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La historia debe continuar

Cuarta entrega del folletín de los viernes.

El rumor de la lluvia

El rumor de la lluvia

Cuando se entera, Fiona Devon finge obedecer; nada trasluce su rebelión, aunque lo cierto es que nadie la ve cuando, partida por el golpe recibido entre la negación que busca sitio en su mente y el peso concreto de su vientre combado, se deja caer sentada en el borde de la cama de dos plazas y allí se queda aturdida, exactamente una bolsa descartada, pero más despierta que nunca mientras el puño que acaba de abrir para dejar el teléfono vuelve a cerrarse por sí solo y empieza a temblarle, como por reflejo, mostrando, aunque nadie vea, la vibración que atraviesa su cabeza y va aumentando de volumen. La agencia no ha creído necesario agregar nada a la voz de la agente que se ha comunicado para transmitir la orden recibida y anunciar el próximo envío de los documentos pertinentes, pero esa voz, suspendida en un vacío similar al de los discos considerados de más alta fidelidad, ha dado inicio, antes de retirarse detrás de los solicitantes, a un proceso tan inexorable como el de la gestación, ahora en su quinto mes. El temblor va ampliando su dominio, extendiéndose desde el puño crispado y a lo largo del brazo inerme hasta el tronco basto, ensanchado por la espera, y Fiona es poseída por un espíritu, quizás el de su propia dignidad, o al menos el de su orgullo, desconocido hasta ahora para ella: vuelve a ver con la memoria a sus visitantes y reconoce de inmediato, libre de esperanzas, detrás de la ecuánime precisión de sus modales, el desprecio tácito del matrimonio internacional por su modesta casa, su modesto marido, su modesta apariencia, el mismo adjetivo para todo, economía de producción en serie, y por cada una de sus elecciones o fatalidades, confundidas, y hasta el carácter inevitable de ese desprecio, sin énfasis, neutro, ciego y desnudo ante esta lucidez involuntaria que no apacigua en absoluto el rumor de la revuelta en todo su cuerpo sino que, claramente, la enardece. ¿Contra qué cosa o persona descargar su furia? Ni el italiano mudo, irreprochablemente irónico al costado de ambas mujeres, ni la altiva portuguesa de ojos requisitorios, apremiantes mientras deciden qué es lo que desean ver, están allí o en algún lugar visible, y la ira de Fiona crece buscando igualarse a la distancia que le han impuesto al dejarla sola tras la barrera levantada por su agencia; en vano aprieta el puño que nada sujeta, sin obtener otra cosa que un perfecto blanco en sus nudillos: hasta que, rompiendo el aislamiento, en el vacío de su obligado silencio, enrojecida por la rabia, medio ahogada, reencuentra, cuando el calor bestial asciende torrencial hasta su cabeza, su propio cuerpo habitado y compartido, henchido y sediento, indefenso y colmado en su riqueza de jardín ofrecido al saqueo. Procurando tranquilizarse, conteniendo el ataque por no dañar los tesoros bajo su custodia, que ahora son suyos, con renovada prudencia Fiona Devon se recuesta en el centro de su cama, la vista detenida en el techo, disolviendo la vibración que la agitaba en el ritmo cada vez más lento de una respiración a la que impone su control, mientras se extiende por su nuca el frescor de la almohada; de todos modos, el tren mental sigue adelante. Desfilan ante sus ojos, con la férrea sucesión de los fotogramas de una película, más que los niños que dio a luz los embarazos ya sufridos, bautizados con los nombres de sus respectivos frutos: Joan, de su fallido matrimonio, que en un rato volverá de la escuela, perfectamente desprendida de su padre hasta el punto de no conservar ninguna huella paterna en su persona; Matthew, el primer encargo, cercenado de su vida por los padres ya al nacer y a quien siempre, por eso, ha imaginado espigado y rubio, vencedor en los deportes colegiales, inalcanzable en las carreras de vallas; el tercero, sin nombre, hidrocéfalo y víctima del síndrome de Down, muerto antes de nacer, deforme, un monstruo extraído de su cuerpo como un apéndice obsceno; Celine, especie de ángel redentor, cuyos padres igualmente angelicales no se quedan en enviarle desde Lyon periódicas fotos de su crecimiento sino que han llegado a recibirla en su casa y hasta devuelven sus llamadas telefónicas; Robbie, en cuyo hogar su nombre no es tabú, aunque agradecen su discreción y su poca insistencia en comunicarse que, a decir verdad, ha entrado en un crepúsculo; y Julie, su hija menor, dormida tranquilamente junto a Charlie, el padre, cuyo estable silencio garantiza su paz; los sucesivos anillos de un árbol de tronco fecundo aunque de ramas dispersas, capaz en todo caso de dar tanta savia y sombra como la naturaleza pueda prometer. ¿Qué significa el agravio recibido? Fiona no puede responder, y tal vez ni siquiera plantearse la pregunta: la rebelión le viene del vientre, de su propia fuente de vida, que sube y baja según su respiración se va afianzando, regular tras el acceso de frustrada violencia, pero que no decrece, al igual que tampoco se suelta eslabón alguno de la fulminante cadena de asociaciones desatada en verdad hace un momento, tardía en realidad, a cuyo término ha acabado por surgir, con su correspondiente forma física, una obstinada acumulación dotada de suficiente voluntad como para negarse a ceder el paso a la arbitraria orden de desaparecer. ¿Es posible fundar un derecho en la pura oposición, en la presencia, cuando aquél que llamó a la cita retira hasta su palabra del terreno reservado para su satisfacción? La resistencia de Fiona, visceral, se parece a las marchas de protesta que cada gobierno sabe que debe resistir hasta que la ola amaine y los resultados de sus decisiones rechazadas se confundan con éstas; pero la madre portadora, inseparable del motivo de disputa, seguirá ocupada tras la manifestación: pues a su intransigencia, privada de alternativas tolerables, corresponde la inexorabilidad del proceso iniciado por la decisión original del partido contrario, y será en su cuerpo, igual que en el de obreros y soldados, donde se paguen las consecuencias. La suplente, a pesar suyo, deviene titular, y llega así, por primera vez, a sentir el peso de su nombre, como escrito, aunque no pueda leerlo, en una losa que la oprime, desde abajo de la cual, por fin, surge su voz, que en la “i” final de Charlie, el nombre al que acude, adquiere la calidad de un chillido, intolerablemente agudo si quedara suspendido por más tiempo del que dura. Entonces, en el silencio que antecede a la respuesta, llega primero a sus oídos el rumor de la lluvia, muda en la ventana durante la atropellada carrera de sus pensamientos, detenida en este recodo, y luego, encima, alarmados, tranquilizadores, los pasos de Charlie, diligente, que dan otro comienzo a la acción.

 continuará

 botas

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Esta historia continuará

Empiezo hoy a publicar aquí un largo relato que, de acuerdo con la querida tradición del folletín, seguiré colgando por episodios cada viernes hasta terminar. A continuación, la primera entrega:

Bajo la lluvia de Londres

Bajo la lluvia de Londres

Bajo la lluvia de Londres, Fiona Devon espera un hijo ajeno; bajo el sol de California, Madison Kane y Tamara Vélez desean uno propio. Seis meses antes, bajo un roble plantado en un hostal al sur de Francia, sobre los coloridos restos de un perfecto almuerzo de verano, Stefano Soldi, empresario afortunado del norte de Italia, y Elena de Souza, modelo portuguesa retirada, deciden encargar su descendencia. No es una decisión apresurada, imprevista; menos aún el fruto de un arrebato debido al vino, al calor, al bienestar o a la dicha: por el contrario, como sus cuerpos calmos asimilan, acariciados por la brisa y las ropas ligeras, los alimentos atentamente escogidos, lentamente su sangre ha ido madurando el nuevo designio durante los días de ocio y ejercicio acumulados a lo largo de la pródiga, insinuante estación; el consenso absoluto llega como la discreta pero definitiva coronación de un gozo prolongado cuyas raíces, para la admirable mujer en la cuarentena, se hunden en la exacta adecuación entre su espacio vital y los límites que el hombre, con su anuencia, ha dispuesto a su alrededor, y, para el hombre de manos seguras habituadas a la docilidad de cuerpos y bienes, en el dominio apacible de su demorada conquista. Tienen algo de leones, colmados por su propia plenitud: abandonados a su propio peso en las ubicuas sillas del albergue, al luminoso frescor de la sombra salpicada de breves reflejos, rodeados de mansedumbre por el rumor de las hojas, los pájaros y las aguas del arroyo local, ambos se sienten, maduros, en el pico de sus fuerzas, cuyo sereno y lúcido gobierno les confiere el equilibrio que, nivelándolos, confirma y restaura, cada vez, el mutuo respeto y deseo; ya no aislados en las respectivas cumbres de sus vidas, que cada uno ha sabido llevar hasta su encuentro afirmándose tanto en los sucesivos triunfos como en las ocasionales derrotas, juntos preparan el futuro como quien dispone, conteniendo apenas por previsión el exceso, un festín del que la alegre, no, la feliz comida compartida no es sino la entrada o el preludio. Sin embargo, el camino ha sido largo; y la fuerza que su voluntad y su entusiasmo, constantes, imponen a sus cuerpos, ya medida, tal vez no cuente al presente con todo el aval de la naturaleza; el proceso de enriquecimiento también lo ha sido de gasto, y lo que ha pasado, por así decirlo, de una divisa a otra no puede reconvertirse en lo que ha sido: la experiencia no reintegra reservas de salud. El matrimonio, considerando las posibles dilaciones, los razonables pasos en falso aun del mejor tratamiento médico, decide proteger del azar el cuerpo femenino, preservarlo además de una recuperación cuyas huellas podrían dañar el esplendor conservado; recurrirán a alguien más joven, a un organismo más a propósito, en sazón, y adquirirán en firme, como tantas otras cosas antes, esta nueva satisfacción y desafío a cuya altura, están seguros, sabrán mostrarse ambos; pues confían en sí mismos, saben que sabrán cómo criar un ser humano, cómo guiarlo, qué hacer de él, así como han sabido guiar sus propios pasos hacia este claro: su hijo será un magnífico heredero, sí, buscarán una madre. Resuelto el tema, de vuelta en París, la exaltación deja paso a la acción deliberada; el doble impulso, unido al hábito de la eficiencia, precipita averiguaciones y gestiones; marido y mujer, relevándose lealmente, avanzan a la par; encuentran, repetido, un obstáculo: la ley del país en el que viven; sin dudarlo, eficaces, prácticos, se trasladan a Inglaterra, fuera del ámbito de la religión católica, donde no tardan en contactar, a través de la agencia Hoping Families, pionera en reproducción artificial, a Fiona Devon, madre múltiple, quien ofrece su vientre en alquiler. A Elena le disgusta el desaliño de Fiona, que admira su elegancia; le irrita, de esta insípida mujer en la treintena, descuidada como si el tiempo fuera a perdonarla, la negligencia que parece gobernarlo todo en ella, desde el vestido inadecuado y el peinado fallido hasta los torpes modales tentativos, imprecisos, además de la confusa blandura de los rasgos, no feos pero sí insatisfactorios por su expresión ambivalente sin enigma: contemplándola con su taza de café titubeándole en la mano, como a punto de caérsele sin acabar de caer, pareciera haber llegado, cualquiera que éste fuera, a los empujones y por carambola al sitio en el que está, llevada por circunstancias siempre imprevistas e indiscerniblemente encadenadas a la vez que, para Elena, perfectamente previsibles para cualquiera dispuesto a ejercer un mínimo de discernimiento. Stefano cree reconocer, en la estúpida guardia indefensa de Fiona, en su afectada expectativa, idénticos motivos y estrategia a los de tantos empleados y colaboradores suyos a lo largo de los años: una actitud sugerida por el temor a la oportuna autoridad de la que se espera recibir algo y cuyo poder de concentración se procura cansar con el balbuceo y la indefinición. El mismo miedo reflejo creyó distinguir en el hombre cuyo nombre no entendió bien y cuya mano flaqueó en la suya para enseguida corregir y exagerar el apretón, antes de huir a refugiarse en la habitación contigua, supuestamente vigilante, oído avizor, con la hija mayor y la beba nueva. A un costado, solo, obligándose a prestarles atención, Stefano espera que las mujeres se acomoden; reconoce, entonces, lo repetido de su situación, pendiente de un proceso que lo excluye en su mayor parte, vaga silueta de fumador meditabundo al fondo del corredor del hospital; siente, leve, el temblor de una vieja impaciencia, aplacada al inicio del matrimonio y reavivada ahora por la súbita visión, largo tiempo a sus espaldas, de Elena redescubierta sobre el natural plano inclinado: puede verla frente a la otra mujer, lanzada a la arena, proyectada como una imagen contra la opaca pared de esta sala sin gracia, airosa y casi profesional en el rol que ha de cumplir, de tal manera que por un momento es su propia juventud la que lo toca, de igual manera que una vez fueron sus ojos de estudiante los alcanzados por la imagen de la exótica modelo portuguesa naciendo a la fama, un momento multiplicado por portadas y portadas de indistintas revistas, antes de perderla en algún punto de su carrera y sólo mucho más tarde darle alcance; en los ojos pasmados de Fiona Devon vuelve a ver la inefable admiración de las otras mujeres por Elena, más regular y más alelada aún que la de los hombres. ¿Qué hay detrás de esa especie de fascinada afasia? Por debajo del balbuceo, como los pobres las irregularidades de su economía, Fiona oculta las anomalías de su historial médico, disponible pero no recomendable; Elena preferiría una chica más joven, saludable y entera, en lugar de este cuerpo fuerte pero visiblemente cansado, cuyo engranaje transitado por seis fetos, dos propios y cuatro ajenos, comienza seguramente a resentirse. Pero la decide a confiar en la experiencia de Fiona la supersticiosa creencia de su razonante cerebro, responsable de su físico y sus maneras, tan cultivados, en cierta infalible fatalidad con que la naturaleza, supuestamente, preservaría a sus instrumentos más dóciles; el relincho discreto del teléfono, inesperado, arranca su cabeza del agua oscura de semejante meditación y así despierta, decidida, volviendo del cálculo imposible en el que se había sumergido; ahogando una risa cruel, originada sin duda en la mal disimulada ostentación con que Charlie, el jefe de familia según tenía entendido, irrumpiendo desde el cuarto vecino levanta el tubo y procura hacer ver, si alguien lo mira, que se trata de una llamada de trabajo, o sea, que trabaja y que, cualquiera que éste sea, es su trabajo y no el vientre de Fiona el que trae el pan a la casa, Stefano Soldi experimenta el alivio debido a la distracción bajo la forma de un implícito acuerdo consigo mismo y se relaja; Fiona Devon, localizada y detenida en el devenir de lo casual, es ya la elegida de Elena de Souza; contento de poder sacarla al fin de allí, benévolo el empresario secunda a su mujer. Costean el viaje a Atenas, donde el vientre que alquilaron recibirá sus cuatro embriones, producto de la alianza entre el semen anónimo de un donante norteamericano y los óvulos de otra inglesa cuya identidad, aconsejados por Hoping Families, están de acuerdo en ignorar así como existe entre ambos el acuerdo de permanecer fuera del acto, ajenos por igual al proceso biológico iniciado, equidistantes de la gestación y con idéntico derecho, de este modo, ante su hijo, y devuelven de inmediato su atención al rendimiento de sus bienes, como es costumbre para el propietario, mientras dejan que madure, organizada, la sorpresa que esperan de la tierra.

continuará

paraguas3

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