda otra vez en el en el aire, sobre el océano que Madison cruzó entre vagas nubes, hasta que, de golpe, lanzándose a fondo, vuelve a atravesarlo, en un nuevo relámpago, para establecer, explicándose al igual que quien expone un cálculo previamente resuelto del todo en su cabeza con el consiguiente resultado inevitable, a cuánto ascenderá la transferencia que la próxima semana ella y su compañera aportarán al viaje programado, cifra que no consentirá en variar cuando responda al correo electrónico informándole el número de cuenta correspondiente, después de lo cual nada decisivo ocurre, quedando remitida a una instancia posterior la cuestión de si esta cifra corresponde al primer pago de una deuda moral, a la entrada en una sociedad de hecho o a la huella inicial del acreedor sobre su oprimido.

continuará

dollarpound

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La historia es la misma

Sexto episodio de la historia de Fiona Devon, madre portadora. La continuación, el viernes 4 de abril.

Contacto en Londres

Contacto en Londres

Tamara siente, durante esos días, en el vientre el vacío dejado por Maddy; siente que algo en su cuerpo vira del deseo al ansia, sin objeto, y la novedad de esta inquietud consolidada la empuja a reflexionar, contra sus hábitos y preferencias, acerca de las recientes transformaciones que ha atravesado, de soberana a deudora y de pródiga a temerosa, a lo largo de un período en el fondo tan raro como el abierto luego por la separación, con ella al fin de un lado que debe resignarse a aceptar como pasivo y Madison en acción lejos de su alcance, es decir más allá del largo brazo que suele intervenir desde la sombra y que ahora languidece: Tamara, desplazada imprevistamente de la ironía oblicua que era su costumbre a la esperanza llana, sólo puede esperar a que la nueva corriente la recoja. Pero Madison ya en el avión está pensando en el porvenir de su familia, ya en el aire proyecta lo que querría consolidar, y reemplaza, ahora que tiene la iniciativa, las líneas difusas del sueño por vectores hacia el futuro, inmediato y lejano, que se abre delante y debajo suyo. Londres la ignora llegar, entre sus cientos de pasajeros, e ignora también la voluntad que anima el andar, hecho de breves pasos veloces, rítmico y apretado, resuelto a no perder el tiempo, la mirada alerta al frente a pesar de los vivos ojos claros algo idos por la continua actividad mental paralela, de la mujer impecable, rubia de gris, que, como escurrida de entre los lazos de los hombres, con el pequeño puño cerrado sobre el manillar del mínimo equipaje que va arrastrando, pasa en línea recta hacia los taxis del aeropuerto y desaparece fugaz hacia la cita convenida desde el otro lado del océano, previo paso inevitable por el hotel y la ducha. Cuando tiende la mano a Charlie, ya no a tono con la lluvia imaginada en California sino a imitación de las rosas de la primavera inglesa, el hombre siente de inmediato alzarse en él, pero encogida, la agresividad hacia el rival junto al odio hacia el poder adquisitivo nunca alcanzado, cuya falta lo ha conducido a este encuentro. ¡Qué rencor, qué resentimiento de clase y de género lo domina al presentar a Fiona y comparar, manifiestos en lo opaco de la ropa que ambos llevan, sus propios salarios y deudas con los ingresos declarados por el vestuario de la otra parte en esta inminente negociación debida a una causa impuesta! Pues ha sido él, sólo él, Charlie y ningún otro, quien, siempre desde el margen, gestionando una determinación femenina, por no haber resistido a tiempo sino en cambio prolongado la tolerancia mostrada tanto hacia la obtusa vocación de Fiona como hacia la primera niña conservada, ha debido ocuparse y asumir cada detalle, desde la contratación de un seguro médico privado en reemplazo del servicio social británico, que al enterarse de la situación tendría derecho a reservarse las gemelas, legalmente en estado de orfandad, hasta el contacto con Lullaby punto com, empresa especializada en padres no convencionales, que a causa de sus antecedentes sólo ha podido ofrecerles esta opción. ¿Lo sabrá la mujer de rosa? ¿Le habrán advertido su ventaja? Madison mira el vientre de Fiona, donde está lo que quiere, y bajo la doble impresión de su expuesta vulnerabilidad y su imponente prominencia procura medir la inmensidad de su demanda, que adivina constante y creciente, por tales indicadores como el casi evidente agotamiento nervioso del marido o el notorio esfuerzo físico de la portadora aguantando su carga mientras aún están de pie; cuando se sientan queda sola frente a la pareja y en la silla vacía a su lado se le aparece Tamara, en lugar de erguida abatida por el peso de un vientre imaginario tan enorme como el de la mujer que tendría delante, espejo sin brillo, y también la ve tumbada en su sofá de Los Angeles, aplastante, manejando sus asuntos por teléfono hasta desfallecer y abandonar los hilos entre sus dedos, llamándola a hacer de sajona eficiente al regresar por fin como latina a sus raíces naturales. ¿Qué glándula escondida le rezuma este veneno, de dónde le sale este racismo vengativo que asalta su fantasía y se complace en deformar hechos y cuerpos? Madison se concentra: tiene al hombre diametralmente enfrente suyo, como opuesto, y a la mujer en diagonal; procura envolverlos con su mirada pendular y su voz clara, que envuelta en una sonrisa de vocación persuasiva va contándoles cómo es la casa en la que vive con su amiga y qué vista tienen desde allí, para explicarles después de un sumario elogio de Londres que ha viajado sola porque ya ha entregado su último guión, mientras la pobre Tamara ha debido quedarse para velar por los intereses de su empresa de Internet. Como estos hechos son anteriores al incumplimiento de las promesas de la nueva economía, Madison tiene oportunidad de ver pasar, por la mirada de sus oyentes, el ambiguo fantasma hecho de admiración y perplejidad que el dinero convoca en los necesitados y la tecnología en los excluidos, y recurriendo a su vinculación con los medios pasa a intentar establecer su propio prestigio. Yo soy escritora, como Jane Austen, les dice encantada, sin que la referencia de cortesía a la autora inglesa parezca despertar más que un vago destello de olvidado reconocimiento en los dos pares de ojos que la miran, pero no de libros, de televisión, se explica, y agrega, asumiendo en su persona la identidad de todo un equipo, yo escribí esa miniserie que seguramente han visto alguna vez, la dieron en Inglaterra, lo sabe, Herederas en pugna, y al oír el título los dos ojos femeninos que la siguen se encienden con un súbito chispazo recordando las casas, las piscinas, los hoteles y el luminoso espacio surcado por blancas limusinas al servicio de soberbias mujeres codiciadas, y Madison se detiene allí: ha hecho contacto. Mientras describe locaciones y caracteriza intérpretes, de lo más animada, Charlie, desinteresado, no puede aburrirse como Stefano: hasta la cuenta del pub, donde ha preferido concertar la cita para ahorrarse desdenes como el de la portuguesa, lo preocupa; ya se apartó de una transacción semejante y éste es, después de todo, el resultado. No podía prever ni medir, al invitarla cuatro años antes a compartir el alquiler, aunque sus confidencias más íntimas versaran siempre sobre la recién nacida Celine, de quien según piensa ahora amargado dependía la magnética felicidad de Fiona entonces mucho más que de su recién nacido amor, la abrumadora concreción de las tareas a que acabaría obligándolo aquel vientre siempre hambriento de vida; ni siquiera durante el embarazo de Robbie, cuando ya la pequeña Joan no creía necesario reflejar la satisfacción de su madre, alojada para entonces con su novio, y menos aún durante el de Julie, coincidente con una mejora laboral, se había sentido agobiado por aquellas cargas que a su mujer, según ella misma siempre decía, la estabilizaban. Ahora, desconfiado, más atento a los signos físicos de las mujeres que a sus palabras, vigila el deslizarse de la voz americana sobre el silencio fervoroso de su esposa, cuando siente de pronto en esa pista un sobresalto. ¿Por qué murió Debbie?, cree oír, con acento inglés, y ajusta su atención. Madison no identifica de inmediato el nombre que interrumpe su monólogo, vacila, y es en ese lapso cuando repara en el ruego obstinado de los ojos que la esperan; incapaz de sostener esa mirada, alza la suya al techo fingiendo que así se concentra, rehúye así la vergüenza, localiza en su fichero lo que busca e improvisa: el tema, Debbie, propuesto en el equipo tal vez por ella misma, no, debió ser algún compañero, no se le ocurre quién, sólo recuerda haberle escrito unas disputas con el novio, sí, Debbie tenía razón seguramente, es la muerte, no escribió esa escena, sólo criticó, de la joven asistente de la señora Waters, la madre de la protagonista, que en algún sentido la había adoptado, ¿no te parece?, propone a Fiona, que asiente como si fingiera entender, estar de acuerdo, y repite, insiste, al darle trabajo la había adoptado, ¿verdad?, sonríe pero no sabe, la señora Waters se sentía tan sola al casarse su hija, simpatizaba con aquella joven huérfana tan aplicada, la actriz era pulcra también, tan agradable, tenía aquel aire prolijo, modales suaves, gustaba al público, sincera, le creían, querían que el novio sentara cabeza, pero una noche, con qué buena intención sería, cuando faltaban tan pocos capítulos, se anticipaba a la protagonista, diligente, llegaba antes que ella a la escena del crimen, antes que la víctima esperada, no íbamos a matar a la estrella, ¿no?, y así la pobre Debbie entraba a la oscuridad, el asesino emboscado tras la puerta la confundía con la heredera, la atacaba por detrás, no llegaba a verle la cara, sólo un delgado rayo de luna para que el público sí, los ojos de pronto alarmados para siempre, la lengua asomando por la muda boca abierta, desfiguración de un rostro amigo, dulce, afectuoso, consolador, digno de confianza, sí, es eso, era una confusión, un equívoco, recurso clásico, así es, qué equívoca la media apretando esa garganta, la violencia de la ficción sobre aquella que los espectadores también habían adoptado, habían dejado pasar a su casa, Madison ya no distingue lo que calla de lo que dice, no traduce todas las imágenes de lo que sabe que no ha escrito aunque también lleve su firma, pero al volver a la mirada fija en ella, que no ha cambiado, que sigue esperando ansiosa, implorante, comprende que no tiene respuesta, no tiene la menor idea de por qué decidieron asesinar a Debbie, no sabe en absoluto qué decir, y sigue improvisando: no quería hacerlo, fue el productor, confiesa, velando su voz como las actrices, Debbie pidió un aumento, era tan popular, y volviéndose hacia el varón asume el rol para el que ha venido.

continuará

tele

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