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El estilo de una lengua

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“La emoción del hablado en el escrito” (Louis-Ferdinand Céline)

Se puede decir lo que se piensa, pero no hablar como se piensa. Por lo menos, si uno aspira a ser comprendido. Hay que traducir: de la lengua propia a la común, es decir, a un uso consensuado de ese instrumento que uno fuerza en cuanto se pone a pensar, pues así es cómo se fuerza al pensamiento, lo que significa que sólo adulterado el trago puede servirse. Adulterado: no porque la pureza de un licor como el que no se vierte sea algo sagrado, sino porque en la renuncia a no hacerse entender hay ya la aceptación de otra sustancia y así, a través de ésta, el regreso al magma de lo que se ha destilado. No se habla solo ni hablando solo; basta abrir la boca, o mantenerla cerrada mientras la voz, dentro del cerebro, busca una salida apuntando a una conclusión, para que el teatro imaginario se construya por sí mismo, en un abrir y cerrar de ojos, alrededor del parpadeante solitario en cualquier entorno. ¿Qué diferencia hay entre hablar y escribir? Para Pasolini, en cuanto lenguaje, el cine era a la vida lo que la escritura a la oralidad; y al ser, en él, cada cosa también su propio signo, reflejo y reflexión simultáneos. Todo el esfuerzo de Céline, “devolver al escrito la emoción del hablado”, puede ser visto, sin embargo, como la evidencia de la grave dificultad de la verdad para sostenerse en ese traslado del aire a la página, ya que sólo accidentalmente se ha pronunciado en la voz de quien, oído al pasar pero atentamente por el artista que lo registra, no argumenta más que afectado por las circunstancias que lo cuestionan, reafirman, adulan o amenazan. Pasado el tiempo de la acción, que corresponde al habla, cuando llega el de la reflexión, en este esquema el de la escritura, el primer problema, y no sólo para Céline, es el de una conservación de la que depende que lo evocado, al comparecer ante el lector, efectivamente resucite. Y que resucite de verdad: no como apariencia a la que ese lector, por identificación, preste su vida, sino como signo capaz de preservar su diferencia con las proyecciones ajenas mientras exhibe el acontecimiento, ahora fantasma pero alguna vez viviente –“tan vivo y gallardo como tú” (Eliot)- que le ha sido confiado. Ya no vive pero “habrá vivido”, que es lo que Céline exigía a lo escrito como prueba de verdad. Segundo momento, no segunda oportunidad, ya que es necesario que la ocasión se haya perdido para que otra cosa advenga en lugar de una vaciada restitución, la escritura admite una libertad que la oralidad, en su urgencia, no autoriza, pero exige a su vez un rigor distinto que implica tanto la conservación fiel del pasado como la consideración desengañada del futuro para encontrar el tono exacto. Al apelar a distintos interlocutores de los que se tuvo o faltaron en un primer momento –el fundador del texto en curso-, al recurrir, por motivos de censura, soledad o incomprensión, a la posteridad, al extranjero o a cualquier civilización soñada por venir, el otro, o sea el lector, es evidentemente imaginario, a diferencia del interlocutor inmediato cuya presencia física nos convence de que está ahí. En este fatal desencuentro entre amigos y lectores, vivos y muertos, ayer y hoy, se entiende el dramatismo de la palabra escrita pronunciada en escena, tan diferente de la lengua hablada para no ser escrita: es la evidencia del desgarro del que nace toda comunicación. Si hablar y escribir, extemporáneos, no pueden ser jamás lo mismo, entonces: ¿hay que hablar como se escribe o escribir como se habla? ¿Dónde está aquí la verdad? Lo peor: la imitación de la oralidad en sus tics y sus giros cotidianos, la falsedad social por excelencia imitada servilmente en lugar de retratada, como puede leerse en todo aquello que busca desesperadamente a sus receptores en el mercado de la identificación y el reconocimiento. O su reverso académico, con su vocabulario tecnoide, sus conceptos-sello, sus puentes siempre levantados de tal modo que la torre de marfil domine siempre las llanuras revueltas. En medio existen, sin embargo, admirables libros de conversaciones: con escritores que saben hablar bien, la mayoría de las veces, o con gente de acción capaz de escribir, como Julio César, Sun Tzu y algunos otros generales. Este registro inclinaría la balanza a favor de la escritura como ejemplo para el habla, pero tan proclive a devenir veneno es este dictamen, tan favorable se quiera o no a los abusos del dogma, que es necesario encontrarle un antídoto al otro lado de la calle, es decir, en la misma calle, recuperada de la demagogia para tales efectos. Del bar donde estoy terminando de escribir extraigo entonces, para oponer a lo ejemplar, un casual ejemplo, “El mundo del taxi es un mundo oscuro”, frase memorable, literaria, a cuya altura no están los comentarios que suscita, dicha al pasar por el hombre en mangas de camisa y chaleco sin mangas detrás de la barra mientras prepara y reparte cafés para su público ocasional, no considerado por él como tal, acodado en el mostrador delante del ocasional poeta, considerado así por mí en razón de la glosa a que su frase podría dar lugar, si la pieza en prosa o verso resultante diera la talla de su fugaz inspiración.

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Literatura fantasma

Espíritu sutil

Espíritu sutil

El que siempre lee entre líneas puede acabar por no leer las líneas. Y si además escribe entre líneas, puede acabar por no escribir. O por no haber escrito. Este espíritu en exceso sutil tal vez no encarne. Pasará por este mundo sin dejar más rastro que el viento en la arena. Huellas en la memoria de los atentos, indicios abandonados por falta de pruebas.

El mimo parlante. Una niña de cuatro años en el bus de esta mañana con la cara pintada como un mimo: la mímica es el tema de la pequeña conferencia que debe ofrecer cuando lleguemos a sus compañeros de clase. Pero la broma es tan evidente que se nos ocurre a la vez a todos y nadie la expone directamente, basta con aludir a ella: el mimo parlante, un mimo que da una conferencia, contradicción y paradoja que la inocencia ignora y la conciencia denuncia como formas complementarias de mantener la tranquilidad. Ya que explicarse suele ser doloroso, por la traición implícita en semejante alejamiento del propio ser así dividido; pues lo esencial no es inexplicable, pero se expresa en otro lenguaje que tal vez ni siquiera lo sea, en la presencia cuanto más desnuda mejor, más entera. Ninguna aclaración colma el misterio, ningún misterio satisface a la razón.

Un cover para la Lupe

Un cover para la Lupe

Puro teatro. Nada impide a un hombre cantarle a una mujer esa canción vociferada por la Lupe al final de una película de Almodóvar, todo favorece en esa saturación de femineidad la fluida inversión hacia otro intérprete que devolviendo reticencia por estridencia repitiera la misma letra, la misma melodía con voz muy suave: Igual que en un escenario / Finges tu dolor barato / Tu drama no es necesario / Ya conozco ese teatro / Fingiendo / Qué bien te queda el papel / Después de todo parece / Que ésa es tu forma de ser / Yo confiaba ciegamente / En la fiebre de tus besos / Mentiste serenamente / Y el telón cayó por eso / Teatro / Lo tuyo es puro teatro / Falsedad bien ensayada / Estudiado simulacro / Fue tu mejor actuación / Destrozar mi corazón / Y ahora que lloras de veras / Recuerdo tu simulacro / Perdona que no te crea / Me parece que es teatro. Es imposible fundar un carácter en nada que se recrimine a otro.

En pose. Posar es poner distancia. Cuando la promoción de la mujer, por ejemplo, la lleva a estar en primer plano en cada escena continuando su monólogo, incluidas las pausas, la imagen entera, incluido el sonido, se vuelve insufrible. Pues la mezcla resultante entre intérprete y público resulta obscena (lo mismo vale para el líder carismático, el conductor mediático o cualquier otra figura sin reverso, aunque tanta parte del público se sienta ahogar cuando le dejan aire): el gusto retrocede precisamente en busca de una recomposición de la imagen y esa distancia es el don del pudor. La pose que invita y no impone, la reserva, el silencio, permiten acercarse al conservar su lugar.

La autoridad rebelde. A cada autoridad rebelde corresponde un poder en la sombra, a cada medida conservadora la desmesura de un tesoro creciente.

Caída de Ícaro (Brueghel)

Caída de Ícaro (Brueghel)

A escala. Hay siempre una desproporción entre el sufrimiento y sus causas, reflejada en la distorsión desigual con que se expresan. Así, al componer, ya sea un relato, una frase, memoria o ficción, se impone considerar todo lo indiferente al sobresalto evocado y situar en el mapa mayor de las circunstancias más lejanas los asuntos de alcoba o de barrio a fin de darles la medida adecuada. Para comprender he debido alejarme. Así lo pequeño desaparece y lo grande alcanza su debida proporción. Esto escribía Humphrey Bogart como guionista de una película que nunca veremos dentro de otra con los años devenida ejemplar: En un lugar solitario. Narrar no es poner una cosa detrás de otra, sino en cambio una dentro de otra en proporción inversa a la magnitud de su significado. Secreto que se cuenta, cebolla que se pela, guarda siempre más pequeña bajo una piel más delgada su causa primera o razón sin razón.

L.Q.Q.D. El mundo es ancho y no necesariamente ajeno, pero cada uno lo recorre por el estrecho camino propio que además sólo conoce mientras pasa por cada sitio. Adelante, atrás y a los lados todo es especulación, conjetura. Las hipótesis del arte o de la filosofía no se pueden comprobar ni demostrar de manera acabada, suficiente, convincente o satisfactoria; de modo que, como no se sostienen, sólo cabe sostenerlas uno mismo para no volver a la tabla rasa de la supervivencia. “Al final siempre es la muerte la que triunfa”, decía Stalin. “Todos nacemos para perder un poco”, le oí decir a un filósofo menos conocido en una sobremesa. El arte reside, como decía Sun Tzu, en ser “vencedor en secreto”: conservar lo ganado en un puño y no abrirlo a las varas de los jueces. El resto es una cantidad en sí misma; sólo en relación al cociente se encuentra en falta.

A bailar que son dos días

A bailar que son dos días

La punta de un diamante

Como un pez que salta,

irisado

en la luz cegadora,

y brilla

lo que un destello

cegador,

ardiendo en frío,

relampagueo apenas coronado

antes de recaer

en la corriente sin nombre

de su origen,

sangre ciega en el claro del agua,

mutación sin destino,

así es la fama

perseguida por tu impulso:

un extravío

y aun entre luces turbias

iluminación.

salmon

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