Correspondencia nocturna

Editar es velar el sueño ajeno.

¿Cuán enamorado se puede estar?

No es como el lector, que duerme al lado.

La noche pesa sobre el ser despierto.

“Yo voy al teatro a silbar al público”,

me decía un amigo dramaturgo

a quien nunca el aplauso dejó oír.

Crítico se nace. Con ese drama

no se conmueve a nadie, aunque el conflicto,

siendo fatal, queda así asegurado.

No el mañana, aunque las próximas horas

son previsibles como la novela

que se me ha encargado solapar.

Tengo toda la sombra de la noche

por delante para dar a esta tinta

densidad y fluidez, y alrededor

para hacerlo con el discreto oficio

que mi oscura condición garantiza.

Como un párpado que se abre y cierra,

el deseo de reconocimiento

insiste y renuncia, igual que una herida

o el sueño opaco del que está cansado

pero trabaja. Y se retira y vuelve

a preguntar y pedir, considerado

tanto a la luz de la lámpara insomne

como al sol de la fama ajena, fuente

de un agua que no sacia pero brilla,

incapaz de dormirse en el sereno

perfil de una moneda. Así comercia,

pagando sus deudas con lo que obtiene

sin formar un capital, apostando

más al azar que a las cartas marcadas,

consigo mismo y con sus semejantes,

que los mismos billetes manipulan.

Aquí el que vende se siente explotado,

pero el que compra se siente estafado

y no hay, que equilibre la balanza,

más que el veneno de los comentarios

cuando se vierte en la copa del ausente,

deslumbrado por su propio reflejo.

Los que beben a su salud se ríen,

sentados a la sombra del espejo,  

pero hoy estoy solo y debo estar sobrio,

la silla recta y la espalda de pie.

Aun así, una sentencia que corrijo

me abre la risa y mi lengua inclina

al diálogo imposible con mi amigo

comediante, que duerme si no finge

dormir o estar despierto sobre un libro

como éste, inconcluso, interminable,

para ganar el pan de la vigilia.

Un faro que no guía a ningún barco,

mi ventana, la única encendida

sobre las plácidas olas del barrio

sumergido en su pecera sin islas.

Hago asomar una costa lejana

y deslizo hacia allí la breve espuma

de hace un rato, buscando el eco infiel

que confirme su razón y la firme.

Una risa cavernosa, de cueva

cerrada a ciudadanos honorables

en horas de servicio, al menos, donde

citarnos, como ahora no podemos.

La risa del amor desencantado,

que en la calma cautiva de estas horas

debo masticar con boca cerrada,

mientras maquillo, con dedos arteros,

un objeto vuelto prosaico. Hay alguien

que entiende esta tarea al otro lado

del océano opaco: la paciente

restauración de lo que jamás hubo,

espejismo de ojos legañosos.

Y por eso comprende esta escritura

de aguijones, que también él practica

cuando glosamos sagas y consignas

a la furtiva luz reveladora

de disecciones e iluminaciones,

luz mala del lector supersticioso.

Mientras el sol todavía no cubre

los estrechos límites de mi mesa,

puedo extenderlos, como de una balsa

los bordes que la apartan del naufragio,

aun si debo inclinarme ante este pálido

doble del amor no correspondido.

Mañana estará erguido en las vidrieras

detrás de las que otros no lucimos,

pasándonos debajo del pupitre

notas doctas acerca del premiado.

Desconocidos por nuestro semblante,

intercambiamos, fuera de registro,

toda una correspondencia culpable

de ser efectivamente privada.

1-2.4.2022

Los desiertos obreros 3

Untitled (Franz Kline, 1957)

Para Carla a la intemperie

Navegación a sangre

El peso vertical de la palabra viril. El juicio de la plomada.

Como los indios, que desconocen el vértigo

y reinan en su esclavitud sobre terrazas y letreros luminosos.

El desierto entra a la ciudad, pero al revés: por abandono,

introduciendo sus cultivos en los mudos engranajes

del tractor detenido. Un vagón, otro vagón.

Reguero de flores silvestres entre herramientas herrumbradas.

La brújula marca las afueras. Navegación a sangre.

El barco es la tripulación como la ciudad, la abandonada capital,

era el pueblo. Sólo nosotros conocemos nuestra huella,

la vemos, la reconocemos. Charco agrisándose.

La voz de Javier Martínez sobrevuela estos terraplenes

eternamente húmedos, con sus yuyos como bruscos penachos

dispuestos siempre a sustituir al compañero. Coro mudo

en la paciente deriva que nada espera. No hay

redención, hay progreso, producción automatizada

de autopartes y prótesis. Y en la cima de la oscura pirámide,

el sacrificio ya hecho. La sangre corre por la otra cara.

Por la mejilla del prójimo. Paso de paisanos

por el medio de la avenida, muerta de noche y ahora

desbordada por el sol en diagonal. País de sombras largas

cada vez más altas y delgadas. La brújula señala

un horizonte en declive, interrumpido por construcciones

cada vez más separadas y precarias, suplicantes casi

en su tímido alzarse bajo un cielo mayor, paredes desguarnecidas

que no hacen muralla, detrás de cuyos esbozos

aparece, desbocado, el llano que precede al precipicio.

Desnudo mástil de nuestra embarcación, sostenida por las aguas

intangibles del océano inconsciente y sus afluentes imaginarios,

¿es igual a la altura a la que apuntas desde nuestros hombros

aquélla que desde lejos nos apunta con sus matices

de azul en la luz fundados, en el viento, en la temperatura

o en la distancia de cada plano respecto al punto de observación?

Los cumplidores pies en la tierra se hunden en el barro

descubierto por la raíz arcaica que levanta el castigado pavimento

y avanzamos un poco más en la casual recuperación

de los peligros conjurados, la miseria familiar cuya sombra

peor era entonces que la luz desamparada del campo indefinido.

Pájaros apagados que en nuestro cráneo relumbran. Ramas

finas, otras voces arraigadas: Miguel Abuelo, Spinetta,

los gritos que desde abajo anunciaban la salida del Clarín

como el gallo de las afueras la del sol. Otro tiempo.

Fantasmales, los colectivos ejecutan su ruta invariable

a nuestro turbio alrededor. Nos adentramos en la distancia.

Nos alejamos del oficio y la manía o costumbre

de construir, de curtirse las manos contra la piedra

y la cal: derrámenla en los cementerios. Remando en seco,

sutiles, despacio entramos de pronto al aire sutil.

Diciembre 2016

Otros tiempos

La luz de las gacetas
La luz de las gacetas

«Deja / tus afectos, pues de ellos no se ocupa / esta viril edad, que sólo atiende / a los arduos estudios económicos / y al público gobierno. El propio pecho, / ¿qué te vale explorar? Materia al canto / en ti no busques. Canta los asuntos, / la madura esperanza de este siglo.»

musasCuando muchacho vine

a entrar en disciplina con las Musas.

Una de ellas cogiome de la mano

y durante aquel día

en torno me condujo

Para ver su oficina.

Me mostró uno por uno

los útiles del arte,

y el distinto servicio

a que cada uno de ellos

se emplea en el trabajo

de la prosa y el verso.

Yo los miraba, y dije:

“Musa, ¿y la lima?” Y contestó la diosa:

“La lima se gastó; ya no la usamos.”

Y yo: “Mas rehacerla

es preciso, ya que es tan necesaria.”

Y contestó: “Así es, mas falta tiempo.”

limaGiacomo Leopardi, Canto XXXVI, titulado Pasatiempo

Escrito en Pisa, 15 de febrero, último viernes de Carnaval, 1828

Giacomo Leopardi (1798-1837)