Archivo de la etiqueta: ley

Pequeñas respuestas

hojas

“La verdad no está en un solo sueño, sino en muchos” (PPP)

I

Se repite a menudo, pero no sin fundamento, la idea de que nuestra época ya no admite los grandes relatos, esas grandes ficciones unificadoras del pasado, y de que en cambio ese lugar vacío es ocupado, hoy –o más bien atravesado- por un sinnúmero de pequeñas ficciones por cada una de las cuales tal vez sólo un individuo podría responder, y eso sólo parcialmente. “Small answers”, se decía en un artículo sobre las canciones de Lou Reed, contraponiéndolas a las grandes visiones de las canciones del Dylan de los 60, y esta definición podría servir para definir toda una narrativa, muchas veces muy lograda, de los últimos cuarenta años, que además ha ido poco a poco instituyendo su modelo. La minimalista adecuación de estas “pequeñas respuestas”, cuyo valor depende de su precisión y de su eficacia, tiene como contracara que, así como arrojan una fuerte luz sobre un área muy pequeña y reveladora, dejan en la oscuridad todo aquello que ha de quedar en suspenso porque una respuesta de este calibre no puede –ni lo intenta, al contrario- responder a ello. El efecto, muy apreciado por la crítica de estos últimos cuarenta años, es el de poner en duda todo gran discurso, lo que se logra a través de este tipo de impertinencia intachable: impertinencia porque es hacer valer lo pequeño, efímero y singular allí donde regía todo lo contrario, e intachable porque la eficacia de la operación depende de su impecabilidad. De algún modo, es el crimen perfecto que pone en jaque a la ley. Y de este modo, hace asomar alguna verdad incómoda. Pero, entonces, cabe hacer a toda esta narrativa una pregunta: ¿es suficiente una pequeña respuesta cada vez, por más verdadera que sea la incomodidad que contiene, para hacer frente a todo un mundo de incógnitas? Característico de este tipo de narrativa es encontrar su punto de llegada en una especie de suspenso, de nuevo enigma que se deja suspendido allí donde antes parecía haber alguna gran certeza. Pero hay que advertir, como con las vanguardias respecto al arte académico, que ese modo de hacer cuenta con aquello que critica, justamente, como base de su oposición. Cuando el Gran Discurso de la Tradición se evapora, el sentido de las pequeñas evidencias que se le oponían deja de ser tan certero. Y de este modo, sin el viejo capital que le servía de garantía, es muy probable que aquel indicio que en su momento tuvo el valor de una súbita verdad incómoda ya no aparezca como tan verdadero, a pesar de que no mienta. Un día, también los límites que permitían apretar mucho abarcando poco pueden aparecer como limitaciones frente a esa verdad con que la ficción aspira a ser algo más que entretenimiento. Ese día llega cuando no es ya la potencia abusiva del discurso público lo que oprime la verdad, sino el repliegue de cada cuerpo en su silencio lo que le hace el vacío.

libraco

Bajo el peso de la ley

II

Es discutible que todas las novelas se parezcan a sus protagonistas. Pero plantearlo puede ser útil a la hora de cuestionar tanto al personaje como a la novela, es decir, de considerar si la respuesta que una y otra dan a las cuestiones que a través suyo se plantean es satisfactoria. Un rasgo del propio relato contribuye a esta identificación, y es que la narración sigue a su protagonista paso a paso, todo el tiempo, tal como la cámara de Godard lo hacía con Belmondo o Karina en Sin aliento o Vivir su vida. Godard decía que intentaba seguir un personaje “hasta sus últimas consecuencias”. Es una buena manera de comprobar si se llega a la conclusión de lo que se ha planteado. De modo que, aunque el propósito de todas las novelas no sea el mismo, el procedimiento puede servir para un examen. Desde la muerte de las grandes causas y los grandes discursos, el tipo de narrativa que hace posible una novela, ya sea de aventuras, ya sea de costumbres, desestima a unos y otros como garantes de su verdad. Existe una diferencia importante, porque es la diferencia entre la moral de los Grandes Discursos y Relatos, la de la Ley, y la moral de las pequeñas respuestas, apegada a cada individuo contra su sacrificio a una u otra Causa. Sólo que, para tener valor moral, justamente, esta segunda moral debe ofrecer una respuesta a la altura de las circunstancias y no basta para eso ni con la expresión ni con la salvaguarda de la subjetividad. Éste es prácticamente el tema de toda épica, el momento en que un individuo debe estar dispuesto incluso a sacrificarse a sí mismo a algo mayor. En una sociedad en la que todo lo más grande que un cuerpo aparece como una construcción abusiva y fraudulenta, la sensación de absurdo irreivindicable de todo sacrificio puede ser omnipresente y todopoderosa, pero ese no dejarse engañar tampoco responde ni al absurdo de haber nacido ni al de morir. Hay una falta de respuesta que ninguna lágrima o manifestación subjetiva involuntaria, por más franca que sea, colma. Lo que tampoco borra el sentimiento moral de que se debe ensayar una respuesta. La mejor narrativa actual, o mucha de ella, suele contar con la fuerza de lo opaco, de lo que impone su presencia negando una explicación. De las debilidades es más difícil hablar, porque se esconden, pero suelen ser en este caso las del autor típicamente contemporáneo para salir de los esquivos límites de una sociedad que concede al individuo solvente tantos derechos.

peces

Deja un comentario

Archivado bajo críticas, lecturas

Esta historia continuará

Empiezo hoy a publicar aquí un largo relato que, de acuerdo con la querida tradición del folletín, seguiré colgando por episodios cada viernes hasta terminar. A continuación, la primera entrega:

Bajo la lluvia de Londres

Bajo la lluvia de Londres

Bajo la lluvia de Londres, Fiona Devon espera un hijo ajeno; bajo el sol de California, Madison Kane y Tamara Vélez desean uno propio. Seis meses antes, bajo un roble plantado en un hostal al sur de Francia, sobre los coloridos restos de un perfecto almuerzo de verano, Stefano Soldi, empresario afortunado del norte de Italia, y Elena de Souza, modelo portuguesa retirada, deciden encargar su descendencia. No es una decisión apresurada, imprevista; menos aún el fruto de un arrebato debido al vino, al calor, al bienestar o a la dicha: por el contrario, como sus cuerpos calmos asimilan, acariciados por la brisa y las ropas ligeras, los alimentos atentamente escogidos, lentamente su sangre ha ido madurando el nuevo designio durante los días de ocio y ejercicio acumulados a lo largo de la pródiga, insinuante estación; el consenso absoluto llega como la discreta pero definitiva coronación de un gozo prolongado cuyas raíces, para la admirable mujer en la cuarentena, se hunden en la exacta adecuación entre su espacio vital y los límites que el hombre, con su anuencia, ha dispuesto a su alrededor, y, para el hombre de manos seguras habituadas a la docilidad de cuerpos y bienes, en el dominio apacible de su demorada conquista. Tienen algo de leones, colmados por su propia plenitud: abandonados a su propio peso en las ubicuas sillas del albergue, al luminoso frescor de la sombra salpicada de breves reflejos, rodeados de mansedumbre por el rumor de las hojas, los pájaros y las aguas del arroyo local, ambos se sienten, maduros, en el pico de sus fuerzas, cuyo sereno y lúcido gobierno les confiere el equilibrio que, nivelándolos, confirma y restaura, cada vez, el mutuo respeto y deseo; ya no aislados en las respectivas cumbres de sus vidas, que cada uno ha sabido llevar hasta su encuentro afirmándose tanto en los sucesivos triunfos como en las ocasionales derrotas, juntos preparan el futuro como quien dispone, conteniendo apenas por previsión el exceso, un festín del que la alegre, no, la feliz comida compartida no es sino la entrada o el preludio. Sin embargo, el camino ha sido largo; y la fuerza que su voluntad y su entusiasmo, constantes, imponen a sus cuerpos, ya medida, tal vez no cuente al presente con todo el aval de la naturaleza; el proceso de enriquecimiento también lo ha sido de gasto, y lo que ha pasado, por así decirlo, de una divisa a otra no puede reconvertirse en lo que ha sido: la experiencia no reintegra reservas de salud. El matrimonio, considerando las posibles dilaciones, los razonables pasos en falso aun del mejor tratamiento médico, decide proteger del azar el cuerpo femenino, preservarlo además de una recuperación cuyas huellas podrían dañar el esplendor conservado; recurrirán a alguien más joven, a un organismo más a propósito, en sazón, y adquirirán en firme, como tantas otras cosas antes, esta nueva satisfacción y desafío a cuya altura, están seguros, sabrán mostrarse ambos; pues confían en sí mismos, saben que sabrán cómo criar un ser humano, cómo guiarlo, qué hacer de él, así como han sabido guiar sus propios pasos hacia este claro: su hijo será un magnífico heredero, sí, buscarán una madre. Resuelto el tema, de vuelta en París, la exaltación deja paso a la acción deliberada; el doble impulso, unido al hábito de la eficiencia, precipita averiguaciones y gestiones; marido y mujer, relevándose lealmente, avanzan a la par; encuentran, repetido, un obstáculo: la ley del país en el que viven; sin dudarlo, eficaces, prácticos, se trasladan a Inglaterra, fuera del ámbito de la religión católica, donde no tardan en contactar, a través de la agencia Hoping Families, pionera en reproducción artificial, a Fiona Devon, madre múltiple, quien ofrece su vientre en alquiler. A Elena le disgusta el desaliño de Fiona, que admira su elegancia; le irrita, de esta insípida mujer en la treintena, descuidada como si el tiempo fuera a perdonarla, la negligencia que parece gobernarlo todo en ella, desde el vestido inadecuado y el peinado fallido hasta los torpes modales tentativos, imprecisos, además de la confusa blandura de los rasgos, no feos pero sí insatisfactorios por su expresión ambivalente sin enigma: contemplándola con su taza de café titubeándole en la mano, como a punto de caérsele sin acabar de caer, pareciera haber llegado, cualquiera que éste fuera, a los empujones y por carambola al sitio en el que está, llevada por circunstancias siempre imprevistas e indiscerniblemente encadenadas a la vez que, para Elena, perfectamente previsibles para cualquiera dispuesto a ejercer un mínimo de discernimiento. Stefano cree reconocer, en la estúpida guardia indefensa de Fiona, en su afectada expectativa, idénticos motivos y estrategia a los de tantos empleados y colaboradores suyos a lo largo de los años: una actitud sugerida por el temor a la oportuna autoridad de la que se espera recibir algo y cuyo poder de concentración se procura cansar con el balbuceo y la indefinición. El mismo miedo reflejo creyó distinguir en el hombre cuyo nombre no entendió bien y cuya mano flaqueó en la suya para enseguida corregir y exagerar el apretón, antes de huir a refugiarse en la habitación contigua, supuestamente vigilante, oído avizor, con la hija mayor y la beba nueva. A un costado, solo, obligándose a prestarles atención, Stefano espera que las mujeres se acomoden; reconoce, entonces, lo repetido de su situación, pendiente de un proceso que lo excluye en su mayor parte, vaga silueta de fumador meditabundo al fondo del corredor del hospital; siente, leve, el temblor de una vieja impaciencia, aplacada al inicio del matrimonio y reavivada ahora por la súbita visión, largo tiempo a sus espaldas, de Elena redescubierta sobre el natural plano inclinado: puede verla frente a la otra mujer, lanzada a la arena, proyectada como una imagen contra la opaca pared de esta sala sin gracia, airosa y casi profesional en el rol que ha de cumplir, de tal manera que por un momento es su propia juventud la que lo toca, de igual manera que una vez fueron sus ojos de estudiante los alcanzados por la imagen de la exótica modelo portuguesa naciendo a la fama, un momento multiplicado por portadas y portadas de indistintas revistas, antes de perderla en algún punto de su carrera y sólo mucho más tarde darle alcance; en los ojos pasmados de Fiona Devon vuelve a ver la inefable admiración de las otras mujeres por Elena, más regular y más alelada aún que la de los hombres. ¿Qué hay detrás de esa especie de fascinada afasia? Por debajo del balbuceo, como los pobres las irregularidades de su economía, Fiona oculta las anomalías de su historial médico, disponible pero no recomendable; Elena preferiría una chica más joven, saludable y entera, en lugar de este cuerpo fuerte pero visiblemente cansado, cuyo engranaje transitado por seis fetos, dos propios y cuatro ajenos, comienza seguramente a resentirse. Pero la decide a confiar en la experiencia de Fiona la supersticiosa creencia de su razonante cerebro, responsable de su físico y sus maneras, tan cultivados, en cierta infalible fatalidad con que la naturaleza, supuestamente, preservaría a sus instrumentos más dóciles; el relincho discreto del teléfono, inesperado, arranca su cabeza del agua oscura de semejante meditación y así despierta, decidida, volviendo del cálculo imposible en el que se había sumergido; ahogando una risa cruel, originada sin duda en la mal disimulada ostentación con que Charlie, el jefe de familia según tenía entendido, irrumpiendo desde el cuarto vecino levanta el tubo y procura hacer ver, si alguien lo mira, que se trata de una llamada de trabajo, o sea, que trabaja y que, cualquiera que éste sea, es su trabajo y no el vientre de Fiona el que trae el pan a la casa, Stefano Soldi experimenta el alivio debido a la distracción bajo la forma de un implícito acuerdo consigo mismo y se relaja; Fiona Devon, localizada y detenida en el devenir de lo casual, es ya la elegida de Elena de Souza; contento de poder sacarla al fin de allí, benévolo el empresario secunda a su mujer. Costean el viaje a Atenas, donde el vientre que alquilaron recibirá sus cuatro embriones, producto de la alianza entre el semen anónimo de un donante norteamericano y los óvulos de otra inglesa cuya identidad, aconsejados por Hoping Families, están de acuerdo en ignorar así como existe entre ambos el acuerdo de permanecer fuera del acto, ajenos por igual al proceso biológico iniciado, equidistantes de la gestación y con idéntico derecho, de este modo, ante su hijo, y devuelven de inmediato su atención al rendimiento de sus bienes, como es costumbre para el propietario, mientras dejan que madure, organizada, la sorpresa que esperan de la tierra.

continuará

paraguas3

8 comentarios

Archivado bajo narrativas

Maestra del mal

Ese dulce mal

Apuntes mentales

Me parece de lo más aconsejable que el escritor principiante trace un bosquejo del libro capítulo por capítulo –aunque la anotaciones de cada uno puedan ser muy breves-, porque los escritores jóvenes son muy propensos a divagar. El punto de partida del bosquejo será una pregunta que el escritor se hará a sí mismo: “¿De qué modo este capítulo hará avanzar la narración?” Si para este capítulo tienes pensada una idea llena de divagaciones, ambiental, decorativa, ten mucho cuidado; tal vez sea mejor desecharla si no consigues expresar en ella una o dos cosas importantes. Pero si crees que la idea para el capítulo hará avanzar el argumento, entonces debes hacer una lista de las cosas que quieres demostrar en dicho capítulo. A veces es una sola cosa: que uno de los personajes quiere ocultar el hecho de que se está volviendo ciego; que una carta importante ha sido robada. A veces son tres cosas. Y si las apuntas en un papel y dejas éste junto a la máquina de escribir, tendrás la seguridad de que no se te olvidará ninguna. Incluso ahora, cuando llevo escritos casi veinte libros, a veces tomo nota de lo que quiero decir. Si hubiera hecho esto desde el principio, me hubiera ahorrado mucho trabajo al escribir Extraños en un tren. No hay nada malo en hacerlo siempre, por experto que uno sea, ya que proporciona una sensación sólida de la obra que se está escribiendo.

Este buen consejo a principiantes y profesionales pertenece a un libro que suelo recomendar a quienes participan en mis talleres, confiando no sólo en el valor de sus enseñanzas sino también en lo grato de su compañía. Se trata de Suspense, de Patricia Highsmith, cuyos comentarios acerca de “cómo se escribe una novela de intriga”, según reza el subtítulo, son tan acertados respecto a todo tipo de narrativa que permiten hacer de la novela de suspenso un modelo útil para desarrollar cualquier relato, inclasificable o del género que sea. Devuelvo la palabra a la maestra invitada:

crime

Planeando el crimen perfecto

El temperamento y el carácter del escritor se reflejan en el método que utiliza para idear argumentos: lógico, ilógico, pedestre, inspirado, imitativo, original. Un escritor tendrá asegurada la buena vida si imita las tendencias del momento y es lógico y pedestre, porque estas imitaciones se venden y, desde el punto de vista emocional, no le exigen demasiado. Por tanto, su producción puede ser dos o diez veces mayor que la de un escritor original que no sólo trabaja mucho y pone el corazón en lo que escribe, sino que también corre el riesgo de que le rechacen el libro. Es aconsejable juzgarse a sí mismo antes de empezar a escribir. Como esto puede hacerse a solas y en silencio, no hay necesidad de falsos orgullos.

Hago este comentario aquí porque tiene que ver con la tarea de idear el argumento. Al público en general no le gustan los delincuentes que se salen con la suya al final, aunque son más aceptables en los libros que en las adaptaciones televisivas y cinematográficas. Si bien la censura es menos severa que antes, en general un libro tendrá más probabilidades de ser adaptado a la televisión y al cine si el héroe-criminal resulta atrapado al final; es decir, si se las hacen pasar moradas. Es casi preferible matarlo durante el relato, si no es la ley quien se va a ocupar de ello. A mí esto me repugna, ya que más bien simpatizo con los delincuentes, y los encuentro interesantes, a menos que sean estúpidamente monótonos y brutales.

misántropa

El delincuente interior

Desde el punto de vista dramático, los delincuentes son interesantes porque, al menos durante un tiempo, son activos, libres de espíritu, y no se doblegan ante nadie. Yo soy tan observante de la ley que me echo a temblar ante un aduanero aunque no lleve contrabando en las maletas. Tal vez lleve dentro de mí un impulso criminal grave y reprimido, pues de lo contrario no me interesarían tanto los delincuentes o no escribiría sobre ellos tan a menudo. Y pienso que muchos escritores de suspense –exceptuando quizás aquellos cuyos héroes o heroínas son las víctimas y cuyos criminales no aparecen en el libro, son repugnantes o están condenados- tienen que sentir alguna clase de simpatía o identificación con los delincuentes, pues, de no sentirla, no se verían emocionalmente implicados en los libros que tratan de ellos. En este sentido, el libro de suspense es inmensamente distinto del relato de misterio. El escritor de suspense suele dedicar mucha más atención a la mente criminal, porque el criminal suele ser conocido durante todo el libro y el escritor tiene que describir lo que pasa por su cabeza, y esto no es posible a menos que se simpatice con él.

Buenos muchachos

Buenos muchachos

La pasión del público por la justicia me resulta aburrida y artificial, porque ni a la vida ni a la naturaleza les importa que se haga o no justicia. El público, al menos el público en general, quiere presenciar el triunfo de la ley, aunque al mismo tiempo le gusta la brutalidad. Sin embargo, la brutalidad debe estar en el bando bueno. Los héroes-detectives pueden ser brutales, sin escrúpulos sexuales, pueden pegar patadas a las mujeres, y seguir siendo héroes populares, porque se supone que andan persiguiendo algo peor que ellos mismos.

revolver 

Deja un comentario

Archivado bajo book doctor, citas

La amnesia como metáfora

El ángel de la historia

El ángel de la historia

Lo que el lector desconoce y debe imaginar es su propia historia familiar. Por eso se identifica con el que indaga el pasado. Pero así cae de nuevo en la trampa de la Historia, esa pesadilla de la que Stephen Dedalus tanto quería despertar. Pues el pasado común se conoce y todos lo recuerdan, por más que finjan o lo desmientan según lo que manden las circunstancias actuales que les toquen. Pero es en cambio el pasado propio el que se ignora, el reguero de sangre del que cada uno es la última gota, pues ninguna otra fuente lo recoge sino que en cambio su propio cauce prefiere derramarse por completo a desentonar de la interpretación del himno consagrado. ¿Quién soy? ¿Dónde estoy? El hilo con el que se trama la historia de la humanidad no es el de Ariadna, pero sí que los fotogramas en negro de la película heredada son cinta virgen. Lo que se busca no se encuentra porque sólo darlo por perdido es un acierto, pero la herencia legítima no es aquella por la que se disputa, reconocida al mismo nivel que el pasado histórico, sino la que es irrenunciable en la medida en que tampoco puede ser reclamada. O no legítima sino al margen de la ley, pues nada de lo convenido o predicable puede alterarla, ni tiene tampoco un curso prefijado del que desviarse.

Del árbol genealógico muchos quieren hacer leña

Del árbol genealógico algunos logran hacer leña

Premio consuelo. Alfred Nobel inventó la dinamita y fundó como compensación el premio Nobel. Esto último ocurrió precisamente hoy, 27 de noviembre, pero en 1895, cuando firmó su testamento un año antes de morir. Si la casualidad significa algo, es curioso haber pensado en él en esta fecha, aniversario de ese acto por el que el que el inventor y fabricante de armamentos procuraba modificar la memoria que, de acuerdo con el obituario francés de su hermano fallecido en 1888, al que el cronista, confundiéndolo con él, llamaba “mercader de la muerte”, imaginaba que quedaría de su persona cuando dejara este mundo. Reconociendo un legado suplementario, podemos decir que sobre todas las decisiones del jurado de su premio puede sentirse, planeando desde el origen, la sombra de la culpa con su clásico perfil de reformista. Cada vez que aseguraba haber cambiado, que los hechos de su historial no respondían a sus nuevas intenciones –situación que en el drama homónimo se repite más de una vez-, Ricardo III sabía que mentía. Pero no era su imagen póstuma lo que le importaba, sino su posición en la vida. En el caso de Nobel, el sueño retrospectivo de redención queda velado por el compromiso con el progreso ideal de la humanidad, manifiesto particularmente en el premio literario: “una parte a la persona que haya producido la obra más sobresaliente de tendencia idealista dentro del campo de la literatura”, detalla literalmente su testamento, cuya tardía apuesta por las buenas causas procura compensar u ofrecer una indemnización por los malos efectos comprobados. Sólo así, le haremos decir, tomando prestadas las palabras que escribió al final de su primera novela el ganador y rechazador del premio Nobel del año en que nací, “llegaré –en el pasado, sólo en el pasado- a aceptarme”.  

lenguas vivas

El comediante añorado

Lenguas vivas. No es que no nos entendamos: es que no nos creemos. Así yo habré pasado mi vida social entera como un ateo en una comunidad religiosa, sin ser creído cuando era sincero ni franco cuando era creído, a causa de la irrealidad de mi testimonio para cualquiera firmemente anclado en los principios reguladores del intercambio. Ni Claudio logra arrepentirse ni Hamlet dar en otro blanco que Polonio, solapado impostor profesional y no en sólo una ocasión como Claudio, pero incapaz de pagar con su sangre la deuda en cuestión: pues no merece al fin y al cabo el mayor desprecio, sino el menor. En la fe se funda el equívoco y no en la razón, cuya lengua media entre unos y otros a lo sumo como una traducción aproximada. La exactitud no se cumple en lo social; por eso, cuando Hamlet por fin saca un arma y efectivamente acierta, elimina a quien más completamente representa lo que de veras aborrece y nadie le ha mandado atacar, comete un crimen y todo empieza cada vez más rápido a volvérsele en contra. Ese acto es suyo y tiene las consecuencias que el cumplimiento de lo previsto jamás habría alcanzado. Nadie sabe con qué invocación logrará que el mundo le responda, ni mucho menos callarse a tiempo; aunque toda una vida puede pasar sin que el verbo latente se pronuncie.

César debe morir

César debe morir

Conspiración demagógica. Antes la demagogia era obra de un tirano o se centraba en él, pero la muerte del padre ha entronizado el mito de la colaboración y es éste ahora el que alimenta el discurso en continuado, con sus consiguientes representaciones a cargo de la elite de Fuenteovejuna. Ejemplos: cualquier película de elenco multinacional o coincidencia de estrellas musicales sobre un escenario. O el dream team de un poderoso club de fútbol, con su tapiz de razas y pasaportes. Lo concentrado en cada cuerpo es relativizado y certificado a la vez por sus pares sobre la balanza, superioridad común atenuada y realzada en la misma exhibición por el velo de lo incalculable y el aura de lo sobrevaluado. Entre un gran hombre y un gran equipo la diferencia es esta repartida igualdad que fluctúa y del vacío necesario para que así sea viene el silencio cómplice que redondea el conjunto.

Uno de los nuestros

Uno de los nuestros

Olla a leña. En períodos de esplendor, los antropófagos devoran a los pueblos vecinos; en períodos de decadencia, se devoran entre ellos.

Punto inicial. Poca gente aguanta mucho tiempo el dictado de la inspiración. Por eso los textos intensos suelen ser breves. Después intervienen la represión, el formalismo, el preciosismo, el tecnicismo, los largos ríos del sudor derramado desde la chispa que encendió el motor, pero todo eso pasa y sólo queda al final de su transcurso lo más breve, que desde el principio no se ha movido. Lo que llega primero es el destino y todo lo que sigue son rodeos para aceptar o no sus consecuencias.

En busca de un final feliz

En busca de un final feliz

La trampa de la narrativa. Cuando el relato se orienta hacia el cumplimiento de una fatalidad, lo que se desvía de este camino es objetado por editores y lectores. Sin embargo, así como al final, según tanto dicen, siempre está la muerte, en el medio está la salvación: escapar por cualquier tangente, no dejarse jamás convencer de la supremacía del argumento, del valor de la historia por sobre toda otra cosa. La suspensión del sentido puede ser cuestión de prudencia o hasta de instinto de conservación: llegar a las últimas consecuencias de ideas propias o ajenas no es lo mismo y en esa diferencia, en no confundirse, cada uno puede encontrar la distancia entre salir del paso o precipitar la caída. La hoja en blanco la pone la vida y en ella se escribe con acciones. Los humanos, llenos de palabras, no nos angustiamos ante la página sino ante la escena, donde no alcanzan las palabras para sostener una idea ni tampoco una presencia. Por eso este pasar el testigo, o del testigo: el que se queda con la última palabra se lo juega todo a una carta y no es seguro que ría mejor, pues para todos los que ha dejado en el camino es incierto si su salida del juego corresponde a su liberación o su eliminación. Las grandes empresas, si no lo saben, lo intuyen, aun si, naturalmente, no extraen todas las consecuencias de cada caso, como lo prueba cada nuevo interlocutor que, en sucesivas y repetidas llamadas al departamento de atención al cliente, va encontrándose el frustrado perseguidor de una verdad que no buscaba. 

angelusnovus2

Deja un comentario

Archivado bajo book doctor, lecturas

Justicia en Sodoma

A César lo que es de César y a Dios lo que es de Dios

A César lo que es de César y a Dios lo que es de Dios

El reverso de la alegoría. Inversión de la alegoría: como el concepto no agota la metáfora, puede ser más interesante pasar de aquél a la figura que al contrario, como es habitual. Que una mujer con los ojos vendados, una balanza en una mano y una espada en la otra signifique la justicia interesa menos, desde este punto de vista, que la encarnación de esa abstracción en dicho ser. Si lo invisible se hace claro a través de una imagen, naturalmente la relación entre lo visible y su explicación ha de ser oscura. Lo que se agrava a medida que la tradición persiste.

“Uno se divide en dos”. La forma concreta de la humildad casi siempre es la sumisión, que es inducida. De esta manera, la humildad no es contraria al orgullo, sino complementaria: a cada uno su rol. Cuando el esclavo se rebela contra el amo, su exigencia siempre implica un cuestionamiento moral. El moralismo, en cambio, es la interrupción de este diálogo, su sustitución por la orden implícita en el orden y la obediencia correspondiente que consiste en el mantenimiento de aquél. Sin contrarios no hay progreso, como escribió William Blake, pero el progreso no es entonces el desarrollo de un programa, como sí lo es al contrario el libreto de todo proyecto de dominación, sino el proceso por el que un ajedrecista o un ejército derrotan a sus adversarios. La integración, con sus aires conciliatorios, con su mandato de reconciliación, devuelve siempre las aguas revueltas no a su cauce sino a su estancamiento, donde se vuelven turbias bajo ese cielo que desde lejos parece tan claro. Para que haya justicia hacen falta dos platos, pero el fiel de la balanza no puede descansar sobre ninguno: es el eje por el que siempre se hace el corte, y se ha hecho para siempre.

Guerra y paz. Donde no hay discordia, hay opresión.

Consumo en serie

Consumo en serie

Los sobornados. El arte popular sólo es vulgar cuando se corrompe, es decir, cuando se somete a los valores de la explotación. Cuando abandona la causa política por las razones del mercado o la condición de voz en el llano por los privilegios de una clase. No existe para repetir esto más que un motivo: el abandono por los trabajadores de sus puestos de trabajo, el cambio de un oficio por una disponibilidad, el paso de la producción al consumo como fuente de identidad. Pues la desgracia de pasar de herramienta a mercadería es nunca poder conservar el propio precio, al ya no depender el valor del uso sino de los altibajos de la oferta y la demanda, ajenos al propio obrar. El sobornado, urgido por las circunstancias, engañado por las apariencias, se vende siempre demasiado barato. Si no fuera así, si de él mismo dependiera, elegiría ser sobornador: es casi lo mismo que ser gobernador. Pero no es así y ni siquiera es el diablo el que lo tienta, con lo que al fin de su gestión tampoco en el infierno tiene una morada. Pues no fue el ángel caído el que bajó a Judas del árbol, ni tampoco envió demonios a recoger los treinta dineros. Dos conclusiones simultáneas: la consecuencia de la decadencia del arte popular es el arte popular como decadencia del arte; la consecuencia de la decadencia del arte popular es la popularidad del arte como causa de su decadencia.     

Los ejércitos de la satisfacción. No sólo es posible gozar de la obediencia, sino que hay tantos modos de hacerlo como la publicidad nos propone.

Zona urbanizada. El vacío es absoluto y sin límites. Por eso los principios se afirman en el vacío. Donde hay objetos o referencias entramos en lo relativo. Allí es difícil decidir si lo que oscila son los principios o las circunstancias. Fin de zona urbanizada: o los unos o las otras imponen su ley, sin testigos de la ejecución o del abuso, sin juicio previo ni a posteriori. Cuando “el desierto entra a la ciudad” (Arlt), lo anticipado por la conciencia tiene la ambigüedad de toda imagen apocalíptica: venganza de todo lo postergado contra todo lo favorecido o justicia restituida allí donde cada construcción es un monumento al poder de pecar. Que la ciudad defienda sus murallas no del infinito que la rodea, sino de esta imagen creada por sus enemigos.

Línea recta. La ley es un texto, o sea, literatura. El que sepa leer, al escribir hará justicia. 

Un golpe de dados

Un golpe de dados

Economía moral. Quien asuma la responsabilidad de una realización imposible intentará compensar con su culpa el fracaso, equivalente a la parte del camino que no ha alcanzado a recorrer, y por eso estará dispuesto a recibir cualquier castigo a la medida de sus ambiciones, aun si éstas eran justas. De ahí el baño de sangre que distingue a las revoluciones: la libertad entendida como libertad de elegir, a la manera de Sartre, prefigura la extensión del mercado a todos los órdenes con sus tendencias inflacionarias, cuya evidente consecuencia es un aumento del sentimiento de culpa en general, a tal punto que resulta impensable saldar alguna vez la deuda contraída, cerrar del todo ese agujero financiero, y cada uno renuncia de antemano a la absolución con un gesto discreto. Paraíso perdido de la fe empeñada.

Corte. Noticias. Lo que hacen los ricos, lo que les pasa a los pobres. Como si fueran dos cosas distintas. A esto se llama editar.

Titular. Lo que hacen los ricos les pasa a los pobres.

Crimen de salón. La respuesta habitual a quien alza la voz en sociedad es el silencio. Un silencio incómodo, educado, creciente, donde la soledad del orador espontáneo se hace oír como el eco de un trueno y el rayo que lo fulmina no se ve.

El secreto de la vida

El secreto de la vida

Zona liberada. El imperio de la razón, de la mano de la ciencia, vio surgir en su momento todo tipo de fenómenos privados de sentido al serles negado el metafísico en que el mundo se basaba hasta esos tiempos. De ahí tantos delirios a propósito de cada descubrimiento científico, empeñados en hallar un correlato espiritual para la electricidad, el magnetismo, la termodinámica o la navegación aérea, y también de ahí el desmantelamiento de todo aparato lógico para lo sobrenatural, que desde aquellas tan teatrales sesiones de espiritismo y adivinación no ha hecho sino proseguir, como lo atestigua la actual proliferación y variedad de creencias, desde la fe en vidas pasadas o en la rueda del destino hasta la confianza absoluta en vibraciones, transmigraciones y sueños premonitorios. ¿Nueva prehistoria, retorno a un origen magmático cuya variedad de manifestaciones se contradice con su pretendida unidad común? Todo cohabita al quedar todo en suspenso, existencia virtual que se niega a morir.

El debate anónimo. Los nombre propios, como colores, concentran y dividen. Fácilmente devienen banderas. Si se quiere que una discusión lleve a ideas diferentes de las que ya se tenían en lugar de a la reafirmación más enfática o solapada de estas últimas, conviene evitarlos. Los participantes se mezclarán mejor y así podrán llegar más fácilmente a alguna conclusión compartida que blandir a la hora a la que se acaban las reuniones y se vuelve a la calle mayor, donde habrá que responder con algún concepto fresco, nuevo, inesperado, a las provocaciones de los otros círculos de litigantes.

Las imágenes cambian de ideas

Las imágenes cambian de ideas

Ilusión y cinismo. Los que creen que nada es imposible carecen de imaginación. Como no conciben a Dios, son impíos. En la victoria, rehúyen su responsabilidad atribuyéndola al azar; en la derrota, exigen justicia al acecho de que esta vez les toque a ellos. En su mundo de acción y resultados no hay proporción entre el efecto y la causa. Si la hubiera, conocerían el contenido de sus formas; como éstas se sostienen sólo en su expansión, jamás se definen. Que la ilusión desconozca el desencanto es el fin perseguido siempre y cuidadosamente nunca alcanzado de todos sus planes. Que el cinismo implícito en tal cálculo jamás se tope con su propia cara es el fin postergado como sea que amenaza desde la conclusión sus argumentos.

Sentencia suspendida. La mala intención confunde la inocencia con el bien. La mala fe disfraza a la ambición de rectitud. La mala conciencia busca en el olvido la absolución. “Pero quiso el Señor que el pueblo fuera por el camino del desierto.” (Éxodo, 13, 18)

justicia 

Deja un comentario

Archivado bajo miradas, teorías

Philippe Muray en español

Dada la ausencia casi absoluta de traducciones de Muray al español y el interés que ha despertado la que hemos ofrecido previamente en este blog (https://refinerialiteraria.wordpress.com/2011/12/19/muray-el-inedito-3/), he aquí otro de sus Exorcismos espirituales, tan inédito en nuestra lengua como el anterior. Fue escrito en 1992 y el autor agregó una nota en 1997; el lector puede hacer hoy en día el correspondiente y debido aggiornamiento.

Philippe Muray ataca de nuevo

El deseo de penalización

De este legislar galopante, de esta peste justiciera que a toda marcha pone sitio a la época, ¿cómo es que nadie se espanta? ¿Cómo es que a nadie inquieta este deseo de ley que crece sin cesar? ¡Ah, la Ley! ¡La marcha implacable de nuestras sociedades al paso de la Ley! Ningún viviente de este fin de siglo está excusado por ignorarla. Nada de lo que es legislativo debe sernos ajeno. “¡Hay un vacío jurídico!” Éste no es sólo un grito en el desierto. De la papilla de todos los debates no emerge sino una voz, un clamor: “¡Hay que llenar el vacío jurídico!” Sesenta millones de hipnotizados caen todas las noches en éxtasis. La naturaleza humana contemporánea tiene horror al vacío jurídico, es decir a las zonas de vaguedad donde se arriesgaría a infiltrarse todavía un poco de vida, es decir de inorganización. ¡Una vuelta más de tuerca cada día! ¡Proyectos! ¡Comisiones! ¡Estudios! ¡Propuestas! ¡Decisiones! ¡Elaboración de decretos en los gabinetes! ¡Hay que llenar el vacío jurídico! Todo aquello con que Francia cuenta en asociaciones de familias aplaude con sus pinzas de cangrejo. ¡Llenemos! ¡Llenemos! ¡Llenemos aún! ¡Tomemos medidas! ¡Legislemos!

¡Santas Leyes, rezad por nosotros! ¡Enseñadnos el saludable terror al vacío jurídico y el deseo perpetuo de llenarlo! ¡Sujetadnos, amarradnos al borde del precipicio de lo desconocido! El menor espacio que no controléis en nombre de la neo-libertad judicialmente garantizada se convierte para nosotros en un agujero negro invivible. ¡Nuestro mundo está a merced de una laguna en el Código! Nuestros más acallados pensamientos, nuestros menores gestos están en peligro de no haber sido previstos en alguna parte, en algún aparte, protegidos por un apéndice, observados por una jurisprudencia. “¡Hay que llenar el vacío jurídico!” Éste es el nuevo grito de guerra del viejo mundo rejuvenecido por la transmisión integral de sus elementos a través del cubo de basura mediática definitivo.

Han hecho falta esfuerzos y tiempo, han hecho falta tenacidad, habilidad, buenos sentimientos y causas filantrópicas para incrustar bien hondo, en todos los espíritus, el clavo del despotismo legalitario. Pero ahora ya está, se ha hecho, todo el mundo lo quiere espontáneamente. La actualidad cotidiana ha devenido, en buena parte, la novela verídica de las conquistas de la Ley y los entusiasmos que suscita. Nuevos capítulos de la historia de la Servidumbre voluntaria se acumulan. La orgía procesalista no reconoce ya ningún límite. Si no evoco aquí los casos de magistrados vengadores, los escándalos por facturas falsas, la sombra “sublevada” de los jueces enloquecidos, es porque todo el mundo habla de ello en todas partes. Prefiero ir a buscar mis anécdotas en rincones menos visitados. No hay ilustraciones pequeñas. En Suecia, muy recientemente, un tipo llegó al máximo de la indignación con una película de Bergman que pasaban en la tele: ¡había visto a un padre dando un bofetón a su hijo! ¿En una película? Sí, sí. Una película. En la tele. No de veras. Lo que no impide que este gesto sea inmoral. Profundamente chocante, para empezar, y luego sobre todo en infracción con respecto a las leyes de su país. Con lo que va, sin más, a presentar una denuncia. A hacer perseguir por la justicia. ¿Quién no aprobaría a este hombre sensible? El cine, por otra parte, regurgita actos de violencia, crímenes, violaciones, robos, tráficos y brutalidades de los que es urgente purgarlo. Se atacará a continuación a la literatura.

¡Dura lex, sed tex! Hay veladas en que la tele, para quien la mira con la debida repugnancia, parece una suerte de foro de leyes. Es la marcha de los reglamentos. Un lex-shop a cielo abierto. Cada uno se descuelga con su borrador de decreto. Hacer un debate sobre lo que sea es descubrir un vacío jurídico. La conclusión es hallada de antemano. “¡Hay un vacío jurídico!” Podéis cerrar vuestro correo. El sueño consiste claramente en acabar por prohibir poco a poco, y suavemente, todo aquello que no esté aún absolutamente muerto. “¡Hay que llenar el vacío jurídico!” Ahora, la obsesión penalista ataca de nuevo frontalmente al placer. ¡Ah, esto da comezón a todo el mundo, recriminalizar la sexualidad! En América, se empieza a enviar a clínicas especializadas a aquellos a quienes se ha tenido éxito en hacer creer que eran adictos, enfermos, fanáticos enganchados al sexo. Aquí, en Francia, tenemos ahora una ley que permitirá castigar la seducción bajo sus nuevos hábitos de “acoso”. ¡Un vacío lleno más! De paso, depuramos el Minitel. Y después como broche de oro el Bois de Boulogne. Todo lo que se muestra hay que rodearlo, esposarlo con impuestos y decretos. En Bruselas, siniestros desconocidos preparan la Europa de los reglamentos. Todas las represiones son recomendables, desde la prohibición de fumar en lugares públicos hasta el pedido de restablecimiento de la pena de muerte, pasando por la supresión de ciertos placeres calificados de prehistóricos como la corrida, los quesos de leche cruda o la caza de palomas torcazas. Será llamada prehistórica no importa qué ocupación que no retenga o no envíe al viviente, de una manera u otra, frente a su pantalla de televisión: el Espectáculo ha organizado una cantidad suficiente, y bastante costosa, de distracciones como para que éstas, de ahora en más, puedan ser declaradas obligatorias sin que el decreto resulte escandaloso. Todo otro género de diversión es un irredentismo a borrar, una pérdida de tiempo y de Audimat*.

Todas las delaciones devienen heroicas. En los Estados Unidos, país de abogados delirantes, los homosexuales de punta inventaron el outing, forma original de chivatazo que consiste en pegar carteles con fotos de tipos conocidos por su homosexualidad “vergonzante” bajo el epígrafe “absolute queer” (completamente marica). Se los hace salir de su secreto porque ese secreto causa perjuicio, dicen, al conjunto del grupo. Se los confiesa a pesar suyo. A más vida privada, pues más hipocresía.

¡Transparencia! La palabra más desagradable que circula en nuestros días. Pero he aquí que este movimiento de outing comienza a ganar amplitud. ¡Los calvos a su turno se ponen también ellos a pegar afiches con fotos de celebridades a las que acusan de llevar pelucas (perdón, “complementos capilares”)! ¡Se desenmascarará a los empelucados que no se confiesen! ¿Y por qué no, a continuación, a quienes llevan dientes postizos, a las buenas mujeres con lifting, a los cardíacos con marcapasos? El enemigo hereditario está en todas partes desde que no se lo puede situar en ninguna, masivamente, ni al este ni al oeste.

“La mayor desgracia de los hombres es tener leyes y un gobierno”, escribió Chautebriand. Yo no creo que se pueda todavía hablar de desgracia. Los juegos de circo justiciero son nuestro erotismo sustituto. La nueva policía patrulla aclamada, legitimando sus ingerencias bajo la cobertura de palabras como “solidaridad”, “justicia”, “redistribución”. Todas las propagandas virtuosas coinciden en recrear un tipo de ciudadano bien devoto, bien embrutecido por el orden establecido, bien alelado de admiración por la sociedad tal como ésta se impone, bien decidido a jamás perseguir otros goces que aquellos que se le indiquen. Helo ahí, el héroe positivo del totalitarismo de hoy en día, el maniquí ideal de la nueva tiranía, el monstruo de Frankenstein de los sabios locos de la Benefactura, el buenhombre prefabricado que no folla sino con su preservativo, que respeta a todas las minorías, que reprueba el trabajo en negro, la doble vida, la evasión fiscal, las disyunciones saludables, que encuentra la pornografía menos excitante que la ternura, que no puede juzgar un libro o un film más que por lo que no es por definición, o sea un manifiesto, que considera a Céline un canalla pero que no tolerará que se cuestione, por poco que sea, a Sartre y a Beauvoir, los célebres Thenardier** de las Letras, que se espanta en fin como un vampiro ante un crucifijo cuando percibe un anillo de humo de cigarrillo en el horizonte.

Es la era del vacío, pero jurídico, la bacanal de los agujeros sin fondo. A toda velocidad, este pseudo-mundo que se pierde se halla en vías de recrear de cualquier modo un principio de militantismo generalizado que sirva para todas las situaciones. No hay una nueva inquisición, es un movimiento mucho más sutil, una creciente que brota por todas partes, y sería inútil seguir relamiéndose con el recuerdo de los antiguos procesos de que fueron víctimas Flaubert o Baudelaire: su persecución revelaba al menos una no solidaridad esencial entre el Código y el escritor, un abismo entre la moral pública y la literatura. Es este abismo el que se llena cada día y nadie tiene derecho a no ser voluntario en los grandes trabajos de nivelación de tierras. ¿Quién narrará está comedia? ¿Qué Racine osará, mañana, componer los Neo-Litigantes? ¿Qué escritor escapará del zoológico legalitario para describir sus infamias?

Nota agregada en abril de 1997

De más está decir que el fenómeno aquí estudiado ha conocido en todos los dominios, desde 1992, una extensión prodigiosa que no parece que vaya pronto a interrumpirse. De más está decir también que los ejemplos que había elegido, en aquél entonces, valían por muchos otros que era preferible (que es todavía, que es más que nunca preferible) callar. Sólo cuenta, en definitiva, y como siempre, el hecho de haber visto la cuestión mientras no estaba más que en los pródromos de su siniestro desarrollo.

1992 – en Exorcismos espirituales I, Les Belles Lettres, 1997

* Audimat era en su origen el nombre del primer sistema utilizado en Francia para medir el nivel de audiencia de televisión. Luego fue remplazado por el Mediamat, pero el término audimat sigue designando los resultados del nivel de audiencia para los diferentes canales.

** Thenardier: Monsieur y Madame Thenardier, personajes de Los miserables de Victor Hugo. Se caracterizan por su egoísmo, su afán de lucro a toda costa y su falta de solidaridad absoluta hacia la clase trabajadora de la que provienen.

¿Todavía no has leído a Philippe Muray?

1 comentario

Archivado bajo autores